Disclaimer 1: No me pertenecen ni la historia ni los personajes. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de savvyliterate, yo solo traduzco.

Shikon no Go

El idioma de Shikon

Un fanfic en 100 capítulos

Disclaimer 2 (de la autora original): Esta historia está basada en «Kendo no Go: A Fanfic in 100 Chapters», de Akai Kitsune. Su historia, por su parte, es una parodia de «In the Language of Love», de Diane Schoemperlen. ¡Agradecimientos a Akai Kitsune por dejarme tomar prestada su idea para un fic!

«Inuyasha» es propiedad de Takahashi Rumiko.

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Capítulo 91: Gemelas

¡Perrito! ¡Perrito!

-Gemelas de Miroku y Sango, capítulo 558.


En los días y semanas que se extendieron desde el momento definitorio en que Inuyasha emergió junto con el pozo, la vida en la aldea regresó a la rutina diaria que había tenido antes de la llegada de la extraña miko de ropas aún más extrañas. Naraku ya no estaba y tampoco la Shikon no Tama. Todo estaba en paz, a pesar de los pequeños cambios entre la población de la aldea. Sus residentes permanentes se habían incrementado en cuatro: Inuyasha, Shippou, Rin y Kohaku.

Tres meses después de que Inuyasha regresase, Miroku y Sango anunciaron que habría al menos uno más.

—¿Qué diablos estabais haciendo mientras Kagome y yo estábamos en aquel lugar horrible? —gritó Inuyasha cuando anunciaron las noticias a la hora de la cena.

—La mayoría expresa sus felicitaciones, no exige un recuento de los asuntos privados de los demás —contestó Sango.

Miroku apoyó una mano en su hombro.

—Perdona a Inuyasha, querida Sango. Solo está expresando sus celos ante nuestra dicha conyugal. No es como si no hubiéramos estado juntos desde la batalla final.

—Ni que no lo supiéramos —mascullaron Inuyasha y Shippou por lo bajo. Sus oídos agudos, combinados con compartir la cabaña más cercana a la de los recién casados, significaba que eran perfectamente conscientes de sus momentos en privado.

Aun así, el monje y la taijiya no se habían unido formalmente hasta el mes anterior, cuando se completó su hogar permanente. En los días siguientes a su regreso, Inuyasha no había notado el cambio en el aroma de Sango. Para cuando lo notó, se mantuvo callado, esperando estar equivocado. No se había imaginado que estuviera de tanto tiempo y le irritaba que, mientras Kagome y él habían estado luchando por el alma de Kagome, los dos hubieran estado acaramelados en el Sengoku Jidai.

También le recordó la dolorosa soledad contra la que peleaba a diario.

Shippou miró a Inuyasha, su pequeño corazón latió con más fuerza cuando la expresión vacía entró en los ojos del hanyou, que significaba que estaba pensando en Kagome. Se sorbió las lágrimas, se limpió la nariz con el brazo e hizo lo que mejor sabía hacer: darle un golpe a Inuyasha en la cabeza.

Funcionó.

—¿Por qué diablos hiciste eso, enano? —gritó Inuyasha, agarrando al kitsune y lanzándolo al otro lado de la habitación.

Shippou no respondió. Solo soltó un grito y salió corriendo.

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A pesar de todas las críticas que recibió Miroku más tarde por no estar para el nacimiento de su tercer hijo, había una muy buena razón detrás de ello.

El nacimiento de las gemelas ya había sido bastante traumático.

Cuando Sango empezó con los dolores más intensos del parto, tuvieron que sacar todas las armas de la cabaña. Esto solo ocurrió después de que Sango hubiera conseguido echar mano del Hiraikotsu y golpear a Miroku en la cabeza. Inuyasha agarró al monje por los talones y lo sacó a rastras de la cabaña antes de regresar para deshacerse de las armas. Antes de que pudiera huir a la seguridad del pozo, Sango volvió su ira contra él.

—¡Esto es todo culpa tuya! —le gritó entre contracciones—. ¡Nunca habría conocido a ese monje pervertido si la maldita perla no se hubiera roto!

—¡Échale la culpa a Kagome, no a mí! —le gritó Inuyasha en respuesta y esquivó una pieza voladora de vajilla—. ¡Fue ella la que rompió la perla, en primer lugar!

—¡No puedo! —lloró Sango—. ¡No está aquí! ¡Ojalá Kagome-chan estuviera aquí!

Lo mismo digo, pensó Inuyasha con desesperación. ¡Incluso una ronda de «siéntates» era mejor que esto!

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Kaori y Midori eran bastante lindas para ser bebés, tuvo que admitir Inuyasha. Le había llevado a todo el grupo casi una semana decidir los nombres, e incluso apreció el guiño a Midoriko que se hizo con ellos.

Aunque las pequeñas se aferraban a su madre y a su padre, se convirtieron en las sombras de Inuyasha. Se dio cuenta por primera vez cuando empezaron a gatear. Había estado trabajando, reemplazando el tejado de Kaede, cuando localizó a dos pequeñas humanas arrastrándose hacia la sombra de la casa. Bajó de un salto y las cogió con una mano.

—Eh, se supone que no debéis estar aquí —anunció.

Kaori bostezó. Midori arrulló… luego depositó una olorosa carga en su pañal.

Inuyasha arrugó la nariz. Sosteniéndolas lo más lejos posible de él, marchó con las gemelas hasta Miroku y las depositó en el regazo del monje.

—Problema tuyo —anunció y huyó cuando el pañal de Midori se desbordó y Miroku gritó que se le había estropeado la ropa.

Una semana más tarde, Inuyasha hizo su viaje habitual hasta el pozo. Fijó la mirada en la estructura de madera. Parecía estar burlándose de él, allí quieta y serena bajo la luz del sol como siempre hacía. Lo rodeó y se sentó con la espalda apoyada contra el lateral del pozo, observando la hierba alta inclinándose al viento. Si escuchaba con suficiente atención, casi podía oír la risa de Kagome.

Cerró los ojos. Porque estaba solo, porque nadie más se acercaría sin él saberlo, dejó que llegaran las lágrimas.

—¿Bah?

Entreabrió un ojo. Kaori y Midori estaban allí y, ¿cómo diablos no las había visto? Inuyasha se maldijo por regodearse tanto en su propia miseria como para no haberlas olido.

—Eh, ¿de dónde habéis salido? A Sango probablemente ya le esté dando un ataque.

Para este momento, las niñas se habían subido al regazo de Inuyasha y él inclinó la nariz hacia la cabeza de Midori. El olor a bebé limpio subió a su nariz y calmó el dolor en su corazón. Sabiendo que tenía que devolverlas a la aldea, se permitió un momento para disfrutar de esto.

Midori no lo permitió. Localizó las orejas en movimiento de Inuyasha y fue a agarrarlas.

—¡Eh! —Inuyasha sostuvo al bebé a la distancia de un brazo—. ¿Qué crees que haces?

Midori gorjeó, luego contestó:

—¡Perrito!

Se quedó boquiabierto.

—¿Perrito? —Kaori, que había estado jugando con los dedos de sus pies, levantó la mirada. Una gran sonrisa apareció y empezó a dar saltitos en el regazo de Inuyasha—. ¡Perrito! ¡Perrito!

—¿Qué? —consiguió decir Inuyasha. Miroku y Sango habían estado animando a hablar a las niñas de once meses, pero no habían respondido a los deseos de que dijesen «Chichi» y «Haha».

—¡Perrito! ¡Perrito! —gritó Midori, dando patadas.

Inuyasha sonrió, levantó a Kaori, y puso a ambas niñas sobre sus hombros. Chillaron y se agarraron a sus orejas. Él ignoró el dolor, el orgullo y la satisfacción le hicieron poder sentirse superior a Miroku porque sus hijas lo hubieran identificado a él como su primera palabra.

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Nota de la autora: El tema original de este capítulo era «Luna».

Nota de la traductora: Este capítulo se escribió antes de que existiera Yashahime, de ahí el cambio en los nombres.