Capítulo 47: Malos entendidos
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"Me rompió el vestido, el muy salvaje. Me lo rompió. Diez galeons directo a la basura." El resto de la tarde no pudo parar de pensar en eso. Al parecer, el estar lejos de Severus acrecentaba su rabia así que, apenas terminaron de cenar, lo siguió hasta su despacho, a unos pocos pasos de su espalda. Severus, que tenía ojos hasta en el pelo, sabía que lo seguía, así que fingió desentendimiento hasta llegar a la puerta de su despacho. Con ojos de falsa sorpresa se volteó hacia ella arqueando las cejas.
—Vengo y me voy rápido —avisó Merlina antes de que Severus diera algún paso en falso—, quiero recordarte que hoy me rompiste mi vestido, así que mañana me tendrás que ir a comprar uno. Me lo debes.
—Nunca te dije que no te lo compraría. De hecho, te dije que te lo compraría, así que no me suenan a amenaza tus palabras, Morgan.
—¿Por qué tienes el maldito gusto de intentar llevarme la contra? Siempre estás haciendo cosas que me moles…
Severus había acortado los pocos pasos que los separaban para plantarle un beso.
—Por esto mismo. Ya te he dicho mil veces que me encantas cuando te enojas —susurró en su oreja generando que la piel se le pusiera de gallina—. Además, si yo no te molestara y tú no te enojaras —agregó, mirándola a los ojos— estoy seguro de que no tendríamos por nada que pelear y, nuestra relación, tal vez sería demasiado perfecta…
Merlina sonrió exasperada, negando con la cabeza.
—Tienes los humos en el cielo, Severus.
—Es porque te tengo a ti.
—Y estás bastante romántico.
—Y es porque te tengo a ti. Eso te hace culpable —jugó con el pelo de la joven observándola con los ojos entrecerrados.
―¿Mañana a las nueve en el Vestíbulo?
―Mañana a las nueve en el Vestíbulo.
Se dieron el último beso de la noche. Luego Merlina siguió hacia el fondo del pasillo, para continuar con su labor en otros lugares del castillo.
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―Esa es la tienda ―señaló Merlina que iba tomada del brazo de Severus, a la mañana siguiente―. Espero que no esté la mujer que me atendió el otro día. Parecía que tuviera alergia a las personas más sencillas o cortas de dinero.
―Bueno, y si está, se llevará la grata sorpresa de que te compraré un vestido de cincuenta galeones.
Merlina arqueó las cejas más que sorprendida.
―¿Cincuenta? ¿Cincuenta galeons? ¿Estás loco o es una broma?
―Broma no es y el menos loco aquí soy yo. Vamos ya, pruébate algún vestido.
—Me siento como una esposa trofeo —comentó ella con una mano en el pecho, impresionada.
Antes de que pudiera ponerse a elegir, se aproximó la misma bruja del día anterior que tenía esa mirada de petulancia y satisfacción.
―Buenos días ―saludó con una mueca―, ¿viene a comprar algún vestido de cinco galeons, señora? Yo le advertí lo de la tela.
Severus intervino por ella.
―Compramos ese vestido para romperlo ―susurró Severus con su típico tono de exasperación. La mujer alzó las cejas, comprendiendo el mensaje en doble sentido y colocándose roja―. Y ella es señorita, no señora. Ahora ―agregó―, venimos a comprar uno de cincuenta galeons.
―Pues… ―la joven entrecruzó las manos―. Perfecto. Allá están ―señaló un pasillo―. Tarden cuanto quieran. Y si necesitan que le arreglemos algo, se lo hacemos de inmediato. Adelante…
Juntos avanzaron. Merlina frunció el entrecejo, mientras le dirigía una mirada fugaz.
―No era necesario que dieras tanta información personal, Severus.
―No está demás espantar a las personas así. Me gusta incomodar a la gente, en especial si han sido poco atentos con alguien que estimo ―sinceró él.
—Ah, ¿sólo me estimas?
—Anda ya.
Merlina estuvo aproximadamente media hora probándose vestidos en privado. No pidió ninguna vez la opinión de Severus, excepto al final, cuando se quedó con los dos mejores de diez.
―Mira, están estos dos ―señaló el vestido verde aguamarina y el vestido rojo tornasol, ambos hasta el suelo, que estaban colgados en los ganchos―, ¿cuál prefieres?
Severus cerró la puerta con pestillo tras él como quien no quiere la cosa y, en vez de contestarle, se lanzó contra ella demostrándole su urgencia. Merlina intentó separarse, pero el hombre se encargó de que no tuviera la voluntad de negarse. Ella no resistió ante tanto estímulo: era humana, al fin y al cabo, y lo deseaba.
Quince minutos después Merlina salió tomada del brazo de Severus y, bajo el otro, con el vestido verde aguamarina.
―Creo ―farfulló Severus a su oído― que hay que venir más seguido a comprar. Me encantan los probadores; ha sido toda una experiencia.
Merlina se sonrojó inevitablemente y suspiró, mirando el suelo. No tenía idea de por qué con Severus habían perdido tanto tiempo de amor y romance. Al menos, podía apostar que había servido ir de compras juntos. Habían encontrado, tal vez, no el lugar adecuado, pero sí el momento oportuno para completar lo que el día anterior no habían podido continuar. Lo mejor fue que, con magia, nadie se dio cuenta. Así que ninguna de las vendedoras supo que en el probador número cuatro ocurrió un terremoto.
Lentamente regresaron al castillo, contentos y satisfechos a su manera.
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―Las invitaría, pero no creo que sea correcto sacarlas del colegio. Además que, por si no lo recuerdan, Phil se casa, no es su fiesta de despedida de soltero.
Hermione y Ginny se miraron con las cejas arqueadas.
―¿Por qué lo dices? ―indagó Ginny completamente cínica.
―Así como tan evidente era yo con Severus, se notaba a leguas sus miradas lascivas hacia mi primo ―aclaró Merlina con una sonrisa y mirada acusadora.
―Ah, bueno, en ese caso… además, tú vas con el profesor Snape… ―caviló Hermione.
―Claro, necesitan algo más de intimidad ―añadió Ginny con voz pícara.
―Vamos a una boda, Ginny, no a intimar ―aclaró Merlina fingiendo estar ofendida. No obstante, que ocurriera eso era lo más probable, porque si había pasado en un probador de ropa en una tienda, ¿por qué no en un matrimonio? Era el momento perfecto. Además, ambos la última semana habían estado algo alejados producto del trabajo, especialmente la revisión de informes escolares del profesor de Pociones, quien parecía no acabar. Por supuesto él era el que exigía esos trabajos, por lo que había cavado su propia tumba.
―Está bien, Merlina, no te preocupes ―la aplacó Hermione―, además, te resultarían bastante más caros los pasajes.
―Bueno, en realidad, Severus se ofreció a pagarme el mío. Mañana sábado iremos al Ministerio a reservar el Traslador ya que…, bueno, no tengo licencia para aparecerme, ya saben.
En realidad se avergonzaba. Había logrado aparecerse maravillosamente hacía unos cuantos días y, ahora que no tenía ninguna motivación, no se sentía capaz. De seguro podría sacar la licencia en diez minutos si es que demostraba lo apta que era, pero, simplemente no podía. El Traslador era más caro, pero valía la pena su seguridad. No quería quedar escindida por todo Wisconsin y aparecer en la boda con un ojo y una pierna menos.
―No me imagino a Snape siendo tan generoso —admitió Ginny con las cejas alzadas―. ¿Seguro que es Snape, Merlina?
Merlina sonrió y asintió.
―Te lo juro por mi vida, por la de él y las de ustedes que es él. No ha cambiado, chicas. Él es un idiota orgulloso. ¿Creen que me ofreció amablemente pagarme el pasaje? No. Me dijo simplemente: "Para no pensar en un regalo cuando sea tu cumpleaños, el pasaje te lo pago yo".
Las tres jóvenes estaban en uno de los pasillos del séptimo piso, apenas iluminado por las antorchas. Era cerca de la hora límite para que todos los estudiantes fueran directamente a sus Salas Comunes, y Merlina prefirió apurar ese proceso para ahorrarse posibles problemas.
―Es mejor que se vayan, chicas. No quiero tener inconvenientes con Severus, así que es preferible que hablemos otro día, ¿sí?
Merlina se despidió de cada una y continuó con su ronda nocturna. Bostezó. ¿Qué estaría haciendo Severus en ese instante? Seguramente debía estar revisando más y más trabajos. Lo extrañaba tanto… y eso que lo saludó en la mañana con un beso muy apasionado. También había conversado con él en los recreos, pero no era suficiente para saciar su necesidad de estar con él.
Estuvo toda la noche y el amanecer de un lado a otro, de vez en cuando yendo a las cocinas, sobreviviendo con café. Pocas veces tomaba café para despertar, y esta vez tuvo que intoxicarse un poco con él para mantenerse despierta. Por último fue a darse una ducha que acabó por relajarla más.
A primera hora de la mañana se paseó por las mazmorras, y en la puerta de del despacho estaba Severus aguardándola. Éste abrió la boca al ver la cara de Merlina.
―¿Qué demonios te pasó?
―Estoy muerta de sueño. Por favor, vayamos a reservar ese maldito Traslador lo antes posible. Llegaré a dormir.
―Si supieras aparecerte y sacaras la licencia, no tendrías ningún problema con esto ―le reprochó Severus con antipatía, completamente opuesto al cariñoso acto de tomarla por la cintura para avanzar junto a ella. Merlina prefirió no contestar y se limitó a asentir para darle la razón.
En Hogsmeade tomaron el Autobús Noctámbulo. El viaje fue desagradable, como siempre. Si no hubiese sido por el brazo del profesor de Pociones que la aplastaba con firmeza contra su costado, habría estado con unos cuantos chichones en el cuerpo. Por suerte ninguno desayunó.
El ómnibus los dejó en la esquina de la calle de la cabina de teléfono roja. Merlina sintió un retortijón de estómago: la última vez que había ido allí había sido cuando fue a ver a Craig a Azkaban. Se quedó parada a dos metros de lugar, donde mismo se había bajado. Severus notó la tensión de su mano, porque sin querer se la estaba triturando.
―¿Merlina? ―le susurró más que preocupado, poniéndole la mano en la mejilla―. ¿Te sientes bien?
Merlina sonrió automáticamente.
―Sí, no me pasa nada, sólo que…
―Si quieres yo puedo ir en busca de los pasajes, tú te puedes quedar…
―No, no, vamos.
Entraron a la cabina y marcaron los números correspondientes. Severus abrazó a Merlina. Pero no fue un abrazo amoroso, sino que, más bien, amistoso. Merlina supo que la estaba intentado consolar. Pero ella no estaba triste. Simplemente se sentía extraña… como si Craig pudiera estar por ahí, rondando todavía. Era imposible, por supuesto, porque estaba muerto. Ella lo había visto.
Intentó empujar ese pensamiento desagradable, pero cuando salieron del ascensor y se dirigieron hasta el comprobador de varitas, Merlina echó un vistazo al panel de noticias que había detrás de él, y vio que aún tenían algunas noticias antiguas clavadas, precisamente un artículo de El Profeta en la que salía la foto de Craig cuando se había escapado.
―Merlina, tu varita ―insistió Severus una vez más, cauteloso, percatándose qué estaba observando la joven.
―Lo siento ―se disculpó Merlina, entregándole la varita a Eric Munch, quien no tardó en devolvérsela, con una mirada recelosa.
―¿Estás preocupada? ―le susurró Severus cuando tomaron uno de los ascensores del final para dirigirse a la sexta planta, donde estaba el Departamento de Transportes Mágicos.
―Tengo una sensación rara… respecto a Craig.
Iban solos en el ascensor, así que el profesor de Pociones no se esforzó en ocultar la mala impresión de su rostro. Merlina comprendió de inmediato lo que estaba pensando. ¿Cómo se le ocurría?
―¡Severus! ―exclamó y lo abrazó, sonriente, despreocupándose―. No me refiero a que lo extrañe. Sabes que no es así, sólo que siento que… bueno, no importa, es un pensamiento estúpido, pero al ver su foto pensé que podía encontrármelo en cualquier momento.
―Está muerto, Merlina ― recalcó Severus evidentemente aliviado.
―Lo sé. Y tú, ¿creías que se me había pasado el amor? ―Severus no sonrió ni un ápice. Ni siquiera de broma le parecía divertido―. Nunca cambias, Severus… El día que te rías de algún chiste mío será cuando sea tan perfecta que dejen de pasarme cosas ridículas que te causen gracia.
No subió nadie en la séptima planta, así que fueron directo a la sexta. Cuando pasaron en frente del Consejo Regulador de Escobas, pasó una zumbando entre las piernas de Merlina, botándola al suelo, de espalda. Mientras unos cuantos magos salían en la búsqueda de la escoba, Severus comenzó a reír en silencio.
―¿Qué dije? ―habló Merlina desde el suelo―. Te ríes de mí.
―Bueno, algunas cosas nunca cambian, Cerdita Parlanchina ―aclaró Severus con amabilidad, ayudándola a ponerse en pie.
Reservaron el viaje para el sábado 14 de mayo, a las 3 de la tarde. El viaje tardaba un minuto hasta Nueva York donde tenían que hacer transbordo, y cinco segundos hasta Wisconsin.
―Si no termino vomitando en ese viaje, será un milagro ―admitió Merlina, mientras caminaban hacia el castillo, pasando por las verjas de los cerdos alados.
―Tardarías dos segundos en aparecerte si supieras ― insistió Severus.
Merlina caviló un poco y luego soltó lo que le costaba decir.
―En realidad sí me sé aparecer.
Severus paró en seco.
―¿Qué quieres decir?
― Bueno… cuando llegué la otra vez acá, como loca buscándote… No creas que me pasé todo el camino corriendo… Me tuve que aparecer. Estaba desesperada y quería verte pronto.
―Se supone que eso debería molestarme ―sinceró Snape―, pero creo comprender la situación, así que me halaga. Vas a tener que hacer el curso de aparición ―agregó.
―Bueno, bueno… ¿Qué tal si vamos a las cocinas a desayunar? No tengo ganas de extrañarte.
―Y después me podrías acompañar a ordenar mi despacho.
La voz de Severus estaba llena de astucia.
Sus planes se vinieron abajo cuando llegaron y encontraron el Vestíbulo por poco hecho pedazos: Peeves. El poltergeist se había aprovechado descaradamente de la ausencia de Merlina para darle una gran bienvenida.
―¿Qué demonios…? ―empezó a decir la joven observando la araña en el suelo y cómo correteaban algunos alumnos de primero hacia las mazmorras, siendo perseguidos por Peeves, quien les lanzaba bombas de agua con harina a las cabezas. De las escaleras apareció McGonagall abruptamente, con el sombrero torcido y varita en mano.
―¡Merlina! ―gritó―, ¡Severus! Qué bueno que llegaron… Ha pasado algo atroz…
―Así vemos ―dijeron ambos al unísono reuniéndose con ella, evitando tropezar con las armaduras, la araña del suelo, las velas desparramadas, algunos cuadros y bustos de personajes famosos.
―¿Qué es lo que pasó, Minerva? ―preguntó Merlina horrorizada.
La profesora McGonagall miró de soslayo a Severus.
―Es mejor que lo hablemos en privado, Mer…
―Profesora ―la voz de Severus se tornó bastante sutil, casi amenazante―, estamos los dos aquí y yo puedo ser de ayuda.
Minerva inspiró profundamente, moviendo las aletas de la nariz.
―Unos estudiantes recibieron un paquete que contenía unos objetos explosivos, ahora en el desayuno. El problema fue que Peeves apareció para molestar, tomó la caja en cuestión y le explotó… ―hizo una pausa―. No le causó daño, ni a nadie en realidad, pero se molestó bastante. El comedor está peor que este lugar. Dumbledore se está encargando de dar instrucciones a los profesores para encontrar a Peeves y dirigir a los estudiantes a sus Salas Comunes mientras tanto.
Merlina pensaba resolver el asunto de la manera más sencilla: convenciendo a Peeves que se frenara, y, posteriormente, ordenar el desastre. Pero a Severus le fascinaba llegar más allá del asunto.
―¿Qué clase de "objetos explosivos" eran esos?
McGonagall arqueó las cejas.
―¿Es demasiado importante saberlo, Severus?
―Sí, bastante ―contestó secamente. Merlina intuyó que algo se traía entre manos, lo conocía perfectamente.
―Supongo que algún objeto de alguna tienda.
―¿Alguna tienda de chascos, quizá? ―a Merlina se le retorció el estómago.
―No lo sé. No lo creo.
―Yo más bien sí lo creo, Minerva. Yo creo que ese artículo venía de alguna tienda de chascos. Y la verdad que hay pocas tiendas de esa índole.
Merlina no tardó en comprender. Abrió la boca para intentar justificar el hecho del cual no tenía ni idea, pero Snape se le adelantó.
―Es imposible culpar a las personas que lo enviaron, porque supongo que ya no son de este colegio. Los responsables son los destinatarios.
―Lo que yo creo, la verdad, es que hay que limpiar todo este desastre ―concluyó Merlina.
―Estoy muy de acuerdo contigo, Merlina ―repuso la profesora de Transformaciones.
―Pues, yo no. Antes de arreglar este desastre nosotros, deberíamos hablar con los responsables.
―¿Y cómo sabremos quienes fueron los responsables, si Minerva no lo sabe?
―Algún otro profesor lo sabrá. Lo averiguaremos.
―Nadie más lo sabe, Severus, y Peeves dudo que hable ―le atajó McGonagall.
Creo saber quién fue el responsable, y si no, tengo una buena dosis de Veritaserum en mi despacho, así que de eso no hay ningún problema.
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras de tres en tres. Merlina trató de seguirle el paso, pero no lo consiguió del todo. Lo alcanzó en el pasillo del primer piso.
―¿Qué piensas hacer?
―¿Tú qué crees? ―le dijo Severus, subiendo la otra escalera hacia el segundo piso.
―La verdad es que no tengo ni idea ―mintió Merlina, sabiendo que él sabía que no estaba diciendo la verdad.
―Por supuesto ―farfulló Severus, furioso.
―Severus, ¿podemos bajar y así me ayudas a ordenar el desastre, por favor?
―No me vas a lograr distraer, Morgan.
―¡Odio cuando me dices "Morgan"!
La ignoró. Merlina no se rindió y lo siguió al séptimo piso, hasta hallarse de cara al cuadro de la Dama Gorda.
―¿Contra…?
―Por favor llame a Potter, Granger y los dos Weasley.
La Dama Gorda no vaciló y desapareció de su retrato.
―¿Qué…? ¿Por qué…? ¿Los dos Weasley? ¿Harry? ¿Hermione? ¡Severus! ¿Los estás inculpando a ellos?
―¡No seas cínica! ―gruñó él al momento que la mujer se volvía a su retrato con expresión de curiosidad.
―Es que no puedes…
El retrato se abrió y aparecieron las cuatro caras conocidas.
―¿Qué suce…? ―comenzó a decir Ron, pero Severus lo interrumpió.
―Cierra la boca, Weasley. Salgan, los cuatro. Ahora.
Hicieron caso y los seis se alejaron un poco del retrato de la mujer gorda.
―Explíquense.
―¿De qué? ―desafió Harry echando chispas por los ojos.
―¿De qué, Potter? Del maldito paquete que recibieron de tus hermanos, Weasley. No me mientan, yo sé que fueron ustedes los causantes de todo este alboroto.
―Nosotros no sabemos na…
―¡No mientan!
Merlina le tomó el brazo a Severus.
―Severus, por favor…
―Merlina, son culpables ―intentó mantener la calma―. Tú eres la que ahora va a estar limpiando, y si hubiera causado un incendio…
―Pues entonces castígalos y haz que me ayuden el resto del día a restablecer el orden ―sugirió ella.
―No, así no es cómo funcionan las cosas…
―Merlina, Severus ―dijo la voz de Albus detrás de ellos. McGonagall debió haber ido en su búsqueda antes de que las cosas se pusieran feas―. Déjenme esto a mí, yo hablaré con los muchachos. Retírense, por favor. Y, Merlina, ya Peeves dejó de hacer desorden. Puedes comenzar a limpiar el Vestíbulo. Los elfos domésticos limpiarán la cocina. ―Hermione puso mala cara ante esas palabras.
Severus bufó y se fue a la misma velocidad con la que había llegado. Merlina corrió tras él nuevamente.
―¡Severus! ¿Qué diablos te pasa? ¿Por qué te escapas? ¿Acaso ahora te has enojado conmigo?
―¡Siempre los defiendes y yo hago esto por ti! ―siseó con la mandíbula apretada.
―¿Por mí? ―replicó Merlina con voz aguda, parando en seco porque Snape lo había hecho.
―¡Sí, por ti, porque tú eres la que…!
―¡…va a limpiar, sí! Y, antes que lo digas, no hubo incendio alguno, así que no hay que entrar en pánico.
―Eso no lo sabes; esto podría escalar. Por lo mismo creo que no es buena idea que el otro fin de semana abandonemos el colegio, si no quieres que nos veamos envueltos en el mismo problema.
―¡Por favor! Severus, esto fue una coincidencia, habría pasado de todas maneras…
―No lo creo. Peeves te odia.
―Y a ti también, Snape, y a todo el mundo. ¡Y con mayor razón iba a suceder! ―saltó Merlina, captando el problema, roja de ira. ¿Por qué se estaba comportando así, tan repentinamente? ¡Se lo había prometido!―. ¡Te estás echando para atrás!
El tono de voz subió varias octavas. Por suerte, el pasillo del sexto piso estaba aún solitario.
―No me estoy echando atrás. Tenemos que estar alerta por si pasa algo similar el otro fin de semana.
―¡Sí! Estás buscando una excusa para no ir al matrimonio el otro sábado, eso es lo que te sucede.
―¡Por supuesto! ―estalló de pronto, nervioso en vez de enojado―. ¿Cómo crees que me siento yo al recibir tu invitación? ¡Es un matrimonio! ¡Me estás insinuando cosas!
Se habían acercado hasta casi tocar sus narices. Merlina retrocedió un paso.
―¿Insinuándote cosas, Severus? ―susurró, sorprendida y dolida.
―Es obvio, ¿no? ¿Qué es eso de lo de "esposa trofeo"? Yo no puedo… No creo que… No soy de los que se casan, Merlina. Te amo, lo sabes, y si quieres me echas una maldición para que estemos amarrados de por vida, pero ¿casarme?
Merlina negó con la cabeza. Severus creía que ella le había invitado para que se decidiera a pedirle matrimonio, y no era así. Nunca lo había pensado de ese modo. Desde que había comenzado su romance, jamás había pensado en eso; antes sí, con un hombre incógnito, pero nunca había imaginado siquiera que Severus pudiera pedirle matrimonio. Sólo quería que la acompañara a esa fiesta, nada más.
―Eso es lo más estúpido que te he oído decir, Severus Snape ―murmuró con la voz temblorosa―. Estás completamente equivocado. Y lo de "esposa trofeo" fue un comentario, nada más; una expresión bajo un contexto específico. Usas Legeremancia y no comprendes lo que pienso. Y, pues no, ni siquiera estaba pensando…―retrocedió un paso, nerviosa y afligida―, ni siquiera lo había pensado…
Su voz se extinguió. Cerró los ojos y negó con la cabeza. De igual manera ¿hubiera sido tan malo que se casaran? ¿Acaso, en algún punto, no hubieran llegado a ello?
―Olvídalo, Severus. Si es que es lo que te parece mejor, no vayamos.
Dio media vuelta y partió hacia el Vestíbulo.
No vas a llorar. No vas a llorar. Podrás tener la capacidad de hacerlo, pero no vas a llorar… Respira, Merlina.
Los ojos se le empañaron y empezaron a rodar lágrimas con su mejilla. Ahora que podía llorar, no deseaba hacerlo, así que con todo su esfuerzo frenó el llanto, quedándole un nudo doloroso en la garganta.
La mezcla de enojo y tristeza fue la causa de que tardara menos de cinco minutos en dejar el Vestíbulo reluciente.
Matrimonio, ¡qué diablos! Ella sí quería casarse algún día, cosa que NO había pensado desde que había iniciado la relación con Severus. Apenas podía concebir el hecho de que realmente estuvieran juntos, disfrutando de los breves maravillosos momentos. Ahora, por supuesto, no era maravilloso. Por su culpa sus ganas se habían ido al suelo y, para peor, le había quitado la satisfacción de soñar.
Albus junto con McGonagall, procuraron contactar a los gemelos Weasley, quienes habían enviado la caja explosiva. Los dos muchachos llegaron luego de la hora de la cena y todos los profesores, incluyendo a Merlina, Madame Pomfrey y Madame Pince, fueron citados a la sala de profesores para aclarar el malentendido.
―Nosotros no enviaríamos jamás algo explosivo a Hogwarts. Lo que enviamos fue una gama de dulces picantes para los muchachos… ―comenzó a decir Fred con cara de compungido.
―… pero suponemos que con el sol se echaron a perder, y de seguro, al momento en que Peeves zarandeó la caja… ―siguió George.
―…ésta explotó.
Ningún profesor parecía enojado. Más bien, la mayoría parecían divertidos, excepto, por supuesto, Severus. Estaba enfrente de Merlina y la miraba constantemente, pero ella no cedió ni un ápice con la mandíbula en alto.
―Entonces, no hay nada más que decir. Fue un error, y eso lo comete cualquiera ―admitió Albus con una sonrisa en los labios. Pueden volver a sus labores.
Ambos gemelos interceptaron a Merlina a la salida del aula.
―¡Merlina! Tanto tiempo, ¿cómo has estado? ―saludó Fred… o George, efusivamente, dándole una palmada en el hombro.
―Bien ―mentira, no estaba tan bien en esos momentos, pero no iba a demostrarlo―, ¿y ustedes?
―De pelos ―contestó el otro―, creo que cometeremos más errores en nuestros productos para venir a Hogwarts más seguido. Es agradable volver aquí.
―¿Se quedarán? ―preguntó ella sintiéndose extrañamente observada.
―Sí, iremos a ―Fred bajó la voz― la torre de Gryffindor a dormir. Nadie lo sabe, pero suponemos que ese lugar necesita un poco de emoción. Oímos a McGonagall decir la contraseña, así que la tenemos.
―Ojalá que les resulte el plan… creo que ya todos se están poniendo a estudiar para los exámenes finales.
―Precisamente de eso nos encargaremos. ¡Buenas noches, Merlina!
―Buenas noches.
Fred y George avanzaron unos cuantos pasos y se detuvieron al doblar la esquina. Severus estaba ahí, esperando.
―¡Buenas, profesor!
―Linda túnica, ¿dónde se la ha comprado?
―Es completamente diferente a las demás, tan original…
Merlina no continuó oyendo porque salió pitando pisos arriba, antes de que Severus la alcanzara, aguantándose de estallar en carcajadas. No obstante, mágicamente apareció delante de ella, en la segunda planta. Debió de haber tomado un atajo.
―Merlina… ―susurró al momento en que ella le daba la espalda para huir nuevamente.
Ella caminó hasta la primera puerta que encontró, sólo para tener el gusto de cerrarle la puerta en las narices, pero Severus pudo poner la palma antes de que le diera en plena cara. Entró, cerró la puerta tras él y se puso delante de ella. Había un par de antorchas que iluminaban el lugar.
Le tomó de las muñecas para que no se pudiera escabullir. Merlina suspiró. ¿Por qué tenía que hacer eso? ¿Por qué no podía enojarse con Severus? Esa mirada de arrepentimiento que tenía era suficiente como para que la derritiera por completo. Además, no había manera de que esa electricidad dejara de recorrer su espina dorsal cuando la tocaba.
―Lo siento, de verdad ―murmuró con la voz ronca.
―Claro ―gruñó abruptamente evitando sus ojos.
―No, en serio. Quiero que vayamos a la boda de tu primo. Por favor, mírame.
―No quieres, Severus, no es necesario que… ―ella hizo caso omiso a su petición.
―Sí quiero. Te lo juro, si lo deseas.
Le tomó la cara y la obligó a mirarlo a los ojos.
―Ya no sé si tenga ganas, Severus. Me cortaste la inspiración y…
Severus, con su mano libre, le acarició la cintura y se aproximó un poco más. Las tripas de la joven se retorcieron con ferocidad.
―Lo-sien-to. ―recalcó Severus―. Quiero verte con el nuevo vestido que compramos. Quiero salir contigo. Quiero que lo pasemos bien.
―Es imposible decirte que no si me haces esto, Severus…, y el hecho de que te diga que bueno, no significa que lo sienta o que…
Esta vez fue Merlina la que no pudo resistirse. Severus hizo una de sus típicas muecas de incredulidad, cosa que derrumbó todo el sentimiento malvado de ella. Lo tomó de la nuca y lo aproximó a ella.
Severus la abrazó con fuerza e hizo más intenso el beso. Se separó luego de unos segundos.
―¿Y ahora?
―Está bien… disculpado ―declaró rendida y con la hormonas bastante revolucionadas.
―¿Crees que esta noche puedas estar muy ocupada? ―susurró Severus a su oído.
―No creo… a menos que tú pienses que Peeves pueda hacer algo de desorden…
―Por una noche… Sabes que lo dije porque no tenía excusa. En realidad, me da igual si Peeves destruye el castillo o no.
―Sé que lo decías por eso.
Severus condujo a Merlina hasta su despacho por un pasadizo. A medida que daban más pasos, más agitadas se hacían sus respiraciones.
―¿No tienes ningún trabajo que revisar?
―Eso puede esperar.
Alcanzaron a llegar hasta el sillón del despacho de Severus. Las prendas de ropa quedaron casi al pie de la puerta.
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Merlina quedó más que cansada y estuvo un montón de tiempo junto a Severus, pero tuvo que obligarse a fingir, una vez más, que había estado muy atenta al castillo toda la noche. Con esfuerzo sobrevivió el desayuno del domingo sin quedarse dormida. Lo único que pudo asegurar, por supuesto, era que, una noche como esa con su amado profesor de Pociones, valía la pena comparado con estar vagabundeando por los pasillos sin rumbo fijo.
El único problema que existía, eran las palabras de "matrimonio" que había anunciado Severus como acusación. No se las podía sacar de la cabeza. Por su culpa estaba deseando que le pidiera matrimonio. Por supuesto, jamás se lo mencionaría.
