Capítulo 36: Amenazas tenebrosas
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Tocó varias veces la puerta, pero no obtuvo respuestas. Giró el pomo, pero estaba con llave. Abrió con el manojo que tenía ella y surtió efecto.
El despacho estaba vacío, así que dedujo que podría estar en su cuarto.
—¿Severus? —llamó en voz baja, temerosa.
Nadie contestó, sin embargo, la puerta estaba abierta. Entró lentamente, preparada para ser expulsada de inmediato, pero no fue así. Snape estaba sentado en el borde de su cama mirando el suelo, pensativo, con las manos entrelazadas sobre sus piernas.
Merlina avanzó, se sentó a su lado y lo observó apenada.
—No quiero ser obstinada…, pero creo que necesito una explicación. Hablé con Hermione, y me prometió que no dirá nada a nadie. Y, si tienes alguna duda, podemos usar Veritaserum. ¿Qué pasa?
Hubo un minuto de silencio antes de que Severus dijera algo. Parecía reflexivo.
—En realidad, esto te lo debería haber dicho hace tiempo… —susurró Snape y se enderezó. La miró preocupado, aunque su expresión seria no se diferenciaba mucho de la normal. Sólo Merlina podía distinguir sus emociones. Y Albus Dumbledore, por supuesto.
—¿Y por qué deberías habérmelo dicho antes? ¿De qué estamos hablando? —indagó desconcertada.
—Porque te lo insinué… —titubeó Severus, por primera vez rehuyendo de la mirada de la joven.
—¿Cuándo? No te sigo…
—Cuando volvimos el primer día de curso. "¿Fue por casualidad para relajarse y tener otra vista del mar a visitar Azkaban?" —repitió monótonamente.
Merlina hizo funcionar su mente.
—Yo pensaba que habías usado Legeremancia contra mí —reveló Merlina, sin comprender de qué iba todo eso—. ¿Y no era eso, entonces?
—No —Severus formuló una mueca.
—¿Cómo? —Merlina no entendía nada—. Explícame bien, que no te estoy entendiendo.
—La verdad es que el idiota de tu ex me envió una carta contándome de tu visita y amenazándome de que, si te tocaba, los dos íbamos a… —soltó abruptamente, pero Merlina le interrumpió.
—¡Espera! —Merlina enrojeció—. ¿Te dijo que…?
—Sí, que estabas enamorada de mí, sí.
—Sabías… —se cubrió la cara—. Qué vergüenza… jamás pensé que…
Severus rio brevemente, como si fuera un dulce recuerdo, pero el ahora fuera amargo.
—Ése no es el punto de todas maneras —retomó su preocupación.
—Lo siento, continúa. ¿Te amenazó de muerte?
—Algo así.
—Oh, vamos, Severus… —susurró ella colocando una mano en las suyas, que aún permanecían entrelazadas—. Está en Azkaban. ¿Por eso te preocupas de que lo sepan los demás?
—El noventa por ciento, sí. El otro diez es porque…
Miró a Merlina a los ojos profundamente por algunos segundos.
—¿Te da cosa? —inquirió ella mordazmente.
—Sí, pero no es por ti —se apresuró a decir y le tomó la mano—. No estoy acostumbrado a esto… Ya lo imaginarás. No creo que sea buena idea, después de todo, que todos se enteren… sumando a que a la mayoría los tengo como enemigos.
Merlina se sintió a halagada. Se preocupaba por ella y ni siquiera él podía enfrentar bien el hecho de que ya tenía a alguien a su lado que lo quería, por falta de costumbre.
—A mí ya no me tienes de enemiga —comentó ella con una sonrisa—. En fin. Ahora que estás confesándome eso… Y que me debiste haber dicho hace mucho tiempo —recalcó sin enojarse—, creo que es hora de que me confieses todos tus secretos sobre mí, que tengo muchas preguntas que he querido hacerte.
—¿Cómo cuáles? —inquirió Snape mirándola fijamente con las cejas arqueadas, medio a la defensiva. Apretó levemente la mano de Merlina.
—¿Te preocupaste por mí cuando oíste a Malfoy hablar sobre lo del unicornio falso?
Snape rodó los ojos retornando a su típica exasperación.
—No preguntes estupideces…
Merlina acercó la cara a la suya quedando sólo a un palmo. Llegaba a verlo doble.
—Dime —insistió, buscando su mirada. Ahora que estaba con él y que no se sentía tan temerosa, necesitaba saber las respuestas de las preguntas que le habían carcomido el cerebro por tanto tiempo. Debía hallar sentido a su comportamiento.
Severus frunció el entrecejo con una mirada incrédula, hasta que le contestó, al ver que Merlina no se rendiría.
—Sí, claro que sí me preocupé, ¿cómo se te ocurre dudar?, por Merlín y yo que pensaba que me gustaba alguien inteligente…
Merlina no hizo caso y prosiguió. Sabía que eso lo decía para contrarrestar el romanticismo.
—¿De verdad me odiabas?
Severus levantó una ceja.
—Bien sabes que no —respondió más cortante aún.
—No, por eso te lo pregunto. Desde mi perspectiva, no todo estaba claro —repuso picada—. ¿Y me acosabas el curso anterior? ¿O eran sólo muestras de lo mal que te caía cuando te acercabas a mí?
El profesor soltó una carcajada olvidándose de la incomodidad. A Merlina le producía una tremenda felicidad verlo así. No era un ogro después de todo.
—Me puedes demandar.
—¿Reconoces que era acoso?
—Por supuesto que sí —farfulló entrecerrando sus ojos— y del más sexual que haya existido… Te ponías colorada como un rábano… —agregó aproximando su boca al oído de Merlina, pero ella lo evadió.
—Me sigues pareciendo caradura. Entonces, ¿asumes que yo te gustaba de antes y que cualquier cosa la usabas como escudo para aparentar lo contrario? Dime desde cuándo empezaron tus buenos sentimientos, porque, de verdad, no noto la diferencia en absoluto.
Severus se apegó más a ella y la rodeó con sus brazos inmovilizándola. Merlina no podía abrazarlo porque tenía los brazos atrapados bajo los suyos. Nuevamente se acercó a su oído. No podía dejar de temblar cuando hacía eso. Le temblaba todo.
—Desde un principio…, aunque, en ese entonces cualquier sentimiento hubiera sido más que ilegal, tanto por la edad como por el hecho de que yo era tu profesor. Pero, en mi defensa, apenas tenía veintiún años —murmuró. ¿Cómo olvidar cuando te subiste en el techo de una casa para rescatar a un perro callejero…? ¿Cómo olvidar que eras la presidenta del Club de Defensa de Derechos de los Animales Salvajes? —Merlina no recordaba eso y se sorprendió al oírlo de sus labios. Parecía que siempre la había tenido vigilada—. Hacías cosas admirables y yo me obligaba a transformar cualquier buen sentimiento que tuviera hacia ti con rabia, por mi propio bien y el tuyo. Siete u ocho años de diferencia y tú siendo menor de edad… No hubiera sido ni correcto ni bueno, y eso yo lo tenía claro, a pesar de ser un chiquillo. De todos modos, más me disgustaba tener sentimientos por alguien, porque me hacía sentir impotente.
Merlina cerró los ojos y sonrió, negando con la cabeza, exasperada por lo último que dijo.
—Hasta el día de hoy… —masculló ella.
—No podía creerlo cuando te vi el curso anterior —su voz se hizo más suave, pero más segura aún—. Por un momento no supe si eras tú realmente, porque te recordaba de otra manera: flaca, desaliñada —Merlina soltó una risita, avergonzada— y atrevida, y llegaste llena de curvas, con un peculiar estilo de vestir y retraída. Sin embargo, cuando escuché tus gritos salir de la lechucería y te vi ahí colgando, no me cupo duda de que eras la auténtica Merlina Morgan.
—Claro, ya que soy la única estúpida que se atreve tirarse al vacío para rescatar a un animal. Y gracias por creer que estoy llena de curvas.
—Exacto. Y de nada.
—Uhm… Creíste que Phil era mi novio y te pusiste celoso, ¿no? —inquirió ella, tratando de mirar su expresión, pero él la sostuvo así y no se lo permitió.
Snape no contestó de inmediato y cuando lo hizo, parecía tener los dientes apretados.
—Creo que el director del colegio olvidó mencionar el detalle de que era tu primo…
—Ya veo…
—Pensé que… —dejó la palabra en el aire.
—¿Pensaste qué? No te lo calles.
—Que mi interpretación de tus sentimientos hacia mí eran falsos y que tu ex se había equivocado, o que le habías mentido para sacártelo de encima.
Severus comenzó a alejarse, pero Merlina lo detuvo.
—No me sueltes —le dijo—. Tengo que seguir con el interrogatorio, y si se te hace fácil hablarme sin tener que mirarme a los ojos…
—Si quieres que me ponga cursi o algo así, no lo conseguirás.
—No, sólo quiero saber si testificaste por mí o por ti en el juicio de Craig.
—¿Por quién crees tú? —puso la mejilla contra la de ella.
—Por algo te lo estoy preguntando.
Severus se alejó lo suficiente para mirarla directamente a los ojos.
—Por ti, por supuesto… Y si quieres saberlo, antes de que me lo preguntes, sí me preocupé cuando no te vi en tu habitación la vez que te secuestró ese imbécil, como me preocupé cuando Malfoy te encantó: por un momento pensé que quedarías idiota para siempre, aunque mucha diferencia no hay por las preguntas que mes estás haciendo ahora… —Merlina rio y se inclinó para morderle un hombro, pero Severus aguantó el dolor—. Me preocupé por lo del unicornio, por lo del hielo… y por el hecho de que Granger nos haya visto.
—Pero ya te dije… nada ocurrirá —insistió ella mirándolo persuasivamente.
Severus esta vez sí se separó y le tomó ambas manos, apesadumbrado y observándola con intensidad.
—De todas maneras, ¿no te molestaría mantener esto en secreto?
—¿Por cuánto tiempo?
—El que sea necesario, hasta que el infeliz de tu ex se aburra y deje de enviarme cartas de amenaza.
Merlina puso los ojos como platos.
—¡¿No que era una sola carta?!
—Una en el principio, claro.
—Y no me dijiste nada…
—¿Para qué arruinar el momento? Ahora lo sabes…
Merlina se puso en pie y miró a Severus con enojo.
—¿Tienes las cartas? Quiero leerlas.
Snape fue hasta uno de sus cajones y revolvió adentro. Sacó un montón que estaban amarradas por un elástico. Eran como mínimo diez cartas. Merlina se sentó nuevamente y comenzó a leerlas una por una. Severus se dedicó a observarla, poniendo atención a sus emociones. De vez en cuando Merlina se daba cuenta de su mirada y se ponía ligeramente nerviosa, pero luego volvía a concentrarse en la lectura de tan malintencionadas cartas.
Todas ellas decían cosas como "… ella no es alguien que valga la pena, así que te recomiendo que no pierdas el tiempo…" "…no se te ocurra tener algo con ella, porque las cosas pueden resultar mal…" "…ella me pertenece…" "… si le tocas un solo pelo las vas a pagar caro, porque ella ya tiene dueño, aunque no lo reconozca…" "…si ella se te insinúa puede que las cosas se reviertan y ella salga perdiendo…" "No te imaginas la terrible muerte que puedo darles… Pueden terminar ahogados, desollados, quemados, descuartizados o ahorcados…", en conclusión, eran palabras sin sentido. Parecían estar escritas por un demente y no por alguien normal. ¿Siempre había sido así Craig? Sonaba aterrador.
—¿Y tú le contestabas?
—¿Querías que me quedara de brazos cruzados? —respondió Severus molesto, pero no contra ella—. Claro que le contestaba.
—¿Qué cosas?
—Simplemente que se metiera en sus asuntos y me dejara en paz. Que dejara de perder el tiempo y que yo, por ningún motivo, tenía deseos de estar contigo. Que me parecías poco atractiva y absurda. Y que yo no podría estar jamás con alguien como tú.
Merlina se sintió ofendida. Severus se dio cuenta de eso.
—Claramente mentí —añadió—, fue por seguridad; era la manera de que te dejara tranquila. Si fuera verdad, ¿estaría contigo? ¿Te habría besado si me parecieras poco atractiva? Y era mejor no decirle la verdad. No me parece imposible que pueda escaparse de la fortaleza, si ya ha ocurrido antes.
Merlina se tapó la cara con las manos y se quedó así un rato.
—¿Estás llorando? —preguntó la voz alarmada de Severus.
Merlina levantó la cara.
—Claro que no. No puedo llorar. —Severus frunció el entrecejo—. Me refiero a que no me salen lágrimas.
—Ah… ¿Qué pasa, entonces?
—Me pregunto… ¿En qué demonios pensaba cuando me metí con Craig? Debí haber hecho caso a las malas lenguas.
—¿Lo querías?—la voz del profesor sonó fría. Merlina se sintió incómoda, pero si Severus era sincero con ella, debía serlo ella también. —En una carta que leí… —murmuró. Merlina lo miró, atenta—. Cuando renunciaste el año anterior, encontré una carta en el Vestíbulo… Y decía que lo querías.
Merlina sonrió, incrédula. Severus había estado atento a ella durante mucho tiempo. ¿En qué mundo había estado viviendo?
—¿Lo querías o no? —reiteró Severus impaciente.
Merlina salió de su ensimismamiento.
—Oh, no, nunca. Sólo como amigo… y pensé que era un buen amigo…
—¿Y por qué estabas con él? —su tono sonó algo autoritario. Merlina arqueó las cejas. —Tú me hiciste preguntas a mí, ahora es mi turno.
Merlina pensó un poco. Ahora que estaba con Severus, veía hacia atrás y encontraba lejanos los terribles sentimientos de soledad que había sufrido alguna vez.
—Cuando… —farfulló—. Cuando te sientes solo —completó—, eres capaz de hacer algo en contra de tu voluntad para que eso cese, o engañarte a ti mismo para crear lazos con gente que no quieres en realidad. ¿Entiendes? No he tenido mucha gente cercana desde que volví de Estados Unidos.
—¿Hacer cualquier tipo de cosa?
La voz de Severus se oyó sombría. Merlina, que no era experta en Legeremancia, comprendió el mensaje.
—Oh, no, no todo. Jamás lo que estás pensando —movió la cabeza incómoda—. Sólo el aceptar ser novios. De hecho me negué muchas veces ante el hecho de que tuviéramos… un contacto más profundo.
—Ah… —suspiró aliviado—. ¿Conmigo te negarías?
—Y yo que pensé que me gustaba alguien inteligente… Ya sabes la respuesta. Pero no es ni el momento ni la situación, así que…
—Lo sé —contestó Severus. Luego miró hacia atrás y observó el reloj—. Son las una y media. ¿Quieres ir a las cocinas a comer algo? Ya nos saltamos el almuerzo. ¿Crees que se hayan dado cuenta?
—Hermione, sí. De todas maneras, ¿no sería mejor bajar uno primero y luego el otro?
—Tienes razón, Cerdita Parlanchina —coincidió Severus con sorna.
Merlina no pudo evitar sonreír. Ambos se pusieron de pie.
—Voy yo primero, ¿bien? —dijo Merlina.
—Ya.
Dio unos pasos, pero Severus la agarró de la mano.
—Un momento —dijo—. Esto no lo podremos hacer en las cocinas; los elfos hablan.
Le tomó la cara con suavidad y la besó intensamente, enredando la mano en su cabello.
—No sabes cuánto me gustan tus besos —sinceró Merlina, luego de unos segundos, con la respiración entrecortada. Severus arqueó las cejas levemente en señal de agrado.
Merlina le dio un último beso en la mejilla y se retiró hacia las cocinas.
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Merlina finalmente le dio la negativa a Ginny sobre ir a su casa para las vacaciones de Navidad y Año Nuevo. Ginny le preguntó si tenía que ver con Snape. Merlina dijo que sí, pero no dio detalles. Ella comprendió, porque seguramente pensaba que estaban en algún proceso de definición de la relación o algo así.
Con Severus todo iba bien, pero no se veían mucho porque Merlina había recibido una reprimenda de Filch en cuanto a sus deberes de conserje. Según el viejo "él terminaba vigilando toda la noche, porque se mandaba a cambiar a otro lado". La verdad era que Merlina se ausentaba un par de horas para acompañar a Severus, ayudarlo a revisar algunos trabajos y nada más. Jamás era "toda la noche". El dormir juntos no se les había repetido y, a pesar de que la tensión sexual estaba a punto de transformarse en material explosivo, se dedicaban a las labores del colegio con el dolor de sus almas, y ninguno de los dos quería hacer de lo otro un mero trámite. Merlina quería estar con él en una ocasión para no olvidar, y Severus no era alguien mediocre que se conformara con migajas.
Merlina, por otro lado, pensó que los problemas con Draco habían acabado, pero se equivocó. De hecho, tres días antes de Navidad, la pilló yendo hacia el despacho de Snape —claro que él no lo sabía, simplemente pensó que estaba haciendo uno de sus paseos— y comenzó a increparla de la nada. Crabbe y Goyle eran su público, como siempre, alabando los insultos de su compañero.
—Eres una asquerosa sangre sucia —le espetó. A Merlina eso le pasó como mantequilla.
—Malfoy, chiste repetido ya no suena divertido ¿Estás furioso todavía por el partido? Tal vez si te sacaran del equipo, Slytherin tendría más posibilidades de ganar, porque como buscador no das una. Quizá si te fueran quemando el trasero con una antorcha atraparías más rápido la Snitch —replicó. Su intención era dejarlo hablando solo, sin embargo, tuvo que quedarse cuando los insultos se tornaron verdades. Malfoy sonrió como si hubiese recordado algo.
—Tiene gracia que menciones la palabra "quemar". Tus padres eran muggles, ¿no?
—Ya sabes, soy sangre sucia —contestó Merlina sin darle importancia, pero sintiendo una punzada de miedo. ¿Acaso iba a llegar a cierto tema? ¿Cómo podía saberlo?
—Qué pena que los muggles no puedan hacer magia para salvarse, ¿no?
—¿A qué te refieres? —dijo elevando considerablemente la voz. Se le heló la sangre.
—No sé, a que, quizá, yo estaría avergonzado de que mis padres muggles hubiesen muerto en una casa incendiada...
—¡CÁLLATE! —gritó Merlina fuera de sí. Las manos le temblaban. Ni siquiera recordó que tenía varita.
—¿Por qué he de...?
—¡Al menos yo tenía padres decentes! ¡No como tu estúpido padre, que mata a personas inocentes!
—¡No hables de mi padre!
—¡Yo hablo de lo que quiero! ¡Es un asesi…!
Merlina no completó la palabra. Malfoy desenvainó la varita. En ese momento vio a Severus salir de su despacho, a unos cuantos metros de la espalda de Draco.
El rubio gritó algo y de la punta de la varita mágica salió una capa de gelatina transparente. Ésta voló y se envolvió en el cuerpo de Merlina herméticamente. No podía respirar, pero sí oír y ver, y, de hecho, presenció lo que menos imaginó en su vida.
Snape dio vuelta a Draco y lo agarró del cuello de la camisa. Lo apegó a una pared y lo levantó unos cuantos centímetros del suelo. Le enterró la varita en el estómago. El rubio quedó sin aliento.
—Vuelve a tocarla, a insultarla o hechizarla —le dijo salpicando saliva, fuera de sí—, vuelve a hacerle algo y serás la última cosa que realices en toda tu vida. Sé el triple de maldiciones que tú, Draco y me encantaría volver a utilizarlas contra alguien. Vete antes que use alguna.
Lo soltó con brusquedad. Malfoy cayó al suelo y lo miró asombrado y con miedo. Crabbe y Goyle lo ayudaron a ponerse de pie y salieron a toda velocidad del lugar.
