Capítulo 33: Confesión en la oscuridad

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Dos niños pequeños de primero de Hufflepuff habían abierto la puerta, y, al darse cuenta de que eran ellos los atrapados, los miraron con cara de terror.

—Gracias —suspiró Merlina contenta, respirando el aire puro con un exagerado movimiento de sus hombros.

Los niños vieron a Snape y salieron corriendo.

—¿Ves? —le dijo a Merlina volviendo a su usual tono burlón—. Dio resultado; no había por qué ser tan dramática.

Por el cuadro del Monje Enojado se dieron cuenta de que estaban en el segundo piso. El profesor de Pociones dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección a la escalera, pero Merlina, antes de que se alejara, se inclinó y lo tomó del brazo firmemente. Snape estaba muy campante y eso no le gustó nada.

—¿A dónde vas?

—A comer, por supuesto —contestó él como si fuera lo más obvio del mundo.

—Un momento, antes de ir a comer: piensas castigar a los Slytherin, ¿no?

—¿Por qué?

—¿Cómo que "por qué"? ¡La broma iba para mí! Por pura mala suerte caíste tú a mi lado. ¡Habría muerto de hambre y deshidratación!

—Pero no te pasó nada —insistió Snape, cruzando los brazos tras su espalda y sonriendo con maldad.

—¿Bromeas? —Merlina se puso roja de ira y de nervios. Hacía tiempo que no la miraba así. Controló las ganas de enroscar las manos en su cuello—. ¡Malfoy fue, te lo dije! ¡Hace tiempo que anda buscando mi muerte y tú no haces nada!

—"Yo no hago nada" —reiteró con sorna—. Ya, ¿y qué más? —acentuó su sonrisa burlona.

—¡Ya empezaste con tus sonrisas raras! ¡Vas a hacer algo contra Malfoy sí o sí, aunque sea quitarle puntos! ¡Y para de reírte...! ¡Escúchame!

Severus dejó de reír y la observó con atención.

—Lo de hacer algo te lo estoy diciendo en serio —susurró Merlina, temblando, inclinando la cabeza como si estuviera a punto de torearlo—. Estoy harta de tus Slytherin, de sus bromitas tontas, y de que no les quites puntos ni les castigues severamente como merecen.

—Tú no sabes si los he castigado severamente o no.

—¡Basta con imaginármelo! ¡A tu casa no le haces nada! Todo el mundo sabe eso y lo predica. ¡Tú nunca haces nada! —vociferó Merlina a punto de hacer una pataleta. Por suerte nadie pasaba por el pasillo en esos instantes. Severus estaba realmente serio, pero no era precisamente de enojo. Parecía pensativo… ¿O tenía una lucha interna consigo mismo?—. ¿A qué le temes Severus? ¿Por qué jamás haces nada? ¡Atrévete a actuar! ¡Eh! ¿Qué…? ¿Qué haces?

—Hacer algo, por supuesto —gruñó él entre dientes. Tomándola por los brazos la giró y la dirigió otra vez hacia el cuarto de la limpieza, con una fuerza que le hizo imposible combatir. La pilló tan por sorpresa, que tropezó con uno de los cubos, sintiendo que los brazos de Severus dejaban de afirmarla. Y, antes de que se volteara para salir, el cuarto había quedado nuevamente a oscuras. ¡Ese infeliz la había dejado encerrada! ¿Qué se creía? ¿Creía que podía hacer lo que quisiera con ella? ¡Quería dejarla en vergüenza, como siempre! ¿Acaso no había sido lo suficientemente clara, o es que no se había dado entender? Quizá el "atrévete a actuar" se lo tomó como un desafío para que finalmente le declarara la guerra, para humillarla como antes.

Se dio vuelta echando humo por las orejas para intentar abrir la puerta. Estaba decidida a derribarla con el poco ánimo que le quedaba, porque lo había gastado todo en reprocharle cosas a Snape.

—¡ME LAS VAS A...! —comenzó a gritar.

Avanzó un paso y sus puños chocaron con algo que no era una puerta. Era algo vivo. Era un torso. Era una persona. Al parecer, no había entrado sola.

—... pagar —terminó en un susurro, casi sin aire.

Hubo una milésima de segundos de pleno silencio.

Luego, de un momento a otro, sintió como aquella persona se apegaba a ella desatando un sinfín de sensaciones abrumadoras. Unas manos cálidas le subieron el jersey con decisión y la tomaron por la cintura firmemente, piel con piel, para que no escapara de ninguna forma, pero ella no podía escapar. Merlina no pensaba en nada. No podía hilar sus pensamientos coherentemente. Esa clásica cosquilla le recorrió la espina dorsal y con más intensidad que otras veces, y toda la ira que había sentido, todo ese enojo, todos los reclamos que pensaba hacer quedaron reducidos a polvo. En medio segundo un pensamiento se cruzó por su cabeza: sabía lo que venía, pero a la vez era extremadamente absurdo. Severus Snape… No…

Aquellas manos tibias la empujaron rápida pero cuidadosamente contra la pared despejada. Él se acopló a ella totalmente y puso su boca a medio centímetro de su oído. El aliento de su boca hizo que Merlina se estremeciera de pies a cabeza y cerrara los ojos. El hombre bajó la mano derecha de la cintura de ella y le tomó la mano sin vacilaciones.

El corazón de Merlina estaba a punto de salirse; palpitaba dolorosamente, como si hubiese corrido una maratón. Respiraba con dificultad. Temía que le diera un ataque. Todo le daba vueltas. Se sentía flotando, estaba segura de que iba a quedar pegada al techo en cualquier momento, cual globo de helio.

—Para que veas que hago algo y luego no me lo reproches… ¿Quieres saber qué es lo que pienso de ti y no de tu trabajo? —preguntó Severus delicadamente. Merlina no contestó; no podía, porque ni siquiera tenía voz—. Bueno, pues… Me encanta —la voz de Snape apenas sonaba. Era como un sutil siseo, una vibración agradable. A Merlina le dio un escalofrío y apretó aún más los ojos, viendo manchas de colores en su cabeza. Trató de apoyar la oreja en su propio hombro, pero Snape se adelantó y apegó sus labios a su oído para que no hiciera precisamente eso— cuando te enojas —completó. Hablaba muy lento, lo que hacía más placentera la sensación que ella sentía. Temblaba de pies a cabeza. Él bajó a su cuello y le propinó un beso lento y húmedo, que, más tarde, no supo cómo no perdió la cordura con él. Luego subió hasta su oído nuevamente—. Me encanta cuando te pones colorada, ya sea por furia o por nerviosismo, porque te ves llena de vida y jovialidad. Me encanta como te transformas cuando me gritas reclamando por tus "derechos", que me desafíes, porque se hace evidente que sabes lo que quieres. Me da risa verte furiosa, porque tu cara es graciosa y me alegra el día; si te miraras... Me encanta como eres, tu forma de ser, tu personalidad carismática, tu valentía, osadía, tu fuerza, tu alegría, sutil sensualidad y disposición. Jamás, y me cuesta admitirlo, he admirado tanto a una mujer, Merlina… Y tal vez seas la única a la que he admirado —todo eso lo con evidente esfuerzo, pero lo dijo. Y lo había confesado con voz delirante, lleno de emociones: se lo había guardado por largo tiempo. El "Merlina" surgido de su boca fue bastante irreal, porque, por primera vez, la había llamado sólo por su nombre y no su apellido o su nombre completo.

Merlina sintió que iba a desvanecerse, pero el brazo de Snape que tenía en su cintura la rodeó completamente por la espalda, aun en contacto directo con su piel. Sus cuerpos no podían estar más juntos. La otra soltó su mano y ascendió hasta su oreja, enterrando sus dedos entre su cabello, causándole mil sensaciones que podría haber verbalizado en un jadeo si no hubiera estado tan paralizada.

Sintió cómo su mejilla tibia rozaba la suya, ardiente, y luego su nariz quedaba junto a la de ella. Se oían sólo respiraciones entrecortadas y corazones latiendo con violencia.

Me va a besar… —fue todo lo que pudo pensar, deseosa de entregarse.

Sintió que los labios de Snape pasaban a llevar los suyos un par de veces, pareciendo cavilar mucho la futura acción que deseaban efectuar. Abrió la boca para hacer el intento de contestar alguna palabra, la que fuera, la primera que se le ocurriera, la que se le viniera a la mente, aunque fuera incoherente, sólo para no sentirse tan absurda, pero no salió ningún sonido. A cambio de eso, Severus no resistió tanto silencio y, en ese instante, apegó su boca por completo a la suya, robándole todo el aliento que le quedaba, sosteniéndola con firmeza de la mandíbula y la cintura.

La apretó más contra sí y la besó apasionadamente, y tanto, que Merlina ni en su sueño más erótico se lo habría imaginado exactamente de ese modo. La joven sólo se dejó llevar por aquel maravilloso beso lleno de fogosidad. Sus brazos tardaron en responder; estaban temblorosos, desorientados, pero con algo de esfuerzo logró subir una de las manos hasta la nuca de Severus y dejarla allí, mientras que con la otra le tocaba el brazo que aferraba su cintura. Hubiera deseado poner más de sí, pero era Severus quien dirigía el beso y ella sólo podía atinar a mantener la boca abierta y una lengua dócil. Ella deseaba hacer más, pero su cuerpo, adormilado producto de la sorpresa, parecía haberse sometido al ritmo impuesto por el profesor de pociones. Simplemente sabía que unos varoniles brazos la tenían atrapada, dejándola incapaz de moverse con libertad, y que le estaban dando el beso más sensual y apasionado que había recibido en toda su vida. La lengua y los labios de Snape eran insistentes y nada mezquinos. Y su mano, esa mano que afirmaba su mandíbula y parte de su nuca y su oreja, sólo estimulaba terminaciones nerviosas que llegaban a zonas muy sensibles, dejándola paralizada de la excitación. Así que eso era sentir deseo... Un deseo terriblemente abrumador.

¿Por qué en ese momento? ¿Por qué ahí? ¿Por qué ella no atinaba a lanzársele como una salvaje? ¿Era un sueño?

Snape separó su boca lentamente de la de ella luego de quince segundos del acto. Era evidente que no quería acabar y Merlina aún menos deseaba que esos labios se separaran de los de ella. Por poco se la había comido. En condiciones igualitarias de energía y ánimos, el armario habría desaparecido, al igual que sus ropas, y hubiera quedado el mismo caos en el lugar. Pero ella no reaccionaba bien y el quedarse sin aliento le había embotado el cerebro. Ninguno de los dos se podía ver las caras, no obstante, sentían a la perfección los ojos de cada uno puestos en los del otro a través de la espesa oscuridad.

Merlina tenía la lengua dormida. Lo único que deseaba era que Snape la comprendiera, que no creyera que estaba disgustada o algo así. Por supuesto que estaba más que claro que no estaba disgustada, pero como sus cuerdas vocales no estaban cooperando en nada…

Severus le soltó el rostro y la otra mano la enredó nuevamente con la de ella. Merlina, como pudo, se la apretó en respuesta.

—Vamos. Debemos estar pasados de la hora de almorzar.

Su tono de voz había vuelto a ser el de antes; nada de sutilezas. La llevó hasta la puerta, la que abrió abruptamente. Merlina quedó cegada por la luz del día. Luego lo observó a los ojos, sin poder recuperar del todo su respiración normal. Estaban en el umbral, de la mano, juntos. Severus le miró la boca y se comenzó a acercar otra vez. La joven cerró los ojos esperando nuevamente otro contacto. Sin embargo, Severus se arrepintió cuando casi sus respiraciones se habían fusionado, y la obligó a salir del armario. Merlina lo prefirió así. Cuando estuvieron afuera y cerraron la puerta, él le soltó la mano. Merlina lo miró a los ojos nuevamente y el profesor arqueó las cejas.

—¿Algo que decir?

Merlina negó con la cabeza, porque en realidad no se le ocurría nada. Luego de un beso de ese calibre, a cualquiera le sería difícil volver a hacer sinapsis.

Comenzaron a caminar por el pasillo, en silencio. Bajaron y tomaron el camino de los profesores, andando a pocos centímetros uno del otro. Severus actuaba como siempre, pero ella... estaba con la cabeza en blanco todavía. Él abrió la puerta y la dejó pasar primero. Merlina fue a su asiento y el profesor se sentó en el otro extremo.

Hagrid y Sprout la vieron llegar.

—¿Pasa algo, Merlina? —le preguntó el hombre con voz atronadora cuando ella se sentó al lado de la profesora de Herbología.

—¿Ah? No, ¿por qué?

—Tienes cara de haber visto a un demonio o algo así.

Sprout asintió, en apoyo a la aseveración de Hagrid.

—No, no es nada...

Apenas pudo ingerir la comida, que era como tragar piedras o masticar alfombra. ¿Segura que no había sido un sueño? No..., podía sentir su boca con la suya todavía, la mano en su cintura quemándole la piel; el susurro en su oído, el beso en su cuello... —le recorrió otro escalofrío más—, sus palabras suaves resonando en su cabeza.

No hubo miradas cómplices durante la cena, aunque ella se sentía incapaz de observarlo a los ojos. Debía comprender y aceptar lo que había ocurrido de la única manera posible: contándole a Ginny y a Hermione. Ojalá Philius estuviera en esos instantes con ella, ¡lo necesitaba más que nunca! Tal vez le escribiera una carta.

Se paró antes que el profesor y después que los chicos. Intentó no apresurarse en su caminar, porque no quería que el profesor sospechara de lo que pensaba hacer. Dudaba que Severus estuviera de acuerdo que contara a alguien lo que había sucedido en el armario.

Salió por el mismo lugar por el que entró y fue hasta el primer piso. Ahí esperó a los muchachos.

—¡Hey, Merlina! —gritó Ron y le hizo un gesto con la mano. Ella hizo lo mismo pero sin sonreír.

Los cuatro se acercaron hacia ella.

—Lo siento, Harry, Ron —susurró implacable—, pero tengo que hablar solamente con las chicas, así que me las llevaré un rato.

Harry y Ron pusieron cara de decepción.

—Los siento —se disculpó ella, y, por la seriedad de su cara, comprendieron que se trataba de un tema de chicas. Dieron media vuelta y se marcharon—Ustedes, vengan conmigo...

Las dos muchachas, curiosas, siguieron a Merlina hasta el séptimo piso. Ninguna de las dos sabía lo que pretendía hacer. Ella quería ir lo más lejos. Su despacho era peligroso porque Snape podría entrar. Finalmente se dirigieron a la torre de Astronomía. Estaba cerrada de día y ella tenía una copia de la llave.

Las hizo entrar rápidamente cuando logró abrir la puerta y se apresuró en cerrarla con llave, dirigiendo antes una mirada al pasillo.

El lugar se trataba de una sala circular, con grandes ventanas por donde salían telescopios que apuntaban hacia el cielo. Los pupitres estaban pegados a las paredes, siguiendo la forma circular.

Merlina se dejó caer pesadamente en un asiento. Hermione le puso una mano en la frente.

—Estás afiebrada —le dijo—, ¿qué pasa?

—Siéntense —les susurró—, porque quizá ustedes queden peor que yo.

Las chicas pusieron dos asientos frente a ella. Al ver sus caras de terror, no pudo evitar sonreír.

—¡Vamos, Merlina, que nos tienes con los pelos de punta! —susurró Ginny sin saber si sonreír o colocarse seria.

—Les contaré la historia desde el principio. No quiero interrupciones, por favor —ellas asintieron—. Y eviten gritar. Pues bien... ¿Supieron que Draco me tenía una trampa? —Afirmaron con la cabeza otra vez—. Bueno, iba yo en ese momento, cuando me enteré, al despacho de Dumbledore para hablar con él. Llegué y me di cuenta de que adentro no estaba solo, sino que conversaba con Snape. Me quedé escuchando lo que hablaban y oí que decían que el viejo Filch quiere regresar a su puesto de trabajo —Hermione se tapó la boca con la mano al oír la noticia—. Pues bien, esperé a que Snape saliera de allí, lo seguí; le rogué para que me dijera si me pensaban despedir y lo traté de convencer con argumentos de por qué yo era mejor que Filch. Me ignoró gran parte del camino, hasta que llegamos al sexto piso y algo pasó: caímos a través de los suelos a una habitación de escobas en el segundo piso, allí me di cuenta de que esa era la trampa de Malfoy.

Tomó aire. Estaba nerviosa por contar aquella parte, pero era la única manera de sentirse mejor.

—Intentamos salir y no pudimos. Esperamos hasta que oyéramos a alguien pasar para pedir auxilio, y lo logramos. Salimos airosos, pero yo aún estaba enojada con Malfoy, y al ver que Snape no iba a hacer nada, empecé a gritarle y a criticarle que nunca hacía nada con los de su casa, especialmente con esa víbora de Malfoy. Lo único que hizo fue burlarse en mi cara, pero después se estuvo molestando un poco por algo que dije —Ginny hizo una mueca de tristeza—, pero, luego... no recuerdo mis palabras, creo que lo desafié… En fin, sólo sé que me empujó de vuelta al cuarto. Me enfurecí y me devolví pensando en que me había dejado encerrada, y entonces… —Hermione se comenzó a morder las uñas— choqué con él —Ginny puso ojos de pescado—. Había entrado conmigo. Me tomó por la cintura... Y me refiero a mi cintura, no la del chaleco —Ginny y Hermione abrieron la boca—, me apegó contra la pared —Merlina comenzaba a disfrutar de las actitudes de sus amigas—, y me dijo: "No quiero verte nunca más, desaparece de mi vida."

—¡¿QUÉ?! —gritaron ambas, con evidente decepción. Merlina soltó una carcajada, agradeciendo de corazón que ese no fuera el final de la historia.

—Lo siento, ¡es broma! Es que estaban tan emocionadas, que no pude evitarlo... —reconoció—. Había que disolver un poco la tensión. En fin: me arrinconó contra la pared —reiteró y, casi incrédula, confesó—, me abrazó y me besó. Y cuando salimos de allí, casi me besa otra vez, pero ya estábamos en el umbral… Eso ocurrió.

Ginny y Hermione se taparon la boca para no gritar. ¡Uf! Merlina sintió que se sacaba un peso de encima. Volvía a sentir calor en la cara.

—¿En serio? —dijo Ginny después de dos minutos de celebración.

—En serio...

—¿Y cómo fue? —Hermione sonreía agudamente.

—No sé si sea correcto que dos chicas menores de edad se enteren de las sensaciones que puede provocar un beso de esa índole a una mujer de veintisiete años —replicó ella con reproche. Pero, luego, añadió—. Sin embargo, lo resumiré como el beso más excitante que he recibido en toda mi vida.

—¡Por fin! ¿Qué te habíamos dicho? —le sacó en cara Ginny.

—Si, te dijimos que le gustabas, se notaba demasiado.

—No quería hacerme ilusiones... era eso simplemente —sinceró Merlina.

—¿Y piensas hacer algo más?

—No sé... en el almuerzo no me miró en todo el rato. Creo que se quiere quedar callado... y yo no pienso decir nada. Y ustedes, por favor, no digan nada a nadie, que esto se los he contado en plena confidencialidad.

—Jamás vamos a decir algo. Moriremos con el secreto —le aseguró Ginny.

—Y evitaremos mirar mucho a Snape, para que no sospeche —aseguró Hermione con tono tranquilizador.

—Sí, porque recuerden que puede usar Legeremancia.

—Oye, Merlina, ¿y qué sobre lo de Filch?

—No sé, Hermione, pero voy a tener que hablar con Albus. Eso sí, esperaré a que él me lo diga. Oí que no quería hacer las cosas sin decirme a mí primero y sé que es un hombre de palabra.

Se quedaron cerca de unos cinco minutos más conversando, y luego se separaron, cada una por su camino, todas emocionadas y con las hormonas revolucionadas.