Capítulo 25: Bajo encanto

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A pesar de todo lo ocurrido en el Vestíbulo, Snape le recalcó a Merlina acerca del trabajo que debía hacer en su despacho, cosa que hizo de una manera poco amable. Merlina prefirió ignorar su tono para no hacerse mala sangre, que no necesitaba más. Así que la semana continuó con un concienzudo trabajo de su parte en la mazmorra del profesor de Pociones. Hasta el miércoles no paró de escribir los nombres de los ingredientes y las pociones; jueves y viernes se dedicó a pegárselos a las botellas en un lugar visible.

El fin de semana tampoco tuvo mucho descanso, y luego fue nuevamente lunes. No podía creer que llegara tan pronto la tercera semana de septiembre.

La relación con Snape iba en línea recta. Merlina no sabía si todavía seguía ofendido por "hablar a sus espaldas" o por caer encima de él. Pero prefería no hacer caso; no sacaba nada con pedir disculpas (cosa que no pensaba hacer, porque él bien sabía que era el idiota del cuento) o amargarse más de lo que ya estaba.

En ese período continuó con la limpieza de los muebles de Snape. Dejó todos los frascos amontonados en una de sus repisas y, por petición del profesor, los fregó hasta que pudiera reflejarse su cara. No obstante, no se quejaba. No quería darle la satisfacción de demostrarle que ya estaba cansada. Mientras tanto él continuaba con su revisión de informes y trabajos.

El jueves Merlina llegó diez minutos más tarde, pero no lo hizo adrede.

—Perdón, perdón —dijo antes de que Snape comenzara a criticarla—. Tuve un problema con un muchacho de Hufflepuff, al que le dejaron el brazo atascado en un inodoro.

Snape no dijo nada. Se limitó a asentir. Ya no le daba instrucciones, porque Merlina sabía con lo que debía continuar. Le quedaba la mitad de los frascos y tenía que ir ordenándolos rigurosamente en: líquidos, sólidos y vapores, y cada grupo por abecedario. Eso era aburridísimo porque, a pesar de que se sabía, como cualquier persona educada, el orden alfabético de las letras, de vez en cuando se confundía y tenía que ponerse a pensar.

Se aproximó al tercer mueble, que era el que faltaba por llenar, junto con el de al lado, quedando de espaldas a Snape. Iba a agarrar una botella, cuando oyó la silla rechinar. Se giró, algo sobresaltada, y vio que el profesor la miraba. Se sintió nerviosa.

—¿No tienes nada que hacer? —preguntó algo brusca.

—No, he terminado —contestó con simplicidad y desparpajo subiendo los pies en el escritorio y cruzando los brazos.

—Qué bien —replicó ella con una mueca en los labios y se dio vuelta, continuando su trabajo.

Ignóralo, Ignóralo... —Pero ¿cómo hacerlo, cuando sabía que estaba de espaldas a él y que podría atacarla en cualquier momento? ¿Y por qué tendría que atacarla? No había razones, no las había, pero no podía descartarlo...

Pudo avanzar tres hileras sin problemas. Cuando llegó a la cuarta y agarró un pote con una cosa amarilla adentro que parecía bilis, se atrevió a mirar de reojo y notó que Snape la seguía observando. Las manos le temblaron fuertemente y se le resbaló lo que sostenía entre ellas. El contenedor se hizo añicos en el suelo y el líquido se esparció por todo el suelo de piedra.

Se volteó hacia Snape y se puso los puños en las mejillas, rayando en la histeria.

—¡Deja de mirarme, por favor! —demandó—. Mira lo que me hiciste hacer —señaló el desastre. Snape sonreía con los labios y tenía las cejas alzadas. No se había movido, aún estaba con los brazos cruzados y los pies arriba.

—Límpialo —contestó.

—Es tú culpa.

—Límpialo —reiteró sin impacientarse.

Merlina señaló con la varita y trató de hacer que el líquido desapareciera, pero sólo lo logró parcialmente. Los nervios la estaban traicionando, así que tuvo que hacer aparecer un trapo para acabar de limpiar. Se agachó, avergonzada. Sentía las mejillas ardiendo. ¿Disfrutaba él humillarla de esa forma? No, no lo quería ni un poco. Si ese era el trato que recibía, incluso cuando estaban solos…

Hizo desaparecer el trapo sucio una vez estuvo limpio y luego reparó el frasco, dejándolo en el lugar correspondiente.

Snape apareció a su lado abruptamente, sacándole un sobresalto a la joven.

—Mañana —susurró—… No, mejor el sábado —corrigió—, que hay salida a Hogsmeade, me irás a comprar más sangre de araña —los ojos de Merlina se agrandaron de horror al saber que lo que había limpiado era sangre de araña— y llenarás esto. —Tomó el frasco y se lo puso en la mano.

—No fue mi culpa... —comenzó a excusarse, manteniéndose firme en mirarlo a los ojos, tratando de dejar sentimientos, emociones afuera... pero era imposible.

Snape rio.

—A ver, ¿acaso hay algo que le pone nerviosa, Merlina Morgan? —murmuró, aproximándose a ella lentamente. Le tomó la cara con suavidad e hizo mirarlo a los ojos. Merlina se sintió desfallecer por un momento al sentir las terminaciones nerviosas de su rostro ardiendo y cosquilleando. ¿Eso era real? ¿Realmente estaba así de cerca de ella, o ella estaba malinterpretando un acto de intimidación más? —. ¿O tiene miedo de que me entere de algo… privado?

Merlina se distrajo un breve momento con sus labios ponzoñosos, pero alcanzó a reaccionar. Sin duda era sólo un acto más de humillación de su parte.

—¡No! —gritó escabulléndose—. Lo haré, haré... o sea, llenaré el frasco y… —se le trababan las palabras— lo traeré listo mañana... quiero decir, el sábado y… Mañana continúo.

No supo por qué lo hizo, pero salió corriendo del despacho de Snape con el frasco en la mano. De haberse quedado un segundo más, hubiera notado, tal vez, la mirada de decepción que había puesto el profesor cuando ella se alejó tan rápido y nerviosa.

Luego de llegar a un pasillo solitario, se guardó el recipiente en el bolsillo.

—Cálmate...

Pero, simplemente, no podía hacerlo. Estaba confundida. Severus lo hacía apropósito, eso era más que evidente. Tenía esos malditos cambios de humor repentinos; la humillaba y luego la acosaba. Estaba completamente segura de que sabía que ella lo quería, y se aprovechaba de eso. El problema era que ella podría hacer algo vergonzoso, como besarlo o abrazarlo y tenía un miedo terrible a ser rechazada. Y quizá eso era uno de los propósitos de aquél malvado individuo: borrarle las esperanzas de la manera más cruel. Seducirla de alguna forma, para luego romperle el corazón.

Tuvo que hacerse la fuerte. Antes de regresar a su oficina la noche siguiente, le pidió una poción relajante a Madame Pomfrey. Al principio ésta se negó rotundamente, argumentando que, sin un diagnóstico de estrés, podía convertirse en algo adictivo, pero Merlina le mostró las ronchas que tenía en los brazos producto de la ansiedad y eso la hizo ceder, pero le convidó muy poco. Con eso fue suficiente, de todas formas. A Merlina se le pasaron los nervios.

—Llegué puntual —anunció calmada cuando llegó al despacho de Snape, mientras cerraba la puerta.

—Me alegro —contestó con sequedad. Otra vez estaba revisando una montonera de informes escolares.

La joven no dijo nada e hizo su trabajo. Eran las once y media cuando terminó todo, sin miradas de Snape, sin palabras odiosas, sin nada.

—Listo, he acabado... —susurró dando un aplauso—. Así que buenas...

—Un momento —dijo Snape.

Vio que abría uno de sus tantos cajones y sacaba un monto de papeles. ¿Ahora la pondría a revisar informes a ella? Quizá no fuera tan malo. Podría calificar a todos con una E, excepto a los Slytherin.

—Quiero que ordenes estos documentos antes de que te vayas.

Merlina se sentó enfrente de él. La distancia era corta, así que sus piernas chocaban. Pero ella no se molestó en despegarla de la suya, y a él no le importó. Tras unos segundos, Merlina sintió cosquillas. El relajo se le estaba pasando.

Rápidamente tomó la pila de papeles y lo puso ante sus ojos, aprovechando en el movimiento de acomodarse y reacomodar sus piernas.

—¿Cómo los ordeno?

—Todos tienen un número en la parte superior derecha —susurró sin mirarla porque tenía los ojos clavados en lo que revisaba—, quiero que queden de mayor a menor.

—De mayor a menor... Bueno.

Los números eran pequeñísimos y eso le hizo que se pusiera de malas pulgas. A veces el tres parecía ocho o nueve, y el cinco, seis u ocho.

No le atraía leer ninguno de los contenidos de esos aburridos papeles, pero sólo uno le llamó la atención. Estaba de los últimos. Había una foto de Snape, de su cara. Miraba de frente, serio, y luego hacia los lados con la misma expresión de matón. Leyó.

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FICHA PERSONAL

Renovada en agosto, 1997

Nombres: Severus Tobías

Apellido Paterno: Snape

Apellido Materno: Prince.

Fecha de Nacimiento: 09/01/1964

Edad: 33 años.

Estado Civil: Soltero

Trabajo: Profesor de Pociones, Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

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Merlina no continuó leyendo. Se dibujó una sonrisa en su cara. Miró a Snape, que anotaba con énfasis una letra "I" en un cuaderno de notas.

—¿Tienes treinta y tres? —preguntó. No era que lo representara, pero siempre había pensado que era mucho mayor que ella. Esa cara de ogro le hacía mantener una arruga constante entre las cejas, aumentando su edad al menos en cinco años.

Snape la miró sin comprender y luego sus ojos bajaron al pergamino que tenía en su mano.

—Dame eso —le espetó y se lo arrebató. Abrió el cajón y lo echó allí.

—Lo siento, pero estaba aquí —explicó ella poniéndose a la defensiva.

—Por si no te fijaste, arriba dice "ficha personal". ¿Sabes leer? No dice "pública".

—Estas fichas son para entregarlas a entidades legales —rebatió ella— ¿Acaso fue una ofensa preguntarte tu edad?

—Ese no es el punto —respondió, mostrando los dientes—. No te metas en mis asuntos, si es que tampoco quieres que yo me meta en los tuyos, como dices.

—Treinta y tres años es ser joven —insistió ella, estando segura de que ese era el meollo del asunto.

—Sigue con lo tuyo —le ordenó, no obstante, la voz le salió un poco más suave.

Merlina prefirió no contestar y terminó lo antes posible el orden de los documentos, porque quería salir de esa oficina que apestaba a idiotez humana masculina.

Qué pretencioso, se preocupa por treinta y dos años… —pensó. Luego se sintió hipócrita—. Tal como yo me quejé de los veintisiete.

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El día sábado fue a Hogsmeade como Snape le había pedido, pero no se dirigió sola hasta allá. Los Weasley, Hermione y Harry la acompañaron. Ella aprovechó también de ponerlos al día frente a su enemistad con el profesor, omitiendo lo mismo de siempre. Ellos la informaron de las nuevas noticias, hablándole de los Slytherin mientras bebían una cerveza de mantequilla en las Tres Escobas.

—Estamos seguros de que Draco Malfoy trama algo contra ti —dijo Hermione con el ceño fruncido por la preocupación.

—Sí —corroboró Harry—, muy a menudo lo escuchamos hablar en tu contra, pero no de la misma manera de siempre.

—¿Cómo? —preguntó Merlina, confundida.

—Usa palabras clave, diría yo —acotó el pelirrojo—, como los muggles que van a la guerra.

—Militares —dijo Hermione asintiendo.

—¿Es que no se aburre? No le he hecho absolutamente nada. Pero si me pongo paranoica, no podré caminar tranquila por el castillo —se lamentó ella—. Si me ataca, lo hace y punto. ¿Están absolutamente seguros de que yo soy el blanco? Porque, no sé, a finales del año pasado todo eso se calmó un poco y yo ya no era producto de su interés.

—Fue así en esa ocasión porque Snape le dijo a Dumbledore que les quitara puntos, pero no por opción propia —comentó Ginny con voz maliciosa.

Merlina, que estaba tomando un trago de cerveza, se atragantó y le dio un ataque de tos. Todos le terminaron golpeando la espalda.

—¿Qué...? ¡Cof, cof! ¿Snape le quitó puntos a Slytherin mediante Albus? —tres pares de ojos se dirigieron hacia Ginny, sorprendidos.

—Sí.

—¿Es eso legal? ¿Cómo lo sabes?

—Bueno, sin querer iba caminando por allí... bueno, le lancé el maleficio mocomurciélagos a Zabini, de Slytherin, y salí corriendo porque me iba atacar a mí también. Llegué al séptimo piso a través de un atajo y, antes de doblar una esquina, escuché voces. Snape hablaba enojado, pero sólo alcancé a oír (creo que es textual): "Yo no pienso quitarles puntos. Si lo puedo evitar, lo hago. Résteselos usted, y que no sean más de cincuenta, porque tengo planes de que Slytherin gane la Copa de las Casas".

—¿Cin… cincuenta? ¡Con razón me pareció raro en un momento ver el reloj de ellos tan vacío! ¿Y de verdad creyó que con esa cantidad de puntos restados Slytherin sería capaz de ganar la copa?

—Sí... A mí también me parecía raro, ojalá lo vuelva a hacer, porque eso fue lo que aseguró nuestra victoria —dijo Ron, esperanzado.

—Y luego, cuando doblé la esquina —continuó Ginny—, vi que Snape se estaba yendo y dejaba a Dumbledore frente a su despacho.

—Es raro... —Hermione le dirigió una mirada furtiva a Ginny—. ¿Eh, Merlina?

—¿Sí? —Miró la hora—. Oh, ya me tengo que ir. ¿Qué, Hermione?

—Nada, otro día te lo digo.

—Bien —se puso de pie, tomó el paquete donde estaba el nuevo frasco de sangre arácnida. Hizo un gesto con la mano y se marchó.

Decidió no ir en carruaje y caminó lentamente hacia el castillo. Desde que subía y bajaba escaleras en Hogwarts, le había tomado el gusto a caminar.

Peeves estaba dando tumbos en el Vestíbulo para cuando llegó cerca de una hora después.

—¡Holaaaa! —saludó e hizo una pedorreta.

—¡Hola! —contestó Merlina y salió corriendo hacia las mazmorras antes de que le hiciera alguna otra cosa.

Llegó al despacho de Snape cerca de las doce del mediodía, y llamó a la puerta con firmeza. Nadie contestó, así que entró, pero había nadie. Eso le dio miedo, así que dejó el frasco en su lugar y se fue. Sin embargo, se encontró a mitad de camino con él y decidió confesarse.

—No te enojes —partió diciendo—, pero acabo de entrar a tu despacho para dejar el frasco lleno de sangre de araña, en su lugar correspondiente —Snape asintió—. Juro que no toqué nada; básicamente entré y salí enseguida.

—Está bien. No seas tan perseguida.

—Prefiero tomar las precauciones necesarias contigo, Severus —reconoció exasperada—. No quiero que me eches la culpa de algo que no he hecho.

El hombre no dijo nada ante ese argumento, porque, precisamente, sabía que era cierto.

Luego de eso se fue a dormir, porque en un día de visita a Hogsmeade no hay absolutamente nada que hacer. En el camino a su habitación tuvo la extraña sensación de que estaba siendo vigilada. Miró varias veces hacia atrás, pero jamás vio a nadie. ¿Sería Snape que quería atormentarla, acaso?

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Dormía tranquilamente. Soñaba algo, pero no sabía qué. Escuchaba voces... risitas... Luego su cuerpo quedó como en el aire. ¿Soñaba que volaba? Era maravilloso...

Abrió los ojos lentamente Se quedó un rato mirando el techo. Miró hacia la ventana y vio el cielo, que estaba estrellado. ¿Sería ya la hora de la cena? Al parecer sí, porque escuchaba pasos en los pasillos.

Miró a su alrededor, intentando enfocar la vista. Luego, pegó un salto y se llevó una mano al corazón, que se le aceleró en menos de un segundo. ¿Cómo había ocurrido eso? ¿Qué había sucedido? ¡Estaba en el despacho de Snape! Miró la cama. ¡Era la cama de Snape! ¡Qué terror! Debía salir lo antes posible de allí.

Mareada y con una mano en la cabeza huyó de allí. Nadie se fijó en ella, por suerte, pero sabía que era cosa de tiempo que alguien le fuera con el cuento a Snape de que "Morgan estuvo en su despacho".

¿Cómo había llegado allí? No lo entendía... tenía una laguna mental. Estaba llegando al límite de la locura humana.

Fue hasta el Gran Comedor y vio que los chicos ya estaban allí. Se sentó al lado de Hermione. Todos la miraron ceñudos.

—¿Ocurre algo? Estás pálida —indagó la chica de pelo castaño.

—No...

—¿Dumbledore no te dirá nada si te sientas aquí?

—Claro que no —dijo Merlina completamente ida, agarrando la fuente de las verduras.

—Pero está mirando para acá... —advirtió Harry.

—Ésta es mi mesa, no tiene por qué decirme algo —argumentó Merlina.

Ron y Harry se miraron con miedo.

—Merlina... —susurró Ginny—. Tu mesa es la de los profesores.

—Por supuesto que no —contestó ella sirviéndose pavo—, yo no soy profesora, Gertrudis.

—Soy Ginny, Merlina, no Gertrudis —repuso Ginny preocupada y horrorizada ante la mención de ese semejante nombre—. Y no eres profesora, pero sí la conserje del colegio.

Merlina negó. Miró a Harry.

—Alcánzame la sal, Henry.

—Es "Harry".

—No, la sal.

—Sí, pero me llamo Harry.

Merlina rio desconcertada

—¿Desde cuándo te cambiaste el nombre?

—Siempre he sido Harry, Merlina.

Todos la miraban asustados.

—¿Qué ocurre? Yo soy la que está preocupada, no ustedes.

—¿Comiste algo antes, Merlina? ¿Alguien te atacó?

—No, Hera. No es eso.

—Hermione.

—¿Otra más que se cambió el nombre? —comentó con sarcasmo—. A ver, dime tú, Reinaldo, ¿Cuál es tu nuevo nombre?

—Me llamo Ron...

—Mmm... Ya, basta de bromas, sigamos comiendo —dijo.

Nadie más dijo nada, pero le dirigían miradas de curiosidad constantemente. Merlina se había sentado con ellos contadas veces, pero nunca a comer como lo estaba haciendo. De todas maneras, no prestaba atención a nada más, que su mente todavía seguía en cómo había llegado a la habitación de Severus.

—Bueno, permiso, tengo que hacer los deberes —anunció Merlina, reincorporándose.

—¿Deberes? Te refieres a vigilar los pasillos, ¿no? —susurró Hermione.

—¿Vigilar los pasillos? No tengo tiempo para eso. McGonagall me dio un montón de trabajo. Buenas noches.

Harry la agarró de la túnica, impidiéndole avanzar.

—Merlina, no estás bien.

—¡Claro que estoy bien! —chilló. Varias cabezas se giraron a mirarla. Se soltó de Harry—. Mañana hablamos. Adiós.

Sin perder más el tiempo, fue a su despacho en las mazmorras para hacer sus deberes de Transformaciones.

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—¿Qué le pasó? —preguntó Harry, completamente anonadado.

—No lo sé... parecía estar bajo algún encantamiento de confusión... —respondió Hermione angustiada.

—Malfoy —dijo Ron de pronto.

—¿Qué? —saltó Ginny.

—Fue Malfoy. Está muerto de la risa.

Lo miraron. Era cierto. Éste sonrió con malicia y les sacó la lengua, haciendo un gesto grosero con la mano.

—Vamos a buscar a Merlina, antes que haga algo grave —susurró Harry apremiante.