Capítulo 32: El armario de la limpieza

.

Merlina no pasó cuatro días en cama, sino que una semana completa. En un momento de cansancio le habría encantado estar allí, tapada, recibiendo cuidados. Pero, la verdad era se sentía con energías, aunque los estornudos y los mocos le salían como si fuera una fábrica de fluidos, y Pomfrey era extremadamente rigurosa con el cuidado de los enfermos.

Harry, Ginny, Ron y Hermione la visitaron toda la semana y no hubo día en que no le llevaran algún regalo. Podía ser una tarjeta, un pastel robado de la cocina o una buena noticia, como por ejemplo, el que Dumbledore le haya restado cuarenta puntos más a Slytherin por el empujón que le propinó Pansy. Si Pomfrey se lo hubiese permitido, hubiera bailado para celebrarlo.

Al octavo día la dejaron marchar, en la mañana.

No se dedicó a dormir ya en su habitación, pero sí a pensar. Snape era su ángel. ¿O era un demonio? No lo comprendía. Cinco veces la había rescatado de situaciones peligrosas (en la lechucería el año anterior, del secuestro de Craig, cuando Malfoy la encantó, el unicornio y, por último, del lago congelado, sin contar que la había sacado de apuros como cuando se vio envuelta en una pelea de mocosos en más de alguna ocasión), y luego la ignoraba completamente. Ya no sabía qué creer. Hermione y Ginny la habían ido a visitar un día, solas, y abordaron aquel tema. Estaban más obstinadas que nunca acerca de que Snape la quería. No había tardado ni un minuto en llegar a su lado y la había sacado del agua. No podían dejar de lado que la había seguido hasta los terrenos para vigilarla exclusivamente a ella y rescatarla de algo si era necesario.

¿Tanto le odiaba Draco Malfoy? Se atrevía a pensar que estaba agradecida de eso, en parte. Gracias a él había estado más cerca de Severus y lo había logrado abrazar, aunque no lo disfrutara plenamente. Pero también le confundía. En ninguno de los siete días la había ido a visitar, ni siquiera para decirle un "Mejórate, Cerdita Parlanchina, adiós". ¿Debía actuar, declarársele? No… No podía. Cada vez que la miraba ella se derretía y se le quitaban las fuerzas de hablarle. Las corrientes eléctricas en su cuerpo se mantenían constantes y la hacían tartamudear. Pero lo único que le quedaba por reconocer a ella era que… lo amaba. Ya no le gustaba solamente y no era una obsesión, podía distinguir eso. Pero como ya lo había pensado antes, tenía miedo a equivocarse. Se había cegado con Craig creyendo que era el mejor amigo del mundo, y había resultado un psicópata sexomaníaco. Quizá Snape fuera todo lo contrario. Tal vez no fuera tan cruel y desinteresado como se veía. Bueno, eso estaba claro, porque la había salvado sin dudarlo nunca.

—En fin… Eso no quita el hecho de que no haya trabajado durante una semana, y debo ponerme al día—dijo. Se levantó de su cama con pesar y se fue de allí. Iría donde Albus. Tenían que conversar acerca de horas extras, o algo por el estilo, porque no quería perder dinero de su salario.

Caminó sin apuros. Se suponía que era su horario libre.

A mitad de camino se encontró de frentón con Malfoy. Éste la miró como si fuera mierda en su zapato.

—Córrete —le dijo Merlina, sin dejarse intimidar.

—Claro —se hizo a un lado—, pero yo que tú no me quedaría tranquilo. Hay una broma esperando por ti.

Merlina se dio vuelta y le hizo un gesto grosero.

—Haz lo que quieras, Malfoy. No te tengo miedo. Me has tratado de matar dos veces y todavía no has logrado tu propósito. Yo que tú no pierdo el tiempo.

Draco rio con descaro y se marchó con sus dos gorilas, o al menos eso fue lo que pareció, porque desaparecieron al doblar una esquina.

Merlina continuó con su camino y chocó con más personas, pero al menos eran agradables.

—Merlina —dijo Ron. Estaba con Harry, y ambos parecían preocupados.

—¿Qué les pasa?

—Draco te tiene una trampa.

—Ah, sí —dijo Merlina, sin darle importancia—. No se preocupen. Me lo acaba de decir hace un rato, lo escuché de su propia boca.

—¿Y te dijo que era? —preguntó Harry.

—No, ¿lo saben ustedes?

—Tampoco, sólo le oímos decir que te tenía una trampa, nada más.

—No te preocupes, Ron. Ni tú, Harry. No sé qué puede ser más grave después de… olvídenlo. Tengo que ir hablar con Dumbledore. Los veo en el almuerzo.

Subió los pisos que le quedaban.

—Pepitas de maravilla —dijo a la gárgola y esta se hizo a un lado.

Subió por la escalera de caracol e iba entrar, porque la puerta estaba entreabierta, pero algo la detuvo. Se acercó con lentitud y por el resquicio de la puerta vio a Severus sentado en la silla frente a Albus. Ambos tenían expresión de preocupación, aunque Merlina sólo alcanzaba a ver un poco la del director. Se corrió hacia un lado, porque los rayos X de Dumbledore podrían descubrirla, y prefirió quedarse a escuchar.

—… opinas tú, Severus? —la voz de Dumbledore sonaba insistente y burlesca a la vez, como si quisiera ponerlo en un aprieto.

—No lo sé —contestó él secamente, aunque desafiante—. Filch también hacía bien el trabajo cuando estaba aquí.

—Tú lo has dicho, HACÍA bien su trabajo. Hay que tomar en cuenta que los años le han ganado y que reintegrarse no le será en absoluto fácil.

—A él lo conocemos de más tiempo.

—Eso no es del todo cierto. ¿Quieres que ella se vaya? —Merlina, que no podía ver ya sus rostros, por el tono de voz, supuso que lo había dicho con una sonrisa.

—Yo no he dicho eso, pero… podría haber otra manera, para no despedirla.

—¿Cómo que compartieran el puesto?

—Podría ser.

—Tú consideras a Filch un buen conserje, ¿no?

—Eh… sí, se puede decir que sí.

—¿Y a Merlina?

Merlina aguzó más el oído al escuchar su nombre, aunque las voces salían con perfecta claridad.

—No es mala.

—¿Es buena, entonces?

—No del todo.

—¿Por qué te esfuerzas en engañarte, Severus? —le reprochó.

—¿Qué me esfuerzo en engañarme? ¿Puedo saber a qué se refiere con eso exactamente, director? —la voz del profesor de Pociones sonó evidentemente irritada.

—Tú sabes a qué me refiero, Severus.

—No, no lo sé, Albus.

—Sabes perfectamente que me refiero a que a ti sí te importa que se vaya Merlina. ¿Para qué quieres que vuelva Filch, entonces?

—No he dicho ni lo uno ni lo otro, director —farfulló entre dientes, esforzándose por mantener el respeto acentuando la palabra "director". Merlina miró el suelo, atenta a cada palabra, sintiendo a su corazón latir con fuerza—. Me da igual si vuelve Filch, me da igual si se queda Morgan —la chica frunció el entrecejo.

—¿Qué significan, entonces, aquellas veces en que las has sacado de apuros? ¿Rescatarla del Sauce Boxeador? ¿Sacarla del hielo?

—¿Habría sido indicado que yo no hiciera nada, cuando sabía lo que iba a ocurrirle? Si usted me hubiese advertido a que no me entrometiera en las cosas de Morgan, yo no habría hecho nada de eso.

—Cuando fue a patinar la seguiste por tu cuenta y eso no lo puedes negar. Patinar no representaba peligro alguno.

—Yo ya le dije a ella que, cuando está en el exterior del castillo, especialmente entre los estudiantes, es peligroso. Usted la conoce. Es despistada, es atarantada, es…

—Creo —lo interrumpió Dumbledore fastidiado—, entonces, que he estado imaginándome cosas. Me equivoqué. Qué decepción, ¿no? Es bastante triste cuando uno hace suposiciones y resultan ser falsas…

Severus no contestó.

—¿Por qué no haces algo? Deberías intentar algo. No has hecho nada que valga realmente la pena, que sea tangible. ¿Por qué no le dices que…? —comenzó nuevamente el director, rápidamente, sonando apenado y abatido, como rogándole.

—¿Cuándo le llegó la carta, señor? —interrumpió Severus tratando de sonar lo menos cortante posible, pero se notaba a leguas que él no deseaba contestar ninguna de las preguntas hechas.

Merlina sintió tristeza mezclada con rabia y controló el impulso de entrar por la puerta.

—Hoy en la mañana solamente.

—Y Filch decía que quiere recuperar su puesto de conserje, ¿no?

—Sí, pero más lo interpreté como que era necesario. Filch es viejo, es squib y algo ignorante, por lo tanto no lo aceptarían en ningún otro trabajo. Así que parecía desesperado en encontrar algo.

—Pero Morgan debe enterarse, de todas maneras. —El enojo de Merlina se aflojó al oír ese comentario tan justo de parte de Snape.

—Jamás he pensado en hacer las cosas a sus espaldas, pero me pareció oportuno preguntarte a ti, porque creí que me ayudarías a tomar una decisión.

—Lamento no haber sido de ayuda para usted, Dumbledore.

—No importa. Pensaré mejor las cosas, pero creo que hasta ahora Filch podría quedarse como ayudante de los profesores y que Merlina continúe con sus paseos nocturnos y la limpieza mínima. Ella es joven y puede hacer las cosas perfectamente y con magia, que es mejor.

—Claro, como usted prefiera.

—Bueno, eso era, Severus. Y puedes marcharte.

Hubo un movimiento de sillas. Merlina se echó hacia atrás y se puso cerca de la escalera. Severus salió y antes de que dijera algo, ella se puso un dedo en los labios para que no hablara. Él la miró sin comprender y cerró la puerta tras él.

—¿Es verdad que me van a cambiar por Filch? —susurró Merlina ceñuda.

Snape esbozó una sonrisa, desconcertado, y no le contestó. Bajó la escalera. Merlina lo siguió, aún con la uniceja formada en la frente. Salieron de allí, cerrándose la gárgola tras ellos.

—¿Es verdad? —volvió a preguntar ella con brusquedad, dando tumbos para alcanzar a Severus.

—¿Desde cuándo te dedicas a escuchar conversaciones ajenas detrás de las puertas? Eso es de mala educación.

—Evita ese tono sarcástico —dijo entre dientes, pero luego los aflojó, afligida—. Por favor, necesito saberlo…

—No lo sé, Morgan, no lo sé… —contestó Severus con voz cansina, sin mirarla y sin detenerse para escucharla con tranquilidad.

—Pero ¿tú qué piensas? ¡Ah, de veras que no te importo! —agregó con una sonrisa falsa. Él la fulminó con la mirada, pero Merlina lo ignoró y volvió a poner semblante serio—. Deberías haberle dicho a Dumbledore que sé hacer bien mi trabajo… Además a los estudiantes no le gustará, te lo aseguro, porque, no es que me crea el cuento, pero sé que caigo mucho mejor que Filch, eso lo puedo apostar, porque todos dicen que soy…

—Y aquí viene un discurso de Cerdita Parlanchina… —susurró Snape, sin parar de caminar. Bajaron una escalera. Merlina daba tumbos porque él caminaba rápido para evitarla.

—…eficiente en lo que hago, aunque tú no lo admitas… Yo tengo magia, como dijo Albus; él es un squib, es cascarrabias, se queja por todo, y lo más probable es que termine más herido que yo…

.

Dos muchachos estaban agazapados tras una estatua. Vieron cómo Snape aparecía, agobiado, junto con la cotorra de Merlina Morgan, bajando de una escalera. Doblaron dándoles la espalda y caminando derecho por el pasillo.

—Va con Snape.

—No importa. Últimamente se ha portado raro con nosotros y todavía no le perdono lo de Pansy. Cuando yo te diga "ya", lanzas el encantamiento, Boris —dijo Malfoy al muchacho inteligente, de sexto curso, que tenía una cara extremadamente cuadrada y ojos hundidos. Era tan alto como él.

—Bien.

—Ya —susurró el rubio cuando los dos susodichos estuvieron a la mitad del corredor.

Boris movió la varita, pero al parecer no resultó lo que quería hacer, porque miró a Malfoy con desesperación.

—¡No salió, necesito tu ayuda! Es un hechizo bastante complicado...

—¿Por qué no me avisaste? ¡Oh! Un momento, observa, el piso se está hundiendo...

Miraron hacia Snape y Morgan con expresión expectante.

—... sabes que soy buena, tienes que aceptarlo; no es mi culpa que los de Slytherin sean tan desordenados, desobedientes y me odien por las bromas que te gasté el año pasado, sin contar que tú también me contestabas y... —se quedó callada, y se detuvo en seco. Snape hizo lo mismo.

Ambos se miraron los pies. Sentían como si el piso fuera arena movediza. Luego el suelo, o al menos la parte en donde estaban parados, tembló.

—¡Ah! —gritó Merlina.

Otro sacudón fuerte y se precipitaron hacia abajo.

Todo se volvió oscuro y cayeron... cayeron... Tocaron suelo. Pareció como si hubiesen entrado en una especie de pensadero, porque cayeron de pie, sin hacerse ningún tipo de daño. Merlina no veía nada, pero podía sentir un concentrado olor a polvo que le hizo picar la garganta y la nariz.

—Cof-cof —tosió, con la mano en la boca. Se echó hacia atrás, y chocó con algo, en el suelo. Casi se derrumbó—. ¡Aah! ¿Severus? ¿Severus, estás?

—Sí, estoy acá —contestó el hombre, muy cerca de ella, con voz de "Qué diablos…"—. ¡Lumos!

La varita de Snape se prendió e iluminó el lugar. Era un armario grande, de tres metros cuadrados, lleno de objetos de limpieza. Merlina había tropezado con unos baldes. No había ninguna ventana, por eso estaba tan lúgubre.

—¿Qué demonios ocurrió? —preguntó Merlina, aproximándose a él, también iluminando el sector con la varita—. ¿Habrá sido Peeves?

—No, los poltergeist no hacen magia… —respondió exasperado—. No sé qué ocurrió, tal vez encantaron esa parte del suelo..., pero, no importa, luego averiguamos, salgamos.

Fueron hasta la puerta y Snape giró el pomo. No se abría. Tiró y tiró: nada.

—Déjame a mí —dijo Merlina sin perder la calma, pero completamente consciente que ella menos iba a poder. Giró el picaporte con todas sus fuerzas, mas no cedió.

—Apártate —Merlina se hizo a un lado y Snape lanzó tres hechizos en orden consecutivo. Ninguno sirvió para abrir la puerta.

—Un momento, tengo las llaves en el bolsillo —dijo Merlina. Con un conjuro supo cuál era la llave y contenta la introdujo, pero esta no giró—. ¡Estamos atrapados! ¡La puerta sólo se puede abrir por fuera! —gruñó desesperada.

—¡Tranquila! Quizá pueda alguien sacarnos. No pierdas la calma. —Pero Snape tampoco estaba tan calmado.

Merlina, abatida, se sentó sobre uno de los cubos y puso la cabeza en las rodillas. Por lógica, ella debiera ser la pacienzuda, la del buen ánimo, la optimista, y Snape el idiota, pero en esos momentos era todo al revés.

—Tengo hambre...

—¡Ahí está! Mira, pronto saldrán a almorzar todos —dijo Snape con presteza—, ahí podremos gritar para pedir ayuda; o tú podrás gritar, no dudo en que tienes experiencia en eso…

—Fabuloso. Ojalá nos escuchen —respondió Merlina pesimista, ignorando el otro comentario.

Snape se apoyó en la pared cerca de la puerta, aguardando.

¡Habían quedado atrapados en un cuarto de limpieza! ¿Pero qué había pasado? Fue como si alguien...

—¡Malfoy!

—¿Qué te pasa? Soy Snape.

—No, Malfoy fue el que hizo esto. Él me lo dijo cuando iba donde Albus. "Hay una broma esperando por ti"

—Pero yo no encuentro que sea una broma tan terrible —reconoció el hombre sin darle importancia.

—A menos que muramos aquí, sí —se quedó callada por unos segundos y volvió a sentirse enojada—. ¿Quieres que…? —susurró iluminando la cara de Severus. Él la observó con el entrecejo fruncido—. ¿Me quieres…? —Merlina estaba luchando por no gritarle. Snape arqueó las cejas y eso le causó nervios momentáneos, lo que hizo que soltara abruptamente lo que iba a espetarle—. ¡QUIERES QUE ME DESPIDAN! ¿Eso es lo que quieres de verdad, no? Tú piensas que soy una bruta que no sabe hacer nada bien, que no merece un trabajo normal, que debería dedicarse, tal vez a… ¿hacer trabajos en hogares muggles?

Snape se puso en pie alumbrándola también con la varita. Estaba serio. Iba a dar un paso, pero se retractó y se sentó en una caja.

—¿Tienes idea de lo que acabas de decir? —indagó finalmente.

—Tus pensamientos, supongo. —Se cruzó de brazos.

—Tú no tienes idea de lo que pienso —susurró Snape súbitamente enojado. Se volvió a poner de pie, y al segundo se sentó nuevamente en la caja.

Merlina abrió la boca para exigirle que le dijera qué pensaba de su trabajo, pero prefirió callar: sabía que no diría nada bueno de ella, con tal de hacerla sentir mal y así no darle en el gusto.

Estuvieron allí durante mucho tiempo. No hablaban ya, parte por el fastidio, parte por la atención que trataban de prestar. Cada uno había puesto el oído lo más sensible posible, para escuchar cualquier ruido proveniente del exterior. Ninguno de los dos se había movido de su lugar.

Malfoy era un caso perdido, pensaba Merlina, luego de haberse calmado un poco. No había forma de pararle sus bromas. Por suerte esta vez no había terminado herida, al menos, hasta ahora.

De pronto, Merlina sintió una vibración. Se puso en pie. Snape también parecía estar atento e iluminaba la puerta. Hace un rato se había cansado de estar sentado.

—Alguien viene —susurró Snape.

Los dos se lanzaron contra la puerta y comenzaron a gritar, a golpearla y a patearla.

—¡Sáquennos de aquí!

—¡AQUÍ, EN EL ARMARIO DE LA LIMPIEZA!

Merlina era la más desesperada. Le estaba comenzando a dar miedo estar en un lugar tan oscuro y polvoriento. Se sentía claustrofóbica, incluso estando Snape, o a causa de Snape.

¡PUM! ¡PAM! ¡PAM! ¡PUM!

La puerta se abrió y se hizo la luz.