Capítulo 28: Fiesta de disfraces

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—Entonces no me equivoqué al decir que te gustaba.

—Está bien, no.

—Soy un genio.

—No, sólo adivinaste de pura suerte.

—¿Harás algo al respecto?

—No.

—¿Por qué?

—¿Con qué fin?

—¿Cómo que "con qué fin"?

—¿Por qué "cómo que "con qué fin""?

—Para ya.

—Ya, era broma —se disculpó Merlina, sin sonreír.

Eran las nueve y media de la mañana. En media hora le había contado a Phil el gran descubrimiento de sus amigas, aún sin estar completamente convencida de lo que le habían dicho. A momentos le parecía algo cuerdo, al segundo lo hallaba una idea descabellada.

—¿Por qué no vas a hacer algo? —repitió el joven, sin comprender el pesimismo de Merlina.

—No saco nada. O sea, sigo sin estar segura de eso. Ya te dije que Snape sabe Legeremancia y que… ¿Qué era? Ah, que puede que se comporte así apropósito y no sea por nada especial…

—Bueno, bueno, veo que no puedes pensar mucho. Te dejo para que duermas.

—Gracias… —dijo en un bostezo.

Philius se fue con una pluma y un toma-papeles lleno de pergaminos.

Merlina cerró los ojos, pensando que en cinco minutos se iría a la cama, pero se quedó profundamente dormida en el sillón.

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Se levantó con la sensación de haber sido aplastada por un camión. De todas maneras, en menos de seis horas era imposible que se recuperara del cansancio acumulado. Se reunió con Phil en el Vestíbulo y comenzaron el famoso viaje por el castillo. Merlina se encontró con la agradable sorpresa de que él ya había avanzado con todas las esculturas estatuas y gárgolas, así que sólo le quedaban los miles de cuadros y los corredores escondidos.

A la hora de la cena, Albus los esperaba con una agradable idea.

—¡Buenas noches a todos! —saludó con su jovial alegría—. Les tengo una sorpresa —anunció—. Como recordarán, el año pasado hicimos una fiesta de disfraces para Halloween —todos asintieron, entusiasmados—. Mañana es Halloween, y esta vez, con los profesores nos pusimos de acuerdo para hacer algo diferente —los estudiantes sonreían. Al parecer, la mayoría pensó que no iban a tener fiesta alguna—. Esas bolsas que están allí —señaló unas bolsas negras, de plástico, que estaban apoyadas contra una pared. Eran cuatro y cada una tenía el emblema de la casa— contienen disfraces distintos para cada uno. Al que le toca, le toca, como se dice, y así todos estaremos asegurados con un disfraz, sabiendo que será irrepetible y original.

Aplausos.

—Pero, hay dos cambios —dijo, como si fuera algo grave. Las sonrisas se apagaron—. Esta vez la fiesta será para todos, sin excepciones —más aplausos de parte de los pequeños—, y los profesores (incluido yo), también participaremos de esta entretenida fiesta.

Más que celebración, hubo risas.

—Me salvé —le susurró Merlina a Phil, pero, al parecer Dumbledore la escuchó, porque agregó:

—Ni los conserjes ni los invitados se salvan.

Y ahí a Merlina se le encendió la vela. Se acercó al oído de Phil y le susurró:

—Vengamos a la fiesta. Si es tan cierto que Snape se pone celoso y si está obligado a permanecer aquí, bailemos juntos.

Phil la miró y asintió, sonriendo con entusiasmo.

—Jefes de casa —dijo el director con voz potente—, tomen su bolsa correspondiente y pasen por las mesas haciendo que cada alumno saque un disfraz.

McGonagall, Sprout, Flitwick y el amargado Snape cogieron una bolsa cada uno y bajaron de la tarima. Fueron hasta la mesa que le tocaba a cada uno y fueron ofreciendo el disfraz.

Cuando metían la mano y la volvían a sacar, salía una bolsa más pequeña donde estaba la ropa. Merlina vio que no todos se alegraban. Unos fruncían el entrecejo, enojados, y otros se ponían rojos de vergüenza, pero la mayoría de la gente parecía contenta. Finalmente Minerva ofreció los últimos disfraces al personal de Hogwarts y a Phil, por supuesto.

A Merlina le tocó un traje similar al de Pocahontas y a él uno muy peculiar: una sunga y un trozo de liana para enrollárselo en el cuerpo. Merlina se largó a reír.

—¿Tarzán? —susurró mientras su primo guardaba la ropa rápidamente.

—No me pondré esto —farfulló el chiquillo.

—Oh... lo harás —dijo Merlina, amenazante—. Tú querías que hiciera algo y mañana es mi oportunidad. Te verás lindo —le aseguró—, romperás muchos corazones.

—Qué darías por verlo a él con ese traje —replicó su primo mordazmente.

Merlina no le volvió a hablar el resto de la cena, pero no por enojo. Estaba esforzándose en imaginarse a Snape así. ¿Qué traje le habría tocado a él? Trató varias veces de mirar furtivamente, pero la bolsa estaba cerrada completamente. Y de seguro él sería capaz de echarle una maldición antes de mostrarle su disfraz.

Al final de la cena, Dumbledore se puso nuevamente de pie para dar las buenas noches.

—La noche de mañana estará llena de diversión y sorpresas, así que los espero a todos a los ocho en punto con todas las energías para durar hasta las dos de la mañana —otra ovación más—. Ahora, ¡a dormir!

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Faltaban diez minutos para que comenzara la fiesta. Phil estaba en el baño arreglándose y ya llevaba más de media hora. Parecía dispuesto a no salir de allí. Merlina ya estaba lista. Se había puesto el vestido recto de color café claro con bordados artesanales y una cinta con plumas atada en la cabeza. Se hizo dos trenzas y se pintó la cara con unas cuantas rallas rojas y negras. Estaba con zapatillas, no soportaría estar con sandalias por el colegio con el frío que hacía. De hecho, ya estaba algo entumida porque sus brazos estaban desnudos (y un cuarto de pierna), claro que cuando bailara entraría en calor.

—Merlina —le dijo su primo desde el otro lado de la puerta—, ¿segura que no tienes algún disfraz por ahí?

—No —le contestó ella aproximándose a la puerta—. ¿Tan malo es? Vamos, no creo que te veas... mal.

Phil ya había abierto la puerta y estaba ante ella con cara de exasperación. Parecía un modelo en miniatura. Se veía musculoso para su tamaño. Merlina le sacada cinco centímetros.

—Bueno... —apretó los labios para no reírse.

—Está bien, ríete —le dijo él—. Trato de compensar mi estatura sacando músculos —admitió.

Merlina estalló en carcajadas. Estuvo dos minutos contra la pared, apretándose el vientre con las manos.

—Ya, se me pasó —jadeó tranquilizándose luego de un minuto—. Si quieres puedo ponerle algunas hojitas a la sunga para que no se te vea tan apretada —le ofreció con mezcla de burla y compasión—. Si te enrollas la liana como banda presidencial puedo hacer crecer otras allí también.

—Está bien... —gruñó él.

Con magia Merlina hizo aparecer unas cuantas hojas de árbol tropical. Eso le tapó un poco más y le hizo sentir más cómodo. La liana con hojas cubriéndole parte del pecho hizo que se viera menos musculoso de lo que era.

—Conste que esto no va a impedir que los ojos de las chicas se te peguen —le advirtió Merlina.

Phil se encogió de hombros.

—Mientras tú estés conmigo y nadie más sepa que no soy tu novio, no se atreverán. Tienes que actuar como una novia celosa.

—Oh, no seas ridículo. Y ya vamos, que faltan tres minutos para que empiece.

Esta vez fue Phil quien le tomó el brazo a Merlina. Ella podía sentir que estaba nerviosísimo. Y ella reconocía haber tenido suerte: jamás habría bajado semi desnuda como disfraz a la fiesta de Halloween. Ya había tenido suficiente con desmayarse envuelta en una toalla en medio del campo de Quidditch el año anterior.

Bajaban estudiantes por todos lados. Estaban irreconocibles y se presentaba mucha más variedad de trajes que el año anterior. Había unos bastante insólitos, como un grupo de frutas de primer año: manzana, naranja y frutilla. Debían estar muy abrigados dentro de esos esponjosos disfraces.

Y Merlina no se equivocó. Muchas muchachas —supuso que eran muchachas— miraban a Philius. Algunas tenían la cara con máscaras, así que no podía saber la expresión de depravación que colocaban. Phil se apegó más a ella y puso la cabeza en su hombro.

—Me siento transgredido —murmuró.

—Las adolescentes y sus hormonas, primo. Te recuerdo que tú fuiste peor y sólo obtienes lo que te mereces.

Entraron por la puerta doble. La joven oyó a su acompañante soltar una exclamación de asombro. Si el año pasado estaba fantástico el Gran Comedor para esa fecha, ahora estaba irreconocible. El piso estaba alfombrado de negro. Había unas diminutas estrellas blancas, lo que daba la sensación de estar caminando por la misma vía láctea. El cielo estaba oscuro y se avecinaba una tormenta. Las ventanas estaban con cortinas rojo sangre aterciopeladas, y en el fondo la mesa de profesores había desaparecido. Ése era el escenario, pero permanecía vacío aún. Las calabazas eran más colosales, perfectas y tenebrosas que nunca; Hagrid había hecho un excelente trabajo. Las mesas eran para seis personas, cubiertas con manteles de un color azul noche precioso. ¿Se sentarían los muchachos con ellos? De cualquier forma, entre esa multitud sería difícil encontrarlos.

Se puso en puntillas. Si es que por ahí estaba Snape, no podría adivinar, porque muchos tenían trajes completos, como dinosaurios, canes, felinos, animales de todo tipo.

—¿Buscas a tu amor? —le preguntó Phil con sorna.

—Cállate —le espetó enojada—, podría estar detrás de nosotros.

—Ya, ya… pero, ey, ¿ella no es una de tus amigas?

—¿Dónde?

—La que viene saltando junto a la langosta y la mujer árabe.

Merlina miró hacia las puertas. No cabía duda de que eran ellos. La langosta era Harry, Ron estaba vestido de policía muggle, Hermione era una mujer árabe y Ginny una sirena. La pobre tenía cara de afligida. Debía tener el traje tan apretado en los pies, que no podía caminar con normalidad y tenía que estar dando saltos.

Merlina les hizo una señal con la mano y ellos fueron hasta allá.

—¡Nunca pensé que este traje fuera tan odioso! —se quejó la pelirroja cruzándose de brazos. Luego perdió el equilibrio y Harry la atajó con sus tenazas.

—Pero es mejor que el mío —replicó Phil.

Ginny lo miró y no dijo nada. Merlina se percató que le dedicó una mirada cómplice a Hermione.

—¡Oh, lo siento! —Se disculpó Merlina de la nada—. No los había presentado. Él es Philius, mi primo, y ellos son Harry, Ron, Ginny y Hermione.

Phil le dio la mano a cada uno. A Harry no se la pudo estrechar porque su tenaza era gigante.

—¿Buscamos una mesa? Se están llenando —propuso Merlina.

Los demás estuvieron de acuerdo. Se sentaron cerca del escenario.

—Me encantan las fiestas de Hogwarts —dijo Ron— porque hay un montón de comida.

Hermione arqueó las cejas y Ginny respondió:

—En Hogwarts siempre hay un montón de comida, Ron.

—¿Y cómo se supone que voy a comer con esto? —Harry alzó sus brazos de langosta—. ¡No puedo tomar ni un tenedor!

—Déjame a mí —Hermione sacó su varita y e hizo dos agujeros a los costados para que Harry sacara los brazos.

—Ahí está mejor. Gracias.

Merlina continuó mirando a los que todavía estaban de pie. Indudablemente eran los profesores. Pudo descubrir a McGonagall vestida de reina con una elegante corona sobre la cabeza. Dumbledore se veía más raro que nunca: estaba vestido de monje. El pequeño Flitwick vestía un traje de payaso y el inconfundible Hagrid estaba vestido de torero. A los otros no los distinguió, además, la luz proveniente de las calabazas no era muy potente.

Algo la hizo temblar. Phil se le había acercado al oído.

—Merlina —susurró— ¿no es él?

Merlina miró los ojos de su primo para ver adónde se dirigían. Se tuvo que hacer a un lado para ver entre la cabeza de Ron y Hermione y miró hacia el escenario. Había una sola persona al costado de este, en un rincón oscuro. Aguzó la vista. ¿Iba con un disfraz? Al parecer sí, porque su capa había sido reemplazada por una más brillante y con cortes irregulares a los pies. Tenía los brazos cruzados bajo la capa y la mirada en algún lugar. No le alcanzaba a distinguir bien.

—Sí, es él —murmuró.

No mucho después Albus se subió al escenario y dijo unas cuantas palabras alegres para incitarlos a comer.

En parte lo que decía Ron era cierto, porque sí había muchas más variedades de comida, y quizá en mayor cantidad. Comieron con gusto, pero Merlina siempre con la mente en Severus, quien no se había ido a sentar y permanecía aún agazapado en la pared, sin dar señales de emoción o alegría.

Después de comer todos los platos hasta reventar, fueron a bailar al ritmo de las Momias Danzarinas, un grupo musical de momias egipcias rockeras, vendadas completamente. Según un estudiante, habían sido resucitadas mediante magia negra y pagaban el precio de la vida tocando nada más que música.

Merlina bailó toda la noche por obligación de su primo, quien no quería que lo dejara solo, ni menos estar con alguna otra chica. Además, los dos tenían que mantenerse en calor para no entumirse.

Ni los rayos ni la lluvia impidieron que los estudiantes se entretuvieran. Muchos se habían desecho de sus máscaras, peinados o cabezas falsas. Él único que no participó en nada de eso fue el profesor de Pociones

—¿Tiene un problema de personalidad o qué? —le dijo Phil.

—Puede ser, pero créeme que siempre ha sido así —aseguró Merlina, tratando de mirar hacia el rincón. ¿No le molestaba la potencia de la música? De todas maneras no veía nada, porque bolas de humo salían del escenario y las momias brincaban para todos lados—. ¿Me esperas? Iré a tomar algo. ¿Quieres que te traiga alguna bebida?

—Ya, lo que sea, pero trata de no demorarte.

Merlina fue hasta las mesas que habían sido colocadas contra el rincón y se sirvió un poco de vino de elfo. Bebió un poco. Estaba delicioso. Le llevaría una copa a su primo también. Sirvió en otra, tomó la suya y se devolvió. Pero antes que llegara muy lejos, chocó con Snape, que también al parecer estaba comiendo de forma tránsfuga.

La copa más llena se fue contra él. A ella le quedó una gran mancha roja en el pecho, pero por la copa pequeña.

—¿Por qué tienes la mala costumbre de atravesarte en el momento más inoportuno? —murmuró Merlina con voz lastimera.

—Tú eres la que no mira por dónde va.

Merlina no discutió y sacó su varita para limpiar la capa de Snape, quien tenía los brazos ocultos bajo ésta, agarrándola con fuerza, como si quisiera ocultar algo, pero se le olvidó eso y sacó los brazos para bajarle la mano.

—Déjalo así, no quiero que me limpies nada.

Merlina bajó el brazo lentamente, pero no por él, sino que sus ojos por fin vieron el traje de Snape. Era de un gris oscuro, casi negro, ceñido al cuerpo, que dejaba poco a la imaginación, de pieza entera. En el pecho tenía un óvalo amarillo con un gran murciélago en él. Llevaba borceguíes negros, como si fuera militar.

Merlina frunció los labios, nerviosa, y lo volvió a mirar. Severus miró hacia abajo y dándose cuenta de lo que pasaba se tapó nuevamente con violencia. Fulminó a Merlina con la mirada y desapareció sin chistar.

Merlina olvidó limpiarse el vino, dejó las copas en la mesa y corrió hacia Phil, que estaba al lado de Ron, y se movía nerviosamente. Merlina llegó justo a tiempo para salvarlo de una depredadora Gryffindor llamada Lavender Brown.

—¿Por qué tardaste?

—Batman —dijo Merlina, sin aliento.

—¿Qué?

Merlina se tomó del hombro de Phil, recuperó el aliento y dijo en voz baja:

—Snape está vestido de Batman. Lo acabo de ver, fue sin querer... no llevaba la máscara, claro, seguramente era demasiado vergonzoso para él usar eso...

Y le contó en susurro lo ocurrido. Su primo se mató de la risa.

Merlina volvió a pensar en el traje de Severus. Se veía tan bien... no tenía un cuerpo espectacular, pero eso de que estuviera ceñido a su cuerpo era tentador... Pero él, él y su actitud idiota... ¡Un momento! Todavía no estaba segura si él gustaba de ella.

Continuó bailando con Phil hasta que la fiesta terminó. El no quiso cambiar ninguna vez de pareja con Ginny o Hermione, porque estaba seguro, según él, que lo miraban con cara rara. Por suerte esa vez Merlina estaba con zapatillas cómodas y no con tacones de ocho centímetros cada uno.

A las dos con diez minutos el colegio había quedado completamente desierto. Dumbledore le dio permiso a Merlina para dormir como cualquier persona normal. Con su primo se pusieron de acuerdo y él quedó en acostarse en el sillón, que frazadas y sábanas no faltaban. Philius roncaba, pero ella se quedó dormida de inmediato. Habían sido días agotadores, y esa noche aún más.