Capítulo 30: Tras el unicornio
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El profesor de Pociones tamborileó los dedos sobre el escritorio, mirando de un lado a otro, indeciso. Se acomodó varias veces intentando concentrarse en lo que debía hacer, pero le estaba costando trabajo. Hacía veinte minutos que la había dejado de vigilar, sólo porque había resultado una amenaza: Morgan se había dado cuenta de que alguien la seguía y por poco le ilumina la cara con la varita. Si lo hubiese descubierto, habría sido capaz de decir que él planeaba su asesinato. Como siempre pensaba que estaba en su contra…
Transcurrió un minuto más, pensando, y observó el libro abierto que tenía al lado. Este tenía un dibujo de una lechuza como marca de editorial sobre una de las páginas. Lechuzas… Ella fue capaz de quedar colgando pies abajo para rescatar a una lechuza moribunda que ni siquiera conocía y que no tenía absolutamente nada de especial… ¿Acaso no sería capaz de salir a mitad de la noche a buscar a un unicornio, que era poco común, difícil de alcanzar, y de una belleza innegable? Además, era sabido que tocarlos podía dar buena suerte —eran pocas las personas que lo lograban, por lo que era más una superstición que otra cosa—, y buena suerte era algo de lo que Morgan muchas veces carecía. Los unicornios pocas veces eran avistados, y cualquiera desearía poder acercarse a uno, especialmente ella. Ella era la que había rescatado a un perro sobre un techo cuando tenía catorce o quince años. ¿Era capaz él de poner las manos al fuego por ella, asegurando ciegamente que permanecería toda la noche en el castillo?
Se puso una mano en el rostro, angustiado y asustado.
¡¿En qué momento se le había ocurrido quitarle los ojos de encima?! Se paró lívido. Cogió su varita del escritorio y fue directo a buscar una ventana en el primer piso para avistar los terrenos y comprobar si la joven había dejado las dependencias del castillo para caminar por los terrenos.
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Merlina llegó a las afueras del castillo sin frío que le calara los huesos, porque la emoción que la embargaba era como una llama en su pecho. Intentó caminar con sigilo, pero el brillo del unicornio la llamaba con urgencia. Cuando estuvo a un metro de él estiró la mano para tocarlo, pero éste se corrió, mirándola juguetonamente.
—¿No me dejarás que te acaricie? —susurró ella con deleite.
Se aproximó otro poco, pero el animal no cedió; parecía querer jugar. A la cuarta vez se adentró un poco por los primeros árboles. Merlina no puso atención a eso, ya que sólo tenía ojos para el animal, y es que los unicornios producían ese efecto en la gente.
—Oh, vamos, juro que no te haré daño —le dijo, como si pudiera entenderla.
El unicornio comenzó a correr y Merlina lo siguió. De un momento a otro desapareció entre los árboles.
—¡Unicornio, lindo! —llamó—. ¿Dónde estás?
Miró a su alrededor. A la derecha entre dos árboles aún se divisaba el castillo; a la izquierda, una profundidad de árboles. Caminó derecho hacia la frondosidad del bosque. No ponía atención en nada más que en su búsqueda.
—¡No te haré na...Ah!
Sintió un terrible dolor en el costado de la pantorrilla de la pierna derecha. Miró hacia abajo y vio una cosa pequeña pero alargada. Era una serpiente, y la había mordido.
—¡Maldita cosa! —le espetó y la pateó, furiosa. La serpiente salió volando, y ella corriendo con un tremendo dolor en la pierna, antes de que atacara otra vez.
Corrió hacia el noroeste y logró ver un resplandor. Caminó más rápido y vio que era el unicornio. Olvidándose de su dolor, pero todavía sintiéndolo, empecinada en hacer valer la mordedura, corrió hacia el magnífico animal. No quería perder la oportunidad, pero este volvió a escapar, fuera del Bosque Prohibido. Merlina se apresuró entre los árboles, hacia los terrenos, antes de que volviera a correr. Sin embargo, este simplemente cabalgó tranquilamente hacia un solitario árbol nudoso, que estaba a varios metros del límite del Bosque.
—¡Espera! —le susurró cojeando.
Hizo el esfuerzo por correr más rápido.
—¡Te tengo! —dijo contenta, estirando los brazos para abrazarlo del cuello, pero no alcanzó. El animal se desintegró en cenizas y humo blanco.
Merlina buscó en el aire palpando con las manos inútilmente, mirando con ojos grandes en el lugar en donde el animal había desaparecido. No obstante, otra cosa la distrajo por segunda vez. El árbol que estaba ante ella se movió como si se estuviera desperezando. Merlina observó lentamente hacia arriba, horrorizada, dándose cuenta demasiado tarde de que había sido muy despistada.
No alcanzó siquiera a gritar. Con una enorme rama el Sauce Boxeador la golpeó en el estómago y la mandó tres metros más allá girando por el aire y cayendo de bruces. Merlina se quedó sin respiración, y sintió como si se le hubiesen fracturado las costillas. Intentó arrastrarse, pero antes de que pudiera avanzar un centímetro, hubo otro ruido de ramas y al segundo sintió otro dolor en la pierna: el árbol le había clavado una rama en la otra pantorrilla. La joven chilló apenas y débilmente se cubrió la cabeza con una mano.
¿Cómo había olvidado el Sauce Boxeador? ¿Por qué había seguido al estúpido unicornio? Había sido engañada por su belleza etérea.
Oyó más ruidos y estaba segura de que el árbol iba a volver a atacar. Presionó los ojos con fuerza. El veneno de la serpiente se extendía lenta y dolorosamente por su pierna derecha, las costillas le crujían sin siquiera moverse y la otra pantorrilla le molestaba por la rama clavada. Se encogió todo lo que pudo, apretando la mandíbula de los nervios, esperando al golpe que la dejara inconsciente para ya no sentir más dolor.
Uno... dos... tres... Nada. Todo quedó en silencio, salvo por una respiración agitada que no era la suya. Abrió los ojos y ladeó un poco la cabeza. Veía todo como un manchón de grises y negros, y la cabeza le daba vueltas. Alguien se arrodilló a su lado. La giraron despacio para tenderla en el suelo, pero ella se quejó lastimeramente. Vio un rayo partir el cielo; luego se oyó el trueno ensordecedor.
La tomaron en brazos y ella volvió a gemir de dolor, obligándose a mantenerse consciente.
Las nubes chocaron y comenzó a llover torrencialmente.
Quien la tomó en brazos apuró el paso. Merlina sintió gotas de agua fría en su cara y eso la ayudó a mantenerse despierta, aunque con los ojos cerrados, porque los párpados le pesaban terriblemente.
Oyó el abrir de una puerta, luego el cerrar de ésta… Los pasos en una escalera. Sintió primero calor, luego frío, como su hubiese llegado a un lugar húmedo. Abrir de otra puerta, cerrar. Abrir de otra más, cerrar. Pasos suaves sobre una alfombra.
Los brazos la depositaron en algo mullido y suave. Tanteó débilmente para tocar. Era un sillón largo, de respaldo alto.
Escuchó diferentes ruidos: más pasos, cajones abrirse, la respiración lenta y la agitada de la persona. La luz se prendió potentemente, luego, se hizo sombra. Abrió los ojos con bastante esfuerzo. Todavía veía borroso, pero eso no le impidió distinguir la silueta de la persona que había acudido a su rescate. Era inconfundible.
—Yo... —susurró con voz ronca.
—No hables —le contestó él, pero no con esa típica frialdad con la que se dirigía a ella. Se arrodilló a su lado y le colocó una almohada en la cabeza para que quedara más alta.
Merlina apretó otra vez los ojos y gimoteó. Las costillas le dolían ferozmente ante el más mínimo movimiento.
—Me... duele... mu-mucho —farfulló sin aliento mientras él le pasaba un pañuelo húmedo por el rostro para sacarle el barro y la sangre de los raspones. Eso le animó un poco más.
Snape no contestó, parecía querer ahorrarse el discurso para cuando ella estuviera bien. Al menos era consciente de que ella no podría defenderse de los insultos que tal vez le pensaba dedicar.
Luego sintió que le tomaba la cara.
—Abre la boca, por favor —le susurró.
Merlina abrió los ojos, y aunque estaba muy débil, no le impidió mirarlo con desconfianza. Frunció los labios al ver que tenía una botella pequeña en la mano.
—Dije la boca, no los ojos.
Merlina hizo caso, pero hasta la boca le costaba abrir.
Severus le acomodó la botellita entre los labios y esperó a que diera un sorbo.
—Bébelo todo —le ordenó—. Y no, no es veneno, Morgan, que para eso te hubiese dejado tirada.
Merlina hizo un gesto de asco, porque era la cosa más salada que había probado en su vida. Parecía sal concentrada.
—Esto es para que el veneno de la serpiente no se extienda por el resto de tu cuerpo —le explicó, siempre en el mismo susurro. Merlina tenía ganas de preguntarle cómo se había enterado de su mordedura, pero no valía la pena gastar aliento. Quizá sólo le había mirado la pierna de la herida.
En efecto Merlina se sintió un poco mejor tras unos segundos. La vista volvió a su normalidad y pudo ver con claridad la expresión de póquer de Severus. No se veía ni triste, ni enojado. Parecía más bien concentrado.
—Iniciaré con el veneno de serpiente, luego con tus costillas —le dijo.
Merlina asintió. Severus se puso al lado de sus piernas.
—Intenta flexionar la derecha.
—Me duele...
—Si no lo haces, no podré sacarte el veneno.
Obedeció a regañadientes. Snape le levantó el pantalón. Merlina hizo la cabeza hacia un lado y vio que tenía una mancha negra de tres centímetros de diámetro, con dos puntitos rojos al centro.
El profesor de Pociones extrajo una jeringa con una enorme aguja de una caja que tenía al lado.
—No pensarás clavarme eso, ¿verdad? —dejó escapar Merlina con evidente miedo en su voz. Se sentía un poco más capaz de hablar desde que el veneno se había estancado.
—¿Le temes a una jeringa y no a salir de noche? —preguntó Snape con reprobación, como diciendo "¿bromeas?"—. Es la única manera. No hay otra —continuó—. Esto te extraerá hasta la última gota de veneno. No saca sangre, es especial, no es como la que utilizan los muggles, y no te va a doler más de lo que ya te duele.
Merlina aceptó la cruel verdad y giró la cabeza para no mirar. Un momento después sintió una picazón en el lugar de la mordida. Luego de unos segundos, el dolor de la pierna se le pasó.
—Ya —avisó Snape. Le puso la jeringa ante sus ojos. Estaba hasta un cuarto llena de una sustancia negra y aguada.
Con la varita le hizo desaparecer los dos colmillos marcados, y le acomodó el pantalón.
—La otra; haz lo mismo.
Flexionó también la pierna. Tuvo que admitir que lo que le hizo Snape a esa pierna le dolió más. No le subió el pantalón de inmediato, sino que le arrancó la rama clavada, sin anestesia previa o algo por el estilo. Merlina chilló, y todo el rato, porque luego le aplicó una poción que ardía montones para limpiarle la herida, que era muy profunda. Finalmente, también se la cerró mediante magia. Volvió a arrodillarse a su lado.
—Necesito que me ayudes a levantarte el jersey —le dijo y más bajo de lo normal, sin mirarla a los ojos.
Las mejillas de Merlina se prendieron. Las piernas le temblaron y eso que ya estaba curada.
—¿Que... qué? —susurró temerosa.
—Te fracturaste las costillas, ¿quieres que te cure o no? —inquirió él levantando la mirada inquisitivamente.
Merlina tragó saliva y asintió.
—Bien, entonces, intenta levantarte un poco.
Merlina, con ayuda de sus manos separó la espalda del sillón un par de centímetros. Snape llevó las manos a su jersey y se lo subió suavemente, porque al más mínimo roce Merlina se quejaba.
Merlina estaba completamente avergonzada. Si en el verano estaba blanca, ahora debía estar peor, y sus sostenes no eran muy bonitos; de hecho, andaba con los más viejos que tenía. Snape, sin embargo, se lo subió hasta el límite de lo peligroso. La joven sospechó que él también se sentía incómodo, porque las manos le temblaban y había un leve rubor en sus mejillas. Su mandíbula estaba apretada. ¿Acaso querría decir algo y se lo estaba aguantando?
Merlina se dejó caer y volvió a chillar.
—¡Debes tener cuidado! —la regañó Snape.
—Lo siento, pero soy yo la adolorida, y se me están acalambrando los brazos.
—Por lo mismo...
Merlina angustiada se miró el abdomen, y, para su sorpresa, no estaba blanca. Estaba morada. Se le desorbitaron los ojos.
—Intenta no gritar, necesito ver cuáles son las partes afectadas.
Merlina afirmó con la cabeza con los labios fruncidos.
Snape comenzó a, básicamente, tocarla. Cada vez que lo hacía, a Merlina se le salían más los ojos del dolor. A la vez, también tenía cosquillas, porque su ganchuda nariz no estaba a más de diez centímetros de su piel.
—Tienes cinco costillas rotas, si no me equivoco.
—¿Por qué no me llevas dónde Madame Pomfrey?
—¿Quieres ponerte en pie y morirte del dolor primero, antes de llegar a la enfermería? —replicó desafiante, mirándola con las cejas arqueadas.
Merlina no dijo nada. Prefería mil veces estar ahí, con él, obviamente, pero eso él no tenía por qué saberlo.
—Sólo… No falles —contestó ella, a lo que él la miró como diciendo "Yo jamás fallo".
Snape tomó su varita y se la puso en abdomen.
—Esto va a doler un poco, pero sólo son un par de segundos. Luego quedarás bien.
Merlina se dedicaba a afirmar con la cabeza.
Snape movió los labios sin pronunciar palabra. Merlina escuchó un crujido de sus propios huesos, y tuvo que soltar un grito desgarrador. En unos segundos, como había dicho Severus, pasó. Pero seguía morada.
—¿No dijiste que iba a quedar bien? Me duele todavía.
—Sí, porque esa es la sangre que está atrapada entre la piel, por supuesto. Me refería a que quedarías bien de las costillas. Ahora —dijo y sacó un tarro azul brillante y lo abrió— tengo que aplicarte esto.
—¿Para qué es?
—Para que te alivie el dolor. El moretón se borrará solo. Quita tus manos.
Merlina inconscientemente, en algún momento, se había puesto las manos en el vientre. No podía soportar estar con la ropa arremangada delante de Snape, ya que se sentía expuesta. Las volvió a poner a los costados.
Con su mano Snape sacó un poco de crema y se la aplicó en la piel. Merlina se sacudió.
—¡Estate tranquila!
Merlina comenzó a reír y se contrajo sin poder evitarlo.
—Me... da... cosquillas... —jadeó.
—Te aguantarás, entonces, si no te coso la boca —añadió de mala gana.
Merlina se mordió una mano, desesperada. Estuvo tentada de golpear a Snape para defenderse, pero lo evitó. Sabía que la estaba ayudando.
—Ahora ponte hacia abajo —ordenó el profesor luego de unos segundos.
—¿Para qué?
—Hazme caso y de ahí te lo demuestro.
Merlina se dio vuelta, pero puso la cabeza de lado, mirando hacia Snape. Éste sacó la varita e hizo un encantamiento espejo. En el aire apareció una placa de vidrio, que parecía agua. Merlina abrió más los ojos. ¿Esa era su espalda? Estaba tan magullada como su abdomen.
—Ya veo —susurró aterrada.
Snape hizo lo mismo, pero esta vez Merlina se quedó tranquila. Le relajaba, aunque un par de veces tembló: Snape dos veces pasó la mano cerca de su cintura y eso la debilitaba. Era uno de sus puntos más... especiales. Y, al pensarlo bien, no era necesario que le masajeara la cintura. El moretón estaba más arriba que eso. Pero daba lo mismo, quería que sus manos estuvieran en ella para siempre.
—Ya puedes ponerte de pie.
Mientras Severus guardaba sus implementos de sanador y los iba a dejar a un mueble, la joven se despegaba del sillón totalmente mareada. Se sentó. Todavía tenía la ropa un poco húmeda por la lluvia. Tenía hambre. ¿Qué hora sería?
Miró a Severus, quien cerraba una cómoda con llave. Él se giró y fue hasta ella, viéndola curioso.
—¿Qué te duele ahora?
—Nada, sólo que estoy un poco mareada. Me ocurre cuando estoy mucho rato acostada y me levanto.
Snape se inclinó y le tomó un brazo con suavidad.
—Vamos, yo te llevo a tu habitación.
—Tengo que seguir con el trabajo —contestó Merlina parándose de golpe. Se tambaleó un poco. Severus le puso la otra mano en la espalda para que no se cayera.
—Son las tres de la mañana y acabas de sufrir un ataque —contradijo él observándola como si estuviera loca—. Vas a acabar tirada por ahí, créeme.
Merlina bufó, luego se acordó de algo.
—¿Cómo me encontraste? ¿Cómo supiste que yo estaba... allá?
—¿Qué importa cómo lo supe? —Arqueó las cejas.
—Yo...—evitó su mirada. Otra vez se puso roja, pero esta vez de rabia. Snape no le diría nada y ella no deseaba discutir—. Da igual.
—Vamos, te llevaré a tu cuarto. No puedes estar así. Tienes cara de estar a punto de desmayarte.
—Ya, pero déjame caminar sola.
Snape la soltó, pero Merlina se fue hacia un lado apenas dio un paso. El hombre la volvió a tomar del brazo, visto que era imposible que caminara sola. Merlina lo miró y él levantó las cejas, nuevamente desafiante. Nadie dijo nada. Merlina suspiró, rendida.
Salieron de su despacho y caminaron lentamente por los pasillos. Ella no sabía qué decir y Snape parecía en otro mundo. Subieron las escaleras... caminaron un poco más. Llegaron a la puerta de la oficina de Merlina.
—Si quieres, me dejas aquí —ofreció, nerviosa.
—Prefiero asegurarme de que llegues a tu cama, porque temo que te desmayes en el suelo y después me eches la culpa a mí.
Entraron al despacho, luego a su habitación. Snape prendió unas velas con un movimiento de la varita y le ayudó a sentarse en la cama. En el momento en que se inclinó para acomodarla, Merlina sintió la cercanía de su rostro.
—Muchas gracias —susurró Merlina de todo corazón, observándolo.
Severus la miró de rojo. Merlina vio sus ojos y luego sus labios. El calor de su cara, de su cuerpo….
Severus la soltó y se reincorporó lentamente. Asintió en respuesta a lo que ella había dicho, la miró unos segundos y se alejó hasta la puerta. Merlina bajó los hombros y la mirada, decepcionada, recordando que se sentía molesta con él por no darle las explicaciones que merecía. Él se quedó dubitativo en el umbral, luego se giró…
—¿Quieres saber cómo me enteré? —inquirió Severus finalmente.
Los ojos de la chica ascendieron hasta él y asintió fervorosa.
—Creo que es la explicación que merezco, Severus, ya que yo he sido la afectada en todo esto y tú pareces tener información —replicó ella tratando de no sonar acusadora.
—Mañana, después de clases, ve a mi oficina.
—Puedes decirme ahora…
—No, ahora debes descansar. Buenas noches.
Merlina se quedó con más preguntas que antes. No tuvo fuerzas de cambiarse la ropa y se quedó dormida así, llena de barro y humedad en su ropa.
