Capítulo 23: Snape, como siempre
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Agradeció el día en que llegaron los demás profesores. Ella era la única que merodeaba por el castillo y Peeves no la quiso dejar en paz ningún segundo durante los días que estuvo sola. Acabó con varios moretones por tropezar con alfombras o huir de las armaduras que cobraban vida de un momento a otro. Lamentablemente, no podía hacer ningún tipo de trato con él, porque el año anterior ya había aprendido la lección: no tranzar con poltergeist molestosos como él, así que tuvo que aguantárselo todo. Por suerte fueron sólo dos días de sufrimiento. Por lo tanto, cuando el personal llegó, el demonio estuvo más controlado.
Por un momento pensó que Snape haría lo mismo que el año pasado: llegar después que todos, pero no fue así. Arribó con los demás, con la misma cara de "no-me-hables-ni-me-mires-o-te-mato" de siempre. Apenas lo vio, Merlina salió corriendo hacia McGonagall para entablar conversación. Deseaba evitar lo inevitable.
—¡Buenas tardes, profesora! —saludó con voz robótica.
—Hola, Merlina —saludó Minerva con una sonrisa en los labios—. ¿Qué tal el verano?
—Excelente, realmente, muy bueno, perfecto —contestó, sintiendo que sonaba demasiado repetitiva y exagerada—. ¿Y el suyo?
—Bueno, tú sabes que tenemos dos semanas de vacaciones, cuatro de trabajo para enviar las cartas a los estudiantes y armar el programa escolar, y dos semanas más de vacaciones, pero puedo contarte que…
Merlina sonreía y asentía, pero la verdad era que no estaba poniéndole atención. Sólo pudo oír algo de "islas", "sol", y cosas por el estilo. No estaba completamente segura de que fuera sugestión suya, pero tenía la sensación de tener los ojos de Snape sobre ella. Seguramente se había dado cuenta de su actitud, teniendo en cuenta que "leía la mente", porque esa era la idea que la había atacado últimamente sobre él. El profesor de Pociones debía estar en algún rincón de la sala de profesores con sus ojos clavados en ella. Ella sabía que podía sentirse la energía de la mirada a distancia, aunque no lo viera.
McGonagall le hizo una pregunta y ella reaccionó.
—¿Cómo? —dijo haciéndose como la que no había comprendido, y no la que no estaba prestando atención.
—Si ya te recuperaste de los golpes —reiteró.
—Oh, sí, ya… ya estoy bien, gracias a los cuidados de Poppy me recuperé en días —afirmó.
Evitando mirar hacia donde su instinto femenino la llamaba, siguió saludando a los demás profesores. Se sorprendió al ver un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, y era un hombre tan añejo como Billy Bored; se llamaba Greg Slowker.
—¿Qué pasó con Billy Bored? —preguntó a Albus.
—Tuvo una grave recaída —dijo con lástima—, tuve que contratar a otro. Es imposible que tengamos un profesor de Defensa por más de un año… —suspiró y fue a hablar con el aludido.
Merlina retrocedió, sin saber qué pensar. Si ella hubiese sabido sobre cómo defenderse contra las Artes Oscuras, se habría inscrito a la vacante, pero con suerte conocía algo de pociones y nada más. Y si el puesto estaba tan maldito como siempre se había rumoreado, lo más probable es que terminara asesinada por Draco Malfoy a final de año, si Snape no tenía suerte primero.
Siguió caminando hacia atrás, alrededor de la mesa, hasta que chocó con alguien. Se dio vuelta.
—¡Lo siento, dis…! Ah.
Se quedó sin palabras. Era nada más y nada menos que Snape. ¡Y tanto que se había esforzado en evitarlo! Calculó mal. Este estaba de pie, con las manos sobre la mesa, encorvado, leyendo algo que parecía un informe. Lo cerró lentamente observándola con los ojos semiabiertos, como si ella lo hubiese interrumpido de una dificilísima tarea que requería de ardua concentración mental.
—Fue sin querer —se volvió a disculpar Merlina ante esa mirada acusadora, viéndolo fugazmente a los ojos.
—Lo sé —contestó en un susurro. Luego subió el volumen—. ¿Qué tal los chapuzones al agua, señorita Morgan?
Snape disfrutó de lo colorada que se ponía ella. Ella no se esperaba que comenzara tan pronto con las burlas.
—Buenísimas —replicó con los dientes apretados.
—¿Se bronceó un poco? Cuando la vi lucía un poco pálida.
—No me gusta quemarme —argumentó con voz temblorosa.
—Así veo, porque su cara y cuello siguen igual de descoloridos.
Merlina respiró con trabajo y, apenas en susurro, dijo, poniéndose una mano en el cuello:
—Por favor, no-me-trates-de-"usted".
—Me gusta ser educado, señorita Morgan —repuso con seriedad fingida. Nadie les prestaba atención, porque todos estaban aprovechando de ponerse al día, antes de que tuvieran que ir a ordenar el Gran Comedor—. ¿Lo pasó bien con gente más joven que usted?
La joven frunció los labios y miró el techo rogando paciencia.
—Eso… a ti… no… te incumbe… —jadeó—. ¿Esto es un interrogatorio o qué?
—¿Fue —continuó ignorando lo que había dicho— por casualidad, para relajarse y tener otra vista del mar, a visitar Azkaban?
Merlina, por un segundo quedó completamente sin neuronas.
—No —contestó, lamentándose por sonar insegura.
—Me alegro por usted —recogió su carpeta, dio media vuelta y se marchó. Justo los demás estaban también comenzando a salir.
—Merlina —dijo alguien a su lado. No reaccionó—. ¿Merlina?
—¡¿Qué?!
Miró a Albus con ojos de pescado.
—Te iba a decir que… ¿te pasa algo? —Merlina sacudió la cabeza—. Vamos a ir a ordenar el Gran Comedor. Esta vez te saltarás la cena y vigilarás… ¿Me estás atendiendo? Bien, vigilarás los pasillos del primer piso, porque en una hora y media llegan los estudiantes.
Merlina asintió otra vez. Salió tras él.
Mientras ordenaban las mesas, colocaban los estandartes, comprobaban el reloj de los puntos y en general, hacían todo lo necesario para que el lugar estuviera limpio y habitable, Merlina no se quedó tranquila. No, menos con Snape tan cerca. Él lo sabía. Lo sabía todo. ¿Cómo? Ni idea. Ponía las manos al fuego por que Albus no le habría contado eso tan personal de ella. Se había enterado de otra manera. ¿Quizá algún guarda de la cárcel le había dicho? Sí, podía ser. Podía ser algún amigo íntimo… ¡Oh, vamos, Snape no tenía amigos! O tal vez justo ese día estaba visitando a alguien en la cárcel. Un familiar suyo. Su madre quizá había sido una mujer de delitos y le había ido a dejar alguna botella de champú con una de colonia y un nuevo cepillo para los dientes. ¡Ridículo! Ya se estaba volviendo fantasiosa. No obstante, cualquier idea era ridículamente posible. Pero, daba igual, el punto es que lo sabía. Sabía que había ido a visitar a Craig… ¿Y si había oído también el "estoy enamorada"? No. Su nombre lo había dicho en voz baja, a menos que se hubiese conseguido una de las orejas extensibles de los gemelos Weasley. ¿No la estaría vigilando? Quizá Snape estaba disfrazado de mamá de Ron, Molly. No, no, eso menos.
—No puede saberlo… —susurró desesperada, mientras prendía las velas flotantes con la varita.
Diez minutos para las ocho salió a vigilar los corredores, agradeciendo con ganas el no tener que cenar en la mesa de los profesores aunque fuese por un sólo día.
—No puede haberme leído la mente —se decía una y otra vez, agitando la varita para aplacar la mala sorpresa—. No puede ser eso… Debe tener un truco, de todas maneras.
Quizá Hermione lo supiera, ella siempre lo sabe todo. O quizá, podría pasearme por la biblioteca, ya que no tengo tiempo ahora para hablar con ella ni con ninguno de los chicos.
Dentro de poco llegaron los estudiantes. Hizo un gesto con la mano a los chicos y varios más. Un tal Neville Longbottom y otra muchacha, Luna Lovegood, le saludaron cordialmente, lo que le hizo sentir mucho mejor. Malfoy le dirigió una mirada de asco, como siempre, y sus dos matones flexionaron los brazos. ¿Se traerían algo entre manos este año? Iba a tener que ponerse armadura para evitar salir herida, pero, pasara lo que pasara, no pensaba renunciar como lo había hecho la vez anterior. No les temía a unos mocosos adolescentes sin cerebro.
No mucho después llegaron los de primero. No pudo evitar sonreír al ver a tan pequeñas criaturas temblando por el nervio de ser seleccionados.
McGonagall se acercó raudamente hacia ella.
—Las instrucciones son que permanezcas en la puerta, vigilando.
—Perfecto.
Bajaron las escaleras nuevamente y Minerva entró con los pequeños por la puerta doble. Luego se quedó al lado de la armadura, con los brazos atrás, apoyada en la pared.
—Lo único que pido —rogó mirando la araña de las velas, como si allí estuviera representada una figura divina—, es que sea un buen año.
La armadura rio metálicamente. Ella se sobresaltó.
—No es un chiste —recalcó ofendida.
Se quedó con la vista al frente cuando todos comenzaron a salir al finalizar la Ceremonia de Selección. Si alguno de sus amigos le hizo señales, no se dio cuenta, ya que estaba demasiado absorta pensando en lo que le había dicho Snape. Apenas se fueran a dormir, saldría corriendo a la biblioteca para saber cómo lo hacía Snape para enterarse de sus secretos. En algún rincón vago de su mente sabía que alguna vez había oído de aquel truco, una capacidad que sólo magos poderosos podían manejar…
Algunos profesores se aproximaron a darle las buenas noches, y cerca de las diez quedó todo deshabitado. ¿Qué hacía primero? ¿Ir a la biblioteca o a la cocina a buscar algo para comer? Definitivamente lo primero, porque la ansiedad no la dejaría saborear en paz la comida. Apagó la araña de las velas y subió la escalera del Vestíbulo con la varita encendida. Fue hasta la biblioteca, y se puso contenta al saber que ya no le cansaba tanto subir las escaleras; después de todo, en la casa de los Weasley también lo había hecho, ya que tenían como cinco pisos. Su estado físico estaba mejorando.
Iluminó los pasillos. Era tenebroso entrar de noche. Podía imaginarse a Pince saliendo de la nada, mirándola odiosamente con su cara de buitre.
—No le voy a hacer nada a sus libros —susurró repentinamente enojada, como si estuviera dirigiéndose a la misma Irma—, sólo quiero averiguar un poco.
Se dirigió directo a la Sección Prohibida. Podría dar por firmado que la información estaba allí. Se aproximó al pasillo de "Artes Psíquicas".
—Cómo lanzar maldiciones sin varita… vaya, Qué hacer cuando tu mente está bloqueada… mmmh… Poderes de la mente… Tal vez esté aquí.
Sacó un libro grande, pesado y de tapa de cuero negro. Lo llevó hasta una mesa y se puso a hojearlo. Aguzó la vista porque la letra era muy pequeña y buscó en el índice colocando un dedo sobre la hoja.
—Fuerza mental para hacer volar las cosas… Fuerza mental para destruir objetos… Fuerza de… Fuerza de… Poder mental para penetrar en una mente ajena…: Legeremancia. ¡Esto es! Página ciento cincuenta…
Emocionada, como si hubiese encontrado un tesoro, giró las hojas hasta llegar allí.
—Legeremancia —leyó en un susurro—, es el arte oscura de poder penetrar en mentes ajenas, más conocido como "leer la mente", uso erróneo de la palabra, ya que éste no toma partes completas del pensamiento, sino que fragmentos. Es… blah, blah… El único método para evadir la Legeremancia es la Oclumancia…
Como un rayo se dirigió a la palabra "Oclumancia".
—Oclumancia es la capacidad de bloquear la mente hacia penetraciones mentales externas… blah, eh… Se requiere de fuerza de voluntad para evitar emociones… Poner la mente en blanco, relajar el cuerpo y el cerebro… Dejar sentimientos… Dios, esto va a ser más que difícil —dijo pesimista—, yo soy la menos indicada para dejar los sentimientos y las emociones a un lado… Pero tendré que intentarlo.
Fue a dejar el libro —que por cierto, sin darse cuenta, lo puso en la sección equivocada— y se marchó de allí hacia las cocinas para darse su propio festín.
Estuvo toda la noche merodeando por el colegio. Bueno, ese era su trabajo, pero iba más sin rumbo que nunca. Estaba intentando no pensar en nada. ¿Cómo se podía pensar en nada si ya estaba pensando en no pensar? Era paradójico. De todas maneras, ¿por qué tanto le importaba Snape? No podía gustarle de ese modo. Eran polos opuestos… ¡Ah! Más contradicciones: "Polos opuestos se atraen". Eso no era completamente cierto. No tenía un ejemplo que soportara su argumento, pero era verdad. Probablemente era una confusión del momento.
Finalmente resolvió que no podía quedarse así. Apenas los estudiantes se levantaron, se puso en un lugar cercano a la torre de Gryffindor para aguardar a los chicos. Ellos la vieron de inmediato; Ginny no estaba.
—¡Hola, Merlina! —saludaron a coro.
—Hola… —contestó en voz baja—. Necesito hablar con ustedes.
—¿Puede ser después del desayuno? —preguntó Ron. El estómago le rugía.
—Sí, por favor —para su sorpresa fue Hermione la que habló—, es que ahora nos tienen que entregar el horario.
—Ah, sí, perfecto. Vamos, después del desayuno, entonces…
Fueron al Gran Comedor. A Merlina se le olvidó entrar por la puerta trasera, pero muchos estaban llegando al mismo tiempo, así que no llamó la atención. Se sentó en su puesto. Se atrevió a mirar hacia Snape, pero él no estaba. Espiró relajada y decidió conversar un poco con Sprout mientras comía. Luego miró hacia la mesa de Gryffindor y notó que los chicos ya se habían retirado.
—Permiso, debo hacer algo —avisó y salió por la misma puerta por la que entró. Los chicos la esperaban en el Vestíbulo.
—¿Qué ocu…?
—¡Snape sabe Legeremancia!
Los tres se echaron miradas furtivas.
—Dímelo a mí —gruñó Harry.
—¿Acaso lo sabían?
—Sí.
—¿Y no me dijeron?
—No.
—¡¿Por qué?!
—Nunca pensamos que fuera de importancia —repuso Hermione— y no había razón para hacerlo.
—Por Merlín… —se cubrió la frente con una mano.
—Pero ¿qué tiene eso? —preguntó Ron, despreocupado.
—¿Cómo que "qué tiene eso"? —dijo alterada—. Es malísimo, un pésimo augurio.
Hermione negó con la cabeza. Luego los demás hicieron lo mismo, con caras de susto.
—¿No? A ver, piénsenlo un momento así: que el idiota de Severus sepa Legeremancia, significa que va a enterarse de cada cosa que piense de él —Hermione le tomó el brazo, ciertamente desesperada, pero Merlina estaba en sus trece, empeñada en dar su argumento—. El muy descarado se cree con el derecho de meterse en mis asuntos, porque, ayer me dijo que…. ¿Qué pasa? —Hermione le estaba pellizcando el brazo cada vez más fuerte.
Pero no hubo necesidad de que le contestaran. Los tres miraban hacia atrás. Merlina se giró lentamente, temiendo lo que se iba a encontrar.
A dos metros estaba Snape con los brazos cruzados, tal como había sucedido el año anterior en una ocasión.
—No necesito saber Legeremancia para saber lo que piensas de mí, eso, es evidente —comentó él con frialdad.
—Yo no estaba hablando de…
—Y ustedes —se dirigió a los muchachos—, diez puntos menos para Gryffindor por estar conversando deliberadamente con un funcionario de Hogwarts que debiera estar trabajando.
Merlina vio que Harry iba a decir algo, pero se adelantó.
—Váyanse… —susurró. Los tres subieron rápidamente por la escalera del Vestíbulo. Ninguno dijo nada hasta ver que ellos se habían ido—. Ese argumento en absoluto tuvo sentido…
—Ahora te dedicas a chismorrear con los demás estudiantes, ¿no? No te da ni un poco de vergüenza.
—Severus —dijo, atreviéndose a mirarlo a los ojos, intentando bloquear su mente. No obstante, las cosquillas en el estómago aparecieron con más fuerza que nunca—, yo…
—Veo que todavía no entiendes tu lugar —le interrumpió y dio unos cuantos pasos hasta ella. Con un dedo apuntó cierto lugar al medio del aire—. Director —bajó el dedo—; subdirectora —bajó más el dedo—; profesores —bajó otra vez el dedo—; conserje —hizo lo mismo—; enfermera, —otra vez—; bibliotecaria —lo mismo—; y estudiantes.
—No creo que… —empezó a decir Merlina. Iba a rebatir esa jerarquía, porque se le hacía que se la había inventado. Apostaba a que Madame Pomfrey estaba en una posición más alta, y que, quizá, con Madame Pince compartían el puesto.
—¿Ves cuanta distancia hay entre "conserje" y "estudiantes"? Mucho trecho, ¿no? De hecho, si te fijas, ni siquiera Irma Pince anda hablándole a los alumnos como si fueran sus amigos —tomó aire y se acercó un poco más—. No puedes —susurró negando con la cabeza y alzando las cejas, como si estuviera hablándole a alguien de dos años— estar haciéndote la amiga de los estudiantes.
—Severus, por favor, no es para tanto. Lo siento, ni siquiera estaba hablando de ti, escuchaste mal. Es decir, hablaba de ti, pero no lo que estás pensando —dijo ella decidiendo a mirarle la frente en vez de los ojos.
—No me importa lo que hables de mí. Estoy acostumbrado a que gente como tú comente a mis espaldas. Que tengas un buen día.
Giró sobre sus talones y entró por la puerta del Gran Comedor.
Merlina estiró los brazos como si con eso pudiera impedir que se fuera. Dándose cuenta de la ridiculez que estaba haciendo, los bajó rápidamente. Por unos segundos se sintió culpable. Luego, recuperó su orgullo.
—Claro —susurró—, si no te importara lo que pienso, no estarías entrometiéndote en mis asuntos cada vez que puedes, y menos inventando jerarquías que no existen.
Con dignidad subió a su despacho y se acostó para dormir las seis horas que le correspondían.
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Se levantó con peor humor del que tenía, y como si no fuera suficiente, la cabeza le dolía terriblemente. Hizo sus rondas más rápido de lo normal y se ganó en una banca del tercer piso para dejar que pasaran los minutos.
De un momento a otro escuchó pasos apurados. Eran los chicos.
—Tenemos una hora libre —explicó Harry cuando llegó a su lado.
—¿Cómo supieron que estaba aquí?
Harry mostró un pergamino viejo, doblado, que tenía en el bolsillo. Merlina asintió sonriendo.
—No le íbamos a hacer caso a Snape —dijo Ron—. No porque Snape nos quite puntos te vamos a dejar de hablar.
Merlina sonrió agradecida. Encontró muy tiernas esas palabras.
—De todas maneras —dijo Hermione sentándose a su lado—, nos quedamos con la duda. ¿Qué es lo que te dijo Snape ayer?
—¡Ah, eso! Bueno, adivinó lo de Craig. Quiero decir que supo que fui a verlo.
Los dos muchachos no contestaron nada. Hermione frunció el entrecejo.
—Imposible que lo sepa. La Legeremancia no puede hacer eso, es una magia muy inexacta...
—Es lo que pensé —corroboró Merlina—. Me lo dijo como si alguien se lo hubiera contado... ¿Y tú, Harry? ¿Usa Legeremancia contra ti también?
—En quinto año —contestó sin darle importancia, pero luego bajó la voz—, me estaba enseñando a protegerme de Voldemort porque intentaba meterse en mi mente…
—Vaya…
—De todas maneras —la interrumpió Harry como si quisiera olvidar todo ese asunto—, ¿qué le importa a él?
Merlina asintió lentamente.
—Tienes razón, Harry. No debería importarle, pero ya sabes que a Snape le encanta atormentarme... En fin. Me voy. Quizá le pregunte como se enteró, si es que tengo el golpe de valor suficiente, y eso significaría autodelatarme, porque le dije que no había ido a Azkaban. También puedo hacer un trato para hacer las paces y así deja de acosarme.
—No te resultará —dijo Ron.
—Lo sé, pero es mejor pensar positivo. Bueno, suerte con la otra clase.
Entonces la joven se marchó, dejándolos solos.
Ron estaba en lo cierto. No le iba a contestar y tampoco era un hombre de tratos. Lo había intentado el año anterior y lo único que había hecho había sido burlarse de ella. No, no intentaría nada. Dejaría las cosas como estaban. Si le hablaba, bien, si no, bien también.
