4º Curso. Capítulo 19

Al mediodía el Gran Comedor lucía lujoso para celebrar la comida de Navidad. Como ese año se habían quedado muy pocos alumnos en el colegio, solo había una mesa para todos ellos. Elyon se sentó junto al grupo de gryffindors, todos más pequeños que ella esos días. Al final de la mesa se habían sentado los únicos cinco slytherins que no habían ido a casa a pasar las fiestas. Aquella iba a ser la primera Navidad después de la guerra, y todos querían disfrutarlas en familia, eso le hizo pensar cuáles serían los motivos para que aquellos chicos se hubieran quedado en Hogwarts. Lo mismo pasaba con los profesores.

Antes de empezar a comer, Dumbledore se levantó y les deseó a todos Feliz Navidad, luego comenzó a alardear de la cantidad de calcetines que le habían regalado, diciendo que sin duda había batido un récord. Muchos de los alumnos rieron. El tema de conversación de la comida fue precisamente ese, los regalos. Elyon no comentó nada, sonriendo para ella mientras miraba los anillos. Desde luego había encontrado unos buenos amigos. Pero también recordó la carta, quería saber de quién era. Solo de pensar en eso se le quitaba el apetito.

Snape entró en el Gran Comedor cuando ya se servían los postres, tenía el pelo húmedo y llevaba una camisa negra y unos tejanos azul oscuro. La chica lo miró con atención, estaba claro que se iba a alguna parte. El joven profesor le susurró algo a Dumbledore, que asintió y le hizo un ademán dándole a entender que podía marcharse.

Después de comerse un buen trozo de pastel de chocolate, Elyon abandonó la mesa. Caminó por el Gran Comedor con calma, pensando qué podía hacer aparte de escribir a sus amigos dándoles las gracias por el regalo. Al salir de la sala se quedó plantada en medio del pasillo, mirando el exterior nevado a través de las puertas del castillo, que estaban abiertas de par en par ¿Y si salía a dar una vuelta? De las mazmorras salió Snape con paso ligero mientras se ponía un abrigo largo hasta las rodillas.

-¿Tú también te vas? –le preguntó desde lo alto de las escaleras de mármol.

El chico se giró sobresaltado.

-¿Acaso te importa? –le respondió con indiferencia.

-Todos se van a casa por Navidad –Elyon se encogió de hombros con una mezcla de tristeza e indiferencia.

-Yo no tengo casa a la que volver –murmuró él para sí mismo saliendo del castillo.

Ella se quedó allí unos minutos más. Había escuchado el comentario de Snape. "Todos tenemos un lugar al que volver" pensó ella.

-¿Has hecho ya el trabajo de Encantamientos? –dos alumnos de Hufflepuff pasaron por su lado hablando entre ellos.

Los deberes. Se había olvidado por completo de ellos, y eso que tenía que entregar incluso un par de trabajos de las clases suplementarias. Tendría que dejar el paseo para otro momento, no quería que se le acumularan todas las tareas para el último día. Los siguientes dos días pasaron sin grandes novedades, había recibido un par de cartas de sus amigos, que le explicaban cómo estaban pasando las vacaciones, y de paso se preguntaban dudas sobre los trabajos. Lo que más le extrañó a Elyon fueron las cartas de Lisa, eran muy cortas y apenas le contaban nada, y ella quería saber cómo le estaba yendo con su familia, si había conseguido solucionar algo o no.

En la Sala Común hizo buenas migas con los alumnos de su Casa que no se había ido a casa por Navidad, ayudándoles con algunos de los trabajos, ya que eran de curso inferiores, y a ella además, le resultaba útil repasar así el temario de las clases suplementarias. Resultaba que todos esos estudiantes habían quedado huérfanos tras la guerra, y o no tenían familiares cercanos con los que quedarse, o no se llevaban bien con ellos, o prácticamente ni los conocían y preferían quedarse en el castillo. La semielfa se sintió un poco menos sola al darse cuenta de que su situación no era excepcional, que muchos más habían perdido a sus familias; aunque por desgracia no tenían la suerte de tener un hogar como Hogwarts, al acabar el curso deberían volver a los orfanatos, casas de acogida o de familiares con los que no se sentían a gusto. Y al pensar en ello, se sintió mal.

Cansada de estar todo el día con la cabeza metida en un libro fue a dar una vuelta por el colegio. Los pasillos se habían vuelto fríos y tétricos desde que ya casi no había estudiantes, y la luz grisácea por el cielo encapotado no ayudaba a mejorar aquella sensación. Como no encontraba nada interesante, empezó a curiosear todas las aulas y habitaciones que había en su recorrido, ya que aún no había acabado de explorar el castillo al completo. Para su sorpresa todas estaban abiertas, aunque no encontró nada interesante en su interior, por eso se extrañó al encontrar una de las puertas cerradas. Forcejeó un poco por si estaba atascada, pero no, estaba cerrada a cal y canto. Dudó unos momentos. Si estaba cerrada quería decir que había algo interesante al otro lado, si no, ¿para qué cerrarla?

-Alojomora –murmuró apuntando con su canalizadora a la cerradura.

Con un clic la puerta se abrio sola. No se lo habían puesto muy difícil. En la habitación solo había un montón de sillas y pupitres amontonados a los lados del aula. Solo eso, y algo grande cubierto por una sábana oscura detrás de un par de pupitres polvorientos. Picada por la curiosidad, retiró los pupitres y tiró de la sábana. Ante ella apareció un enorme espejo, era viejo y estaba sucio, apenas podía ver su reflejo con claridad. Algo comenzó a materializarse junto a ella en el espejo. Se giró sobresaltada, pero no había nadie con ella. Cogió la sábana y limpió un poco el cristal. La tela se escapó de entre sus dedos. Ahora había dos personas junto a ella. Elyon se alejó del espejo sin dar crédito. Eran sus padres, sus padres aparecían en el espejo, pero a su lado no había nadie, estaba sola en la sala, completamente sola.

El reflejo de su madre le tendió la mano con una enorme sonrisa. Ella se acercó con paso indeciso, sin saber si aquello era producto de su imaginación. Tocó el cristal y miró a su madre, que fue perdiendo la sonrisa al ver que su hija se quedaba al otro lado. Elyon tanteó el cristal, por un momento le hubiera gustado encontrar una grieta por la que poder pasar al otro lado. Su padre le puso una mano en el hombro a su reflejo, sabía que no era real, pero podía sentir el peso y la calidez de su mano. Una lágrima surcó su rostro. Tuvo el impulso de tirar una silla y romper el cristal. Pero por otra parte sentía que si lo hacía perdería el recuerdo de sus padres para siempre. Se dejó caer de rodillas. Su madre la abrazó. Y ella lloró por no poder sentirlo, por no poder recordar el olor de su pelo, por estar olvidando esas pequeñas cosas que necesitaba recordar para no sentirse sola. Apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos con fuerza, intentando imaginar que estaba al otro lado del espejo.

Dumbledore se preocupó al ver que Elyon no aparecía a la hora de la cena, estaba a punto de ir a buscarla cuando la vio entrar en el Gran Comedor. Tenía los ojos hinchados y el semblante extremadamente triste. El director frunció el ceño, ¿había recibido malas noticias de sus amigos? ¿Se había peleado con alguno? Porque durante los últimos días parecía que había recuperado la alegría, y ahora de repente, había estado llorando. Luego iría a hablar con ella.

La encontró frente al cuadro de la Señora Gorda, a punto de entrar en su Sala Común.

-¿Ha pasado algo? –le preguntó Dumbledore mirándola con atención.

-No, ¿por? –mintió ella, aún tenía los ojos hinchados.

-Verás Elyon, llevo muchos años como profesor y sé reconocer a una jovencita que ha estado llorando –el anciano la miró por encima de sus gafas de media luna.

-Es que estoy un poco estresada por los trabajos, y como no están mis amigos... Solo por carta no pueden ayudarme mucho –se inventó una excusa tan rápido como pudo.

-Si realmente es por eso, puedo hablar con los profesores para que te den más tiempo. Además puedes pedirle al profesor Snape que te ayude cuando vuelva, yo me encargo –le propuso el director.

-¡No! ¡No, ni hablar! –se apresuró a decir ella, sobre todo por lo de recibir ayuda de Snape- Quiero entregar mis trabajos junto a mis compañeros.

-Como quieras, pero si realmente lo que necesitas es hablar aquí me tienes para lo que necesites. Y si yo no estuviera, siempre puedes acudir a la profesora McGonagall o al profesor Snape.

Elyon asintió y entró en su Sala Común. Dumbledore suspiró, no era tonto, sabía que algo le pasaba, y no era por culpa de los deberes. Seguramente tenía que ver con que aquella fuera su primera Navidad sin sus padres.

Pasaron otros dos días y la chica de cada vez estaba más pálida y ojerosa. La preocupación de Dumbledore creció. Aquellos eran los primeros síntomas de depresión que sufrían los elfos, y sabía muy bien cómo podían acabar esas depresiones en los peores casos.

Una vez más Elyon estaba tumbada frente al espejo, estaba enrollada en una manta, y en el reflejo podía ver como su madre le acariciaba el pelo. Suspiró. Durante esos días el reflejo había ido cambiando, poco a poco se hicieron nítidas otras dos figuras más, dos tumbas, cada una con su respectivo nombre: Timothy McWilliams y Ania McWilliams. En esos momentos su padre estaba sentado sobre su lápida. Otra cosa que había cambiado era la expresión de sus padres, su sonrisa había desaparecido, ahora parecían tristes, casi tanto como su hija. Sintió nauseas, llevaba un día sin probar bocado, quizá sería buena idea comer algo y de paso salir a estirar un poco las piernas. Pero nada más salir de la habitación sintió la urgente necesidad de volver a entrar.

Aunque sus tripas rugían apenas tocó el plato, no le apetecía nada de lo que había a la mesa. Se levantó para volver junto al espejo, pero al salir del Gran Comedor tropezó con alguien que no esperaba encontrar.

-¡Feliz Navidad, Elyon! –Remus le sonrió soltando una enorme bolsa similar a un saco de dormir, y quitándose el gorro rojo lleno de nieve que le había regalado ella por Navidad.

-¿Qué haces aquí? –la chica lo miró sorprendida.

-Dumbledore me ha dicho que necesitabas compañía, y aquí estoy –sonrió él- He venido a pasar el resto de las navidades contigo.

-¿Y tu familia?

-He estado estos días con ellos, y saben que ya me he hecho mayor, así que tampoco esperaban que pasara en casa todas las fiestas –explicó el joven riendo.

-¡Genial! –Elyon se tiró a su cuello con alegría, aunque por alguna razón no se sentía del todo feliz.

Elyon lo acompañó a una de las habitaciones que había en el castillo destinadas a alojar a profesores e invitados, muy cerca de la Sala Común de Gryffindor. El dormitorio no era muy grande. Constaba de dos camas individuales, un escritorio y un baño pequeño completo.

-Vaya, está muy bien -sonrió el chico.

La semielfa miró alrededor mordiéndose el labio, estaba muy cerca de la Sala Común, si salía de ella, seguro que Remus se daría cuenta, se podía escuchar a través de las paredes de piedra el ligero chirrido del cuadro de la Señora Gorda al moverse para dejar pasar a los estudiantes de Gryffindor. "Maldito Dumbledore... viejo entrometido..." pensó ella con enfado. Sabía que le había hecho venir porque no se había creído su excusa de los deberes.

Después de dar una vuelta por el colegio, el chico la ayudó con los trabajos. Al llegar la noche Elyon se durmió en una de las camas, mientras esperaba que Remus se cansara de hablar sobre sus anécdotas como estudiante. Y aunque eran muy divertidas, no estaba de humor para escucharlas. Quería ir junto al espejo. Se levantó de muy mal humor, y su estado de ánimo no mejoró durante la mañana, ya que Remus no la dejó sola ni a sol ni a sombra. En la biblioteca se sintió extremadamente frustrada, no paraba de balancear los pies en su silla y de removerse en ella inquieta, le temblaban las manos y sentía una desagradable sensación de ansiedad, no podía dejar de pensar en el espejo.

-¿Qué te pasa? Llevas toda la mañana muy inquieta –le preguntó el chico en la comida.

-Nada, no me pasa nada –contestó Elyon de mal humor.

-¿Te apetece hacer algo después de comer?

"Sí, que te vayas un rato y me dejes en paz" pensó ella mirándolo con los labios apretados.

-¿De verdad que no te pasa nada? –insistió él frunciendo el ceño.

-¡Sí, de verdad! ¡No seas pesado! –se levantó de la mesa y salió del Gran Comedor pisando fuerte.

Remus la miró preocupado y buscó a Dumbledore en la mesa de profesores. El director asintió y el joven se apresuró en seguir a la chica.

Elyon se escabulló por los pasillos sin ser vista, o al menos eso creía. El licántropo la siguió a cierta distancia, y vio como entraba en un aula. Cuando la puerta se hubo cerrado, Remus se acercó y apoyó la oreja en la puerta. Al otro lado no se escuchó nada. Frunció el ceño. Aún recordaba los pasillos secretos y las salas escondidas, por lo que sabía perfectamente que ese aula estaba vacía ¿Entonces, qué hacía Elyon allí?

Esperó a varios metros de la puerta, escondido detrás de una armadura. Ya había oscurecido, sus tripas rugían de hambre, estaba seguro que ya había pasado la hora de la cena, y la joven aún no había salido. Empezó a preocuparse, pero sabía que no debía entrar, no hasta que ella se fuera. La puerta se abrió y Elyon salió al pasillo, estaba pálida y con el semblante triste, era más que obvio que había estado llorando. La chica desapareció por el pasillo arrastrando los pies y con los hombros caídos.

Remus entró en el aula tras abrir la puerta con un hechizo sencillo. La inspeccionó con la vista, no había nada fuera de lo común. No entendía por qué Elyon pasaba tanto tiempo en un lugar vacío. Algo llamó su atención, en un lado de la sala había algo grande cubierto con una sábana.

-¿Un armario? –se preguntó en un murmullo.

Cogió la tela y estiró, se vio a si mismo reflejado en un enorme espejo polvoriento. Algo brilló a su derecha en el reflejo, la luna llena asomaba por una de las ventanas. Remus se giró asustado. Pero en la ventana no había luna, solo algunas nubes que tapaban las estrellas. Volvió a mirar el espejo, su reflejo le sonreía como si no le importara que brillara la luna llena en la ventana. Frunció el ceño, no terminaba de entender qué significaba aquello, hasta que cayó en la cuenta de que a pesar de haber luna llena en el espejo, su reflejo seguía siendo humano, su cuerpo no había cambiado, no veía ningún monstruo sediento de sangre al otro lado.

…..

Remus se lo explicó todo a Dumbledore.

-El Espejo de Odesed –murmuró el anciano.

-¿El qué? –el chico lo miró con interés.

-Lleva años en el colegio, estaba en esa sala desde antes de que tú entraras en Hogwarts, y ningún estudiante se había fijado en él, por eso no lo he movido. Y mira que mala suerte, que después de tanto tiempo ha tenido que ser Elyon la que ha dado con él –suspiró el director.

-¿Tan malo es?

-Supongo que te habrás dado cuenta de qué es lo que muestra, ¿no? –miró al chico alzando una ceja.

-Eso creo, muestra... nuestros deseos, ¿verdad? –Remus se quedó pensando en lo que había visto.

-Exacto, muestra lo que más deseamos en este mundo. Y conociéndote, seguro que tú viste algo relacionado con tu licantropía –razonó Dumbledore con una sonrisa triste.

-Sí, vi que no me transformaba con la luna llena. Pero si solo es eso, si solo vemos nuestros deseos... ¿Qué problema hay con el espejo? –preguntó confuso.

-Que hay personas que se han consumido frente a ese espejo, se vuelve adictivo. Y creo que ya habrás caído en la cuenta de qué es lo que ve Elyon –explicó Dumbledore preocupado.

-A sus padres –suspiró Remus, el anciano asintió.

-Tenemos que apartarla de ese espejo antes de que sea tarde, y creo que el único con el tacto suficiente para hacerlo eres tú.

-¿Yo? ¿Acaso no tiene asignado un Protector? –el licántropo lo miró alzando la ceja.

-No estoy seguro de que lo consiguiera –murmuró-. Igualmente hace días que tendría que haber vuelto, no sé qué habrá pasado.

-Bien, yo me encargo –sonrió Remus, por alguna razón se alegraba de que Snape estuviera fuera de juego.

…..

Al día siguiente el licántropo dejó a la chica un poco más a su aire, ya sabía lo que escondía, y no quería agobiarla, porque si no, no querría escucharle más tarde. Esperaría a que volviera a entrar en el aula del espejo. Elyon estuvo más calmada con él, ya no parecía tan enfadada, aunque seguía sin hablarle mucho y apenas sonreía. Remus utilizó la excusa de que necesitaba una buena ducha para dejarla sola, y que así fuera junto al espejo. Pero no salió tan rodado como él quería. Para su sorpresa la chica no fue corriendo al aula, estuvo vagabundeando por los terrenos, por lo que a él le fue difícil vigilarla sin ser visto. Parecía como si estuviera posponiéndolo todo lo necesario, como si se resistiera a ir de nuevo junto a aquel espejo. Aunque finalmente entró en el castillo.

Remus inspiró hondo. No sabía muy bien qué decirle a Elyon. Solo esperaba no cagarla y conseguir que viera que aquello no llevaba a ninguna parte. Entró en el aula sin llamar. El sonido de la puerta le pareció más ruidoso que de costumbre. Elyon se giró sobresaltada, lo miró con sorpresa y enfado.

-¿Qué haces aquí? ¿Me has estado siguiendo? –la chica se apresuró en secarse las lágrimas- ¿Ha sido cosa de Dumbledore, verdad? ¡¿Por qué no me dejáis hacer lo que quiera?!

-Porque eres lista, y sabes tan bien como yo que esto no te ayuda –señaló al espejo polvoriento.

-¡Me da igual! ¡Yo lo único que quiero es no olvidar a mis padres! ¡Y si esta es la única manera de conseguirlo, seguiré viniendo aquí las veces que sea necesario! –le gritó ella llena de rabia e impotencia.

Remus la observó con detenimiento, estaba realmente furiosa, si era demasiado directo y brusco, la perdería.

-Elyon, por favor, escúchame un momento -le dijo con calma-. Se sincera contigo misma y pregúntate si esto es realmente lo que quieres. Si esto te sirve de algo. Mira el reflejo y dime si te sientes más feliz.

Elyon se giró lentamente y se encontró con los rostros de sus padres, que la miraban tristes, como si su hija les hubiera decepcionado profundamente. Sintió un aguijonazo en el pecho.

-¿Te sientes más feliz? –insistió el chico.

-No –musitó ella avergonzada-. Yo solo quería...

-Ya sé lo que querías, pero así solo empeoras las cosas -se acercó a ella-. Aunque duela, tus padres no van a volver. Ya sé que se olvidan cosas, pequeñas cosas que consideramos importantes. Pero créeme cuando te digo que lo que queda es lo más importante –Remus recordó a sus amigos e inspiró hondo, no podía hundirse frente a ella, no ahora.

Elyon rompió a llorar y lo abrazó con fuerza. Él le correspondió.

-No sé si podré dejar de venir... lo he intentado, de verdad, pero no puedo... incluso intenté romper el espejo... No quiero olvidarles…

-Yo estaré aquí para ayudarte, necesites lo que necesites –Remus le frotó la espalda.

-Gracias -sollozó ella-. Gracias.

La joven miró de nuevo el espejo, aun abrazada al chico.

-Mis padres han vuelto a sonreír… hasta hace unos momentos estaban tristes, sentados sobre sus lápidas.

El licántropo frunció el ceño, no esperaba que una de las cosas que viera reflejada fueran las lápidas de sus padres. Estuvieron un rato más en el aula, sincerándose, desahogándose mutuamente. Finalmente salieron de allí y se fueron a dormir. Elyon le pidió a Remus que si podía dormir con él, necesitaba a alguien a su lado, no quería sentirse sola, no estando así de triste. Aunque al preguntarlo se sonrojó hasta la punta de las orejas. Una vez en la habitación, el chico le hizo un hueco en su cama con una cálida sonrisa. Elyon se sonrojó aún más, no esperaba que él le ofreciera dormir en su propia cama habiendo otra en la habitación, pero sonrió agradecida. Remus también se sonrojó cuando ella lo abrazó acurrucándose a su lado. El licántropo no pudo esconder una sonrisa antes de caer dormido.

…..

Remus se despertó sobresaltado, y por un momento no recordó dónde se encontraba. Miró a su lado y vio la cama vacía, Elyon se había despertado antes que él. Apretó los labios, le hubiera gustado verla dormir a su lado.

-¿Ya estás despierto? –le preguntó Elyon desde la puerta del baño, mientras se secaba el pelo con una toalla.

-Eres muy madrugadora, ¿no? –Remus se desperezó.

-No, no creas. Pero es que tus ronquidos sirven de despertador –rio.

-¿Ronco? –el licántropo se sonrojó sobremanera.

-Sí, un poco –ella sonrió quitándole importancia.

Bajaron a desayunar. La semielfa había recuperado el color en las mejillas, aunque aún parecía algo abatida. Conseguir que dejara de visitar el espejo iba a llevar algo más de tiempo y esfuerzo.

Elyon miró la mesa de los profesores, y no vio a Snape, hacía días que se había ido. ¿Dónde estaría? Porque si según él no se iba con su familia...

-¿En qué piensas? –le preguntó Remus dándole un sorbo a su café.

-¿Dónde crees que estará Snape?

-Ni lo sé, ni me importa –respondió escuetamente- ¿A ti sí?

Elyon se encogió de hombros. Remus torció el gesto, ¿a qué venía ese repentino interés por él? El resto del día pasó sin grandes incidentes, el licántropo intentó distraer a la chica para que no pensara en el espejo, fueron a dar un paseo por Hogsmeade y luego a Las Tres Escobas. Remus se dio cuenta de que Elyon a veces se quedaba pensativa retorciéndose las manos, aunque luego volvía al mundo real con una sonrisa triste. Parecía que ella también estaba poniendo de su parte para no volver a aquella aula. Después de la cena McGonagall los fue a buscar a la habitación y los llevó hasta el despacho del director. Elyon se mordió el labio, aún seguía rencorosa con el anciano, y además no era buena señal que los hiciera ir a su despacho, siempre que pasaba eso acababa habiendo una bronca y una charla interminable.

-¿Cómo estáis pasando estas fiestas? –les saludó Dumbledore con una amplia sonrisa.

-Bastante bien –contestó Remus.

Elyon se mantuvo en silencio con la vista baja.

-¿Ha pasado algo? –preguntó el chico con preocupación.

-¡En absoluto! Solo os he hecho venir para invitaros a la fiesta de Navidad de los profesores –rio el anciano.

Elyon levantó la vista incrédula.

-¿Y qué se supone que vamos a hacer nosotros ahí? No somos parte del profesorado –el licántropo parecía tan confuso como ella.

-No lo sé, lo que se supone que se hace en las fiestas –Dumbledore lo miró como si la respuesta fuera la más obvia del mundo-. Seréis mis acompañantes. Los profesores pueden llevar a algunos invitados, así que tranquilos, no creo que se fijen mucho en vosotros.

-Pues entonces… supongo que… gracias –el chico sonrió extrañado.

Elyon seguía sin poder articular palabra.

-Bueno, ya podéis iros y pensar en lo que os pondréis, hay que ir un poco elegantes –los despidió el director guiñándoles el ojo.

A los dos se les calló el alma a los pies. Elyon lo único decente que tenía era el vestido negro y plata, y no le apetecía nada ponérsela, ya que le traía malos recuerdos. Y Remus apenas había traído ropa, aunque si era realista, ni habiendo traído su escaso armario a cuestas encontraría en él algo que ponerse, y por nada del mundo quería pedir ayuda a sus padres. Hacía años que decidió ser autosuficiente cansado de su sobreprotección.

-¿Crees que podremos decir que no vamos? –le preguntó Elyon al chico cuando salían del despacho.

-No lo creo, Dumbledore no nos dejará en paz hasta que nos presentemos allí –respondió él abatido.

La chica suspiró con resignación. Al llegar a la habitación del licántropo se encontraron dos paquetes envueltos en un simple papel marrón, cada uno en una cama. Remus se adelantó con una media sonrisa y abrió el suyo, del que sacó una camisa granate muy oscura.

-No sé por qué, pero me imaginaba algo así –rio para sí sacando el resto de la ropa: un chaleco muy elegante, corbata y pantalones de vestir-. Después de todo lo que hizo por mí estando en el colegio… ya no me extraña nada de lo que hace.

Elyon abrió el suyo, del que sacó un vestido de media manga color champán y unas manoletinas del mismo color.

-Es precioso –sonrió ella- ¿Cómo consigue Dumbledore tener tan buen gusto para todo?

-¿De verdad quieres saberlo? –el chico alzó una ceja divertido, ella asintió- Bueno, verás, desde hace muchos años se rumorea que Dumbledore es... bueno, de la otra acera.

Elyon se quedó con la boca abierta.

-¿Dumbledore es gay? –no podía creérselo.

-Es solo un rumor, pero visto lo visto... – comentó él enseñándole el chaleco.

-Vaya... quién lo iba decir... yo pensaba que estaba liado con McGonagall –comentó Elyon inocente.

Remus rio con ganas.

-En realidad, además de que está casada, Dumbledore podría ser su padre o incluso su abuelo.

-¿McGonagall está casada? -Elyon lo miró sorprendida.

-Sí, felizmente casada. Pero le gusta mantener su vida privada separada de la laboral, por eso no lleva la alianza en Hogwarts, y además su marido, que trabaja en el Ministerio, viaja bastante, así que pasa la mayor parte del tiempo aquí. Seguramente lo conozcas en la fiesta.

-Vaya, está siendo un día de muchas revelaciones -comentó ella divertida.

La chica cogió el vestido y lo colocó frente a ella mirándose en el espejo del baño.

-¿Crees que me quedará bien? –se giró para enseñárselo al licántropo.

El chico frunció el ceño y torció una mueca, luego repentinamente se encogió de hombros.

-¿Qué? –la chica se exasperó al no obtener respuesta.

-Te seré sincero: no tengo imaginación para estas cosas, hasta que no lo vea puesto no te lo podré decir –contestó él.

-Eres un caso –sonrió ella dejando el vestido encima de la cama-. Pues tendré que esperar a mañana.

La semielfa miró el vestido con gesto de fastidio. Le hubiera gustado saber la opinión de Remus.

…..

Se estaban preparando para arreglarse para la fiesta, cuando llamaron a la puerta. McGonagall entró con una tímida sonrisa.

-Elyon, el profesor Dumbledore me ha mandado a buscarte para ayudarte a arreglarte y acompañarte al baile –informó ella.

-No se lo tome a mal, pero creo que puedo apañármelas sola –contestó ella tímidamente.

-Anda, vete con ella. No intentes llevarle la contraria a Dumbledore, es un consejo –le dijo Remus.

Elyon se fue con la profesora a regañadientes.

-¿Qué está planeando el director? –le preguntó a McGonagall con una ceja levantada.

-Sinceramente prefiero ignorarlo, es mejor seguirle la corriente y sorprenderse después –suspiró la profesora.

Elyon puso los ojos en blanco. Estaba claro que si Dumbledore lo decía había que hacerlo por fuerza, y eso la fastidiaba, no quería resignarse tan pronto a que la controlaran como habían hecho todos con ella hasta la fecha. La profesora la ayudó con el peinado, que era lo que la semielfa tenía menos claro, finalmente se dejó el pelo suelto con unas ondulaciones, y se puso la diadema de plata que le habían regalado esas navidades para adornar. La joven se sonrojó cuando McGonagall se ofreció a maquillarla, por suerte para ella, Lisa hacía tiempo le había dado un par de consejos sobre maquillaje.

-Profesora McGonagall, ¿puedo hacerle una pregunta? -la semiefa miró a su profesora de camino a la fiesta.

-Por supuesto.

-He estado hablando con mis compañeros, los que se han quedado en Hogwarts. Como yo, todos ellos son huérfanos ¿Por qué no se les acoge también aquí durante todo el año?

La profesora apretó los labios, pensativa.

-Tu caso, Elyon, es especial, una excepción. No se permite, por norma general, acoger alumnos aquí todo el año, no somos ese tipo de internado. A lo largo de los siglos han pasado por aquí muchos huérfanos, pero todos debían volver a su lugar de procedencia una vez acabado el curso, por mucho que nos pese -le explicó la mujer.

-¿Y por qué mi caso es una excepción? -intentó indagar ella aprovechando que la mujer había sacado el tema.

-Porque por algún motivo Quien-Tú-Sabes se presentó personalmente en tu puerta, y sus seguidores te han seguido acosando incluso después de su caída -contestó escuetamente.

Esa era la respuesta que ya conocía y Elyon supo que no le sonsacaría nada más.

…..

Remus esperaba junto a Dumbledore en Las Tres Escobas. El local había guardado todas las mesas grandes para dejar sitio por si la gente quería bailar. Solo había unas mesas pequeñas a los lados con taburetes altos. Todo estaba decorado con muérdago, y un gran árbol de Navidad presidía el establecimiento. El chico suspiró con fastidio, le hubiera gustado llegar junto a Elyon, pero estaba claro que esa posibilidad no estaba dentro de los planes del director.

-¡Anima esa cara muchacho! –rio el director dándole una palmada en la espalda- Seguro que Elyon no tardará en llegar.

Remus lo miró abriendo los ojos de par en par e intentó replicar que no estaba molesto por eso, sino porque le había hecho ir a una fiesta en la que no pintaba nada. Pero Dumbledore gritó con alegría y alzó los brazos dirigiéndose al nuevo invitado que acababa de entrar.

-¡Severus, qué alegría! ¡Pensé que no vendrías! –sonrió el anciano.

Snape lo miró e intentó escabullirse entre la gente, pero no reaccionó a tiempo, Dumbledore empezó a darle palmaditas en la espalda.

-Cómo no venir... mi ilusión de toda vida ha sido ver a mis antiguos profesores y compañeros de trabajo borrachos danzando como idiotas –gruñó él.

-¡Qué melodramático! –rio el anciano.

Snape alzó una ceja, parecía que Dumbledore hacía rato que había empezado a beber, y que solo le faltaba bailar mientras se tropezaba con su túnica y derramaba la bebida de la copa que llevaba en la mano sobre otra persona. Si su expresión ya estaba lo suficientemente asqueada, se agravó al ver a Remus venir hacia ellos.

-¿Qué haces aquí? –le preguntó de mal humor.

-Es mí invitado Severus, así que no quiero escenas ¡Esto es una fiesta! –el anciano se fue riendo hacia otro lado.

-¿Te diviertes? –le preguntó Snape alzando una ceja intentando ser algo cortés.

-Tanto como tú –respondió el licántropo-. De haber podido me habría escaqueado.

-¿Por qué? Para una vez que te prestan ropa para ir vestido civilizadamente aprovéchalo –le dijo Snape con una sonrisa hiriente.

-¿Oye por qué no...?

-¡Feliz Navidad, Elyon! ¡Estás preciosa! –la voz de Dumbledore se escuchaba por encima de la música.

Ambos se giraron hacia la entrada. Y vieron como Elyon se sonrojaba mientras miraba con expresión de recelo a Dumbledore, que se acercaba a ella con paso bailarín. McGonagall intentó contener la risa, pero no lo consiguió. El anciano le dio dos fuertes besos en las mejillas y se fue tan feliz cómo había llegado. La muchacha lo vio alejarse, sin poder asimilar del todo lo que acababa de pasar. Luego se quitó la capa de estudiante y se la dio a un hombre encargado de los abrigos.

Remus sonrió para sí. Snape la miró con atención mientras su corazón retumbaba en su pecho. Elyon llevaba puesto el vestido dorado que le llegaba por debajo de las rodillas, a la altura de la cintura la tela sedosa se plegaba un poco sobre si misma dándole un poco de vuelo y movimiento. Las mangas se abrían un poco y colgaban a los lados. Se había maquillado más que de costumbre. Aparte del perfilado oscuro, se había sombreado los ojos con el mismo tono dorado que el vestido y los zapatos, por lo que el verde de sus ojos parecía más brillante y luminoso.

-¡Hola! –les saludó ella con una sonrisa tímida- ¿Qué os parece?

La chica dio una vuelta sobre sí misma, haciendo parecer que el vestido flotaba un poco alrededor de sus piernas.

-Me parece que estás muy guapa –contestó Remus con una amplia sonrisa.

-Gracias –sonrió ella, miró luego a Snape, pero apartó la mirada con gesto osco, como si no le interesara para nada.

Elyon se mordió el labio decepcionada fijándose en su profesor, que también se había arreglado, aunque seguía vistiendo de negro. Al igual que Remus llevaba un chaleco, pero mucho más elegante, con bordados muy elaborados y botones plateados, y alrededor del cuello una corbata con nudo victoriano de raso negro. Se había recogido el pelo en una coleta baja, del que escapaban algunos mechones, por lo que su rostro quedaba más despejado de lo habitual. No parecía la misma persona así vestida, parecía un hombre salido de las clases altas mágicas.

-¿Llevabais mucho tiempo aquí? -preguntó la chica para romper el hielo, esforzándose por dejar de mirar a Snape, el conjunto le quedaba muy bien, increíblemente bien.

-Una eternidad –rio Remus-. Si lo dices por Dumbledore... creo que le sube muy rápido el alcohol.

-Mmmm… Yo creo que es teatro –opinó ella-. Lo que no entiendo es por qué no me ha dejado venir contigo y encima me ha hecho llegar más tarde.

-Déjame adivinar –se mofó Snape poniendo los ojos en blanco y marchándose.

-¿Y a este qué le pasa? Vuelve después de todos estos días y todavía se pone borde... -se quejó Elyon.

-Te recuerdo que siempre ha sido un borde –el licántropo alzó una ceja- Y está así por dos motivos: el primero es que tenía tantas ganas de venir como nosotros, y el segundo es que no se esperaba verme aquí.

-Pues vaya –suspiró la chica.

El local se fue llenando de más profesores y acompañantes. Remus saludó a un montón de profesores, ya que habían venido hasta algunos jubilados a los que Dumbledore había invitado. Elyon conoció también al marido de McGonagall, era bastante mayor que ella, pero muy agradable y educado, y a ambos se les veía muy felices juntos.

-¿Te apetece bailar? –le preguntó Elyon a Remus.

-Ya era hora de que lo propusieras –sonrió-. Aunque te advierto que no se me da muy bien.

-Yo tampoco se mucho de baile de salón –admitió la joven.

Se abrieron paso hasta la zona de baile con cierta dificultad, no se habían dado cuenta de que hubiera tanta gente en el local. Elyon puso sus manos en los hombros de Remus y él la cogió de la cintura. Sintió que se ruborizaba por momentos, por eso apartó un momento la mirada. Elyon rio y ambos empezaron a mecerse al compás de la música, ya que no sabían bailar de otra forma, e igualmente aun habiendo sabido, no tenían sitio para grandes coreografías.

Snape los miraba de mal humor. Le dio otro trago a su vaso con una mueca. Solo a Dumbledore se le ocurriría poner ponche y bebidas dulces en una fiesta de adultos. Para aguantar la velada necesitaba algo mucho más fuerte.

-¡Severus, hijo! ¡Qué alegría verte aquí! –le dijo un hombre rechoncho con un bigote que hacía recordar al de una morsa.

-Hola profesor Slughorn –Snape forzó una sonrisa amable.

-Albus me ha informado que ahora eres mi sucesor ¡Qué honor! –sonrió el hombre alzando su vaso- No sé por qué, pero sabía que tu acabarías de profesor en Hogwarts. Eras mi alumno más brillante, después de la encantadora Lily Evans, claro.

Snape sintió un doloroso pinchazo en el pecho al escuchar ese nombre y miró a su exprofesor con fastidio.

-Sí, lo recuerdo muy bien profesor. Y ahora si me disculpa –se despidió él.

-Claro, claro. Disfruta de la fiesta muchacho –Slughorn asintió con la cabeza.

El joven se fue tan lejos como le fue posible. Cuando hubo perdido de vista al hombre suspiró con fastidio y se apoyó en la pared, buscando de nuevo a Remus y Elyon con la mirada, estaba tan guapa y radiante…

-En lugar de mirar tanto podrías pedirle que baile contigo –le dijo Dumbledore.

-¿Ya has dejado de hacer cuento? –el chico no lo miró, dejando el vaso en una de las mesas que tenía al lado, intentando que su expresión siguiera siendo de completa indiferencia a lo que pasaba en la fiesta.

-Vaya, veo que tú no te lo has creído –suspiró desilusionado.

-Por favor, no me insultes –gruñó Snape de mal humor.

-¿Ni por un momento? –insistió el director.

Hubo un breve silencio entre ellos.

-Quizá durante unos segundos –murmuró Snape.

Dumbledore soltó una risotada.

-¿Has leído las cartas que te envié o Lucius no te ha dejado? –le preguntó ahora más serio.

-Sí, no es muy difícil despistarlo –contestó- ¿Ya está todo resuelto?

-No sé si del todo, pero al menos no ha vuelto junto al espejo. Menos mal que Remus ha sabido tratar el tema con tacto.

-Sí, qué bien –respondió el joven profesor sin mucho entusiasmo.

-No te sientas amenazado, muchacho. Alguien tenía que hacerlo en tu ausencia. Si Lucius no te hubiera "secuestrado" todos estos días podrías haberlo hecho tú –el anciano suspiró-. Tranquilo que por el momento tu puesto de Protector no peligra.

-Yuju –gruñó mirando a Remus con enfado.

Dumbledore puso los ojos en blanco y fue hasta la zona de baile. Interrumpiendo a la pareja que se disgustó un poco. Finalmente el director obligó a Elyon a bailar con Slughorn y se llevó a Remus, que miró por encima de su hombro y vio como la semielfa lo miraba pidiendo auxilio. La chica observó cómo se iba y la dejaba sola con aquel hombre del que no sabía cómo zafarse, y que parecía encantado con la nueva compañía.

-¿Qué pasa? –preguntó el licántropo algo molesto por la interrupción.

-Quería saber si alguno de los dos ha llegado a alguna conclusión en lo que se refiere al reflejo de Oesed –miró a ambos con curiosidad.

-Pues no... -comentó el chico encogiéndose de hombros.

-Yo sí –dijo Snape mirando a Remus con superioridad-. Deberías dejarla visitar las tumbas de sus padres, como ya te pidió una vez.

-Severus, sabes que no puedo hacerlo, no sin contárselo todo –aclaró Dumbledore.

Remus apenas entendía de qué hablaban. El director al parecer no lo mantenía tan al día como él pensaba.

-Está claro que lo que le reconcome es no poder haberse despedido de sus padres –insistió el joven profesor-. Si la dejaras ir a visitarlos dejaría de llorar por los rincones y todo sería más llevadero.

-No hables así de Elyon, perder a alguien no es algo que se supere de la noche a la mañana –le recriminó Remus furioso.

-Hablaré de la manera que me apetezca –Snape le lanzó una mirada fría como el hielo.

-No discutáis que le daréis la noche a Elyon. Por cierto, alguien debería rescatarla –sonrió Dumbledore mirando hacia la pista de baile.

Remus le lanzó una mirada de odio a Snape y fue en busca de la chica.

-Albus, te lo digo en serio, deberías plantearte la opción de que visitara sus tumbas. La ayudará -le dijo Snape con seriedad.

-Pensaré en ello -el anciano asintió dejándolo solo.

"No, no lo harás, nunca lo haces" pensó el chico con hastío.

Faltaban cinco minutos para Año Nuevo. Elyon reía al ver cómo Remus bailaba con una antigua profesora suya, mientras intentaba que la mujer no lo pisara con los tacones. Buscó a Snape con la mirada, tenía ganas de hablar con él, de saber si las vacaciones le habían ido mejor que a ella. Lo encontró en un rincón alejado, mirando a la nada. Elyon miró de nuevo a Remus, y con una sonrisa fue hacia donde estaba su profesor de Pociones. Volvió a fijarse en su atuendo, su aspecto en ese momento era realmente magnético, había algo en él… le costaba mucho apartar a vista del chico, por raro que le resultara, y sentía un pequeño nudo en el estómago.

-Si te aburres es porque quieres –le dijo ella acercándose por su lado, de forma que le hizo dar un brinco al despistado profesor.

-¿Tú no tendrías que estar con el licántropo? –le preguntó con desinterés.

-Está algo ocupado –señaló riendo a la pista de baile- ¿Te apetece bailar conmigo la última canción del año?

Snape la miró alzando una ceja.

-Yo no bailo –contestó escuetamente.

-Vamos, solo un baile –insistió ella cogiéndole de la mano mientras se sonrojaba ligeramente, y estirando de él hacia la pista de baile.

-Suéltame ahora mismo –le advirtió él, aunque tampoco puso mucha resistencia, volvía a sentir el corazón retumbar en su pecho.

Para cuando se quiso dar cuenta ya estaba en la pista de baile. Elyon se colocó con rapidez frente a él para que no escapara a la primera oportunidad. Estuvo a punto de ponerle las manos en los hombros, pero rectificó y las puso en sus brazos, hacerlo de la otra manera habría sido violento para los dos, sin duda alguna, más violento aún de lo que ya estaba resultando. Snape la miró a los ojos, verdes y brillantes. Ella sonrió. Con un suspiro de resignación accedió, y colocó sus manos en la cintura de la chica. Sintió que su corazón se aceleraba aún más. Sus pasos eran mucho más torpes que los de Remus, pero eso a Elyon le resultó divertido, ya que le costaba bastante más seguirle.

-¿Qué tal las fiestas? –preguntó ella para romper el hielo.

-Normales –se limitó a contestar él encogiéndose de hombros e intentando no mirarla a los ojos.

-¿Solo normales? Qué rollo –opinó ella.

-Supongo que no hace falta que yo te pregunte lo mismo –comentó él con frialdad.

Elyon bajó la mirada entristecida, recordando lo mal que lo había pasado, y lo estúpida que había sido al no conseguir salir de aquella situación ella sola. Snape se mordió la lengua. La joven había intentado ser amable con él, lo más normal era que hiciera lo mismo, pero no podía, no era propio de él. Siempre había encontrado más fácil repeler a todo el mundo que intentar conectar con alguien. Cerró los ojos e inspiró. Cogió la mano de Elyon, alejó a la chica de él y la hizo girar sobre sí misma. De forma que al volver a quedar frente a frente, ella puso una mano en su hombro, mientras el chico sujetaba su otra mano en alto.

-Pensaba que no sabías bailar –le dijo divertida.

-Llevo toda la noche pasando vergüenza mirando a los asistentes, supongo que algo he memorizado –comentó casi en un susurro.

Entonces se percató de que llevaba puesta en la muñeca derecha, la que él sujetaba en alto, la pulsera que le había regalo por Navidad.

-Es muy bonita, gracias, tengo la sensación de que era algo muy especial para ti –sonrió ella sonrojándose un poco-. Y me siento alagada de que me la hayas dado a mí, realmente no sé cómo tomármelo, es mucha responsabilidad.

-¿Cómo sabes...? ¿Por qué crees que te la he regalado yo? –Snape se paró en seco mirándola con el corazón acelerado.

-No hay que ser muy listo para saber que un regalo con una S grabada y acompañado de una nota con tinta de color verde es tuyo –le contestó ella-. Además, conozco tu letra de cuando nos entregas los trabajos corregidos.

El joven la soltó, se le había hecho un nudo en el estómago que le cortaba la respiración. Sabía que no tenía que haberle regalado nada. Sintió la urgente necesidad de salir corriendo de la sala.

-¡Atención todos! –anunció Dumbledore subido a una silla con una copa en la mano y con la otra conjuró unos números dorados en el aire- ¡Cinco! ¡Cuatro! ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!

El número estalló y llenó el local de fuegos artificiales, que explotaban aquí y allá, creando cortinas de luces brillantes que caían sobre la cabeza de los asistentes como si fueran confeti.

-¡Feliz Año Nuevo! –felicitaron todos con alegría.

-Feliz Año Nuevo –le dijo Elyon a Snape.

Y sin previo aviso se puso de puntillas y lo besó en la mejilla. Luego la chica se fue con una sonrisa a buscar a Remus para felicitarle también el nuevo año.

Snape se quedó plantado en medio de la pista de baile mientras todos seguían felicitándose y los fuegos artificiales de colores seguían estallando cerca del techo del establecimiento. Su corazón retumbaba en su pecho y por alguna razón no podía moverse. Se sentía mareado y confuso, no entendía muy bien qué había pasado. Simplemente seguía sintiendo el fugaz beso en su mejilla, y una extraña sensación de euforia.

Zelda frunció el ceño, no le había gustado lo que había visto. No se había acercado a Snape para ver si él la buscaba, y al parecer su plan había sido un desastre, un desastre que se había convertido en una catástrofe que podía fastidiar sus planes gracias a esa niñata recién escolarizada.