Capítulo 44: Salto mortal

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Merlina, a esas alturas, ya veía borroso tanto llorar. Pero esa vez estaba llorando por una mezcla de sensaciones que no tenían que ver con la tristeza: se sentía idiota y extremadamente feliz. Le dio un ataque de tos con risa nerviosa. La mano le temblaba. El jugo estaba desparramado en el suelo. Se le olvidó toda la sed que tenía.

Su corazón bombeaba a mil por hora y su cerebro permaneció atascado unos momentos, analizando la carta, observando fijamente los "te amo" que parecían haber sido escrito con verdadero énfasis. La letra estaba muy negra y, en algunas partes, el pergamino había sido atravesado por la punta de la pluma.

De un momento a otro, como si le hubiesen descargado corriente eléctrica en su cuerpo, se paró tirando al suelo todas las golosinas compradas que tenía sobre el regazo.

¿Qué demonios estaba esperando allí? ¿Acaso no tenía cosas que hacer? Porque, la verdad, si es que estaba esperando un milagro, como que un superhéroe apareciera de la nada y la fuera a buscar, la tomara en sus brazos y la llevara volando hacia Hogwarts, iba a quedarse eternamente en el tren.

—¿Qué mierda estás esperando, Merlina Morgan? —se reprochó a sí misma con dientes apretados y colocándose roja—. ¿Acaso te crees tan importante que piensas que esto no es suficiente para volver? ¿Quizá Severus tenga que llegar moribundo para que se ablande tu corazón? ¡Actúa de una vez!

Se metió la carta al bolsillo y, a una velocidad impresionante, salió del compartimiento y comenzó a correr por el pasillo hasta donde estaba el maquinista. No había demasiada gente viajando, pero la poca que permanecía la quedó mirando con cara de "No se corre en los pasillos". Merlina ignoró eso por completo.

Llegó hasta el vagón principal y abrió la puerta de golpe.

—¡Ah! —gritó el maquinista sobresaltado, y al mirarla volvió a gritar—. ¡Ah! —La observó por unos segundos y luego dirigió la vista hacia adelante—. ¿Qué diablos hace aquí, señorita? —Voceó por encima del ruido que hacía el tren en ese lugar.

Merlina se aproximó y se puso a su lado.

—¿Podría detener el tren? —chilló ella inclinándose un poco.

—¿Detenerme? ¿Está loca? ¡Estamos a más de seis kilómetros de una estación y no puedo detener el tren acá! ¡Estamos pasando un monte y no hay por donde bajar! ¡Además, pronto llegaremos al puente que une el camino al siguiente monte! —contestó el viejo salpicándole saliva. Merlina ni siquiera se preocupó de secarse la cara.

Ella miró por la ventanilla de la derecha y vio que había una bajada, empinada, pero no se veía realmente peligrosa. Frunció el entrecejo, pensando… Y se le ocurrió una loca idea, que ya había practicado con anterioridad.

—¡Está bien! —dijo finalmente yendo hacia la puerta—. ¡No se preocupe! ¡Tengo otra manera de salir de aquí sin que detenga el tren!

El conductor la volvió a mirar.

—¿A qué se refiere? ¡Ey! ¡Oiga! ¡Señorita!

Merlina ya había salido despedida otra vez, dando un portazo. Traspasó el pasillo como un rayo nuevamente, y sacó sus maletas del portaequipajes. En otro momento se hubiera dedicado a limpiar el basural que dejó en el asiento y el suelo, pero no había tiempo. Ya había perdido dos minutos.

Salió de allí y fue a la puerta más próxima y la abrió. El tren comenzó a disminuir la velocidad. Pareció que el viejo se estaba arrepintiendo e iba a detenerse. Si esperaba a que se detuviera por completo, era probable que quedaran en la porción de línea que estaba en el aire, sobre un lago, entre monte y monte, y saltar de allí podía ser doblemente peligroso.

El viento le daba en la cara vigorosamente y le impedía ver, pero intentó lanzar las maletas lo más lejos posible, y sin dedicarse a pensar más, tomó algo de impulso y saltó del tren.

—¡Ay! —gritó sintiendo que se torcía ambos pies. Por unos segundos pensó que iba a caer parada y lograría mantenerse así, pero las piernas le fallaron y cayó comenzando a rodar, y a rodar, y a rodar… Y a rodar.

Por suerte esa vez no estaba atada ni previamente maltratada así que, rasmillada y con la ropa rajada, ensangrentada, pero sintiendo una energía más renovada que nunca, se puso de pie. Estaba mareada, aunque se mantuvo firme. Comenzó a ascender en diagonal, devolviéndose por donde iba el tren. Halló sus maletas, una se había abierto y había esparcido la ropa por un buen trecho.

—¿Por qué siempre tiene que haber obstáculos? —gruñó sacando su varita mágica—. Esta vez me tendrá que resultar el encantamiento, porque no pienso guardar prenda por prenda otra vez…

Alzó el brazo y agitó la varita. La ropa levitó en el aire y, por primera vez, se ordenó de manera meticulosa y rápida en la valija.

El ruido del ferrocarril había desaparecido. Miró hacia atrás creyendo que ya no estaba, pero este había estacionado unos cien metros más allá, efectivamente donde la línea del tren iniciaba el tramo en el aire. El conductor apareció por la puerta e hizo un gesto con la mano. Merlina alzó la mano y le hizo un gesto de despedida. Tomó sus maletas, se enderezó.

No puedo ir en el Autobús Noctámbulo —pensó—, porque sólo para en calles. Tampoco en escoba, porque no tengo, ni menos decirle a al maquinista que se devuelva. No, ella debía ser rápida. Debía llegar hasta Severus antes de que toda la magia que estaba sintiendo en su interior se acabara, antes de que algún asomo de duda le impidiera pensar con claridad.

—Lo que voy a hacer es una locura —susurró—. Vamos, Merlina. Concéntrate. Recuerda a los vejetes del Ministerio cuando les enseñaban a los de sexto el año anterior a aparecerse. Recuerda a Hermione, vamos.

Cerró los ojos y respiró profundamente, confiando más que nunca en ella misma. Giró un poco, poniendo su mente fuera de las verjas de los cerdos alados y sintiéndose libre. Por un momento se quedó sin oxígeno. Luego, respiró un aire completamente distinto. Abrió los ojos y vio que había dado resultado. Tragó saliva. Con maleta y todo comenzó a correr. Ponía las manos al fuego de que, si eso hubiese sido una maratón, ella la hubiera ganado cien medallas de oro. Con todo eso, al parecer los huesos y articulaciones de los pies se le habían acomodado. Llegó a las puertas de roble en menos de dos minutos. Las puertas se abrieron solas a causa de su desesperación.

Se detuvo. Miró hacia la derecha. La puerta del Gran Comedor estaba entreabierta. Con el corazón más presionado que nunca, abrió las puertas de par en par y miró directamente hacia la mesa de profesores.

Nadie le puso atención hasta que le salió la voz y dejó a todo el mundo callado.

—Severus —dijo creyendo que hablaría bajo, pero su tono sonó más fuerte.

Cada par de ojo se dirigió hasta ella. Severus la miró y sin querer, producto de la impresión, pasó a llevar la copa de oro de la que había estado bebiendo. Esta cayó al suelo con un golpe rechinante, siendo el único ruido existente durante algunos escasos segundos.

Merlina soltó las maletas y volvió a juntar energías para correr hasta él. Severus se levantó como un autómata, pálido. La joven dobló por detrás de la mesa y, apenas estuvo a un metro de él, se le lanzó al cuello.

Cesaron las respiraciones, incluso las moscas que volaban se habían paralizado. Tal vez muchos pensaran que era una broma, pero dejaron de creer eso hasta que Severus la abrazó.

—Lo siento, lo siento —susurró Merlina, ahogada, en su oído—. Lo siento tanto…

—Tranquila, respira —le dijo él casi inaudible.

Cada estudiante oía murmullos incomprensibles.

—No puedo —contestó Merlina mirándolo a los ojos, nuevamente con lágrimas en los suyos—. No puedo hacerlo, sólo quiero besarte.

—Hazlo —la alentó Severus. Ella lo miró incrédula―. Te lo juro, no me importa. Hazlo.

Merlina juntó sus labios con los de Severus, sin importarle que estuvieran ante cientos de alumnos como testigos.

Fue medicinal sentir su cuerpo contra el de ella, sus lenguas enredándose, intercambiando sentimientos… Severus le afirmaba con fiereza la cara.

—Esto es una broma —masculló Ron, amarillo, mirando desde la mesa de los leones.

—No, no es una broma —corroboró Hermione con los ojos brillosos y una pequeña sonrisa.

—Han domesticado a la bestia —terció Ginny con la boca ligeramente abierta, aunque gustosa.

—Alguna vez pensé que con Hagrid había visto muchas cosas asquerosas, como los escregutos de cola explosiva —expresó Harry sin pestañear y mirando atentamente la escena romántica con una mueca de asco—, pero ahora pienso que esto es lo peor y lo más asqueroso de verdad…

Harry y Ron negaron con la cabeza. Ambas muchachas se mordieron el labio inferior y asintieron ilusionadas, como si sus propios sueños se hubiesen realizado.

Cada uno se desprendió del otro. Severus le secó la lágrima solitaria de la mejilla. Estaba serio, pero Merlina sabía que estaba demasiado impresionado como para demostrar felicidad a carcajadas.

—¡Bien! —todos se sobresaltaron. Dumbledore había dado un aplauso y se había reincorporado de su asiento—. Al principio del almuerzo les dije que les tenía una mala noticia. Pues ya no la tengo —corroboró y señaló a Merlina con una mano—. Nuestra celadora ha regresado.

Merlina se dio por aludida y miró al director.

—Únete a nuestro almuerzo, por favor, Merlina —le invitó el director con una sonrisa radiante.

Merlina asintió y se alejó de Severus. Cada uno tomó su asiento original.

La joven se sintió más reconfortada y cómoda que nunca, aunque la continuaran mirando como bicho raro. Hubo unos pocos aplausos aislados, entre ellos los de Ginny, Hermione, Luna y Neville.

—Continúen, por favor —ordenó Albus.

El bullicio se armó de nuevo, con estudiantes revolucionados, inquietos y pasmados.

—¿Viste eso?

—Tengo ojos, ¿cómo crees que no?

—Lo besó, ¿cierto? Merlina Morgan besó a Snape, ¿qué crees que signifique eso?

—¿Eres tonto o qué? Hombre tenías que ser. ¡Es obvio que son novios o algo por el estilo! Ni que fueran amigos…

—Pues yo te besaría en la boca como amigos.

Merlina suspiró y se dio cuenta de lo sedienta que estaba. Planeaba tomar la copa, pero se detuvo. Ahora comprendía por qué el maquinista se había asustado, y tal vez muchos la miraban de aquella manera, hasta Severus: estaba ojerosa, con el pelo enredado, con múltiples rasguños en la cara, y sucia. Se observó las manos.

—Parezco un espantapájaros —susurró limpiándose las manos disimuladamente con el mantel. Rio por lo bajo y se dispuso a comer, invadida por la alegría.

Al final del almuerzo, nadie se pudo seguir entreteniendo en el Gran Comedor, ya que todos tenían clases. Severus se aproximó hasta su silla —ella todavía no terminaba de comer, estaba realmente hambrienta—, puso la cabeza a su altura y le susurró:

—Te veo en el aula, en el recreo. Hoy hago clase doble, así que ve a las dos y media.

Merlina lo vio de soslayo y asintió.

Después de cinco minutos acabó con su plato y miró a su alrededor. Dumbledore era el único que estaba todavía en su silla y al parecer la esperaba. Merlina bufó y fue hasta él ocupando el puesto de Minerva.

—Con tanta renuncia, ya no debería ni aceptarte —declaró Dumbledore divertido. Merlina asintió culpablemente, sin saber siquiera qué decir. —Sin embargo —continuó el hombre—, yo no tengo las razones suficientes para hacerlo —la miró por sobre sus lentes de medialuna—. A lo que voy es que, en el momento que decidiste irte definitivamente, me atrevo a decir que no estabas lo suficientemente clara y no conocías tus verdaderos sentimientos para con tu vida… Así que, por eso te acepto incondicionalmente otra vez. Dudo encontrar otro celador a estas alturas, y menos hallar uno para estos últimos dos meses de clases. Además… —tamborileó los dedos—. O sea, en realidad —corrigió y carraspeó con incomodidad—, yo debería haberte despedido junto con Severus, porque, según las reglas docentes y un montón de sinsentidos que ha propuesto el Ministerio, no se permiten relaciones entre colegas o empleados del colegio. No obstante, yo considero una verdadera necedad ese tipo de reglas, ya que el amor es lo más bello que puede existir, y yo no seré yo el que lo prohíba. Tú y Severus podrán seguir con su relación normalmente. Después de un tiempo, los estudiantes se acostumbrarán y ya no le darán más vuelta al tema. Lo único que les pido —agregó—, es que sigan con su trabajo, no se desvíen de los ideales de sus labores. No quiero tener al ministro aquí otra vez, menos regañando a mis empleados.

—Yo… —titubeó Merlina—. Albus… Has hecho tantas cosas por mí, que yo ya no sé cómo agradecerte, salvo con las vacías palabras de "gracias" —sonrió nerviosa—. Pero es la única manera en que puedo expresarlo: Gracias. Gracias por no despedirme, por hacerme mantener el trabajo, por darme una oportunidad de poder surgir por fin, y, por sobre todo, dejarme seguir con Severus. Eso ni siquiera lo puedo explicar bien, porque todavía tengo la sensación de que tengo que aclarar cosas con él. Cometí un montón de errores… la pena me tenía consumida.

—Y lo harás; tendrás tiempo para explicar y reflexionar. Ahora, te aconsejo que reordenes tu despacho…, quiero decir, tu habitación. En la mañana hice el pedido para re amoblar tu oficina, así que lo más probable es que en una semana más esté como nuevo.

Merlina asintió y se puso en pie. Luego dijo:

—¿Sabes? Lo único que agradezco del incendio es que se quemaron todos esos informes acusadores escritos por Filch.

El director rio y Merlina se sintió otra vez como en casa.

No fue muy difícil esta vez ordenar su ropa en los cajones. Una vez exitoso el encantamiento para colocar la ropa en su lugar le resultó por segunda y tercera vez. Tardó menos de cinco segundos en hacer todo eso, así que se quedó libre como por una hora. Pero no pensaba tirarse en la cama. Lo único que quería era bañarse. Se sentía sucia, llena de barro, transpirada y especialmente tensa. Así que un baño de agua caliente sería lo mejor para relajarse.

Como tenía tiempo para reposar, se quedó un buen rato allí en el agua, inundándose de aceites esenciales y pompas de jabón. Dormitó otro tanto dentro de la misma tina, hasta que le dio frío y se decidió enjuagar. Después de todo, hacía tiempo que no tenía un tiempo para ella; un relajo como debía ser.

Dos minutos antes del recreo bajó a las mazmorras y llegó justo a tiempo, cuando los estudiantes de quinto grado estaban saliendo del aula de Pociones. Merlina entró luego de que el último muchacho salió, y cerró la puerta tras sí.

Severus, de pie, acomodó las hojas de los trabajos entregados, la miró y le hizo un gesto con los ojos para que se acercara. Merlina se aproximó y, sin decir, nada se sentó en el escritorio con las piernas colgando.

—¿No sería mejor ir a tu despacho? —preguntó Merlina temerosa—. Digo, porque es menos público.

Severus pareció reflexionar.

—Es mejor que no entres a mi despacho —repuso sentándose a su lado.

—¿Por qué?

—Porque… —bufó acalorado—. Está bien, es más fácil que lo veas, no puedo explicarlo tan fácil…

La condujo hasta la puerta y la abrió. Lo que apareció a continuación delante de los ojos de la joven fue impresionante. Estaba todo patas arriba. Todo el trabajo que había hecho durante días en la oficina de Snape, de ello ya no quedaba rastro. Los ingredientes, las pociones, los documentos, todo estaba esparcido por el suelo.

—¿Tuviste alguna lucha con alguien? —indagó con cara de haber probado un limón de pica.

—Algo así…—contestó Severus con evasivas.

—¿Te agarraste con Malfoy? —preguntó con ojos desorbitados.

—No, claro que no. Tuve una pelea conmigo mismo —masculló, a duras penas reconociendo su acto vandálico.

—¿Por casualidad ese ataque de ira tuvo que ver conmigo? ¿Estabas muy enojado porque me fui?

—Fue conmigo. O sea… —Severus la miró a los ojos—. Me enfurecí luego de que te fuiste, pero conmigo, por el simple hecho de no haberte podido decir lo que te había escrito en la carta directamente; por no haber sido capaz de convencerte —suspiró—. Tenemos que hablar.

Le tomó la mano y se fueron otra vez a sentar en su escritorio, de regreso al aula. Apoyaron los pies en la silla.

—No sé qué tanto tenemos que hablar… —replicó Merlina—. Claro que te quiero pedir disculpas por comportarme del modo que lo hice, y por creer que yo era la única perjudicada en todo esto. Y que te amo. Ya te lo he dicho antes, pero… lo hago, en serio —Severus se apegó un poco más a ella, mirándola atentamente. Merlina no lo observaba. Tenía la vista gacha, pero no por vergüenza o nerviosismo. Era un método para poder hallar mejor las palabras que quería utilizar. Bueno, sí tenía un poco de nervios—. Y que, en realidad, eres el único que se ha preocupado tanto por mí, y que te quiero tener a mi lado por siempre y una infinidad de cosas que en este momento no se me ocurre, pero sé que están ahí —posó los ojos en los de él y sonrió.

Severus le acarició la cara.

—Expresé todo en la carta —comenzó—, pero creo que no es lo mismo escribir "te amo" que decírtelo, así que, quiero que sepas, Merlina, que te amo… y de manera oficial, te pregunto, aunque suene absurdo, si quieres estar conmigo.

Merlina rio.

—¿Así como tu "novia"?

Severus asintió y la joven sonrió aún más.

—Supongo que eso es un sí, ¿no?

—Severus Snape ¿desde cuándo te fallan las neuronas? Aunque "novia" me suena algo de adolescentes… Deberíamos tener otra connotación.

Severus la observó ceñudo, luego sonrió. Merlina se derritió y se acercó un poco más.

—¿Te arreglaste o algo por el estilo? —inquirió el hombre quebrando el breve silencio.

—Algo por el estilo —contestó ella—. Me tuve que refregar todo el barro.

—Entonces, te aviso que no lo vuelvas a hacer, porque está prohibido perturbar a los profesores… —le tomó la cara con suavidad y la besó. Merlina soltó en fuerte suspiro y enganchó sus brazos alrededor de su cuello.

La campana sonó y ninguno de los dos se dio por aludido. No lo hicieron hasta que la puerta se abrió de golpe. Sobresaltados se voltearon y se toparon con un montón de serpientes y leones de séptimos arrejuntados en el umbral, mirándolos con cara de "es el colmo".

—Es mejor que me vaya… —farfulló Merlina con las mejillas encendidas. Saltó de la mesa, caminó rápidamente hasta el montón de alumnos, abriéndose camino entre ellos—. Permiso, por favor… gracias…

Ginny le sonrió y Merlina hizo lo mismo.

—Después hablamos —susurró. Los alumnos entraron y cerraron la puerta. Tras eso se oyó el usual gruñido de "Silencio" pronunciado por el profesor. Seguía siendo igual de pesado.

Merlina se encogió de hombros. ¿Qué podía hacer? Lo mejor en esos momentos era ir a ordenar el despacho de Severus. Fue hasta la puerta de más allá y entró por ahí. Con magia se puso a reparar cada desmán. El hecho de recuperar sus memorias, por más doloroso que fuera, también había hecho que se reconectara con su verdadera magia y mejorara sus hechizos. Siempre había sido una bruja de talento, encapsulada en un refugio que impidió, por muchos años, demostrar ser quién era realmente. Sus recuerdos borrados se habían llevado mucho de su poder, de su esencia.

Severus continuó haciendo clases hasta las seis de la tarde y en ningún momento se dio cuenta de que ella estaba entrometiéndose en su desorden, hasta que entró a éste con un manojo de pergaminos —trabajos de los estudiantes— en los brazos. Por poco se le caen del susto cuando la vio allí.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó con reproche dejando el montón de pergaminos en su mesa.

—Me ibas a llamar igual, estoy segura. Conociéndote… Así que preferí hacerlo de inmediato.

—¿No te quieres quedar sola conmigo, acaso, que lo tenías que hacer mientras yo no estaba? —preguntó con sorna.

—Es lo único que quiero —corroboró ella guardando su varita—. Así que… ¿Qué tal si nos escapamos después de cenar? Mañana es sábado, así que no creo que sea tan urgente que revises esos famosos trabajos y los llenes de ceros…

—Acepto… Pero prefiero avanzar ahora. Y tú deberías estar vigilando.

Merlina se puso la mano en la frente.

—Es verdad… Y Dumbledore, lo primero que me dijo era que no descuidáramos nuestro trabajo…

—Yo no lo he descuidado, Morgan.

Merlina puso los ojos en blanco al oír su apellido como en los viejos tiempos y se fue de allí para ir a cumplir con su misión de atrapar y castigar niños rebeldes. Aunque eso no era lo que hacía, simplemente intentaba ser amables con ellos. Los más pequeños le habían tomado miedo desde que la habían visto besar a Severus en el Gran Comedor. Se alejaban cuando la divisaban y era lógico que se debía a la influencia del temible profesor de Pociones.