Capítulo 46: Moretones y vestidos

.

Merlina estuvo a las ocho justas lista para poder fingir a la perfección que había pasado toda la noche vigilando el castillo. Severus se levantó cuando ella se fue. El sábado los profesores podían levantarse más tarde si querían, pero él prefirió no hacerlo.

Merlina se dirigió hasta el tercer piso, constantemente arreglándose la bufanda en el cuello para que no se le viera absolutamente nada, lo mismo que las mangas, procurando taparse hasta las muñecas. Debía verse ridícula con camisa manga larga y bufanda en los días en que la temperatura comenzaba a aumentar. Bueno, podría fingir, tal vez, que estaba enferma de la garganta… Sí, eso podría ser una buena idea. Pero no estaba ronca. ¡Bueno, no tenía que estar dándole explicaciones a nadie! Era su cuello, sus brazos y su cuerpo. Si ella quería lo mostraba, si no, no.

Aquellos furibundos pensamientos fueron desplazados rápidamente ante la llegada de una lechuza plomiza que dejó caer una carta encima de su cabeza y se remontó vuelo al instante. Tomó la carta reconociendo la caligrafía, emocionada. La desplegó y la leyó:

.

Querida Merlina:

¿Qué tal? Hace tiempo que no sé de ti, no me has escrito, no sé si sigues con Batman, no sé nada. Pero te he escrito para que veas que, aun así con tu enorme ingratitud, intento comunicarme contigo. En realidad, es una carta de amenaza. Estuve pensando muchas veces sobre si obligarte o no a venir a mi casamiento. Decidí lo primero, así que, si necesitas ayuda para los permisos, puedo escribirle a Albus Dumbledore para decirle que es una fecha importantísima. Tienes que venir a Wisconsin por dos días, el 14 y 15 de mayo. Lo único que espero es que la carta no llegue demasiado tarde. ¿Y sabes? Te permitiré venir con tu bicho raro si quieres, suponiendo que el amor sigue en llamas… En fin. Todavía me duele el que me haya tratado mal.

Espero tu respuesta.

Te adoro.

Philius

PD: si no vienes, me encargaré de mandarte una maldición lo suficientemente potente por correo, para que sufras un poquito.

.

Merlina terminó de leer la carta con una sonrisa en los labios. Por supuesto que no se perdería el matrimonio de su primo. Ella tenía todo el ánimo del mundo y eso lo había conseguido gracias a Severus y a la superación de su propios dramas. El problema iba a ser convencerlo a él. ¿La acompañaría? Lo más probable es que se negara rotundamente, pero iba a tener que intentarlo…

—¡Merlina! —la llamaron varias voces a la vez. Se guardó la carta en el bolsillo y se volteó sonriendo hacia las cuatro caras conocidas que iban caminando hacia ella.

—¡Muchachos! —chilló Merlina contenta reencontrándose con ellos a la mitad. Merlina le dio un beso a cada uno y un abrazo a Ginny, como si no la hubiese visto de hace tiempo. Harry y Ron se miraron incómodos.

—Hace días ya que no hablamos... Al menos conmigo, porque supe que ayer hablaste con ellos —dijo Ginny con cara de culpabilidad señalando a sus amigos y hermano.

—Bueno, ocurrieron tantas cosas… —suspiró Merlina—. Les puedo contar si quieren, pero vamos a otro lado.

—Sí, y creo que nos debes muchas explicaciones todavía —dijo Ron, haciéndose el ofendido.

―Ya basta, Ron ―gruñó Ginny.

―¿Qué ocurrió después de que Snape nos expulsó, Merlina? ―indagó Harry con curiosidad.

―Peleamos, por supuesto ―reveló ella con una mueca en los labios―. No iba a dejar de defenderlos…

Hermione se llevó una mano a la boca.

―Lo sentimos tanto, Merlina… ―se disculpó

―No pasa nada Hermione, no fue para tanto. Sólo discutimos un poco. Ahora estamos arreglados.

―¿Hace cuánto que están juntos? ―Ron no pudo contenerse a sus preguntas comprometedoras.

―Bueno… poco antes de la vuelta de Filch…

―Eso es mucho tiempo ―acusó el pelirrojo.

―¿Van a continuar reprochándomelo tu y Harry? Bueno, si quieren ajustar cuentas, entonces vamos a un aula. No pienso estar gritando a viva voz en medio de un pasillo mi relación con Severus.

Merlina encabezó la fila y avanzó. Los otros dos no se movieron.

—Vamos —les reprochó Hermione a los dos muchachos. Caminaron hasta el aula más cercana que estaba llena de bancos desordenados y de polvo. Estaba en desuso.

Se sentaron en el fondo, como en un club donde fueran a compartir sus secretos más íntimos.

—¡Qué linda tu bufanda! —dijo Hermione de pronto—. ¿La tejiste tú?

—No vinimos a hablar de bufandas, Hermione —la atajó Harry.

—¿Yo? —inquirió Merlina riendo e ignorando a Harry—. No tengo idea como se teje… ni con magia. La compré en el callejón Diagon hace un par de años.

—¿Me dejas verla? Quiero ver los puntos, para ver si los puedo imitar…

—Hermione es una tejedora profesional —se burló Ron—, quiere ser campeona de ropa de gorros y calcetines de elfos domésticos cuando llegue a abuela.

—Cierra el hocico, Ronald. Al menos hace cosas útiles con la varita, no como tú, que la utilizas para limpiarte las orejas —la defendió Ginny.

Merlina rio otra vez y se desenroscó la bufanda, entregándosela, olvidándose por completo de la razón por la que se la había puesto. La verdad era que, una parte de su cerebro se preguntó por qué diantres tenía una bufanda puesta.

—Toma —le dijo a Hermione—, tengo tiempo para hablarles a ustedes, así que no se subleven.

—Pero nosotros tenemos que ir a tomar desayu… —comenzó Ron. Luego se calló. Los cuatro chicos le miraban el cuello. Hermione y Ginny tenían la misma cara de horror mezclado con risa. Ron y Harry estaban con el entrecejo fruncido.

—¿Qué pasa? ―Merlina ya temía lo peor: Severus detrás de ellos para reprimirlos. Tenía terror de girar la cabeza, no quería volver a pelear con él.

—¿Qué te pasó en el cuello? —soltó Ron—. Tienes horribles… moretones.

—¿Tuviste algún accidente? —agregó Harry.

Merlina se puso una mano en el cuello mientras la chispa del cerebro se le encendía, buscando rápidamente la manera de cubrirse. ¿Por qué le había pasado la bufanda a Hermione? ¡Maldita sea! Qué tonta, pero QUÉ tonta. Se sintió hervir, poniéndose de todos los colores existentes.

—Bueno, la verdad es que…

—Le dio una alergia —la interrumpió Hermione asintiendo enfáticamente.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Ron con recelo.

—Hermione lo sabe todo —la volvió a defender Ginny. Merlina supuso que era para apoyarla también. Ellas no eran tontas y debían saber lo que significaban esas marcas. ¡En ese instante hubiese preferido que fueran igual de descerebradas que Harry y Ron!

—Lo sé, porque el otro día estuve leyendo un libro sobre alergias y, si no me equivoco, a Merlina la ha picado un mosquito de tierra.

—Sí, eso fue lo que ocurrió. Ayer, en el tren, dejé la ventana abierta y entraron unos cuantos y me atacaron…

—Pues deberías ir donde Madame Pomfrey —la aconsejó Harry—, ella debe tener la cura.

—En serio, tienes horrible —corroboró Ron con cara de preocupación.

—Lo haré, chicos —acordó ella sonriendo, todavía colorada.

—¿Por qué mejor no hablamos a la tarde? Me muero de hambre —dijo Harry, justo en el momento que le sonaban las tripas.

—Estoy de acuerdo con Harry —apoyó Ron, saltando de la mesa en la que estaba sentado.

—Nosotras nos quedamos aquí —anunció Ginny con seguridad.

—Sí, vayan ustedes —replicó Hermione.

—Pueden ir, chicas, no se queden por mí —insistió Merlina con una sonrisa falsa en la boca.

—No, nos quedaremos —insistió Ginny con rotundidad.

Ron y Harry se encogieron de hombros y se retiraron sin decir más. Merlina, ante las miradas de las chicas, se volvió a poner roja.

—Deberías agradecer de que Harry y Ron son unos brutos —dijo Hermione.

—Claro… O sea, ustedes saben…

—¿Si sabemos qué significa lo que tienes en el cuello? —se burló Ginny, rodando los ojos.

—Chicas… —Merlina se sentía muy estúpida y lo que iba a decir era más estúpido. Definitivamente, eso no iba con ella—. Ustedes saben que cuando dos personas se quieren…

—¡No nos vengas con el cuento viejo, Merlina! —saltó Ginny divertida.

—No es necesario excusarte del hecho que Snape te llenó de chupones —contestó Hermione relajada y sonriéndole también.

—Ya nos ha quedado claro que se pone pervertido contigo.

—¡Ginny! —le espetó Merlina, sin saber si reír o enojarse, pero mucho más aliviada. Era vergonzoso, por supuesto, pero debía reconocer que los jóvenes de esos días estaban muchos más enterados de lo que ella estaba cuando adolescente… No, bueno, no es como si hubiese sido una total mosquita muerta. Pero de todos modos, a los diecisiete era mucho más ingenua.

—Merlina, en serio, no nos preocupa la forma en que se demuestran el amor —la tranquilizó Hermione, pero fue peor.

—¡Ya, basta, basta! Devuélveme mi bufanda —se la arrebató a Hermione y se la volvió a enroscar en el cuello—. Otro día te la paso. Ahora vamos a hablar.

—Por favor, no nos cuentes los detalles, ¿sí?

―Les diré lo que no les conté ayer ―aclaró Merlina, poniendo los ojos en blanco.

Bufó y comenzó a narrarles desde lo ocurrido en el incendio. Aquellas emociones de las que ya Severus estaba enterado, el expresarlas hacia las chicas, fue más gratificante aún. Hermione se puso a llorar y eso que ni siquiera la estaba contando de manera trágica, pero le agradeció su empatía. Ginny también quedó algo más alicaída, pero al finalizar todo el cuento, recordaron lo ocurrido hacía una hora atrás.

—Así que chupones, ¿no? —se burló Ginny. Merlina la miró con los ojos entrecerrados—. Supongo que la ropa oculta varios más.

—Ginny, ¿acaso te interesa saber qué ocurrió? —cuestionó Hermione ya harta del chiste.

—No, ya dije que no me interesaba las cochinadas que hiciera con él…

Merlina negó con la cabeza, riendo. Muy en su interior recordaba la noche previa…

Se quedó media hora más conversando con las chicas, pero en las cocinas. Hermione y Ginny habían mentido sobre que no tenían hambre. La única verdad era que querían fastidiar a Merlina, por eso las tres se fueron a comer allí, juntas. Luego de media hora, Merlina emprendió camino hacia su despacho para dormir las tres horas que le quedaban, hasta la una de la tarde. En el trayecto se halló con Severus, quien estaba restándole puntos a unos Hufflepuff, para variar.

—Pobre de aquel que vuelva a jugar con dardos en medio del aire, sino yo me encargaré de lanzarle uno directo al ojo antes de que sean expulsados.

Los chicos de quinto año miraron agradecidos a Merlina por su inesperada llegada y se retiraron de allí, rendidos. Ella puso las manos al fuego porque la regañina hubiera durado el doble si no hubiese llegado ella. Se aproximó lentamente hasta Severus, quien, en ese momento, estaba haciendo desaparecer los dardos filudos.

—Pensaba decir que eras malvado —reconoció Merlina—, pero con esos dardos… Ya puedo imaginarme con uno enterrado en mi trasero —hizo una mueca de dolor.

—Siempre lo he dicho: no soy malo, soy justo, señorita Bufanda.

—Severus, prefiero el "Cerdita Parlanchina", gracias —dijo Merlina, con una sonrisa forzada y avanzando hasta él—. Te la voy a perdonar sólo por esta vez.

—¿Vas a ir a dormir? —le preguntó mirándose las manos, sin tomar en cuenta lo que había dicho.

—Sí —contestó Merlina—, pero antes, tengo que hacerte una pregunta.

—Dime —Severus la miró a los ojos, impaciente.

—¿Qué prefieres, el "Sí" o el "No"? —Merlina sonrió inocentemente.

—Dime la pregunta real. Tengo que ir a revisar el montón de informes que anoche no me permitiste…

―¿Perdón? ¿Que "no te permití revisar" ibas a decir?

―Dime la pregunta, por favor.

—Ya, ya… este. Mira —comenzó tomando aire y poniéndose seria—. Philius se va a casar la semana que viene. Me invitó y quiero pedir permiso a Dumbledore para ver si me lo da por los dos días que durará la celebración, el 14 y 15 de mayo. Philius me dijo que me podías acompañar. ¿Lo harías?

Severus pareció reflexionar. Merlina no se convenció mucho.

—Bueno, sé que tienes que hacer tus clases, así que no importa si no quieres…

—Cae sábado y domingo —la atajó Severus.

Los ojos de Merlina se iluminaron.

—¿Eso es un sí?

—Yo no he dicho nada —contestó Severus alzando las cejas.

Merlina hizo una mueca, triste.

—Me lo suponía… Me voy a dormir —le dijo. Severus asintió incómodo. Merlina se volteó y, cuando llevaba cinco metros avanzados, una mano se encerró en torno a su brazo, deteniéndola.

—Pues supusiste mal —susurró y le sonrió, tal vez con algo de esfuerzo. O muchísimo esfuerzo—. Voy a ir contigo.

Merlina sonrió emocionada y le lanzó los brazos al cuello abrazándolo con fuerza.

—¡Gracias!

—De nada, y si no me apretaras tan fuerte, no me estaría ahogando con tu bufanda.

Merlina lo dejó de abrazar, pero a cambio de eso le plantó un brusco beso en los labios. Ante eso, Severus no se quejó ni un poco.

—Eres el mejor —agradeció Merlina alegremente, soltándolo—. ¡Adiós!

Y se fue corriendo a su habitación, saltando de alegría mientras el profesor ponía los ojos en blanco. No podía creerlo. ¡Severus había dicho que sí! Aunque, claro, era algo forzado, pero por ella le había dicho que sí… Realmente había cambiado… y por ella. Por ella.

Merlina despertó las tres horas más tarde, muy nerviosa. Pensar en la boda, en la fiesta de la boda y todo lo que podría pasar en una boda, era muy, muy lindo. Sin embargo, quedaban esos detallitos de los que no se podían ignorar. En este caso, no era un "detallito", era más bien un detallote: el vestido. Obviamente ella no era la que se iba a casar, pero de todas maneras tenía que conseguirse algo digno para asistir al casamiento de Philius: sólo tenía pantalones, unas cuantas camisas, zapatillas… y ¿tres túnicas? Y ninguna de gala. Y ya su ropa estaba adquiriendo un toque bastante indecente, y es que en Hogwarts no necesitaba variar mucho sus atuendos, ya que gran parte de las veces estaba con túnica.

Apenas consiguió el permiso con Dumbledore —se enteró de que, mientras dormía, el lindo de Severus fue a hablar con él, así que no tuvo que hacer mayores esfuerzos por convencer al director—, se dispuso a hacer los planes para ir al día siguiente a Hogsmeade a comprar algo. Si dejaba pasar la semana iba a ser muy tarde, y ella no era muy indecisa para comprar ropa. El director le permitió hacer todo lo necesario para prepararse.

Severus no tenía la misma necesidad, porque tenía trajes de etiqueta y túnicas de gala. No variaban mucho del color, pero tenían poco uso. Además, según él, no era pretencioso.

—¿Me estás diciendo pretenciosa a mí? —rezongó Merlina evidentemente picada.

—Si tú te lo tomas así… —replicó Severus, sin mirarla, quien a las diez de la noche seguía revisando un montón de trabajos de los de primero.

Estaba llenando prácticamente con ceros, toda una novedad. Los estudiantes no sabían escribir, tenían faltas ortográficas, pésima caligrafía y rellenaban las respuestas con cosas completamente incoherentes.

Merlina le arrebató la pluma.

—Me gusta que me mires cuando hablo —le aclaró.

—Ahora te guste que te mire, cuando antes no te gustaba —se burló Severus quitándole otra vez la pluma— ¿quién te entiende, pretenciosa?

—¡El que quiera conseguir vestido no significa que sea vanidosa!

—Yo dije que eras pretenciosa, no vanidosa.

Merlina se puso de pie.

—¡Es lo mismo! —Comenzó a pasearse de un lugar a otro—. No soy ni vanidosa ni pretenciosa, y si lo fuera, estaría vestida como una princesa. No estoy maquillada, ni peinada y tampoco uso tacones. Soy una simple mortal con ropa de batalla. Lo único que quiero —seguía paseándose. Severus no la miraba, simplemente asentía con la cabeza— es verme decente, cosa que mi primo nunca pudo ver cuando estuve con él, así que no me vengas con eso de que soy pretenciosa, porque no lo soy, y si lo fuera tampoco sería tu problema, porque….

—¡Merlina! —exclamó Severus cansado y reincorporándose de golpe. La joven pegó un salto. Lo miró con ojos grandes. No parecía enojado.

Se aproximó hasta ella y le tomó la cara.

—Ya entendí —le susurró con amabilidad fingida—. Si fueras pretenciosa, no serías tú y tal vez no estuviéramos juntos.

—Claro, porque el único vanidoso y pretencioso eres tú —contestó ella frunciendo el entrecejo.

—Exacto. Si quieres gastar tu dinero en vestidos y zapatos…

—Es un vestido y un par de zapatos, no exageres —corrigió Merlina, tomándole las manos que estaban aún en su cara para sacarlas.

—Lo que sea, es tú decisión. A mí no me va ni me viene, con o sin vestido te quiero igual…

—No es por ti —interrumpió nuevamente— es por mi primo, así que ni te ilusiones conque quiero verme bien para ti.

—Lo siento, pero tanto que me has insistido con esto, que quiero que mañana me vengas a mostrar tu dichoso vestido —le impuso Severus con semblante amenazante.

—¿Para qué me molestes otra vez? No.

—¿Qué te pasa? ¿Andas con tu luna, que estás así de quisquillosa? —Severus la soltó.

—No creo, sólo que estoy nerviosa por la boda… —respondió ella con sinceridad, sobándose las manos.

Severus, algo exasperado o aparentando, se acercó nuevamente y la abrazó. Le besó la coronilla repetidas veces. Merlina se tranquilizó.

Después de estar toda la noche vigilando pasillos, no tuvo necesidad de levantarse temprano. A las siete se fue a Hogsmeade, hora en que abrían todos los negocios. No vaciló demasiado y se fue a la tienda de ropa de gala, de ocasiones especiales, formales y de eventos. Entrar allí fue como recibir una patada en el estómago: las brujas que atendían, todas muy jóvenes, la miraron con recelo. Merlina no se había ni preocupado del estado de su cara.

—Hola… ¿los vestidos elegantes?

—Por este pasillo —indicó la más despectiva de todas. Merlina la siguió. De inmediato la bruja comenzó a enseñarle todos los vestidos que estaban, de qué material eran, si le venían o no a su contextura, a su tono de piel y un montón de cosas que a ella no le interesaban demasiado.

—Pero ¿y el precio? —consultó, temerosa.

—El verde cuesta cincuenta galeons —Merlina abrió más los ojos—, el rojo sesenta —Merlina abrió la boca— y el azul marino, ese con los diamantes incrustados, cien —Merlina dejó de respirar.

—Este… ¿no tienes algo más barato?

—Oh, sí, acá tenemos una serie de ofertas…. Ven, mira —Merlina fue detrás de ella, nuevamente—. Estos de acá. Todos cuestan treinta y cinco.

—¿Cuál es la oferta? —preguntó Merlina, alarmada.

—Son quince galeons exactos. Los más baratos de la sección que te mostré son los de cincuenta.

—Pero algo más… mira, no me importa tanto la calidad, sino que sea al alcance de mi bolsillo; apenas traigo veinte galeons. Lo ocuparé sólo una vez.

La vendedora alzó una ceja.

—Qué poca clase… —la oyó pronunciar Merlina, pero no le hizo caso—. Entonces, ven.

Otra vez la siguió, pero a la parte más posterior de la tienda. Era un lugar lúgubre y desordenado.

—Todos están de quince galeons para abajo. La tela no es buena, pero aparenta serlo, y te puedo garantizar que se ven bien. No los tires, debes lavarlo a mano, sin magia, y no se pueden reparar tampoco. Son básicamente desechables. Así que debes tener cuidado.

—Bien —contestó Merlina, no muy convencida.

—Ahí está el probador, tómate el tiempo que quieras.

Y Merlina se lo tomó. Estuvo más de una hora llevando y sacando vestidos del bastidor donde se estaba probando las prendas. Le costó escoger, pero pronto vio un vestido del que se enamoró. Era muy sencillo: era delgado, como de seda al tacto, de color crema y unos trazos negros, con corte circular. Le llegaba hasta un poco más arriba de las rodillas pero, por lo demás, se veía muy elegante.

—Me llevo este —dijo alegremente a la cajera.

—Diez galeons —dijo la mujer automáticamente.

Merlina pagó y fue a ver lo de los zapatos. Pagó los otros diez galeons por el par, pero esta vez compró unos de buena calidad, con poco taco, pero muy bonitos. No se dio más vueltas y volvió al castillo a descansar las pocas horas que le quedaban. Los ojos no le daban más.

Luego de levantarse a la una de la tarde, ir a las cocinas a comer, darse un baño y vestirse, alguien tocó la puerta de su habitación. Justo estaba por salir para hacer la típica ronda. Bueno, ¿qué quería? Era conserje y era su trabajo y lo adoraba.

Abrió la puerta.

—No te he visto. ¿Pudiste comprar tu vestido?

—Buenas tardes, Severus, estoy muy bien, gracias —contestó ella con sarcasmo haciéndolo pasar y cerrando la puerta tras él.

—Lo siento, buenas tardes —corrigió, sin darle mucha importancia.

—Sí, pude comprar el vestido —dijo Merlina buscando la bolsa de papel en donde estaba guardado—. Mira —se lo puso en la cara— me costó diez galeons. Es hermoso, ¿no crees?

Severus corrió el vestido de su cara y la miró.

—No vine aquí a ver al vestido. Vine a verte a ti con el vestido.

—¿Quieres que me lo ponga? ―Merlina se sintió levemente nerviosa ante esa mirada intensa que le dirigía él.

—Claro.

—Me pondré los zapatos también. Ya verás que se ve lindo…

Merlina tomó la caja de zapatos y se fue al baño. Se desprendió de la ropa —la que estaba un poco húmeda a causa de su cabello mojado, por lo que aprovechó de dejarla colgada— y se colocó el vestido y los zapatos. Salió con los brazos abiertos. Sonrió a Severus que estaba atravesado sobre su cama, de lado, con la cara en su mano izquierda.

—¿Qué tal? Yo digo que es demasiado hermoso para sólo haber costado diez galeons. Aunque la dependienta que me atendió me dijo un montón de cosas: que la tela era mala, que no podía ni tocarlo, ni mirarlo…

Severus la contempló unos segundos, y luego, se bajó de la cama con el rostro serio.

—¿Qué pasa? —preguntó Merlina asustada. Qué, ¿no le había gustado? De todas maneras, ¿por qué diablos tenía que gustarle a él si ella era la que lo iba a usar?

—Quiero hacer un arreglo —le respondió, poniéndose detrás de ella.

Merlina sintió que le apartó el cabello y que algo le clavaba entremedio de los omóplatos. Luego, a sus oídos llegó un ruido de algo rasgarse mientras sentía que el vestido le tiraba. Palpó hacia atrás.

—¿Severus? ¡Severus! ¿Qué estás haciendo?

El hombre la volteó hacia sí y sonrió satisfecho, guardando su varita en el bolsillo, que era lo que le había presionado en la espalda.

Merlina se jaló el vestido hacia adelante. Ahora parecía un delantal de cocina. El frío le llegó a su espalda.

—¿Por qué lo rompiste? —su cara de felicidad se transformó a miedo, enojo y tristeza. La mandíbula había comenzado a temblarle.

—Creo que me gustas más sin vestido —confesó él con diversión.

Merlina respiró profundamente luchando por gritarle, pero no pudo resistirse cuando Severus se acercó a su cuello y le quitó el trozo de vestido tirándolo al suelo, dejándola en ropa interior.

—Te puedes comprar otro… yo te lo compraré si quieres, pero ahora, deja el vestido a un lado, por favor —farfulló contra su cuello.

—Siempre te sales con la tuya, Severus —contestó ella empujándolo hasta que quedara apegado a la pared—. Pero te cobraré el vestido.

—Cóbrame lo que quieras —susurró con la voz cargada de deseo. La tomó por la cintura y la besó.

Por un fugaz momento pensaron en que la habitación de Merlina se convertiría en un antro de lujuria y erotismo. Pero, antes de que pudieran llegar más lejos de esos excitantes segundos de pasión, en la lejanía oyó su nombre. Se separaron rápidamente.

—Es Dumbledore —susurró Merlina, que era la única que estaba casi desnuda—, dile que estoy en el baño.

Severus asintió, se sentó en la cama, intentado calmar los jadeos. Merlina agarró el sostén y el vestido del suelo y corrió a encerrarse en el baño. Comenzó a ponerse la ropa que había quedado colgada tras la puerta.

—Adelante —dijo Severus con parsimonia—. Merlina está en el baño.

Albus abrió la puerta y asomó la cara.

—¿Está bien? Sólo quería saber si había llegado de sus compras.

—Sí, le fue bien en las compras, pero comió mucho y ha estado en el baño desde que llegué.

—Ah, pero ¿estás seguro de que está ahí?

—¡Sí, Dumbledore, estoy aquí, viva! —gritó Merlina, del otro lado del baño. Al momento después tiró la cadena, se lavó las manos sin necesidad y salió con una de ellas en el estómago—. Ya se me pasará —agregó.

—Perfecto. Pero te aconsejo que vayas donde Madame Pomfrey, ¿sí?

—Lo haré —contestó Merlina—, y ya continuaré con mi trabajo, sólo quiero decirle algo a Severus.

—Les dejo, entonces —Albus cerró la puerta, sin dedicarles antes una sonrisa bondadosa. Merlina fue hasta la puerta y miró hacia su despacho. Se había ido. Se volteó con expresión de ultratumba. Severus estaba al frente de ella.

—Dumbledore no es tonto y sabe lo que hacen las parejas, y sé que no le importa —comenzó Merlina—, pero fue totalmente incómodo —sinceró.

—Me cortó la inspiración —murmuró Severus con una gota de sudor asomándose en su frente.

—Lo sé, pero ahora es mejor que no sigamos, ¿sí?… Y que yo vuelva a mis andadas.

Se acercó a Severus y le propinó otro beso del que él, a toda costa, se quiso aprovechar, intentando avanzar a las caricias fogosas y jalones de ropa. Merlina terminó pisándole el pie apropósito, sintiendo mucho dolor en el alma y unas ganas tremendas de tumbarlo contra la cama y rasgarle la ropa tal como lo había hecho él con ella. Pero se contuvo del sentimiento y de la sensación que sólo Severus podía despertar en ella.