Capítulo 34: Juego de adolescentes

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Merlina, tal como dijo, fue hacia el despacho de Albus por segunda vez en el día para poder hablar con él lo que tenía pendiente.

Ahora no sabía si quería que Snape le quitara puntos o castigara a Malfoy. Tenía claro, sin embargo, que debía tallarle un escultura y erigirla en un pedestal porque, sinceramente, gracias al cerdo rubio arrogante y antipático había pasado lo que había pasado —valga la redundancia— con Severus en el armario.

Llamó dos veces. La voz del director le dijo que entrara. Merlina estaba tan feliz que tuvo que sonreírle al sentarse.

—¿Vienes por algo en especial, Merlina?

—La verdad es que sí —contestó ella—. Usted sabe que estuve enferma toda la semana, por lo tanto, no trabajé.

—Cierto.

—Bueno, querría saber si puedo hacer horas extras para recuperar el dinero, porque la verdad es que…

—Oh, no, Merlina —Albus agitó su mano. Merlina puso cara de decepción—, el sueldo es siempre fijo, aunque te enfermes. No sé cómo funcionaban tus antiguos trabajos, pero en Hogwarts se hace diferente. Además, lo que te sucedió fue por culpa de la señorita Parkinson, no por una irresponsabilidad tuya. Y, aunque lo hubiese sido, lo legal es lo legal.

Merlina sonrió agradecida, haciendo el ademán de irse, pero se detuvo cuando Albus se aclaró la garganta.

—Yo también quiero hablar algo contigo, Merlina.

Ella agachó los hombros: la iban a despedir, sin duda.

—¿Es algo grave?

—No lo creo, ¿qué te hace pensar que es grave?

—Bueno… siempre que alguien me dice "necesito hablar contigo", pienso que es algo malo. Aunque, ¿no es como la ley de que cada mala conversación inicia con un "necesitamos hablar"?

Albus sonrió.

—Mira, para serte sincero, es sobre tu trabajo. Resulta que en la mañana me llegó una carta de Argus Filch, solicitando su puesto de celador. Pensé mucho rato en lo mismo; hasta pedí opinión a Severus. Finalmente decidí que él, Filch, se quedará como ayudante de los profesores, (porque aquello no requiere de mucha magia, ya sabes que él es squib), y tú con el puesto actual, porque no tengo ni corazón ni motivos para expulsar a cualquiera de los dos. ¿Qué te parece?

A Merlina se le hinchó el pecho de alegría.

—Me parece excelente. No me gustaría dejar el trabajo que tengo —sinceró la joven.

Y menos cuando ahora tengo una buena razón para permanecer aquí —pensó.

—Perfecto. Era eso lo que quería decirte. Entonces, avisaré ahora a Filch para decirle que puede venir y comenzar cuando lo desee.

Merlina se despidió y bajó esta vez a su despacho. Vio a Malfoy al final del pasillo. Hablaba con Pansy Parkinson. Tomó aire y, evitando no saltar como estúpida, se aproximó a él.

—¡Hola! —le dijo. Éste se giró y la miró desconcertado y asqueado.

—Vete.

—Espera, no te pongas violento —le dijo con una carismática sonrisa—, sólo venía a decirte que tu broma me pareció espectacular. Es la mejor que han hecho en mucho tiempo. Eres un genio, Malfoy. Si no te odiara, diría que te amo. Y si me dejaras aproximarme, te abrazaría. Pero tú y yo sabemos que es mejor así, así que, sólo me queda darte las gracias. ¡Que tengas buena noche!

Le dio la espalda y se devolvió unos metros. Entró a su despacho y se sentó en su escritorio. Pensó en escribirle una carta a Phil para contarle la hermosa historia de ese día. Después de todo, no estaba tan equivocado cuando le dijo "van a terminar juntos". Menos mal que nunca apostó los cincuenta galeons de verdad. Eso habría sido una pérdida terrible.

Estaba ilusionada con que el resto de aquel día iba a ser completamente perfecto; que nada lo arruinaría, que nadie podría derribarla. Y, en realidad ¿qué podría echarlo a perder? ¿Otra broma mal acabada de Malfoy? Se decía a sí misma que había recibido un regalo adelantado de Navidad —y el mejor que pudiera existir—, fecha que estaba a más de una semana. Pero, claro, lo único que podría arruinarlo todo, era la misma razón por la que se había puesto tan feliz, y no lo había previsto. Se le había olvidado la ley de que "la mala yerba nunca muere".

En el momento en que escribía la carta a Phil terminó de recuperar su confianza, así que sabía que ya podría dirigirle la palabra a Snape. Reconocía haber actuado como una tonta en el armario de la limpieza, pero eso le había tomado completamente por sorpresa. ¿Cómo iba a adivinar que, luego de haber gritado e insultado al profesor de Pociones, quien minutos antes había demostrado nulo apoyo hacia ella en la conversación con Dumbledore, y de que él mismo la empujara hacia el armario nuevamente, iba a recibir el beso más exquisito de la Tierra? Pero ya se sentía lista para ir a besarlo y abrazarlo sin temor. Bueno, indudablemente los nervios no se le pasarían en su totalidad, pero podría hacer el intento de ser valiente.

No obstante, no quiso importunarlo inmediatamente luego de redactar la carta. Él no salió el resto de la tarde de su despacho, significado de que debía de estar ocupado. Así que Merlina decidió caminar por las afueras del castillo con los muchachos, sentados en un banco de piedra, muy abrigados. Ginny y Hermione le sonreían felices y los otros dos, Harry y Ron, la miraban con curiosidad; por más que le lanzaban indirectas, ella no cedió para contarles lo del armario. Tenía experiencia de que los hombres jóvenes solían ser poco discretos. Además, ambos, y más Harry, odiaban a Snape y prefería no discutir sobre el tema.

Se quedaron hasta el anochecer en los terrenos del castillo, unos pocos minutos antes de la cena, cuando un frío viento nocturno comenzó a arrasar con las hojas secas de los árboles.

Merlina no pudo evitar mirar durante casi toda la cena a Snape. Éste le devolvió la mirada unas cuantas veces, pero con expresión insondable. En un momento —Merlina no supo si lo hizo a propósito o fue coincidencia—, giró la cara hacia ella mientras se pasaba la lengua por los labios. ¿Le habría quedado un poco de jugo en la comisura de la boca o era algún mensaje subliminal? ¡Pero qué tonta! ¿Por cada cosa que él hiciera iba a estar interpretándola en dos sentidos? Había sido un beso… sólo un beso. Bueno, dos: uno en el cuello y otro en la boca. Casi tres y una confesión; y una caricia en la espalda y la cintura. No era para exagerar.

Cuando iba a observarlo por última vez, se dio cuenta de que él ya había desaparecido. Ella se paró rápidamente, despidió de Hagrid y de Sprout y se retiró de allí también. Quería ir a darle las buenas noches, aunque no sabía si ese era el proceder luego de lo ocurrido en el armario.

Toc-toc.

—¿Quién es?

—Merlina.

—Pasa.

La joven entró y con cuidado cerró la puerta tras ella. Snape estaba leyendo un libro sobre Pociones, al parecer, sentado en su escritorio. La miró sin inmutarse.

—¿Se te perdió algo? —le preguntó cerrando el libro y cruzándose de brazos.

Merlina sonrió desconcertada. El tono con el que había preguntado eso no le había gustado nada.

—Pues… Sólo vine a despedirme de ti.

—¿Para qué? ¿Te vas del colegio? ¿Presentaste otra renuncia?

El globo de felicidad que tenía la joven en su pecho se pinchó súbitamente. Sintió como si le voltearan encima un balde de agua fría.

—Me refiero a darte las buenas noches, Severus… —lo miró con ojos grandes, pasmada.

—Buenas noches —replicó él y volvió a su libro.

—Pero… ¡Severus! ¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Nada? ¿Acaso olvidaste lo del…? —se tocó la boca con un dedo. Él arqueó una ceja—. Lo del… —se comenzó a quedar trabada. Él no dejaba de mirarla con sus centelleantes ojos negros—. ¡Ya sabes!

—No, no sé.

—No entiendo qué demonios… —Snape sonrió con autosuficiencia—. Oh, ¡eres un idiota! —explotó Merlina sintiéndose como una estúpida. Dio media vuelta y salió de allí dando un portazo.

Snape reaccionó tarde y, cuando abrió la puerta para ir a buscarla, ella ya había desaparecido del corredor. Se le había pasado la mano, lo reconocía. Culpable, se puso una mano en la cara. El intento de reparar el daño había sido peor. Ya había metido la pata y no había vuelta atrás. Tendría que asumir lo que había hecho, ya había dado el paso que tanto le había costado evitar… Y luego de haberla sentido tan cerca, tan suya, sería imposible dejarla. Sabía que Morgan se iba a convertir en un vicio para él, porque era como algo prohibido. Pero ya estaba ahí, mojándose los pies, y para evitar mayores enredos debía sumergirse entero. De todos modos, si no se sabía, no ocurriría nada. Ahora, con lo enojada que estaba con él en esos momentos, probablemente no tuviera que hacer nada para evadirla. ¿Lograría evitarla él?

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—Infeliz... —murmuraba Merlina una y otra vez, hasta que llegó a su habitación. Tenía las cejas unidas en una sola línea. ¡Era el colmo! Estaba bien que le gustara a Snape presenciar cuando se enojaba, pero eso ya era el límite de lo pesado y lo irrespetuoso—. ¿Quieres que me enoje? ¡Pues me voy a enojar! —gritó pegándole un puñetazo a su almohada.

A las diez se calmó y salió a hacer la ronda. Estaba más paranoica que nunca y evitó a toda costa pasar cerca del despacho de Snape, porque temía hacer una rabieta a mitad de la noche. Cada vez que pensaba en su nombre sentía una oleada de furia y él era el único que podía hacerla sentir así. Ella no solía ser enojona, o al menos, lo evitaba.

Y así estuvo, furiosa, sin mirarlo, ignorándolo por completo durante una semana prácticamente. Él no había hecho el esfuerzo por mejorarlo, como si poco le importara. Hermione y Ginny la compadecían, pero evitaban estar mucho rato cerca de ella, porque en cualquier momento estallaba y su rabia llegaba a ser contagiosa.

En la tarde del martes llegó Argus Filch al colegio, pero sin su gata remilgosa, la Señora Norris. Corría el rumor de que se le había muerto.

Tras su llegada reunieron a todos los profesores en la sala antes de la cena y al resto del personal, incluida Merlina, para darle la bienvenida. Filch parecía más cascarrabias que nunca, peor que cuando ella lo había conocido. Tenía la nariz colorada, ojos mezquinos y le temblaba constantemente la voz al hablar.

—Ella es Merlina Morgan, Argus, fue alumna de este colegio hace once años; no sé si la recuerdas —le dijo Dumbledore, quien estaba ubicado entre los dos.

Merlina estiró la mano para estrecharla, con una sonrisa nerviosa. Argus la miró con los ojos entrecerrados y gruñó. Con desconfianza la dio la mano. Merlina estuvo a punto de soltarse con brusquedad, porque Filch tenía la mano desagradablemente transpirada.

—Tú eres la que me quitó el puesto —le espetó roncamente con una sonrisa desagradable.

—Ella no te ha quitado nada, Argus —intervino Dumbledore serio.

Se soltaron. Argus volvió a mirarla con recelo. Merlina, con disimulo, se limpió la mano en la túnica.

Un enemigo más, lo que me faltaba —pensó apartándose, sin decir nada ante ese prejuicio. McGonagall y Flitwick llegaron a saludar al vejete cascarrabias con la cordialidad de un profesional.

Se quedó por ahí, fuera de la multitud. Se suponía que iban a bajar todos juntos a cenar.

De pronto sintió que algo le rozó la misma mano que se había limpiado en la túnica y le provocó un escalofrío. Miró hacia la derecha y vio a Snape se había puesto a su lado, sin mirarla, pero disimuladamente le tocaba el dorso de la mano con un dedo. Merlina se apartó. Todavía estaba furiosa con él como para aceptarle uno de sus cinismos. Él no volvió a insistirle.

No obstante, al otro día, miércoles, cuarto día de enojo, Merlina perdió los estribos, pero de otra manera muy distinta a los gritos y a las pataletas.

Comenzaba a extrañarlo, a pesar de que nunca lo había tenido cerca y reiteradas veces dejaban de hablarse por días. No obstante, ahora la situación era diferente, porque todas las cartas habían sido puestas sobre la mesa. Era angustiante verlo pasar a cada momento y que la ignorara, tal como lo estaba haciendo ese día. Su capa ondeaba tras él, siempre misteriosa, siempre sensual, como insinuándosele, pero él no hacía nada. No la miraba y eso a ella no le estaba gustando ni un poco. Así que, en uno de los recreos, por cosas del destino, se encontró con él en un solitario pasillo del tercer piso. Snape se limitó a dirigirle una mirada seria de soslayo, y eso fue más que suficiente para que la joven decidiera actuar. Se abalanzó contra él, lo tomó de los hombros y lo empujó contra un banco de madera que estaba apegado a la pared. Snape cayó sentado, absolutamente perplejo.

—Tienes que enterarte de que eres un cretino —musitó Merlina de pie, pero agachada a dos palmos de su cara, creando una cortina con su cabello largo y suelto alrededor de sus rostros.

Snape no alcanzó a replicar su mordaz respuesta, porque Merlina se había acercado para besarlo tal como lo había hecho él días antes, agarrándolo de la nuca y de un hombro. El beso no duró más de cinco segundos, pero fue suficiente para arrancar jadeos y respiraciones entrecortadas. Lo soltó con brusquedad y se alejó. Snape hizo el ademán de atraerla hacia él, olvidando que estaban en pleno pasillo, pero ella retrocedió otro paso más.

—Ya pasó el tiempo. Demasiado tarde —le dijo Merlina, y, renovando su enojo, desapareció de allí dejando a un confundido pero atónito Severus.

Ahí tiene, él me hizo lo mismo. Besarme y dejarme.

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Los siguientes tres días no cambiaron demasiado: continuaron ignorándose y Merlina continuaba enojada con él. Sin embargo, algo sucedió el sábado en la noche.

En los tableros se anunciaba que el día de Navidad se dejaría salir a los estudiantes a Hogsmeade —sólo los mayores de quince años— para que celebraran en una nueva discoteca mágica que habían inaugurado. Merlina conversaba con Ginny en el medio del Vestíbulo, entre una multitud de estudiantes entusiasmados: los hombres querían beber hasta perder el conocimiento, en tanto las niñitas deseaban ligar con muchachos.

—Quizá puedas venir un par de días a nuestra casa —le decía la pelirroja, sin muestra de interés por la noticia—. Puedes pedirle permiso a Dumbledore. No es necesario que sea toda la semana, sólo unos días.

—No sé, y es que viéndolo por el lado de la disco, muchos se quedarán en el colegio, y de seguro tendré que estar vigilando a todos esos mocosos borrachos. No creo que logre huir de eso.

—Pero ahora está Filch, tal vez pueda reemplazarte por dos días.

—Ginny, te equivocas, ese viejo me tiene ojeriza; no para de soltar comentarios sobre mí, y a cada rato me dice "deberías colgar a esos engendros por los tobillos". Además, ya lo he pillado merodeando por ahí y no quiero que se sienta dueño del trabajo que me impusieron a mí.

Ambas suspiraron y se distrajeron en sus atribulados pensamientos.

—Señorita Morgan —dijo de pronto la voz de Severus, sacándolas a ambas de su ensimismamiento.

Merlina giró lentamente la cabeza hacia la escalera del Vestíbulo.

—¿Qué? —contestó de mala gana. Varios habían dejado de conversar y miraban a Snape y a Merlina, atentos. Hacía un tiempo que los estudiantes no veían a la celadora y al profesor de Pociones hablarse con tanta inquina como lo estaban haciendo en ese momento.

—Después de la cena necesito que vaya a mi despacho. Quiero que me ayude a ordenar unos libros.

A Merlina se le crisparon las manos, lo que no pasó Snape no pasó por alto. Ya estaba utilizando ese absurdo "usted" y el "Señorita Morgan".

—Un momento —replicó Merlina—, yo ya no soy la que ayuda a los profesores. Filch es el que lo hace. Anda y pídeselo a él.

Todos abrieron la boca. Merlina parecía una muchachita insolente frente a un director. Eran pocos los que alguna vez habían contestado a Snape de esa manera, y entre ellos estaba Harry. Además, por mucho tiempo ella había pasado como sumisa ante Severus, por lo que les sorprendió a los estudiantes oírla así de decidida.

—Lo hice —contestó Snape, sonriendo con satisfacción y maldad—, pero está donde la profesora McGonagall, sí que, en cualquier caso de emergencia, tú retomas el puesto. Sin berrinches, por favor —agregó al ver que Merlina iba a decirle algo más—. A las nueve, sin reclamos, o nos vemos donde el director.

Giró sobre sus talones y desapareció por el pasillo como un murciélago en su caverna.

—¿Ves lo que hace? —refunfuñó a Ginny. Luego, al ver que todos la miraban, bajó la voz—. Sigue intentando dejarme en vergüenza... no sé qué le pasa...

—Y así dicen que nosotras somos las complicadas —reprochó la pelirroja.

A la hora de la cena, cada vez que miraba a Snape y pinchaba una patata con el tenedor, se imaginaba que era su cara. Masticaba con tanta furia que le llegaba a doler la mandíbula.

No temió en volver a su despacho para hacer tiempo y sacar a Snape de sus casillas. Gastó media hora en el baño, disfrutando de las burbujas y perfumes de su tina, lavándose los dientes y limándose las uñas. La idea era demostrarle que ella no estaba para su placer ni sus mandados. Se fue con el pelo húmedo para estilar sobre sus libros y hacerlo enfurecer aún más.

Cuando llegó frente a la puerta, tampoco se limitó llamar y entró como si estuviera en su propia casa. Cerró de un portazo haciendo temblar algunos muebles.

—Llegué tarde y no me importa —le espetó y se sentó frente a él de brazos cruzados, sin esperar que la invitara—. Dame los malditos libros que quieres que te ordene.

Snape, sin decir nada, se paró. Merlina pensó que iba a buscar los libros, pero se equivocó. Se puso detrás de su silla y le colocó las manos en sus hombros. Se inclinó y puso la cabeza junto a la suya. Merlina relajó su mandíbula inconscientemente y evitó mirarlo de soslayo, sintiendo que el corazón se le aceleraba.

—¿Crees que te mandé a llamar por los libros? —le preguntó en voz baja casi en un ronroneo, deslizando las manos por sus brazos suavemente hasta la altura de sus codos. Merlina asintió, mirando hacia el frente, roja como un tomate.

—¿Para qué otra cosa me mandarías a llamar? —contestó irritada.

Severus la soltó y volvió a su asiento.

—Allí están los libros —dijo señalando el librero—. Quiero que los ordenes por editorial, nada más. Terminarás hoy, que no da para mucho.

—Tengo que hacer mi trabajo —contestó ella.

—Morgan, no creas que no sé que Filch también sale a merodear en las noches, y con una persona rondando en el castillo basta.

—Pero es mi trabajo —insistió Merlina testaruda.

—Y como él te quitó tu puesto, toma tú el suyo por hoy —le dijo Snape como si le estuviera dando un sabio consejo.

—Claro, lo dices como si lo único que quisieras es estar conmigo —comentó Merlina de mala gana parándose para ir a buscar los libros.

—Exacto —replicó Snape observándola con atención—. Deberían darte el puesto de Adivinación; adivinas muy bien.

Merlina no hizo caso a su sarcástico comentario y se dispuso a terminar pronto con el asunto por el que se suponía que estaba allí.