Capítulo 24: Situaciones comprometedoras

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La primera semana transcurrió de manera rápida. Últimamente los estudiantes le daban mucho que hacer. Los de primer año estaban más inquietos que nunca. Constantemente se agarraban de las mechas los Gryffindor contra los Slytherin, y ella había estado metiéndose en toda las peleas para lograr separarlos. A veces, ni siquiera servía la varita y tenía que meterse en el grupo —porque eran grupos, no dúos ni tríos, sino que casi siempre había ocho o diez en una riña—. Todo eso había impedido el avance de los puntos en las casas. Estaban estancados. Hermione, para variar, era la más afectada porque sus esfuerzos eran inútiles.

—¡No se golpeen, por favor! —gritaba antes de utilizar la poca fuerza bruta que tenía.

Salió victoriosa en tres de cuatro peleas, pudiendo separar a los participantes saliendo prácticamente ilesa. La última, y la más grave, le afectó a ella también. Ocurrió en el quinto piso, donde había pocas aulas, y las que estaban casi no se ocupaban.

Eran seis Slytherin contra cinco Gryffindor. Dos estaban agarrando a uno solo. Ese otro le tiraba el pelo a otro más. Todos eran hombres. Por suerte no había visto a niñitas en tal brutalidad, hasta ese momento, pero sería cosa de tiempo.

—¡Chicos! ¡CHICOS! ¡Paren!

No le hicieron caso. La ignoraron como si nada. Eso la puso furiosa.

—¡Impedimenta!

Dos se lograron separar, pero al instante volvieron a unirse como imanes.

—¿Por qué soy tan mala para los hechizos defensivos? —se auto compadeció.

Avanzó decidida y tomó a dos chicos por el cuello de la túnica y, con fuerza, los logró alejar el uno del otro. Grave error, por cierto, porque éstos después se lanzaron contra ella, incluso los de Gryffindor. Sólo querían pelear.

—¡No! —gritó, dando un paso con dificultad, pero le tiraban la túnica—. ¡Suéltenme, mocosos malagradecidos!

No sirvió de nada.

¡Oh! Un golpe en el estómago, ¡Ah!, un jalón de pelo... Otro golpe en un seno, ¡eso sí dolió!... Otro en la parte baja del abdomen, luego en el trasero. ¡Los golpes en los lugares que se tiene grasa duelen más!

Trató de arrancar, pero la tenían tan agarrada que le fue imposible dar otro paso. Se tiró al suelo y se abrazó las rodillas, tratando de esconder la cabeza. Los chicos la siguieron pateando y chillaban como cabras poseídas.

—¡IMPEDIMENTA! —vociferó alguien.

Merlina conoció la belleza de no ser golpeada. Levantó la cara, y vio a todos parándose y mirando con miedo a Snape, quien había sido el "héroe".

—Veinte puntos menos para Gryffindor —dijo—, y ustedes —se dirigió a los Slytherin— vayan a las siete a mi despacho, porque arreglaremos su castigo.

Merlina se puso en pie y lo miró con cara de boba. Los niños salieron corriendo. Iba a decir "Gracias" pero no pudo pronunciar la palabra porque Snape la interrumpió.

—Ahora te dedicas a jugar a las luchas con los más pequeños. Se supone que tu deber es aplacarlos, no alentarlos.

Ay, no... —pensó Merlina, cubriéndose la cara con las manos por un momento.

—No fue así... —contestó afligida, completamente consciente de que parecía estar haciendo un berrinche.

—Te vi en medio de la pelea, pero —hizo un gesto para que Merlina no hablara—, no te aflijas. Ya sé que te gustaría ser más joven y jugar con los pequeños. Esta vez no te diré nada, pero prometo hablar con Dumbledore para que te aconseje ir a San Mungo. Y ya que a mí no me hiciste caso...

—¿Viniste a molestarme? —preguntó Merlina con una mueca en los labios.

—No —contestó Snape con simpleza—, vine a decirte que desde mañana necesitaré tu ayuda para que ordenes mi despacho.

—¿Que ordene tu "qué"? —preguntó haciéndose la escandalizada, aunque lo había oído perfectamente. Se alabó mentalmente por atreverse a mirarlo a sus profundos y negros ojos.

—Despacho. Mañana, después de cenar.

—¿Después de cenar? ¿En la noche?

—Nunca he sabido que se cene de día. Sí —dijo con exasperación el profesor de Pociones—. Mañana. El despacho. Agradéceme que esté dejando intacto tu horario de sueño.

—Pero... Es injusto.

—Morgan... —dijo con suavidad pero burlándose—. ¿Desde cuándo la vida es justa? Además ¿qué te dije el curso anterior? Que me ayudarías este año a mantener mi despacho en orden. Te estoy confiando mi despacho, Morgan. Lo conoces bastante bien —eso último lo dijo con tono acusador—. Si te queda duda, revisa tu contrato, para que veas que no estoy abusando de ti como crees.

—¿Y mi ronda nocturna? —preguntó ella como si eso lo zanjara todo—. Eso es más importante que ordenar el despacho de un profesor, y la tarea principal que está en mi contrato.

—Vamos... No haces nada en la noche, salvo pensar ridiculeces —Merlina miró hacia otro lado—, y, precisamente, perder el tiempo. Mañana harás algo útil.

—¿Y si me niego? Albus no me despedirá.

—Dumbledore no te despedirá, pero tú tampoco te negarás.

—¿Cómo lo sabes?

—Creo que te conozco lo suficiente...

—¿Me pagarán más?

—Sabes que no. Y ¿desde cuándo te importa el dinero?

—¿Cómo sabes que no me importa el dinero?

—¡Vaya! ¿Esto es un interrogatorio? —inquirió con sarcasmo—. No perderé el tiempo contigo. Mañana a las nueve en mi despacho, y punto.

—¡Un momento! —exclamó, antes de que se fuera. Snape la miró—. ¿El horario? ¿De cuántas horas estamos hablando?

—Indefinidas.

—Indef... ¿qué? ¿Pretendes que me quedes toda la noche encerrada en tu despacho mientras tú duermes?

—¿Y qué más da? Terminarás más rápido. Aunque si quieres aplazarlo e ir varias noches a la semana, no tengo problemas. Es cosa tuya —le dio la espalda pero le volvió a dar la cara—. Ah, y tienes la mejilla con sangre.

Se marchó a paso rápido, siendo seguido por su túnica negra.

Merlina gruñó mientras se pasaba la mano por la mejilla, que le ardía. Tenía un rasguño enorme.

Lo encontraba insólito. ¡Había estado casi una semana completa sin dirigirle la palabra y ahora la buscaba para su conveniencia! ¡Hombres!

Y sin embargo, no podía engañarse a sí misma. De cierta forma, le atraía la idea de tener que estar en el despacho de Snape, sola con él... ¡Ya! Sí, lo reconocía, le gustaba definitivamente, le encantaba la manera en que caminaba, en que se movía su capa, cómo la miraba, cómo se reía, aunque fuera de ella. Adoraba su voz melodiosa, sus sarcasmos, sus idioteces... No, eso no tanto, ¡pero le gustaba! Y la ponía nerviosa, le hacía sentir cosquillas y tenía que aceptar que, ganas de besarlo, no le faltaban.

Se detuvo en seco, en el segundo piso. Un momento. ¿Quería besarlo? ¿Quería besar a alguien...? ¡Dios hacía milagros! ¡Quería besar a alguien! ¡Tenía sentimientos, no era como una concha de mar vacía!

—¡SÍ! —gritó haciendo que unos alumnos de Hufflepuff de sexto la miraran con recelo. Merlina simplemente sonrió.

No le importaba si no le interesaba a Snape porque, por el momento, se conformaba con ella quererlo a él. ¡Quería a alguien! Sonaba tan lindo... Al menos, querer era el primer paso.

Esa noche cenó más que feliz. Incluso le sonrió a Pansy Parkinson, quien la miraba con desdén desde su mesa.

—¿Qué te pasó en la mejilla? —le preguntaron los chicos antes de marcharse a dormir, cuando ella estaba afuera en el Vestíbulo.

—Nada —contestó Merlina, con una sonrisa tonta.

—¿Por qué estás tan feliz? —preguntó Ginny.

—Por nada.

—¿Por nada? Pero, mírate, si tienes una cara de boba que no te la puedes...

—¡Weasley, Potter, Granger! —Era McGonagall—. Vayan a sus Salas Comunes.

—¡Adiós! —se despidieron.

—Adiós... —susurró, todavía en un ensueño.

No hallaba la hora de ir al despacho de Severus. Ahora que sabía lo que sentía realmente, podía decirse que estaba algo más segura de sus actos. Claro que, mientras más se aproximaba la hora, más temblaba y más se le quitaban las ganas. La ansiedad nuevamente se sobreponía a los buenos sentimientos.

No me presentaré —pensó en un momento mientras terminaba de cenar. Snape ya se había marchado hace diez minutos.

Tengo que ir —dijo su yo más valiente.

Se limpió la boca con la servilleta y aprovechó los veinte minutos que le quedaban en ir a su despacho, lavarse los dientes, calmarse, refrescarse, calmarse otra vez y, a las nueve justas —sabía que debería haberse ido antes—, partir hacia el terrible destino.

Caminó por los corredores abarrotados por estudiantes que se dirigían a sus Salas Comunes. Bajó las escaleras y llegó a las mazmorras... Las antorchas amenazaban con apagarse. Eso le dio miedo, así que se apresuró hacia la dichosa puerta. Llamó tres veces.

—Adelante —respondió una voz sutil.

Entró y cerró la puerta tras ella. Snape estaba colocando un rojo cero en uno de los trabajos que revisaba. Tenía una montonera. ¿Qué ese hombre no se cansaba nunca de descifrar los jeroglíficos de los estudiantes y poner ceros?

—Llegaste tres minutos tarde —le reprochó sin levantar la vista.

—Fueron sólo tres minutos, no exageres —se defendió Merlina sorprendida, poniéndose colorada en un dos por tres.

—La puntualidad no es una exageración —reprochó y la miró—. Mañana te quiero a las nueve en punto. Quizá no fui claro, o tal vez tú eres demasiado...

—Ya, ya, sin ofensas, por favor —se tapó los oídos. Snape se calló—. Vamos a lo que tengo que hacer.

Se aproximó a su escritorio.

—Comenzarás por esto —replicó y le entregó un cuaderno, un rollo de pergaminos, pluma y tinta—. Allí —señaló el cuaderno— están los nombres de todas las pociones e ingredientes que están en mis despensas —Merlina asintió—. Quiero que reescribas los nombres con letra clara, los recortes y los pegues en los frascos.

—¿Tengo que terminar todo eso ahora?

—No sé, ya te lo dije. Pero puedes partir escribiendo los nombres.

—Bien.

Snape volvió a lo suyo y Merlina puso manos a la obra pensando en que sería fácil, y no fue así. Los nombres de algunos ingredientes eran sumamente complicados y tenía que mirar varias veces antes de escribir. Además, tenía que hacer la letra más grande de lo normal y eso le costaba. A veces se perdía y tenía que releer todos los que había escrito ya para poder continuar. Lo terrible fue que sólo logró avanzar ochocientos de mil novecientas pociones e ingredientes, y eso que intentó ser rápida.

A las doce dejó el trabajo. Le ardían los ojos por tanto leer y sabía que no debía dormirse. Snape también hizo lo mismo, dejó su pluma que tenía récord en dibujar ceros sobre la mesa.

—Me voy —dijo Merlina tapando el tintero—, me duele mucho la muñeca; hace tiempo que no escribía tanto.

—Bien. Mañana continúas —contestó él y guardó los informes en su cajón. Merlina se paró.

—Tengo una duda —comentó ella y Snape la miró—: ¿tengo que escribir sólo los nombres?

Snape formuló una mueca.

—Me temo que no —sonrió malicioso—, tendrás que limpiar los muebles y reordenar todos los frascos. Y pegarles los nombres, claro. Pero tienes todo el tiempo del mundo.

—¿Por qué no lo haces tú? —De pronto se sintió rabiosa. Todavía tenía sentimientos encontrados.

—¿Otra vez con eso? Yo enseño —resolvió—, tú limpias. Buenas noches. Vete, que cerraré con llave, al menos que quieras quedarte encerrada…

Merlina puso los ojos como plato y, antes de que completara la frase, hizo un vago gesto con la mano y se fue de allí, cerrando la puerta con brusquedad. Le gustaba que la tomara en cuenta, sí, pero detestaba cuando la utilizaba para su conveniencia.

—Bueno... —susurró para sí—, tendrás que ir acostumbrándote, porque éste no va a parar...

Todas las pesadeces de Snape quedaron reducidas cuando, a la mañana siguiente, pasó una tremenda vergüenza. Él fue parte protagonista, por supuesto, pero de una manera inesperada. Merlina no sabía quién de los dos había quedado peor, pero velaba totalmente por ella.

Todo comenzó cuando, temprano en la mañana, en el momento en que los profesores y estudiantes estaban bajando a desayunar, Albus apareció por uno de los pasillos del quinto piso en su búsqueda. Merlina estaba allí, precisamente sacando el polvo de las armaduras y de unas cuantas pinturas gruñonas que exigían que les limpiaran. Según ellos, tenían alergia a la suciedad.

—Merlina —la llamó suavemente.

La joven se aisló de su tarea rápidamente.

—¿Qué ocurre? —indagó pensando en que sería algo malo.

—Nada grave —contestó el director—, pero te ruego que vayas a limpiar el Vestíbulo. Peeves estuvo jugando por ahí con las tizas y papel higiénico. Dejó la alfombra blanca y la araña del techo llena de papel, según lo que me dijo un estudiante, así que, ¿tienes tiempo?

—Ese es mi trabajo —dijo Merlina con una sonrisa—. No me puedo negar a un deber. Voy de inmediato, a lo que termine de limpiar al Señor Estrafalario del cuadro de las esquina… —agregó bajando la voz.

Albus asintió y desapareció tras un tapiz.

Merlina no tardó más de tres minutos en limpiar al dicho cuadro —habría tardado menos, pero tuvo que repetir el encantamiento quince veces para dejarlo impecable— y bajó hasta el Vestíbulo que estaba lleno de marcas de pies de los estudiantes, color blanco por la tiza, que habían pasado para entrar al Gran Comedor. Además, la araña de velas estaba toda enredada con papel higiénico y opaca por la tiza.

Antes de hacer nada, Merlina analizó la situación: si limpiaba la araña o la alfombra, tardaría mucho. Pero si limpiaba la alfombra primero y luego la araña, se volvería a ensuciar la alfombra, porque la tiza volvería a caer. Así que decidió comenzar por la araña. El único problema, es que los hechizos de levitación no le salían bien, así que fue al armario de limpieza en búsqueda de una escalera para poder subirse y desenredar el papel del candelabro. La única manera de desenredarlo sin causar un caos sería con sus propias manos.

La acomodó bajo la araña de velas y con un toque de la varita la hizo crecer hasta el candelabro. Escaló con poca agilidad, dándose cuenta de que le hacía falta hacer pesas para fortalecer los brazos. Se acomodó, tratando de no mirar hacia abajo, y estiró las manos para comenzar a cortar el papel con las manos y dejarlo caer al suelo. Se estiró más de la cuenta y estuvo perdiendo un poco el equilibrio, pero logró afirmarse de uno de los hierros de la araña. Sin embargo, no contaba con que Severus Snape llegara en ese momento.

—¿Qué estás haciendo en esa escalera?

La temperatura corporal de Merlina ascendió considerablemente producto de la repentina ira que provocó oír esa frase burlona. Seguro estaba pensando que cómo no era capaz de sacar el papel con magia.

Dejó lo que estaba haciendo, sacó su varita del bolsillo y se giró hacia él, ignorando el vértigo de mirar hacia abajo.

—¿Acaso no me puedo subir aquí?

Severus frunció el entrecejo mirando la escalera.

—No sé. Cualquiera pensaría que estás allí intentando limpiar la araña por el método muggle… o squib. Acabas de sacar la varita para fingir apariencias. Sería mucho más simple que lo hicieras desde abajo, sin riesgos.

Merlina abrió la boca ofendida. Iba a replicar algo en su defensa, pero, al mover la mano que sostenía la varita, la punta de esta tocó la escalera misma y, en fracción de segundos, despareció.

Todo lo demás ocurrió casi en cámara lenta. Tal vez Merlina quedó suspendida en el aire por un momento, pero luego se precipitó hacia abajo. Snape alcanzó a reaccionar y la agarró en el aire, sin fijarse de dónde lo hacía, antes de ella cayera abruptamente de pie o de rodillas al suelo.

El hombre perdió el equilibrio por toda la fuerza con la que Merlina había llegado hasta él y terminó desplomándose de espaldas sobre la alfombra llena de tiza, con la joven encima de él. En el momento del impacto, Merlina sintió una fuerte punzada en uno de sus senos y un montón de polvo alzándose a hacia su cara. Comenzó a toser.

Snape todavía tenía a Merlina rodeada con sus brazos por debajo de su trasero, porque todavía no reaccionaba del impacto.

Cuando Merlina paró de toser y abrió los ojos, se dio cuenta que estaba un trecho más arriba que Snape. Se despegó un poco de su cuerpo al momento en que su corazón tomaba un ritmo fuera de control.

Vio hacia abajo y su mirada se encontró con unos ojos negros, que también la estaban mirando. Ambos dieron un respingo y se colocaron rojos como frutilla. Snape soltó a Merlina bruscamente y se deshizo de ella en menos de un segundo. Merlina se arrodilló, tocándose el seno donde la nariz de Snape le había pinchado. Todavía le dolía.

El profesor se sentó en la alfombra, mirándola con disgusto. El silencio era sepulcral. Merlina nunca había tenido tantas ganas de desaparecer de la tierra: había caído encima de Snape, él por poco la agarra de las mismas nalgas y para peor, casi lo mata ahogándolo entre sus senos.

—¿Estás bien? —atinó a decir, porque no se le ocurría nada mejor.

Snape comenzó a ponerse de pie, mirándola con toda su inquina. Se dio su tiempo para contestar.

—Lo estaría si a ti, Morgan, no se te hubiese ocurrido la maldita estúpida idea de subirte a una escalera para limpiar una miserable araña de velas —le contestó sacudiéndose la espalda y el pelo de tiza con la varita. Estaba todo empolvado.

Merlina también se reincorporó, sin preocuparse de limpiarse, observándolo también enojada.

—¡Se me hacen difíciles los hechizos de levitación! —admitió—. ¡Por eso se me ocurrió la maldita estúpida idea de subirme a la escalera! Además, en ningún momento te mandé a llamar.

—¿Me estás diciendo que ahora no me puedo dirigir a ti, acaso? —inquirió Severus aproximándose a ella.

—¡No! Pero si tú no me hubieses hablado para molestarme, no me hubiera caído —contestó ella de vuelta, dando también un paso hacia él, desafiante.

—¡Prefiero molestarte directamente a estar hablando sin que tú te enteres!

Silencio nuevamente. Se estaban matando con la mirada a menos de medio metro. Merlina esta vez sí se estaba atreviendo a mirarlo directamente a los ojos.

—¿Todavía estás molesto por esa idiotez? —indagó Merlina, arqueando las cejas, a sabiendas que ella era la que había obrado mal: debió haber sido más cuidadosa con lo que estaba hablando.

—¿Molesto por lo que dijiste? No. Pero molesto por tu falta de clase, sí.

—¿Tú, hablando de falta de clase? ¡Si no deseas que yo esté comentando cosas de ti, deja de meterte en mis cosas!

—¿Cuándo me he metido en tus malditas cosas, Morgan? —interrogó Snape aún más rojo, producto de la rabia.

Era una suerte que en el Gran Comedor hubiera bullicio y que ellos no estuvieran gritándose de manera tan estrepitosa, si no, todos estarían ya enterados de su riña.

Merlina no supo qué contestar. No iba a revelarle que había ido a Azkaban; no le iba a dar en el gusto. Snape hizo un indefinido movimiento con los brazos, como si fuera a tomarla por los hombros, pero, finalmente, se alejó.

Merlina prefirió cambiar de tema.

—No era mi intención caer encima de ti y tampoco que te golpearas en la cabeza —dijo a modo de disculpa.

—Eso es lo de menos ahora. Termina de limpiar.

Y, dicho esto, Snape decidió cruzar las puertas hacia el comedor, con la barbilla en alto.

Merlina se cubrió la cara con las manos, avergonzada, enojada, confundida. El orgullo le hizo sacar fuerzas del centro de la Tierra y atreverse a limpiar el resto de papel con magia, sin resultados fatales. Intentó hacer aparecer la escalera nuevamente, pero no hubo éxito. Quizá dónde hubo quedado.