6º curso. Capítulo 8
Elyon sabía que la vuelta a la rutina de Hogwarts se le iba a hacer cuesta arriba. Aquellos quince días en Imtar la habían marcado más de lo que había creído en un principio, y no solo por el hecho de las vidas que había quitado y que le pesaban como losas cada vez que su mente volvía al ataque de los sublevados. El ambiente de ambos mundos era tan diferente que cuando pensaba en su ciudad natal casi le parecía un sueño. Sus costumbres, modo de vida y magia era tan opuesta al mundo de los magos que a veces su mente le hacía creer que era irreal.
También era cierto que seguramente la vuelta a la vida estudiantil habría sido más fácil sin Batts en el colegio. El enviado del Ministerio no se molestó en esconder su desagrado por verla en Hogwarts de nuevo, estaba claro que el hombre había albergado la esperanza de que se quedara con los elfos.
—Dos semanas, me he ido dos semanas enteras y parece que haya sido todo un siglo —se exasperó al salir de la clase de Ética—¿Siempre ha sido así o ha empeorado mientras yo no estaba?
—Siempre ha sido así —resopló Lisa con fastidio.
—Pero —puntualizó Johnny—, está claro que verte la cara hace que se le agrie aún más la leche.
—O sea, que la culpa es mía. Eso es lo que me está diciendo —su amiga lo miró con desagrado.
—No. Digo que ojalá fuera literal y le agriaras tanto la leche que sufriera una intoxicación y se muriera.
—¡Johnny! —lo regañó Grace.
—¡Oh, vamos! ¿Acaso no pensáis lo mismo? —alzó una ceja con escepticismo.
—Por supuesto que lo pienso, pero no lo voy gritando a los cuatro vientos en medio del pasillo. Te olvidas muy fácilmente de sus malditos acólitos y sus finos oídos —puntualizó la pelirroja.
El huffepuff resopló con hastío.
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A Snape la vuelta a Hogwarts también se le estaba antojando extraña. Había creído que al regresar al castillo la sensación de ser un intruso desaparecería, pero en vez de eso, era como si en ese momento estuviera en un limbo, a medio camino entre el mundo en el que había crecido y el mundo que lo había acogido con los brazos abiertos sin importarle quién había sido o lo que había hecho antes de llegar allí ¿Era así cómo se solía sentir Elyon? ¿Cómo si no perteneciera realmente a ninguna parte y a ambas al mismo tiempo?
Se sorprendió a sí mismo cuando echó de menos las calles y la gente de Imtar y se encontró pensando en cómo sería el seguir a la chica hasta allí una vez se graduara. Cómo de malo sería romper su promesa y dejarlo todo atrás para empezar de cero, aunque fuera a varios pasos de distancia de la joven sin poder llegar a estar a su lado nunca, simplemente con el propósito de encontrar al fin un lugar para él en el que se sintiera aceptado y en paz.
Igualmente la ensoñación le duró poco, sus alumnos se encargaron de hacerle regresar al mundo real con rapidez a base de verdaderos desastres en sus calderos. Al menos aquella vez la sustituta había cumplido con las directrices que él le había dejado y no había sido tan laxa con las calificaciones. La bruja había sido más permisiva que él, pero sin excederse. En el fondo sabía que era demasiado estricto, aunque no se arrepentía en absoluto, ni siquiera cuando alguno de los alumnos más jóvenes terminaba llorando al no verse capaz de cumplir con sus expectativas. El mundo fuera de los muros del colegio era duro y no solía tratar bien a nadie, cuanto antes fueran los jóvenes conscientes de ello más preparados saldrían de Hogwarts para la vida real.
…..✦…..
Elyon se incorporó en la cama luchando por respirar. Sentía que le faltaba el aire, que no le entraba en los pulmones. La había revivido de nuevo: la noche tras el primer ataque a Imtar. Pero como cada vez, solo recordaba hasta el momento en el que los sublevados entraban en su habitación desde el balcón. Desde ese punto todo era confuso. Imágenes inconexas, gritos, llantos, gemidos y el olor metálico de la sangre. De mucha sangre.
Se pasó las manos por el rostro con cansancio, desde el incidente en las fiestas soñar con esa noche era prácticamente recurrente. Se sentía frustrada por no ser capaz de recordar qué había pasado. Sabía que era importante, lo había visto en los rostros de su familia, pero no lo conseguía, no era capaz de desenmarañar ese caos.
—¿Vuelves a tener pesadillas? —murmuró Lisa desde su cama, con la lengua adormilada.
—¿Te he despertado gritando? —la semielfa la miró avergonzada.
—No. Hace bastante que no gritas, no muy alto al menos. Pero ha vibrado la habitación… o eso creo —bostezó con fuerza—. Da igual… tú duérmete otra vez.
A Elyon le preocupó más el hecho de que la habitación hubiera vibrado que el despertar a sus compañeras a gritos ¿Y si sufría un brote durmiendo por culpa de sus pesadillas y hacía daño a sus amigas? Tenía que poner remedio cuanto antes, pero no podía hacerlo sola, ya lo había comprobado.
No esperó a su siguiente clase de Pociones, interceptó a Snape en el vestíbulo del castillo tras el desayuno, cuando él se disponía a bajar a las mazmorras para preparar las clases de ese día.
—¿Tienes un momento? —le preguntó con urgencia.
—¿Qué has hecho ahora? —le respondió con hastío, la expresión de la joven le decía que no le iba a gustar lo que tenía que decirle.
—Gracias por la confianza —refunfuñó ella—. No he hecho nada, aún…
El mago frunció el ceño con desconfianza.
—Necesito probar algo diferente en las clases de Legeremancia —fue directa al grano, no quería irse por las ramas y recibir una negativa antes de explicar la envergadura de sus temores.
—¿Y a qué llamas tú algo diferente?
—Mmmm… Necesito recordar algo que tengo bloqueado en mi memoria. No puedo hacerlo sola, lo he intentado. Necesito que me ayudes.
—No pienso hurgar en tu cabeza para buscar vete a saber qué. No es buena idea, ni tampoco tan fácil como te crees. Ya lo recordarás con el tiempo —la despachó con rapidez.
—No es tan simple y no hay tiempo. Estoy teniendo pesadillas de nuevo, con lo que pasó la noche en la que atacaron Imtar por primera vez —Snape despegó los labios para protestar—. Creo que me van a provocar un brote —lo miró con desesperación—. Lisa me dijo ayer noche que la desperté por que la habitación tembló mientras tenía la pesadilla. Y no es la primera vez que pasa eso cuando recuerdo lo de esa noche en mi antigua habitación. No quiero terminar haciendo daño a alguien, por favor.
—Deberías pedirle ayuda a Heon, no a mí. La mente es una estructura delicada y muy frágil. Es peligroso juguetear con ella a la ligera.
—Mi tío no me quiere ayudar. Dice que es porque eso ha de volver a su sitio solo, pero yo sé que se niega porque no quieren que recuerde lo que pasó. Esa noche hice algo, algo horrible. Necesito saber qué fue, tal vez así deje de soñar con ello.
—¿Estás segura de que quieres recordarlo entonces? ¿No sería mejor dejarlo en el cajón donde está guardado e intentar paliar los efectos con una poción para no soñar? —la miró con calma pero con dureza, no pensaba dar su brazo a torcer.
—Sabes tan bien como yo que esas pociones no son suficientes para mí. Y también sabes qué pasará si durmiendo me da un brote de riesyl en la torre de Gryffindor.
Snape recordó la magia desatada y el calor.
—Deja que lo piense un poco más detenidamente —suspiró con tal de dejar de discutir sobre el tema.
Elyon asintió apretando los labios. No iba a insistirle más porque entonces se negaría del todo. Ahora le tocaba ser paciente y cruzar dedos porque el mago decidiera ayudarla lo antes posible.
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Aquel sábado era el último en el que las clases de Aparición se realizarían en los terrenos de Hogwarts. A esas alturas la mayoría ya había adquirido la suficiente soltura como para probar suerte en el examen. Para los más torpes o aquellos que preferían practicar un poco más y asegurarse de que no se dejarían ninguna parte del cuerpo atrás llegado el momento, se les dio la opción de seguir con las clases dos veces al mes en Hogsmeade, en una sala que les cedía Las Tres Escobas. Tras aclarar que esas clases estaban incluidas en el curso y no suponían un coste extra, no fueron pocos los que se apuntaron, a pesar de que se les advirtió que no podrían holgazanear por el pueblo una vez terminadas las prácticas. Un profesor les acompañaría y se aseguraría que ningún listillo se apuntaba para luego no asistir al local y quedarse vagabundeando por los negocios de Hogsmeade.
Aquello le dio una idea a Elyon. Llevaba tiempo pensando en cómo ir hasta el Valle de Godric sin tener que responder las preguntas de nadie desde que compró en Imtar el colgante de plata con la runa de protección. Ya tenía bastante maña apareciéndose e incluso había probado a aparecerse a más distancia de la que los ejercicios exigían, aprovechando que nadie le prestaba mucha atención al estar exenta del examen y del control del Ministerio en cuanto a aparecerse. Así que, si se escabullía de la clase unos minutos, dudaba que alguien la fuera a echar en falta, y además ya había estado en el Valle de Godric y podía visualizar el punto de aparición.
Al finalizar la clase se apuntó en la lista de los alumnos que querían seguir practicando hasta la fecha del examen.
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—Céntrate —la regañó Kove.
—Estoy centrada.
—Y un cuerno —le espetó—. Tienes la mente en otro sitio y necesitas que esté aquí y ahora.
La semielfa suspiró con frustración y se humedeció los labios, volviéndose a colocar en posición. Su maestro asintió con la cabeza y ella lo atacó con magia. Un largo látigo dorado golpeó a Kove y se enroscó en su brazo. Este lo asió con rapidez con la misma mano del brazo anudado. En cuanto su palma rozó el hechizo, el conjuro se tornó blanco y con un rápido movimiento se lo arrancó a la chica de la mano y la golpeó con él en el costado. Elyon sintió el latigazo contra las costillas como si la vara de caña del elfo se tratara.
—Nunca dejes que te arrebaten el control sobre un hechizo o lo usarán contra ti, es algo mucho más fácil de lo que parece. Nuestra magia es pura voluntad, y la tuya ha de ser más fuerte que la de tu adversario, siempre.
Elyon recordó la vez que paró el conjuro de Elena en la clase de Duelo y cómo luego se lo devolvió. Le había sido tan fácil aquella vez…
—Vuelves a no estar aquí —su maestro la sacó de su ensimismamiento con su tono autoritario.
—Es solo que… me salen mejor estas cosas si no las pienso, si me dejo guiar por mi instinto.
—¿Por tu instinto o por el riesyl? —Kove alzó una ceja con desagrado.
La joven torció el gesto con vergüenza, había sido un golpe de realidad muy bajo.
—Tienes que tener en cuenta que la magia es energía que se mueve y se moldea a voluntad, por tanto no la creamos, ni la destruimos, simplemente la modificamos como queremos. Por eso es importante que seas firme. Y sé de sobra que eres capaz, cuando quieres eres terca como una maldita mula y tienes una resistencia que sería la envidia de muchos.
La joven resopló por ese halago a medias.
—Pero has de quitarte de encima ese miedo sin recurrir al riesyl. Cuando dejes de tener miedo tendrás al alcance todo lo que seas capaz de imaginar.
—¿Y si lo que soy capaz de imaginar es horrible? —lo miró inquieta, pensando en aquello que no era capaz de recordar, pero a lo que todos parecían temer.
—Y ahí está de nuevo el miedo —la señaló con el dedo—. Sacúdetelo. Da igual como lo hagas. Pero al usar tu magia, debes desterrarlo lejos.
La semielfa apretó los labios. Era fácil de decir para alguien como Kove ¿A qué podía tener miedo un guerrero de su envergadura?
—Tengo miedo a más cosas de las que me gustaría —leyó la expresión de Elyon—. Pero cuando me toca luchar, me deshago de mis temores como si de una capa se tratase, de una capa que me estorba en esos momentos en los que son ellos o yo. Y ahora basta de hablar y pongámonos a trabajar.
Quitarse los miedos como una capa que estorbaba… eso podía intentarlo al menos. Kove la atacó y ella reaccionó con firmeza, con el corazón más calmado de lo que creía capaz. No bloqueó el conjuro, sino que lo absorbió. "La magia es energía que se mueve y se moldea a voluntad, por tanto no la creamos, ni la destruimos, simplemente la modificamos como queremos". Dejó que esa corriente cálida recorriera su cuerpo y se disipara, volviendo al flujo natural de magia que corría bajo sus pies. Y se quedó con un poco, que utilizó para que el tatami sobre el que estaban se deformara y envolviera los pies de su maestro, impidiéndole moverse. Acto seguido formó una lanza de luz dorada en su mano y a lanzó con fuerza contra el hombre que no tuvo tiempo de reaccionar. Esta se paró antes de alcanzarlo y finalmente desapareció.
—Esto ya es otra cosa —sonrió el elfo.
Elyon le devolvió la sonrisa liberando a Kove y colocándose en posición de nuevo, con un leve tinte dorado en sus iris verdes que por primera vez no inspiraba miedo o recelo.
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Snape movió la muñeca en la que tenía la varita sujeta con la muñequera. Realizó el conjuro con cuidado para comprobar lo estable que era. Una pequeña sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Realizar aquel tipo de magia era todo un reto, era muy diferente a lo que había hecho hasta la fecha, incluso la varita vibraba de otra manera. Por eso notarse capaz no solo de conjurarla, sino también de poder crear algo propio con esos nuevos parámetros, le llenaba de un orgullo personal que hacía tiempo no sentía.
Claro estaba que tendría que probarlo contra Kove antes de poder cantar victoria. Sin contrincante no podía ver las flaquezas de su creación, si es que las tenía. Inspiró con resignación. Seguramente las tendría. Podía ser muy arrogante, pero también era realista y dudaba que el elfo no pudiera hacer frente a aquella magia tan nueva para él.
Llamaron a la puerta con ligereza y esta se abrió sin tan siquiera esperar a saber si era o no bien recibido.
—Veo que te estás tomando en serio la práctica de la magia mixta —el director lo miró con curiosidad y un deje de aprobación.
—Casi me matan, por supuesto que me lo estoy tomando en serio. No me queda otra hasta deshacerme de Elyon —respondió con obviedad, liberando la varita de la sujeción del brazalete.
—¡Oh, no me vengas ahora con esas! —rio Dumbledore— Vuelves a ser Protector de Elyon por voluntad propia. No creas que no sé de tu trato con Kove.
—Sois unos viejos cotillas. Los dos —gruñó de mal humor.
—Con algo debemos de entretenernos a nuestra edad, ¿no crees? —se encogió de hombros con inocencia— Bromas aparte. Quería hablar contigo respecto a ese asunto y lo que pasó en Imtar.
—Pensé que ya lo sabrías todo, como os aburrís tanto —comentó con sarcasmo el chico, quitándose la muñequera.
—Por supuesto que sé lo que pasó, pero quiero tu opinión —Dumbledore se sentó en una de las dos butacas frente a la chimenea.
Snape se sentó en la otra.
—¿Mi opinión respecto a qué?
—Respecto a los movimientos de Voldemort —el chico se estremeció con ese nombre—, y los sublevados.
—No sé qué pensar, sinceramente. Todo ese asunto… me inquieta, hay algo que no encaja. Pero no sé qué es —Snape se encogió de hombros con frustración.
—Entonces ya somos dos —suspiró el director—. Me carcome el no haber estado en Imtar. Tenía intención de ir pero al final tuve que anteponer otros asuntos a la diversión.
—¿Diversión? —el chico lo miró con estupor— ¿Desde cuándo catalogas el destrozo que hizo Elyon esa noche como diversión?
—¿Acaso crees que yo sabía que iban a drogarla y que eso le provocaría un brote de riesyl que estuvo muy cerca de salirse de control? —lo miró alzando una ceja.
Snape torció el gesto, tenía razón.
—Quizá si hubieras estado no habría habido ataque —comentó casi para sí mismo—. El Señor Tenebroso te sigue temiendo.
—Pero los que lo orquestaron no.
—¿Y a qué le temen los sublevados?
Ambos se miraron a los ojos, sumidos en un silencio tenso.
—A que su pueblo y todas las criaturas mágicas desaparezcan bajo el yugo de los humanos. Se sienten como animales acorralados en el matadero, por lo tanto se defenderán con ferocidad, porque así tal vez logren sobrevivir y salvar lo que los elfos siempre han intentado proteger con tanto ahínco —respondió Dumbledore con tristeza.
Snape supo en ese momento lo que suponía que él fuera el Protector de Elyon.
—Y aun así apruebas que yo esté donde esté —lo miró con un deje de resentimiento—. Me empujaste a ello sabiendo que eso me convertiría en un detonante y un objetivo.
—Una vez más te recuerdo que fuiste tú quién quiso recuperar el puesto. Mi idea era que fueras su guardián de forma provisional y solo, por decirlo de algún modo, en el territorio de los magos —le aclaró—. Pero es cierto que a día de hoy, no veo a alguien que pueda hacerlo mejor, a quién le importe tanto Elyon y esté a la altura de lo que supone ser su Protector. Porque ya has comprobado por ti mismo que las amenazas que la acechan no son solo externas y lo peligrosas que son. Y no todo el mundo tiene tu sangre fría y fortaleza.
Snape resopló y se pinzó el tabique, mostrándose cansado y derrotado. Haciendo caso omiso a la parte referente a lo que le importaba la chica, bastante gente se había dado cuenta ya, para su desgracia.
—No soy fuerte. No soy ningún héroe o guerrero. Simplemente sobrevivo.
—¿Y eso te parece poco? —Dumbledore sonrió con afabilidad— A veces resulta más noble y útil mantenerse con vida un día más para luchar, que lanzarse a una muerte segura dejando atrás lo importante. No pretendas ser como los sublevados. Sí, dan su vida por una causa mayor, que en el fondo es incluso noble, pero sus métodos… son dañinos, sacrificándose así lo que están consiguiendo es poner en riesgo su propia especie, que ya de por sí agonizaba sin tantas muertes innecesarias durante la guerra.
El chico lo miró con inquietud, sopesando esas palabras. El director contuvo una sonrisa triste al ver esa vulnerabilidad en sus ojos que tan pocas veces mostraba. No era el mismo desde que había vuelto de la capital de los elfos. Se estaba reconstruyendo con los mejores resquicios que quedaban de él y que había guardado todo ese tiempo, ocultos del resto. Intentaba volverse mejor y el anciano deseó con todas sus fuerzas que lo consiguiera, a ser posible pronto, antes de que aquello que lo estaba animando a hacerlo desapareciera de su vida.
—Te dejo seguir practicando. Si descubres algo más, sea lo que sea, házmelo saber —con un gruñido de cansancio, que dejó patente su verdadera edad, Dumbledore se levantó de la butaca—. Yo intentaré hacer lo mismo.
—¿Intentarás? —Snape alzó una ceja con escepticismo, molesto.
—Un buen mago nunca enseña todos sus trucos.
—Esa expresión es muggle —le reprochó.
—Lo sé —rio Dumbledore saliendo de la habitación.
Snape se quedó allí solo, dándole vueltas a aquella breve conversación. A los sublevados y sus motivaciones. Intentando encajar las piezas que se negaban a completar el puzle.
…..✦…..
Elyon tenía la vista fija en la página de Ética pero sin prestarle atención, como de costumbre, escuchando de fondo a sus compañeros leer los párrafos en voz alta cuando Batts se lo pedía. Tenía las manos a cada lado del libro, con las palmas sobre la mesa, y solo movía la derecha cuando veía a Grace girar la hoja, para imitarla y fingir que estaba prestando atención. A cada día que pasaba esas dos horas de clase se le hacían más insufribles.
Un sonoro estruendo les hizo dar un salto a todos en sus pupitres. Tanto el profesor como sus alumnos miraron a su alrededor. Había caído al suelo el enorme tablón de madera en el que Batts había ido colgando, progresivamente, carteles con los conceptos que él encontraba más importante y las numerosas normas que había ido imponiendo en su clase y fuera de ella. Finalmente el clavo endeble que lo mantenía colgado ya no había podido soportar más peso.
—Señorita McWilliams, treinta puntos menos para Gryffindor. Recoja sus cosas y salga de mi clase. Ya pensaré… me replantearé… si la dejo volver —dijo el profesor sin tan siquiera mirarla.
—¿Qué? ¡¿Por qué?! —protestó la joven con indignación— ¡No he sido yo!
—¿Y debo fiarme simplemente de su palabra? ¿De usted? Cómo mestiza, no necesita usar… no utiliza varita para conjurar.
—No he movido las manos de la mesa donde me obliga a tenerlas —le espetó con la mandíbula apretada.
—¿Y cómo sé que necesita hacerlo? —Batts la miró con altanería, alzando una ceja.
—¿Y qué gano yo tirando al suelo un estúpido tablón de notas?
—Interrumpir mi clase, obviamente.
—Si quisiera interrumpir su lección, créame que sería mucho más creativa —lo miró a los ojos con desafío.
—¿Me está… es una amenaza? —se indignó el hombre, aunque en sus ojos pudo ver un brillo calculador.
—No, por supuesto que no —aclaró Elyon moderando su tono a uno más sumiso.
—Que alguien de su posición, se atreva a… se atreva a amenazar a un trabajador del Ministerio, es un feo asunto. Un asunto serio. Algo que tal vez se tenga que comentar junto al director del centro.
—¡Ya le he dicho que no era una amenaza! —se levantó de su asiento, estaba consiguiendo que perdiera la poca paciencia que le quedaba— Simplemente me estoy defendiendo de una acusación gratuita a costa de mi procedencia. Y no creo que al Ministerio le guste que sus trabajadores se valgan del racismo para dar fuerza a sus argumentos.
—Señorita McWilliams —la expresión de Batts se enfureció y su tono se volvió más sombrío—. Recoja sus cosas, salga de mi clase y preséntese en la Sala de los Trofeos a la hora de la cena para sacarle brillo a todo lo que contengan las vitrinas. Así aprenderá a mantener las manos quietas y no encararse a un superior —Elyon enfureció su expresión—. No se lo pienso repetir. Fuera. Y ya pensaré si alguien de su nivel es bien recibido o no en mi aula.
—Por mí puede meterse esta clase y todas sus enseñadas de mierda por donde le quepan —le espetó cogiendo el voluminoso libro y lanzándoselo a los pies, los alumnos la miraron con asombro—. No volvería aquí ni por todo el oro de Gringotts, maldito humano malnacido —finalizó en élfico.
—¿Cómo ha dicho? —Batts entornó los ojos con furia, al no haber sido capaz de entender sus últimas palabras.
—Que le jodan a usted y a toda la basura clasista en la que cree —respondió ella en su idioma natal, con una sonrisa burlona.
Y sin mediar una palabra más salió del aula dando un fuerte portazo. Poco le importaban las horas que se iba a pasar sacándole brillo a los trofeos y la charla que seguramente Dumbledore querría tener con ella, mandarlo a paseo de aquella manera le había sentado de maravilla. Si volvía a la asignatura, lo haría solo por la satisfacción de ver la cara de Batts obligado a volver a darle clase por orden del director.
…..✦…..
Los alumnos seguían tan revueltos en Las Tres Escobas como cuando practicaban Aparición en los terrenos del colegio, por lo que el instructor seguía perdiendo varios minutos poniendo orden y colocando a todos los jóvenes para que no se entorpecieran entre ellos. Elyon aprovechó esos momentos para entrar en el baño, procurando que algunos la vieran, de esa manera si la llegaban a echar en falta, podrían suponer dónde estaba.
Entró en uno de los retretes y cerró la puerta sin poner el seguro, si se retrasaba demasiado y la iban a buscar creerían que ya había salido al no haber ninguna puerta cerrada a cal y canto. Agrandó la bolsa que había guardado en el interior de su túnica de estudiante y que contenía ropa muggle. Una vez cambiada cerró los ojos e inspiró profundamente, visualizando el punto de destino. Sintió el desagradable estirón en su estómago y acto seguido la brisa sobre el rostro. Al abrir los ojos vio ante ella la entrada a los jardines de la casa en la que se había celebrado meses atrás el juicio al duende de Gringotts. Sin perder más tiempo se puso en marcha, tenía dos horas para hacer lo que había ido a hacer, pero si podía tardar menos, mejor. Además, no era seguro estar sola tan lejos de Hogwarts sin que nadie supiera dónde estaba, tenía muy presente a los sublevados y mortífagos.
Caminó por las calles fingiendo ser una más de la comunidad hasta que encontró el lugar a las afueras del pueblo. Los escombros aún seguían sobre la hierba. No habían tocado nada desde esa noche hacía más de dos años y el jardín había tomado el dominio de la parcela, junto a la hiedra que cubría casi por completo la fachada. Nada más tocar la verja de la entrada, que comenzaba a estar oxidada, apareció a sus pies un pequeño cartel de madera con letras doradas.
"En este lugar, Lily y James Potter perdieron la vida una noche de julio de 1981.
Su hijo, Harry, es el único mago que ha sobrevivido a la maldición asesina.
Esta casa, invisible para los muggles, permanece en ruinas como monumento
a los Potter y como recordatorio de la violencia que destrozó una familia."
"Una familia… la guerra destrozó también la de muchos otros" pensó con amargura, acordándose de su propia pérdida, entre otras, aunque al Ministerio aquello parecía importarle poco o nada, para no variar. Cerró los ojos con fuerza cuando sintió las lágrimas agolparse en ellos. No iba a llorar, ya había llorado mucho hasta ahora y además no tenía tiempo. Ese era el motivo por el que no había visualizado directamente la casa como lugar de destino. Lo sucedido aquella noche aun la alteraba y, si era sincera, estaba demasiado difuso en su memoria, habría sido peligroso e irresponsable aparecer directamente en la vivienda de los Potter.
Entró en la casa con rapidez. A la luz del día lo que quedaba de la vivienda le resultó menos tétrico y deprimente de lo que recordaba, aun así, el interior estaba hecho un desastre. Todos los objetos personales seguían ahí, pero el clima y el tiempo ya habían comenzado a hacer mella en ellos. Se mordió el labio con nerviosismo, decidiendo por dónde comenzar a buscar. No podía estar en la zona común. No cuando se trataba de recuerdos amargos y el otro habitante de la casa los había tratado con tanta inquina. Subió al piso superior temiendo que los escalones, ya medio podridos, cedieran bajo su peso. La habitación de matrimonio estaba en mejores condiciones que la planta baja, seguramente porque se había mantenido cerrado hasta ahora y las ventanas, aunque sucias, seguían intactas. Comenzó a rebuscar por las mesitas de noche y continuó con el aparador.
Ni rastro. Se negaba a creer que Lily no conservara nada de aquella época. Debía de quedar algo, si realmente ambos habían estado tan unidos y ella quería retomar el contacto, debía de guardar los recuerdos en alguna parte.
Encontró una caja pequeña de metal dentro del armario, junto a los zapatos enmohecidos. Estaba oxidada, pero pesaba, así que algo contenía. Con esfuerzo consiguió abrirla. Una sonrisa de triunfo se dibujó en el rostro de la semielfa. Allí estaban.
Se sentó en el suelo con la caja sobre su regazo y sacó las fotografías que por suerte estaban bien. Su sonrisa se agrandó, con ternura, al ver en ellas a Lily y a Snape en su infancia tardía, seguramente justo antes de entrar en Hogwarts o en sus primeros cursos. Lo que más le fascinó era que su malhumorado profesor sonreía en algunas de esas imágenes en movimiento. No lo hacía con amplitud y en ocasiones parecía forzado, pero al menos lo intentaba o su compañera lo chinchaba hasta conseguir arrancarle una. Qué lástima que una relación tan bonita se torciera por culpa de terceras personas, que alguien fuera capaz de oscurecer esa felicidad hasta convertir esos momentos en algo repleto de rencor y desprecio.
Elyon finalmente se decidió por una de las fotografías, una de las del final del fajo. Seguramente de las últimas que los dos amigos se hicieron juntos, ya que rondarían los catorce años, pero en ella ambos se reían de algo, tanto que parecían que se le iban a saltar las lágrimas. Era una buena fotografía, un buen recuerdo. Al ir a devolver el fajo a la caja, vio que en el fondo había algunas cartas con el nombre de Severus como destinatario, junto con un test de embarazo que no supo descifrar. Frunció el ceño.
Sabía de sobra que lo que hacía no estaba bien, bastante había hurgado ya en la vida de otros sin permiso, aun así cogió las cartas y las sacó de los sobres. Eran borradores, intentos de cartas a Snape en las que la mayoría del texto estaba tachado con frustración, dejando claro que no sabía qué decir ni cómo. Fue la última de esas cartas, en la que menos había tachado, la que hizo que a la semielfa se le formara una pelota en la garganta.
"…con todo lo anterior, simplemente quería decirte que no te guardo rencor…" más palabras tachadas "…sabes que ya tengo un niño de casi un año, y hace muy poco he sabido que vuelvo a estar embarazada. Te parecerá una locura, lo sé…" tres líneas enteras imposibles de leer "…me gustaría que fueras el padrino. Lo he sopesado mucho, no es un simple capricho. Es mi muestra de confianza hacia ti. Me da igual lo que diga James, me importa aún menos lo energúmeno que se pueda poner Sirius…" más tachones y frases emborronadas "…quiero tenerte de vuelta, quiero que formes parte de mi familia, como debió haber sido en su momento de no haber sido una niñata inmadura que no supo darse cuenta de todo por lo que estabas pasando. Yo…" y la carta terminaba ahí, con un "Yo" que sonaba a disculpa y a una pena inmensa. Quizá no supo cómo seguir, quizá alguien la interrumpió. La cuestión es que ninguno de esos intentos de carta se llegó a enviar. Se quedaron ahí, en una caja que se iría oxidando con los años, custodiando buenos recuerdos que se volverían polvo, escondidos en secreto en un rincón del armario.
Elyon cogió el test de embarazo de la caja. Estaba embarazada. Lily esperaba un segundo bebé y quería que Snape fuera su padrino. Finalmente una lágrima rodó por su mejilla. Si no hubieran muerto esa noche, si hubieran podido parar a Voldemort antes o si simplemente Snape no hubiera escuchado esa profecía que marcó a los Potter, ahora él tendría una familia, habría podido ser feliz, habría dejado de estar solo. Lily le había abierto de nuevo un hueco en su vida, uno muy especial además.
Metió con rapidez todo en la caja, a excepción de la fotografía que había escogido, y la dejó de nuevo en su sitio. Snape no debía enterarse de aquello. Si se enteraba… lo destrozaría por completo. La culpa de la que se había liberado en Imtar volvería y se lo tragaría, hasta no dejar nada.
Salió de la casa con paso veloz y una vez en la calle se apareció. El olor a cerrado del baño de Las Tres Escobas le hizo saber que había vuelto antes de abrir los ojos. Se lavó la cara para mitigar el mareo que sentía, antes de ponerse de nuevo el uniforme y reunirse con el resto de la clase. Faltaban apenas diez minutos para el fin de la lección de ese día.
Miró su reflejo con culpabilidad. Había conseguido la foto, pero junto a ella un secreto con el que no quería cargar.
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La cena del jueves habría sido de lo más tranquila de no ser porque en un momento dado Elena se levantó de su sitio en la mesa Slytherin, y con paso tranquilo y decidido se acercó a Mark cogiendo de camino una enorme fuente de puré de calabaza, llena hasta el borde. Al llegar junto al chico, que cenaba despreocupadamente entre risotadas mientras hablaba con su grupo de amigos, giró la fuente y la vació sobre el rubio, que ahogó un grito entre la sorpresa y el horror al notar la pasta espesa y caliente caer sobre él. Elena sacudió bien el cuenco sobre su primo, asegurándose de que se había vaciado por completo. Luego lo dejó junto a él y se llevó a la boca el dedo que se había manchado con el puré, saboreándolo con una sonrisa rebosante de soberbia.
—La verdad que da más gusto hacer esto por uno mismo que con magia —rio.
—¡¿Pero qué cojones haces?! —el Slytherin se levantó de golpe, hecho una verdadera furia, sacudiendo los brazos, haciendo que los que estaban junto a él se quejaran intentando no mancharse.
—Por lo visto desperdiciar un buen puré de calabaza con un imbécil como tú —le respondió sin más, volviendo a su sitio.
Batts y Snape se habían levantado al mismo tiempo de su sitio en la mesa de profesores para interceder. La rubia se detuvo un momento y volvió a encararse con su primo.
—Y como vuelvas a lanzar rumores sobre mí en el colegio, solo porque te paro los pies en nuestra Casa cuando te comportas como un jodido sociópata que se cree intocable, vas a saber lo que es la humillación a niveles que ni te imaginas. Que jodas a otra Casa… puedo llegar a tolerarlo. Pero que arremetas contra los tuyos es algo que no pienso tolerar en mi familia —lo amenazó con tirantez.
—Vaya, Elena los tiene muy bien puestos —silbó con admiración Johnny—. Ahora me arrepiento aún más de no habérmela ligado el verano pasado.
—No te la habrías ligado ni entregándole tu corazón palpitante en una bandeja de oro macizo —se mofó Grace—. Demasiada mujer para ti.
—Qué gráfica —el hufflepuff arrugó la nariz con desagrado.
Elyon rio por lo bajo. Su amiga tenía razón, Elena sabía muy bien lo que quería y le convenía.
Mark, rojo de ira, buscó la varita entre su túnica empapada en puré.
—No pretenderás limpiarte con magia, ¿verdad? —se rio su prima con malicia, mirando sobre su hombro a Batts, que los observaba y escuchaba con atención, como el resto del Gran Comedor—. Eso sería uso innecesario de la magia. Tú más que nadie debería saberlo. No hace falta magia cuando puedes irte directamente al baño a darte una ducha, y yo lo haría, antes de que empiecen a crecerte setas en partes muy concretas. Aunque esa sería una gran excusa para explicar por qué ninguna chica tiene el estómago suficiente para ponerte un dedo encima.
Los murmullos y las risas ahogadas del resto de alumnos inundaron el comedor. Las manos de Mark temblaron y cerró los puños para disimularlo hasta que sus nudillos quedaron blancos. El chico miró a Batts, que se mantuvo estoico e impasible. Elyon percibió la amenaza en su forma de mirar al slytherin. Si se le ocurría hacer magia para limpiarse, siendo él uno de los defensores de la prohibición de la magia no esencial, se arrepentiría.
—Esto no va a quedar así, Elena —la amenazó en un susurro—. Jason ya no está aquí para guardarte las espaldas.
—No lo necesito a él ni a nadie para eso. Te lo demuestro cuando quieras con o sin magia —se despidió su prima dándose la vuelta, de forma que su larga coleta dorada danzó tras ella acompañando cada paso de la chica.
Finalmente Mark salió del Gran Comedor pisando fuerte, seguramente de haber podido, haría dado un portazo al abandonar la sala. Snape, mientras tanto, se había acercado a Elena y le hablaba en voz baja con expresión autoritaria, mientras ella se humedecía los labios con hastío. Vieron algunas cuentas del contador de Slytherin desaparecer.
—Se avecina tormenta —resopló Will.
—Hace tiempo que la tormenta está sobre nuestras cabezas, la cosa está en cuándo nos va a caer el diluvio —comentó Lisa prosiguiendo con su cena—. A ver si te crees que esos dos se han peleado solo por estúpidos rumores de colegio. Elena está tan quemada de Batts y sus acólitos como todos nosotros. Hogwarts es una olla a presión a punto de reventar.
Elyon la miró con preocupación. Si esa olla explotaba, más le valía estar lejos, porque como siempre, la pillaría en el medio y ya le estaba costando bastante trabajo mantenerse neutral en el día a día. Dumbledore había tenido con ella una dura charla respecto a su salida de tono con Batts y, a parte de seguir expulsada de esa asignatura sin saber si eso afectaría a su último curso en Hogwarts, el director le había dejado claro que no le iba a tolerar ni un enfrentamiento más, por el bien de las relaciones entre magos y elfos. Que extrapolaran su situación en el colegio a lo que había fuera de los muros del castillo le reventaba, no se veía con ánimos de calcular todos sus movimientos por si estos se usaban de excusa para futuras acciones políticas que nada tenían que ver con la vida estudiantil.
…..✦…..
Batts la estaba esperando frente a la puerta de su despacho, y al verla dibujó una sonrisa petulante que a su parecer era más bien una mueca desagradable. Supo entonces que le iba a ser imposible escapar de él. Ese día no estaba de humor para aguantarlo y seguramente por ello el hombre había decidido buscarle las cosquillas. Ese maldito funcionario tenía un don para saber cuándo asaltar a alguien para que sus charlas fueran lo más irritantes posibles.
Zelda le devolvió la sonrisa por educación, asintiendo a modo de saludo y se acercó a él. Tampoco es que tuviera otra opción ya que le bloqueaba el camino a su espacio de trabajo.
—Buenas tardes, Profesor Batts.
—Buenas tardes si… eh… Señorita Croft —le respondió con su habitual tono pausado—. Me gustaría tratar con usted ciertas inquietudes. Ya que… bueno, ya que es la encargada de la magia defensiva de los alumnos.
—Claro, pasemos a mi despacho —asintió abriendo la puerta al profesor.
Cuando éste le dio la espalda para pasar, la mujer inspiró con hastío y puso los ojos en blanco. Ya se le estaba haciendo cuesta arriba y la charla no había comenzado, pero sabía de sobra lo que iba a decirle ese brujo odioso.
Para cuando ella entró, Batts estaba frente a su escritorio curioseando entre sus papeles. El mago se estaba saltando deliberadamente el protocolo entre profesores. Si ya sospechaba que buscaba irritarla, ahora lo sabía con certeza. Fingió una tranquilidad absoluta, que no sentía, mientras mantenía la cabeza alta.
—¿Y cuáles son esas inquietudes?
—Verá, señorita Croft… el Min…
—Es profesora Croft —le cortó ella, con una sonrisa tirante.
—Sí, claro —asintió, volviendo a dibujar esa sonrisa llena de soberbia—. Verá… Profesora…, el Ministerio me envió aquí con un… objetivo. Y usted, bueno, no está… no está…
—¿Colaborando? —volvió a cortarle la mujer, si le dejaba hablar a su ritmo aquello duraría horas y no se veía con la paciencia necesaria— Puede que el Ministerio le haya enviado con un propósito, pero el programa de mi asignatura fue aprobado por ese mismo Ministerio, y su propósito es que los estudiantes aprendan a protegerse de criaturas y magia oscura.
—Eso es cierto, pero no me preocupa… el temario. Eso es lo de menos. Está claro que los niños tienen que… saber cómo defenderse. Lo que le intento explicar es que hay otras formas mejores de… aplicarlo, señorita Croft.
—¿Está poniendo en duda mi forma de enseñar? —prefirió ignorar el hecho de que le había vuelto a llamar señorita, su aguante se estaba agotando.
—No, ¿en duda…? No —dijo sin mirarla a los ojos, centrado en los papeles de su escritorio—. Pero su empeño en hacer practicar a los alumnos… las clases extra de Duelo… Es una locura, los jóvenes actúan sin límites, libremente. Está claro que no está entendiendo el problema que está generando, señorita Croft. La tensión.
Zelda ya se conocía esa conversación, el problema no eran sus métodos, el problema para Batts era otro.
—Es profesora Croft —recalcó ella de forma más brusca de lo que pretendía—, y le entiendo perfectamente, descuide. No crea que no le puedo seguir ¡Por Merlín, cualquiera podría seguirle! —estalló finalmente— Quien parece no entender es usted. Concretamente no parece entender que una mujer pueda ser profesora, y más concretamente de esta asignatura.
—No vaya por ahí —Batts se indignó volviéndola a mirar a los ojos—. Yo siempre he considerado que algunas mujeres pueden ser casi tan buenas profesoras como los hombres, no por nada el cuidado de los niños es algo innato de su género… pero está claro que usted no está entre ellas.
Zelda reprimió el impulso de darle un puñetazo. Sabía que eso era lo que él quería, una excusa para poder echarla y meter a otro en su puesto que siguiera sus normas autoritarias y restrictivas. Inspiró profundamente para calmar la rabia que sentía. Si Batts creía que ella se ofendería hasta perder los nervios en un ataque de histeria, es que era realmente tan machista e idiota como aparentaba.
—Profesor Batts, si es tan amable de marcharse —le dijo señalando la puerta—. Esta conversación ha terminado.
—No —se negó él, todavía apoyado en su escritorio—. Aún no hemos acordado nada sobre como… lleva sus clases y la optativa.
—No tengo nada que hablar con usted, no es el director, el cual por cierto, aprueba mis métodos. Por favor, —insistió en tono amenazante— márchese… de mi… despacho.
—No me gusta su tono.
—Y a mí no me gusta usted, y aquí sigue. Por última vez, fuera de mi zona de trabajo.
—¿Por última vez? ¿Es que me está amenazando?
Estaba claro que Batts no quería irse de allí con las manos vacías. La bruja torció una sonrisa calculadora. Si ese hombre quería algo, le daría algo.
—¿Amenazarle? Ha venido a mi despacho a insultarme con un propósito que ambos conocemos ¿Realmente cree que esto va a quedar así? ¿Qué lo voy a dejar pasar? —Batts empezó a dibujar de nuevo esa sonrisa inquietante y petulante, pero se le atragantó al ver a Zelda acercándose con pasos decididos—. No crea que porque soy mujer no sé leer entre líneas. Ni crea que puede hacer lo que le venga en gana por ser hombre, profesor, o porque le envíe el Ministro o el mismísimo Merlín. Usted no está a mi altura, esté seguro de ello, y si me busca, me tendrá —el mago alzó una ceja—. Pero no como a usted sé que le gustaría, aunque se niegue a creerlo no tengo este puesto por mi cara bonita. Y aleje la mano de la varita, no querrá usar "magia innecesaria" contra un miembro del profesorado.
Batts había llevado la mano al interior de su chaqueta sin darse cuenta, intimidado por la actitud de la bruja, así que disimuló el gesto ajustándose su traje morado.
—Ya hablaremos en otra ocasión, cuando cambie la luna y espero se encuentre usted más receptiva—se despidió, con la cabeza alta.
—No. No lo haremos, profesor Batts —respondió la bruja, tajante.
…..✦…..
Daban igual los años que hubieran cursado esa asignatura, el profesor Binns, y por consiguiente Historia de la Magia, seguía siendo soporífera. El tono monótono y bajo del fantasma hacía que fuera difícil mantenerse despierto y atento, y teniendo en cuenta que Elyon llevaba sin dormir del tirón varios días por culpa de las pesadillas, ni siquiera se dio cuenta de que empezaba a cabecear apoyando la mejilla en su nudillo izquierdo.
En un momento dado la luz se hizo más tenue, adquiriendo un tinte azulado y frío. Se irguió en su asiento mirando alrededor con inquietud. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sola en el aula. Escuchó el eco de un goteo y sintió los pies húmedos. Miró hacia abajo. El suelo estaba encharcado con un líquido carmesí, espeso y tibio. Se puso en pie con rapidez decubriendo con horror que ya no estaba en el aula de Historia, si no en una habitación de piedra, sin luz, sin ventanas. Solo había oscuridad. Oscuridad y alguien junto a ella al amparo de esa negrura. Su corazón se aceleró. No acertaba a hablar, a preguntar quién era, qué quería. Solo sabía que estaba en aquella misma habitación y no le quitaba la vista de encima.
"Lobo, lobo, ven junto a mi hoguera,
te daré calor, te daré alimento, te daré todo lo que quieras…"
Alguien comenzó a cantar de forma perezosa, sin emoción ninguna, como si se regodeara, luego se rio de tal manera que se le erizó el vello de la nuca. Tenía que salir de allí.
—Ven con nosotros. Ven conmigo. Todo terminará. No más muertes. No más miedo. Pero tienes que venir o el precio a pagar será cada vez más alto.
Por fin su cuerpo le respondió y pudo echar a correr. Pero en aquella oscuridad, en la que apenas podía ver, tropezó con algo y cayó de bruces. Cuando se incorporó y vio lo que la había hecho caer gritó, o eso intentó. No tenía voz, solo pudo emitir un sonido ahogado y afónico. Notaba vibrar su garganta, pero de ella no salía nada. A su alrededor estaban sus amigos, su abuelo, sus tíos, Feriel, Kove y Snape. Todos muertos, con un horrible rictus de terror en sus rostros cenicientos. Les habían abierto el pecho por completo, había sangre y vísceras por todas partes.
—Elyon —sollozó una voz infantil y lastimera que conocía bien.
Se giró con lentitud, temblando. Nuth, con cinco años, la miraba horrorizado mientras lloraba hipando. Tras él había un hombre alto, no podía verle el rostro, lo ocultaban las sombras del lugar. Solo podía ver el largo pelo prácticamente blanco que casi barría el suelo. Fuera quien fuera, tenía a Nuth agarrado por la nuca con fuerza.
—No —musitó ella—. Por favor… no.
Estiró los brazos hacia él en señal de súplica, arrodillada en el suelo entre los cuerpos de las personas que más le importaban. Deseó con todas sus fuerzas arrancar a su primo de la garra de ese hombre, hasta que sintió el calor en sus manos. Unos tentáculos dorados surgieron a su alrededor y como lanzas se cernieron contra aquel hombre, ensartándole el pecho. Escuchó crujir el hueso.
—Elyon —gimoteó Nuth.
El niño la miró suplicante mientras la sangre corría entre sus labios barbilla abajo. Con aquellas lanzas clavadas en su pecho, que al retirarse se torcieron abriendo la carne, dejando caer al suelo con pesadez lo que habían contenido.
—No… no… —lloró Elyon sin ser capaz de moverse.
Juraría que había atacado al hombre, no a su primo, sin embargo quién agonizaba en el suelo era el pobre niño.
—Yo no he hecho esto. Has sido tú —se limitó a decir el hombre con frialdad y casi indiferencia, con el pequeño a sus pies—. Son tus manos las que están manchadas con sangre, con la de todos ellos, no las mías. Tú los has matado y te ha dado igual. Siempre te ha dado igual.
La semielfa sintió que se ahogaba, porque en una recóndita parte de su ser algo le decía que era cierto, que ese hombre no mentía. Que había hecho cosas horribles y no le importaba en absoluto. Gritó con fuerza para deshacerse de la culpa que crecía impidiéndole respirar, llena de rabia. Sintió su cuerpo arder, de dentro a fuera. Sintió la dolorosa presión de una fuerza que ansiaba liberarse y arrasar con todo lo que encontrara, para no dejar nada a su paso. Porque si no había nada, no habría miedo nunca más.
El aula tembló y los paneles de madera que forraban una de las paredes hasta media altura, se resquebrajaron, haciendo saltar astillas sobre los alumnos que estaban más cerca. El caos cundió entonces en la clase.
—¡Elyon! —Grace la zarandeó con fuerza.
La semielfa se despertó de golpe y se incorporó asustada. Miró a su alrededor sin saber dónde estaba. Vio a sus compañeros gritar y alejarse de la pared, en la que había crecido una enorme grieta que llegaba hasta el techo y había empezado a recorrerlo, haciendo que pequeños trocitos de piedra cayeran sobre los jóvenes como una llovizna de polvo.
Elyon sentía el corazón latir a toda velocidad y su respiración estaba acelerada. Le ardía el pecho y las manos. Cuando las miró se topó con sus venas teñidas de dorado, brillando ligeramente bajo la piel. Miró a su amiga con preocupación.
—Tienes que ir a hablar con Dumbledore —le dijo sin más con la vista clavada en los iris dorados de su amiga.
Ella asintió torpemente, confusa y asustada. Con la mente aún a medio camino entre el sueño y la vigilia.
…..✦…..
—Te dije que necesitaba ayuda con esto —intentó que no pareciera un reproche, sino más bien una súplica.
Snape se pasó una mano por el rostro con cansancio.
—Habla con tu tío —insistió él—. Es un legeremante excepcional, si él no puede hacer nada, entonces nadie puede.
—¡Ya le he pedido ayuda! —le gritó frustrada, sintiendo unas enormes ganas de llorar, caminando por el despacho con paso nervioso—. Pero no ha hecho nada. No quiere hacer nada, o no le dejan, yo… ya no sé qué pensar. Me están ocultando algo con todo el descaro del mundo y yo… ¡Joder, estoy harta! ¡Estoy harta de que me mientan, de que me controlen como a una marioneta! ¡¿Sabes que querían imponerme ya un matrimonio solo para que me pusiera a tener hijos lo antes posible?!
Gritó con fuerza solo para deshacerse de toda esa ansiedad mientras seguía caminando. Unas manos fuertes la agarraron de los brazos impidiéndole seguir recorriendo el despacho de forma compulsiva. Al alzar la mirada se topó con el rostro de Snape.
—Respira —le dijo sin más.
Ella obedeció, inspirando con fuerza y exhalando después. Repitió el proceso varias veces, hasta que su corazón empezó a ralentizarse.
—¿Mejor? —el chico alzó una ceja con interés.
Elyon asintió.
—Es solo que…
—Te entiendo perfectamente. Pero frustraste y gritar hasta quedarte afónica no te va a ayudar en nada —la soltó y la invitó a sentarse en una de las sillas que había frente a su escritorio.
—Ya has visto lo que ha pasado en clase de Historia. Menos mal que Grace estaba allí y me despertó cuando se dio cuenta de que era cosa mía.
—Tal vez deberías probar a relajarte antes de ir a dormir.
—Me quedé dormida en clase por lo soporífera que es la voz de Binns ¿Realmente crees que estaba estresada en ese momento?
Snape se la quedó mirando con la mandíbula apretada, absorto en sus propias cavilaciones. Elyon sabía de sobra que se estaba debatiendo entre ayudarla o no. El mago cerró los ojos con cansancio inclinándose hacia adelante hasta apoyarse sobre sus rodillas, entrelazando sus manos.
—Lo probaremos una sola vez —la miró con seriedad—. Si no funciona, buscaremos otra solución y seré yo quien hable con Heon, ¿de acuerdo?
Elyon asintió con una amplia sonrisa.
—Pero déjame unos días para que me informe bien sobre cómo proceder. Y harás exactamente lo que yo te diga. Si el proceso no va bien, lo dejaremos estar, pararemos en el acto. Sin quejas, sin reproches y sin esa cabezonería tuya que al final solo causa problemas ¿Está claro?
La semielfa volvió a asentir con energía y con una sonrisa de alivio de oreja a oreja. Él resopló con hastío. Detestaba que al final siempre se saliera con la suya, de una manera u otra. Solo esperaba no haberse equivocado aceptando y arrepentirse más tarde, como era lo habitual.
—Muchas gracias, de verdad.
—No me las des aún —se levantó de la silla dando la charla por terminada—. Hasta entonces, intenta dejar la mente en blanco y relajada cuando te vayas a dormir.
Estaba a punto de cruzar el dintel de la puerta del despacho cuando la joven se detuvo de pronto y dio media vuelta, acercándose de nuevo al escritorio tras el cual estaba su profesor. Metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo que le tendió al mago.
—Esto es para ti. Lo compré antes del ataque y, visto lo visto, te va a venir bien, al menos mientras sigas teniendo que encargarte de mí —Snape alargó la mano y en ella Elyon dejó el pequeño colgante de plata—. Tiene una runa de protección que espero sea suficiente, un extra de magia nunca viene mal si se va conmigo.
La joven sonrió con un deje de tristeza y culpabilidad.
—No tenías por qué hacerlo.
—Qué menos… casi te hago a la parrilla en Imtar —intentó bromear, en las manos del chico aún quedaban rastros del fuego del riesyl.
Se sostuvieron la mirada en silencio, con incomodidad.
—Entonces gracias —asintió—. Pero no creo que sea lo suficientemente potente para poder contigo, eres desesperantemente incombustible.
—Ya… soy consciente de ello —rio la chica arrugando la nariz con culpabilidad.
Volvieron a quedarse en silencio, uno frente a otro, separados por el robusto escritorio de madera oscura.
—Entonces tienes… —él frunció el ceño, esperando no haber escuchado bien— ¿Tienes un matrimonio concertado? —alzó la vista del colgante y la miró con un deje de desazón.
—¿Qué…? No ¡NO! —se apresuró a responder, sonrojándose— ¿Acaso crees que yo iba a tolerar algo así? He conseguido librarme, como tú has dicho, soy desesperadamente incombustible —hinchó pecho con orgullo, fingiendo que aquello no tenía importancia y que no se sentía incómoda de que precisamente él hubiera sacado el tema por lo bocazas que había sido en su arranque de ira— Soy demasiado joven para pensar en matrimonio, Merlín. Lo único que me interesa ahora mismo es tener libertad, cosa que… bueno… tampoco estoy consiguiendo realmente.
—Todo llega. Solo sé paciente —se limitó a contestar Snape.
Sintió alivio ante la respuesta de la chica, aunque que siguiera soltera no suponía que él tuviera alguna posibilidad. Quizá el matrimonio concertado habría sido bueno para el mago, una excusa para marcar distancia.
—¿Realmente crees que todo llega? —suspiró Elyon con cansancio.
—Claro, por supuesto —respondió sin convicción alguna.
La joven asintió y se fue hacia la puerta. El chico volvió a centrar su atención en el colgante que tenía en las manos. Entonces reparó en la pequeña pestaña. Con un ligero chasquido este se abrió ligeramente. Dentro había una fotografía.
—¿De dónde la has sacado? —Snape sintió que se le paraba el corazón— ¿Cómo…?
Alzó la vista, mirándola con intensidad.
—Mejor no preguntes —se limitó a responder Elyon bajo el dintel, con una sonrisa llena de culpabilidad—. Pero me pareció una buena idea que aquello que te hace fuerte te acompañe y te proteja. Que puedas llevar contigo siempre un buen recuerdo, para los malos momentos.
Y sin decir nada más se marchó. En cuanto le dio la espalda al profesor su sonrisa desapareció, acordándose de las cartas que habían acompañado todo ese tiempo la fotografía que ahora tenía él. Y la pena se instaló en su pecho.
Snape miró la fotografía con ojos brillantes. Aquellas sonrisas despreocupadas de dos jóvenes que no sabían lo que estaba por llegar, lo mal que terminaría todo. Ojalá haberlo sabido entonces. Cerró el pequeño colgante y lo apretó con fuerza en su mano, inspirando hondo.
…..✦…..
El conjuro golpeó el escudo, consiguiendo resquebrajarlo un poco. Kove devolvió el ataque. La defensa de Snape no surtió efecto y el hechizo del elfo lo alcanzó en el pecho, lanzándolo a varios metros de distancia, haciéndolo caer aparatosamente de espaldas sobre el tatami.
El mago se incorporó con un gruñido, tosiendo. La magia de su maestro lo había golpeado como un ariete dejándolo sin aire.
—¿Hacía falta tanta fuerza? —gimió con voz ahogada.
—No ha sido para tanto, no exageres.
Snape lo miró con enfado. Para su maestro ningún ataque era para tanto.
—Ha estado bien para ser tus primeros conjuros mixtos, pero has de mejorarlos, sobre todo los de defensa. Los de ataque se nutren de tu mal genio, por eso se te dan mejor —le aclaró—. Por una vez tu mala sangre servirá de algo, aunque conviene que tampoco abuses de ello como combustible. Si un día te pillan de buenas, no serán tan efectivos.
—¿Pillarme de buenas? —se mofó el chico poniéndose de nuevo en posición— Eso es prácticamente imposible.
—¿Tú crees? Te lo preguntaré la próxima vez que te dejen solo con Elyon unas cuantas horas, o puede que incluso te basten unos minutos. Te distrae y amansa que da gusto, y eso es un problema siendo su Protector.
—¡Eso no…!
El ataque de Kove llegó por sorpresa, sin darle tiempo a reaccionar. El látigo se enredó en su tobillo y de un fuerte estirón lo hizo caer.
—¿Ves? Basta nombrarla para que te descentres del todo. Eso también tienes que trabajarlo.
Snape gruñó con fastidio, tirado en el suelo de espaldas.
—¿Por qué tuviste que decirle a Dumbledore que me gusta?
—¿Gustar? —Kove rio con fuerza— Estás enamorado hasta el tuétano, muchacho. Admítelo de una vez, hazte ese favor. Pero no, yo no le he dicho nada al respecto ¿Por qué lo preguntas?
—Porque lo dejó caer en una conversación. En la misma que admitió que os lo contáis absolutamente todo como viejas cotillas —le reprochó.
—Crees que llevas una máscara impenetrable, pero no es cierto. Quien te conoce ve a través de sus grietas, y esas grietas de cada vez son más grandes.
—¿También tengo que trabajar en ello? —comentó con sarcasmo el mago, aún tumbado.
—Eso depende de si vas a mover ficha a o no —Kove le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.
Snape asió su brazo y se levantó.
—Todos me decís que lo deje pasar, ¿por qué iba a mover ficha? —remugó haciéndose de nuevo la coleta.
—Porque es algo que has de decidir tú, no los demás —el elfo se colocó frente a él.
—Es men… es menor que yo, bastante —se corrigió porque el ser menor de edad ya no era una excusa—, soy su profesor, soy su Protector. No sería correcto.
—Lo correcto a veces no es lo acertado, no siempre sigue los dictados del corazón.
—Eres el único que me empuja continuamente al lado de Elyon —el chico frunció el ceño— ¿Sabes algo que yo no?
Kove sonrió de medio lado.
—Sé que el miedo hace que nos perdamos las cosas buenas de la vida, y que a veces es mejor arriesgarse si igualmente no hay nada que perder.
El chico se lo quedó mirando aún con el ceño fruncido. Él consideraba que sí que tenía mucho que perder.
—¿Vas a atacarme o a seguir pensando en todo lo que podría salir mal si te abres a alguien por una vez en tu vida? —lo picó el hombre.
Snape enfureció su expresión y lo atacó con un rápido movimiento de muñeca.
…..✦…..
En la habitación solo se escuchaba el crepitar del fuego de la chimenea. Ya casi era verano, pero en las mazmorras siempre hacía frío, y cuanto más cómodos estuvieran ambos allí, mejor.
Snape la miró con inquietud desde su butaca. Elyon, sentada en la otra justo en frente, sabía que no estaba seguro de lo que iban a hacer y que aún había posibilidades de que se echara atrás.
—Esto no es una clase de Legeremancia —comenzó a explicarle el mago, inclinado hacia delante sobre sus rodillas con las manos entrelazas—. Para mirar tus propios recuerdos necesitas que alguien consiga que seas consciente de ti misma una vez te sumerjas en ellos. Necesitas un tótem, un ancla, alguien que te abra paso. Ese seré yo —se humedeció los labios con nerviosismo—. Yo marcaré el camino, pero has de guiarme hacia donde quieras ir.
—Vale —asintió con energía.
—¿Estás realmente segura de esto? Una vez empecemos no podemos perder la concentración, tenemos que salir del trance juntos. Es más, yo no puedo salir por mí mismo, tienes que sacarme tú —la miró a los ojos con seriedad.
—Estoy segura.
Snape inspiró con fuerza y extendió sus brazos hacia ella con las palmas hacia arriba y con los antebrazos descubiertos, dejando ver la Marca. Elyon se arremangó y alargó los suyos, asiendo los del chico con fuerza. Necesitaban contacto directo, piel con piel. Cerró los ojos y se dejó llevar por esa agradable sensación de paz que conocía de la primera vez que ambos probaron a hacer algo similar, hacía ya tres años.
Las imágenes empezaron a formarse frente ella. Sabía que todo el proceso tenía un riesgo personal, pero era necesario correrlo para evitar un mal mayor. Era consciente de que debía ir con cuidado en el camino a seguir. A grandes rasgos le daba igual que Snape pudiera ver parte de sus recuerdos, casi todos eran bastante cuotidianos y ordinarios, y él ya conocía bien su pasado, pero sí que había algunos momentos que prefería mantener ocultos, como sus conversaciones con Grace referente a lo que sentía por él.
El proceso le resultó extraño, no podía ver a su profesor, pero lo sentía junto a ella, como si la llevara de la mano, unos pasos por delante suya. Junto a él visualizó sus días en el colegio, su estancia en Imtar… con sumo cuidado fue retrocediendo en su memoria, seleccionando momentos que le parecían que tenían que ver con lo que su mente bloqueaba, y que iban apareciendo entre tantos otros, formando una especie de camino de migas de pan.
Pasaron fugazmente entre muchos momentos que ambos habían compartido: la preparación de la Evaluación, su estancia en el bosque de los elfos, las clases de Pociones, el camping… Prefería no recrearse, no sea que en su actitud se intuyera lo que ahora sabía: que hacía tiempo que estaba enamorada del mago. Dio con algunos recuerdos inconexos del primer ataque a Imtar, nada que no hubiera podido recordar ya. Y tras eso fue como si el camino de migas desapareciera. Empezó a frustrarse. Incluso con esa técnica parecía que, fuera lo que fuera lo que buscaba, permanecía bien escondido. Notaba que estaba cerca pero que se le escapaba de entre los dedos. Los recuerdos empezaron a correr más deprisa, uniéndose sin lógica. Se estaba perdiendo entre sus vivencias. Su nerviosismo creciente no la ayudaba a concentrarse, ya que con ese caos por el que se abrían paso corría el riesgo de que Snape se topara con uno de esos momentos que Elyon no quería mostrarle.
Frente a ella apareció, bajo la lluvia torrencial, la casa en la que creció, con una de sus paredes destrozada y la sombra de un cuerpo tirado en su interior. Su corazón empezó a latir demasiado deprisa y sus ojos se empañaron. Se vio a sí misma corriendo hacia ella, sin mirar atrás. Y la casa cambió. Era vieja y entre las enredaderas que la cubrían se podía ver la fachada destrozada, ella entró allí con paso decidido.
Elyon sintió que le faltaba el aire, tenía que dejar pasar ese recuerdo. Pero no pudo. Snape la estaba empujando a seguir allí, a seguir mirando, no la dejaba moverse del sitio, como si él estuviera anclado sin soltar su mano, que agarraba con fuerza. Se vio a sí misma sentada en el suelo, con la caja de metal en el regazo. Se esforzó en salir de ese recuerdo, pero el mago no se lo permitía, cada vez la apresaba con más fuerza. Su ansiedad se disparó cuando vio aparecer las cartas bajo el fajo de fotografías. Tenía que despertarse, ya. Juntando toda la fuerza de la que fue capaz estiró para moverlo, pero en vez de eso fue como si ella se soltara y cayera de espaldas. Sintió un intenso calambre y un dolor lacerante en el interior de su cabeza. Todo quedó en silencio y a oscuras.
…..✦…..
Escuchó el eco de sonidos amortiguados antes de poder abrir los ojos. Los párpados le pesan como si fueran de plomo, y cuando consiguió abrirlos, se dio cuenta de que no podía ver. La luz la cegaba de tal manera que no la dejaba ver nada más. Poco a poco fue capaz de comenzar a distinguir formas borrosas, aunque los sonidos seguían llegándole lejanos, sin saber qué eran o de dónde provenían.
—Elyon. Elyon ¿Me oyes? Elyon ¿Puedes oírme? —la llamó una voz.
Sobre ella había una silueta oscura que lentamente se hizo más nítida. Consiguió enfocar unos ojos azules que la miraban con preocupación.
—¿Tío Heon? —consiguió articular, su voz sonaba ronca y reseca.
—Por los astros, menos mal que has despertado —entonces su expresión se enfureció— ¡¿En qué estabais pensando?! ¡¿Cómo habéis podido ser tan inconscientes los dos para hacer un Hilo Guía?! ¡¿Te haces una idea de lo peligroso que es?!
Elyon lo miró tragando saliva. Nunca pensó que su tío pudiera llegar a dar miedo. Pero ahora estaba frente a ella, dando voces que resonaban en la enfermería y prácticamente fuera de sí, con la vena del cuello hinchada. Era realmente intimidante. Dumbledore y Azrael, tras él, la miraban también con seriedad y enfado. Su abuelo tenía la mandíbula tensa, obviamente conteniendo una buena reprimenda.
—Necesitaba recordar… el riesyl… —intentó explicarse con voz temblorosa, aún se sentía mareada y débil.
—¡Necesitabas hacer caso por una maldita vez en tu vida a la gente que sabe más que tú! ¡No te decimos las cosas para engañarte o controlarte, maldita sea! ¡Podrías haber quedado en coma!
La semielfa se sentó en la cama temblando, esforzándose por no romper a llorar ante los gritos del elfo que hacían eco allí.
—Lo siento… Solo quería evitar poder hacer daño a los demás —sollozó.
—Pues es justamente lo que ha conseguido tu intento —le espetó su tío con dureza, señalando la cama que tenía a su izquierda.
Ella se giró y al ver quién estaba tumbado allí perdió el poco color que tenía.
—Enhorabuena, lo has dejado en coma.
Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas.
—No… no, no, no —gimió levantándose.
Se mareó al salir de la cama, pero aun así logró llegar a la de Snape, donde el chico parecía profundamente dormido, salvaguardado por Kove. Elyon le cogió la mano sin poder parar de llorar, deseando con todas sus fuerzas que se despertara.
—¿Qué pasó? —preguntó Dumbledore con un tono más sosegado.
—Se ancló a un recuerdo, a un secreto. Intenté sacarlo de él para que no lo descubriera y… me caí… lo solté… no sé qué pasó —siguió llorando.
—¿Y tan importante era revivir lo que tu mente reprime como para llegar a esto? ¿Severus aceptó sin más? —el mago la miró con seriedad.
—No, él se negaba. No quería hacerlo, aunque al final lo convencí. No era por capricho… las pesadillas… usted sabe de mi pequeño brote en clase, y también me estaba pasando en mi habitación por las noches. Sea lo que sea, no me deja dormir, y cuando lo consigo… tengo miedo.
—Ya te dije que te sacudieras el miedo, niña —Kove la miró con ojos tristes, sentado al lado de Snape—. Tú no te puedes permitir sentir miedo, no como el resto de nosotros, no hasta que encuentres tu propio equilibrio y sepas gestionarte.
—No es tan fácil. Intento no sentir miedo, de verdad, pero no puedo —apretó los puños con frustración, aun envolviendo la mano del chico.
—Y entonces pasas a la ira, como ahora, y es cuando el riesyl sale a relucir —prosiguió su maestro sin mirarla, centrado en el mago postrado —. Ese es tu círculo vicioso y has de romperlo. Pero solo tú puedes encontrar la manera, desgraciadamente. Por mucho que te digamos, por mucho que intentemos orientarte, la llave la tienes tú.
Se produjo un silencio incómodo. Elyon se humedeció los labios, intentando organizar sus pensamientos, que eran un torbellino incontrolable en esos momentos.
—¿Y entonces él... no va a despertar? —volvió a mirar al chico.
—No lo sabemos —respondió Heon, más calmado—. Pero si te soy sincero, no tengo muchas esperanzas. Cuando os encontramos os hice un chequeo. Tu mente está entera, hecha un lío, pero entera. La de Severus… está hecha trizas.
La semielfa sintió que todo zozobraba a su alrededor y su vista se nubló. Para cuando dejó atrás el vértigo estaba sentada en el suelo, sujeta por los brazos de su abuelo.
—No deberías estar levantada, no hasta que tu mente se calme —le aconsejó Heon moviendo un dedo de un lado a otro frente a su rostro para que su sobrina lo siguiera con la mirada.
—Mi mente no es la que me preocupa —gimió ella, que volvió a romper a llorar con amargura— Yo solo… quería… protegerlos y…
Su abuelo la levantó del suelo y la tumbó en la cama, mientras ella no dejaba de llorar, tanto que parecía que se iba a quedar sin aire. Había vuelto a fallarles a todos, había vuelto a dañarlos.
…..✦…..
Se despertó de madrugada a causa de la migraña, y aunque intentó volver a dormirse con todas sus fuerzas, solo para no pensar en lo que había pasado en el despacho de su profesor, no lo consiguió. El dolor siguió subiendo de intensidad y se vio obligada a despertar a Azrael, que dormía en la cama de al lado. Este fue en busca de Pomfrey, que llegó con rapidez envuelta en su bata.
Pero de nada sirvieron los remedios de la sanadora. El dolor de cabeza seguía creciendo, hasta que sus gemidos ahogados despertaron a Kove, que también se había quedado a dormir en la enfermería para acompañar de algún modo a Snape. El elfo fue a buscar al director para informar del estado de la chica.
Elyon estaba encogida en la cama, Eizen se había instalado en la almohada, y se restregaba contra ella intentando reconfortarla. La joven sentía la cabeza a punto de explotar, el dolor era insoportable. Se había llevado las manos a ella y presionaba para intentar aliviar los pinchazos, pero era inútil. Se retorcía entre sollozos, deseando que esa tortura se detuviera. Había llegado a tener la necesidad de golpearse contra algo, con tal de que ese dolor cesara. La luz de las velas se le clavaba a través de los párpados, y los sonidos reverberaban taladrando más allá de sus tímpanos. Cuando empezó a sangrarle la nariz supieron que la sanación humana no sería suficiente.
Kove sacó de su bolsillo una moneda de plata con un agujero en el centro, y le susurró. Pocos minutos más tarde, aunque toda una eternidad para Elyon, entraron en la sala Torlok y Heon con paso veloz. El elfo sanador la examinó mientras la chica sostenía sobre su nariz el pañuelo con el que intentaba frenar la hemorragia, sin éxito. Tenía los ojos rojizos y estaba de cada vez más pálida.
—Heon —Torlok se giró hacia el elfo, que miraba aquello con ansiedad creciente—, creo que no salió del Hilo tan bien como creíamos.
El hombre se sentó junto a su sobrina.
—Intenta relajarte —le susurro cogiéndola de la nuca con delicadeza.
Apoyó su frente en la de ella y cerró los ojos, la chica lo imitó, con una mueca de dolor.
—No, no ha salido bien parada —corroboró Heon cuando soltó a Elyon—. No pude revisarla mejor porque su mente era un caos y no era conveniente forzarla más. Pero de alguna manera se las ha apañado con llevarse con ella parte de la mente de Severus, por eso él está hecho pedazos, porque lo que falta lo tiene ella.
—¿Qué? —la semielfa lo miró sin comprender, aterrada.
—Los recuerdos arrancados están intentando acoplarse a los tuyos, encontrar un hueco. Un hueco que no existe y que están abriendo a la fuerza. Tienes que devolverlos a su lugar o…
—¿O qué? —Azrael lo miró con preocupación.
—O acabará igual que él —respondió—. No se puede meter a la fuerza algo que no debe estar ahí, hay que sacarlo.
—¡Pues sácaselo! —exigió el elfo pelirrojo.
Se pusieron en marcha con apremio. La mente de la chica se degradaba con mayor rapidez de la esperada, si esperaban más, ya sería tarde. Colocaron su cama junto a la de Snape y la tumbaron en ella.
La única manera de extraer esos recuerdos era que Elyon los devolviera a su lugar, y con suerte, conseguiría así no solo salvarse ella, si no también sanar al mago.
—No sé lo que tengo que hacer —musitó ella asustada.
—Lo sabrás, eres lista. Y esos recuerdos quieren volver a su sitio, así que te ayudarán —Heon le sonrió de forma tranquilizadora—. Respira y concéntrate. Saldrá bien.
La besó en la frente y ella asintió.
—Te espero a la vuelta, que de esta bronca no te vas a escapar.
Elyon dibujó una sonrisa resignada ante esa advertencia disimulada con humor. Expiró largamente y agarró la mano del mago, cerrando los ojos.
…..✦…..
Todo era silencio. Al abrir los ojos se encontró en una inmensidad oscura llena de espejos rotos y empañados. Eran enormes, más altos que ella, no tenían marco y no reflejaban nada. Colgaban en aquel espacio que parecía infinito. Conjuró luz para ver mejor dónde se encontraba, aunque sin éxito. Era de esperar, debía recordar que aquel sitio no era real, si no una proyección de la mente de su profesor.
Se acercó a uno de los espejos y con la manga intentó limpiarlo. La superficie siguió empañada y opaca. Una enorme grieta recorría la superficie y faltaban algunos trozos, que había caído al suelo, donde Elyon podía verse reflejada de forma sinuosa, como si la superficie que pisaba descalza estuviera encharcada.
Se giró hacia otro de los espejos, que aunque también opaco dejaba ver algo, siluetas, que se movían. Lo comprendió en ese momento. Aquellos espejos eran recuerdos, y no había ninguno intacto, todos estaban dañados en mayor o menor grado. Sintió una enorme pelota en la garganta. Había muchísimo que reparar allí, por su error.
Recorrió con los dedos una de las fracturas, hasta llegar a un hueco, donde faltaba un trozo. Sintió algo en su palma izquierda y al mirar vio que agarraba un trozo de espejo salido de la nada, que parecía ajustarse a ese espacio vacío. Se apresuró a colocarlo con cuidado, para no dañarlo aún más. Encajaba a la perfección. En cuanto lo dejó en su lugar toda la superficie vibró, las grietas comenzaron a desaparecer, a fundirse con el espejo, hasta que quedó a la vista el recuerdo. Un niño de dos años corría por un campo verde bajo los rayos dorados de sol, riendo, podía escuchar su voz dulce e inocente acompañando al canto de las aves, mientras mantenía los brazos extendidos para que sus pequeñas manos pudieran acariciar las briznas verdes. Una mujer morena de nariz aguileña, no muy agraciada, corría detrás suyo, persiguiéndole entre cosquillas para que no se detuviera. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Elyon, era un recuerdo precioso.
Siguió recorriendo el lugar, acercándose a todos los espejos. Sus pasos no hacían ruido allí. Algunos recuerdos no se arreglaron bajo su toque, ni encontró las piezas que les faltaban. Y no todos eran opacos o estaban en silencio. Algunos se repetían en pequeños bucles, otros daban saltos bruscos debido a las partes que faltaban.
Pasó junto a uno que captó su atención. Snape, con unos dieciséis años vestido con su uniforme de Slytherin, caminaba a través de un oscuro y húmedo túnel excavado en la tierra, del que colgaban innumerables raíces. Con su varita alumbraba el camino. Al final del túnel se topó con una trampilla sobre él y a través de la portezuela llegó a un viejo edificio. No podía escuchar el recuerdo, pero vio al chico darse la vuelta y palidecer. Frente a él había otro joven, que se retorcía de dolor mientras su cuerpo cambiaba llenándose de pelo. Reconoció a Remus, que se transformó con rapidez en lobo ante el asombro del que sería su profesor de pociones, y que parecía haberse quedado petrificado ante la visión. Entonces la bestia parda y veteada de gris se giró hacia él, enseñando sus dientes y se abalanzó sobre el joven mago. El animal chocó contra una barrera invisible justo antes de alcanzarlo. Otro estudiante, de Gryffindor y con gafas, entró en escena y sacó de allí a Snape con rapidez, por la misma trampilla por la que habían entrado, bloqueándola con magia. El chico le sonaba, tardó unos segundos en caer en la cuenta de que se trataba de James Potter, lo había visto en las fotografías de casa de Remus y también muerto en el suelo la noche en la que su vida cambió abruptamente. Ambos adolescentes empezaron a discutir y a empujarse antes de que el recuerdo se reiniciara.
Elyon tenía el corazón acelerado. Recordó el lobo que Snape le había mostrado para hacerla reaccionar cuando tomaron Hogwarts. No reconoció en esos momentos de estrés los ojos color miel de Remus en la bestia, ni las vetas grises de su pelaje. Para hacerla reaccionar, su profesor le había mostrado su miedo. Ahora veía aún más matices por los que le tenía inquina al licántropo, había estado a punto de despedazarlo.
Un llanto desesperado la sacó de su ensimismamiento. Se aproximó a otro espejo, en él aparecía una mujer morena hecha un mar de lágrimas con el labio roto e hinchado, intentando frenar a un hombre robusto que le estaba dando una paliza a un chico de apenas doce años, hecho un ovillo en el suelo, para protegerse de los golpes que no dejaban de llegar. El recuerdo se había congelado en un mismo golpe, que se repetía sin cesar una y otra vez. Elyon se agachó a recoger los trozos del suelo y reparar el espejo, para que la vivencia avanzara y dejar así de escuchar los gritos de la mujer, que le pedían a su marido que parara. Con manos temblorosas colocó los trozos, que se soldaron solos. Finalmente el hombre dejó de golpear.
—Que te sirva de lección para la próxima vez que se te ocurra volver a meterte en medio para defender a tu madre, maldito anormal —Snape siguió hecho un ovillo en el suelo, temblando, pero no lloró. Su madre se agachó junto a él para socorrerlo—. Ni se te ocurra tocarlo. Déjalo donde está. Si se cree lo suficientemente mayor para enfrentarse a mí, es lo suficientemente mayor para no necesitar a su madre. Que se apañe solo. Si le das, aunque sea una sola mirada de apoyo, la siguiente que acabará con algo roto en esta casa serás tú, bruja.
El hombre cogió una botella de cerveza de la mesa de la cocina y se fue. Elyon sintió resbalar las lágrimas por sus mejillas ¿Aquél monstruo era el padre de Snape? ¿Con eso había tenía que convivir? No le extrañó que ese niño al crecer se volviera retraído y esquivo, que siempre estuviera a la defensiva y fuera hiriente a la mínima oportunidad. Solo había recibido desprecio y violencia en su propio hogar, nada bueno podía florecer en ese ambiente.
Siguió arreglando recuerdos, todos los que podía tan rápido como le era posible, pero por algún motivo, algunos seguían sin repararse, les faltaba algo que ella no tenía, y no sabía el qué. La gran mayoría eran desagradables y tristes: más palizas y desprecio en casa desde muy pequeño, los abusos de los compañeros del colegio ya fueran o no de Slytherin, casi siempre estaba solo, enterrado entre libros, estudiando, evitando al resto. O peor, acompañado de alumnos más mayores, como Lucius Malfoy, que obviamente lo arrastraron sin esfuerzo por el mal camino a base de halagos que un joven tan vulnerable se embebía con desespero. Unos pocos recuerdos eran tiernos, momentos a solas junto a su madre y su amiga de la infancia. Vio a Snape y Lily juntos, tirados en el suelo enmoquetado de una luminosa habitación, la de la chica a juzgar por la decoración, escuchando música en la radio y hablando de todo y nada en particular. El joven mago, vestido con ropa vieja y de algunas tallas más, sonreía con amplitud, relajado y feliz, como Elyon nunca le había visto. Y sintió una punzada en el pecho. De pena y de envidia, porque ojalá ella fuera lo suficiente para él como lo fue Lily, ojalá ella fuera capaz de alejar sus demonios por unos instantes como lo hacía la muchacha pelirroja. Pero en vez de eso, lo único que conseguía era ponerle en peligro y hacerle daño, como había hecho ahora. Y esa sensación no se hizo más ligera cuando se topó de bruces con un recuerdo que afortunadamente no tenía sonido. A pesar de lo fracturado de la superficie, pudo ver a Snape y Zelda en la cama, y aunque estaban a oscuras y bajo las sábanas, a la semielfa no le pasaron por alto las expresiones de sus rostros ni los movimientos bajo la tela. Apartó definitivamente la vista cuando ambos se besaron con ferocidad, y se alejó de allí, sin valor para reparar aquello. Su corazón retumbaba con fuerza y se esforzó por no romper a llorar. Sabía que habían estado juntos, pero verlos así había sido demasiado. No, nunca estaría a la altura de ambas pelirrojas, por unas razones o por otras.
Se sintió desfallecer, como si desapareciera. Al mirar sus manos se dio cuenta de que no era una sensación, podía ver a través de ellas. Se concentró todo lo posible. Aún no había terminado su propósito allí, quedaba prácticamente toda una vida que reparar, y aunque empezaba a sentirse cansada, debía conseguirlo. Snape no le había fallado, nunca, era momento de devolverle tanto sacrificio. El mareo pasó y ella se puso de nuevo en marcha, más cansada que al principio, pero también con más determinación.
Reconoció las calles de Imtar en los espejos, la taberna, el castillo, la Noche de las Hogueras. Vio a ambos bailando, prácticamente abrazados. Vio su propia expresión calmada con los ojos cerrados y pudo ver la de su compañero. Una mirada llena de paz, cálida y una sutil sonrisa relajada mientras apoyaba ligeramente la mejilla en su cabeza. Colocó los trozos del espejo que faltaban y la música llegó a sus oídos mientras seguía con la vista fija en ese momento antes de que la noche se torciera. Elyon no se percató de que estaba sonriendo, absorta en ese momento que ojalá hubiera sido eterno, absorta en la expresión del chico ¿Ella había provocado eso? ¿Había conseguido alejar los malos recuerdos al menos una noche? De ser así ya no le dolía tanto si a él le interesaba o no como compañera, porque al menos había conseguido hacerlo feliz de alguna forma, en Imtar. Había conseguido devolverle parte de lo que él le había dado a ella.
—¡Quejicus! —gritó alguien.
La semielfa siguió aquel apodo, que sonaba claramente a insulto y que repetían con burla. Se detuvo frente a un espejo partido en dos verticalmente, la parte derecha seguía de pie, pero apoyada en el suelo, y estaba completamente empañado. No creía poder arreglar aquello. Con esfuerzo cogió la parte caída y la alzó, al acercarse ambos fragmentos mostraron lo que contenían: una buena cantidad de alumnos reían por lo bajo mientras miraban a un grupo de cuatro gryffindors que cercaban a un slytherin tirado en el suelo, sin poder moverse, moreno y de mirada iracunda.
—Vete a lavar esa boca ¡Fregotego! —conjuró Jame Potter.
Vio a Snape ahogarse con la espuma, sin poder defenderse, mientras el chico de las gafas se reía a carcajadas junto a su amigo, que al fijarse en él, reconoció como Sirius. Remus se mantenía ligeramente al margen, y el chico pequeño y con aspecto de ratón, Peter Pettigrew, seguía la corriente a los otros dos.
Elyon deseó poder entrar allí y pararlos, ayudar a Snape que se ahogaba entre arcadas, mientras el resto de alumnos simplemente se reía ¿Cómo es que nadie hacía nada por impedir aquello? El sonido del recuerdo desapareció y los momentos empezaron a pasar de forma caótica, quedándose congelados y volviendo atrás y dando saltos hacia adelante.
—¡No necesito la ayuda de una asquerosa sangre sucia como ella! —escuchó gritar a Snape, sabiendo que ese momento, esa frase, marcaría un futuro turbio y lleno de arrepentimiento.
Las imágenes se estabilizaron y pudo verlo colgando de los pies, con la túnica cayendo hacia abajo, cubriéndole la cabeza, dejando a la vista el cuerpo escuálido y de piel pálida que había bajo el uniforme.
—¿Quién quiere ver cómo le quito los calzoncillos a Snape? —James lo miró con malicia y agitó su varita.
Elyon apartó la vista retrocediendo. Sentía su sangre hervir de rabia. Snape era el alumno por el que cambiaron los uniformes de Hogwarts poco antes de ingresar ella. El alumno que humillaron frente a todos, sin compasión, sin represalias. Los culpables fueron los Merodeadores. Remus y sus amigos. Crearon lo que luego catalogaron como monstruo. No contentos con despojarle de la persona que le aportaba luz a una vida horrorosa, también lo despojaron de su dignidad, y se rieron por ello a mandíbula partida. No era justo. Volvió a llorar por el mago, por todo por lo que había pasado sin que nadie se dignara a ayudarlo. No entendía los motivos de esa falta absoluta de empatía, no entendía por qué nadie, ni profesor ni alumno, movió un dedo por él salvo para tacharlo de asesino y malvado.
Mientras pensaba en todo aquello fue retrocediendo y su espalda topó con otro espejo. Al girarse perdió el color en las mejillas. La casa de los Potter, destruida, bajo la luz de las estrellas. Y frente a la fachada la silueta de Snape, que entró corriendo y con paso tambaleante. Por eso había reconocido el edificio en sus propios recuerdos, porque él ya había estado allí. Vio al mago comprobar si James seguía con vida, y luego subir al piso superior. Con cada paso su miedo creció, lo veía en su ritmo de avance, en su postura. Sabía de sobra lo que iba a encontrarse. Al ver a Lily muerta en el suelo cayó de rodillas y rompió a llorar con amargura. El corazón de Elyon se hizo pedazos al verlo así, roto, abrazando a su mejor amiga, su único rayo de luz, entre gritos de desespero que no podía escuchar. Cuando se calmó alzó la varita y de ella salió una esfera plateada que centelleó y se consumió. Él fue quién aviso del asesinato del matrimonio.
El recuerdo retrocedió y avanzó a trompicones, hasta mostrarla a ella misma entre los brazos de Snape, forcejeando por liberarse aquella maldita noche en la que tuvo que volver a empezar de cero. Vio cómo lo golpeaba torpemente y él aun así la soltaba, dándole la oportunidad de huir. Y cuando iban a ir tras ella, los mortífagos se encogieron de dolor agarrándose el antebrazo izquierdo y se aparecieron. Todos se reunieron en un gran salón, decorado de forma ostentosa. Voldemort les estaba diciendo algo. Elyon se apresuró a reparar el espejo. Necesitaba saber qué había pasado esa noche, por qué no regresaron por ella.
—Pero la elfa ha escapado, mi Señor, deberíamos ir a por ella ahora —insistió uno de los mortífagos.
—No ha escapado, ni mucho menos. Está sola y asustada, no se moverá de la casa, no conoce a nadie que pueda ayudarla. Y en caso de que me equivoque, ahora está marcada. Vaya donde vaya, no podrá esconderse de mí —lo cortó Voldemort, con el rostro todavía cubierto bajo la capucha de su capa negra—. No, ahora lo primordial es que me encargue de los Potter, y lo haré solo —añadió al ver cómo algunos de sus subordinados intentaban unirse a la batida—. Podéis marcharos, descansad un poco. A mi vuelta os haré llamar para ir a buscar a la chiquilla, que crea por un momento que la pesadilla ha terminado.
Los mortífagos se retiraron. Uno de ellos en especial, se puso en marcha a paso veloz.
—Tú no, Snape.
El joven mago, oculto aún tras la máscara blanca, se frenó en seco. Voldemort esperó a que ambos quedaran solos en el salón.
—Desde que te uniste a mí, no has dejado de sorprenderme. Eficaz, resolutivo… uno de los más jóvenes y aun así de los mejores. No me has fallado ni una sola vez.
El Señor Tenebroso se acercó a él con paso calmado a medida que hablaba, pero a pesar de sus palabras, estas no sonaron alegres y Snape se había dado cuenta. Estaba tenso y ansioso. Elyon sabía el motivo: quería irse de allí y alertar a los Potter.
—Y sin embargo —empezó a caminar alrededor del joven, con lentitud—, has dejado escapar a una mocosa de apenas cincuenta quilos que no sabe usar su magia.
En apenas un parpadeo Voldemort había sacado su varita. Snape cayó al suelo retorciéndose de dolor bajo el Crucio. La semielfa se tapó la boca con horror.
—¡Lo siento… lo siento… mi… mi Señor! —gritó el chico con angustia— ¡Me confié!
El mago paró el conjuro. Escuchó respirar al chico a bocanadas, casi resollando.
—Te confiaste… Por eso es necesario recordaros que los errores se pagan. Y los errores tan graves como dejar escapar a esa elfa, que vale más que cualquiera de vuestras vidas, se pagan caros.
Los gritos de Snape resonaron allí, tanto en el recuerdo como fuera de él. Elyon se tapó los oídos y se encogió en el suelo llorando de pura angustia. Sin poder hacer nada por librarlo de esa tortura que se alargaba en minutos interminables. En un momento dado los alaridos cesaron y el recuerdo se oscureció. El mago no había podido soportar más el dolor y se había desmayado. Snape recuperó la consciencia horas más tarde, a juzgar por el estado de las velas ahora que el recuerdo se había aclarado. Se levantó con paso tambaleante y débil, y salió de la sala tan rápido como sus torpes pies se lo permitieron. Acto seguido se apareció frente a la casa de los Potter y, obviamente, ya era demasiado tarde. A partir de ese momento Elyon ya supo cómo continuaba el recuerdo.
Se quedó sentada en el suelo, llorando en silencio. No había podido salvar a los Potter porque por su culpa lo habían torturado, lo habían llevado hasta el límite y dejado fuera de juego, impidiéndole avisar a quien fuera de que iban a por la familia. Seguía escuchando sus gritos taladrándole los oídos ¿Cómo no iba a odiarla cuando la conoció? Sin saberlo la antepuso a ella, una desconocida, a Lily. De no haberla dejado huir, de haberla retenido, podría haber avisado de que los habían encontrado, tal vez habría conseguido salvarlos. Tal vez no habrían muerto. Tal vez él habría quedado como un héroe y habría podido recuperar su lugar junto a la pelirroja, junto a su amiga, su esperanza de un futuro mejor, como padrino de su segundo hijo. Pero la dejó escapar, lo torturaron casi hasta la muerte y Lily murió.
Elyon no supo cuánto tiempo estuvo llorando sentada en el suelo, entre el resto de recuerdos, pero era incapaz de seguir derramando lágrimas, ya no le quedaban. No podía seguir llorando por los demás aunque lo necesitara, por todo el daño que había provocado de forma activa o por accidente, por el mero hecho de existir y que un desalmado la pusiera en el punto de mira. Se sentía rota, tóxica… por mucho que intentara no serlo terminaba marchitándolo todo a su paso, hacía sufrir a los que la rodeaban.
Sintió que algo le tocaba el hombro. Dio un respingo y se alejó instintivamente. Abrió los ojos de par en par cuando reconoció a Snape frente a ella. Pero no al adulto que conocía, si no a uno de cinco o seis años, envuelto en un pijama gris y harapiento tres tallas más grande, con los puños y los bajos remangados para que se pudiera mover con algo más de comodidad. La miraba con el ceño fruncido, con esa curiosidad e inocencia propia de la edad. Parecía no reconocerla.
—¿Por qué lloras? —le preguntó con una vocecilla infantil que hizo eco allí— ¿Es porque estás triste?
Elyon solo atinó a asentir.
—Mi madre dice que no debemos llorar si estamos tristes, porque se atrae a los monstruos. Y si los monstruos llegan, entonces sí que lloras.
La semielfa lo miró con lástima. Que su madre le enseñara a no mostrar vulnerabilidad desde tan pequeño, solo para protegerlo de la ira de su padre, era devastador.
—A… a veces los monstruos los llevábamos dentro y nos hacen llorar porque no podemos escapar de ellos —musitó ella.
El chiquillo se acercó y con sus manitas le cogió el rostro. Pegó su naricilla a la suya y la miró directamente a los ojos.
—Yo no veo monstruos ahí dentro. Solo verde, muy bonito. Me gusta —comentó soltándola y alejándose un poco.
Elyon sorbió por la nariz y se limpió las mejillas con las mangas de la camiseta.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó el crío.
—He venido a arreglar este desastre —Elyon lo miró con determinación.
—Me gusta así. Hay silencio. Está tranquilo.
—Está roto —insistió la joven.
—Sí. Pero es mejor. Así no hay monstruos. No hay pesadillas.
—¿No quieres arreglarlo? ¿No quieres recordar? —la semielfa lo miró con desazón.
El niño negó con la cabeza.
—Me gusta así. No tengo miedo, ni estoy triste. Estoy… vacío. Me siento bien.
En ese momento Elyon se percató de que el chiquillo tenía en su mano un trozo de espejo opaco. Por eso había recuerdos que no se reparaban. Las piezas que no tenía ella, las tenía Snape. Se levantó y se acercó al niño, agachándose frente a él.
—Pero hay cosas bonitas que recordar. Siempre hay cosas bonitas —le sonrió.
La semielfa le tendió un trozo de espejo, que parecía encajar con el del crío.
—¿De verdad no quieres recordar?
Snape la miró con aquellos pequeños ojos negros. Temerosos e inseguros.
—¿Y si es algo malo?
—Yo estaré aquí para que no sea tan malo —amplió su sonrisa.
Con indecisión el niño acercó su trozo del espejo. Efectivamente ambos encajaron, y una vez unidos mostraron a Snape sentado en el regazo de su madre, mientras esta le enseñaba a leer.
—Mamá… Es mi mamá —musitó el niño—. Me acuerdo… Me gustaba leer con ella.
—Ven, busquemos el resto del espejo —le tendió la mano para que se la cogiera.
No tardaron en dar con el recuerdo completo. Elyon cogió a Snape en brazos para que llegara al lugar donde había que insertar aquella pieza. Pudieron escuchar a la mujer leer en voz alta muy lentamente, acompañada por el pequeño, una de las partes de "La fuente de la buena fortuna". El niño miró su recuerdo casi con adoración.
—¿Qué tal te sientes ahora? ¿Mejor que estar vacío? —le preguntó la semielfa.
—Sí —el chiquillo sonrió—. Siento calor, aquí dentro —se llevó una mano al pecho.
—Te propongo un juego —lo dejó en el suelo, empezaba a pesarle en los brazos—. Una carrera. El que consiga reparar más espejos, gana.
—¿Y qué gana? —Snape frunció el ceño, sin mucha convicción.
—Que el calor crezca aquí dentro —le puso un dedo sobre el corazón—, y ser el mejor —añadió, tentando a la soberbia que seguramente siempre había tenido Snape y que lo había ayudado a ser un gran mago.
El niño sonrió con prepotencia y asintió.
—Cuando diga: ya. Tres…. —Elyon inició la cuenta atrás y se puso en posición de salida, el pequeño la imitó— Dos… Uno… ¡YA!
Ambos echaron a correr en direcciones diferentes y comenzaron a reparar los espejos.
—¡Llevo tres! —anunció la semielfa retándolo.
—¡Cuatro! —escuchó a Snape en alguna parte— ¡Cinco! ¡Lenta!
Ella rio y siguió reparando y contando en voz alta. De vez en cuando se cruzaba con Snape, cada vez que lo hacía este había crecido y su tono de voz se volvía más grave a cada cifra que gritaba. Aquel inmenso lugar ya no era tan oscuro y frío, se estaba llenando de nuevo de luz y vida. Y junto a los recuerdos recuperados, crecía el mago.
Elyon colocó el trozo de espejo en su lugar y las grietas de la superficie retrocedieron hasta desaparecer. La imagen de la madre de Snape, con el rostro enfermizo y sentada en una butaca con una gruesa manta sobre las piernas, apareció en el espejo. Su hijo, de quince años, estaba sentado a su lado.
—Feliz cumpleaños, mamá —el chico le tendió una pequeña caja de madera grabada, que Elyon reconoció en el acto.
—¡Oh, Severus! No hacía falta —su madre la cogió con una sonrisa.
—Claro que sí, aunque sea tarde —insistió él— No quería enviártelo por lechuza desde el colegio.
La mujer sacó de la caja una pequeña pulsera de plata adornada con esferas de colores. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Son…
—Gobstones —asintió su hijo—. Bueno, obviamente no, pero… sé lo orgullosa que estabas de ser la mejor con ellos en Hogwarts. Tu copa sigue en la Sala de Trofeos. La imbatible, la legendaria, Eileen Prince.
—Exagerado —medio rio ella, luego volvió a ponerse seria— Te habrá costado una fortuna ¿De dónde has sacado el dinero? —su madre lo miraba sin dar crédito.
—He estado haciendo algunos trabajos extras en Hogwarts.
—¿Qué clase de trabajos? —Eileen frunció el ceño con un deje de temor.
—Nada ilegal, tranquila. Soy listo como para querer buscarme más problemas.
—Eso es lo que me preocupa, que eres demasiado listo —suspiró su madre.
—Y le saco provecho. Los ricos pagan bien por no tener que mover ellos un dedo, aunque sea estudiando —aclaró Snape encogiéndose de hombros-. ¿Entonces te gusta o no?
Su madre le abrazó rompiendo a llorar.
—Deberías guardar ese dinero para ti —sollozó la mujer—. Gastarlo en mí es una tontería.
—Puedo ganar más. Prefiero que algo te haga sonreír cuando te quedas sola aquí durante el curso con… él —respondió con una expresión entre la pena y la rabia, abrazándola con fuerza, recostando la cabeza en su hombro—. Así siempre te acordarás de mí.
—¿Acaso crees que en algún momento me olvido de mi príncipe? —le acarició el pelo con cariño— Por muy lejos que estés, seguiremos juntos.
—Lo he seguido pensando y…
—Ya hemos hablado de esto Severus —su madre lo soltó y lo miró, estricta—. No vas a dejar tus estudios, me da igual lo buena que sea la oferta de ese tal Malfoy, vas a terminar Hogwarts.
—Con el dinero que ganaría podría conseguir una casa lejos de aquí, podría mantenernos a ambos —la miró casi con desesperación.
—Severus, no es…
Se escuchó un portazo que parecía ser la puerta principal de la casa. Ambos se tensaron en el acto y la mujer se apresuró a guardar la pulsera en la caja y se la tendió a su hijo.
—Ha llegado pronto. Escóndela junto a las varitas. Que no la encuentre o ya sabes qué será de ella —le apremió su madre, que se levantó con un leve quejido y cojeando.
—¡Maldita sea bruja! —gritó el padre de Snape— ¡Te mantengo para que puedas pasarte todo el día en casa, ¿y no eres capaz ni de tener la comida caliente en la mesa cuando llego, estúpida inútil?!
El joven mago se escurrió por una puerta oculta tras una de las librerías de la sala, antes de mirar a su madre con preocupación.
Elyon sintió las lágrimas volverse a agolpar en sus ojos. Alguien se colocó a su lado, más alto que ella.
—La pulsera era de tu madre —musitó— ¿Por qué me la diste?
—Hace mucho que ella no puede ponérsela, ¿qué sentido tenía conservarla?
—¿Murió? —preguntó con un hilo de voz.
—Ese mismo invierno —respondió Snape, con la vista fija en el recuerdo—, de una simple pulmonía que se agravó porque el borracho de mi padre no quiso gastar el dinero en algo que no fuera para él mismo, como siempre.
—Lo siento mucho…
—No hay nada que sentir. A ella le faltó valor para plantarle cara e irse, se dejó pisotear y morir. Y a mí me sirvió de excusa para largarme de esa casa al terminar quinto curso y no volver —la voz del chico sonaba vacía de emoción.
—Y él…
—Tuvo lo que se merecía —Elyon se giró para mirar al chico, con temor hacia esas palabras ¿Acaso él había…?—. Una cirrosis terminó con su vida cuando yo tenía dieciocho o diecinueve años. Lo encontraron en su asquerosa butaca tiempo después, y simplemente porque se retrasó con el pago de la hipoteca. Ni siquiera en el pub lo echaron a faltar, no le importaba a nadie.
La semielfa le cogió la mano y se la apretó con cariño. Había percibido la desazón en sus últimas palabras.
—Tú no acabarás igual. Le importas a mucha gente.
—Solo les importa lo que hago. Y si no lo hago yo, buscarán a otro.
—A mí me importas. Y no has respondido a la razón de que me regalaras algo tan especial para ti.
Snape se giró y se topó con la sonrisa cálida de la chica.
—¿Por qué has venido a arreglar el destrozo? —preguntó él haciendo que la joven soltara su mano.
—Porque debía hacerlo —su sonrisa desapareció—. Lamento muchísimo todo el daño que te he hecho. Y sé que pedir perdón no basta, pero… lo siento.
Una lágrima solitaria recorrió su mejilla.
—No todo es culpa tuya, que estés en medio no te convierte en culpable. Es mala suerte, y tú la acaparas toda —la miró alzando una ceja, socarrón.
La semielfa ahogó una carcajada cansada. Se llevó una mano al pecho, la sensación de que le faltaba el aire se hacía cada vez más aguda. Llevaba seguramente demasiado tiempo en ese trance y se quedaba sin fuerzas.
—Tenemos que despertar ya —anunció—. No creo que pueda aguantar mucho más.
—Prefiero quedarme aquí.
Elyon lo miró con pasmo y luego frunció el ceño con enfado.
—No estás hablando en serio. No puedes quedarte, ya hemos arreglado todo esto…
—Yo no te pedí que lo hicieras. Estaba tranquilo hasta que has aparecido.
—¡Estás en coma! —le espetó— ¡Suenas como tu versión de cinco años! Y él al final decidió que era mejor recordar y vivir.
—Mi versión de cinco años era un crío estúpido que no tenía ni idea de lo que se le iba a venir encima, como lo fue mi versión adolescente, como lo he sido yo mismo hasta hace poco —la cortó—. Estoy cansado, Elyon. Cansado de las decepciones, de equivocarme, de las consecuencias. De todo. Estoy harto.
—Yo también, y sigo luchando —le aclaró a punto de ponerse a llorar de nuevo.
—Yo no quiero seguir luchando para perder —apretó los puños—. No hay nada para mí fuera de aquí. Has visto prácticamente toda mi vida ¿Acaso crees que tengo algo por lo que valga la pena volver a ella?
—Me tienes a mí —le susurró la joven buscando su mirada— ¿Acaso no soy razón suficiente para despertar?
—No esta… no. No es suficiente —respondió intentando fijar la vista en algún punto que no fuera ella.
El mago apretó la mandíbula. Claro que era suficiente ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Apenas un año más? No valía la pena agarrarse a ese clavo ardiendo por tan breve lapso de tiempo. Tras la marcha de la chica volvería a quedarse solo en aquella negrura fría que era su asquerosa vida. No estaba seguro de que le siguieran quedando fuerzas a esas alturas, no sin ella. Se había ablandado y sabía que le tocaría pagar el precio por haber sido tan estúpido de nuevo, tras haberse prometido incontables veces que mantendría las distancias.
Los labios de Elyon temblaron, aquellas palabras habían dolido muchísimo. Habían sido una puñalada. Se mareó y sus piernas dejaron de poder sostenerla. Snape se apresuró a sujetarla, pero sus manos no tocaron nada sólido. A la semielfa se le agotaban las fuerzas.
—No voy a poder seguir aquí mucho más —lo miró con desespero—. Por favor, vuelve.
—¿Para qué? —sus ojos estaban llenos de pesar.
—Para protegerme, para ayudarme —sollozó.
—Tienes a muchos otros…
—Yo no quiero a otros, te quiero a ti —lloró cogiéndole el rostro para que la mirara a la cara.
Snape se perdió en esos ojos verdes, los primeros desde hacía mucho que lo miraban a él. No a su máscara, si no a lo que había debajo. Era capaz de verlo y no sentir repulsión hacia lo que encontraba.
—Por favor, Snape —le suplicó entre lágrimas—. Vuelve conmigo. Por favor… dijiste que te quedabas conmigo… ¡Me lo prometiste! ¡Me prometiste que te quedarías conmigo!… si no es contigo yo no puedo con todo esto… por favor… por favor… te…
La calló con un beso.
Snape ni siquiera lo pensó. Había sido un impulso, movido por las palabras sinceras que le había dicho, por esa necesidad de mantenerlo a su lado a toda costa, por ese "te quiero a ti" que nunca había escuchado en boca nadie más. Y que tal vez no significaba lo que a él le gustaría, pero que le había dado el valor para arrancarse el miedo de cuajo por unos segundos y decirle, sin palabras, lo mucho que ella significaba para él.
Tras ese torpe beso, que apenas duró unos segundos pero que le supo a eternidad, y del que estaba seguro se arrepentiría enseguida y del que tendría que inventar mil explicaciones, separó sus labios de los de Elyon.
Apenas se había alejado unos centímetros cuando fue la chica quién volvió a acortar toda distancia para volver a sentir ese roce que expresaba, mejor que cualquier frase, lo que ambos sentían, lo que necesitaban y deseaban. Lo mucho que se necesitaban. Lo importante que eran el uno para el otro.
Con los corazones latiendo a toda velocidad y al unísono, el mago se atrevió a cogerle el rostro y convertir ese primer contacto ansioso y desesperado, en un beso dulce y sincero, acariciando con sus labios los de ella. Y la semielfa correspondió, abriéndole su corazón con aquel gesto.
Elyon le correspondía. Tanta negación, tanto anhelo, tanto miedo. Y resultaba que ella sentía lo mismo. Se sintió feliz, sintió esperanza, sintió que merecía la pena despertar, porque ella estaría esperándolo y lo quería. A él.
Abrió los ojos de golpe y se incorporó en la cama inspirando con fuerza, como si hubiera pasado varios minutos agónicos sin respirar.
—Benditos sean los astros, lo ha logrado —Kove, que había estado paseando por la sala con nerviosismo desde el inicio del trance, se apresuró en llegar hasta él y abrazarlo.
Snape miró a su alrededor confuso y mareado, entre los brazos del elfo, que le palmeaba la espalda. Vio a su lado a Elyon tumbada, pálida y con los ojos cerrados, sujetando su mano con fuerza y los dedos entrelazados.
—¿Ella está bien? —Azrael le acarició la cabeza a su nieta con preocupación.
Heon la examinó y dibujó una sonrisa.
—Sí, es una campeona, descerebrada y temeraria, pero una campeona. Ahora necesita descansar —el elfo alzó la vista hacia Snape, con una mueca de alivio—. No sé qué ha pasado en el trance, pero habéis tardado una barbaridad en volver. Pensé que no lo lograríais.
El mago no supo responder. Tenía un doloroso nudo en el estómago y la sensación de que vomitaría de un momento a otro. La había besado, por Merlín ¡La había besado! ¿Había sido real? ¿Realmente aquello había pasado? Si lo era y ella… ¿Por qué había sido tan estúpido? Ojalá que al despertar la chica no lo recordara, ojalá que se perdiera entre el resto de recuerdos. Ojalá hubiera sido un sueño, una alucinación parte del trance, algo que solo hubiera experimentado y visto él. Porque si no… no sabía cómo iba a afrontarlo. Porque si se había abierto así ante él, con toda su inocencia y ternura, y él no estaba a la altura… no soportaría ver la decepción y el dolor en sus ojos.
"Te quiero a ti" escuchó de nuevo su voz y dibujó, sin darse cuenta, una sutil sonrisa de esperanza, que le ganó terreno al miedo que tenía siempre a cometer un error. Porque a pesar de todo, ella no quería a otro, lo quería a él.
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