Capítulo 27: La teoría
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Los días se volvieron más grises de lo normal y muy fríos. Las chimeneas estaban constantemente encendidas y Merlina odiaba prenderlas todas. No le gustaba la idea de tener todo el castillo bajo la amenaza de un posible incendio, pero el frío era más terrible en esos momentos.
Merlina comenzó octubre sin poder creer todavía que había visto a Snape en "paños menores", según le había contado Albus de una manera muy sutil: "Entraste al baño de Severus cuando él había terminado de bañarse; estabas completamente confundida… creíste que ese era tu despacho". Le habría encantado poder recordarlo, pero a la vez se avergonzaba profundamente. Por eso prefirió ignorarlo una semana completa, porque no se sentía preparada para enfrentarlo. A fin de cuentas, él había sido el que la había ayudado a salir de eso. Un día se armó con un poco de valor y le susurró tímidamente un "Gracias". Tras eso desapareció como alma que lleva el diablo, sin siquiera atreverse a mirar la cara que había puesto el mago.
De todas formas, era mejor no forzar nada. Paulatinamente la relación fue volviendo a la normalidad: palabras pesadas, insultos de siempre, el "Cerdita Parlanchina" para todos lados, algunas noches de la entretenida sección "Ayuda a Ordenar los Asquerosos y Aburridos Papeles de Snape", abreviada sólo como AOAAPS; miradas de desprecio intensas, gritos de Merlina, nervios, sonrojos... Hasta que, de un día a otro, algo pasó, y fue lo mejor que le pudo haber sucedido en mucho tiempo, pero no tuvo que ver precisamente con Severus.
Tres días antes de Halloween en la mañana, previo al desayuno, McGonagall llegó a buscarla. Ella estaba en la sala de los Trofeos sacándole el polvo a algunas copas.
—Merlina, el director te llama.
—¿Para qué sería?
—No lo sé, pero está en la sala de profesores, acompañado de un sujeto que no conozco.
—Bien, ya voy.
Merlina se guardó la varita y bajó al lugar indicado. Entró y, en efecto, al fondo, en la cabecera estaba Dumbledore con un joven de pelo castaño claro y ondulado, largo hasta media cabeza.
—¿Me llamaba, director? —preguntó siendo formal para causar buena impresión.
—Sí, mira, te presento a Philius Grace...
El desconocido se puso de pie y estiró una mano con una leve sonrisa de novato. Merlina lo quedó mirando unos segundos con los ojos entrecerrados...
—¿Phil? —preguntó.
—¿Merlina? —dijo él.
—¡Primo!
Una felicidad diferente la invadió. Acortaron la distancia y se dieron un largo abrazo.
—¡Albus, él es mi primo! —chilló Merlina contenta, aunque ya no hacía falta.
—Así veo —comentó con una auténtica sonrisa—. Bueno, eso mejorará las cosas. Siéntense, por favor.
Merlina se ubicó enfrente de su primo. Phil era hijo de la familia con la que había vivido; el papá era hermano de su madre. Habían sido como pan y mantequilla por bastante tiempo, aunque ella le llevara tres años. Era el segundo mago de la familia. Todos los demás eran muggles. O sea, vulgarmente, ellos eran sangre sucia y los bichos raros de la familia.
—Bien —comenzó el anciano—, tu primo está estudiando Arquitectura Mágica y está en un proyecto sobre Hogwarts, ¿voy bien? —Philius asintió—. Y necesita a alguien que lo guíe por el castillo, mostrándole todas las partes artísticas de ésta gran construcción. Tienes permitido enseñarle los pasadizos y cualquier ruta secreta que conozcas, pero eso quedará para propósitos de enriquecimiento personal y no para su informe, como ya ha sido conversado —añadió lo último con un guiño del ojo.
—Y estoy absolutamente de acuerdo, porque en Salem también somos protectores de nuestros secretos —contestó Phil con solemnidad.
—Pero, como sea, claramente es algo tengo que hacer yo —dijo Merlina con entusiasmo.
—Exacto. Cuentan con catorce días para finalizar el proyecto, desde hoy. Espero que eso sea suficiente.
—Más que suficiente —agradeció el joven estirando la mano y estrechándosela al director.
Merlina y Phil se retiraron del lugar, conversando alegremente. Merlina tomó del brazo a su querido primo.
—¡Pudiste haberme avisado! No sabes cuánto me alegra verte, Phil... me estaba volviendo loca —sinceró Merlina con voz desesperada.
—Bueno, como no me escribes hace años, pensé que ya no te interesaba tener contacto conmigo.
—No fue de esa manera. Ya sabes que el tiempo y la vida transcurren así de rápido —señaló dando un chasquido con los dedos.
—Bueno, pero ¿por qué tan desesperada? —preguntó Phil sonriendo alegremente.
—Por... —comenzó a decir Merlina, pero prefirió callar y mirar hacia otro lado—. Con disimulo observa a ese hombre que viene ahí —susurró, apenas moviendo los labios. Phil miró de reojo al individuo que le había indicado su prima, que era un sujeto que estaba en medio de unos estudiantes, regañándolos.
Continuaron caminando por el corredor. Merlina miró hacia atrás para asegurarse de no ser escuchada.
—¿Lo viste?
—Sí, ese que parecía murciélago, ¿no? —se burló Phil.
—Sí, él mismo. Se llama Severus Snape y me hace la vida imposible.
—Y a ti te gusta, ¿no?
—Sí... ¿Qué? ¡Claro que no! —le pegó en el brazo.
—La respuesta sale sin ser forzada —se burló él.
—No me gusta, por supuesto que no... —negó ella coloradísima. Phil la miró de reojo sonriendo con malicia.
Ese día lo dejaron para conversar. Hacía ya cuatro años —tal vez un poco más— no se veían y tenían muchas cosas que hablar. Una de ellas era que su primo, el año próximo, se iba a casar. Merlina forzó por mantener la sonrisa y lo felicitó con un apretado abrazo. Hablaron de su tía política también, madre de Phil, quien estaba esperando otro hijo.
Él le acompañó a hacer todas las rondas. Comenzarían al otro día a hacer el estudio arquitectónico. Ninguno de los dos tenía muchas ganas de trabajar.
Un par de veces se topó con los muchachos, pero se limitó a hacerles señas con la mano.
—Oye, ¿Albus te habló de dónde vas a dormir? —le preguntó Merlina.
—No, y ahora que lo mencionas, no lo había pensado. Mis maletas quedaron en su despacho.
—¿Por qué no duermes en mi cuarto? —le preguntó. Phil ya había conocido la oficina de Merlina.
—Genial —aceptó él, sin dudarlo—. Iré a buscar mis cosas para dejarlas allá.
—Bien. Yo estaré haciendo la ronda —luego puso cara de enojo—. Por tu culpa perdí mis seis horas de sueño —acusó, pero luego sonrió—. Nos vemos en la cena. Faltan veinte minutos para las ocho.
—Perfecto.
En la mesa de los profesores habían añadido un puesto más para Phil, al lado de Merlina. Dumbledore no lo presentó a los estudiantes por petición de Phil, quien quería alterar lo menos posible el orden del castillo. No obstante, a pesar de que esa noche quería pasar desapercibido, todos miraban constantemente al recién llegado. Ginny y Hermione tenían la vista pegada en Merlina, pero ella no puso atención; la conversación con su primo no cesaba. En consecuencia, por milagrosas horas pudo olvidarse por completo del profesor de Pociones, quien constantemente dirigía miradas llenas de odio e incomprensión hacia ellos, dilatando las aletas de la nariz.
Todos terminaron casi al mismo tiempo de comer, así que el Gran Salón quedó inmediatamente desocupado. Merlina, nuevamente y como en los viejos tiempos, le tomó el brazo a Phil y salieron por la puerta oculta.
—A lo que todos se vayan a dormir te mostraré la biblioteca —le prometió a Phil, emocionada—, te va a fascinar. Hay miles de libros que te gustarán.
—Me encantaría, ¿pero no te afecta a ti? O sea, en tu trabajo —replicó él con cierta preocupación.
—Por supuesto que no, además, los profesores estarán acostados. A nadie le importará media hora de libertad en la biblioteca.
—Oye, y otra pregunta, ¿cómo dormiremos?
—Recuerda que yo no puedo dormir hasta el amanecer —dijo algo deprimida—, así que puedes quedarte con mi cama.
—Ah, cierto.
Doblaron una esquina. La única persona que iba tras ellos los miró con los ojos entrecerrados, como si pretendiera algo.
—Mañana a las cinco comenzaremos con tu gira por el castillo —le avisó a su primo—, así que procura estar bien despierto.
—De hecho, debería haber comenzado hoy, pero contando de que Albus Dumbledore me dio más tiempo de lo esperado, podré alcanzar sin problemas.
En el tiempo que Merlina vigilaba por algunos lados, Phil se daba una ducha en su baño. Luego, a medianoche, se reunieron afuera para encaminarse a la biblioteca.
—Lo correcto sería venir de día —observó Merlina con sensatez—, pero con una vieja bibliotecaria como Pince observándonos, es incómodo y no puedes disfrutar de nada. De todos modos, cuentas con el permiso de Albus, así que no hay de qué preocuparse. Es sólo que la bibliotecaria es un poco protectora de su biblioteca.
—Sí, bueno, todas las bibliotecarias son así de chifladas —concluyó su primo—. ¿Te acuerdas de la señora Winnifred, del Instituto? Era igual.
Merlina abrió la puerta y dejó así, sin imaginarse jamás que podría ser vista a esas alturas de la noche. Tomó una lámpara de gas, la prendió con la varita y fueron al área de Arte —en la sección Apta para Todo Público— y dejó que Phil tomara algunos libros para llevárselos a una mesa.
—Eh, Merlina, tienes razón —dijo con ojos soñadores, mientras veía una imagen de unos enanos chinos construyendo un edificio de ofrendas para su dios en un libro titulado "Santas Obras de la Magia".
Merlina sonrió mientras miraba la imagen, sentada sobre la mesa.
—Escucha esto: Enanos chinos construyeron la Torre de los Deseos en menos de diez días… Mide más de 50 metros.
Estuvieron cerca de diez minutos así. Merlina iba leyéndole pasajes de los textos a su primo mientras él tomaba notas en un pergamino enrollado, hasta que, de un momento a otro, una luz de varita que no era de la de ella ni la de Phil los alumbró.
—¿Cómo —Merlina se paró asustada, con el corazón repentinamente acelerado— pretendes hacer un trabajo profesional, si andas invitando a desconocidos a las áreas sagradas del castillo?
—¡Severus! Él no es un desconoci...
—Para mí lo es —la cortó él antes de que terminara la frase.
—Eh, hermano, te juro que no soy ningún ladrón ni destruye-libros —se defendió Philius parándose también y alzando las manos como si lo hubiesen amenazado con un arma.
—Pensé que eras más sensata, Morgan —dijo ignorando por completo a Phil. Hubiese sido sensato que replicara "no soy tu hermano", pero sólo miraba a Merlina.
—Por favor, Severus, sólo estaba viendo un libro. Además, Dumbledore es quien ha… —intentó explicar ella.
—Un libro que para Madame Pince sería terrible perder —le espetó—, y sería una grave falta en tu trabajo.
—Severus, ¿me quieres escuchar, por favor? Estoy tratando de…
—¿Quieres que Dumbledore sepa que descuidaste tu trabajo por él? —señaló al compungido Phil.
—Sólo fueron diez minutos, y, como te digo, fue Albus quien... —Merlina estaba desesperada. Cada uno iluminaba la cara del otro con las respectivas varitas.
—En diez minutos puede haber cualquier ataque —volvió a cortarla Severus.
—Pe...
—Merlina, ya, déjalo —susurró Philius, dándole una palmada en el brazo—. Vete, yo ordenaré los libros.
Philius tomó los libros y desapareció por uno de los corredores.
Merlina fue directo hacia Snape.
—No entiendo por qué... —comenzó, pero Snape, con una sola mirada, la silenció.
—No me importa —susurró tan bajo que Merlina tuvo que mirarle los labios para entender lo que decía, sintiendo el súbito deseo de callarlo con un beso— lo que hagas con él, menos en tu despacho —Merlina arqueó las cejas—. Pero no voy a permitir que ocupen una biblioteca o cualquier otro sector del colegio.
Merlina se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir. Snape apagó su varita, y se fue.
Phil no llegó mucho después a su lado.
—¿Qué ocurrió?
—No lo sé, pero creo que se imaginó algo absolutamente absurdo... En fin, vamos, vete, mejor dicho. Yo continuaré con mi trabajo. Nos vemos al desayuno.
Había tenido tan feliz día, y como siempre él, tenía que arruinárselo. Lo único que deseaba era comer algo al desayuno y luego ir a dormirse. No sabía por qué Snape había actuado de tan mala manera. Leer libros no era nada malo. Ella jamás permitiría que alguien dañara alguno, y él lo sabía.
Pasó casi todas las horas restantes sentada en el alféizar de la ventana del sexto piso. "En diez minutos puede haber cualquier ataque", le dijo Snape. ¿Ataque de qué? ¿Mortífago? Eso era ridículo, estaba todo bajo control hacía dos años. El único que atacaba a la gente era él.
Pero ya sabía qué debía hacer para aplacar su rabia: decírselo a las chicas, así que, cinco minutos antes de que se abrieran las puertas del Gran Comedor para desayunar, se puso al lado del retrato de la Dama Gorda para esperarlas.
Para suerte suya, Ginny y Hermione salieron solas, sin la compañía de los varones.
—¡Hola! —la saludaron aproximándose a ella.
—Hola —contestó ella, desganada—. ¿Tienen unos minutos? Antes de que lleguen Harry y Ron... —solicitó desganada.
—Claro, vamos.
Caminaron un poco y entraron a un aula en desuso. Las niñas dejaron sus mochilas a un lado. Se sentaron sobre unas mesas.
—¿Qué ocurre? Tienes unas ojeras espantosas —dijo Hermione.
—Ayer estaba con mi primo en la biblioteca...
—¿Primo? ¿Qué primo? —preguntó Ginny con urgencia.
—Oh, cierto bueno, el sujeto que estaba al lado mío a la hora de la cena es mi primo —explicó ella—. Viví con su familia después que murieron mis padres.
—Entonces ¿no era tu novio o algo así? —indagó la pelirroja.
Merlina la miró horrorizada, pero a la vez sonriendo.
—Claro que no, ¿de dónde sacaste eso? Saben que el único novio que tuve resultó ser un psicópata.
—A Merlina le gusta Snape, Ginny, te dije que no era un novio —dijo Hermione rotundamente. Luego se tapó la boca.
Merlina quedó boquiabierta y sintió que la temperatura le subía en cuestión de segundos.
—¿Tan evidente soy? —dijo sintiéndose desnuda.
—Yo le decía a Hermione que no era así, así que no te preocupes —le dijo Ginny tomándole una mano—. Jamás pensé que te pudiera gustar Snape. Ahora veo que erré.
—Yo me di cuenta por... no sé, la forma de hablar que tenías de él —dijo Hermione tomándole la otra mano—. Tranquila, que no lo hemos discutido con los chicos.
Merlina suspiró.
—Millones de gracias... en serio... Bueno, ahora que ya me deshice de la parte a la que no quería llegar, les puedo contar lo que pasó anoche.
Les narró la odiosa escena que le armó Snape en la biblioteca hacía unas cuantas horas atrás, y de lo mal que la había hecho sentir. Hermione y Ginny se sonrieron mutuamente con complicidad.
—¿Qué pasa? Hace tiempo que las he visto hacerse sonrisitas cuando hablo de Snape, ¿era por eso de que sabían que me gusta?
—De hecho, no —dijo Hermione con mirada de autosuficiencia.
—Yo no creía que te gustara Snape —reiteró Ginny—, pero con Hermione hace tiempo tenemos una teoría sobre él.
—Tratamos de decírtela dos veces, pero jamás pudimos.
—Y ahora que estamos aquí... Sabiendo que no vale la pena ir a desayunar, porque ya ha pasado media hora...
—Te vamos a decir —finalizó Ginny.
—Creemos —continuó Hermione con complicidad— que tú también le gustas a Snape.
Merlina pasó lentamente por su mente la palabra "Creemos que tú también le gustas a Snape". "Creemos - que - tu - también - le - gustas - a - Snape". Eh, no sonaba mal, otra vez: C-r-e-e-m-o-s—q-u-e—t-u—t-a-m-b-i-é-n—l-e—g-u-s-t-a-s—a—S-n-a-p-e.
—No, chicas, eso es imposible —contestó finalmente sin rastro de felicidad—. Es evidente que él sospecha de mis sentimientos, eso yo también lo he pensado, pero lo veo difícil, imposible.
—¿Por qué "imposible"? —Saltó Ginny ofendida—. ¡Es lo más acertado que he dicho en toda mi vida!
—Imposible es porque... —intentó buscar el argumento para decir por qué era imposible—, bueno, pues... la forma de hablar... no sé... ¿Han visto como me trata? Si eso no las convence…
—Un momento —la paró Hermione—. ¿Acaso no trata de llamar tu atención siempre que puede? Y si hablamos de "tratos", tú no lo has tratado decentemente y te gusta.
—Eso es porque le gusta molestarme "siempre que puede" y yo sólo me defiendo.
—No estoy de acuerdo, Merlina. Hemos sido testigo de que algunas peleas las has empezado tú. Además, acerca de lo de anoche, ¿en algún minuto te preguntaste cómo supo que tú y tu primo estaban allí?
—Seguramente se levantó a hacer algo y vio la luz, cualquiera que pasara por ahí se habría dado cuenta...
—Ya, pero, ninguna otra persona hubiera montado un escándalo de esas proporciones, ni siquiera Madame Pince —aseguró Ginny.
—¿Y cómo me respondes a la pregunta de que él asumió de inmediato que él, tu primo, era un novio o algo así? ¿Acaso no pareció celoso cuando te lo dijo? —añadió Hermione con agudeza.
Merlina agachó la cabeza. Si lo veía de ese punto, las chicas tenían razón. Pero no quería ilusionarse...
—Admítelo, Merlina, le gustas a Snape.
—Miren, ya, es verdad todo eso de que le gusta llamar mi atención —contestó algo brusca—, pero no haré nada al respecto. ¿Qué pasa si están equivocadas? Recuerden que él sabe Legeremancia, y puede saber que a mí me gusta y quizá, lo único que pretende, es dejarme en vergüenza; tan sencillo como eso.
Ginny hizo una mueca.
—Bien, tú ganas —admitió Hermione, rendida.
Se bajaron de las mesas y salieron de allí.
—¿Las acompaño hasta sus salones?
—Tengo que ir al invernadero —dijo Ginny.
—Y a mí me toca Pociones.
—Ah, entonces vayan solas —contestó. No tenía ganas ni de salir del castillo ni de ver a Snape en el aula.
—Por cierto —añadió Ginny sonriendo agudamente—, tu primo es muy lindo.
—Sí —repuso—, lástima que se vaya a casar.
Le dio un beso en la mejilla a cada una y tomó otro camino para ir a buscar a Phil.
Se lo encontró justo saliendo del Gran Comedor. Él fue hasta ella, con cara de preocupado, pero Merlina iba sonriendo. Ahora que lo pensaba, la idea de que Snape estuviera celoso le atraía más que nunca. ¡Pero no debía ilusionarse!
—¿Por qué no fuiste a desayunar?
—Oh, tuve que hacer algo.
—Ése idiota —bajó la voz— de Snape me estuvo mirando con cara de perro rabioso todo el tiempo.
Merlina amplió su sonrisa.
—Ah... Te tengo una muy buena, Phil, muy buena.
Lo tomó del brazo, y se lo llevó a dar otro paseo. Quería liquidar el asunto antes de tener que ir a dormir. Al menos, tenía energías para eso. La angustia ya se le había pasado. Quizá la idea que planteaban las chicas no era del todo descabellada y sólo lo negaba para proteger su corazón.
