Capítulo 31: Atravesando el hielo

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Se despertó muy tarde al día siguiente. Jamás había pasado tanto de largo. Se saltó el desayuno y el almuerzo, así que estaba más hambrienta que león con diez estómagos. Todavía tenía un poco de dolor la espalda y en el abdomen, pero los moretones seguían casi igual que antes. Sólo sería cuestión de paciencia para que desaparecieran.

Lo ocurrido la noche anterior parecía más un sueño que realidad. Había estado más cerca que nunca de Severus y de una manera completamente distinta, no como en los típicos encuentros embarazosos que tenían habitualmente, o cuando él la increpaba. ¡Qué ganas le habían dado de besarlo! Sin embargo, él no mostró ningún interés en eso y aquello fue deprimente. Además, ella se había sentido debilucha y mareada y podría hasta haberle vomitado. Eso sí que le habría causado enfado y ella hubiera muerto de vergüenza. Hubiera sido capaz de correr hasta la jeringa que estaba en la mazmorra para inyectarse nuevamente el veneno de la serpiente.

Luego de levantarse subió al despacho de Albus, cerca de las dos, cuando todo el mundo estaba en clases. Tendría que explicarle lo que había pasado. Él no era tonto, así que era más que probable que se hubiese dado cuenta de sus dos ausencias en las comidas. Se aclaró la garganta antes de tocar. Nadie contestó. Asomó la cabeza y la única presencia notable era la del fénix de Albus, Fawkes, que permanecía en su perchero majestuosamente, con sus bellos colores rojo y dorado adornando sus suaves plumas.

Cerró la puerta y salió. Bajó dos pisos y por mera casualidad se encontró con el director frente a frente.

—Buenos días, Merlina —saludó sonriendo—. Justo te estaba buscando.

—Y yo a usted, director —se sintió rara al llamarlo así, pero la ocasión lo ameritaba—. Necesito hablarle.

—¿Es sobre tus ausencias?

—Sí, y quería pedirle disculpas. La verdad es que ayer no cumplí con casi nada. Tuve un pequeño problema… que no es tan pequeño, y se lo tengo que decir.

—No tienes nada que contarme, ya estoy enterado.

—Sí, mire… —comenzó Merlina, pero se calló, sorprendida—. ¿Snape le contó?

—Exactamente. Fue hoy en la mañana exclusivamente a excusarte.

La joven sonrió involuntariamente.

—¿Fue… y le contó?

—Sí —Albus le sonrió afablemente observándola con sus intensos ojos azules. Merlina tuvo la impresión de que él sabía lo que estaba pensando… y sintiendo.

—¿Todo?

—Todo.

—¿Y le reveló cómo se enteró?

—Bueno, en ese sentido fue más claro: me dijo que te había dicho a ti que fueras después de las clases a su despacho, así que no era necesario que te lo contara yo.

—Ah… bueno. Entonces ¿no tengo baja de sueldo?

—Por supuesto que no. Menos por lo que me contó Severus. Después te enterarás.

—¿Soy yo la afectada y tengo que saber de los últimos?

—Yo sólo respeto las peticiones, Merlina, porque no quiero causar malos entendidos —explicó Albus mirándola por sobre sus lentes de medialuna.

—Si tú lo dices…

—¿Ya no soy "usted"?

—Ahora que sé que estoy disculpada, vuelvo a la normalidad —admitió con una sonrisa.

—Bien, ahora quedamos claros, te aconsejo que vayas a comer. Estás terriblemente pálida y demacrada, y créeme que si puedo, me reservo esa clase de comentarios.

Merlina hizo caso de inmediato. Voló a las cocinas y comió como una verdadera cerda, aunque no sólo cosas basura, sino que muchísimas ensaladas y frutas; su cuerpo le exigía comida saludable, un golpe de vitaminas y minerales para iniciar su proceso de sanación. Fue como revivir otra vez. Con el hechizo espejo comprobaba de vez en cuando si le volvía el color a la piel. Al menos, no tenía ojeras y volvió a su blancura normal.

Pasó todo resto del tiempo en las cocinas y no se sintió culpable. Tenía derecho a recuperar energías, con mayor razón antes de ver a Snape e intentar defenderse, porque seguramente terminarían peleando. Lo más probables es que la comenzara a decir "Tan tonta como siempre… buscando unicornios a mitad de la noche…"

Llegó sólo un minuto después de las seis. Se sintió con la responsabilidad de llamar a la puerta y no entrar así como así.

—Pasa —anunció la voz de Snape de manera cortante.

—¿Otra vez revisando trabajos? —le preguntó cuando lo vio con los ojos clavados en un informe.

—Sólo el de Longbottom —replicó dejando la pluma a un lado y tapando el tintero.

Merlina se acercó lentamente.

—¿Me puedo sentar?

—Sí.

Se acomodó y entrelazó las manos.

—Mira —comenzó Merlina—, antes de que comiences a criticar mi actitud estúpida… Déjame hablar a mí —reclamó. Snape se apoyó en su escritorio como si tuviera que escuchar una conversación muy aburrida—. Sé que fui tonta, lo reconozco. Vi al unicornio y… No sé, era maravilloso, lo juro —Merlina recordó la sensación que le provocó—. Era como estar hipnotizada…, aunque no voy a negar que adore a los unicornios. sentí ganas de verlo más de cerca —titubeó y, finalmente, confesó—: Bueno, ya sabes lo que dicen; quería tocarlo para que me diera buena suerte —pensó que Snape se burlaría ante eso, pero continuó viéndola en silencio, inmutable—. Jamás pensé que me fuera a morder una serpiente, ni que iba a ser golpeada por el Sauce Boxeador. De hecho, se me había olvidado su existencia. Menos me imaginé que los unicornios desaparecían cuando se sentían amenazados, de eso no tenía idea.

Las comisuras de los labios de Snape se curvaron un poco hacia arriba.

—Eso fue porque no era un verdadero unicornio —contestó éste con satisfacción.

Merlina se sintió como una estúpida.

—¿Cómo que no era de verdad? ¿Era falso?

Snape miró el escritorio, tomó una pluma y comenzó a girarla entre sus dedos. Parecía no querer hablar.

—Mira —Merlina le tomó la mano y le arrebató la pluma—, yo vine a enterarme de cómo supiste lo de mi ataque, no a perder el tiempo.

La cara de Snape pasó a enojo. Merlina se encogió de inmediato.

—No te invité a mi despacho a…

—Lo siento, lo siento —se adelantó Merlina—. Por favor, cuéntame. Dijiste que me dirías.

Severus respiró profundo.

—Ayer escuché hablar a Draco con otro alumno de Slytherin —comenzó a explicar—. Decían algo de haber transformado una roca en un unicornio y que con eso atraerían a alguien. Luego mencionaron a Potter con sus amigos y que tú ibas con ellos. En resumen, querían hacerte daño. No sé qué más te puedo decir.

—Tú te enteraste, ¿no?

—Es lo que te acabo de decir.

—Claro, ¿y no me fuiste a avisar?

Severus abrió la boca unos segundos sin pronunciar palabra.

—No estaba cien por ciento seguro que fueras tú —contestó al fin.

—Pero podrías haberme dicho, de todas maneras —acusó ella decepcionada.

—¡Un momento! —dijo Severus, comenzando a enojarse de verdad—. Te estuve vigilando por un montón de tiempo…

—¿Tú eras el que me estaba siguiendo entonces?

—Sí, y no me interrumpas. Te vigilé por un montón de tiempo para actuar si es que se te ocurría salir y jamás hiciste algo sospechoso, así que decidí volver a mi despacho. Luego —su voz se volvió rara. Merlina no la pudo definir. Decir que era de tristeza era como afirmar que ella era una princesa—, presentí que algo podía estar mal…, me acordé de que se te ocurrió intentar suicidarte por una lechuza el año pasado y por un perro hace once años, y que no cabía duda que buscabas tocarlo para hallar suerte —Merlina se sintió avergonzada y se encogió un poco en su silla—, y pensé que realmente podías bajar. Así que me devolví. Miré por la ventana y te vi en el borde del bosque siguiendo al unicornio; un segundo más tarde desapareciste. Ahí, salí corriendo y ya no estabas. Me adentré al bosque, pero sólo por la orilla; te busqué… escuché tu voz en un momento y luego decidí salir. Vi como volabas por los aires. Traté de hacer lo que pude antes que el árbol te matara a golpes, así que no me juzgues "por no haberte avisado" —las últimas palabras las dijo tan marcadas que Merlina se sintió culpable de haberlo acusado.

De cualquier manera, no podía ignorar su corazón que le latía con fuerza contra su pecho. Estaba muy nerviosa.

—Eso es todo —finalizó Snape y se paró.

—Espera —le dijo Merlina y fue tras él. Iba dispuesta a darle aunque fuese un beso en la mejilla, pero cuando se giró a mirarla, sus agallas quedaron reducidas a polvo. Se acercó a él de todas maneras y le puso una mano en el brazo izquierdo con suavidad—. Ayer no estaba muy consciente y no te di las gracias como debía. Ahora, lo reitero: Mil gracias… me salvaste la vida.

Con unas ganas de llorar tremendas se fue de allí. ¡Qué tonta era! Si ella le gustara a Snape, se habrían besado el día anterior, o por último en ese instante. Tuvieron miles de oportunidades de tener un acercamiento íntimo, tenía que aceptarlo, pero Severus jamás pareció desear dar otro paso. Merlina tenía claro que no podría olvidarse de él, menos cuando lo ocurrido recientemente sólo había intensificado sus sentimientos por él. Tendría que hacer lo posible para sobrevivir el resto del año, y las próximas vacaciones se inscribiría a terapia intensiva para superarlo.

El último encuentro más cercano que tuvo Merlina con Severus ocurrió durante el partido de Gryffindor contra Slytherin. Ella estaba dentro de las gradas, mirando a escondidas el partido de Quidditch. No tenía muchas ganas de celebrar con nadie los goles de los leones.

—Que escondida estás —le dijo una voz fría a su lado.

Merlina evitó la mirada de Severus, y apenas contestó un "Sí".

—¿Cómo están tus moretones?

—Bien… algo rojos. Eso sí, me duelen casi nada.

Snape asintió, satisfecho. Luego de observarla unos segundos, se retiró.

¿Por qué diablos no le había dicho algo más? ¿Por qué tenía que tener tan poca confianza en sí misma? No podía negar que Craig había tenido mucha culpa de ello, porque la había hecho dudar de todo: de ella, de Severus, de su capacidad de expresarse, de sentir, de amar y ser amada…

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Llegó el mes de diciembre con una oleada de nieve. A esas alturas Merlina ya estaba completamente sana, sin ningún rasguño en su cuerpo, y lo ocurrido aquella noche con el unicornio de mentira había quedado sólo entre Severus, Albus y ella. Draco y sus amigos quedaron de piedra cuando la vieron, a la hora de la cena del mismo día en que Severus le narró lo ocurrido, sana (aparentemente), como si nunca le hubiese pasado nada.

La primera semana completa nevó y se suspendieron las clases de Botánica y la de Cuidados de Criaturas Mágicas. Merlina no paraba de encender fuegos y antorchas, pero, aunque no le gustara, era lo único que permitía que el pudiera caminarse tranquilamente por el castillo, sin morir congelada.

La segunda semana dejó de nevar y se formó una gran pista de hielo en lo que antes era lago. En el preciso momento en que pensaba que le gustaría patinar, en un día sábado, llegaron todos los estudiantes muy abrigados, como esquimales, encantando sus zapatos para deslizarse por el hielo.

—¡Hola! —dijeron unas alegres voces a su lado, sacándola de su envidia momentánea.

—¡Hola, chicos! —una sonrisa se dibujó en su cara—. Ya los extrañaba.

—Sí, bueno, te vimos y no pudimos evitar pasar a saludarte —dijo Ginny—. ¿Te interrumpimos de algo?

—No me interrumpieron de nada, sólo miraba por la ventana. ¿Dónde van, que están tan abrigados?

—Vamos a patinar.

—¿En serio? ¿Puedo ir con ustedes? —le entusiasmaba la idea de deslizarse libremente por el hielo.

—Si te dejan, por supuesto —dijo Harry.

—Excelente... Espérenme abajo. Le preguntaré a Albus, me abrigo y bajo. Y aunque no me deje iré de todas formas, porque hace años que no patino. Necesito un descanso mental.

Los muchachos siguieron por su camino y Merlina hizo esas dos cosas en cinco minutos. Albus le dio permiso sin dudarlo siquiera.

Merlina, que estaba más que feliz, corrió a ponerse su chaqueta esponjosa y salió corriendo nuevamente. A mitad de camino se encontró con Snape.

—¿Dónde vas? —le preguntó curioso mirándole la chaqueta.

—¡A patinar! —le contestó sin parar de correr y sin importarle su intromisión.

Snape se detuvo, luego dio media vuelta y fue tras ella, rodando los ojos y gruñendo.

—¡Llegué! —anunció Merlina alegremente a los muchachos—. ¿Vamos?

—¡Sí!

Los cinco encantaron sus botines para que se pudieran deslizar con facilidad. El lago, que era grande, se había hecho algo pequeño. Estaban casi todos los estudiantes presentes. Ella era la única colada del personal.

Era fabulosa la sensación de estar sobre el hielo. Con el viento en la cara, era como volar. De vez en cuando se tomaba del brazo de Ginny o Hermione y patinaban un rato juntas. Hicieron un par de rondas también. Era divertidísimo. Hace tiempo que no hacía una actividad de ese tipo, era completamente satisfactorio, un golpe de energía.

Divisó al grupito de Draco Malfoy en un momento, quienes estaban patinando en un rincón. Pansy Parkinson chillaba como loca para llamar la atención y que vieran sus volteretas. Draco miró a Merlina; Merlina arqueó las cejas. Draco fue donde Pansy y le susurró algo al oído; ella sonrió con malicia.

—El puerco de Malfoy no para de hablar de mí, ¿eh? —dijo a Ginny.

—No le hagas caso.

—Eso intento.

Se soltó de su brazo y patinaron a distancia.

—Daré la vuelta completa —dijo Merlina—. La última vez que patiné aquí tardé tres minutos en dar la vuelta, a ver si hago un nuevo récord.

Hermione rio. Salió como un rayo y comenzó a patinar por alrededor. Dio la vuelta sin problemas, pero no tenía reloj, así que no calculó el tiempo. Iría a decirles a los chicos que le tomaran el tiempo. Patinó hacia el medio, pero antes de que los alcanzara, recibió un fuerte empujón en el costado y se precipitó hacia abajo. Por un momento pensó que caería duramente sobre el hielo y alcanzó a colocar los brazos cruzados para darse de bruces, pero lo atravesó directamente con un gran crujido. Debía de haber estado justo en la parte débil del hielo.

Esa fue una sensación mucho peor que una fractura de costillas o una rama enterrada en la pierna. El frío del agua era inexplicable. Antes de hundirse por el peso de la ropa escuchó gritos por todos lados y una que otra carcajada. Trató de agarrarse del hielo y divisó cómo salían de la pista porque creían que se iba a trizar. Se resbaló y volvió a hundirse. Sabía nadar perfectamente, pero el frío calador de huesos le quitaba la fuerza y la paralizaba. Al tercer intento de salir, vio a Snape ante ella, quien le agarró los brazos y la sacó con bastante dificultad, porque la chaqueta, las botas y toda la ropa pesaban un octavo de su peso.

Se abrazó a Snape. Necesitaba calor. Snape se separó de ella con brusquedad y trató de hacerla caminar.

—No... —susurró y volvió abrazarlo—. Tengo mucho frío...

—No puedo ayudarte si no me sueltas. Me estoy entumiendo yo también.

Merlina hizo todo el esfuerzo del mundo para caminar sin abrazar al hombre. Snape la tiraba del brazo. La mayoría la miraba con preocupación, ya habían cesado las burlas. Merlina se miró una mano: estaba completamente morada. ¿No era su color favorito? ¡Qué ironía!

—¡Parkinson, vaya donde el director inmediatamente! —le espetó Snape a la chica borrándole la sonrisa de la cara de dogo.

A Merlina se le hizo eterno el camino a las puertas del castillo y creyó que el cerebro se le estaba congelando. La cabeza le palpitaba. Ralentizó el paso por la poca respuesta que estaban dando sus músculos.

—No sé... —susurró—. No sé por qué siempre... apareces en los momentos... menos oportunos...

—Cuando sales del colegio representa peligro, especialmente si vas a estar entre alumnos. Vamos, haz un último esfuerzo, falta poco.

Snape le pasó un brazo por el hombro cuando llegaron al Vestíbulo —a todo eso, Pansy ya había desaparecido, antes que ellos, por la escalera— y con el otro la afirmó una mano, como si eso fuera suficiente para hacerla entrar en calor.

Fueron hasta su despacho. Snape apuntó la chimenea y le prendió fuego. Colocó a Merlina en frente de la chimenea.

—Alé… aléjame del fuego —rogó e intentó correrse, pero las piernas no le respondían.

—No, quédate aquí —Snape la afirmó por los hombros— ¿cómo quieres entrar en calor?

—Me puedo in… incendiar —balbuceó angustiada, con los dientes apretados, sin dejar de temblar.

—No lo harás, porque estás empapada —argumentó él, pero Merlina trató de dar un paso hacia atrás.

—N-No… por-favor —suplicó.

—Entonces, ven —la voz de Snape sonó suave, casi comprensiva, y no exasperada como otras veces.

La ayudó a sentarse en la butaca que estaba junto al fuego y se arrodilló junto a ella tomándole una mano y mirándola evaluadoramente.

—¿Estás mejor?

Merlina asintió. Apenas sentía la mano de Severus, pero eso la había hecho relajarse y sentir el calor más sabroso de su vida. El calor del fuego la había llenado. No quería salir de allí. No era tan terrible después de todo.

Snape le soltó la mano y comenzó a desabrocharle la chaqueta, que se la sacó a duras penas, porque ella no podía mover los brazos. Los tenía completamente dormidos. La chaqueta todavía estilaba.

—¡Esto pesa como cinco kilos! —exclamó asombrado y la colgó en una percha. Luego le quitó los botines y los dejó al lado del fuego.

Merlina no podía contestar, donde le castañeaban los dientes.

Snape apuntó a la joven con la varita y comenzó a lanzarle chorros de aire caliente para ayudar a que se secara. Merlina poco a poco se sentía mejor, pero la cabeza le dolía.

—A ti no se te puede dejar sola entre los estudiantes —le expresó Snape apuntándole la espalda.

—Ti-tienes u-un sexto se-sentido —tartamudeó todavía con frío, y era tanto, que ni siquiera sentía nervios. Quizá sólo un poco, cuando profesor tanteó su ropa para ver si seguía mojada.

—Bien. Ahora estás seca —comentó y guardó su varita. Luego hizo aparecer una manta peluda y se la acomodó encima—. Te llevaré donde Madame Pomfrey, vamos.

La ayudó otra vez a ponerse de pie y caminar, tomándole una mano, pero esta vez se demoraron más en llegar al destino. La enfermería quedaba mucho más lejos. Merlina se sentía tan cómoda a su lado, con un brazo de él sobre sus hombros, en su calor, oyendo su respiración tan cerca de la de ella, sintiendo ese sutilísimo olor a perfume… Pero él no mostraba tener intenciones siquiera de abrazarla, de abrazarla de verdad…

Merlina comenzó a quedarse dormida con la cabeza acurrucada bajo la barbilla del profesor, deteniendo el paso.

—Morgan, no. No te duermas —saltó él cuando notó que su cabeza había dado una sacudida brusca hacia abajo. Merlina parpadeó y se reacomodó, confundida.

—Me siento muy agotada —argumentó ella.

—Ya llegamos casi. Descansarás en la enfermería.

Merlina hizo un esfuerzo por ir consciente el resto del camino.

—Buenos días, profesor Sn... ¿Qué le ha ocurrido a la señorita Morgan?

Ya habían llegado a la enfermería. Pomfrey estaba ordenando el botiquín.

—Cayó al agua del lago. Está entumida —contestó Severus y la dejó acomodada en la camilla.

—Pobre chica —comentó la enfermera y se aproximó con otra manta, porque una pareció no ser suficiente—. Siempre he dicho que es mala idea patinar en el lago.

—Me e-empuja-jaron —se defendió Merlina dirigiéndole una mirada de enojo a Severus, quien aún estaba a su lado—. Estaba patinando de lu-lujo.

—De todas formas... No se preocupe, profesor. Pasará mínimo unos cuatro días en cama; de seguro agarraste un resfriado —dijo lo último mirando a Merlina.

Snape se fue y a ella se le hizo entrega de un pijama seco y cómodo para que se lo cambiara tras las cortinas. Luego Poppy la obligó a acostarse y le dio un vaso de poción Pepperup para intentar prevenirle la gripe.