Capítulo 26: La búsqueda del culpable

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Descendió tranquilamente las escaleras cantando una canción. Entró a su conocido despacho y miró los papeles que estaban sobre la mesa. Reflexionó un poco. ¿Podría descansar un poco antes de comenzar? Sí… unos minutos podría tirarse en su cama. Estaba cansada, ahora que lo pensaba, y eso que había dormido…

Bostezó. Entró a su cuarto, pero decidió que se daría una ducha para desperezarse, y, luego, haría sus deberes.

Se acercó al baño. Estaba la luz prendida, cosa extraña, porque ella era cuidadosa en ese aspecto. No le gustaba dejar velas encendidas si no las iba a ocupar, era peligroso.

Tomó el pomo de la puerta y lo giró.

—¡Aaah! —gritó y salió corriendo hacia el otro extremo de la habitación. Se puso en posición de ataque, con los puños en alto.

¡Snape estaba en su baño, con la cintura envuelta en una toalla, mientras se miraba en el espejo y se desenredaba el pelo mojado!

—¡Ey! —le espetó Snape, saliendo del baño, enojado, descalzo y estilando.

—¡Fuera de mí baño! —gritó Merlina. ¿La estaba acosando? ¿Ese era un nuevo nivel de acoso?

—¿De "tú" baño? —Snape estaba pasmado por lo insólito de la situación. Se aproximó más hacia ella. Merlina retrocedió un par de pasos.

—¿Qué haces en mi despacho? ¿No te basta con mirarme con cara de asesino y ahora vienes a ocupar mis cosas? ¿Te quieres vengar? ¡No sé cómo desperté en tu despacho esta tarde, lo juro!

Snape se detuvo.

—¿De qué demonios estás hablando, Morgan?

—¡Fuera! ¡Si quieres te limpio el despacho el resto del año, pero vete!

El hombre la miró con el ceño fruncido.

—Este no es tu despacho, Morgan —dijo Snape con desconcierto.

—¡Sí lo es! Esa es mi cama —apuntó la cama de Snape—. Esa es mi ventana —señaló la rejilla que estaba a la altura del techo—, ¡y ese es mi baño! También esa es mi toalla, usaste mi champú, mi jabón… ¡Esta es mi habitación, Spencer!

Severus pareció reflexionar unos momentos. Merlina temblaba. Severus apuntó el techo.

—Y esa, supongo, que es tu lámpara.

Merlina miró hacia arriba y, antes de que pudiera contestar, había sido atrapada por los brazos de Snape que la atraparon como grandes pinzas.

—¡Suéltame! —vociferó, pero no sirvió de nada. Snape era cuatro veces más fuerte que ella.

—Te vas a calmar —le susurró en el oído con voz amenazadora.

Merlina no contestó, pero hizo caso. De alguna manera se sintió contenida. Quizá fue el potente olor a jabón que penetró en sus fosas nasales, aturdiéndola por un momento.

Severus, abrazándola, y dejándola empapada en el acto, la obligó a sentarse en la cama. Él se colocó a su lado y la tomó de los hombros en un gesto apaciguador.

—No te haré nada —dijo con claridad antes de que la joven gritara. Merlina asintió con los labios fruncidos.

—Pero ¿qué haces en mí cuarto…?

—Escúchame con atención —interrumpió Snape pacientemente—, este no es tu despacho, ni tu cuarto, ni tu baño, ni nada.

—Sí lo es…

—No-lo-es. Óyeme bien. Me llamo Severus Snape…

—¿Por qué todos se cambiaron los nombres? Te llamas Steven Spencer…

Snape le tapó la boca con una mano.

—Escúchame —insistió acercándose un poco más a su rostro—. Éste es mi despacho. El tuyo está arriba, en el primer piso.

Merlina negó enérgicamente con la cabeza e intentó decir algo. Snape le quitó la mano de la boca.

—¿Qué?

—El de arriba es el tuyo, este es el mío.

—No —replicó exasperado y le volvió a tapar la boca—. Negarás o asentirás con la cabeza. ¿Entendido? —Merlina asintió, sin saber por qué le hacía tanto caso; se sentía desorientada—. Como te dije, éste es mi despacho y el de arriba el tuyo. Yo me llamo Severus Snape y soy profesor de Pociones. Tú te llamas Merlina Morgan y eres celadora de este colegio. Ahora, ¿comiste algo extraño al venir para acá? —Ella negó —. ¿Te han atacado? —Negó otra vez—. ¿Te han hechizado, encantado? —se encogió de hombros.

Snape miró hacia arriba, ceñudo. Luego, pareció comprender.

—Morgan, estás bajo un poderosísimo encantamiento Confundus —Merlina negó—. Eso no lo sabes, porque uno no se da cuenta cuanto le lanzan el hechizo.

Le quitó la mano de la boca y la hizo ponerse en pie. La afirmó de los hombros nuevamente y se puso a su altura para observarla a los ojos.

—Ahora… tranquilamente —farfulló— subirás hasta tú despacho, que dices que es mi despacho, y te quedarás allí sin hacer nada, sentada y tranquila.

—¿Tengo que hacerlo? Si este es mi despacho…

—Pero ahora tienes que ir a mi despacho. Tienes que hacerlo, es una orden del director. No te distraigas con nada. Te veo en diez minutos allí.

Merlina asintió. Snape la soltó y la dejó marchar.

Merlina hizo todo lo que le dijo Snape. Ahora sí que estaba confundida. Había despertado en el despacho de Snape, que al final era su despacho, o eso le insistía él. Les había cambiado los nombres a los chicos y ellos decían que se llamaban de otra manera. No obstante, ella seguía siendo Malina. ¿Malina? ¿Melina? Melanie… Sí, era algo así… ¿Se estaba olvidando de su propio nombre?

Se sentó en el escritorio del despacho a esperar a Snape. No tardó en llegar. Todavía estaba con el pelo mojado y vestido con su misma tenida repetida.

—Estoy seguro de que estás bajo el encantamiento que te dije —repuso—, y lo que haré ahora es intentar deshacerlo, ¿bien?

Merlina asintió, pero estuvo a punto de salir arrancando cuando vio que Snape la estaba apuntando con su varita.

—No te voy a hacer nada —advirtió.

—Sólo no me mates, ¿sí? —rogó, cerrando los ojos con fuerza.

De un momento a otro Merlina sintió un cosquilleo, como una suave corriente eléctrica que le recorrió de cabeza a pies. Abrió los ojos.

—¿Cómo me llamo? —le preguntó Snape.

—¿Steven…? —respondió dudosa.

—Lo intentaremos de nuevo.

Otra vez la corriente eléctrica, pero nada ocurrió.

—Si no te llamas Steven, entonces es Steve.

Severus lució decepcionado.

—Te llevaré donde Dumbledore, vamos.

—¿Quién es Dumbledore?

Snape la miró más que preocupado. Se dio cuenta que la situación no era tan simple.

—Es el director.

—Pensé que se llamaba Dickinson…

Snape bufó con fuerza, negando con la cabeza.

Ascendieron hasta el séptimo piso. Snape la llevaba del brazo, como si fuera una niñita torpe que se pudiera perder. Y es que en realidad se podía perder en esas condiciones.

—¿No que el despacho del director está en los jardines?

—Está en el séptimo piso.

—¿Seguro?

—¡Seguro! No me contradigas.

—Bueno…

—Helado de anís —gruñó Snape y la gárgola fea se hizo a un lado. Subieron por la escalera con forma de caracol.

—Pensé que éste era el camino para llegar a Hogsmeade…

Snape rodó los ojos y prefirió no contestar esa afirmación.

Tocó dos veces.

—Pase.

Entraron, él sin soltarla a ella.

Dumbledore, quien tenía una semi sonrisa, la borró por completo. Pensó que iba a oír un berrinche de la pareja explosiva.

—Dumbledore —dijo Snape—, tenemos un problema, y no es lo que piensa.

Dumbledore se paró de su sillón con rapidez borrando la cara de angustia y fue hasta ellos. Lo que había dicho Severus le había dejado en claro que dicho problema no se trataba de alguna típica rencilla entre ellos dos.

—¿Qué ocurrió? —indagó mirando con recelo la cara relajada y despistada de la celadora. Sus ojos parecían estar desenfocados y tenía los párpados caídos.

—Morgan está bajo un encantamiento de confusión muy fuerte —dijo Snape con evidente seriedad y explicó en un breve resumen lo ocurrido anteriormente en su despacho. Iba a omitir la parte en que lo encontraba en el baño, pero no supo cómo omitirlo para darle sentido a la historia. De todos modos, estaba frente a Dumbledore, y al verlo con el pelo mojado habría adivinado de igual manera que algo así había sucedido.

—¿Intentaste deshacerlo? —preguntó Dumbledore observando la triste actitud de Merlina.

—Sí, dos veces. Usted sabe que yo…

—Sé que eres eficiente, Severus —dijo Albus sonriendo. Luego miró a Merlina—. ¿Sabes quién te pudo haber hecho eso, Merlina? —le preguntó con amabilidad para que no se asustara.

—¿Hacerme qué? —preguntó ella desconcertada, buscando la voz.

Escuchaba la conversación, pero no la comprendía del todo. Sabía que estaba en el supuesto despacho del director y tampoco recordaba la razón. Sabía que estaba con Steven y Albert, pero no sabía nada más. El encantamiento cada vez se hacía más poderoso. Y tanto, que si Snape la hubiese besado en ese momento, no le habría provocado absolutamente nada.

—Creo que tendremos que hacer una averiguación previa —determinó Dumbledore finalmente—, por ahora será mejor que la llevemos donde Poppy. Vamos.

Bajaron los tres juntos —Merlina seguía siendo afirmada por la mano de Snape, quien era el que la dirigía como una marioneta— y caminaron, trayecto a la enfermería. Sin embargo, antes de que pudieran dar muchos pasos, tres muchachos llegaron corriendo. Parecían al borde de la conmoción.

—¡Merlina! —gritaron Weasley, Granger y Potter. ¿Merlina? ¿Quién diablos era Merlina?

—Profesor —dijo Hermione intentando recuperar el aliento—, Merlina está…

—Tranquila, señorita Granger —dijo Dumbledore con una sonrisa tranquilizadora. A Snape le temblaba la sien. Merlina miraba el techo y contaba las piedras—. Sabemos que está encantada.

—¡Sí, y fue Malfoy! —dijo Harry sin poder contenerse mirando a Snape, desafiante.

—¿Seguro, Potter? ¿No estarán confundidos ellos también, señor director? Tienden a echarle la culpa a Malfoy de todo lo que le pasa a Morgan —respondió Snape sonando a odio profundo.

—Sabes que no, Severus —contestó Dumbledore en tono cortante antes de que Harry se pusiera maleducado—. ¿Cómo saben que es el señor Malfoy?

—Porque lo oímos hablando de cosas sospechosas… —contestó Weasley, algo inseguro—, y se reía de ella…

—Bien. Vayan a su Sala Común. Con el profesor Snape solucionaremos el problema.

—¿No podemos quedarnos? —preguntó Hermione ilusionada y preocupada.

—No, Granger, ya oíste la instrucción del director —la atajó Snape con determinación.

Los tres Gryffindor se marcharon, decepcionados.

—Llevaré a Merlina a enfermería. ¿Puedes ir a buscar tú al señor Malfoy, Severus? —le pidió Albus con urgencia.

Snape asintió y desapareció de vista. Dumbledore empujó a Merlina hasta la enfermería, con mano suave para no alterarla.

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Severus bajó rápidamente hasta las mazmorras. Las manos le temblaban, tal vez de rabia, tal vez de preocupación o nervios. Buscó la pared de entrada a la Sala Común de Slytherin y dijo la contraseña. Adentro todavía estaban despiertos los estudiantes, al menos la gran mayoría y los más grandes.

Varios se giraron a mirarlo con curiosidad cuando lo vieron entrar con paso enérgico. Muy pocas veces lo habían visto allí, y cuando lo hacía, significaba peligro.

Pasó por entre medio de la silenciosa multitud de serpientes con paso militar. Malfoy estaba riendo a carcajadas con su grupo de la suerte. Estaba en uno de los sillones más cómodos, pasándose la mano por su platinado cabello.

—¡Malfoy! —llamó Severus con voz estridente. Todos comenzaron a cuchichear, porque era aún más raro que el profesor de Pociones utilizara un tono descortés o amenazador con el hijo de Lucius.

Malfoy se volteó y se le borró la sonrisa de la cara.

—¿Ah?

—Ven conmigo.

Draco no se negó. Pansy Parkinson tomó el brazo del chico de forma protectora. Éste le susurró algo a continuación, y ella lo soltó, triste, asintiendo con la cabeza.

Severus se llevó a Draco fuera de la Sala Común, y cuando ya estuvieron lo suficientemente lejos, se dirigió a él. Lo señaló con el dedo índice de la mano derecha, cerca de su respingada nariz.

—Quiero que arregles lo que le hiciste a Merlina Morgan. Por tu culpa está causando estragos —demandó.

Draco lo miró con miedo.

—Yo no sé... —balbuceó.

Snape lo tomó del cuello de la túnica, sin importarle que fuera casi de su tamaño, y lo llevó a rastras hasta la enfermería, dándole un tremendo sermón de "Es una bruta y ahora la has vuelto peor... Dumbledore no va a poder conseguir a un conserje así de fácil si ella queda así para siempre... Si Morgan crea algún problema, tú serás el primero en intentar solucionarlo...". Draco jadeaba por el dolor del cuello.

—Aquí está —dijo de manera violenta empujando a Draco.

Albus se giró y miró a Malfoy, muy serio.

Merlina estaba acostada en la cama contándose los dedos y tarareando una melodía muy por lo bajo. Durante los últimos quince minuto su estado había empeorado.

—Señor Malfoy, vuelva a Merlina a la normalidad —le ordenó Dumbledore con un tono formal pero que indicaba peligro.

Draco se veía muy asustado.

—No sé el contrahechizo, señor...

—Pásame tu varita, entonces —le espetó Snape. Draco no caviló. La sacó de su bolsillo y se la entregó—. Hay encantamientos que se pueden deshacer con la misma varita, pero el mago que ejecute el contrahechizo debe ser extremadamente diestro para ello. Tienes suerte de que esté yo para deshacerlo, Malfoy. Ahora, si lamentablemente hiciste otro tipo de encantamiento en el que sólo lo puede destruir el dueño, entonces te dedicarás a buscar toda la noche el contraencanto y ocuparás todo el tiempo que sea necesario hasta que lo encuentres, eso implique que te saltes todas las cenas de aquí a fin de año.

Draco asintió tragando saliva. ¿Se hacía el inocente o sólo actuaba?

Severus apuntó a Merlina y se la quedó mirando durante unos segundos, concentrado. Tras unos segundos la joven sintió súbitamente que su cuerpo se volvía más pesado y eso le causó tremenda incomodidad. La cabeza comenzó a dolerle. Las neuronas comenzaron a trabajar a toda velocidad.

—Dios... —susurró con una mano en la frente. Luego, miró su entorno con los ojos entrecerrados.

Pasó la vista de Albus a Snape —sintió un retorcijón de estómago— y por último a Draco. Qué trío más raro. Miró el techo. Iba a preguntar que qué estaba haciendo en la enfermería, pero Snape se le adelantó.

—¿Cómo te llamas?

Merlina tuvo que reflexionarlo un segundo demás debido al dolor de cabeza que se le estaba acrecentando. Luego alzó una ceja.

—¿Es una broma? Soy Merlina... yuju... —agitó una mano. Albus sonrió, conforme.

—Bueno, señor Malfoy, treinta puntos serán restados de su casa por esa broma de tan mal gusto —anunció el anciano sin pena—. Ahora, vuelva a su Sala Común.

Draco corrió fuera de la enfermería.

—¿Por qué estoy acá? —preguntó Merlina, desconcertada.

—Explíqueselo usted, Dumbledore —dijo Snape—. Yo ya perdí tiempo suficiente.

Y como un murciélago, Snape también se esfumó del lugar. Merlina habría deseado que se quedara allí, fuera por la razón que fuera.

Dumbledore se sentó en una silla que hizo aparecer a su lado y le explicó todo.