Capítulo 22: La celda 320

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Finalmente no se arrepintió como creyó que le ocurriría, lo que no significaba que no estuvo todo el tiempo pensando en eso. Al menos, ya las chicas sabían lo que le sucedía y podía estar distraída sin problemas, o alejada de los demás, reflexionando, pero eso implicaba que Ron y Harry las molestaran todo el tiempo preguntándoles sobre Merlina, porque tan tontos no eran y se daban cuenta de que algo pasaba.

Podía estar horas tirada en la cama tratando de imaginarse qué le diría a Craig. Y la verdad es que no se imaginaba nada, porque todo dependía del momento; además, cuando uno ensaya las cosas, nunca resultan como se las planea.

Nuevamente dejó de comer por eso, pero sólo se saltaba el desayuno, y le rogó a Molly que los platos no se los sirviera tan contundentes. No obstante, el último día, todos la obligaron a comer y le metieron la comida a la fuerza, como a un bebé mañoso. Hermione la amenazó con tirarle un maleficio si no se quedaba con ellos el resto de la tarde jugando Quidditch. Todo eso lo agradeció profundamente, porque le había hecho sentir mucho mejor, y al día siguiente pudo levantarse con real energía.

—¿Querrás que te acompañe alguien? —indagó Ginny.

—No, iré sola —contestó mientras se hacía una media cola en el pelo. Luego cogió su cartera morada.

—No te va a ocurrir nada, ¿verdad? —fue Hermione.

—No. Estaré con guardaespaldas... Y yo estaré con mi varita y él no. O eso espero; tal vez me la quiten en la entrada.

Bajaron a la sala.

—¿Dónde vas? —preguntó Ron.

—A Azkaban.

—¿QUÉ? —saltaron Harry y el pelirrojo al mismo tiempo.

Merlina miró el techo. No podía seguir así con ellos, la verdad siempre era mejor.

—Chicas... cuéntenle la historia, por favor...

Ellas asintieron. Sabían que debían contar sólo la historia de Craig y no la parte en que ella hacía pucheros y pataleaba por sentirse solterona. Los hombres no comprendían eso. Seguramente Ron diría "¿Cuál es el problema de que esté sin novio?"

Merlina se fue a despedir de la señora Weasley y emprendió el viaje.

Tomó el autobús Noctámbulo, ya que era el medio más apropiado para llegar al Ministerio de Magia, donde debía ir primero. El conductor y el copiloto la quedaron mirando con asombro. La reconocieron, seguramente; dudaba que se olvidaran tan pronto de ella, después de un salto mortal fuera del ómnibus hace casi un mes.

La pasaron a dejar en tercer lugar. Bajó y fue hasta la cabina telefónica en desuso. Sacó el papelito del bolsillo donde Hermione le había anotado los números. Ella, desde que había llegado de Estados Unidos, no había vuelto a ir al Ministerio y tenía pésima memoria. Discó seis, dos, cuatro, cuatro, dos ágilmente.

—Bienvenido al Ministerio de Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita —solicitó una gélida voz.

—Merlina Morgan... eeh... junta con el Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica —no se le había ocurrido otra cosa. Estaba en blanco.

—Gracias. Visitante, tome la chapa y colóquesela en la ropa en un lugar visible, por favor.

Por donde salía la moneda apareció una chapita de metal con su nombre y la frase "Junta con Dpto. de la AM". Se la enganchó en la blusa púrpura.

—Maldito ascensor —se quejó rogando porque hubiesen cambiado la forma de bajar a un teletransportador.

Hubo un fuerte temblor y éste comenzó a descender. Se agarró el estómago y le dio vuelta todo. No odiaba los ascensores, pero en ese momento sí se mareó. No sabía cuándo iba a detenerse. Se sentó en el suelo y se tapó la cara.

—Que pare, que pare... —susurraba.

Se detuvo con el mismo ruido de hierros oxidados.

Abrió los ojos y se puso en pie. Dos magos que iban a entrar la miraron con reproche por su pinta de muggle. Se fue de allí, pidiendo permiso a duras penas.

Por lo poco que recordaba, el Ministerio no había cambiado nada, al menos el Vestíbulo. Se acercó a uno de los guardias y preguntó el piso del departamento.

—El segundo —contestó el hombre.

—Gracias —dijo y se fue—. Más ascensores... —gruñó Merlina y se dirigió hasta uno de esos para bajar. Había bastante gente, así que tuvo que apretujarse con varios magos más, soportando las miradas que le lanzaban.

¿Cómo quieren que me ponga túnica? ¡Con tremendo calor que hace! —pensó ceñuda.

Las rejillas de oro se abrieron por quinta vez con un ruido chirriante. Se bajó, feliz de haberse separado de la antipática multitud. Fue hacia la oficina siendo indicada por las flechas y los letreros. No tardó en encontrar a los encargados de las visitas en Azkaban.

—¿Tiene licencia de aparición? —preguntó un mago corpulento.

—No —contestó avergonzada, pensando en que sería regañada.

—Entonces viajaremos por la red Flu.

Hicieron nuevamente el recorrido hasta el Vestíbulo para viajar en una de las chimeneas. Iba con dos magos grandototes con cara de matones y ella parecía una laucha temblorosa al lado de ellos. Se obligó a no vomitar en el ascensor y en la chimenea. Por suerte esa vez no salió volando, porque los dos magos la afirmaron de los brazos. Aun así, quedó llena de cenizas. Se pasó un pañuelo por la cara, pero al instante comenzó a estornudar.

—¿Puedo conservar mi varita? —preguntó cuando se calmó.

—Sí, pero al primer acto de magia injustificada será sancionada —le advirtió uno de los magos sin darle mayor importancia.

Merlina asintió enfáticamente. Tendría que controlar las ganas de atacar a Craig.

Estaban en una especie de vestíbulo también, pero nada comparado con el del Ministerio. Era similar a una mazmorra y eso le causó escalofríos. El lugar estaba lúgubre y húmedo, y de algún lugar sonaban goteras. Había cerca de diez de chimeneas y debían tener muy poco uso, porque no muchos magos estaban allí. Por las ventanas altas y con hierritos se divisaba el cielo gris. Se oía el romper de las olas y había un concentrado olor a sal, musgo y óxido. Al centro había una mesa circular donde tres magos atendían sin ánimo alguno. Todos tenían cara de zombi. Debía ser un trabajo deprimente, incluso cuando ya no contaban con la cooperación de los dementores, quienes se habían escapado de Azkaban hace algún tiempo.

Los magos la condujeron hacia la recepción.

—Merlina Morgan —dijo uno de ellos—, viene a visitar a Craig Ledger.

Uno de los brujos sacó unos papeles y buscó el nombre.

—Séptimo piso, pasillo doce, celda trescientos veinte.

¡Más ascensores! —pensó desesperada cuando llegaron frente a otros elevadores. No obstante, el nerviosismo le impidió marearse, porque ya estaba lo suficientemente mal.

—No me pueden dejar sola, ¿cierto? —preguntó temerosa.

—Negativo —contestó uno de los individuos—, está prohibido. Nos colocaremos a dos metros de su espalda y usted tendrá que quedarse en el mismo lugar. Es el protocolo.

Merlina asintió abrumada. ¿Y si hacía el ridículo? Bueno, qué más daba. No iba a ser la primera persona a la que le escuchaban una conversación comprometedora.

Llegaron al pasillo y caminaron hasta la celda. Había un mago con rostro de malas pulgas custodiando el calabozo de Craig.

—Ledger, tienes visita —dijo con brusquedad y se fue, dejando a los tres personajes recién llegados, solos.

Craig se asomó hacia los barrotes. Esta vez no tenía los ojos rojos, pero estaba igual de sucio y despeinado. Sonrió con sus dientes amarillos. Merlina, que estaba a un metro de la reja, percibió su fétido aliento y lo miró espantada. No se parecía nada a lo que había conocido alguna vez.

—Creí que no vendrías —farfulló agarrándose de los barrotes e intentando sacar la cara.

—Vine porque —de pronto Merlina sintió que todas las ideas le llegaban a la cabeza. Su voz se volvió de hielo, llena de firmeza, olvidándose que tenía guardaespaldas—, tú, maldito infeliz —Craig abrió la boca para replicar, pero ella subió el tono de voz—, ¡me vas a escuchar! —gritó amenazante y lo señaló con un dedo—. Tú no me dejaste hablar cuando me secuestraste. Con lo cobarde que eres, preferiste amarrarme y desquitarte con todas tus estupideces de muchacho mimado, porque, eso es lo que eres, un maldito mimado y desgraciado. Pero, quiero que sepas, que tuviste razón —luchaba por quedarse donde estaba, porque ganas de golpearlo no le faltaban—: nunca te amé, ni cerca estuve, y agradezco no haber sido así de estúpida, porque eres una mierda de persona —continuó, a lo que él soltó una carcajada—. ¡CÁLLATE! —Craig dejó de reír mas no borró la sonrisa de su cara—. Pero lo que me hiciste tú no tiene precio. ¿Te das cuenta de lo cobarde que fuiste? Si fueras capaz de verte realmente… Das pena y asco. Espero que los años que pases aquí te brinden todo el sufrimiento que mereces. Lástima que los dementores se hayan escapado —agregó con el tono más cruel que pudo imitar—, así podrían haberte dado un besito lujurioso.

—Estás bastante despechada —comentó él.

—¿Despechada? Estoy furiosa por haber estado con un patán como tú. ¡Te interesaba sólo el dinero y el sexo! Suerte que sólo obtuviste de mí lo primero, maldito canalla, y tampoco fue demasiado, porque, después de todo, no estuviste más que con una fracasada y pobretona.

—Ya te lo dije, Merlina, ese es el fin del hombre: saciar las necesidades básicas, y la gente como tú está para hacerlo. Tú me perteneces, insisto; yo te daría perspectiva y un motivo de vivir en tu patética vida. Ahora, dime, si no me quisiste a mí, que logré hacerte creer que era un hombre amoroso y paciente, ¿a quién vas a querer?

—Eso a ti no te importa. Y si no quiero a nadie, es tema mío, nada cambiará.

—A mí no me interesa, pero a ti sí. Tú y yo sabemos que no puedes estar sola, que te aterra no tener amigos. No te enamorarás de nadie jamás y jamás nadie se enamorará de ti.

—¡Eso tú no lo sabes!

—¡Claro que sí! ¿Hace cuántos años que te conozco? Eres vacía como una concha, tus traumas te impiden avanzar. Eres incapaz de amar.

—¡Que no te haya amado a ti, no significa que no pueda querer a alguien!

—¡Mentira!

—¡ESTOY ENAMORADA! —vociferó pateando el suelo, roja de ira.

Por un momento pensó que sus escoltas se la iban a llevar, pero no fue así. Debían estar acostumbrados a los gritos y a los insultos, así que esperaron tranquilamente, sin moverse. Además, no debía ser un espectáculo tan aburrido.

La sonrisa de Craig se borró y le tembló la quijada.

—A ver, dime, ¿de quién estás enamorada?

—Eso a ti... no te importa —jadeó la joven temblorosa.

—Me importa, porque, si no me dices, no te creeré.

—Da igual que no me creas, Craig. Pero tu expresión dicta todo lo contrario: no puedes concebir esa idea en tu cabeza y te carcome. Eres tan narcisista que se te hace imposible que pueda querer a alguien y que ese no seas tú.

—Vamos, vamos, sé que quieres confesármelo —replicó con ojos grandes—. Dime quién es el desafortunado, así te quedas tranquila.

Merlina miró el suelo. Era una locura lo que iba a decir... pero debía hacerlo, necesitaba que Craig la dejara en paz, que se convenciera de que él había sido sólo un hombre en su vida y nada más.

—De Severus Snape —susurró volviendo a mirarlo con el entrecejo levemente fruncido.

Craig la observó anonadado.

—No te creo —le dijo finalmente—. Imposible. Recuerdo ese nombre. Lo escribiste en tus cartas... Odiabas a ese sujeto.

Merlina asintió e hizo una mueca burlona.

—Tú lo has dicho, lo odiaba.

—¿Pero cómo...? Estás mintiendo —insistió meneando las manos y agrandando los ojos. Merlina había dicho una verdad a medias, pero, además, había conseguido el efecto que deseaba causar en Craig.

—Rebate lo que quieras —le espetó Merlina—, pero sabes que es cierto con sólo mirarme a los ojos. No me vuelvas a escribir, porque lo único que causarás es pérdida de pergamino y tinta para los del Ministerio.

—Como tu digas. No tengo nada más que decirte. Cualquier cosa, quedará en tu conciencia.

—Sí, lo que sea, Craig. De la única conciencia que debes ocuparte, es de la tuya, porque si hay infierno, te vas a ir derechito para allá cuando te mueras. Hasta nunca —se despidió con resentimiento y se giró hacia los guardaespaldas—. Vamos.

No volvió a mirar hacia atrás. Craig la siguió con la mirada, aún pasmado. Ella también estaba asombrada de sí misma al reconocer que guardaba un sentimiento hacia Snape que no era odio. No podía ser amor, era simplemente una atracción... La química natural de una pareja explosiva. Bueno, de ella hacia él, porque Snape siempre había sido explosivo, incluso con su mejor humor. No obstante, tenía que reconocer que había sentido el loco impulso por expresarlo, no sólo porque Craig la hubiera presionado. Fue como destapar una botella de champán. Ginny tuvo razón: le había hecho bien visitar a Craig. Había liberado energía, se había descargado de malos sentimientos... Esa tenía que ser la sensación de aflojo en el pecho. Había cerrado el ciclo.

Los magos la llevaron de vuelta al Ministerio de Magia y la hicieron firmar un papel. Lanzó la chapita de visitas a un basurero.

Regresó a la Madriguera en el ómnibus mágico, mucho más relajada y tal vez con un poco más de ánimos para hablar. Había hecho bien al contarle la historia a las muchachas, porque sola no se la podía. Tenía que darles la oportunidad de confiar en ellas.

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—No puedo creer que queden tres días para ir a Hogwarts —dijo Ron a la hora de la cena con voz de ultratumba. En su frente podía apreciarse la palabra "deberes".

Ya habían transcurrido varios días desde lo de Craig y todos estaban enterados de lo ocurrido, excepto de la parte en que gritaba que quería a alguien. Eso era un terrible secreto y no sería capaz de contárselo a nadie, ni siquiera a Hermione, que era la más centrada y discreta de todos. Cada día que pasaba se le hacía una confesión más y más vergonzosa. Además, cualquiera que lo supiera le diría "ríndete, Merlina, él jamás te querrá", cosa que ya sabía y no era en absoluto necesario que se lo recalcaran. Cuando se lo confesó a Craig sonó muy bien, como una liberación. Sin embargo, ahora lo sentía como un peso en los hombros.

—¿En serio tienes que volver mañana? —preguntó Harry a Merlina.

—Sí, Albus me escribió una carta. Él estará allí.

—¿Y para qué tienes que estar allí?

—Supongo que para poner en orden el Vestíbulo. Con Peeves en el castillo dudo que haya durado limpio. Los elfos domésticos hacen su parte, pero nunca es suficiente con ese poltergeist haciendo travesuras por ahí.

—Qué lástima... —sinceró la pelirroja—. Pero no tardaremos en verte.

—Claro que no —Merlina sonrió.

El saber que iba a volver a Hogwarts le causaban sentimientos encontrados. Por un lado la emoción, por otro lado el temor.

Se levantaron de la mesa y todos se marcharon a dormir. Al día siguiente ellos irían a comprar sus materiales en el Callejón Diagon, por lo que se levantarían temprano. Ella, a diferencia de los muchachos, partiría esa misma mañana.

Merlina tuvo una noche intranquila. Aparte de que los días se estaban volviendo un poco más fríos, también soñó todo el tiempo con el profesor de Pociones. No eran sueños agradables o románticos; en todos acababan gritándose cosas sin motivos, o ella acababa por decirle que lo quería y él le respondía que él a ella no y se reía pérfidamente. Finalmente esa risa se transformaba en la de Craig. Sin embargo, eso no le derribó su alegría en la mañana. Se había olvidado de todo lo que había soñado. Tomó desayuno con los chicos y se fue con ellos en el Autobús Noctámbulo. Arthur y Molly también iban con ellos.

Los demás se bajaron primero, despidiéndose cariñosamente de ella. Antes de ir al castillo, fue al pueblo. Debía terminar de empacar las cosas faltantes en la maleta que no había utilizado.

Se bajó en Hogsmeade y fue dirigió el hotel Ruiseñor. Hizo lo planeado y utilizó el encantamiento para quitar peso que le enseñó Hermione, que era mucho más sencillo y efectivo que el que solía utilizar. Así pudo cargarlas in problemas.

En el castillo, tal como el año anterior, estaba solamente el director, obviando a los fantasmas quienes la saludaron como siempre con jovialidad, exceptuando al Barón Sanguinario, que simplemente asintió con la cabeza antes de pasar a través de ella. Merlina se quedó congelada. Era como pasar por una ducha de agua fría.

Subió al séptimo piso —agradecía las escaleras y no los elevadores— y dijo la contraseña. Albus se la había escrito en la carta que le había enviado.

Como siempre el barbudo y anciano director estaba sentado en su escritorio, con un montón de sobres abiertos frente a él, esparcidos por toda la mesa.

—¡Hola, Albus! —saludó alegremente. El director sonrió y se puso en pie para recibirla con unas palmaditas en la espalda.

—¿Cómo estás, Merlina?

—Muy bien, gracias, ¿y tú? —a pesar de haber pasado un año tuteándolo, aún se le hacía extraño hacerlo.

—Contestando cartas y más cartas, como siempre. Siéntate —le dijo y señaló el sillón. Él se ubicó frente a ella—. ¿Pasaste un buen verano?

—Sí, estuvo muy bueno —sonrió. Se balanceaba, como un elfo doméstico regañado. Tenía el leve impulso de preguntar algo que se le había ido de súbito a la mente. Acababa de recordar…

Dumbledore la miró con los ojos entrecerrados.

—¿Deseas contarme algo?

—N... Sí.

—Adelante —la alentó el anciano—. Tengo bastante tiempo. Las cartas pueden esperar.

—Muchas gracias —masculló Merlina—. En realidad —continuó—, son varias cosas...

—No tuviste un verano bueno en su totalidad, ¿o me equivoco?

Ella negó, pero decidió ir al grano con lo que le hacía ruido.

—¿Es verdad que Snape fue uno de los que testificó? Me lo dijo hace un mes —inquirió con voz más aguda de lo normal.

—Sí, testificó por ti. Yo le dije que te encontrabas ahí y que te avisara personalmente, por si tenías alguna duda de cómo había ido el proceso.

—Pero lo hizo de mala gana, ¿no? Lo hizo obligado —afirmó.

Albus pareció reflexionar por unos minutos.

—Cuando le ofrecí la idea, pareció molestarle. No obstante, me atrevo a decir que, en el momento de la audiencia, estaba muy concentrado en lo que hacía, y prácticamente gracias a su esfuerzo condenaron a Craig Ledger más de lo que le debieron haber asignado para su delito. Las apuestas decían que le iban a dar ocho años, pero ya ves que fueron diez. Y él abogaba por veinte años, pero eso era demasiado pedir.

Merlina miró hacia un punto indefinido. Había testificado bien por ella ¿Por ella? No, eso jamás...

—Según Severus, quería vengarse.

—¿Vengarse de qué? —preguntó Merlina sintiéndose demasiado soñadora.

—Bueno, esto no lo sabías, pero también fue atacado por el señor Ledger —explicó, a lo que Merlina frunció el ceño—. Ese día Severus tuvo el presentimiento de que tú y Ledger podían estar en la cueva (ya antes se había escondido alguien allí y tenía conocimiento de la existencia de esa guarida) y fue hasta allá —la mente de Merlina trabajaba a toda velocidad—, y los vio, pero Craig fue más rápido y lo atacó.

—Y se quería vengar por eso... —susurró Merlina recordando la sombra que había visto antes que Craig se la subiera al hombro y saliera corriendo cerro abajo para tomar el ómnibus.

—Sí, eso parece.

No se decepcionó completamente. En un momento pensó ilusa que se había desquitado por ella, sin embargo, el que la fuera a buscar a la cueva, arriesgándose, valía tanto como eso.

—¿Y me ibas a contar algo más? —preguntó el hombre sacándola de sus pensamientos.

—Ah, sí, bueno, fui a ver a Craig...

Y le narró la misma historia que le había contado a los muchachos. Evitó mirar a los azules ojos del director, porque podría saber que no estaba siendo totalmente sincera.

—Pero, Merlina, ¿tú crees que eres incapaz de amar a alguien?

—¡Claro que no! —respondió con brusquedad—. Lo siento. Claro que no.

—Entonces, no tienes que porqué volver a recordar lo que te dijo. Además, el amor no es sólo de pareja. Tú amas a tus amigos. Eso sigue siendo amor de todas maneras.

—Lo sé... Sí, es cierto. Bueno, eso era, necesitaba decirlo, precisamente para no volver a recordarlo.

—Excelente. Así me gusta, además, un nuevo año escolar va a comenzar y creo que necesitaré la mejor de tu disponibilidad.

Se reincorporaron al mismo tiempo.

—Ahora puedes ir a dejar tus cosas, y ya sabes lo que tienes que hacer —Merlina asintió—. ¿No se siente cómodo llegar y no tener que volver a escuchar instrucciones? Eso es lo bueno de ya haber trabajado antes en un lugar. Buena suerte.

—¡Gracias, Albus! —Tomó sus maletas y bajó por la escalera de caracol para comenzar con su trabajo.