Capítulo 29: El plan de Malfoy

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En la mañana del sábado, día posterior a la fiesta de Halloween, todos se levantaron tarde. Hasta Merlina se dio ese gusto y no recibió regaños de nadie. Por todos los pasillos se oían comentario de la fiesta, de las Momias Danzarinas y las infaltables burlas de los disfraces más ridículos. Snape había vuelto a colocarse su atuendo diario y se paseaba muy poco por el colegio. Merlina temía que fuera para no encontrársela y así se ahorraba la vergüenza. No obstante, ella le contó sólo a Phil, nunca se lo dijo a los muchachos; era malvada, pero no tanto como él. Cuando Draco Malfoy vio a Merlina, se puso a bailar como indígena y después soltó un sonoro "Oaoaoooooaoaoaoooo" tarzanesco. Todos los Slytherin presentes le celebraron las gracias, excepto los aludidos.

—Ese idiota no tiene respeto por nada ni nadie… —comentó Merlina

El resto de los días que Phil permaneció en el colegio continuaron con el trabajo arquitectónico a conciencia, sin interrupciones, y profesionalmente. El joven tomaba nota de cada cuadro, fecha de creación, nombre de los personajes, etc., y a los que más le atraían, les hacía una entrevista personalizada. Eso era lo bueno de tener cuadros parlantes.

Un par de veces salieron a pasear por los terrenos, muy abrigados porque el frío era infernal, pero no llegaron más allá del límite del Bosque Prohibido.

Cuando llegó la hora de la despedida, fue todo muy triste. Con su primo lo había pasado muy bien, y gracias a él había sobrevivido felizmente durante dos semanas. Las situaciones difíciles siempre se alivianaban en la compañía de un ser querido. Sabía que yéndose él las cosas con Snape —los nervios, las miradas, los deseos, las riñas, los berrinche —, comenzarían otra vez y, para ser sincera, Merlina temía mortalmente a eso. O quizá se equivocase y Snape no le volviera a hablar nunca más en su vida. ¿Qué prefería? Definitivamente la primera.

Philius partiría a primera hora del día 11 de noviembre, sin embargo, media hora antes de las ocho, todos los profesores se reunieron en su sala especial para darle la despedida. A pesar de que él no había sido muy comunicativo con ellos —Phil era un muchacho tímido—, se habían acostumbrado un poco a su presencia. Además, todos comprendían que, si él lograba publicar la información que estaba recopilando, Hogwarts tendría aún más prestigio del que tenía. No obstante, no todos se despidieron con el mismo entusiasmo. Por ejemplo, Trelawney estaba más preocupada de estar conversando con la profesora Sinistra sobre los movimientos de los astros que presenció el día anterior. Severus estaba hablando con la profesora Sprout sobre unas plantas que necesitaría para la poción revitalizante.

Merlina dejó solo a Phil para que se entendiera con Albus y ella se dirigió a uno de los asientos. Sin embargo, fue atrapada por la maciza mano de Sprout.

—Merlina —le dijo con expresión de tristeza. Snape se quedó callado— ¿ya se va tu novio?

Merlina sonrió, desconcertada.

—No es mi novio —corroboró con inocencia. Snape hizo un ruido indefinido con la lengua—. No sé por qué todos piensan lo mismo —miró fugazmente a Severus—, si el parecido entre nosotros es más que evidente. Él es Philius Grace, mi primo.

—¡No me digas! Que todos nosotros ya estábamos pensando que hacían una linda pareja —se avergonzó Pomona.

—Bueno, viví con él un tiempo, con sus padres, por eso somos tan apegados y nos llevamos bien.

¡Toma esa, Snape! —pensó, agradecida de poder aclarar las cosas frente a él sin tener que explicárselas directamente. Le deban ganas de añadir: "¿Viste, Severus? No había necesidad de ponerse celoso", pero existía la remota posibilidad de que él contestara: "¿Y quién lo está? Tienes una imaginación muy grande, Cerdita Parlanchina".

—Bueno, entonces iré a despedirme —dijo la profesora de botánica.

Snape miró de soslayo a Merlina y luego se marchó tras la profesora. Ella, abrumada, se fue a sentar al final de la mesa, donde no había nadie.

—Merlina —le habló Albus después de un rato, aproximándose con su primo—, te pido que acompañes al señor Grace a la salida.

—Es lo que pensaba hacer, por supuesto —corroboró Merlina, sonriendo.

Salieron juntos de la sala, cada uno llevando una maleta. Ella cargaba la más liviana.

Bajaron hasta el Vestíbulo y Phil le dijo:

—Snape me estrechó la mano.

Merlina arqueó las cejas.

—¿En serio?

—En serio. Por un momento pensé que podría haber estado poseído, pero me miró con la misma cara de odio de siempre.

Merlina asintió pensativa.

—Ay… ¿Te acompaño hasta los carruajes?

—No, déjame aquí, yo sé llegar a Hogsmeade. De ahí me apareceré.

—Ah, de veras que tú puedes aparecerte… —Merlina hizo una mueca.

—No es gran cosa —la alentó Phil.

—Bueno… En fin —susurró Merlina—. Es una pena que te vayas…

Se abrazaron.

—Te voy a extrañar mucho… ¿Ahora con quién voy a conversar en el desayuno, cena, y almuerzo de cosas asquerosas, ridiculeces y chiquilladas?

Phil le dio un sonoro beso en la mejilla.

—Tienes a los chicos, recuérdalo. Pero también te extrañaré.

Se dieron otro abrazo más y luego Merlina le abrió la puerta. Una ráfaga de viento entró despeinándolos a los dos.

—Cuando te cases con ese sujeto, avísame, ¿sí?

—¡Phil! Por Merlín, no juegues… —soltó una risita nerviosa—. Yo ya no me caso.

—Te apuesto cincuenta galeons a que terminan juntos.

—Te apuesto el doble a que te golpeo si vuelves a decir lo mismo.

Rieron por última vez. Merlina le dio una palmada en la espalda y su primo salió del castillo. Ella cerró la puerta y, al voltearse, se encontró con la sorpresa de que Snape bajaba la escalera del Vestíbulo.

Se miraron por unos segundos. Ella no fue capaz de mantener la vista. Agachó la cabeza y pasó por su lado lo más lejos que pudo.

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Las dos semanas restantes de noviembre se hicieron notar por las montañas de deberes que les dejaban los profesores a sus estudiantes, y por la cantidad de ellos que llegaba a la enfermería a ir a buscar una poción tranquilizante. Por otro lado, Merlina no se había equivocado al pensar que, al marcharse su primo, las cosas con Snape volverían a estar como antes. Sin embargo, no fue tan terrible como lo imaginó en sus momentos de superstición. Snape no resultó ser despiadado como otras veces, así que no tenía que porqué asustarse demasiado.

Una tarde Harry, Ron y Hermione estuvieron libres y pensaron ocuparla en ir a visitar a Hagrid a su cabaña. Merlina se quedó un tanto decepcionada. Tenía ganas de compartir con ellos.

—Pero si quieres puedes ir con nosotros —le dijo Harry percatándose de la expresión de su cara.

—Sí... puede ser —caviló un poco—. Iré. No creo que se note mucho mi ausencia. ¿A las seis en el Vestíbulo?

A esa hora quedaron en reunirse.

Merlina sus horas de sueño las durmió muy calentita en su cama, pero luego de levantarse, sintió que los pies se le congelaban aterradoramente. Se dio una ducha con agua casi hirviendo y se vistió con un pantalón de polar negro, más su infaltable jersey grueso de color púrpura. Decidió, sólo por esa vez, reemplazar sus adoradas zapatillas por unas botas peludas y abrigadoras. Teniendo en cuenta también que su pelo largo no sería suficiente para protegerle la cabeza, se colocó un gorro mullido, además de orejeras y mitones. Parecía árbol de Navidad con tantas cosas puestas.

Bajó al Vestíbulo donde la esperaban sus amigos. No era la única que iba tan abrigada; ellos también parecían palitroques acolchados.

Descendieron por la ladera de poca inclinación hasta la cabaña del simpático semigigante. Hermione se sacó un guante y tocó la puerta. Unos ladridos desesperados y de uñas contra la puerta se escucharon.

—¿Quién es? —preguntó una voz atronadora—. Apártate, Fang...

—Somos nosotros y venimos con Merlina —anunciaron a coro.

Por la puerta se asomó una barbuda cara sonriente.

—¡Fantástico! Primera vez que me vienes a ver, Merlina —se hizo a un lado—. Adelante, pasen.

Adentro sí que estaba caluroso. Hagrid tenía la chimenea prendida y parecía estar cocinando algo, porque había un suave olor a cebollín. El perro jabalinero de Hagrid se le lanzó a cada uno encima. Le lamió de un solo lengüetazo la cara a Merlina.

—¿Qué estás haciendo, Hagrid? —preguntó la joven con interés mirando la olla que estaba sobre uno de los fuegos de la cocina, luego de sacarse al perro de encima, desprenderse del gorro, las orejeras y pasarse un pañuelo por la cara.

—Sopa de camarones. ¿Se quedan a cenar?

—Eh... bueno... —contestó mientras todos vacilaron. Merlina se encogió de hombros. Harry le hizo un disimulado gesto negativo y ella comprendió el mensaje—. Oh, no, Hagrid, creo que los chicos están todavía muy atareados, y tú sabes que tengo que volver a mis labores de conserje.

Hagrid asintió con pesar.

—Lo sé, lo sé, bueno, ¿pero querrán un té?

—Yo sí.

Todos aceptaron luego de que Merlina dio la afirmativa. Un té no podía ser tan malo, ¿o sí?

Hagrid los acompañó sentándose con ellos y colocando al centro de la mesa una cesta llena de bollos caseros.

Merlina sacó uno sin alcanzar a ver la expresión de Ron, que era de asco. Intentó dar una mordida, pero los dientes se le quedaron atascados en la dura masa. Había dos opciones: o estaban añejos o Hagrid no sabía cocinar.

Hermione vio lo que le pasaba a Merlina y fingió un ataque de tos. Hagrid la socorrió con unas suaves palmaditas en la espalda mientras ella agarraba el bollo y se lo sacaba de los dientes dando arcadas y babeando. Hermione dejó de toser. Merlina alcanzó a tirar el bollo debajo de la mesa y, justo a tiempo, Fang se acercó a recogerlo y se lo tragó sin problemas.

Estuvieron un poco más de una hora con Hagrid. La conversación estuvo muy entretenida, pero como sólo se bebieron el té, quedaron con más hambre que en un principio y les urgió irse cuando el estómago comenzó a sonarles.

Cuando estuvieron alejados de la cabaña, Hermione se dirigió a Merlina.

—Hagrid no tiene muy... eh, buenas... ¿cómo se puede decir? eh... dotes culinarias —explicó.

—Sí, de eso pude darme cuenta —replicó la joven, todavía con la sensación de tener un bollo rancio atascado entre los dientes.

—Imagínate la sopa de camarones —terció Ron con evidente asco.

Entraron al castillo y fueron a un pasillo solitario a conversar un poco más antes de ir a cenar.

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Severus estaba buscando el informe de Longbottom en su despacho. Estaba seguro de que el muchacho idiota se lo había entregado: era tonto, pero jamás irresponsable, y eso había que reconocerlo. Abrió todos sus cajones y no lo encontró. ¿Lo habría dejado encima del escritorio del aula? Era lo más probable.

Abrió la puerta, pero antes de llegar a los diez centímetros, se quedó quieto. Alguien estaba en su aula, porque se apreciaba el titilar de una antorcha prendida. Los invasores conversaban en voz baja. Se oyó rechinar la puerta que daba al pasillo. Luego rechinó otra vez y se cerró.

—¡Por fin llegas! —reprochó con frialdad una voz. Severus estaba seguro de que se trataba de Draco Malfoy.

—Lo siento, tuve un percance. La vi salir de la cabaña de Hagrid con Potter, Weasley y la sangre sucia, Granger.

La segunda voz podía reconocerla como la de un muchacho, también de su casa, pero de sexto curso. Boris Payne era uno de los más inteligentes de la clase. En casi todo obtenía Extraordinarios. Incluso él tenía que concederle la calificación más alta, porque no había poción que le saliera mal. A veces sospechaba que hacía trampa, pero nunca había pillado nada extraño en sus trabajos.

—Pero ¿pudiste? —preguntó Draco, con tono amenazador.

—Claro que pude, pero te cobraré diez galeons más por el riesgo. Me podrían haber descubierto.

—Pero no lo hicieron. ¿Crabbe, Goyle?

—No me amenaces con tus grandotes amiguitos, que es absolutamente innecesario. El trabajo difícil se paga o se deshace.

Pausa por unos segundos.

—Está bien, diez galeons más, pero en la Sala Común te los entregaré, porque acá no ando con dinero.

—Bien.

—Cuéntame, ¿hiciste todo lo que te pedí?

—Sí, Malfoy —contestó exasperado—. Fui y transformé la roca más grande que encontré en unicornio, tal como me lo pediste, idéntico hasta el último detalle a uno real, y si quieres te lo dibujo para convencerte.

—¿Cuánto durará el hechizo, más o menos?

—Siete horas mínimo; ocho, máximo.

—Perfecto. Vamos a ver qué hace la fanática de los animales ¿Seguro que nadie te vio?

—No, pero ya te dije, me arriesgué, y no tanto a que me vieran, sino que tuve que adentrarme un poco al bosque para ocultarme. Ya sabes que hay de todo en ese lugar, y ya estaba oscureciendo.

—No me digas que le temes a la oscuridad —se burló Draco.

—No, pero a los seres que habitan ahí dentro, sí.

—Una última pregunta —dijo Draco—: ¿realizaste el encantamiento para que aparezca cuando se asome por las ventanas en alguna de sus rondas?

—Sí, pero yo no entiendo cómo estás tan seguro de que esa va a ponerse a mirar por las ventanas a la mitad de la noche.

—Simplemente lo hará, siempre lo hace. Ya verás que mañana no estará. Y, suponiendo que camine hasta las profundidades del Bosque Prohibido…

—¿Quieres matarla?

—No, pero sí darle un escarmiento por ser sangre sucia. Si tuviera dignidad, se habría marchado sola. La próxima será Granger, y luego Longbottom.

—Longbottom es hijo de magos.

—¿Y lo parece realmente?

Otra pausa más.

—De todos modos, no cuentes conmigo para tus próximos planes. Son cinco para las ocho, ¿podemos ir a comer? Me muero de hambre.

—Sí. Vamos, muchachos.

La antorcha se apagó. En unos segundos, el aula quedó silenciosa. Severus abrió la puerta y observó si había alguien más. Pensó un poco, quedándose en el umbral. Estaba más seguro que nunca de que no se equivocaba. Hablaban de ella, de Merlina. ¿Debía hacer algo? Lo más probable es que no resultara el plan. Ella no saldría a mitad de la noche a buscar un unicornio, ¿o sí?

Se devolvió a su despacho, olvidándose de buscar el informe de Longbottom, sin saber si preocuparse o no, y cuestionándose si debió haber intervenido en el aula para asustar a Draco y sus amigos.

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Merlina se instaló en su asiento. Antes de haber ido a cenar les dijo a los chicos que la esperaran porque iría a cambiarse las botas por zapatillas y a desprenderse del gorro, las orejeras y mitones, porque ya no volvería a salir a los jardines, menos en la noche.

Por la puerta trasera llegó Snape y, apenas la vio, no despegó los ojos de ella. Merlina se comenzó a poner colorada. Era perfectamente consciente de la sensación que le causaba Snape cuando hacía eso; era única, vibrante, pero no quiso mirarlo. Se atrevió a no hacerlo. Había tenido un día relativamente perfecto y no quería llegar a mezclarlos con sus sentimientos, más aún cuando existía la posibilidad de que él no los correspondiera. Apretó los ojos hasta que vio borroso cuando los abrió.

Cuando se paró vio que Snape también lo hizo, como si hubiera estado esperando por ese momento. Desconfiada decidió tomar el camino largo en vez de ir por la puerta de los profesores que quedaba tras la mesa alta. Pasó por entremedio de las mesas largas de las casas hasta la puerta final. Para comprobar si la seguía miró hacia atrás, temerosa, pero, para su alivio, el profesor ya no estaba.

Esperó a los muchachos en la puerta para darles las buenas noches y aguardó como siempre a que el Gran Comedor quedara desierto para echar una última sacudida al Vestíbulo y apagar la araña de velas del techo.

Subió la gran escala con la vaga sensación de estar siendo vigilaba. Ella se paseaba todas las noches por el castillo, y jamás (excepto las primeras semanas de su llegada el año escolar pasado) había sentido miedo o algo por el estilo. Estaba acostumbrada a la presencia de Peeves, a los fantasmas, a los cuadros que roncaban, a las risitas burlonas de las armaduras, al batir de alas de las lechuzas en la noche; pero eso, era distinto. Encendió la luz de su varita y se puso a buscar si había alguien fuera de la cama a esa hora.

Caminó con cautela por todo el castillo durante tres horas. Debían ser ya cerca de las doce y no supo en qué momento dejó de sentirse observada. Se relajó. Quizá fuera sólo su imaginación. No había nada que temer. Aunque ella no tenía miedo, sólo le incomodaba sentirse expuesta.

Terminó de subir los escalones que faltaban para el séptimo piso y se asomó a la ventana que daba a los terrenos y al Bosque Prohibido. Las copas de los árboles se agitaban con violencia y las nubes se arremolinaban densamente, amenazando con soltar una torrencial lluvia. La cabaña de Hagrid no tenía luz en las ventanas y tampoco por la chimenea salía humo. Debía estar durmiendo.

Abrió un poco la ventana para respirar el aire fresco y apoyó el codo en el alfeizar. El lago estaba oscuro y tenebroso. De vez en cuando vio algún tentáculo del calamar gigante romper la superficie del agua en silencio.

No supo cuánto tiempo estuvo así, pero no deberían haber sido más de diez minutos, cuando algo rompió la tranquilidad. Fue hermoso, conmovedor: del límite del Bosque Prohibido vio salir un unicornio. Era grande, blanco... resplandecía en la oscuridad con una luz casi divina. Caminó un poco con su suave andar majestuoso y luego se agachó a arrancar algunas hierbas a la orilla de un tronco. Merlina se enderezó, hipnotizada por su belleza. Siempre había soñado con aproximarse a un unicornio, porque se decía que tocarlos era un buen augurio, que daba buena suerte —algo que a ella le hacía falta—, pero nunca había tenido la oportunidad: en el Instituto de Salem no tenían mucha cercanía con los animales, salvo con los gatos, que le provocaban alergia. ¿Qué pasaría si fuera esa la ocasión de poder acariciarlo? Nada. Ella merodeaba sola por el castillo, y si se ausentaba unos pocos minutos nada ocurría, salvo que Peeves se pusiera a jugar con el borrador de un aula y dejara todo sucio con tiza.

Decidida dio media vuelta y bajó a toda velocidad las escaleras para que no se le desapareciera el unicornio. De vez en cuando miraba por las ventanas de los distintos pisos para comprobar que siguiera allí.