CAPÍTULO 2: El despertar
Comentarios a los reviews:
Kira8: Mmm... A ver, a la historia le he hecho una revisión, no una corrección ortográfica. Si sólo hubiera corregido fallos ortográficos no lo estaría subiendo de nuevo ^_^º. Pero si lo que quieres saber es si he cambiado la historia, no, no la he cambiado. Es la misma, pero hay corregidos fallos de estilo, fluidez de párrafos, mejorado diálogos y escenas... ese tipo de cosas.
Estefi: Más o menos, lo mismo que le he dicho a Kira8.
Gracias por vuestros reviews :-D. Espero que os guste el siguiente capítulo ;-D
CAPÍTULO 2: El despertar
—¿Es una broma? —le acusó una muy perpleja Kaoru—. Porque no tiene gracia, Kenshin.
Al que no le gustó nada aquel tono fue a él, y estaba a punto de reprenderla cuando el doctor Gensai apartó a Sanosuke y se puso a su lado con semblante preocupado. Éste se hizo a un lado y dejó que el doctor hiciera su trabajo atendiendo al herido.
—Has tenido un accidente y te has golpeado la cabeza. ¿Puedes recordar lo que ha pasado?
Kenshin volvió a repasar con sus ojos dorados a los presentes en la habitación.
—Vamos, muchacho, céntrate en lo que te digo —le instó el doctor.
Sus ojos se posaron de inmediato en el hombre.
—No me hables así, viejo —le amenazó con toda intención. El anciano se echó hacia atrás desconcertado por sus bruscas palabras.
Kenshin no sabía dónde estaba, pero esa gente sí conocía su identidad. ¿Serían seguidores del Bakufu*? Cuando se había despertado antes, parecía que les hubieran atacado y aquel hombre de blanco se encontraba allí. Y en esos momentos, estaba en un lugar que no reconocía con él. ¿Había caído prisionero? No parecían muy intimidantes, pero sabía bien que los enemigos también se escondían tras rostros amables. Revisó la estancia a su alrededor, pero no vio su espada.
Le habían desarmado.
—Kenshin, por favor, hazle caso —le suplicó Kaoru muy preocupada—. El doctor Gensai sólo intenta ayudarte.
—Por lo que a mí respecta, podéis ser enemigos —la acusó abiertamente.
—¿Enemigos? —Kaoru no entendía nada—. ¿Enemigos de quién?
—De los Ishin Shishi*.
Sanosuke vio que la expresión de Kenshin cambió al instante a una más recelosa, como si se hubiera dado cuenta de que había dicho algo que no debía.
—Madre mía… —susurró Sanosuke cuando una teoría inquietante se empezó a formar en su cabeza—. Creo que piensa que está en la guerra.
Semblante de Battosai, ojos fieros dorados y esa forma tan ruda de tratar a la gente al dirigirse a ella. Era como si al despertar de aquel accidente, el único que lo hubiera hecho fuese Battosai, el cual sólo había vivido durante la guerra.
Y si pensaba que aún estaba en ella, por eso se había tensado al revelar su bando. Aturdido como estaba, había hablado más de lo que debiera. La regla de todo guerrero era no hablar cuando se caía prisionero.
—¿En la guerra? —repitió Kaoru como si su amigo se hubiera vuelto loco—. ¿Cómo va a pensar eso? ¡Terminó hace más de una década! —le reprendió ante la absurda idea que había mencionado.
—¿Podéis callaros los dos? —los amonestó el doctor—. Si no me vais a dejar hacer mi trabajo, podéis salir de aquí.
Ambos jóvenes se callaron en el acto.
—Kenshin, ¿puedes decirme dónde crees que estás y en qué año? —le preguntó con cuidado.
—No pretendas desorientarme. Por mucho que no sepa qué lugar es éste, sé perfectamente que estamos en Kioto. Es imposible que me hayáis podido sacar de la ciudad en tan poco tiempo.
—¡No estás en Kioto! —murmuró Kaoru con el corazón encogido—. ¿Cómo es posible que piense que está en otro sitio? —le preguntó al doctor.
El doctor Gensai se frotó la barbilla pensativo mientras analizaba la situación.
—Estuvisteis en Kioto hace unos meses. Quizás piense que sigue allí —especuló él.
—Pero ¿cómo se pueden olvidar las cosas? —volvió a preguntar Kaoru con impotencia. No era capaz de entender aquello.
—Parece que tiene una amnesia parcial —respondió el doctor tras unos momentos evaluando los hechos—. Tiene recuerdos, pero no de lo último que ha hecho.
—¿Amnesia? ¿Qué es eso? —quiso saber Sanosuke.
—Es una pérdida de memoria —le contestó el doctor preocupado—. Sólo he visto un caso anterior al de Kenshin y, en aquella ocasión, el hombre la perdió por completo. Casi todo lo que conozco sobre esta enfermedad es por los libros de texto.
—¿Cómo se puede olvidar la memoria? —exclamó atónito Sanosuke—. Eso no puede ser posible.
—Por lo que veo, Kenshin sí parece recordar cosas.
—No habléis de mí como si no estuviera —dijo de pronto en el mismo tono amenazante que había utilizado desde que despertó.
Kenshin estaba completamente a la defensiva, por lo que pudo ver Sanosuke. Tanto el doctor como Kaoru pensaban que Kenshin podría creer estar en su viaje a Kioto de hacía unos meses, pero el instinto le decía que estaba mucho más lejos. Había sacado a relucir al grupo al que se unió en la guerra de Restauración y tenía el semblante de un asesino despiadado.
Según su perspectiva, Kenshin creía ser aún el asesino Battosai y no sabía si estaba en manos de amigos o enemigos, ni tampoco podía saber dónde se encontraba. Tal y como estaba la cosa, tenían a un asesino muy eficiente sintiéndose acorralado.
Aquello no pintaba nada bien.
Kaoru se acercó más a él y estuvo a punto de cogerle la mano otra vez, pero se retractó al momento al recordar que se había apartado de ella.
—Kenshin —intentó de nuevo Kaoru—, ¿de verdad no recuerdas que volvimos a Tokio?
Kenshin sonrió como si hubiera cazado a Kaoru en sus mentiras.
—Nunca he estado en ningún sitio llamado Tokio, preciosa.
Sanosuke se quedó paralizado; Battosai acababa de declarar a Kaoru culpable de la conspiración que se estuviera montando en su cabeza.
—¿Qué hacemos para que se recupere? —preguntó ella con impaciencia, ignorante de lo que pasaba.
—No hay cura para la amnesia —respondió el doctor preocupado—. De los casos documentados sobre los que he leído, hay pacientes que se curan y otros que no. Algunos expertos piensan que rodearles de cosas familiares puede ayudar a despertar esa parte que ha quedado oculta en la mente; mientras que otros dicen que exponerles a mucha información hace más mal que bien.
—¿Y qué hacemos? —pidió Kaoru al borde de las lágrimas—. Kenshin no puede quedarse así —murmuró para sí misma—. Había encontrado la respuesta que buscó durante una década. —La misma que había hecho que por fin aceptara su relación—. No quiero que vuelva a vagar por Japón; no quiero que se marche.
—Lo primero que deberíamos saber es cuánto recuerda de su memoria. —Gensai se dirigió a Kenshin cuando volvió a hablar—. ¿Qué recuerdas que estabas haciendo?
Kenshin bufó y rio de forma mezquina.
—Inténtalo de nuevo, viejo —se mofó él. Después los miró uno a uno con la arrogancia propia de quien se siente superior—. Si esperabais sacarme información con esta comedia en la que me dejáis desatado e intentáis hacerme creer que estoy enfermo para conseguir así mi confianza, no os han dado muchos detalles sobre mí. Y para vuestra información, uno de ellos es que puedo mataros a los tres a la vez —sentenció el asesino más temido de Japón.
Sanosuke se puso de pie inmediatamente y «ayudó» al buen doctor a hacer lo mismo. Casi le había dislocado el hombro en el proceso de tirar de él.
—Gensai, tienes que salir de aquí cuanto antes —urgió Sanosuke al ver el peligro. Como bien había pensado, tenían a un asesino acorralado en la casa.
Y no era cualquier asesino.
Pero para su mayor desgracia, eso no era lo peor de todo. El gran problema al que se enfrentaban era que acababan de convertirse oficialmente en sus enemigos.
—Kenshin necesita ayuda médica. Tengo que evaluar su grado de amnesia —alegó el anciano, que intentó soltarse de su agarre.
—No —negó con determinación mientras le empujaba de camino fuera de la habitación—. Dígame qué es lo que necesita para poder evaluarle, pero márchese de aquí ya.
—Puedo hacerlo yo —insistió el doctor desconcertado.
—No, doctor Gensai —negó otra vez Sanosuke—. No lo entendéis… Kenshin no piensa que esté en el pasado mayo. ¡Cree estar en la guerra de Restauración! —exclamó para ver si así conseguía hacerles comprender—. Kenshin fue un espadachín muy bueno. —Omitió con toda intención que era «demasiado» bueno; tanto, que incluso se había convertido en una leyenda—. Y ahora piensa que le tenemos retenido. Tiene que largarse de aquí lo más rápido que pueda; yo me encargaré.
Sanosuke pudo ver con claridad cómo el doctor valoraba sus opciones. Por su parte, el doctor Gensai estaba muy sorprendido de ver a alguien como Sanosuke tan alterado y casi —por qué no decirlo— aterrado. Era la primera vez que veía a Sanosuke con el miedo reflejado en los ojos y aquello le confirmó que había algo más de fondo que él desconocía.
El doctor volvió a mirar a Kenshin y regresó sus ojos a Sanosuke otra vez. Este último supo que no estaba muy convencido de dejar a Kenshin a los cuidados de alguien que no tenía conocimientos de medicina. Pero el doctor Gensai no sabía a quién tenía por paciente, si no, habría huido despavorido con los primeros destellos de aquellos ojos asesinos.
—Está bien. Tú conoces a Kenshin mejor que yo. —El joven suspiró con alivio al ver que el anciano le haría caso—. Lo más conveniente, a mi juicio, es comprobar el nivel de amnesia que tiene; saber cuánto de su vida recuerda. No sé hasta qué punto llega su memoria, pero no creo que lo recuerde todo con claridad.
—Entiendo, hacer que recuerde.
—Si puedes, haz que intente ordenar sus recuerdos. Eso evitará que le confundan… y habladle de lo que ha olvidado —agregó con rapidez—. Pero no le abruméis; dejad que lo asimile poco a poco. Si lo que dices es cierto, habría olvidado toda una década o más. Sería muy desconcertante para él.
—Muy bien: hacer que recuerde, que lo ordene e informarle de lo que ha olvidado. Hecho —recapituló enseguida. No veía el momento de hacerle salir de la casa.
—Si no vengo yo mañana, haré que venga Megumi para que le revise —continuó Gensai, el cual seguía preocupado por el estado de salud de Kenshin.
Sanosuke se despidió del doctor y le vio marcharse de camino a la puerta de casa. Entró en la estancia y cerró la puerta. No había perdido de vista a Kenshin; mucho menos dejando sola a Kaoru con él.
—¿Que he perdido una década de recuerdos? —se burló Kenshin—. Podríais haber planeado algo mejor —resopló con desprecio él—. No penséis ni por un momento que me creo algo de esto. Si le he dejado marcharse es porque no mato ancianos incapaces de defenderse.
Sanosuke se sentó cerca de Kenshin, aunque a una distancia prudencial. No sabía cómo, pero debían conseguir una tregua. Y esperaba que el hecho de no mostrarse hostil fuese un paso hacia ella.
—Kenshin, por favor, intenta recordar —le pidió Kaoru. La última amenaza de Kenshin le había hecho creer la teoría de Sanosuke. Jamás les habría amenazado con matarlos si no creyera ser un asesino aún. Pero en opinión de Sanosuke, aquello era una pérdida de tiempo—. No estás en la guerra; terminó hace diez años.
Kenshin evaluó a Kaoru detenidamente.
—¿Sabes quién soy? —cuestionó el herido.
—Claro que sí —respondió Kaoru con total dulzura.
—Pues o estás loca o muy necesitada de dinero —replicó Kenshin con dureza. Con un sorpresivo movimiento le cogió un brazo y se lo retorció con fuerza. Kaoru se quejó de dolor y, un segundo después, Kenshin estaba tras ella dejándola inmovilizada—. Espero que te hayan pagado mucho por exponerte de esta manera a la muerte.
Sanosuke se puso alerta, pero no estaba seguro de qué hacer. Si se movía, podía hacerle más daño a Kaoru. Sin embargo, aún sin moverse, Kenshin le retorció más el brazo y la chica gritó.
—¡Kenshin, suéltala! —le pidió asustado—. Acabas de decir que no matarías a un anciano indefenso. ¿Acaso sí lo harías con una mujer? —intentó negociar él.
Pero Kenshin se limitó a apretarla por el brazo como si estuviera comprobando algo y volvió a dirigirse a ellos.
—Esta mujer está entrenada y sé muy bien de lo que son capaces de hacer —afirmó sin tapujos—. No me va a coger desprevenido.
Y justo en ese momento, la puerta se abrió y entró Yahiko.
—¿Se puede saber por qué gritáis? —Pero acto seguido enfocó su vista en Kenshin—. ¡Ya te has levantado! —comentó alegre—. He visto al doctor Gensai en la calle y supe que estarías repuesto. —Sin embargo, la expresión ilusionada desapareció de su cara al ver que Kenshin retenía a Kaoru—. ¿Qué estáis haciendo?
—Yahiko, vete de aquí —le ordenó Sanosuke.
—Pero he traído la espada de Kenshin —dijo el niño mientras la levantaba en alto—. Me ha llevado tiempo, pero la encontré entre los escombros —explicó con orgullo.
A Sanosuke se le detuvo el corazón. Sólo les faltaba que Battosai se hiciera con una espada. Kenshin tiró a Kaoru al suelo y Sanosuke corrió hacia Yahiko para alcanzar la espada antes que él, pero no lo consiguió.
—¿Kenshin? —se preocupó un Yahiko desconcertado ante la reacción del hombre.
—¿Ahora también inmiscuís a niños? —increpó con desprecio él y desenvainó la espada—. Ancianos, mujeres y niños… El repertorio al completo.
Sanosuke caminó hacia atrás al ver la espada de Kenshin y se acercó hasta Kaoru para protegerla. La situación estaba poniéndose cada vez peor.
—Yahiko, ¡corre! —exhortó Sanosuke.
—Pero ¿qué dices? —El chico no salía de su asombro.
—¡No preguntes y vete de aquí! —gritó Kaoru desde el suelo.
—Ve al Akabeko y quédate allí —ordenó Sanosuke.
Sin saber muy bien qué hacer, Yahiko salió corriendo por el pasillo. Por una vez no se había puesto rebelde y les había hecho caso. Kaoru pudo dar gracias a Dios por ello.
—Kenshin, tenemos que hablar. Guarda la espada —le pidió Kaoru que se encontraba muy conmocionada mirando desde detrás de Sanosuke.
Sin embargo, Kenshin se puso en posición de ataque… hasta que vio la forma de su espada.
—Pero ¿qué demonios es esto?
—Es tu espada de filo invertido —contestó Kaoru con rapidez. Se levantó tambaleante y se sujetó a la espalda de Sanosuke. Estaba aterrorizada; sus piernas casi incapaces de mantenerla en pie—. La usas para proteger a la gente, ¿no lo recuerdas?
—Pierdes el tiempo, Kaoru —le dijo Sanosuke—. Ahora mismo no recuerda nada de eso. Lo único que ve es que está recluido con varias personas a las que cree enemigas.
Sin perderles de vista, puso la espada frente a sí y la evaluó. Pasó un dedo por el filo y, con regocijo, comprobó que cortaba.
—Invertido o no, puede matar.
Y Kenshin giró la espada por el lado afilado.
—Muy bien, si quieres pelear, lo haremos. Pero deja que Kaoru se vaya.
Sanosuke se puso en posición de defensa. No sabía cómo iba a salir de aquélla. De hecho, empezaba a estar convencido de que no lo haría. Sabía que podía aguantarle varios asaltos, pero siempre que luchara con el filo invertido. Si le daba uno de sus golpes con el lado afilado de la espada, le abriría en canal y no estaría en pie para una segunda oportunidad.
—No, vais a morir los dos.
Kenshin se lanzó contra ellos y, en ese momento, la puerta se abrió y un jarrón acabó lanzado contra la cabeza de Kenshin. El pelirrojo se giró por reflejo y con la espada lo partió en dos. Sanosuke no perdió tiempo y aprovechó la distracción para empujarle de cara a la pared. Le inmovilizó al ponerle una mano en su espalda con todas sus fuerzas. Kenshin gritó de dolor al apretar sobre sus heridas recientes, las cuales empezaron a sangrar de nuevo. Pero, o bien era su sangre o la de ellos, así que no tenía mucha elección.
—Yahiko, ¡quítale la espada!
El chico se acercó con premura y consiguió arrebatarle la espada a Kenshin.
—Pero ¿qué narices le pasa? —se quejó el chico alarmado a la vez que ponía distancia entre la espada y su dueño.
Kaoru se aproximó a ellos en cuanto pudo reaccionar y se quitó el lazo del pelo. Le cogió las dos manos y Sanosuke se apartó lo suficiente para que pudiera maniatarle. No podía dejar de llorar mientras lo hacía. Cuando terminó, Sanosuke comprobó que el nudo fuese sólido.
—Sus heridas vuelven a sangrar —sollozó ella al ver que su yukata* se impregnaba de rojo sangre.
—Sinceramente, Kaoru, no tengo ningún problema con que se debilite un poco —añadió enfadado—. ¡Casi nos mata! —Sanosuke tenía un cabreo monumental—. ¿Y tú qué haces aquí? —espetó contra Yahiko.
—Pues al parecer, salvaros la vida —replicó ante aquella reprimenda injustificada.
Kaoru se acercó en tromba hacia Yahiko y le propinó un bofetón. La habitación se quedó en un completo silencio; hasta Kenshin dejó de quejarse.
—¡Te dije que te marcharas! —le gritó furiosa temblando de arriba abajo—. ¡¿Por qué nunca me haces caso?!
—Kaoru… —murmuró el chico compungido ante la reacción de su maestra. Empezaron a humedecérsele los ojos más por sus palabras y por el estado en que se encontraba ella que por el dolor físico de la bofetada.
—¡¿Acaso no ves que Kenshin no está bien?! —exclamó fuera de sí—. ¡Pero ¿es que no lo ves?! —repitió en reprimenda.
—Kaoru, tranquila —susurró Sanosuke al ver lo alterada que estaba—. El chico sólo…
—¡¿No ves que te podía haber hecho daño?! —siguió con angustia ignorando las palabras de Sanosuke.
—Yo… —Yahiko no pudo continuar por el nudo que tenía en la garganta y se le empezaron a caer las lágrimas.
Las piernas de Kaoru dejaron de sujetarla y acabó de rodillas ante él. Le abrazó con todas sus fuerzas, muerta de miedo. Kaoru no pudo aguantar más y estalló en llanto.
—¿Qué crees que hubiera pasado si te ocurriera algo? —Yahiko por fin correspondió a su abrazo y se echó a llorar con ella—. ¿Sabes el susto que me has dado cuando te he visto en la puerta atacando a Kenshin?
—Lo siento —se disculpó el chico.
—Casi me matas antes de que él lo hiciera —siguió ella con su represalia, la cual perdió todo su efecto cuando le dio un beso en la mejilla. Tanto la reacción de ella como la falta de burla por parte de Yahiko fue un claro indicador para Sanosuke de lo conmocionados que estaban los dos.
—Perdóname —volvió a excusarse el muchacho, abrazándose aún más a aquélla a la que quería como a una hermana.
Kaoru se aferró a él mientras lloraba a lágrima viva.
—Gracias, Yahiko, gracias —le dijo, en cambio.
Sanosuke pensó que dos órdenes tan contradictorias no eran adecuadas para la educación de un niño. Sólo le volverían loco sin saber cómo debería proceder en un futuro, pero comprendía a Kaoru a la perfección. Entendía el susto que le había dado al ver que Yahiko atacaba al asesino Battosai. Pero a la vez, si no hubiera sido por esa intervención, los que no lo hubieran contando habrían sido ellos.
—Pero jamás vuelvas a hacer algo así —concluyó Kaoru con determinación.
Mientras los dos se tranquilizaban poco a poco después del disgusto que habían vivido, Sanosuke arrastró a Kenshin hasta el futón y le dejó sentado en él.
—Buena la has armado —le recriminó con aspereza—. Sé que no lo recuerdas, pero esos dos de ahí son tu familia y mira cómo están.
Kenshin intentó soltarse, pero tenía las manos atadas férreamente. La postura tampoco era la más idónea, pues le hacía daño en las heridas de la espalda. Aunque había acallado el dolor en su intento de fuga, en esos momentos, le acusaba con intensidad.
—Más vale que acabes conmigo ahora o te mataré en cuanto me suelte —le amenazó con los ojos dorados brillantes de ira.
—Soy consciente de que puedes hacerlo. Sólo espero que no lo hagas porque aprecio mi vida como para perderla así, además de que no podrías vivir contigo mismo si un día recuperases la memoria.
Kenshin resopló ante sus palabras.
—Pero ¿qué le pasa a Kenshin? —consiguió preguntar al fin Yahiko aún con lágrimas recorriendo su cara—. ¿Por qué os ha atacado?
—Kenshin está enfermo —contestó Kaoru con un nudo en el pecho—. Se ha golpeado la cabeza en el accidente y ha perdido la memoria.
—¿Cómo que ha perdido la memoria? —se extrañó el chico ante un suceso tan irreal.
—Ha perdido muchos de sus recuerdos. Cree que sigue en la guerra y que somos sus enemigos.
Supo enseguida que Yahiko entendía lo mismo que ella: nada. No podía comprender cómo podía pasar algo semejante y no lo creería si no fuese porque Kenshin era una prueba viviente.
—No… No lo entiendo —titubeó el niño—. ¿Dices que cree que aún es un asesino? ¿El asesino Battosai? —Yahiko le escrutó por encima del hombro de Kaoru—. Pero ¿cómo es posible? No lo entiendo —repitió confuso.
—Lo sé, también es extraño para nosotros.
—¿Y cómo se cura? —Como era evidente, Yahiko también hizo la pregunta obvia, pero sólo consiguió que Kaoru se volviera a echar a llorar.
—El doctor Gensai ha dicho que no tiene cura —contestó Sanosuke por ella—. Lo único que podemos hacer es intentar que recuerde contándole la parte olvidada con la esperanza de que sus recuerdos vuelvan a él.
—Pero no podemos dejar a Kenshin así —siguió con las obviedades.
—No me digas —dijo sarcástico Sanosuke.
No pretendía burlarse del chico, pero estaba muy sensible con todo el asunto. Sus manos todavía eran incapaces de dejar de temblar después de lo sucedido y no se podía decir que hubiera muchas cosas que él temiera. El hecho de pensar en Battosai pululando por Japón a sus anchas era una de ellas y le ponía los pelos de punta.
—Lo mejor que podemos hacer ahora que le tenemos más tranquilo es hacer caso de las recomendaciones del doctor.
Sanosuke se sentó frente a él en el futón y pudo ver que Kenshin estaba furioso. Kaoru también se acercó con los ojos rojos por los lloros recientes.
—¿Por qué no empezamos por lo básico? —comenzó Sanosuke—. Sé que piensas que estás en Kioto, pero no es así. Estás en Tokio.
Kenshin frunció el ceño sin comprender.
—Estás en Edo —corrigió Kaoru. Si él creía estar aún en la guerra de Restauración, no sabría que había cambiado de nombre y ni siquiera que Kioto ya no era la capital del país—. Tras terminar la guerra, el emperador mudó su residencia aquí y cambió de nombre a la ciudad. Tokio es ahora la capital de Japón.
Kenshin se rio ante semejante idea.
—Mira, ¿por qué no acabamos con esto? Si queréis matarme, hacedlo. Pero no lo hagáis de aburrimiento.
—Es cierto —reafirmó Kaoru al tiempo que ponía una mano en su rodilla como gesto amistoso.
Pero fue un error.
—Ni se te ocurra tocarme de esta forma —la advirtió perdiendo la risa burlona de hacía unos instantes—. Sólo una mujer puede hacerlo y ésa no eres tú.
Kaoru retiró con celeridad la mano e inspiró hondo en un intento por controlar la reacción amarga que habían supuesto para ella esas palabras.
—Kenshin… —murmuró Yahiko.
Todavía creía que aquello era como una mala pesadilla. Era incapaz de asimilar lo que sucedía. No podía creer que Kenshin tratara así a Kaoru cuando sólo hacía unas horas que los había pillado besándose como dos enfermos de amor.
—No pasa nada —dijo ella, la cual hacía su mayor esfuerzo por parecer serena.
Pero sí que pasaba. Tanto Yahiko como Sanosuke podían ver con claridad que aquello la afectaba muchísimo. Kaoru amaba a Kenshin y él ni siquiera la recordaba. No querían ni imaginar lo que tenía que ser todo aquello para ella. Además, por lo que había dicho, ¿Tomoe seguía viva para Kenshin? Si fuese así, significaría que Kenshin creía tener quince años.
—Estamos en octubre del año 11 de la Era Meiji —siguió Kaoru sin hacerle caso—. El pasado junio cumpliste veintinueve años.
—¿Veintinueve? —Kenshin resopló ante otra idea absurda.
—¿Cuántos años crees tener?
Kenshin no dijo nada, obcecado en no dar ninguna información al enemigo, y compuso una sonrisa que no auguraba nada bueno.
A Kaoru le estaba poniendo de los nervios este nuevo Kenshin. Incluso cuando había salido el asesino que llevaba dentro durante los combates, no se comportaba de aquella forma. Era como si esa parte de él que le hacía buena persona hubiera desaparecido.
—Muy bien —dijo decidida. Se levantó y, sin decir nada más, salió de la habitación.
—¿Adónde va? —preguntó Yahiko. Pero no tuvo que esperar mucho para verla regresar. Llevaba un espejo con ella.
—Mírate —le pidió mientras volvía a sentarse en el sitio que había ocupado—. Éste es tu aspecto ahora. Aunque aparentas menos edad de la que tienes, estoy segura de que no es como la que piensas.
Kenshin la miraba a los ojos fijamente y mantenía esa sonrisa que le daba escalofríos, pero al cabo de unos segundos bajó la vista al espejo.
Su expresión cambió poco a poco mientras miraba el rostro que le devolvía el espejo. Hizo el amago de querer cogerlo, pero la atadura se lo impidió.
—¿Qué truco es éste? —les acusó perplejo. El rostro que veía ante él era el suyo, pero varios años más viejo. No tenía el rostro juvenil que recordaba.
—No es ningún truco —respondió Sanosuke—. Hace unas horas has sufrido un accidente y has perdido parte de tu memoria. Estamos a finales del año 11 de la Era Meiji. —Kenshin siguió receloso de sus palabras—. ¿Necesitas más muestras? —Sanosuke se le acercó y retiró su yukata para descubrir su pectoral derecho. Tenía la cicatriz de una quemadura—. Esta quemadura te la hiciste a principios de junio, en la lucha que tuvimos en Kioto para detener a Makoto Shishio.
Kenshin alzó la cabeza con rapidez al escuchar ese nombre. Shishio era su sustituto como asesino en las sombras.
—Shishio quiso derrocar al Gobierno y hacerse con el poder —dijo Kaoru para completar más la explicación de Sanosuke—. En tu combate con él te hizo esa quemadura.
Por primera vez desde que se había despertado, Kaoru pudo ver el verdadero desconcierto en su rostro. Kenshin observó de nuevo la cicatriz. Era evidente que para él era nueva y, más obvio aún, que no se la habían podido hacer ellos para aquella supuesta farsa. Era una herida que ya estaba cicatrizada.
—¿Cuántos años crees tener? —retomó la pregunta que no había contestado—. Sé que piensas que tienes más de quince años. —Kenshin la miró con suspicacia. A Kaoru le empezaba a crispar hasta lo más profundo que no confiara absolutamente nada en ella—. Si no fuese así, te habría llamado la atención la cicatriz de tu mejilla.
Kenshin la miró como si el diablo se hubiera materializado ante él.
—¿Cómo sabes cuándo me la hice?
—También sé quiénes te la hicieron —le contestó con rotundidad.
Kenshin no podía creerlo; tenía que ser un farol. Nadie sabía el origen de aquella cicatriz. Algunos de sus compañeros sabían que un hombre le hirió en un descuido, pero no sabían cómo había acabado convertida en una cruz.
—No es cierto.
Se negaba a creerlo. Aquél era el mayor secreto que ocultaba en su corazón. Sólo había otra persona que lo conocía y ése era Katsura, el cual le había visitado en su casa al poco de morir Tomoe.
Kaoru se acercó más a Kenshin y le miró detenidamente a los ojos. Por primera vez desde que se había enfrentado a ellos, sintió que era consciente de que había perdido el control de la situación. Se le había alterado la respiración.
—Ésta te la hizo Kyosato —le dijo pasando un dedo por encima de la cicatriz vertical—, que era el prometido de tu esposa Tomoe —terminó trazando la cicatriz que la cruzaba.
Kenshin se separó de ella como si sus dedos quemaran. La miró horrorizado sin poder entender cómo esa mujer podía conocer su más profundo secreto. Su respiración se agitó mucho más de lo que ya estaba.
—¿Quién demonios eres?
—Somos tus amigos. Confía en nosotros… —le suplicó con los ojos empañados otra vez—. Has perdido los recuerdos de los últimos años de tu vida. Déjanos ayudarte para que los recuperes… por favor.
Kaoru hizo el amago de acariciarle el rostro, pero se contuvo y cerró la mano en un puño que posó sobre su regazo. Se había acostumbrado demasiado rápido a poder tocarle sin miramientos y otra vez debía controlar sus gestos hacia él. No sabía cómo iba a superar aquello; su Kenshin se había marchado y no sabía cuándo volvería… o siquiera si lo haría.
Kenshin la observó con atención para buscar la mentira en sus ojos. Pero por absurdo que pareciera aquello, esa mujer tenía que estar diciendo la verdad. Jamás le habría contado ese suceso de su pasado a nadie que no fuese de su total confianza. Era imposible.
Y por primera vez en mucho tiempo, dio un salto de fe.
—Dieciocho años —dijo al fin.
Kaoru cerró los ojos y se le derramaron las lágrimas contenidas. Se llevó una mano a los ojos e intentó reprimir los sollozos.
—Madre mía… —susurró Yahiko espantado—. Cree que tiene once años menos.
—Podría ser peor —replicó Sanosuke resignado—. Se inmiscuyó en la guerra con catorce años. Podrían haber sido más —dijo a modo de consuelo.
Sin embargo, en vista de los rostros de los allí presentes, era evidente que no había tenido mucho éxito con su intento.
Notas del fic:
*Bakufu o Shogunato: Fue el gobierno militar establecido en Japón con breves interrupciones entre finales del siglo XII hasta la Restauración Meiji de 1868.
*Ishin Shishi: Es el término por el que se conoce a una serie de activistas políticos japoneses de finales del periodo Edo. Eran defensores de la monarquía centralista Meiji y se oponían al feudalismo del shogunato, lo que dio lugar a la Restauración Meiji y la creación del estado moderno japonés. Sus enemigos eran el Shinsengumi.
*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.
— * —
Fin del Capítulo 2 - 5 Junio 2013
Revisión - 10 Abril 2018
