Nota Autora: las conversaciones escritas en cursiva son conversaciones en élfico, he tenido que redactarlo así porque no he encontrado ningún traductor y escribirlo con la gramática es increíblemente complicado.
5º Curso. Capítulo 8
-¡No puede hacer eso! –gritó Johnny- ¡No puede expulsarla de su único hogar! ¿Qué será de ella?
-Si la expulsa a ella, nos expulsa a todos –se plantó Lisa con decisión.
-La señorita McWilliams ha tomado su decisión –les dijo el director con seriedad- Y ha de aprender a enfrentarse a las consecuencias.
-¿Pero a qué viene esa estupidez? –se quejó Grace- ¡Mark ha tenido muchas más infracciones y apenas ha estado expulsado una semana! ¿A qué viene ese repentino ensañamiento?
-Señorita Matthew, modere su tono –la cortó con seriedad-. Esta conversación ha terminado, pueden retirarse a sus salas comunes.
Ninguno de los cuatro se movió del sitio.
-Chicos, largaos –les pidió Elyon, blanca como el mármol-. Ya veréis cómo al final no será tan malo.
-Pero… -insistió Johnny.
-¡Fuera! –rugió con voz firme.
A regañadientes salieron del despacho, Snape los siguió para asegurarse de que salían y no cambiaban de idea a medio camino. Dumbledore esperó a que se cerrara la puerta antes de dirigirse de nuevo a Elyon.
-Recoge tus cosas, quiero verte aquí con tu baúl en una hora –le dijo sin rodeos.
-Señor… -sollozó ella.
-Ni lo intentes. Ya te lo advertí y no voy a darte más oportunidades. No vas a tener más privilegios que cualquier otro alumno del colegio –la cortó el anciano.
Snape frunció el ceño, esa frase le sonaba de algo.
-¿Y a dónde iré?
-Lo sabrás en una hora –con un ademán la invitó a salir-. Y Elyon –la chica se giró esperanzada en un posible cambio de opinión-, deja a Eizen aquí.
-¡No! –le suplicó- ¡Eso no! Por favor deje que me lo lleve.
-No. Tu castigo no es solo la expulsión, se te prohíbe hablar con tus amigos. Así podrás reflexionar sobre todo lo ocurrido y en si realmente debes dejarte arrastrar por los demás.
La semielfa despegó los labios para hablar, pero sabía que discutir solo empeorarías las cosas, y ya estaban bastante mal. Así que salió del despacho con paso tambaleante, llorando en silencio.
-Albus, no creo que hayas tomado una buena decisión –le dijo Snape, preocupado.
-No puede dejar que los demás la manejen a su antojo. Ha de aprender a mantenerse firme en sus decisiones.
-Pero aún es apenas una cría, y esto es muy… radical. El colegio es su único mundo ahora. Antes de castigarla así, deberías explicarle realmente porque es tan importante que aprenda a ser firme, porque no creo que lo entienda así, sin más.
-No puedo explicárselo, ya lo sabes. Aún es muy pronto –suspiró Dumbledore- Es demasiado joven.
-Ella es demasiado joven para conocer la verdad, pero yo no lo soy para ser agente doble, profesor en Hogwarts, Jefe de Casa y Protector -el chico lo fulminó con la mirada- ¿De verdad te autoconvences así? ¿Con esa pobre excusa? -inspiró profundamente, controlando su enfado creciente-. La conozco lo suficiente para saber que esto no va a acabar bien, y tú también deberías ser capaz de verlo –finalizó Snape saliendo del despacho, cerrando la puerta con fuerza.
…..
Elyon entró en su habitación llorando sin consuelo. No podía creerlo, y tampoco quería. Se sentó en la cama intentando serenarse. Siempre se había quejado por tener que estar encerrada en el castillo, pero ahora que iba a salir de allí, estaba aterrada ¿A dónde la enviaría Dumbledore? ¿Le proporcionaría otro hogar o simplemente la pondría de patitas en la calle? ¿Quién la protegería de los mortífagos? ¿Acaso iba a permitir que Snape abandonara el puesto de profesor por una temporada? Sintió alivio al pensar que seguramente el joven se encargaría de ella.
Pasados unos minutos consiguió calmarse lo suficiente para poder pensar con claridad. Dumbledore no iba a echarla a la calle, no se había pasado más de un año sobreprotegiéndola de todo para abandonarla ahora a su suerte. Así que fuera a dónde fuera, estaría a salvo. Y no estaría sola, si Snape no la acompañaba, sería Remus. Lo que verdaderamente le angustiaba era tener que dejar a Eizen en la escuela y el no poder escribir a sus amigos, aunque esto último intentaría solucionarlo de algún modo. Comenzó a recoger sus cosas. Parecía mentira todo lo que había acumulado en apenas un curso escolar.
Cuando estaba acabando, la puerta se abrió. Lisa se asomó con preocupación.
-Te estábamos esperando en la Sala de los Menesteres, creíamos que irías allí –le dijo.
-No. Dumbledore me ha dado una hora para que recoja mis cosas –musitó ella evitando mirarla a la cara-. Iba a decíroslo antes de irme… si me daba tiempo.
-¡¿Una hora?! –Lisa la miró horrorizada, intentando no echarse a llorar- ¡Tiene que haber alguna manera de evitar esto! ¡No pienso permitir que te expulsen! ¡No fue culpa tuya!
-¡Sí que lo fue! –se exasperó la semielfa- Le seguí la corriente a Johnny y preparé esa poción.
-¡La culpa es de Mark y de Johnny! ¡Siempre con ese estúpido tira y afloja!
-¿Y qué quieres que haga? ¿Qué le eche toda la culpa a Johnny? No. Sois mis amigos, mi familia. Pienso protegeros, y no voy a dejar que por culpa de un gilipollas como Mark, que la tiene tomada conmigo, echéis a perder vuestro futuro.
-¿Y qué pasa con tu futuro? –su amiga empezó a llorar.
-Mírame Lisa –le dijo Elyon con calma cogiéndola de los hombros-. Soy una semielfa sin hogar y sin familia. Mi futuro no puede empeorar mucho más.
La morena la abrazó con fuerza, llorando.
-Eres idiota –sollozó-. Sabes de sobra que sí tienes una familia. De verdad que no pararé hasta que te readmitan.
Elyon sonrió aliviada al saber que sus amigos siempre iban a estar apoyándola.
-Esto es algo temporal. Dumbledore no me expulsará mucho tiempo. Si ni me deja ir a Hogsmeade sin escolta –bromeó ella rompiendo el abrazo- ¿Te puedo pedir un gran favor?
-Puedes pedirme lo que sea –contestó Lisa más calmada, secándose las lágrimas.
-¿Cuidarás a Eizen? No te dará mucho trabajo, con una chuchería lechucil al día y unas caricias ya le es suficiente.
-¿No se va contigo? –la morena la miró preocupada, sabía lo unida que estaba al halcón.
-Dumbledore no me deja. No quiere que os escriba mientras esté expulsada –le explicó.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿No tiene suficiente con echarte del castillo? –la gryffindor se indignó.
-Parece que no –suspiró ella-. Pero descuida, me las apañaré para haceros llegar alguna que otra carta. ¡Ah! Y necesito que envíes una tableta de chocolate a esta dirección una vez al mes con uno de los cuervos de la lechucería –corrió a escribir en un trozo de pergamino-, por si mi expulsión se alargara.
Le entregó la dirección.
-¿Azkaban? –Lisa la miró sin entender.
-Te lo explicaré cuando vuelva.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y ambas dieron un respingo.
-Tu hora se acabó –Snape la miraba con seriedad desde la puerta.
-Aún no he terminado de recoger –se quejó ella.
-Haber sido más rápida –se limitó a contestar el chico con frialdad.
Elyon se apresuró a meterlo todo en el baúl con la ayuda de Lisa. Ambas se despidieron con un abrazo.
-Dile a los demás que siento no haberme podido despedir –le dijo con una sonrisa triste.
A Lisa le costó soltar la mano de la semielfa cuando esta se dispuso a salir arrastrando su baúl.
Cuando bajó las escaleras se encontró con las miradas curiosas y preocupadas de sus compañeros de Casa. Ya no solo por verla salir de allí con su baúl, si no por estar escoltada por el jefe de la casa Slytherin.
-Elyon, ¿qué pasa? –preguntó Sharon preocupada, acercándose a ella.
La semielfa negó con la cabeza fingiendo una sonrisa con los labios apretados, para que no se preocupara. Sentía ganas de echarse a llorar, pero prefirió salir de allí con la cabeza alta. Sabía que al día siguiente todo el colegio sabría que la habían expulsado por el accidente de Mark, y no quería que contaran que se fue llorando sin consuelo.
Snape y Elyon llegaron al despacho del director sin haber cruzado palabra alguna, ni siquiera se miraron. Cuando entraron en el despacho a la chica le dio la impresión de que estaba más oscuro de lo habitual. De pie frente a la chimenea estaba el director, acompañado de un hombre joven, que aparentaba rondar los treinta años. Su piel era muy oscura y tenía la cabeza afeitada, era ancho de espaldas y muy corpulento.
-Elyon, este es Kingsley Shacklebolt, miembro de la Orden del Fénix. Él se encargará de protegerte mientras estés expulsada del colegio, y también se encargará de tus clases particulares.
-¿Él? –la chica se llevó una desagradable sorpresa- Yo pensaba que Snape…
El chico la miró de reojo, con un deje de tristeza en su expresión.
-El profesor Snape no puede abandonar su puesto de trabajo –la cortó Dumbledore.
-¿Y Remus? –insistió la joven.
-Tiene el mismo problema. Y de igual manera, la prohibición de hablar con tus amigos se extiende a él.
-¡Eso no es justo! –se quejó ella.
-Me da igual lo que creas justo. No estás en posición de exigir –Dumbledore aumentó su tono de voz sin llegar a gritar.
Elyon apretó los labios con rabia. Aquel castigo pintaba de cada vez peor.
-Como ya te dije, estarás expulsada hasta nuevo aviso. Sin embargo, seguirás estudiando el contenido de los cursos anteriores del que aún no te has graduado, y vendrás a las clases de Defensa –explicó el director, la joven frunció el ceño, extrañada por esa decisión de seguir estudiando, ¿quería decir aquello que muy pronto sería readmitida?- Sobra decir que espero que no intentes ponerte en contacto con tus amigos, o el castigo se endurecerá. Ahora coge tu baúl.
Kingsley entró en la chimenea y lanzó un puñado de polvos flu.
-Tu turno –le dijo el anciano.
Obedeció a regañadientes. Colocó con cuidado el baúl junto a ella. Acto seguido el director le ofreció un tarro lleno de polvos flu.
-Callejón Diagón –le indicó.
Entre las llamas verdes, miró a Snape. Le pareció que la miraba con desazón, aunque si en algún momento había estado en desacuerdo con la decisión de Dumbledore, no se molestó en demostrarlo.
El Caldero Chorreante se materializó ante ella. Kingsley la ayudó a salir de la chimenea y cargó con su baúl. Acto seguido le colocó al cuello un colgante, de madera, con unas extrañas runas grabadas.
-Te acompañaré a tu habitación –le dijo.
-¿Es aquí dónde nos vamos a quedar? –preguntó ella sorprendida, examinando el colgante.
-Sí, no hay mejor escondite que el que está a plena vista. Y además siempre hay gente alrededor, eso disuade mucho –le explicó.
-Permíteme dudarlo –musitó ella acordándose de lo que ocurrió en el camping el verano pasado.
-Con ese colgante, nadie te reconocerá. Tiene un conjuro que hace que los demás tengan una percepción distorsionada de ti. No pueden memorizar tu aspecto, y aunque consiguieran recordar algún detalle, no será exactamente el real. Además, camufla tu rastro de magia élfica, así que no has de preocuparte por hacer magia, ya que no podrán encontrarte rastreando. Aun así, limitaría la magia a lo necesario, prefiero no tentar a la suerte.
-¿Y tú si puedes verme tal cual soy? -la joven lo miró extrañada.
El hombretón sacó de dentro de su camisa otro colgante de madera, con unas runas diferentes. Elyon asintió con resignación.
-Vamos, te ayudaré a instalarte -le dijo cogiendo de nuevo el baúl-. Y espero ser un buen profesor para ti. No te negaré que hace bastante que acabé mis estudios en Hogwarts, espero acordarme de todo, o tendrás que darme tú las clases.
Elyon torció una sonrisa, siguiéndolo hacia el piso superior. Kingsley parecía un hombre agradable que simplemente se limitaba a hacer su trabajo. La habitación en la que entraron era pequeña, apenas tenía una cama, un escritorio y el sitio justo para su baúl. La puerta junto a la cama llevaba a un minúsculo baño. No estaba muy segura de cómo iba a poder practicar en esa habitación todos los hechizos. La semielfa se acercó a la ventana. Podía ver el ir y venir de los magos y brujas por el Callejón Diagón, aunque no alcanzó a ver el pequeño vivero donde trabajaba Remus.
-Si necesitas algo, estoy en la habitación de la izquierda –se despidió el hombre.
Elyon se quedó sentada en el alfeizar de la ventana un rato más, asimilando lo ocurrido ¿Aquel iba a ser su nuevo hogar? Se sentía como un pájaro enjaulado, sin sitio para estirar las alas. Se acordó de Eizen… apenas había pasado una hora desde el comienzo del castigo y ya lo echaba de menos, aunque estaba segura de que el halcón la encontraría, como hacía siempre.
Kingsley la fue a buscar para ir a cenar. Al bajar vio que apenas había gente, solo unas diez personas repartidas aquí y allá. A la chica le resultó bastante deprimente.
…..
Los alumnos de Hufflepuff aún no se creían que el temido profesor de Pociones estuviera en su Sala Común. Toda la alegría y calidez de la sala parecía haberse evaporado. Nadie se atrevía a hablar.
-¿Dónde está el señor Tonitini? -preguntó en un susurro que destilaba ira contenida.
Los estudiantes se miraron entre ellos, temerosos.
-No está aquí -contestó uno de los Prefectos- No ha venido en todo el día.
Snape lo fulminó con la mirada, y el joven pensó que acabaría castigado por haber tenido el valor de responder. Pero en vez de eso, el profesor de marchó de allí con rapidez y su capa ondeando furiosa tras él.
…..
Johnny caminaba pisando fuerte entre las estanterías de la biblioteca. Lo encontró donde siempre. Sin contenerse en absoluto se acercó a él, lo levantó de la silla cogiéndolo por el cuello de la túnica y lo estampó contra una de las estanterías, con tanta fuerza que esta se tambaleó ligeramente.
-Hijo de puta -le dijo con los dientes apretados.
-¡Eh, Eh! ¿Pero qué cojones haces? -le dijo Strings confuso y asustado a partes iguales.
-¿Qué coño me has vendido? -le preguntó sin soltarlo.
-¿Yo? Joder, la poción que me pediste.
-Y una mierda -evitó gritar para no llamar la atención de la bibliotecaria-. Mark casi se mata, me has vendido un maldito Inhibidor.
-¿Qué? ¿Pero de qué hablas? -el ravenclaw de cada vez estaba más perdido.
-Preparamos la poción con la receta que nos enviaste, y ha resultado ser un Inhibidor. Mark se ha tirado por unas putas escaleras. Y no me importaría de no ser porque han expulsado a Elyon -le explicó muy cerca de su rostro, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no partirle la cara ahí mismo.
-Yo aún no te he enviado nada, te dije que como mínimo tardaría dos semanas en conseguirte el libro.
-De eso nada. Hace una semana me llegó una de tus lechuzas con el libro "Pócimas y Brebajes Johnstone Volumen dos"
-Te aseguro que yo no te he llegado a enviar el libro -Strings lo empujó y finalmente se liberó-. Joder, ¿Mark se ha tirado por las escaleras? Por eso te inflé el precio de la poción, no quería tener nada que ver con vuestra rencilla. Ese tío no está bien de la cabeza, y al final conseguiréis que me enmarronen a mí.
Metió una mano en su bolsillo y dejó en la mesa dos galeones de oro con un golpe sordo. Acto seguido recogió sus cosas y se echó la bolsa al hombro para irse.
-Ahí tienes tu dinero. Yo no quiero saber nada -le dijo con seriedad-. Te la han jugado, y bien además. Me desentiendo completamente.
Johnny lo vio marchar completamente descolocado. Si él no le había enviado el libro, entonces ¿quién? ¿Mark? ¿Cómo sabía ese asqueroso slytherin lo que estaba tramando?
Al salir al pasillo vio como hasta él se dirigía una imponente figura vestida enteramente de negro. Se acercaba hecho una fiera, parecía más alto de lo que realmente era.
-Tenemos una conversación pendiente, Tonitini -le dijo en un susurro que le heló la sangre-. Y quiero ese libro, ahora.
Él se limitó a asentir tragando saliva.
Snape revisó el libro de pociones avanzadas, páginas a página, por tercera vez. Johnny se mantenía de pie frente a él, casi sin respirar. El profesor en esos momentos no parecía ni recordar que estaba allí. Releyó de nuevo las instrucciones del filtro Timur Fugit. Alguien había modificado ese libro, esa receta era de un Inhibidor. Sacó su varita.
-Revelio -musitó.
Johnny observó con atención.
La punta de la varita se iluminó con un tenue resplandor azulado. Apuntó a la hoja del libro y esperó. A los pocos segundos empezó a dibujarse una línea azul brillante en la hoja, siguiendo de forma irregular la línea de cosido. Esa página estaba colocada ahí con magia, fingiendo ser una más del libro. Y bajo el título de la poción, apareció otro: "Poción Inhibidora". Dibujó una pequeña sonrisa de triunfo. Efectivamente alguien había modificado el libro.
-¿Quién te lo ha dado? -Snape alzó la vista y la clavó en Johnny.
-Mark.
El profesor entornó los ojos.
-¿Perdona? -alzó una ceja, visiblemente confuso.
-Me lo ha enviado Mark haciéndose pasar por otro. Quería que esto pasara -le dijo con seriedad.
-¿Y tienes pruebas?
El chico bajo la mirada apretando los labios con enfado, y negó con la cabeza.
-Entonces largo de mi vista -le dijo con frialdad-. Pero si en algún momento, encuentras algo, quiero que me lo digas. De inmediato.
Johnny lo miró frunciendo el ceño.
-Creo que nos conocemos lo suficiente para saber que tú no te vas a quedar de brazos cruzados esperando a que Dumbledore decida readmitir a Elyon, mientras Gambon se pasea por Hogwarts como si nada -lo miró con seriedad-. Y tú sabes que yo voy a esforzarme en encontrar a quién ha sido tan listo como para que tú, Tonitini, el cerebrito de Hufflepuff, sea tan imbécil como para preparar pociones a escondidas en el colegio, a sabiendas de que está prohibido, causando la expulsión de tu amiga y mi protegida. Elyon también es mi responsabilidad -se levantó de su escritorio y se acercó a él-. Así que más te vale tenerme informado, o te juro que juntaré todo ese rencor que tanto te has esmerado en que te tenga, putada tras putada, y haré que te arrepientas de haber puesto un solo pie en este colegio -se inclinó hacia él hasta que sus narices casi se tocaron- ¿Queda claro?
-Sí… Snape -lo miró desafiante.
El profesor lo miró con una mueca de desagrado y salió de allí. Johnny se sorprendió de que lo dejara solo en su despacho, sabiendo que podría prepararle alguna desagradable sorpresa a su regreso. Pero el chico ahora mismo tenía otras cosas en la cabeza, así que también salió de allí. Tenía que enmendar lo que había hecho.
…..
Snape entró en la Sección Prohibida de la biblioteca. Estaba seguro de que la poción había salido de allí, ya que creía en las palabras de Tonitini. El discurso de Dumbledore sobre privilegios le hizo recordar la conversación con el slytherin. De algún modo Gambon había orquestado todo aquello, bajo las narices del director y todo el profesorado. Y eso lo cabreaba sobremanera, sobre todo después de haberlo advertido en su momento. Ese chico era retorcido, y había desarrollado una fijación enfermiza por hacerle la vida imposible a Elyon.
Repasó los libros que hablaban sobre pociones. No faltaba ninguno, es más, por la cantidad de polvo que acumulaban, era obvio que no los habían tocado en meses. Pero estaba seguro de que la receta de la poción había salido de uno de esos libros. Se apoyó en la estantería de madera oscura y suspiró. Frustrado. Ladeó la cabeza, mirando distraídamente la entrada de la Sección Prohibida. Intentado pensar con claridad. Se estaba dejando llevar por sus emociones, por la rabia de ver como habían arrancado a la chica de su lado. Y así no llegaría a ninguna parte. Debía calmarse y pensar con frialdad, como había hecho desde que Lily salió de su vida tras finalizar su quinto curso en Hogwarts. Y mirando hacia ningún lado en particular, lo vio. Había un libro que sobresalía ligeramente entre los demás. Era algo tan sutil, que de frente no se podía apreciar. Pero conocía de sobra lo neurótica que podía llegar a ser Pince, todo debía estar cuidadosamente colocado, todos los libros debían tener sus lomos perfectamente alineados para facilitar la lectura de los títulos. Ese libro había sido manipulado hacía muy poco, ya que la bibliotecaria los revisaba y recolocaba constantemente.
Con mucho cuidado, sacó el libro de la estantería, y comprobó que podía extraerlo sin dejar surcos en el polvo de su estante. Ese libro, del mismo tamaño que el de pociones avanzadas que le había dado Tonitini, no era exactamente de pociones, pero hablaba sobre magia y derivados destinados a controlar las mentes y voluntades de los demás. Pasó las páginas con rapidez, hasta ver que faltaba una, que había sido arrancada recientemente. La zona de rotura del papel no estaba amarillenta aún por el transcurso del tiempo.
Cerró el libro con una sonrisa triunfante y salió de la Sección Prohibida, con él bajo el brazo. Ya tenía dos piezas del rompecabezas, ahora solo tenía que encontrar las demás para poder traer a Elyon de vuelta.
…..
Despertó desorientada, hasta que recordó que ya no estaba en el castillo. Kingsley no resultó ser mal profesor. Le explicaba las cosas con claridad y tenía paciencia. Pero no hablaba mucho e intentaba mantener las distancias, por orden de Dumbledore. Y tampoco pasaba toda la mañana con ella, algunas de las asignaturas consistían simplemente en leer los libros, y podía hacerlo sola. Así que cuando no le daba clase, se pasaba las horas dando vueltas por la pequeña habitación, aburrida y frustrada a partes iguales. El tiempo pasaban con una lentitud exasperante. A la hora de comer el Caldero Chorreante se animó, había mucha más actividad, ya que los trabajadores del Callejón Diagón iban allí a comer. Eso le dio una idea a Elyon. Se acercó a la barra y llamó al dueño del negocio.
-Disculpe, ¿sabe si regularmente aparece por aquí un chico joven, castaño con algunas canas? Trabaja en el vivero del Callejón Diagón.
-¿Remus? –preguntó el hombretón alzando una ceja, ella asintió con una sonrisa- Suele venir a comer por aquí, pero más tarde.
-Si le dejara una nota para él, ¿se la entregaría? –le pidió esperanzada.
-Por supuesto –sonrió el dueño.
Elyon volvió a su habitación con paso alegre, y se apresuró a escribir una carta a Remus y otra a sus amigos. Luego lo metió todo en un pequeño sobre y lo escondió en uno de los cajones del escritorio. Le dio el sobre al tabernero tras la cena, se lo entregó con todo el disimulo posible. Con suerte se lo entregaría a Remus al día siguiente, y él se encargaría de hacer llegar la otra carta a sus amigos, tal y como ella le había pedido.
Dos días más tarde obtuvo su esperada respuesta. En las dos cartas la animaban a no desesperar, ya que estaban seguros que el castigo no duraría más de un mes.
…..
Snape entró en el pequeño negocio acompañado del sonido de la campanilla que anunciaba un nuevo cliente. Un hombre de cara afable, que había estado colocando libros en las estanterías, se acercó a él.
-¿En qué puedo ayudarle?
-Verá, vengo de parte de Joshep Johnstone, autor de "Pócimas y Brebajes Johnstone Volumen dos" -se presentó-. Nos han informado de una errata muy grave en la última edición del libro.
-¿Qué tipo de errata? -preguntó curioso el librero.
-Por lo visto en la imprenta se traspapelaron páginas de dos libros de pociones diferentes. El otro libro contenía recetas muy avanzadas, algunas de ellas penadas en Azkaban si se utilizan sin autorización del Ministerio -el dependiente palideció-. Y como sabe, este libro -sacó el ejemplar de la bolsa que llevaba al hombro-. Se vende a estudiantes de Hogwarts y primeros cursos de las escuelas superiores de alquimistas. Es prioritario encontrar todos los volúmenes vendidos y sustituirlos por los que se imprimieron correctamente. Johnstone está realmente preocupado, al igual que la imprenta.
-Por supuesto, por supuesto -se apresuró a contestar el librero.
-Necesitaría que me diera el registro de los libros que ha vendido en la tienda y enviado vía lechuza en el último mes -le pidió Snape, con tono amable.
-Ammm… Pero eso es información confidencial de mis clientes -el hombre se mostró reticente.
-Por favor, necesitamos esa información. Si alguna de esas pociones prohibidas se realizan en un centro de enseñanza y ocurre una desgracia, serán los aurores los que se presenten aquí. Y muy desgraciadamente Johnstone y yo tendremos que declarar que usted no quiso colaborar en su momento, pudiendo haber evitado dicha desgracia -el chico lo miró con frialdad, perdiendo toda amabilidad.
-Tiene… tiene razón -musitó el librero, con algo de temor ante aquella mirada-. Pero necesitaré algunos días para revisar los registros.
-Mándame la lista a esta dirección -Snape le dio un pergamino.
-¿Hogwarts? -el hombre miró la dirección extrañado.
-Ya le dije que estos libros los utilizan estudiantes, algunos de ellos menores de edad -se limitó a contestar, dando a entender que así habían descubierto la errata.
El joven profesor salió del negocio cerrando más su abrigo, para resguardarse del frío. Aquella era la última librería de la lista que había elaborado. Veintiuna en total, repartidas a lo largo de las Islas Británicas. Suspiró con cansancio. En todas había soltado el mismo cuento, y así había conseguido la colaboración de los propietarios. Ahora tenía que esperar a que comenzaran a llegarle los nombres de los compradores en los próximos días, y cruzar dedos porque en una de esas listas apareciera el nombre de Mark Gambon. Aunque una parte de él le decía que no iba a ser tan sencillo. Por desgracia, ahora mismo no podía hacer mucho más. Venía la parte que más detestaba: la espera.
…..
El primer mes de expulsión se acercaba a su fin, y Elyon no había recibido por parte de Dumbledore ninguna noticia, comentario o insinuación sobre su retorno al colegio. Tras la cena se acercó a la barra del Caldero Chorreante fingiendo pedir una jarra de leche caliente. Junto a la jarra el tabernero le entregó un pequeño sobre.
Al darse la vuelta se topó con Kingsley, con disimulo intentó esconder el sobre en el bolsillo trasero de sus vaqueros.
-¿Te llevas lectura a la cama? –le preguntó el hombre de tez oscura, con mirada severa.
-¿Lectura? –ella fingió desconcierto.
-Te agradecería que no me tomaras por tonto. Dumbledore me ha comentado la facilidad que tienes para escabullirte de los castigos.
-Por favor, Kingsley –le pidió ella con ojos lastimeros, sabía que la había descubierto y que intentar mentirle no serviría-. Solo es una nota de nada.
El hombre alargó la mano sin cambiar su expresión severa. A regañadientes le entregó el sobre, y con rabia vio como la guardaba en el interior de su túnica.
-Esto no va a beneficiarte lo más mínimo –le dijo-. Si fueras lista, habrías acatado el castigo sin más, para evitarte más problemas.
Elyon subió a su habitación con paso airado y se sentó en el alfeizar de la ventana, intentando encontrar el vivero, pero estaba demasiado lejos de la taberna. Desde que llegó al Caldero Chorreante había tenido la esperanza de ver a Remus en algún momento, pero Kingsley nunca la dejaba salir hasta que el chico había vuelto al trabajo. Además el licántropo le comentó en una de sus cartas, que no quería causarle problemas, y que por el momento no quería rondar demasiado el lugar, a no ser que Elyon le pidiera verle con urgencia.
Después de la carta que Kingsley le había quitado, no llegaron más. El hombre se había encargado de recogerlas por ella nada más le llegaban al tabernero, es más, ni siquiera le permitía levantarse de la mesa a no ser que fuera para ir a su habitación. De modo que no tenía forma de avisar a Remus de que la habían descubierto, y de cambiar la forma de hacerle llegar las cartas.
Fue entonces cuando los días en la habitación empezaron a volverse largos, y las semanas interminables. El estar encerrada entre cuatro paredes le quitó el apetito, y a pesar de que dormir hacía los días más cortos, de cada vez le costaba más conciliar el sueño.
Una noche, tras sus clases de Defensa, Kove se le acercó con preocupación.
-Tienes mala cara –le murmuró.
-A nadie le sienta bien estar encerrada todo el día –la joven se encogió de hombros con resignación, y salió de la mazmorra.
El elfo miró a Snape con el ceño fruncido, él negó con la cabeza, por el momento no podía hacer nada para ayudarla. Aún no había conseguido todas las listas de venta de aquel dichoso libro. Acto seguido fue tras la chica.
-Es verdad que estás pálida, e incluso yo diría que más delgada –le comentó.
-¿Ahora me hablas fuera de la clase? ¿Y te atreves a preocuparte por mí? –le dijo ella dolida sin mirarlo- ¿Ahora? Ahora por mí te puedes ir a la mierda.
Snape se mordió la lengua, era cierto que no había hablado con ella más de lo necesario durante toda su expulsión, ¿pero qué se suponía que iba a decirle? No podía ponerla al corriente de que sus amigos no hacían más que dar la lata y sabotear alguna de sus clases para conseguir que la semielfa fuera readmitida. Tampoco quería decirle que estaba casi estancado en sus investigaciones para demostrar su inocencia. Y no creía tener ningún tema de conversación interesante que les hiciera más ameno el corto trayecto de ida y vuelta de su despacho al aula de entrenamiento. Y además si comenzaba a habar con ella, se le haría más duro tener que verla marchar por la chimenea.
Cuando Elyon desapareció tras el fogonazo verde, se sentó frente a su escritorio, allí descansaba el libro manipulado de pociones, el original de la Sección Prohibida, y diecinueve listas de clientes. En ninguna de las cuales aparecía el nombre de Mark o el apellido Gambon. Resopló con fastidio. Necesitaba algún otro hilo del que tirar. Y no quería decirle nada a Dumbledore, el director estaba especialmente tirante con ese asunto. Cada vez que intentaba sacar el tema de la expulsión, recibía como respuesta una mirada airada, dejándole claro que aunque él fuera el Protector de la chica, en ese asunto no tenía ni voz ni voto.
…..
Johnny miraba al profesor de pociones. Tenía expresión cansada, y unas marcadas ojeras. Era obvio que estaba cumpliendo lo que le había dicho, estaba investigando para poder traer a Elyon de vuelta. Pero al mismo tiempo, se le veía derrotado y frustrado ¿Y qué había hecho él todas esas semanas? Nada que fuera digno de mención. Había intentado encontrar alguna prueba de que Mark había sido el culpable. Había puesto la oreja para estar atento a todos los comentarios y cuchicheos. Pero no había sacado nada en claro. Los slytherin solo comentaban cómo Mark había estado a punto de matarse y lo que se alegraban de que la elfa loca hubiera sido expulsada antes de que intentara matar a alguien más. Esas palabras le dolieron profundamente. El culpable era él, y sin embargo era Elyon quien estaba cargando con las consecuencias. Para colmo hacía semanas que no sabían de ella, por consiguiente, sabían que la habían pillado enviando las notas, pero no habían sido capaces de idear una manera de hacerle llegar más. Sabían que estaba en El Caldero Chorreante, y pensaron en enviar con lechuza alguna nota, pero al mismo tiempo sabían que debían ir con cuidado. Estaba fuera de Hogwarts, y era más vulnerable a los mortífagos. Lo último que querían ahora es que por su culpa aquellos asesinos la encontraran.
Un búho y una lechuza se posaron en la mesa de profesores, frente a Snape. Ambos animales le entregaron al profesor una carta, que cogió con manos ansiosas antes de irse del Gran Comedor con rapidez, antes la mirada confusa del director y el resto de profesores. Johnny se levantó con rapidez y fue en su busca. Estaba seguro de que esas cartas tenían algo que ver con Elyon.
Lo interceptó de camino a su despacho.
-¡Snape! -le gritó para frenarlo.
Él se giró y lo miró con enfado.
-Estoy ocupado. Si no tienes nada útil sobre Gambon, lárgate.
-Yo… -musitó el chico, y miró al suelo con los labios apretados, inspirando profundamente-. Necesito tu ayuda.
El profesor alzó una ceja, incrédulo. Jamás pensó escuchar algo semejante salir de la boca de Tonitini.
-Estoy atascado, no encuentro nada y… me voy a volver loco si no intento ayudar -le dijo, con un deje de desesperación en la mirada.
Snape lo miró con detenimiento, evaluándolo.
-Ven conmigo -le dijo reanudando el paso con sus características zancadas.
Johnny sonrió y se apresuró en seguirlo. Al entrar en el despacho se sorprendió al ver el desorden reinante en la mesa del profesor. Incluso había varios pergaminos por el suelo. Snape se apresuró en abrir una de las cartas, y le tendió la otra al chico. La abrió imitándolo y se encontró con un pequeño listado de nombres, junto con direcciones y fechas. Escuchó gruñir con frustración a su profesor.
-¿Aparece Gambon en tu carta? -le preguntó con tono ansioso.
-No.
-¡Mierda! -gritó con frustración, dejándose caer en su silla, agotado.
Johnny se acercó a la mesa, y vio que había varios listados más, en los que se habían tachado nombres. Algunos de los listados estaban en blanco o ponía algo parecido a "Sin ventas".
-¿Qué es todo esto? -se atrevió a preguntar.
Si el profesor le había hecho ir, era porque seguramente también necesitaba ayuda. Y viendo su expresión, era obvio que estaba tan atascado como él.
-Todas las personas que han comprado en el último mes el mismo libro que te dieron a ti -respondió escuetamente.
-¿Cómo has…? -el hufflepuff miro todo aquello con asombro.
-Tengo mis métodos -le respondió sin más.
El chico alzó una ceja mirándolo de soslayo. Desde luego su profesor también parecía tener la misma habilidad que el resto de slytherins para mentir y hacer chanchullos.
-¿Te has pateado todas estas librerías? ¡Vaya! -Johnny recopiló todos los listados, y tal como le había dicho, el nombre de Mark no aparecía en ninguno-. Estás tan atascado como yo entonces.
-Gambon no es tan listo… tiene que haber dejado algún cabo suelto -gruñó Snape más para sí mismo que para el hufflepuff-. Necesito que seas sincero y me cuentes quién se supone que te tenía que dar el libro.
El tejón tragó saliva. No quería delatar a Strings. No era mal tío, solo un alumno que se sacaba un dinero extra haciendo favores, aunque algunos de ellos no fueran muy legales dentro del colegio.
-Ya hablé con él. Dijo que no me había enviado el libro, que no le había dado tiempo.
-¿Y tú le crees? -Snape alzó una ceja, escéptico.
-Sí, es alguien legal… por decirlo de algún modo. Lo último que quiere son problemas. No me la jugaría de esta manera, nos llevamos bien -respondió Johnny- Pero de algún modo, Mark se enteró de lo que yo pretendía…
-Es muy probable que ese supuesto amigo tuyo se lo contara.
-¡No! -descartó la idea con un ademán- Nunca delata a sus contactos, tendría que estar muy pillado por los hue… -se quedó callado de golpe.
Ambos se miraron con intensidad. Johnny frunció el ceño con enfado y Snape dibujó una sonrisa de autosuficiencia.
-¿Hablas tú con él o lo hago yo? -le dijo su profesor.
-Ya me encargo yo -gruñó el hufflepuff saliendo del despacho.
…..
Johnny lo interceptó en uno de los pasillos, y con un ligero movimiento de cabeza le dejó claro que quería hablar con él en privado.
-No pienso hacer más negocios contigo -le dejó claro Strings con tono firme.
-Ni yo. Pero necesito más información.
El ravenclaw puso los ojos en blanco.
-Ya te dije todo lo que sé.
-Y una mierda. Te chivaste a Mark, ¿cierto? -el tejón se cruzó de brazos, el chico le sostuvo la mirada-. Voy a ser sincero y claro: Snape está investigando el asunto, y está realmente cabreado, por el momento he conseguido mantenerte al margen, pero si no me contestas, las próximas preguntas te las hará él, y te aseguro que en privado es aún más horrible que en clase.
Strings resopló.
-Le debía una… y simplemente le comenté la poción que querías usar contra él, y que fuera con cuidado con lo que bebía durante las próximas semanas -respondió al fin-. No me siento orgulloso, pero… Tenía que saldar aquello, antes de que se le ocurriera pedirme algo de lo que me arrepentiría.
Johnny le contó aquello a Snape. Por desgracia, no bastaba para incriminarle, aunque desde luego confirmaba sus sospechas, y ahora sabían cómo Mark se había enterado. Igualmente seguían en el mismo punto muerto. Debían seguir investigando.
…..
Casi dos meses después de su expulsión, Elyon se sentó frente al desayuno, miró su bol de cereales y sintió náuseas.
-Debes comer algo, estás muy pálida –le dijo Kingsley con una sonrisa amable.
-No tengo hambre, me duele la tripa –musitó ella luchando contra las náuseas.
-Pues claro que te duele, hace semanas que apenas comes –insistió el hombre-. Sé que estar aquí encerrada es duro, voy a intentar que el profesor Dumbledore relaje el castigo y te dé permiso para ir a pasear por Londres.
-¿De verdad? –ella lo miró asombrada.
-Si comes más y me prometes que no intentarás escaparte.
Elyon sonrió débilmente, entonces la sacudió una fuerte arcada y salió corriendo hacia el baño.
Se sentó en el suelo mareada, junto al retrete, le temblaba todo el cuerpo. Intentó levantarse, pero todo le dio vueltas. No supo cuánto tiempo estuvo allí. Kingsley llamó a la puerta preocupado. Con gran esfuerzo se levantó y fue a lavarse la cara, al levantar la mirada se topó con su reflejo. Era verdad que estaba pálida y demacrada, tenía muchas ojeras, pero por mucho que lo intentara, no conseguía dormir ni comer.
-¿Estás bien? –Kingsley la miró con verdadera preocupación cuando salió del baño.
-No me encuentro bien –gimió ella.
El hombretón le puso una mano en la frente para comprobar su temperatura.
-Estás helada –le dijo sorprendido, tocando también sus mejillas.
-Voy a echarme un rato –le dijo la chica con cansancio.
-Bien, te llevaré una taza de caldo caliente. Y te traeré alguna pócima para asentarte el estómago, creo que te has puesto enferma.
-Gracias –intentó sonreír ella.
Se dejó caer en la cama y se tapó con las mantas, tenía frío y estaba cansada, muy cansada, pero no podía dormir. Sollozó. No soportaba más estar allí sola, sin compañía, sin saber nada de sus amigos.
-Eizen –gimió ella.
Lo echaba de menos, ahora que no estaba a su lado, era como si una parte de ella se hubiera ido, se sentía hueca, y fría, y comenzó a sentir que nada valía la pena, que tal vez fuera buena idea quedarse por siempre en la cama, cerrar los ojos y no volverlos a abrir jamás.
…..
Zelda miró al chico con una ceja levantada.
-¿No te gusta la cena? –le preguntó.
-¿Qué? –Remus alzó la vista hacia ella- Sí, por supuesto, estoy distraído solamente.
-Te preocupa algo –sonrió ella dándole un sorbo a su copa de vino.
-No te voy a engañar –el chico dejó el tenedor junto al plato que apenas había tocado-. Me preocupa mi amiga, hace un mes que no sé nada de ella.
-¿La que habían expulsado? –Zelda alzó una ceja, Remus asintió- ¿No le dejabas notas en el Caldero Chorreante?
-Sí, pero no las está contestando. Todas se las lleva el hombre que la vigila, eso quiere decir que la han descubierto, y ahora no sé cómo ponerme en contacto con ella.
-Pobrecilla, debe de sentirse muy sola –la mujer fingió una mueca de pena, se sentía muy satisfecha de su discreto chivatazo al vigilante de la chiquilla-. Pero tranquilo, seguro que estará bien. Siempre dices que es una chica lista, en nada encontrará la forma de volver a dejarte notas.
-Preferiría que le levantaran la sanción –suspiró el licántropo.
Zelda suspiró también. Obviamente esa velada no iba a mejorar, no mientras el chico siguiera pensando en quién él llamaba "su hermana pequeña". Levantó la mano para pedir la cuenta al camarero. Remus la miró confuso.
-Creo que necesitas ir a dar una vuelta. Cuanto más tiempo estás sentado aquí, más pensarás y te seguirás preocupando –le sonrió-. Y así no ayudas a nadie.
-Tienes razón –el muchacho le devolvió la sonrisa.
Dieron un largo paseo, y el joven, como siempre, se ofreció a acompañarla hasta su casa. Ya en la puerta la despidió con un beso dulce. Pero esa vez Zelda no iba a permitir que se fuera. Le rodeó el cuello con los brazos, acariciándole el pelo de la nuca. Notó como el chico se estremeció unos segundos, entonces se apretó más contra él. El joven rodeó las caderas de la mujer con sus brazos, cediendo a las caricias. Zelda empezó a retroceder hacia la puerta de la casa y buscó el pomo con una de sus manos. Entonces Remus rompió el beso.
-Sarah…. No creo que debamos… -murmuró él.
-¿Por qué? Somos personas adultas que no han de dar explicaciones a nadie –le susurró intentando volver a besarlo.
-Mi situación es complicada –Remus retiró los brazos de la mujer de su cuello-. Yo… yo… -inspiró hondo-. Soy un licántropo.
-¿Y? –ella lo miró con una media sonrisa- No puedes convertirme a no ser que me muerdas una noche de luna llena. Y mientras ni me muerdas ni arañes… todo irá bien, no me contagiarás nada.
El chico la miró sorprendido.
-¿Qué? ¿Qué esperabas? ¿Qué te dijera que eres un monstruo y que no quería volver a verte? –se mofó ella.
-Más o menos.
-¡Qué tontería! Eres tierno, gracioso y me gustas mucho, obviamente no podías ser perfecto –le sonrió con dulzura.
Volvió a juntar sus labios con los de él, y para su sorpresa el chico no se resistió, sino que se rindió por completo abrazándola con fuerza. Los besos y caricias crecieron en intensidad, volviéndose demandantes. Zelda consiguió al fin abrir la puerta, saltó y él la cogió a horcajadas, mientras la mujer lo rodeaba con sus piernas, sintiendo la creciente erección del chico, mientras seguía besándola, entrando en la oscura casa.
…..
Se despertó con el sonido de un repiqueteo. Adormilada, se dirigió a la ventana para dejar entrar a Eizen, pero lo único que entró fue una ráfaga de aire frío. Entonces recordó que no estaba en Hogwarts, y tuvo ganas de echarse a llorar.
El repiqueteo continuó. Alguien llamaba a la puerta. La abrió lo justo para ver que era Kingsley.
-Tu clase de Defensa empieza en media hora –le informó-. Pero si te encuentras mal avisaré a Dumbledore de que sigues enferma.
-No, no. Ahora me preparo –se apresuró a contestar, necesitaba salir de esa habitación, que se estrechaba día a día.
Nada más aparecer en el despacho de Snape, vio que la miraba con preocupación.
-Creo que deberías dejar la clase de hoy si sigues enferma –le aconsejó.
Estaba increíblemente pálida, con unas marcadas ojeras liláceas.
-¡No! Estoy bien, no estoy enferma –contestó con firmeza, aunque sufrió un repentino ataque de tos seca-. No quiero volver a esa habitación hasta que acabe la clase.
-Como quieras –cedió él de mala gana.
Era obvio que Elyon no estaba bien, y no solo físicamente. Podía ver la tristeza en sus ojos. Parecía como si se estuviera consumiendo poco a poco, como una vela.
-¿Cómo está Eizen? –le preguntó de camino al aula.
Esa pregunta le sorprendió, nunca pensó que preguntara antes por su pájaro que por sus amigos.
-Bien, Hagrid se está encargando de él –se limitó a contestar.
Aquello no era cierto del todo. Tras varios intentos de escapar de los terrenos de Hogwarts a pesar de las barreras mágicas que le había puesto el director al animal, el halcón había optado por dejar de comer por sí mismo. Ahora solo comía a través de una jeringuilla las papillas que el semigigante le preparaba. Hagrid decía que era como un polluelo grande, que hacía ruidos lastimeros y no quería ni abrir las alas.
La expresión de Kove al verla no fue muy diferente a la de Snape.
-Se suspende la clase por hoy –se limitó a decir.
-No. Puedo hacerla –insistió ella.
-Lo dudo, estás flaca y débil, apenas te sostienes en pie.
-Deme una oportunidad, me he vuelto más fuerte de lo que cree –le contestó con voz firme.
Su maestro finalmente accedió, y para su sorpresa, fue capaz de realizar el calentamiento. Fue en la pelea cuerpo a cuerpo con Snape cuando al fin su cuerpo no pudo más. Comenzó a toser con fuerza, y a respirar con dificultad, como si el aire no llegara a sus pulmones. Cuando pareció que el ataque había cesado y se recuperaba, sufrió un fuerte arcada y vomitó. Y aún encogida por el desagradable esfuerzo, cerró los ojos con cansancio y literalmente se desplomó. Snape se apresuró en cogerla para que no callera de bruces al suelo.
-¡Elyon!
La joven no abrió los ojos entre los brazos del chico.
-Llévala a tu habitación –le dijo Kove con urgencia.
-¿Qué le pasa? –por el tono de su maestro, sabía que algo iba mal.
-Tú llévala, voy a buscar a Albus –le ordenó.
Cuando la hubo dejado en su cama, le tocó la frente. Estaba helada, como si hubiera pasado una noche al raso y tuviera hipotermia. Así que corrió a por un par de mantas. Minutos después apareció Dumbledore seguido de Kove. El anciano se agachó junto a Elyon y la examinó.
-Está bien, solo es una gripe fuerte.
-Albus este castigo se tiene que acabar, ya –le espetó Kove sin andarse con rodeos-. No es gripe, y lo sabes.
-He hablado con Kingsley. Tiene tos y vómitos, solo es una gripe fuerte, y ya está tomando la medicación. El castigo se mantendrá hasta que yo lo crea oportuno. Azrael está al tanto, y opina lo mismo que yo.
-Por favor Albus, he visto esto otras veces, y tú también ¿Has comprobado su temperatura? No tiene fiebre, sino todo lo contrario. La expulsión ha de terminar antes de que sea tarde.
-No pienso discutir esto contigo Kove. La situación es más compleja de lo que crees, no puedo simplemente levantarle la sanción. Sé lo que hago, no tienes que preocuparte, se recuperará en unos días.
Y sin mediar más palabra, salió de la habitación.
-¿Entonces solo es gripe? –le preguntó Snape a su maestro, nervioso y confuso, no sabía a quién de los dos creer.
-No. No es gripe… se muere -le dijo sin más.
Sintió que se quedaba sin aire. El chico se giró para mirarla de nuevo.
-¿Cómo que se muere? –no podía entenderlo, y tampoco quería.
-Los elfos somos longevos, no inmortales. Y aunque no seamos susceptibles a las mismas enfermedades que los magos, has de saber que, aunque te resulte extraño, somos muy sensibles a la depresión. Nosotros podemos, literalmente, morimos de pena –le explicó.
-Pero ella es mestiza –Snape sintió que su corazón se desbocaba.
-Con lo que es vulnerable a los males de magos y elfos –suspiró Kove-. No sé qué quiere demostrarle Albus a Elyon con la expulsión, pero se le está yendo de las manos, y le va a costar la vida. Severus eres su Protector, ¿quieres protegerla? Convéncelo para que la deje volver, o la pena la devorará por completo antes de que nos demos cuenta.
Kove salió también de la habitación, sin esconder su preocupación y frustración. Snape se quedó allí solo, de pie, y volvió a mirarla. Por un momento le pareció que su pelo se había vuelto pelirrojo.
La angustia le oprimió el pecho, pero no permitiría que volviera a pasar, no volvería a fallar, no podía perderla a ella también.
…..
Se acercó al chico mientras este cenaba.
-Señor Tonitini, acompáñeme -le dijo con frialdad.
El chico se atragantó ante tal susto. No se había dado cuenta de que se le había acercado por la espalda.
-Señor, estoy…
-Ahora -lo fulminó con la mirada.
Johnny se levantó de mala gana. Lisa, Will y Grace lo miraron con preocupación.
No se dijeron nada hasta estar en el despacho de nuevo.
-¿Has averiguado algo? -le dijo ansioso.
-No, nada nuevo ¿Y tú?
-He acotado la lista a diez nombres. Ninguno de ellos es alumno del colegio o familiar cercano de uno -refunfuñó el profesor.
-¿Entonces a qué tanta urgencia? ¿No podías esperar a mañana?
Se acordó de Elyon tumbada sobre su cama, pálida y ojerosa. Y las palabras de Kove.
-Elyon tiene que volver ya -contestó escuetamente.
Johnny vio la preocupación en sus ojos, algo no iba bien, aunque estaba claro que no le pensaba contar el qué. El chico se rascó la nuca, pensativo. Se habían olvidado de algo, seguro.
-La nota -musitó el hufflepuff.
Snape alzó una ceja.
-Con el libro… ¡me llegó una nota! -salió corriendo del despacho.
Al cabo de unos minutos el chico llegó sin aliento, desdoblando un trozo de pergamino.
-Esto me llegó con el libro, ¿reconoces la letra? -le tendió la nota.
El profesor la examinó con detenimiento. Y negó con la cabeza.
-Joder, ¿pero qué clase de profesor eres? -resopló Johnny molesto.
-Uno que tiene que encargarse de más de ciento cincuenta alumnos -le contestó sombrío.
El hufflepuff arrugó la nariz, con comprensión.
-Os va a tocar hacer un trabajo exprés de pociones -le dijo con malicia-. A todos sin excepción.
Johnny puso los ojos en blanco con fastidio. Todo fuera por recuperar a su amiga.
…..
Elyon abrió los ojos con cansancio, y reconoció enseguida, y a disgusto, el techo de su habitación del Caldero Chorreante. No recordaba haber vuelto allí. Lo último que recordaba era haber comenzado la clase de Defensa y luego tener un ataque de tos. Se acercó a la ventana. Ya era mediodía ¿Realmente había dormido tanto? Porque no se encontraba precisamente descansada, sino todo lo contrario.
Al bajar a comer vio a Kingsley sentado a una de las mesas, pero se levantó enseguida al verla, con una sonrisa de alivio.
-Me alegro que hayas despertado, empezaba a preocuparme –le dijo cogiéndola de los hombros.
-¿Cuánto he dormido? –Elyon frunció el ceño.
-Tres días –le respondió.
-¡¿Tres días?! –se sorprendió- Me pasó algo en clase de Defensa, ¿verdad?
-Te desmayaste. Ya te dije que no tenías que ir, tenías, y sigues teniendo, mala cara –suspiró el hombre-. Ven, te sentara bien comer algo.
Kingsley la guio hasta la mesa. Entonces vio entrar en el local a un chico castaño con numerosas canas.
-Remus –musitó sorprendida- ¡Remus!
Ella alzó un brazo llamándolo, y corrió hacia él, quitándose el colgante protector para que pudiera reconocerla. El chico se giró enseguida, buscándola. En su rostro se dibujó una enorme sonrisa al verla, y también corrió hacia ella entre las mesas. La abrazó con tanta fuerza que la levantó del suelo.
-No podía seguir sin noticias tuyas –le dijo.
-Te he echado de menos –sollozó ella enterrando el rostro entre su cuello y su hombro.
-¿Y crees que yo no? –sonrió él dejándola de nuevo en el suelo, dándole un fuerte beso en la mejilla.
Kingsley rompió el abrazo con brusquedad, interponiéndose entre ambos.
-Remus no puedes estar aquí –le dijo con seriedad, poniendo una mano en el pecho alejándolo de la chica.
-Que yo sepa, el único que me puede prohibir la entrada es el tabernero, y no lo ha hecho –le contestó el licántropo con seriedad.
-Por favor, eres un chico sensato, no montes una escena. No tenemos que llamar la atención –suspiró el hombretón.
-Dame solo diez minutos –le dijo el licántropo quitando la mano de Kingsley de su pecho y acercándose a Elyon.
-No pienso repetírtelo, Remus –el hombre agarró la muñeca del chico.
-No te atrevas a tocarme –el joven lo miró con rabia en los ojos.
Remus había sacado su varita y la tenía apretada contra el estómago de Kingsley.
-Por favor, calmaos, podemos solucionar esto sin llegar a las manos –les dijo Elyon con voz temblorosa.
La tensión en el ambiente podía cortarse con un cuchillo. Algunos de los presentes se levantaron alejándose de ellos, por precaución ante una posible pelea.
-Sabes tan bien como yo que este castigo no le está haciendo bien ¡Mira su cara! Está enferma –le dijo Remus a Kingsley, que aún no había soltado su muñeca-. Sé que eres un buen hombre que solo cumple órdenes, pero si Dumbledore te pidiera que saltaras a las fauces de un dragón, ¿lo harías?
-El profesor Dumbledore me salvó, a mí y a mi familia. Estoy en deuda con él, así que con gusto saltaría –le contestó con fiereza-. Ahora vete Remus. No me obligues a hacerte daño.
-Pues tendrás que hacérmelo, porque no me iré sin haber podido hablar con ella.
-Remus, por favor, vete –sollozó la semielfa- Estoy bien.
-No voy a abandonarte tan fácilmente –le dijo guiñándole un ojo.
Entonces el chico consiguió soltarse del agarre del hombretón. La reacción de Kingsley no se hizo esperar, y sacó su varita dispuesto a echar al licántropo de allí. En un segundo ambos se habían enzarzado en un duelo frenético. La gente empezó a gritar mientras se resguardaba de los hechizos que golpeaban mesas y sillas tras ser desviados.
-¡Eh! ¡Nada de duelos aquí! ¡Si os queréis matar salid de mi local! –les gritó el tabernero con enfado y frustración, sacando también su varita, pero sin atreverse a intervenir.
-¡Basta! ¡Basta por favor! –gritó Elyon.
No quería que ninguno de los dos saliera mal parado por su culpa. Estaba tan cansada de que todos a su alrededor salieran perjudicados de una forma u otra…
-¡Parad! –siguió gritando entre lágrimas- ¡Bas..!
Entonces se quedó sin aire, no podía respirar. Todo empezó a darle vueltas. Su corazón latía tan rápido, que tenía la sensación de que le iba a estallar en el pecho. Cayó de rodillas. Todo se desvanecía. Los sonidos se volvieron ecos lejanos. Y el aire seguía sin llegarle a los pulmones, que le ardían. Le dolía el pecho, como si lo atravesaran con cuchillos al rojo vivo.
Remus vio a Elyon caer de rodillas y llevarse una mano al pecho con gesto de dolor. Esquivó un ataque de Kingsley y corrió hacia ella. La chica finalmente se desplomó en el suelo.
-¡Elyon! –gritó el chico incorporándola un poco- ¡Despierta!
El hombretón también corrió hacia ella. Remus la zarandeó, pero no abría los ojos.
-Creo que no respira –gimió con angustia- ¡Elyon!
Kingsley comprobó su pulso, y no lo encontró. Le quito a la chica de los brazos y la tumbó poca arriba en el suelo. Abrió su boca e insufló todo el aire que pudo, volvió a repetirlo. Luego colocó sus dos manos entrelazadas en el pecho y lo presionó con fuerza quince veces. Volvió a repetir el proceso. Remus respiraba entrecortadamente, unas lágrimas resbalaron por sus mejillas. Los minutos pasaban y la joven no respiraba. Los presentes los rodeaban preocupados.
-Por favor, Elyon –musitó el licántropo- Por favor, vuelve.
Cuando Kingsley volvió a insuflarle aire, Elyon pareció reaccionar. Inspiró profundamente llenando sus pulmones, aunque no llegó a abrir los ojos.
-¡Gracias a Merlín! ¡Gracias! –gimió Remus cogiéndola en brazos y abrazándola, luego miró a Kingsley- Me la llevo a San Mungo, y no intentes impedírmelo.
Él asintió y le puso una mano en el hombro.
-Avisaré al profesor Dumbledore.
El licántropo se levantó con la joven fuertemente cogida y desapareció del local.
…..
Dumbledore entró corriendo en la habitación del hospital. Se le encogió el corazón al verla allí tumbada, pálida, con los ojos cerrados. Llevaba una máscara transparente que le cubría la nariz y la boca. Tenía conectado al brazo derecho un tubo que salía de una bolsa llena de líquido incoloro.
El sanador de orejas picudas se giró cuando lo escuchó entrar.
-¿Es usted el tutor? –le preguntó.
-Sí –fue todo lo que pudo contestar.
En ese momento entró Snape, y miró con horror el estado de la joven.
-¿Cómo está? –preguntó sin más.
-Estable. Ha faltado poco para perderla, ha sufrido un colapso. Con lo débil que estaba no ha podido con una crisis nerviosa –les explicó.
-¿Por qué tiene todas esas cosas muggles encima? –el joven señaló con desagrado todos los cables y tubos que tenía conectados la chica- Creí que este era un hospital para magos. ¡Son elfos, por Merlín! ¿No se supone que su magia curativa es la mejor?
-Sí, pero solo si conseguimos mantener al enfermo vivo el tiempo suficiente. Y esto lo ha hecho, le proporciona oxígeno, nutrientes y nos permite tener sus constantes controladas en todo momento –prosiguió el elfo-. Créame joven, tengo muchísimos años de experiencia en medicina, y he aprendido que cerrarse en banda a otros métodos médicos es un error que puede salir muy caro. Y si me lo permite, ahora tengo que hablar con su tutor legal.
Con un ademán lo invitó a salir de la habitación. A regañadientes Snape salió.
-Perdone su tono. Estamos muy preocupados por ella –intentó disculparle el anciano.
-No se preocupe, es un chico joven, aún tiene mucho que aprender –sonrió el sanador-. Volvamos a lo importante. Está fuera de peligro, pero creo que estará inconsciente un par de días. Padece una preocupante desnutrición y ha perdido por completo los ciclos de sueño, a juzgar por sus ojeras y la falta de movimiento ocular bajo los párpados.
El elfo guardó unos segundos de silencio.
-Profesor Dumbledore, usted conoce los síntomas de depresión en los elfos, y sus consecuencias ¿Cómo no se ha dado cuenta antes?
-Yo… no quise ver que estaba tan mal. Me convencí de que solo sufría una gripe fuerte –contestó avergonzado.
-Ahora no se culpe por ello, es fácil confundir parte de los síntomas, sobre todo al principio. Se recuperará, es una chica fuerte que quiere vivir, ya nos lo ha demostrado.
-Sí –el anciano dibujó una pequeña sonrisa de alivio.
-¿Quiere que avise a Azrael? –le preguntó.
-No, eso debo hacerlo yo.
-Bien, les dejo solos –se despidió el sanador.
-¿Cómo lo ha sabido? –le preguntó Dumbledore antes de que el elfo se fuera- ¿Cómo ha sabido quién es? ¿Aún la recuerda?
-Cualquier elfo se daría cuenta. Incluso estando así de débil, sigue haciendo fluir la magia con fuerza, estar a su lado es como respirar aire fresco. Y sinceramente, es igual que su madre, cómo olvidar a una humana tan luchadora y a una pequeña que se resistió tanto en llegar al mundo –sonrió el elfo con tristeza.
Snape entró en la habitación en cuando el hombre se fue.
-¿De verdad es necesario todo esto? –insistió, mirando todos los artilugios de medicina muggle.
-Torlok es el mejor sanador que conozco de entre magos y elfos. Si él dice que lo es, lo es –se limitó a responder.
-¿Ya lo conocías?
-Sí, he tratado un par de veces con él, pero por desgracia nunca en buenos momentos.
-Un sanador nunca aparece cuando todo va bien –comentó Snape con desdén.
-Asistió a la madre de Elyon en sus dos partos –suspiró con tristeza.
-Elyon es hija única ¿Cómo se supone…? –el chico calló al entender lo que el director le estaba contando- No lo sabía.
Dumbledore le quitó importancia con un ademán.
-Todo eso fue hace mucho. Pero si él cuida de Elyon, estoy tranquilo. Quédate con ella mientras voy a buscar a Remus y a Kingsley para ponerlos al corriente.
Snape asintió. Cuando el anciano salió de la habitación, él se acercó a la joven. Parecía serena, a pesar de su aspecto frágil. Sintió un nudo en la garganta. Le cogió la mano, que seguía fría como el hielo, y se la apretó con fuerza. Una vez más había llegado tarde, de no ser por Remus y Kingsley, la habría perdido para siempre. Era un inútil, un verdadero inútil.
…..
Abrió los ojos muy lentamente, al principio todo era borroso, había mucha luz. Finalmente pudo entrever un techo de un blanco impoluto. Con esfuerzo ladeó la cabeza, sentado junto a ella había un hombre de pelo claro, que tenía la vista perdida en el suelo.
-¿Papá? –musitó.
Remus dio un respingo, y se giró hacia ella. Cuando la vio despierta sonrió con alegría.
-¡Estás despierta! –le dijo lleno de júbilo, cogiendo su mano y besándola con cariño.
Salió corriendo en busca del sanador. Cuando volvió con él, Elyon se había vuelto a dormir.
-Hace un momento estaba despierta –musitó él.
-Tranquilo, va a estar así un par de días. Eso sí, avísame cada vez que abra los ojos, es buena señal –le animó el elfo con una palmada en el hombro.
Elyon no volvió a abrir los ojos hasta dos días más tarde, pero volvió a dormirse de nuevo antes de que llegara el elfo.
…..
Johnny resopló aburrido, llevaba toda la tarde comparando la caligrafía de sus compañeros de quinto con la nota que le había llegado con el libro saboteado. Nada. Parecía que habían encontrado una similar, pero después de fijarse mucho, se habían dado cuenta de que no era la misma.
Snape se pasó las manos por el pelo, realmente frustrado.
-Está claro que no es de ningún alumno de quinto -suspiró.
-¡Trabajo exprés para todos! -vitoreó el hufflepuff lanzando los pergaminos al aire, sabiendo que aún les quedaba un duro trabajo por delante.
El profesor estaba tan cansado, que no pudo reprimir una carcajada nerviosa, cerrando los ojos, reclinándose en su silla y echando la cabeza hacia atrás. Johnny lo miró y se contagió de esa risa nerviosa y cansada.
-Más de ciento cincuenta alumnos… joder la próxima vez que haga una gilipollez como esta, mátame -comentó dejando caer la cabeza contra el escritorio.
-Ni lo dudes -suspiró Snape-. Y no te quejes, a mí me va a tocar puntuar todo esto… Y me está tentando poneros a todos un suspenso.
El hufflepuff volvió a sufrir un ataque de risa nervioso. Merlín, estaba riendo en compañía de Snape, necesitaba dormir y descansar cuanto antes.
…..
Una semana más tarde, al abrir los ojos, se volvió a encontrar con ese techo de un blanco inmaculado. No podía reconocerlo. Escuchó un pitido rítmico, que encontró bastante irritante. Intentó incorporarse, pero le dolía todo el cuerpo. Gruñó con fastidio. Entonces se dio cuenta de que tenía una máscara sobre la boca y la nariz, y fue a quitársela.
-Yo de ti, aún me la dejaría un poco más –una mano asió su muñeca.
Elyon ladeó la cabeza y se topó con Snape. Lo encontró distinto, no tenía su típica expresión de desagrado o mal humor, se le veía aliviado, casi sonriente, pero increíblemente cansado.
-¿Dónde estoy? –su voz le sonó extrañamente ronca, y sintió la garganta seca.
-En El Caldero Chorreante te aseguro que no, aunque tampoco estás de vuelta en Hogwarts –comentó divertido-. Estás en San Mungo.
-¿San…? ¿Estoy en el hospital?
El joven asintió.
-Te desmayaste durante la pelea de Remus y Kingsley, igual que una princesita en apuros –se mofó.
-No tiene gracia –le reprochó avergonzada.
-Lo sé –le dijo con una media sonrisa-. Pero me alegro que estés bien.
Snape le cogió una mano. Ella lo miró, y luego miró su mano envuelta entre las de él. Sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas.
-¿Me aseguras que estarás despierta cuando vuelva con el sanador? Porque no pienso dejar que me dejes en evidencia delante de él –le pidió alzando una ceja.
Ella sintió con una débil sonrisa. El joven salió de la habitación con sus habituales zancadas. Inspiró hondo, y con esfuerzo consiguió incorporarse un poco en la cama. Fue entonces cuando vio el tubo que conectaba su brazo con la bolsa de líquido incoloro. San Mungo era un hospital de magos, ¿entonces por qué tenía conectadas todas aquellas cosas muggles que llevaban los enfermos en la televisión y las películas?
Sintió una pequeña presión en el dedo corazón de la mano izquierda, al alzarla vio que tenía colocada en la yema del dedo corazón una especie de pinza blanca bastante grande. Se la quitó, y la máquina que había a su lado emitió un pitido continuo, intenso y penetrante. Ella se apresuró a volverse a colocar la pinza en el dedo. Justo entonces entraron corriendo Snape y un elfo de unos cuarenta años, con el pelo castaño recogido en una larga trenza prieta, que descansaba sobre su hombro derecho. Ambos respiraron aliviados al ver que estaba bien.
-Lo siento –musitó ella-. Me molestaba…
-No te preocupes, es lo que hacen todos los pacientes que no están familiarizados con los métodos muggles –rio él-. Me llamo Torlok, soy tu sanador.
-Encantada –ella le tendió una mano, tenía la sensación de haberlo visto antes, hacía mucho tiempo.
-¿Cómo te encuentras? –el elfo se sentó en la cama.
-Cansada… y sin fuerzas.
-Bien, déjame escuchar ese corazón y esos pulmones tan fuertes que tienes –el hombre sacó un estetoscopio del bolsillo de su túnica blanca.
La oscultó con detenimiento, y le hizo quitarse la mascarilla un momento.
-Parece que todo funciona bien, pero dejaremos la mascarilla de oxígeno un poco más. Puedes quitártela de vez en cuando, pero en cuanto te sientas sofocada, póntela, ¿de acuerdo? –ella asintió- ¿Tienes hambre?
-No.
-Eso tenemos que arreglarlo, pediré que te traigan algo caliente, a ver si con suerte te abre el apetito.
-Vale –musitó con desgana.
-Bueno, me marcho, si te encuentras mal díselo a quién esté contigo para que me avise enseguida –la despidió con una cálida sonrisa.
Ella asintió devolviéndole la sonrisa. Elyon esperó a que Snape tomara asiento en la silla que había junto a su cama.
-¿Qué me ha pasado? –le preguntó con seriedad.
-¿Has leído en los libros de historia élfica qué les pasa a los elfos cuando tienen depresión? –le dijo mirando sus manos entrelazadas.
-Me suena algo, creo que hubo un gobernante que murió de pena cuando su hijo falleció en la guerra –comentó.
Ambos se sostuvieron la mirada.
-Oh, Merlín ¿Eso me pasaba? ¿Me moría? –le dijo asustada.
-Técnicamente estuviste muerta casi tres minutos –inspiró hondo-. Pensé que no volverías a abrir los ojos.
Elyon tuvo unas repentinas ganas de llorar.
-Seré idiota… -gimió-. Me estaba dejando morir… así sin más.
-No eres idiota. Llevas dos meses sola, la fortaleza personal se puede agotar muy rápido sin ninguna motivación que nos anime a seguir adelante. Es normal que te deprimieras hasta ese punto, sobre todo cuando te dicen que un castigo se puede alargar eternamente.
-Tú no estabas de acuerdo con la expulsión, ¿verdad? –le preguntó con una media sonrisa.
-¡Claro que no! Ni yo, ni nadie, es una de las sanciones más desproporcionadas que he visto. Sobre todo cuando no tienes la culpa –le dijo mirándola a los ojos.
-¡¿Lo sabías?! ¡¿Sabías que era inocente y aun así lo permitiste?! –Elyon lo miró dolida.
-No tenía… y sigo sin tener pruebas -admitir aquello hacía que le hirviera la sangre-, de que Gambon sea el verdadero culpable de todo.
-¿Cuándo me den el alta, podré volver a casa? –le preguntó con ojos llorosos.
-¿A casa? –Snape sabía que se refería al colegio- No lo sé, Dumbledore es testarudo.
Elyon se recostó en la almohada y suspiró con tristeza.
Por la tarde Remus llegó para relevar a Snape, y entró en la habitación acompañado del director.
-El sanador nos ha contado que ya te mantienes despierta –el licántropo la abrazó con fuerza y la besó en la frente.
Elyon se quitó la mascarilla para poder hablar mejor.
-Me obligo a mantenerme despierta, estoy tan cansada que me duermo sin darme cuenta –le contestó.
-Da igual, mi madre siempre dice que todos los males se curan durmiendo. Y tiene que ser verdad porque ya tienes mejor color y todo –le dijo pellizcándole la mejilla.
-Es verdad que se te ve mejor –le sonrió Dumbledore.
-¿Cuándo podré volver a Hogwarts? –le preguntó ella a bocajarro.
-Por lo pronto tendrás que esperar a recuperarte del todo.
-Por favor, no me siga dando largas –le dijo con seriedad.
-Elyon, lamento mucho todo lo que ha pasado, pero es más complicado de lo que parece –suspiró él.
-¿Por qué no prueba a explicármelo? Yo decidiré si es tan complicado –insistió ella.
-Porque no es a mí a quién le corresponde darte esas respuestas. Así que ahora descansa, hablaremos cuando estés más recuperada –se despidió.
Elyon lo miró dolida poniéndose de nuevo la mascarilla.
Snape se apresuró a seguir al director.
-Albus, ya está bien de evitar el tema, tiene dieciséis años y le ha faltado poco para morirse. Creo que ya está más que preparada –le dijo el joven.
-Pero yo no tengo derecho a contarle toda la verdad.
-Pues dile a Azrael que venga a verla, seguro que estará más que encantado –Snape lo miró fijamente a los ojos.
-Lo pensaré –suspiró el anciano.
-Por cierto, si consigo demostrar que lo de Gambon fue una encerrona, ¿la dejarás volver?
-¡Por supuesto! La expulsé porque no era justo para los padres de Gambon que el supuesto culpable saliera indemne. Pero le he mantenido el castigo para que aprenda lo que puede llegar a perder si hace caso a la persona equivocada o si se empeña en traspasar los límites que se le marcan –le dijo con exasperación-. Así que si me demuestras que algo más pasó ese día, estaré encantado de dejarla volver. No era mi intención alejarla del colegio, pero no me dejó otra opción.
-Siempre va a tener problemas a la hora de no traspasar los límites, no es algo que vaya con ella, lo sabes –resopló Snape-. Y creo que ya ha aprendido de sobra las consecuencias por dejarse mal aconsejar. Así que si no la vas a dejar volver por el momento a Hogwarts, al menos deja que sus amigos la visiten, se recuperará más rápido.
Dumbledore sonrió.
-Después de todo, no elegí un mal Protector para ella –se despidió.
-¡¿Eres consciente de que todo esto se te fue de las manos desde el principio, verdad?! –le gritó al director mientras este se alejaba por el pasillo.
-¡Sí, y sé que Azrael y tú me lo recordareis de por vida! –le respondió el anciano con un ademán.
Snape torció una sonrisa cruel.
…..
Tres días después Elyon se encontraba mejor, se sentía más fuerte, ya no necesitaba la mascarilla y había recuperado casi del todo el apetito, de forma que consiguió que le retiraran todos los artilugios muggles. Incluso había empezado a dar cortos paseos por los pasillos junto a Remus.
Estaba leyendo un libro que le había traído Snape antes de la cena cuando Dumbledore le hizo una visita.
-Elyon, querías respuestas, y te las voy a dar –le dijo con una sonrisa triste.
Ella se apresuró a dejar el libro a un lado, emocionada. No se creía que por fin se lo fuera a contar todo. Miró de reojo a Snape, que estaba sentado a su lado, también leyendo, y pudo ver una leve sonrisa en sus labios.
-Gracias –le susurró ella.
Estaba segura de que él había conseguido convencerlo al fin para que respondiera a sus preguntas.
-Te presento a Azrael –le dijo el director haciéndose a un lado.
Por la puerta entró un hombre muy alto y de espaldas anchas que parecía rondar los cincuenta y cinco. Tenía una larga melena pelirroja que le llegaba casi hasta la cintura, y vestía una túnica de colores oscuros, pero con dibujos cuidadosamente bordados. Ese hombre le resultaba familiar, lo había visto antes, tenía algún tipo de relación con ella. Snape se puso rápidamente en pie y se alejó de la cama, bajando la mirada.
-Hola Elyon –le dijo con voz entrecortada, se le veía nervioso y emocionado-. Has crecido mucho.
Con paso firme se acercó a la cama, y se sentó junto a ella. La chica lo miró con el ceño fruncido.
-Te resulto familiar, ¿verdad? –ella asintió- Hace tiempo que sueñas cosas que parecen reales, que parecen recuerdos que no puedes ubicar en tu vida. Y lo mismo te pasa al ver algunos objetos o personas.
-¿Cómo lo sabe? –musitó.
-Porque fui yo quién bloqueó tu memoria, quién te apartó de tu pasado y tu identidad, para protegerte cuando aún eras muy pequeña. Pero ya has crecido, y Dumbledore…. Y tu Protector –miró a Snape de arriba abajo con detenimiento, el chico se movió inquieto-, creen que ya estás preparada para recuperar todo eso, por doloroso que te pueda resultar, y cargar con las consecuencias.
-Lo estoy, le aseguro que lo estoy –le dijo con decisión.
El elfo sonrió con los ojos brillantes. Él apoyó su frente en la de ella y movió los labios sin pronunciar palabra alguna. Elyon inspiró hondo y cerró los ojos. Entonces todo afloró, recuerdos y emociones, todo volvió a ella, a la vez y de forma desordenada. Abrió los ojos desorientada, le costaba respirar. Estaba confusa y sentía todas aquellas emociones que por fin se habían liberado al mismo tiempo. No sabía si reír, llorar o gritar.
-Tranquila, respira –le dijo Azrael sujetando su rostro entre sus manos.
Ella inspiró hondo hasta que recuperó una respiración normal y se relajó.
-Sé que es una sensación desagradable, pero pasará, todo se ordenará con un poco de tiempo.
Elyon lo miró a los ojos. Recordó aquel sueño que no era un sueño. Estaba en casa, su verdadera casa, en el inmenso jardín con su madre embarazada de su muy esperado hermano o hermana, y con su…
-Abuelo –musitó ella empezando a llorar-. Abuelo.
Lo abrazó con fuerza.
-Mi pequeña –sollozó Azrael envolviéndola con sus brazos, como hacía años que no había podido hacer-. Mi estrella azul.
El primero en salir de la habitación fue Snape. Aquellas situaciones le hacían sentirse incómodo, y después de tantos años, nieta y abuelo necesitaban intimidad. Dumbledore lo siguió con una amplia sonrisa y con los ojos llorosos.
Azrael rompió el abrazo, miró a su querida nieta que ya era toda una mujercita y la besó en la frente tras haberle secado las lágrimas del rostro. Luego volvió a abrazarla con fuerza, no iba a permitir que los separasen nunca más.
