Capítulo 21: Un año más
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El resto del tiempo, Merlina intentó aparentar que todo estaba bien, porque no le gustaba recordar a ciertas personas que le resultaban molestas. No era muy difícil, porque los muchachos también le cooperaban para no interrogarla, y la celebración del cumpleaños de Harry la había distraído más que suficiente. No obstante, ellos, por tratar de arreglar la situación para que Merlina estuviera el doble de alegre, acabaron de arruinar el momento, lo que destruyó gran parte de su ánimo. Ginny y Hermione se le habían acercado muy contentas y sospechosas el segundo día de agosto —le habían rogado para que se quedara durante todo el resto de las vacaciones—, cuando estaba a punto de acostarse.
—¿Qué ocurre? —preguntó viendo sus caras de "tramamos algo".
—Queremos hacerte una invitación —dijo Hermione.
—¿Cuál sería? —preguntó Merlina entusiasmada.
—Bueno —dijo Ginny—, tú conociste a mi hermano Bill y a Fleur —Merlina asintió a pesar de que era una afirmación—. Se van a casar.
—Ya… —murmuró Merlina, presintiendo el camino hacia donde iban.
—Y querríamos (mi madre también) que estuvieras aquí.
Merlina abrió la boca. Sus ojos ya no estaban sonrientes.
—¿No te gusta la idea? —indagó Hermione con tristeza.
—Yo… no, bueno, no.
—¿Por qué? —terció Ginny con extrañeza, porque, ¿a quién no le gustaba una buena fiesta en donde pudiera beber y comer a libre demanda?
Merlina miró el suelo con una mezcla de vergüenza y disgusto. No es que no le agradaran las bodas, porque de adolescente había asistido a más de una. Esto era un sentimiento reciente, y tenía que ver con lo que representaba: no soportaría ver a dos jóvenes tan bellos casándose, jurándose amor eterno, mientras ella había sido traicionada, usada, manipulada y humillada por su exnovio. La herida de su orgullo estaba fresca. Bueno, tal vez también existiera cierta envidia por el hecho de ella aún no estar casada, y esa era una razón ridícula, así que se autoconvencía más con el primer argumento.
—Por favor, Merlina —rogó Hermione.
Merlina hizo una mueca y suspiró. ¡Se veían tan ilusionadas! ¿Cómo decirles que no?
—Está bien… sólo por ustedes —prometió y sonrió con un esfuerzo terrible.
Las dos sonrieron de oreja a oreja.
—Lo pasarás bien —aseguró Ginny.
—Ojalá. ¿Cuándo es la boda?
—La otra semana, el viernes.
—¿La otra semana? ¿Tan pronto?
—Sí, y por eso queremos que también nos ayudes a los preparativos… si no es una molestia.
—Claro que no, claro que ayudo…
—Mañana en la mañana empezamos, porque, si no, mamá se pondrá histérica si lo hacemos a última hora.
—Perfecto —asintió Merlina todavía con una sensación extraña—. Buenas noches.
—Buenas noches —contestaron las chicas a coro.
Merlina se acostó y se quedó mirando el techo en la oscuridad. Ella jamás había sido de aquellas niñitas bobas que soñaban con el vestido blanco, la boda perfecta y cientos de invitados, pero a los veintiséis, en el mundo de los magos y en esa época… ¿veintiséis?... Un momento, ¿ella no debía tener ya veintisiete? ¡Qué espanto! ¡Se había olvidado de su propio cumpleaños! ¿Cuándo era 3 de agosto…? ¡Al día siguiente! Se tapó la cara con las manos. Había olvidado su cumpleaños, lo que equivalía olvidarse al aniversario de muerte de sus padres y hermano. ¿Se estaba volviendo vieja? Bueno, el punto era que a los veintiséis o veintisiete años sí se deseaba eso, y ella lo había hecho con Craig, a pesar de no haber estado enamorada y convencida. Agradecía, evidentemente, haber acabado con una relación así de enferma, pero le ofendía el hecho de contar con cero posibilidades de casarse y tener una familia. Hasta allí había quedado el árbol genealógico de los Morgan. ¿Imaginarse en un altar? Ni aunque le mostraran una foto suya vestida de blanco podría imaginárselo. Su mente recreó la situación: a su lado, un hombre con un esmoquin negro la tenía tomada del brazo. Este hombre misterioso tenía un cartucho de papel en la cabeza con un signo de interrogación marcado. Negó exasperada en la oscuridad y optó por dormirse, porque en una noche no podría cambiar su destino. De todos modos, quizá los Weasley tuvieran a un familiar que pudieran presentarle, y podría no ser del todo mala idea asistir a la boda.
Sólo sintió que había dormido unos minutos, cuando unas voces potentes la despertaron. Cantaban algo a todo pulmón. Le costó distinguir qué era lo que había pasado y quienes eran. Estaba tan cansada…
—No, otra vez —dijo una voz femenina—. Está muy dormida y no comprende nada. ¡Uno, dos, tres!
De pronto Merlina sintió como si le hubiesen quitado tapones de los oídos. Abrió los ojos. La luz entraba por la ventana a raudales porque las cortinas estaban abiertas. Era temprano.
—¡… a ti, cumpleaños Merlina, que los cumplas feliiiiz! —cantaron a coro unas voces.
Se sentó y vio cuatro caras sonrientes. Merlina se fregó los ojos y también sonrió, sin poder creerlo.
—No nos olvidamos de ti —dijo Hermione.
—No —contestó Harry—, porque Hermione lo estuvo repitiendo durante todo el mes, a cada hora.
—Incluso nos lo escribió ayer en unos pergaminos y los pegó en las paredes de nuestra habitación para que lo recordáramos —acotó Ron con un gruñido de exasperación.
Merlina sonrió. Parecía que cumplir años no era tan terrible si te daban una buena felicitación. Se sintió mucho mejor.
—No saben… Realmente… Estoy tan agradecida, chicos…
Cada uno se aproximó a darle un abrazo y un regalo.
—No eran necesarios los regalos…
—Claro que sí, además, no son gran cosa —replicó Ginny como sin darle mayor importancia—. Tú nos trajiste cosas, siendo que ni siquiera estábamos de cumpleaños.
—A mí me regalaste dos cosas, en mi cumpleaños también lo hiciste —terció Harry, evidentemente agradecido.
—Bueno… está bien… No saben… —sonrió y no completó lo frase. Ella tampoco sabía que más decir. Sí sabía que rebosaba de un agradable sentimiento de bienestar.
Abrió los regalos —ropa de parte de las chicas, y un perfume y un libro de Ron y Harry respectivamente— y volvió a agradecer.
—Ya, suficiente —comentó Ron—. Es mejor que te apresures, porque tenemos que comenzar a podar el pasto otra vez.
—Claro, en veinte minutos bajo.
La dejaron sola y ella se fue a bañar. Se vistió y bajó como nueva hasta la cocina.
—Hola, querida, sírvete algo antes de salir —dijo Molly con amabilidad, y se aproximó hacia ella—. Feliz cumpleaños.
—Gracias, señora Weasley. —Se dieron un abrazo y siguieron con lo suyo.
Comió un sándwich de jamón con un vaso de leche y fue al patio para comenzar de inmediato con las labores designadas del día.
Ordenar y organizar las cosas para la boda fue más entretenido de lo que se esperaba. Molly había mandado a llamar a un par de decoradores profesionales, quienes les ayudaron y les fueron dando instrucciones para que las cosas quedaran perfectas en el lugar donde debían ir y no un revoltijo de sillas con algunas flores esparcidas por cualquier lado.
—Acá será la fiesta —comunicó Ginny—; el casamiento será en una Iglesia mágica que queda en Londres.
Merlina la miró asustada.
—Por casualidad no queda en el callejón Diagon, ¿o sí?
—No, es más lejos.
—Bien —suspiró, aliviada. No quería acercarse allí, si era posible, nunca más.
Colocaron una pequeña plataforma donde estaría una banda tocando música constantemente, muchas mesas redondas para ocho personas —eran aproximadamente ciento sesenta invitados—, con flores por todos lados, adornos, guirnaldas… En resumen, todos corrían para todos lados como locos. A pesar de que a ella ni siquiera le correspondía estar allí, se sentía responsable de los detalles, olvidándose por completo de la pena que sentía por su soltería. Hasta era divertido organizar bodas.
El tiempo alcanzó justo para dejar terminadas las cosas. La novia también había cooperado, aunque no mucho, porque siempre quedaban los pormenores del vestido. Y hablando de vestidos, ella no tenía ninguno, porque al final, el de Craig, lo había echado a la basura. ¿Quién, en su sano juicio, ocuparía un vestido bajo el trasero, con un escote que no cubría nada y de un verde limón brillante? Ella no, por lo menos.
—Oh, oh… —susurró el día anterior a la boda cuando estaban cenando, recordando el pequeño detalle.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hermione.
—No tengo ningún vestido para ponerme mañana.
—Yo tengo —dijeron ambas chicas a la vez.
—Pues pásenme los que no ocuparán y me los probaré.
Después de que terminaron de comer, subieron y le entregaron tres vestidos cada una. Entró al baño y salió ocho veces para modelarles los vestidos a las chicas, quienes asentían y sonreían o negaban con caras de horror. Las primeras seis fueron por el total de vestido, y las dos siguientes para elegir el definitivo en base a detalles. Los de Ginny le quedaban demasiado apretados, porque, claramente, era mucho más menuda y delgada que ella. En cambio, Hermione, más grande, tenía vestidos más aptos para ella. Se quedó finalmente con uno morado que se ataba al cuello y era holgado de la cintura hacia abajo. Claro, que a ella le quedaba cinco centímetros más corto, porque era más alta que Hermione. De todos modos se le veía bien así.
—Parezco Marilyn Monroe, sólo me falta estar de blanco.
—¿Quién? —preguntó Ginny sin comprender, mientras Hermione reía.
—Una artista muggle muy famosa de los cincuenta… —explicó Merlina.
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El día siguiente, a pesar de que todo había quedado listo, había sido igual de ajetreado. Al menos durante la mañana todos estuvieron acelerados. Las mujeres corrían por la casa para buscar sus cosas y arreglarse; los hombres no porque, para suerte de ellos, no tenían que depilarse, ni maquillarse, ni peinarse casi. Hermione y Ginny le alisaron el cabello a Merlina, quien aceptó a regañadientes. Al final no lo lamentó, porque encontró que no se le veía mal atado en una cola alta.
A las cinco de la tarde partieron a Londres en unos carros contratados para los familiares más cercanos. Merlina, que no era de la familia, también fue incluida. Viajaron cerca de cuarenta y cinco minutos, y llegaron justo diez minutos antes de la boda, que iba a comenzar a las seis.
Eso sí que fue un aburrimiento total. El cura habló durante casi media hora sobre amor y fidelidad —temas desconocidos para ella—, antes de que los respectivos novios dijeran sus votos y los declararan marido y mujer. Merlina estuvo casi todo el rato mirando el techo y aguantándose el bostezo. De vez en cuando Ginny le tiraba del brazo para que se pusiera de pie. Ni siquiera se sabía todas las oraciones, así que prefería no rezar. Algunos desconocidos la miraban como si fuera una especie de hereje.
Cerca de las siete volvieron a la Madriguera y a las ocho comenzó la fiesta para los novios. Los músicos llegaron junto con ellos, al igual que los camareros. Merlina todo eso lo encontró como un cuento de hadas, porque estaba muy bien organizado y todo estaba precioso, luminoso y colorido.
—Busquemos una mesa alejada de la multitud —dijo Ron—, no quiero estar tan cerca de mis familiares...
—Ya, pero rápido, que los pies me están matando —se quejó Merlina con malas pulgas, lamentando no estar con zapatillas.
Encontraron una mesa vacía donde se sentaron los cinco. En seguida se les unieron Fred, George y Charlie. Ahí la mesa estuvo completa.
Comieron alegremente. Merlina conversaba de dragones con Charlie. También amaba a los dragones, pero de lejos, porque les temía por el fuego. Los gemelos hablaban sobre su tienda con Harry y Ron. Ginny y Hermione volvían a discutir sobre el nuevo curso.
Luego de cenar descansaron un poco, antes de ir a bailar. Todos hicieron lo mismo y paulatinamente se fueron integrando a la pista de baile.
—¿Vamos a bailar? —le preguntó Fred.
—No, gracias —respondió Merlina con una sonrisa triste—, me tendría que sacar los zapatos; además, creo que se me pasó un poco la mano con las copas y estoy algo mareada. No deseo vomitarte encima.
En parte era cierto: sentía la lengua un poco traposa y veía todo más lento. Pero, la pura verdad, era que no tenía ganas de bailar. De un momento a otro le había bajado una tristeza inusitada.
—Bueno —aceptó Fred encogiéndose de hombros—, ¿vamos, chicas?
Ginny y Hermione partieron con Fred y George a bailar. Harry y Ron se quedaron allí con Charlie.
—Vuelvo en un rato —dijo Charlie y desapareció de la vista también.
—Merlina, ¿no importa si te dejamos un rato sola? —preguntó Harry.
—Queremos ir a ver si nos encontramos más compañeros de Hogwarts —terció Ron—. Invitaron a un montón de gente.
—No, claro que no, vayan —sonrió otra vez.
Entonces quedó en la soledad de su mesa. Miró hacia arriba y vio que el cielo estaba completamente azul y estrellado, pero aun así las luces mágicas, de un blanco perlado, iluminaban cada sector del patio. Despegó la espalda del respaldo y se agachó un poco, apoyando el codo en su muslo y la mandíbula en su mano. Entrecerró los ojos. ¿Qué le pasaba? Estaba teniendo unas vacaciones maravillosas, no había razón para que le bajara una tristeza sin motivo.
Se entretuvo mirando a las parejas. Las únicas personas que estaban aún en sus mesas eran las más seniles. Y ella, que no era vieja, estaba allí. Quería llorar y no podía; sólo le salían ahogados y silenciosos sollozos. Escuchaba risas... la música alegre...
Se paró de golpe como si le hubiesen pinchado una nalga y corrió hacia la casa. Esperaba que no se dieran cuenta de su ausencia. Entró y subió a su habitación, que en realidad era la de Percy, uno de los Weasley que no había logrado conocer, pero, por el historial que tenía —según sus hermanos—, no tenía la intención de hacerlo tampoco.
Se desprendió de los endiablados zapatos y se cambió el vestido por su pijama. No debían ser más de las once. Dejó la ventana y cortina abiertas y se lanzó en la cama sin taparse, quedándose así un rato. En cada rincón veía la cara de él... Se estaba volviendo loca. Cerró los ojos. Iba a arroparse, cuando algo entró zumbando por la ventana. Se reincorporó, sobresaltada. Era una lechuza y se posó sobre su rodilla.
Suspiró tranquila. Le arrancó la carta y el plumífero se fue de inmediato.
—Lumos —pronunció y la punta de su varita se iluminó.
El sobre era formal y de color verde lima, escrita con una pulcra letra.
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Señorita Morgan:
De parte de los funcionarios de Azkaban, se le informa que Craig Ledger, enjuiciado y encarcelado recientemente en las dependencias, ha aplicado a una solicitud de una visita formal de usted el día 20 de agosto del presente, a las 3:00 de la tarde, la cual ha sido autorizada. Si hace efectiva su visita, se le escoltará hasta la celda y se le permitirán quince minutos para conversar.
Para asistir debe dirigirse al Ministerio de Magia, al Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica y explicar el motivo de su visita a los encargados de las visitas en Azkaban. Ellos le darán las instrucciones y le brindarán escoltas.
Si decide no hacer efectiva esta visita, no es necesario que responda esta carta.
Saluda cordialmente
Departamento de Aplicación de la Ley Mágica.
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Si el ánimo de Merlina estaba por el suelo, ahora había pasado a estar en el núcleo interno de la tierra. Craig solicitaba hablar con ella, y ella tenía sentimientos encontrados: por una parte, quería gritarle todo; por otra, prefería dejar las cosas como estaban. ¿Qué sacaba? Ya había sufrido demasiado...
—¿Merlina? —susurró una voz al otro lado de la puerta.
Ella no contestó. Si apagaba la vela, sería demasiado obvio que le ocurría algo. Si fingía las cosas...
—¿Estás ahí? ¿Te encuentras bien?
Claro que no se encontraba bien. Hacía tiempo que no estaba bien. Si fingía las cosas, si decía que no le ocurría nada y se colocaba la sonrisa, explotaría por dentro.
—No —contestó y se sorprendió al oírse la voz quebrada—, no estoy bien.
La puerta se abrió y entraron las chicas. Se acercaron y se sentaron en la orilla de la cama.
—Nos preocupamos; te fuimos a buscar y no estabas —replicó Hermione.
—Supusimos que podía estar aquí. Vimos la luz de la vela... —añadió Ginny.
Merlina asintió lentamente. Encogió las piernas y apoyó la barbilla en las rodillas.
—¿Sabes, Merlina? —susurró Ginny con voz suave—. Hace tiempo que te vemos rara. Nos hemos esforzado para no meternos en tus asuntos, pero nos apena verte así... Somos adolescentes, pero somos personas, y si necesitas hablar con nosotras, puedes confiar.
Silencio.
—Tienen razón —contestó la joven, finalmente—. He actuado raro desde hace tiempo, porque me han ocurrido cosas... Cosas desagradables, y no las quería hacer partícipes es eso. Pero veo que no merecen estar ustedes así por mí… así que…
Tomó aire y, con decisión y valor, les contó lo de Craig desde que lo conoció. Sus sentimientos hacia él, su tiempo juntos y los recientes hechos que habían afectado su vida. Ambas chicas quedaron sorprendidísimas con el secuestro en el hotel, del que no se habían enterado para nada. También narró su tristeza por no encontrar a nadie que la quisiera, su frustración, su ira y rabia.
—Tengo veintisietes años —recalcó poniendo una cara como si hubiese probado limón de pica—, y no he tenido ningún novio real. Tuve uno a los diez años eso sí —dijo, pero no como gracia y ellas no tenían tampoco la intención de reír—, en un colegio muggle. Luego de eso, nada más, además duramos tres días. ¿Se le llama novio a uno que dura tres días cuando tienes diez años? —Bufó—. Luego de eso, vino Craig, lo cual fue un rotundo fracaso y me hizo replantearme muchas cosas... Ya no sé qué pensar, ¿el problema seré yo?
Hermione y Ginny se miraron tristes.
—¿Es por eso que no querías estar en la boda? —preguntó la chica del cabello castaño, comprensiva.
Merlina asintió con pesadumbre.
Se quedaron otros cinco minutos en silencio. Merlina estaba mirando la cama, pero logró ver de soslayo que Ginny movía los labios para comunicarle algo a Hermione.
—¿Pero sabes? —dijo Hermione armándose de valor—. Con Ginny hemos estado conversando de hace tiempo sobre cierto tema.
—Y tenemos una teoría.
—¿Ah, sí? ¿Sobre qué? —Merlina alzó la vista ceñuda. Quizá Hermione iba a tener la respuesta a todos sus problemas.
—Sí, bueno, mira —dijo Hermione—, es sobre...
¡Pam!
La puerta se abrió de golpe.
—¡Aquí estaban! —gritó Ron con una sonrisa.
—¡Hay que bajar! —indicó Harry.
Ambos parecían haber tomado un par de tragos porque tenían las mejillas encendidas y estaban más efusivos de lo normal.
—¿Por qué? —preguntó Merlina.
—Va a haber una función de fuegos artificiales. Así que vamos, si no, mamá se enojará.
—Vayan ustedes, yo me quedo, que ya estoy con pijama.
Todos asintieron y las chicas volvieron hacia la puerta.
—Un momento —las detuvo Merlina—. ¿Qué creen que sea lo correcto? ¿Voy a ver a Craig o no?
—Yo lo haría —contestó Ginny, con rotundidad—, así me desahogo de todo el daño que me causó y cierro un ciclo.
Merlina asintió y ellas cerraron la puerta. Luego de unos segundos la casa volvió a quedar silenciosa, pero se oían las explosiones de los fuegos artificiales en el cielo. Alcanzaba a ver algunas lucecillas desde la ventana.
—Iré... —decidió finalmente—, pero tengo una semana completa para arrepentirme...
