4º Curso. Capítulo 18

La última semana antes de Navidad pasó como un suspiro, antes de que se dieran cuenta, los alumnos ya estaban preparando sus baúles para pasar las fiestas con sus familias.

-Aun no me creo que me hayas convencido para pasar las navidades en casa –musitó Lisa doblando su ropa con nerviosismo mientras su gata ronroneaba a sus pies.

-Ya verás cómo ha sido una buena idea, tú confía en mí –sonrió Elyon cogiendo a Yira en brazos.

-Eso intento –suspiró- ¿Tú no preparas tu maleta?

-¿Yo? No, me iré dentro de un par de días, cuando mis padres vengan de su viaje.

-¿No te fastidia que tus padres siempre estén lejos o trabajando?

-Sí, pero lo llevan haciendo tantos años, que ya no sé si es que me he acostumbrado o simplemente resignado –contestó la semielfa casi en un susurro encogiéndose de hombros.

No quería pensar que esas navidades sus padres no iban a estar con ella, ni en las próximas, o rompería a llorar.

-Si quieres me quedo contigo estas fiestas.

-¡No! ¡Ni hablar! Tú tienes que arreglar las cosas con tu familia, además, no me voy a pasar todas las fiestas aquí.

-Bueno, como quieras –Lisa le sonrió siguiendo con su maleta.

En la cena los alumnos corrían de un lado a otro dándose direcciones y despidiéndose de algunos de sus amigos.

-Que ganas tengo de ver a mis hermanos –rio Johnny con la boca llena de puré de patatas-, hace casi un año que no nos reunimos todos.

-Yo quiero ver a mi hermano pequeño, seguro que ha crecido mucho en estos meses –Will sonrió ilusionado.

-Os repetís más que el ajo -Elyon torció una sonrisa.

-¿Cuánto te llevas con tu hermano pequeño? –Grace lo miró curiosa.

-El año que viene entrará en Hogwarts –respondió Will.

-Pues como el mío entonces –comentó el hufflepuff.

-Yo soy hija única –suspiró la pelirroja-. Aunque creo que es algo que realmente nunca me ha molestado.

-A veces los hermanos pequeños son un incordio –murmuró Lisa de mal humor.

Elyon miró a su amiga con severidad. Después de cenar encontró a Dumbledore de camino a su despacho.

-¡Profesor Dumbledore! –le llamó ella- Quería preguntarle si me dejaría ir mañana a la estación para despedirme de mis amigos.

-Preferiría que te despidieses de ellos en las puertas del castillo, habrá mucho jaleo en la estación y...

-Sí, entiendo, gracias igualmente –suspiró ella con tristeza.

Estaba claro que Dumbledore no estaba seguro de que no apareciera algún mortífago en la estación aprovechando el revuelo de los estudiantes.

-Seguramente querrás hacer algunas compras para Navidad, ¿no? –le preguntó el anciano.

-Pues... sí, ahora que lo dice, sí, me gustaría comprar algunos regalos si es posible –contestó ella con timidez.

-¡Perfecto! Le diré al profesor Snape que te espere en mi despacho para que te acompañe a Londres –Dumbledore sonrió con ilusión.

-¿No podría acompañarme… usted? –le pidió ella con ojos suplicantes.

-Me temo que estoy muy ocupado últimamente. Además, creo que al profesor Snape le vendrá bien salir un poco de este castillo. ¡Buenas noches! –se despidió el director.

Elyon se quedó sola en el pasillo. No le apetecía nada tener que pasar el día a solas con él, escuchando sus continuas quejas y burlas. Casi prefería no hacer regalos a tener que soportarlo.

…..

Por la mañana los pasillos del colegio se llenaron de risas, gritos y el ruido de los baúles al ser arrastrados. Elyon sonreía divertida al ver a Lisa atacada por los nervios.

-Creo que no debería ir, ¿y si me quedo aquí contigo? –su amiga agarraba su brazo con fuerza.

-No, no, tienes que ir, además, yo no me voy a quedar aquí todas las vacaciones, acabarías quedándote sola –intentó hacerla razonar la semielfa.

-Pero...

-¡Relájate! Inspira... expira...

Lisa obedeció, aunque no pareció que eso le fuera de gran ayuda. Entre la multitud aparecieron Johnny y los demás arrastrando sus baúles.

-¿Y tu baúl? –Grace miró a Elyon frunciendo el ceño.

-Yo aún tardaré un par de días en irme –contestó ella como si nada.

-Te vas a Irlanda, ¿no? –Elyon asintió- Que lata, no podremos verte estas navidades –gruñó Johnny.

-¿Vais a quedar para veros? –la muchacha los miró con envidia.

-¡Pues claro! –respondió Grace con alegría.

-Ahora que lo pienso, si quieres le puedo pedir a mis padres si puedes venir un par de días a casa –propuso Will.

-¡No! ¡No hace falta! Mientras nos enviemos cartas yo ya soy feliz.

A regañadientes sus amigos se despidieron y desaparecieron por los terrenos de Hogwarts, dejando a Elyon sola junto a las puertas de roble. El castillo se sumió en un silencio casi opresivo, solo esperaba no ser la única que se quedaba en el castillo durante las navidades. De camino al despacho de Dumbledore se topó con dos alumnos de primero, que la miraron tímidamente antes de seguir con su camino. La gárgola de piedra que custodiaba la entrada al despacho estaba adornada con muérdago y guirnaldas.

La chimenea de la estancia estaba apagada y junto a ella esperaba un chico alto y moreno, vestido con unos vaqueros oscuros, un jersey gris oscuro de cuello alto, una cazadora de piel negra y unas botas militares del mismo color. Elyon lo miró algo asombrada, nunca imaginó ver a Snape vestido como un muggle. Dumbledore no estaba allí.

-¿Estás lista? –le preguntó.

Ella solo pudo asentir, no conseguía salir de su asombro, así vestido incluso se le podía considerar mono. Elyon sacudió levemente la cabeza, no podía creer que hubiera pensado aquello.

-¿Acaso crees que iba a ir a Londres con apariencia de mago? Porque no tienes pensado comprar solo en el Callejón Diagón, ¿cierto? –comentó el chico con hastío.

-Su-supongo que no –contestó ella-. Aun no estoy segura de qué debo comprar.

-Pues tienes hasta llegar al Callejón Diagón para decidirte, porque no quiero empezar a dar vueltas por Londres.

Elyon lo miró y arrugó la nariz, ni que fuera fácil decidir qué regalos debía hacer. Snape cogió un poco de polvos flu, se metió en la chimenea e inspiró hondo.

-¡Callejón Diagón! –indicó con claridad.

Y desapareció envuelto en una llamarada verde, la chica se apresuró a imitarle. En unos segundos Elyon se encontró en el interior del Caldero Chorreante. Se sacudió el hollín al salir y observó a la gente del bar, que iba de un lado a otro felicitándose las fiestas. El local estaba adornado con muérdago y pequeñas campanitas doradas que tintineaban una agradable melodía. Como siempre, atravesaron el bar hasta llegar a la parte trasera, en la que el muro de piedra que les impedía el paso se abrio y dejó ver el Callejón Diagón.

Elyon se quedó mirando el lugar con asombro, nunca había visto tanta gente en el callejón, todo estaba decorado de verde, rojo y dorado. Los magos y brujas caminaban con rapidez de un lado a otro, cargados con innumerables bolsas.

-Va a ser un día muy largo –gruñó Snape entrando en el callejón.

Elyon tuvo que agarrarse al brazo del profesor para no perderlo entre la multitud, era imposible dar un paso sin tropezarse con alguien o recibir un empujón. Snape se sintió incómodo ante el agarre de la joven. La semielfa observó los escaparates de las tiendas, decidiendo qué podía comprar.

-¡Espera un momento! –le dijo al chico- Ya tengo pensado uno de los regalos.

El joven profesor alzó una ceja, y se dejó guiar por Elyon hasta una de las tiendas. Dentro de esta olía a madera y aceite, y una gran cantidad de niños pedía a sus padres una escoba por Navidad.

-¿Qué buscas aquí? –le preguntó Snape extrañado.

Pero la muchacha no le respondió, se dirigió al mostrador e hizo sonar una pequeña campanilla para llamar a alguno de los dependientes.

-Buenos días jovencita, ¿puedo ayudarla en algo? –el dependiente salió del almacén con una amplia sonrisa.

-¿Tiene algún tipo de ungüento antideslizante para escobas? –preguntó ella.

-¡Por supuesto! –y dicho esto el hombre volvió a desaparecer tras la puerta del almacén.

-¿Para qué quieres comprar antideslizante? –Snape la miró frunciendo el ceño.

-Para Johnny, monta de pie en la escoba, y me he dado cuenta de que a veces resbala un poco –explicó ella- Y prefiero regalarle algo práctico para su escoba, es lo único en lo que realmente mantiene el interés, casi podría decirse que está enamorado de ella.

A los pocos minutos el dependiente volvió con un pequeño tarro rojo.

-Muchos magos desconocen que la mayoría de accidentes con escoba son caídas por encerar demasiado el mango. Esta cera mantiene el brillo pero mejora el agarre. ¡Feliz Navidad! -los despidió el dependiente.

-¡Feliz Navidad! –se despidió Elyon.

Al salir de la tienda el aire frío les golpeó la cara.

-¿Tienes algo más que comprar en el Callejón? –le preguntó Snape.

-Pues... pues creo que sí... -la chica se mordió el labio pensativa- ¿Sabes dónde puedo conseguir un libro que hable sobre thestrals?

-Supongo que en Flourish & Blotts.

Siguieron recorriendo la larga calle adoquinada, pero no encontraron el libro, no había ninguno en la librería ni en la tienda de mascotas. Aunque Elyon aprovechó para comprar en la tienda de animales un ratón de goma para gatos, que correteaba por todos lados dejando una estela de estrellitas luminosas; una pulserita de plata para aves con una pequeña plaquita redonda y un cascabelito; y un cascabel de gato, también de plata, con gravados de estrellas.

-Creo que tendré que buscar otro regalo para Hagrid –bufó Elyon con fastidio.

-Quizá tengan un libro así... -pensó Snape- Pero no puedo llevarte conmigo.

-¿Dónde tienes que ir?

-Al Callejón Knockturn –respondió el chico.

-Vaya... -murmuró la chica bajando la vista.

Snape la miró y suspiró.

-Si me prometes que serás capaz de no meterte en líos durante diez minutos, puedo ir un momento a la tienda –propuso él- Pero no le digas nada a Dumbledore.

-Te doy mi palabra de que no se enterará de nada –sonrió ella.

Dejó a Elyon en la lechucería y se dirigió con rapidez al Callejón Knockturn. Tenía la sensación de que a la vuelta iba a tener que escuchar uno de los sermones del director, porque no sabía cómo, pero siempre se enteraba de todo. A los quince minutos Snape entró en la lechucería con un enorme libro bajo el brazo. Elyon lo miró llena de alegría y corrio a darle las gracias, el chico no pudo reprimir una pequeña sonrisa.

Las calles de Londres tenían exactamente el mismo aspecto que el Callejón Diagón, estaban abarrotadas de gente. Caminaron un par de calles, pero a Elyon no le convenció nada de lo que vio.

-O compras algo o nos volvemos a Hogwarts –gruñó Snape-. No pienso patearme arriba y abajo Regent Street y mucho menos Oxford Street hasta que te decidas a entrar en alguna de las tiendas.

-Es que no veo nada que me llame la atención –le respondió ella de mal humor por su poca paciencia.

-Entonces lo mejor será ir directamente a Whiteleys -suspiró el chico-. Es un centro comercial bastante grande, seguro que allí encontrarás algo.

Elyon se lo quedó mirando con asombro.

-¿Qué? ¿Acaso piensas que soy tan idiota como para no saber qué es un centro comercial? –se quejó él al ver su expresión- No soy un ignorante del mundo muggle como la mayoría de los magos.

La semielfa se encogió de hombros, no sabía qué decir, prefería no meter la pata. Caminaron hasta una parada de autobús. El profesor miró las rutas con el ceño fruncido, y luego habló un momento con un muggle que estaba sentado cerca de él.

-Cogeremos el próximo autobús –le informó Snape metiendo las manos en los bolsillos de su cazadora.

-¿Sabes cómo funciona todo esto? –preguntó Elyon sorprendida.

-Me revienta mucho que no escuches lo que te digo –Snape la fulminó con la mirada.

La chica bajó la cabeza mordiéndose el labio, no podía evitarlo, le sorprendía sobremanera que alguien como él conociera el funcionamiento del mundo muggle. A los pocos minutos apareció un autobús rojo de dos pisos, ambos subieron y buscaron un sitio en el interior del vehículo, pero todos los asientos estaban ya ocupados, así que no les quedó más remedio que buscar un lugar en el que poder agarrarse para viajar de pie. El autobús se fue llenando aún más a medida que continuaban con su recorrido. En un abrir y cerrar de ojos el autobús se había llenado de adolescentes y familias, y parecía que todos ellos también se dirigían a Whiteleys.

-Estoy harta –Elyon escuchó la conversación de una de las adolescentes-, mis padres no hacen más que repetirme que debería estudiar más para tener un futuro. Menuda estupidez, aun soy joven y quiero disfrutarlo, no como ellos que son unos carcas aburridos. Ya tendré tiempo de preocuparme por el futuro cuando sea vieja.

-¡Sí! ¿Qué sabrán ellos? Nunca se enteran de nada, son unos pesados –prosiguió su amiga-. Que ganas tengo de irme de casa para que me dejen en paz y olvidarme de ellos.

Elyon miró a las jóvenes atentamente, sabía que no lo decían en serio. Podía ver en sus ojos que en realidad sí que querían a sus padres, solo que intentaban disimularlo ante los demás, para poder sentirse independientes. Sintió envidia, ojalá ella pudiera hablar del mismo modo sobre sus padres. Siempre había querido tener una vida normal, unos amigos con los que poder despotricar sobre sus padres fingiendo ser rebelde e independiente. Pero ahora que tenía amigos, no tenía padres a los que criticar.

Miró hacia otro lado y se topó con una madre que hablaba felizmente con su hija pequeña, que balanceaba los pies en su asiento. Su madre le acariciaba el pelo mientras le explicaba algo, mirando a su hija como si no existiera nada más a su alrededor. Con el corazón acelerado intentó mirar a algún lugar en el que no hubiera algo que le recordara que ella siempre había estado al margen de todo, aislada en la burbuja que sus padres le habían creado sin saber ella el motivo, provocando que ahora que sus padres no estaban, estuviera completamente sola.

Sintió un brazo que la rodeaba, como si la ayudara a sostenerse en pie. Se dejó llevar y acabó recostando su cabeza en el pecho del chico que la acompañaba, con la vista perdida en la nada. Se sintió mejor, menos sola y aislada.

Snape le frotó el brazo como gesto de ánimo, había visto como los hombros de la chica se hundían por la pesadumbre, como si le hubieran colocado a la espalda algo muy pesado que sostenía a duras penas. Después de lo que le había contado Dumbledore sobre el pasado de Elyon, sentía algo más de empatía hacia ella.

Finalmente llegaron a Whiteleys, casi todos los pasajeros bajaron en esa parada. Elyon miró el edificio, era enorme, casi tanto como Gringotts. Y al igual que el banco, tenía unas preciosas columnas de mármol en la entrada. Al entrar alzó la vista, cuatro pisos circulares dejaban ver una gran cúpula de cristal. Dos escaleras de hierro negro forjado parecían darles la bienvenida.

-Manos a la obra –dijo Snape impaciente-. Cuanto antes empecemos antes acabaremos.

Elyon no tardó en encontrar un par de regalos más. Entró en un par de tiendas y después de mucho rebuscar, salió de ellas con una bufanda escocesa y unos calcetines de lana muy calientes.

-Dime que esos calcetines no son para Dumbledore –murmuró el profesor con hastío.

-Escuché decirle que últimamente se le helaban los pies dentro de los zapatos –contestó ella.

-Ese viejo liante no deja de pedir calcetines, creo que tiene una obsesión enfermiza con ellos –comentó Snape con una mueca.

-Bueno, al menos me sirve para saber qué regalarle –lo defendió ella.

-Le regales lo que le regales, le gustará –le dijo alzando una ceja.

Elyon torció una sonrisa con timidez.

Entraron en una tienda de moda joven y allí encontró una gorra de color marrón oscuro y un conjunto de gorro, bufanda y guantes de color granate oscuro con la cabeza de un león rugiendo bordada a mano.

-¿A ese híbrido también le vas a regalar algo? –le dijo Snape malhumorado.

-¿Te da envidia? –le contestó ella sin mirarlo mientras se dirigía a la caja.

El chico la fulminó con la mirada, aunque ella ni se dio cuenta. Encontraba la Navidad algo estúpido y materialista, por esas fechas parecía que la gente se acordaba la una de la otra solo para recibir algún regalo.

Al salir de la tienda la chica se sentó en un banco para descansar un poco, le dolían los pies de tanto caminar, y los brazos y manos por el peso de las bolsas.

-¿Has acabado ya? –le preguntó Snape quitándose la cazadora, la calefacción estaba tan alta, que hacía tiempo que se estaba asfixiando.

-No, aun me queda uno –respondió Elyon cansada, quitándose también la trenca.

-Si quieres podemos hacer un descanso mientras comemos algo –propuso él.

-Vale –sonrió ella mirando a su alrededor- ¿Podemos comer en un restaurante de comida basura? Siempre he querido probar esa comida.

-Con ese nombre yo no quiero ni olerla –Snape alzó una ceja.

-No es basura lo que dan de comer –intentó aclarar la joven.

-¡Ya sé que no lo es! Y sigue sin apetecerme la comida rápida –le dijo el profesor aclarando que sabía de qué hablaba.

-Ni que tuvieras que correr detrás de ella –se enfurruñó Elyon cruzándose de brazos.

Snape puso los ojos en blanco, ese chiste había sido muy malo.

-¿Acaso la has probado alguna vez? –le preguntó la semielfa.

-No.

-¡Pues entonces no sabes si está buena o mala! Venga, por favor –pidió ella con ojos suplicantes.

Esos ojos... Snape suspiró.

-De acuerdo –cedió.

-¡Genial! –Elyon se levantó con un salto de alegría y cogió sus cosas.

Salieron del edificio, ya que junto a este había varios restaurantes. Finalmente se decidieron por uno, o más bien se decidió Elyon. Snape no quería admitir que de comida rápida no entendía nada, solo sabía que provocaba problemas nutricionales si se abusaba de ella, así que tuvo que seguir a la chica, que parecía saber algo más que él sobre el tema. Se pusieron a la cola y al cabo de unos minutos les llegó el turno. La semielfa pidió con soltura y tras unos minutos les pusieron delante dos cajas de cartón de llamativos colores y dibujos infantiles. La camarera los miró con una sonrisa divertida.

-¿Será una broma no? –le dijo él de mal humor.

-¿Por qué? Es lo que se pide aquí –le respondió ella sacando la cartera.

-Pues que te aproveche –le dijo sin más Snape, yéndose de allí.

-¡Espera! ¡Sí, era broma! –le gritó.

Se sentaron en una de las mesas. Elyon se quedó con las dos cajitas y le dio al chico una bandeja con una hamburguesa, patatas y un refresco.

-¿De verdad has pagado por eso? –le dijo mirando la hamburguesa en miniatura que la chica sacaba de la caja- Eso no te quitará el hambre.

-Me hacía ilusión. Además, tengo dos mini hamburguesas porque tú no has querido la otra –sonrió la semielfa encogiéndose de hombros.

El chico le dio un mordisco a la suya, y tuvo que admitir que no estaba tan mal.

-¿Cómo sabes tanto sobre este tipo de comida? –le preguntó.

Elyon masticó con rapidez y tragó antes de hablar.

-En mi casa teníamos televisión, y se aprende bastante del mundo muggle a través de ella, sobre todo con los anuncios –explicó la chica.

-¿Y qué hacía una televisión en casa de una bruja y un elfo? –le preguntó el profesor curioso.

-Mi madre era hija de muggles, por eso en casa teníamos esa clase de cosas. Así que sé más del mundo muggle que del de los magos. Aunque claro, mi madre me explicó que no todo lo que sale en la televisión es cierto, así que no sé si yo sola sería capaz de apañármelas en el mundo muggle –comentó ella mientras comía unas patatas.

-¿Tu madre era hija de muggles? –Snape alzó una ceja incrédulo.

-Sí, ¿por?

-Porque es extraño que un elfo se empareje con un mago, pero si encima es un mago de ascendencia muggle la cosa es más rara aún. Los elfos no suelen confiar ni en magos ni en muggles –explicó él.

Elyon lo miró encogiéndose de hombros con indiferencia. No todos eran así, como ejemplo tenía a su padre, que había dejado los prejuicios a un lado y se había casado con una bruja de ascendencia muggle. Sacó de una de las cajas un juguete y le dio cuerda. La hamburguesa de plástico empezó a andar por la mesa con unas pequeñas patitas. Apenas hablaron durante el resto de la comida, así que Elyon se entretuvo mirando a través de los ventanales del local a un chico joven que hacía trucos de magia en la calle. La joven rio al ver la cara de asombro de los niños cuando el chico estornudó y del pañuelo que utilizó para taparse la nariz salió una rata blanca bastante grande. Snape siguió la mirada de la chica y miró al chico con el ceño fruncido.

-¿Cómo te puede resultar gracioso algo así? Resulta patético que un muggle se crea de verdad mago –gruñó Snape.

-Sinceramente, creo que es más difícil hacer esa clase de trucos de manos que un hechizo con varita –opinó Elyon-. Además, mira la cara de ilusión de esos niños, es muy triste que no puedan saber que la magia existe. Eso es lo más parecido a la magia que verán nunca.

-Y eso es lo más empalagoso que podías haber dicho, si fueras diabética creo que ahora estarías muerta –se mofó él.

Elyon lo fulminó con la mirada apretando los dientes, por un momento había olvidado lo insensible que era ese chico.

-Anda vamos, acabemos ya con las compras –refunfuñó ella levantándose y cogiendo algunas bolsas.

Snape se aguantó la risa, era muy fácil picarla. Al salir para volver a Whiteleys pasaron frente al mago muggle, y Elyon se paró frente al chico para ver el siguiente truco. El muggle se la quedó mirando, era un chico un poco más joven que Snape, moreno también, pero de ojos verdes. Se acercó a ella, con una servilleta hizo una rosa de papel y se la ofreció. Pero cuando Elyon alargó la mano para cogerla el chico la retiró y le hizo un gesto para que esperara un momento. Sacó un mechero del bolsillo y prendió fuego a la rosa de papel. Elyon no pudo reprimir una sonrisa de sorpresa al ver como de repente apareció en la mano del chico una rosa de verdad, que sustituyó a la de papel mientras se quemaba con una llamarada. El muggle le dio la rosa a la joven y le guiñó un ojo con complicidad.

-Gracias –musitó ella sonrojándose sobremanera.

Snape le puso una mano en el hombro a la chica para que siguiera caminando. El chico le lanzó una mirada heladora al muggle, y este le respondió con una sonrisa desafiante.

Entraron en una pequeña joyería, llena de escaparates de cristal. Elyon miró las joyas con detenimiento, quería unos pendientes para Grace, porque sabía lo mucho que le gustaban. El problema era que en los escaparates había muchos y no sabía por cual decidirse, buscaba algo sencillo y elegante, pero también gracioso y original, y que además no fuera muy caro. En resumen, que empezaba a dudar que pudiera encontrar lo que buscaba. Tras mucho meditar se quedó con unos pendientes de plata con una estrellita de nácar rosa, de la cual colgaban otras tres estrellas más pequeñas: dos de plata y una también de nácar rosa.

-¿Ya has acabado? –le preguntó Snape mientras Elyon se repartía el peso de las bolsas y metía unas dentro de otras.

-Creo que sí –contestó la chica.

De camino a la salida pasaron frente a una librería.

-Espera un momento, quiero mirar una última cosa –Elyon entró en la tienda.

Caminó entre las estanterías sin ver nada en especial, hasta que lo encontró. Cogió el libro y miró a su alrededor, no vio a Snape por ningún lado. Con paso rápido llegó al mostrador y una vez lo hubo pagado, escondió el libro en una de las bolsas.

Esperó a Snape en la puerta de la librería, porque el chico había desaparecido por completo. A los pocos minutos el profesor salió de la tienda acomodándose algo dentro de la cazadora.

-¿Dónde te habías metido? –gruñó el joven.

-Lo mismo digo –Elyon se cruzó de brazos.

-Anda vámonos ya, estoy harto de andar de un lado a otro cargado con tus estúpidos regalos –le dijo Snape de mal humor.

…..

De vuelta a Hogwarts, Elyon encontró en su habitación un par de rollos de papel de regalo. Se pasó el resto del día, que no era mucho, preparando los paquetes para enviarlos a sus amigos, porque dentro de dos días ya era Navidad, y quería que sus regalos llegaran a tiempo. Envolverlos fue fácil, lo difícil fue pensar que podía escribir en las cartas que quería enviar junto a los regalos. No quería que algunas fueran mucho más largas que otras, y tampoco quería que todas fueran iguales.

Al entrar en el Gran Comedor se llevó una grata sorpresa, había al menos unos treinta alumnos más de diferentes casas sentados en sus respectivas mesas. Por suerte no había sido la única que se había quedado en Hogwarts por Navidad. En la mesa de los profesores no había ni un sitio vacío, ¿es que no se iban con sus familias por Navidad? Elyon recordó que en verano algunos profesores se habían ido, aunque claro, a lo mejor había sido por las celebraciones por la caída de Voldemort.

Cuando acabó la cena Dumbledore la alcanzó en uno de los pasillos.

-¿Qué tal las compras?

-Genial, es la primera vez que he ido de compras y me lo he pasado muy bien, a pesar de que me acompañara Snape –murmuró al final-. Por cierto, ya tengo los regalos listos, ¿hay lechuzas suficientes?

-No te preocupes, mandaré a un par de elfos domésticos a por ellos –le sonrió el anciano- ¿Entonces el profesor Snape también se lo ha pasado bien?

-A saber, no ha dejado de quejarse. Detesta las navidades más de lo que me imaginaba –comentó ella encogiéndose de hombros.

-Eso es porque por el momento no ha tenido ninguna razón para que le gusten, o si la tuvo, la perdió –le dijo Dumbledore con un deje de tristeza en la voz.

Elyon lo miró sin saber muy bien qué decir.

-¿Usted sabía que Snape conoce muy bien el mundo muggle? –le preguntó curiosa.

-¡Pues claro! Por eso le dije que te acompañara, de todos los profesores que hay en Hogwarts es el que más sabe sobre el mundo muggle, incluso un poco más que el profesor de Estudios Muggles diría yo. Aunque claro, no es de extrañar teniendo en cuenta que uno de sus padres era muggle y que se crio en un barrio muggle también –explicó el director.

-¿Snape no es sangre limpia? –Elyon se quedó boquiabierta- Pero yo creía que en Slytherin solo podían entrar los descendientes directos de familias de magos.

-Y así suele ser, así que hazte una idea de lo buen mago que es el profesor Snape –sonrió Dumbledore- Por cierto, que no se entere de que tú lo sabes, prefiere que la gente crea que es de familia de magos.

Elyon asintió, no le extrañó nada aquello, conocía de sobra a Snape y los slytherins.

-Bueno voy a la Sala Común. Dejaré los regalos encima de mi baúl –se despidió ella.

-Perfecto. ¿Me equivoco al decir que uno de esos regalos es para el profesor Snape? –comentó el director como si nada, sonriendo.

-¿Tanto se nota? –la joven se sonrojó ligeramente.

-No, simplemente te conozco –rio él-. Espero que le guste.

-Sinceramente no sé si le gustará o no, él solito se ha ganado su regalo –Elyon se encogió de hombros con indiferencia.

-Yo creo que sí le gustará –opinó Dumbledore- Buenas noches.

-Buenas noches, profesor.

Dumbledore retornó a su despacho sonriendo de oreja a oreja, con un poco de suerte y la ayuda de sus artimañas esas iban a ser unas buenas navidades.

…..

Los días eran interminables, esa noche se celebraba en Hogwarts la cena de Noche Buena, y Elyon aún no había recibido ni una sola carta de sus amigos, ni siquiera de Remus. Estaba claro que iban a ser unas navidades muy largas. De no haber conocido a Lisa y el resto seguramente los días le habrían pasado como un suspiro, como le pasó durante las semanas previas al curso escolar. Pero ahora que volvía a tener a su lado gente que le importaba, se le hacía doloroso volver a quedarse sola. Incluso había intentado recurrir a la compañía de Snape al no encontrar a Hagrid en su cabaña, pero el profesor parecía haberse evaporado, seguramente se había ido a pasar las fiestas a otra parte, quizá a su casa del barrio muggle. Estaba tan desanimada, que ni siquiera se adecentó un poco para ir a cenar, le dio igual bajar con el chándal que en ocasiones utilizaba de pijama, pisándose los bajos del pantalón que le venían un poco largos.

-No tiene muy buen aspecto –le susurró McGonagall a Dumbledore con preocupación.

-Todos sus amigos se han ido y ha vuelto a quedarse sola, ni siquiera Hagrid ha tenido tiempo para estar una tarde con ella –le respondió el director.

Snape miró de reojo al anciano, y luego observó con disimulo a la chica, que comía desganada y sola en un extremo de la mesa Gryffindor. Se sintió algo culpable, se había esforzado en evitarla. Sabía que para no estar sola habría recurrido a él, y en su opinión, él no era la mejor compañía, menos aún en Navidad, cuando supuestamente la gente se reúne para pasar ratos agradables. Al acabar la cena Snape observó como Elyon se iba arrastrando los pies. Torció el gesto. Quizá debería ir a decirle algo "No, para nada, ya se le pasará. Ni que fuera la única alumna que se ha quedado en Hogwarts" se dijo a si mismo con severidad.

-Severus, ¿te apetecería venir a tomar algo en el Callejón Diagon? –Zelda lo paró agarrando su brazo, y lo miró alzando una ceja.

-No gracias, no me apetece –contestó él con cansancio.

-¡Vamos! Aunque solo sea una copa, quizá después te animes –se insinuó ella.

-He dicho que NO me apetece, quizá otro día –Snape se zafó de ella con facilidad y se dirigió a las mazmorras.

-Bueno, ¡tú te lo pierdes! –le contestó ella intentando aparentar indiferencia.

-Yo creo que no –murmuró él con una sonrisa de autosuficiencia.

Cerró la puerta de su habitación y se frotó las sienes suspirando con cansancio. Miró el fuego moribundo y por un momento dejó la mente en blanco. Sin saber muy bien por qué, se acercó a un pequeño armario con puertas de cristal, que estaba situado en un lado de la habitación cerca de la chimenea. Rebuscó en él. Después de mover un par de frascos y algunos libros, encontró lo que buscaba. De la parte de arriba del armario sacó un sobre grueso y una caja de madera oscura no más grande que un palmo, ambas cosas cubiertas de polvo. Miró el sobre con una mueca y lo volvió a dejar en la estantería polvorienta. Observó la caja con detenimiento, apretando los labios con indecisión. "¿Y por qué no? Total, yo no le voy a dar ningún uso, seguirá en la estantería acumulando polvo".

Fue a su pequeño escritorio, cogió un pergamino y le arrancó un trozo, acto seguido escribió un nombre. Cogió de nuevo la caja de madera y sopló para quitarle parte del polvo. Y con ambas cosas en la mano fue en busca de un elfo doméstico.

…..

A la mañana siguiente Eizen se coló en la habitación de Elyon y empezó a picotearle el pelo para despertarla. La chica gruñó e hizo un ademán para que el animal la dejara descansar. Pero el halcón no cesó en su empeño.

-¿Sabes que eres muy testarudo? –gruñó ella soñolienta mirándolo.

Eizen se apresuró en estirar una pata y mostrarle un pequeño pergamino que tenía atado a ella. Elyon se incorporó en la cama y cogió el mensaje.

"Ven a la Sala de Profesores tan rápido como puedas.

Profesor Dumbledore"

La chica suspiró, ¿qué quería el director ahora? Se puso las deportivas y salió de la habitación, se había quedado dormida con el chándal, y le daba mucha pereza cambiarse. Al bajar miró a los alumnos que se apelotonaban emocionados alrededor del árbol abriendo regalos, Elyon ojeó con rapidez los regalos que quedaban y no vio su nombre escrito en ninguno. Suspiró. ¿Acaso sus amigos se habían olvidado de ella? A lo mejor sus regalos aún no habían llegado, conocía lo despistados que podían llegar a ser, así que posiblemente los habían enviado tarde.

Abrio la puerta de la Sala de Profesores, que se le antojó más pesada que de costumbre. Dentro solo estaban Dumbledore, McGonagall y para su sorpresa, Snape, junto con otros dos profesores más que ella no conocía.

-¡Feliz Navidad! –saludó el director con felicidad.

-¿Y los demás profesores? –preguntó Elyon entrando en la sala.

-Con sus familias –sonrió él- ¿Qué? ¿Tienes ganas de abrir tus regalos?

-¿Qué regalos? –ella frunció el ceño.

Dumbledore señaló un pequeño árbol de Navidad colocado en medio de la estancia. La chica se acercó con timidez y vio su nombre escrito en algunos paquetes.

-Pedí que los trajeran aquí para que no estuvieras sola al abrirlos –explicó el director.

Elyon se arrodilló en el suelo y contó los regalos con una tímida sonrisa. Miró los paquetes que llevaban su nombre, y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. No era porque hubiera muchos, si no por quién se los había enviado: sus amigos. No se habían olvidado de ella. Se sentía muy feliz, volvía a sentir la ilusión por saber qué había dentro. Hasta ese momento solo había recibido los regalos de sus padres, y había llegado a perder parte de la ilusión, pero ahora...

-¡Venga! Ábrelos ya, no sea que te hayan regalado algo que pueda caducar –rio Dumbledore.

Elyon cogió uno de los paquetes con nerviosismo, desenvolvió con cuidado y sacó del papel un libro con tapa suave y grabados de color esmeralda. "Cuentos élficos" decía el título. La chica sonrió y miró la etiqueta.

-¡Muchas gracias! –le dijo a Dumbledore.

-Así conocerás algo más sobre la cultura del pueblo de tu padre –le sonrió el director agachándose junto a ella en busca de sus regalos-. También es un regalo de la profesora McGonagall.

La semielfa buscó a la profesora y le dio las gracias con una amplia sonrisa. Todos los profesores estaban desenvolviendo sus regalos, salvo Snape, que miraba el exterior a través de la ventana con cara de enfado. El siguiente regalo de Elyon no era muy grande, era una pequeña bolsa de terciopelo azul acompañada por un sobre. Tras dudar unos momentos abrio primero la bolsita, y sacó de ella cinco anillos de plata, todos ellos diferentes, con diferentes formas y dibujos, en su parte interior había grabadas unas iniciales que la chica conocía muy bien. Sus ojos se iluminaron y con rapidez volvió a meter los anillos en la bolsa, para poder abrir el sobre del cual salió una carta y una foto. Lisa, Grace, Johnny, Will y Remus la saludaban y reían desde la foto. Elyon inspiró para no llorar de alegría.

"¡Hola! ¿Qué tal llevas las navidades? Nosotros te hemos echado en falta, pero que estés en Irlanda ha tenido su parte buena, hemos podido quedar todos para comprarte tu regalo. ¡Nos ha costado muchísimo! Pero al final nos hemos decidido por los anillos, cada uno te ha elegido uno, y su inicial está dentro (con lo lista que eres seguro que ya te has dado cuenta ¡Sí! Sabemos que has abierto el regalo antes de leer esto, que te conocemos...)"

Elyon rio mientras se le escapaban algunas lágrimas.

"Así, con estos anillos, siempre nos tendrás a tu lado, aun cuando estemos muy muy lejos. No sabemos qué más contarte, que tampoco te queremos dar envidia.

Por cierto, no te hemos enviado ninguna carta estos días para que luego te hiciera más ilusión la foto y los anillos. Y no creas que ha sido fácil, hemos estado a punto de quitarle la lechuza a Lisa, porque quería escribirte nada más llegar a su casa (decidimos lo de las cartas en el tren). A Remus no fue tan difícil convencerlo, aunque por un momento creímos que te iba a enviar alguna carta a escondidas, menos mal que es buen tío.

En fin, ya no hay nada más que contarte hasta ahora. En breve volveremos a escribirte.

¡Feliz Navidad!"

Elyon no pudo evitar romper a llorar. De repente se sentía tan feliz, tenía tantas ganas de abrazarlos a todos y darles las gracias por estar con ella. Dumbledore se acercó preocupado, pero la chica le pasó la carta para que no se preocupara. El director sonrió con cariño al leerla, al parecer las cosas mejoraban para ella poco a poco.

De pronto la puerta se abrio y Hagrid entró en la sala, estaba cubierto de nieve.

-Perdón por el retraso, pero he tenido que quitar algo de nieve de la puerta de mi cabaña o luego no podré entrar –se explicó él avergonzado sacudiéndose la nieve del enmarañado pelo.

-No te disculpes y únete –sonrió Dumbledore haciendo un ademán.

El semigigante se apresuró en buscar sus regalos. McGonagall y Dumbledore no tardaron en encontrar los regalos que les había hecho Elyon, y le dieron las gracias sonriendo con alegría.

-Elyon abre el mío, venga, ábrelo –le apremió Hagrid ilusionado con un enorme paquetón en las manos.

Bajo otros regalos encontró un paquetito torpemente envuelto. En su interior encontró un silbato de plata atado a una cuerda marrón oscura.

-¿Un silbato? –Elyon miró a Hagrid extrañada.

-No es un silbato cualquiera, sirve para que puedas llamar a Eizen una vez lo entrenes, solo él puede oírlo, bueno, él y otras rapaces –le explicó Hagrid desenvolviendo su regalo, que resultó ser el libro de los thestrals- ¿Y esto?

-Bueno, los thestrals son criaturas complicadas, así podrás saber más sobre ellos. Y como sé lo que te gustan las criaturas mágicas...

-¡Los thestrals van a adorarme a partir de ahora, ya lo verás! Me lo voy a leer y a cuidarlos aún mejor –dijo el grandullón con decisión y alegría.

Elyon sonrió y cogió otro regalo. Dumbledore se levantó y se acercó a Snape, que parecía ajeno a todo aquello.

-¿La llevaste al Callejón Knockturn? –le preguntó con severidad.

-¿Qué? ¡No! Por supuesto que no –Snape lo miró de mal humor-. Pensaba que confiabas más en mí. La dejé en la tienda de animales mientras iba a por el libro. ¿Qué querías que hiciera? Se deprimió al no encontrarlo en el Callejón Diagón.

Dumbledore le dio una palmada en el hombro y negó con la cabeza con una media sonrisa.

Elyon cogió una caja polvorienta, que llevaba su nombre escrito con tinta verde en un trozo de pergamino. Pasó la mano por la caja para quitarle el resto del polvo de los grabados de la madera, era vieja y estaba un poco astillada, y al abrirla chirrió. Snape se la quedó mirando. El interior de la caja estaba forrada de terciopelo nego, y colocada en el centro había una pulsera de plata, con varias canicas de cristal de colores. Con cuidado la sacó de la caja y se la puso en la mano para verla mejor, no sabía por qué, pero la pulsera le transmitía a la vez una sensación de alegría y tristeza que la acongojaba.

-Es muy bonita –sonrió ella devolviéndola a la caja con cuidado.

Snape apartó la vista de ella, su pulso se había acelerado por momentos.

-¿Quién te la ha regalado? –preguntó McGonagall acercándose para mirar la bonita pulsera.

-No lo sé, pero aquí hay gravada una "S" –contestó Elyon pasando los dedos por la parte de debajo de la caja.

El joven profesor se giró de nuevo hacia ella intentando que el pánico no se reflejara en su rostro, había olvidado que él mismo había gravado la caja hacía años. Su corazón se aceleró por momentos, y una mezcla de ira y vergüenza se adueñó de él al ver la expresión de Dumbledore, que lo miraba con una sonrisa burlona alzando una ceja. Snape lo fulminó con la mirada y se dispuso a irse de allí, no estaba dispuesto a soportar las burlas del viejo.

-Severus, espera, aquí hay un regalo para ti –le dijo Dumbledore tendiéndole un paquete.

Gruñendo lo cogió, era sin duda un libro. Se dio cuenta de que muchas de las miradas se detenían en él. No quería abrirlo ahí delante, seguro que esa era otra broma pesada de Dumbledore, para no variar. Rompió el papel sin miramientos, quería acabar con aquello rápidamente. Se quedó de piedra al leer el título "Trucos de magia".

-Estás muy graciosilla últimamente, ¿no? –le dijo a Elyon asqueado.

La chica le sonrió con maldad.

-¿Y esto? ¿Es un libro de magia muggle? –le preguntó inocente el director- Déjame verlo.

-Todo tuyo, quédatelo –le contestó dándole el libro.

-No, no, es tu regalo –Dumbledore se cruzó de brazos.

Snape puso los ojos en blanco y se fue de la Sala de Profesores.

-¿Por qué le has regalado eso? –le preguntó el anciano.

-Es una larga historia –rio ella.

Ya solo quedaban dos paquetes bajo el árbol, y ambos eran para ella. Observó la caligrafía con el ceño fruncido, su nombre estaba escrito con letras finas y alargadas. Conocía esa letra, cada año recibía regalos de la misma persona por navidades y su cumpleaños, aunque jamás lo había visto ni sabía de quién se trataba. Ambos regalos eran cajas de madera clara adornadas con motivos florales en plata, verde y oro. Abrio una de ellas, en su interior había una diadema de plata, grabada cuidadosamente con dibujos de enredaderas y pequeñas flores.

-Es... preciosa –murmuró ella asombrada, jamás había recibido un regalo igual.

-Déjame verla, por favor –le pidió Dumbledore.

Elyon le dio la caja con la diadema, y abrio la que quedaba. Dentro había un pasador de pelo también de plata, pero con dos flores azules, una más grande que la otra. Le resultaba extrañamente familiar. El azul era intenso y el brillo que tenía era parecido al del nácar. Conocía esas flores, eran como las del Callejón del Sauce. Al sacar el pasador vio que bajo este había una pequeña nota.

"Tu madre se lo solía poner a menudo. Estaba preciosa con él, seguro que tú también lo estarás."

Entonces a su mente vino la imagen de su madre con ese pasador de pelo. Era una imagen vaga, como si hubiera pasado muchísimo tiempo.

Ella frunció el ceño, la persona que le enviaba estas cosas... ¿Cómo era posible que tuviera algo de su madre? Dumbledore se acercó extrañado al ver su reacción, y le quitó la nota para leerla.

-Es un pasador muy bonito, ¿por qué no vas a dejar un momento los regalos en tu habitación? No sea que por mala suerte vayas a perder alguno –le aconsejó el director con una sonrisa.

Elyon asintió, ni siquiera podía articular palabra, estaba como ausente. Nada más salir de la sala la expresión de Dumbledore se ensombreció y enfureció a partes iguales. McGonagall también leyó la nota.

-¿Quién le ha enviado esto?

-Azrael –contestó el director.

McGonagall apretó los labios con desaprobación.

…..

De vuelta a su cuarto, Snape tuvo el impulso de tirar el libro al fuego de la chimenea, pero se contuvo. Ojeó las páginas del libro, que contenían fotos en algunos de los pasos a seguir. Con un bufido tiró el libro sobre uno de los sillones de su habitación. Desganado, se dejó caer en la cama como un peso muerto, haciendo que los muelles chirriaran. "Bueno, al menos parece que le gustó mi regalo" se dijo a sí mismo con una pequeña sonrisa. Sintió una agradable sensación al recordar la sonrisa de Elyon al ver la pulsera. Con un poco de suerte Dumbledore no abriría la boca y así nadie sabría que ese regalo era suyo.

…..

Se sentó en su cama y dejó los regalos a un lado. No podía dejar de pensar en la nota. Miró el pasador de nuevo. A parte de aquel recuerdo borroso, nunca se lo había visto puesto a su madre, de hecho, nunca había visto joyas parecidas en casa. Lo más parecido que habían tenido era su lágrima azul, que antes había sido de su padre. Él se la había regalado en su decimotercer cumpleaños. Había tantas cosas que no sabía de sus padres... aunque al menos ahora sabía cuál era esa extraña conexión entre las flores del Callejón del Sauce y su madre.

Cogió la foto de sus amigos y la colocó en su mesita, apoyándola en la lámpara. Sonrió. Se desperezó y decidió irse a duchar, estaba un poco harta de ir con el chándal, por cómodo que fuera. Una vez duchada y fresca como una rosa, sacó de nuevo los anillos y se los puso. El anillo de Lisa se lo puso en el pulgar derecho, el de Will en el izquierdo, el de Grace y Johnny juntos en el anular izquierdo, y el de Remus en el dedo corazón de la mano derecha.

…..

Albus miraba el fuego de mal humor.

-No entiendo por qué has tenido que enviarle el pasador –gruñó.

-Era de su madre, me pareció un bonito detalle –le respondió el fuego.

-¿Bonito detalle? ¡Si no le hubieras enviado esa nota sí que habría sido un bonito detalle!

-¡Un detalle que no habría entendido! ¡Tiene todo el derecho del mundo a saber cómo eran realmente sus padres!

-Creo que ya hablamos sobre esto, no debe saber nada hasta que esté preparada. Me está costando mucho que supere lo ocurrido, ¡y lo último que necesito es que tú le envíes notas! ¡El hechizo se debilita día a día, y todo esto no hace más que acelerar las cosas!

-¡Es mi nieta! –rugió el fuego- ¡Quiero poder hablar con ella, que sepa que existo!

-Has pasado once años sin poder decirle nada, un año más no te matará, Azrael –le dijo Dumbledore con seriedad.

-Es lo único que me queda. La guerra ha acabado, ya no tienes derecho a decir si puedo verla o no –se exasperó el hombre que lo observaba desde el fuego.

-Lo tengo desde que pusiste a sus padres y a ella bajo mi protección.

-Sí. Y no debí hacerlo, ¡todo salió mal! ¡Mataron a mi hijo, mi nuera y por poco se la llevan a ella! –le reprochó.

-Sabes tan bien como yo que la culpa también fue tuya, si hubieras actuado de otra manera tu hijo seguiría vivo y ahora podrías estar de vuelta con él. Actuaste mal y ha tenido consecuencias devastadoras, así que no permitiré que vuelvas a inmiscuirte. Ni una nota más, ni un regalo, ni nada. Quiero que te olvides de ella hasta que esté preparada, tarde el tiempo que tarde –la voz de Dumbledore era una dolorosa condena.

El hombre de rasgos finos y pelo rojo, que se confundía con el fuego, lo miró con los ojos desorbitados, mientras se esforzaba en contener las lágrimas. Negó con la cabeza.

-No puedes hacerme eso, Albus –su mirada se volvió dura-. Es mi nieta y su sitio está con su familia. Acordamos que todo esto solo era una solución temporal…

-En eso no te quito la razón, Azrael -Dumbledore intentó tranquilizarlo-. Elyon está progresando a buen ritmo y más pronto que tarde estará preparada. Solo te pido que tengas paciencia y que confíes más en mí y su Protector, que por cierto, está haciendo un gran trabajo.

Azrael suspiró desde la chimenea.

-Cuídala mucho, por favor, no dejes que le pase nada, es lo único que me queda. Si la pierdo, yo…

-Tranquilo, aquí está a salvo –sonrió Dumbledore.

Las llamas se apagaron y la imagen del elfo desapareció.