Capítulo 35: Ravenclaw versus Slytherin

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En un principio estuvo de pie ordenando los libros. Pero como el librero no era grande y tenía cerca de dos mil libros, comenzó a llevar torres y torres de ellos hasta el escritorio de Snape. Le dolían las piernas, estaba comenzando a sentirse cansada. Él sacaba cuentas en un trozo de pergamino.

Llegaron las once… doce… Merlina no llevaba ni la mitad. ¿Cómo que no daba para mucho esa tarea? Uno, dos… Comenzaba a ver borroso y los párpados se le comenzaban a cerrar. De vez en cuando se quedaba completamente sorda, de repente reaccionaba y seguía seleccionando. Algunos libros tenían la marca de editorial oculta, otros no tenían… Vio a Snape que cerraba su tintero, guardaba la pluma y que le decía algo, pero no le entendió… Quizá le dijo que se podía ir a dormir, pero ya no tenía fuerzas… Cerró los ojos.

Pum.

Merlina cayó dormida sobre los libros de la mesa. Severus la miró y bostezó. Se puso en pie y la levantó con cuidado, tomándola entre sus brazos. Merlina sintió que flotaba.

Mientras tanto, él pensó qué debía hacer. ¿La llevaba a su cuarto, en el segundo piso? No, quedaba muy lejos… No, no tanto, en realidad. Necesitaba una excusa para no alejarla de sí. Era cierto lo que le había dicho: deseaba estar con ella.

Miró la boca abierta de Merlina. ¿La llevaba a su propio cuarto? Miró su cara tranquila, casi inocente. No, ella podría pensar mal, con lo tremendamente exagerada que era… No, no era eso. Ella no pensaría mal, porque sabía que deseaba estar con él, sin embargo, él necesitaba no comprometerse demasiado. Debía tener un límite, así que la sentó en el sillón.

Se dio cuenta de que todavía tenía el pelo mojado, por lo que decidió secárselo con aire caliente de la varita. No deseaba verla enferma nuevamente. En el proceso, dos veces apegó la nariz al cabello de la mujer. Tenía olor a frutas tropicales y le sentaba delicioso.

Apagó las luces de su despacho y sólo por esa noche se permitió no dormir en su habitación. Lanzó un potente hechizo a la puerta para que nadie entrara, y así asegurarse de que sería una noche tranquila. Se sentó junto a ella y la observó; los ojos ya se le habían acostumbrado a la penumbra. Se acercó a sus labios para despertarla de un beso e incitarla a hacer algo más… pero eso era precisamente sobrepasar los límites. Se alejó despacio y suspiró. Con un dedo acarició su mejilla, pero ella no despertó. Finalmente la abrazó, hizo que apoyara la cabeza en su pecho y él apoyó la suya en la de ella.

Merlina sintió, en sueños, un confortante calor. Abrazó lo que tenía al lado. Snape sintió la mano de Merlina rodearlo por el abdomen hasta su espalda. En ese instante no había nada que temer, ni tampoco nada malo en un abrazo. Se relajó y no tardó en caer dormido también.

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Merlina sintió peso y cosquillas sobre su cabeza. No oía los típicos pájaros cantar en su ventana, pero sí una respiración pesada y el latido de un corazón bajo su oreja izquierda. Con mucho esfuerzo abrió los ojos y bostezó. Se sentía atrapada. Miró lo que el panorama le permitía ver: un despacho lúgubre y frío; muchos libros sobre un escritorio... Dio un vistazo hacia abajo. Unas cetrinas manos se cruzaban en su cintura. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su cara y se sintió sonrojar, con el corazón latiendo agitadamente. Sacó su cabeza bajo la de Severus, que quedó colgando. Ella, con cuidado, la acomodó y se la apoyó en el respaldo. Snape abrió la boca ligeramente.

Merlina tenía una de sus manos en su espalda. Le acarició con suavidad, robándole un ronroneo a Severus.

¿Qué hora sería? Calculaba que debían ser las nueve y tanto, porque por una de las rejillas entraba algo de luz.

Se intentó reincorporar para echar un vistazo por la pequeña ventanilla, pero el profesor de Pociones, dormido todavía, la apegó más contra él. Al parecer no estaba dispuesto a soltarla.

Merlina quitó la mano derecha de su espalda y le acarició la mejilla con suavidad, mirándolo embelesada, olvidándose lo enojada que había estado el día anterior. Quería besarlo, pero no alcanzaba y tenía limitado el movimiento. Entonces tuvo la idea de besarle el cuello, que siempre estaba tapado por una camisa que lo hacía parecer un cura. Le desabrochó el primer botón, pero se arrepintió. Con suavidad, para que Snape no volviera a apretarla, subió unos cuantos centímetros y le tomó la cara, llevándola suavemente hacia adelante. Como un muñeco sensible al movimiento, volvió a cerrar la boca.

Ahí sí —pensó ella y le dio un suave beso en los labios. Alejó un poco su cara y vio que Snape comenzaba a abrir los ojos. Merlina volvió a acariciarle el rostro.

—Hola... —susurró.

Snape no le respondió, pero, a cambio de eso y todavía algo dormido, se acercó los dos centímetros que faltaban y la besó con ternura.

—Eres un odioso, ¿no? —murmuró Merlina luego del beso.

—Tú fuiste la que se enojó el otro día. Ya te había dicho que me encantabas cuando te enojabas, y lo sigues haciendo —confesó sonriendo maliciosamente, aunque soñoliento.

Merlina negó con la cabeza y le rodeó el cuello con sus brazos, apoyando la cabeza en su hombro. Snape le acarició la espalda.

—Créeme que no te daré en el gusto siempre —le advirtió Merlina al oído.

—No importa... Me es más emocionante así.

Se separaron. Snape la miró a los ojos. Y, entonces, el pensamiento de horas antes quedó reducido a polvo. ¿Qué más daba si mantenían una relación secreta? ¿Y qué más daba si se involucraban más allá? Estaban solos, encerrados, abrazados. Si ella deseaba poner el freno…

—¿Todavía te pongo nerviosa?

El estómago de la joven se sacudió. Además, una de las manos de Severus comenzaba a deslizarse por su muslo.

—¿Quién te dijo que yo me ponía nerviosa contigo? —contestó ella mirando hacia el techo y sacando la mano de Severus de su extremidad bruscamente.

—No es necesario ser adivino… —Snape estiró nuevamente el brazo, pero para abrazarla. Merlina se reincorporó de un salto.

—Bueno… ya, sí —asintió soltando una risita nerviosa—. Y me pongo aún más nerviosa cuando empiezas a sacarme en cara lo evidente.

Severus se paró y comenzó a avanzar lentamente hacia ella, como si fuera un depredador que busca a su presa. Merlina estiró un brazo para evitar que se acercara demasiado a ella. No sabía por qué, pero no se sentía preparada para aceptar caricias libidinosas de Severus. La sensación de taquicardia era espantosa, como si fuera a explotar en vapor, y es que todas esas sensaciones se le hacían nuevas. Y, la triste realidad era que, si bien con Craig nunca había interactuado íntimamente, sí lo había hecho en el periodo que vivió en Estados Unidos con un par de compañeros de colegio. Sólo llegó a tercera base con uno; con los demás no tuvo el suficiente interés. La verdad era que jamás había sentido tanta atracción sexual por alguien como lo hacía por Severus, y temía hacer combustión espontánea. No sabía cómo manejar la situación. En pocas palabras, era un poco virgen, pero también mentalmente inexperta, porque no sabía cómo proceder.

—¿Sabes? —le dijo acalorada—. Creo que debemos bajar a desayunar. Es tarde.

Snape rodó los ojos exasperado.

—Ve tú. Yo me daré un baño. Es domingo, da igual si nos levantamos tarde —replicó dando otro paso.

—Sí, estoy de acuerdo, pero me... me intimida el tono de voz que pones y los pasos lentos que das y... y no te acerques más, por favor, hay cosas que hacer y no quiero que… —no completó la frase, pero él sabía a lo que se refería realmente con ese desvarío.

Merlina se sentía como una estúpida. Había dormido abrazada a él, lo había besado más de tres veces, habían hablado a dos centímetros de distancia... Pero le costaba acostumbrarse a esa sensación abrumadora de amor y hormonas revolucionadas, de romance puro; uno real y apasionado, que más parecía juego de adolescentes. Un día era "sí" y otro día "no tanto".

Snape alzó las manos y se quedó quieto, todavía con esa burlona sonrisa y una sensual ceja arqueada.

—No estoy haciendo nada —le avisó, haciendo que ella sintiera alivio—. Nos vemos en un rato.

Eres una tonta, Merlina. No eres una adolescente. ¿No querías esto? —pensó furiosa con ella misma—. Atrévete. Reclama lo que es tuyo.

Merlina rompió la distancia, y antes de que Severus terminara de darse vuelta, le tomó el rostro y lo atrajo hacia ella para besarlo sin pudor. La agitación de las respiraciones escaló nuevamente en cosa de segundos. Severus la rodeó con los brazos y comenzó a bajar una mano suavemente por la espalda de ella, provocando mil sensaciones en su cuerpo. Sin embargo, luego de esa espontaneidad de pasión, Severus se alejó de su rostro cuando el estómago de Merlina sonó, y sonrió.

—Hay apetitos que son prioritarios de atender ahora, y no es este —comentó. Merlina sonrió con los labios, conteniendo la risa y la vergüenza—. Ve a desayunar.

Merlina asintió y se fue de allí. Sentía que flotaba de felicidad. Salían estudiantes por todos lados —eran cerca de las diez—, y ella saltaba en una pata. Esta vez se reservaría lo sucedido para ella; tenía la sensación de que no era oportuno decir nada todavía, y más cuando Severus tenía un comportamiento tan dual. No obstante, no pudo de dejar de responder un "todo está de maravillas" cuando Hermione le preguntó que cómo andaban las cosas.

Severus llegó quince minutos más tarde que ella al Gran Comedor con una túnica verde botella. A Merlina le pareció raro verlo con una capa que no fuera negra, pero se impresionó al notar que se veía aún más atractivo. Esta vez sí hubo miradas fugaces. Merlina enrojeció, pero de alegría. No era un sueño, nunca lo había sido. Cómo cambiaban las cosas, ¿no? ¿Realmente estaba besándose a escondidas con Severus Snape? ¡Snape, por favor! ¡Snape, el irónico, el antipático y cruel profesor de Pociones! ¡De Snape se había enamorado! ¡Snape quería estar con ella! Oh, Snape ¿Acaso no era increíble?

Increíble hubiera sido que Merlina pensara que Severus Snape podía dejar de ser él mismo.

Al final del desayuno, Dumbledore se puso en pie. Merlina pensó que iba a dar un discurso olvidado, pero simplemente dijo:

—Recuerden bajar a las once al campo de Quidditch para que presencien el partido de Slytherin contra Ravenclaw.

A Merlina se le cayó el tenedor. ¡Lo había olvidado por completo! ¿En qué momento avisaron? Miró a Severus quien se echaba relajadamente un trozo de pan a la boca.

—Lo sabías... —susurró Merlina para sí, resentida, comprendiendo el atuendo del profesor—. Y no me dijiste.

Trató de mantener la calma. Estaba segura de que Severus quería verla enojada y lo menos que deseaba hacer ella era darle en el gusto.

Todo el colegio salió al campo de Quidditch unos cinco minutos antes de que comenzara el juego. Se reunió con los muchachos.

—Espero que gane Ravenclaw —comentó Merlina con maldad—, esos asquerosos de Slytherin merecen perder.

Ginny la miró extrañada.

—¿Te pasa algo, Merlina?

—Oh, no... Sólo que se me fue que hoy había partido de Ravenclaw y alguien olvidó mencionármelo —contestó con una sonrisa falsa.

—Comprendo... —susurró Hermione.

Atravesaron el húmedo pasto junto con toda la multitud.

—Aah... —se quejó Merlina en voz baja. Alguien le había chocado el brazo. Un hombre de pelo largo hasta los hombros con túnica verde la adelantó.

—¿Qué pasó? —le preguntó Ginny.

Merlina hizo un gesto con la cara y ambas chicas miraron hacia adelante. No necesitaron más explicación.

Subieron por las escaleras y comenzaron a buscar el lugar de Gryffindor tras las gradas. Merlina vería el partido con ellos, porque no sacaba nada con estar sola en los asientos de Ravenclaw.

—Oh, un momento —dijo Merlina, quedándosele atascada la capa en un clavo.

Jaló la tela, pero no salió. Se agachó y comenzó a hacerlo manualmente.

—Qué raro... no sale... —susurró—. Vayan, yo los alcanzo.

—Apresúrate —le dijo Ron—, porque este partido será emocionante. ¿Cómo te vas a perder ver a tu antigua casa machacar a las serpientes?

Dieron media vuelta y continuaron caminando.

—Diablos... —tiró con todas sus fuerzas y por fin se desatascó. Cayó sentada.

Detrás de una puerta salió Snape y se acercó hasta ella.

—Funcionó, ¿no?

Merlina se puso de pie fulminándolo con la mirada.

—Eres un caradura... —susurró negando con la cabeza—. Sabías que había partido y no me dijiste... Sabiendo que yo tengo mala memoria.

—Morgan, te lo haya dicho o no, Ravenclaw va a perder de todas formas.

El lugar en donde se encontraban comenzó a oscurecerse un poco, porque las personas estaban ocupando los asientos de arriba.

—Eso no lo sabes, porque Slytherin no es tan bueno. Malfoy es un imbécil —se estaba empeñando en poner voz relajada, pero los ojos risueños de Snape le ponían los pelos de punta.

—¿Te estás enojando?

—No...

Snape se aproximó hasta ella. Merlina retrocedió y quedó bajo la grada más alta. Un pedazo de túnica de la persona colgaba entre medio. Si se echaba más para atrás, chocaría con algún trasero sobresaliente.

—Estás roja... Puedo notar como desprendes vapor de tu cabeza...

—¡Dormimos juntos y no me dijiste...! —bramó. Daba igual que gritara, porque afuera las ovaciones eran ensordecedoras.

Snape la abrazó rápidamente y comenzó a besarla sin dejarla hablar más. Merlina no opuso resistencia, y en parte eso era lo que, en el fondo, esperaba con ansias. Puso una mano en su cabeza y la otra en su cuello. Parecían verdaderos desesperados; querían triturarse.

Severus le tomó una pierna y se la levantó colocándola al lado de su cadera.

—Hay gente afuera… —susurró Merlina agitada, jadeando al separarse unos centímetros de sus labios.

—No verán nada —contestó Snape convencido y confiado, mientras le comía la boca a besos y la envolvía en su túnica para que no se sintieran tan expuestos. De esa manera también podría acariciarle la pierna sin que se viera lascivo. Claramente, su intención no era ser vistos—. Están pendientes del partido…

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—Ey, Merlina se demora —comentó Harry mientras Luna Lovegood, comentarista del partido, comenzaba a nombrar a los jugadores de los equipos rivales.

—Iré a buscarla, quizá pueda desatascarla con magia —intervino Hermione.

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Llevaban varios segundos así. Parecían como pegados con imán. Quien asomara la cabeza por las tablas los vería perfectamente, pero todos estaban atentos a la cancha, por lo que no había peligro alguno.

No obstante, de pronto, un repentino y ahogado grito les hizo separarse violentamente. Hermione estaba a unos cinco metros; había salido de la puerta que daba a las gradas. Tenía la varita en la mano, los ojos desorbitados y la boca abierta. Los tres se miraron las caras. Hermione tembló y se devolvió corriendo.

—Tengo que... —susurró Snape soltando a Merlina y desenvolviéndola de su túnica. Ella jamás lo había visto tan pálido. Temblaba, parecía alterado—. Tengo que buscar a Granger...

—Severus —susurró Merlina tomándole el brazo—, ella no dirá nada, te lo juro...

—No... Nos vio. Ella hablará...

—No, ella es mi amiga, no dirá nada —insistió ella buscando su mirada. Vio que al hombre le tiritaba la barbilla y tragaba saliva.

—Si se enteran... —balbuceó—, si se entera todo el colegio...

—No se enterarán... Agradece que no nos viera otra persona... Además, ¿qué tiene si lo saben?

—Los rumores corren, Merlina, y no solamente por el colegio —parecía preocupado. Merlina estaba asustadísima por su actitud. Prefería mil veces verlo enojado a que verlo asustado.

—¿Te avergonzaría estar conmigo públicamente?

—No... No puedo explicarlo ahora... Necesito pensar.

Como alma que lleva al diablo Severus bajó las escaleras y se perdió de vista. Merlina quedó mucho más confundida. Ponía las manos al fuego porque Hermione no diría nada. ¿Qué podía estar mal, entonces? Ambos estaban grandecitos para estar ocultando una relación. Tenía que haber algo más allí, pero después lo averiguaría. Puso los ojos en blanco, negó con la cabeza y decidió ir con los muchachos de una vez por todas a ver el resto del partido, empeñándose en que no se le arruinara la mañana.

Cuando se sentó en la grada, Hermione la miró aún con cara de asustada.

—Después hablamos —le susurró para tranquilizarla, aunque su tono de voz sonó a pura preocupación. Justo en ese momento Ravenclaw hacía un gol. Iban ochenta a cincuenta y pronto el buscador de las águilas atrapó la Snitch. No obstante, el sabor de haber obtenido la victoria ya no se le hacía tan dulce a la celadora, aunque eso significara ver a Malfoy rabiando. Prefería haberse quedado con Severus, discutiendo, en paz, y no tener que estar pensando en su rara actitud.

A las once y media el estadio quedó vacío. Hermione y Merlina se esforzaron por perderse en la multitud y caminaron rápidamente al castillo. Merlina guio a Hermione a un aula vacía en el tercer piso, lejos de todos los posibles oídos.

—Yo no quería ver —se excusó Hermione, avergonzada, antes de que Merlina abriera la boca—, sólo pretendía ir a buscarte.

Merlina sonrió apaciguadora.

—No te culpo.

—De todas maneras... —Hermione soltó una risita nerviosa—, ese realmente fue un beso apasionado. Casi se pulverizaban el uno al otro.

Merlina lanzó una carcajada. Luego, se puso seria.

—Mira, Hermione... Sólo te voy a pedir que no le digas nada a nadie, ni a Ginny, aunque es absurdo, porque sabe lo de nuestra relación, pero prefiero que no se masifique, no dar oportunidades a que más gente se entere.

—Entendido. De todas maneras, no pensaba contarlo.

—Lo imaginé… —suspiró Merlina arqueando las cejas—. Sin embargo, Severus estaba convencido de que hablarías. Se comportó muy raro después que te vio, así que ahora voy a tener que ir a hablar con él.

Le dio unas palmaditas a Hermione en el hombro para que se quedara tranquila y partió rumbo a las mazmorras.