CAPÍTULO 3: Primeras impresiones


Comentarios a los reviews:

Estefi: Pues sí, hay que haber leído muchas veces el fic anterior para darse cuenta de los cambios XD. En general, sí que entiendo que puedas decir: «esta escena no me suena así» y cosas similares. Pero hay muchísimas cosas limadas que es más difícil que se vean sin más. En fin, espero que las disfrutes igual ;-D

Vivianabenavidescordova: Madre mía XD... Puedo entender que alguien que no lo haya leído antes pueda quejarse de la frecuencia de las actualizaciones. Pero ¿vosotras que decís que lo habéis leído varias veces? Si ya os lo sabéis, jajaja. Qué impaciencia XD

Gracias por vuestros reviews ;-D. Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 3: Primeras impresiones

El doctor Gensai había aconsejado que le fueran contando a Kenshin poco a poco los aspectos de su vida pasada. La tarde anterior, cuando despertó, apenas le habían puesto al día sobre los años transcurridos. A Kenshin le costó asimilar que la guerra había terminado, y más, confiar en que esas personas eran parte de su vida. Tenía una laguna del tamaño de un océano en la cabeza que albergaba los últimos once años. Y uno de esos años comprendía el final de la guerra en la que llevaba tanto tiempo luchando.

Le había desconcertado aquello, pero en verdad era incapaz de recordar lo último que había estado haciendo. Creía que lo último que recordaba era estar en la casa donde se hospedaba con sus compañeros rebeldes, pero no lo podía asegurar tampoco. Lo que sí tenía claro era que no recordaba ningún combate por el cual pudiera haber caído prisionero.

Después de hablar sobre algunas cosas de su vida actual, había empezado a recomponer poco a poco lo que recordaba de su vida. También en ella tenía grandes lagunas y —ya sin mucha sorpresa—, algunas de esas partes se las habían rellenado aquellas tres personas.

Kaoru, la que también había dado su propio salto de fe, le había soltado las manos para atender las heridas abiertas de su espalda. La joven lo estaba pasando especialmente mal. Como había dicho Sanosuke, ella y el niño eran su familia. Kaoru le había acogido en su casa mientras vagaba por Japón y había vivido allí durante meses. Yahiko era su discípulo y vivía también con ellos.

Sanosuke resultó ser su mejor amigo. Se había ido a casa bien entrada la noche, cuando al fin estuvo seguro de que Kenshin no sería una amenaza para Kaoru y Yahiko.

No sabía cómo proceder. Toda la situación le parecía increíble, pero su cuerpo daba muestras del paso del tiempo. Y lo peor de todo: que si lo que decían aquellas personas era cierto, había estado a punto de matar a los mismos que debía proteger con su vida.

¿Cómo podía haber ocurrido eso? Él seguía sintiéndose alerta como si estuviera aún en la guerra. Era como si su vida se hubiese parado en un año, el resto del mundo hubiera seguido su ritmo y, de repente, despertar con todos los cambios a su alrededor. Por la noche había estado a punto de salir a la calle a buscar a sus oponentes como un hábito arraigado en él. Se había quedado en su habitación sin saber qué hacer y preguntándose si no sería todo aquello más que una pesadilla.

Pero se había despertado en la misma casa. Aun así, a pesar de ver las evidencias físicas del paso del tiempo, no había podido evitar salir temprano para indagar y asegurarse de que no le habían engañado. Aunque las pruebas eran claras —pues en esos momentos, conocían su vida incluso mejor que él—, no conseguía quitarse ese sentimiento de extrañeza por todo aquello.

Sin embargo, nada más salir, había sido evidente que no se encontraba en Kioto. Kenshin no había estado en Edo lo suficiente como para reconocerlo por lo que veía, pero nada le sonaba.

Durante el corto reconocimiento, acabó en una calle de tiendas. En uno de los puestos había periódicos que indicaban que se encontraba en Edo —o Tokio, como se llamaba ahora—, en el año 11 de la Era Meiji. Por si necesitara más muestras, el vendedor le reconoció y le preguntó por su estado de salud.

—Es la comidilla del día —le dijo el hombre emocionado—. Todo el mundo habla de que apresaron a una banda de traficantes de esclavos gracias a usted y Sanosuke. Incluso ha salido en el noticiario —le informó a la vez que señalaba los periódicos para hacerle saber que se habían convertido en la noticia del día. Parecía mirarle con gran admiración mientras lo decía—. Es increíble que todavía pasen cosas como ésta —chasqueó la lengua con disgusto para después mirarle de arriba abajo como si estuviera dándose cuenta de algo—. Por cierto, según la noticia, dijeron que le había caído un piso encima, pero le veo de pie —añadió con extrañeza, como si aquello no pudiera ser posible—. ¿No debería estar descansando?

Ni siquiera sabía los detalles de su accidente, pero era obvio que la gente de allí estaba más al tanto que él mismo.

—Tengo algunas heridas, pero puedo andar —contestó de forma escueta.

Kenshin no estaba muy seguro de por qué le había respondido, pero era consciente de que había ciudadanos de la ciudad que le conocían. Aquel vendedor tenía que ser uno de ellos y de ahí que se relacionara con él como los conocidos que debían ser.

Se despidió del hombre y decidió no adentrarse más en la calle. No quería encontrarse con más gente conocida y desconocida a la vez. Era mejor volver al dojo*: el lugar que en esos momentos le parecía más seguro. Nada de lo que veía le resultaba familiar. De inicio, había considerado marcharse de allí, pero se había retractado en cuanto dio los primeros pasos fuera. Mientras no se familiarizara con su entorno y no supiera qué había hecho durante la última década, presentía que estaría más seguro con aquellos que se definían como sus amigos. Necesitaba saber en qué punto se encontraba su vida y para eso tendría que sacarles la respuesta para poder irse de allí cuanto antes. Incluso tensos como habían estado todos una vez que se habían comportado de forma civilizada, no había podido evitar darse cuenta de la vida hogareña que se respiraba en esa casa.

Le había erizado todo el cuerpo. La única vida hogareña que había conocido había sido con su esposa y se había jurado que no volvería a tener otra porque Tomoe ya no estaba con él. ¿Qué había pasado en esos once años para cambiar de idea? Era evidente que llevaba allí tiempo.

—¿Qué haces ahí pasmado?

Kenshin apartó sus ojos de la puerta de entrada que llevaba rato observando para encontrarse con Sanosuke. El hombre se acercó, con un aire despreocupado que no le engañó, hasta quedar a su lado, y después miró la puerta con atención.

—¿Por qué miras la puerta? ¿Le ocurre algo? —Kenshin no respondió y Sanosuke se giró hacia él—. ¿Qué tal te encuentras hoy?

—Igual que ayer —fue su parca respuesta—. Sigo sin recordar nada.

—¿Y por eso estás aquí fuera? —preguntó escéptico.

—He dado una vuelta por Edo, pero no tengo muchos recuerdos de por sí. Habré estado un par de veces aquí y, aunque recordara algo, seguro que la ciudad ha cambiado bastante —comentó.

—Yo tampoco soy de aquí, así que no puedo decirte cómo era antes. Pero sé que la ciudad ha cambiado mucho desde que se convirtió en la capital.

Kenshin asintió y traspasó la puerta en dirección a la casa.

—Me gustaría volver a Kioto. Allí todo será más familiar para mí.

Sanosuke negó con la cabeza.

—No te lo recomendaría.

Kenshin se detuvo en seco y se giró para verle.

—¿Por qué no? —preguntó con cierto tono amenazante y sus ojos dorados entrecerrados.

—La última vez que estuviste allí llevabas oculta tu cicatriz. —Kenshin cambió la expresión de amenaza por la de desconcierto—. Como tú mismo dijiste, eres demasiado reconocible para las gentes de Kioto. Cuando terminó la guerra desapareciste, pero aún permaneces en sus recuerdos como un asesino muy temido. No volviste a Kioto hasta que pasó el problema con Makoto Shishio.

En cambio, aquella gente no le había tenido miedo hasta ahora. Si no, no le habrían acogido en sus vidas. Kenshin le escrutó el rostro buscando la mentira en él, pero Sanosuke decía la verdad. Y lo que era peor: le demostraba una vez más que conocían su pasado muy bien. Makoto Shishio había sido su sustituto como asesino en la sombra. La gente normal como ellos no debería saber de su existencia.

—¿Qué sucedió?

Sanosuke decidió que la dosis diaria de conocimiento aquel día haría referencia al altercado de Shishio. Pero Kenshin descubrió que llamarlo altercado era quedarse corto.

Su predecesor había intentado dar un Golpe de Estado, había matado a Okubo —el último que quedaba vivo de los tres grandes líderes de la guerra—, intentado quemar la ciudad con un navío de combate y había juntado a diez grandes luchadores con los que se habían tenido que enfrentar para pararles los pies.

Kenshin no estaba seguro de qué le sorprendía más: si saber que los tres grandes líderes habían muerto ya cuando parecía ayer que había hablado con Katsura, o saber que, para acabar con Shishio —un hombre que había intentado derrocar al Gobierno por el que Kenshin aún sentía que batallaba— había tenido que completar su entrenamiento.

Era un maestro del «Hiten Mitsurugi Ryu» y ni siquiera lo sabía. Si fuese una mujer, gritaría por la impotencia, lo cual sería más saludable para él que el hecho de tener que controlar sus ganas de ir a cortarle la cabeza a alguien por esto. Para rematar, tenía una espada de juguete. ¿Una espada con el filo invertido? ¿En qué demonios pensaba su «otro yo de veintinueve años»?

Kaoru los localizó sentados en el suelo de madera. Iba vestida con ropa de entrenamiento y portaba un almohadón en las manos. Se la veía algo acelerada.

—¡Qué bien que has venido! —le dijo Kaoru a Sanosuke más alto de lo que seguramente pretendía—. Dentro de poco vendrán los chicos… Porque has venido por las clases, ¿verdad? —le cuestionó con suspicacia.

—En realidad, he venido por un montón de cosas: por Kenshin —empezó a enumerar con los dedos—, por vosotros, por vuestra seguridad, porque no he pegado ojo en toda la noche… Y sí, en algún puesto de todo eso están las dichosas clases —terminó de forma sarcástica.

—Genial —contestó ella haciendo caso sólo al punto que le interesaba. Se giró hacia Kenshin y titubeó—. Kenshin, ¿puedo pedirte un favor? —preguntó mientras apretaba el almohadón contra ella.

Él esperó a que le dijera qué quería, pero se dio cuenta de que esperaba su consentimiento.

Kaoru le tenía miedo.

—¿Qué quieres? —Su voz salió más abrupta de lo que pretendía y la chica se tensó.

—Esto… Verás… Los alumnos que vienen hoy esperaban que estuvieras allí —dijo con mucho cuidado estrujando el almohadón—. ¿Puedes hacer acto de presencia?

—¿Acto de presencia? —repitió sin entender.

La vio ponerse más nerviosa aún. Si seguía arrugando el almohadón, acabaría por romperlo.

—Es que… —Hizo una pausa—. Da igual, no importa. Ya pensaré en algo.

Antes de que pudiera darse cuenta, la joven se había marchado. Podía jurar que había huido de allí.

—Me tiene miedo —fue una afirmación.

—Cualquiera que hubiera estado ayer aquí lo habría sentido. ¡Por Dios, Kenshin! En estos momentos me considero el hombre más valiente del mundo sólo por estar sentado aquí —dijo con cierto tono de broma.

Kenshin le miró por unos largos segundos y después sonrió. Para Sanosuke aquel gesto fue un gran avance. Era una sonrisa que no le ponía los pelos como escarpias.

—Es extraño. Sé que la gente me tiene miedo. En Kioto es algo que me encuentro todos los días. Pero los compañeros con los que convivo no lo tienen. Nunca había vivido en un sitio donde la gente que me rodea me tuviese miedo.

—Hombre, esta situación es sólo desde tu accidente. De hecho, antes era al revés: cualquiera que se metiese con alguien de esta casa acabaría muy mal. Supongo que es sólo cuestión de tiempo hasta que nos acostumbremos al cambio.

Kenshin observó el lugar por donde se había ido Kaoru.

—¿Por qué me ha pedido que vaya a sus clases?

—Uff… Esa historia es un poco larga.

—Pues resúmela —le dijo cortante.

Sanosuke se irguió en el sitio e incluso se echó un poco hacia atrás ante un tono que percibió como de amenaza. Sin embargo, sólo necesitó de unos segundos para darse cuenta de que no parecía enfadado.

—Kenshin… Espero que no te moleste lo que te voy a decir pero, ¿siempre hablas así?

—¿Hablar, cómo?

Sanosuke hizo un gesto elocuente de «justo así».

—¿Siempre eres tan brusco? —Este Kenshin era el polo opuesto al extremadamente respetuoso vagabundo. No era de extrañar que cada vez que hablara pusiera nervioso hasta el más valiente—. Es como si estuvieras enfadado todo el tiempo.

—No lo estoy.

—Pues lo parece —contraatacó—. Y es bastante intimidante. Pero en fin, habrá que acostumbrarse —añadió con un suspiro para zanjar el tema—. Sólo quería aclararlo para no pensar de continuo que te estamos ofendiendo.

Kenshin no agregó nada más, ni replicó a su explicación.

—Kaoru perdió a todos sus alumnos en la época en la que te conoció —comenzó Sanosuke con la pregunta que le había hecho—. Un antiguo exalumno se hizo pasar por ti y creó disturbios en la ciudad. Quería que todos creyeran que Battosai era discípulo de la Escuela Kamiya.

—¿Por qué? —cuestionó desconcertado.

—Porque pretendían que Kaoru vendiera la propiedad para quedarse con ella —respondió—. De modo que denigraron la escuela para conseguirlo. Así que perdió a sus alumnos y ahora los únicos ingresos que obtiene son de las clases particulares que da en otros dojos.

»Ayer vinieron tres chicos preguntando por las clases y les motivó el hecho de que tú también participaras en ellas. Eres bastante popular en Tokio —agregó a modo de explicación.

Kenshin supo que decía la verdad en ese punto; sólo tenía que recordar la forma en que le había mirado el vendedor con el que había hablado más temprano.

—¿De qué forma iba a participar? Yo no enseño mi técnica.

—Eh… No… Verás… Es gracioso porque eres un maestro del «Hiten Mitsurugi Ryu» —comentó con nerviosismo—, pero… ibas a hacer de alumno también.

Kenshin le miró como si se hubiera vuelto loco. No pensaba aprender ninguna técnica nueva. Él ya conocía la mejor de todas y era condenadamente bueno en ella.

—¿Por qué iba a hacer yo una cosa así? —espetó con nada de tacto.

—Recuerda que es tu familia: harías cualquier cosa por ellos. —Kenshin resopló al oírlo. Se negaba en rotundo a hacer de discípulo y mucho menos de alguien cuyo nivel era muy inferior al suyo—. Pero creo que ahora no te estaba pidiendo eso —añadió rápidamente—. Sólo quiere que estés presente en las clases, a fin de cuentas, estás herido.

Llamaron a la puerta y acto seguido Megumi entró con aire preocupado.

—¡Ah, Kenshin, estás aquí!

—¡Tú! —Sanosuke se levantó como un rayo y se dirigió hacia ella—. ¿Se puede saber dónde estabas ayer?

Megumi se puso en actitud beligerante en un instante. Ni siquiera se habían saludado y ya estaban en guerra.

—¡No es de tu incumbencia, cabeza de pollo! —le insultó ella sin contemplaciones—. Y, además, ¿qué haces tú levantado tan temprano?

—Obviamente, ¡preocuparme por Kenshin! —respondió enfadado—. ¿Y dónde estabas tú cuando…? —Pero se detuvo al momento—. No, mira, por una vez, casi mejor que no estuvieras. Ya tuve suficiente con protegernos a Kaoru y a mí mismo.

Megumi frunció el ceño y escrutó a Sanosuke, para nada convencida de que hubiera reculado tan rápido.

—¿Protegeros de qué? —preguntó suspicaz. Él se limitó a apuntar con su dedo a un Kenshin bastante entretenido con el intercambio de palabras—. ¿De Kenshin? —se mofó ella—. El doctor Gensai me ha dicho que debido al golpe tiene una leve pérdida de memoria —comentó de forma neutra, aunque tras eso compuso una pícara sonrisa—. Pero de ahí a que te pongas tan nervioso como para echar al pobre anciano de la casa, hay un trecho —se burló la doctora—. ¿Qué? ¿Pensabas que no me enteraría? —rio sin contemplaciones.

—¿En serio sigue pensando que fue una leve pérdida de memoria? —reprochó Sanosuke incrédulo.

—Por supuesto —corroboró ella—. Tienes la cabeza tan dura que algo así es impensable para ti. Pero no es tan extraño que tras un fuerte golpe no se recuerde lo que ocurrió momentos antes —le explicó con condescendencia.

—¡¿Momentos antes?! —gritó Sanosuke—. ¡Kenshin se despertó creyendo que aún estaba en la guerra y que era el asesino Battosai! ¡Casi nos mata ayer!

Megumi le miró como si hubiera perdido el juicio y después suspiró resignada.

—Pero qué exagerado eres… ¿Cómo va a creer de pronto que es un asesino?

Sanosuke se cruzó de brazos y la observó con un claro semblante acusador.

—No lo sé; tú eres la experta. ¿Por qué puede pasar eso, Doctora? —enfatizó su rango para fastidiarla.

Megumi se encaminó hacia Kenshin, aunque acabó aproximándose con lentitud al ver su expresión. Dejó su caja de medicinas en el suelo de madera al lado de él.

—Vaya mirada tienes… ¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

Sanosuke se acercó y se sentó al otro lado de Kenshin.

—Por si no lo recuerdas, ésa —remarcó con toda la intención— es la mirada del asesino Battosai. Y está así desde que se despertó del accidente.

—¿Te duele la cabeza? —quiso saber para poder evaluarle. Retiró un apósito que tenía en la frente para revisar el estado de la herida y después miró la que estaba en la parte posterior de la cabeza—. ¿No recuerdas lo que pasó ayer?

Kenshin la miró muy fijamente.

—Al parecer, no recuerdo mis últimos once años —respondió Kenshin.

Megumi dejó de revisar la herida y le miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué has dicho?

—Que lo que te acaba de contar Sanosuke es cierto —le aclaró—. Incluido el incidente de considerarles mis enemigos.

—Eso es un eufemismo de lo que en realidad sucedió ayer —recriminó Sanosuke.

Megumi pasó sus ojos de Kenshin a Sanosuke y vuelta.

—¿Me estáis tomando el pelo? Porque no tiene gracia.

—Pues pregúntale a Kaoru la gracia que le hizo que Kenshin quisiera matarla.

Megumi estudió a Kenshin como si fuese la primera vez que le viera y rechazó la idea.

—Eso es imposible. Si lo hubieses dicho sólo por ti, todavía. Es fácil tomarte por un delincuente —resopló la mujer—. Pero ¿a Kaoru? ¿Por qué le haría algo a ella? —negó con la cabeza y retomó su revisión—. En serio, Kenshin, ¿qué es lo que recuerdas?

—Ya te lo he dicho —dijo con voz más fría—. Y no me gusta que me tomen por mentiroso.

—Vamos, hombre… —intervino Sanosuke al momento para relajar el ambiente. Kenshin era demasiado susceptible en aquel estado. No parecía que le gustaran mucho las bromas—. Entiende que es difícil de asimilar. Ella también es una amiga nuestra, ¿verdad, Megumi?

La expresión de Kenshin se suavizó poco a poco, aunque, si lo pensaba bien, hasta que no empezara a distinguir quiénes eran amigos de los que no, no podría evitar estar a la defensiva.

Megumi asintió desconcertada.

—Kenshin, ¿en verdad no sabes quién soy?

—No sabe quiénes somos nadie —respondió Sanosuke por él—. Se ha quedado en algún punto de cuando tenía dieciocho años.

—¿Lo dices en serio? —replicó con la boca abierta—. Es increíble. Nunca me había encontrado con un amnésico.

—¡Eh, doctora! No se te ocurra contemplar a Kenshin como a un experimento.

—¡No pienso hacer algo así con él! —repuso ultrajada—. Si te hubiera pasado a ti, por supuesto. Sería interesante estudiar cómo alguien sin cerebro puede quedarse sin memoria. Pero Kenshin no se parece en nada a ti.

Con gran dedicación, Megumi se puso a atenderle y molestó en el proceso a Sanosuke. Sabía que le fastidiaba que a Kenshin le curara con más delicadeza que a él.

—No le trates con esas confianzas —le exigió el joven al ver que empezaba a mostrar las artimañas habituales.

—Yo no me quejo —intervino al instante el aludido con una sonrisa perversa.

—¿Lo ves? A él no le importa —le dijo con mordacidad, y fijó el último apósito de la espalda.

—Para nada —estuvo de acuerdo Kenshin mientras se cubría con la ropa—. Al parecer tengo a una bella doctora a mi disposición. Desde luego, es un gran cambio frente al viejo de ayer. Debo ser un hombre muy afortunado en esta época.

Megumi se separó en el acto de él y su rostro pasó del pálido habitual a un rojo intenso. Kenshin jamás había respondido a sus provocaciones y por eso se quedó sin saber qué decir.

—Te lo dije —le recriminó Sanosuke—. Este Kenshin no está acostumbrado a tus seducciones.

La doctora abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Cuando salió del estupor, se puso a recoger su botiquín con diligencia. Kenshin no perdía ojo de cada movimiento.

—Será mejor que vaya a saludar a Kaoru.

Y se marchó apresurada.

Kenshin siguió la espalda de la mujer hasta que la perdió de vista. Cuando regresó su atención a Sanosuke, éste le miraba con cara de muy pocos amigos.

—¿Qué haces?

—¿En serio lo preguntas? ¿Acaso no has visto a la misma mujer que yo? —se burló el pelirrojo. La doctora era una belleza andante.

—Por supuesto que la he visto. El problema es lo que tú ves ahora. —Sanosuke se cruzó de brazos en actitud beligerante—. Escúchame bien. Megumi ya sufrió bastante por tu rechazo. Aunque siga con sus tretas, ella ha pasado página. No se te ocurra remover las cenizas porque sólo la harías sufrir otra vez.

—¿La rechacé? —cuestionó con cierta sorpresa, para después lanzar un suspiro satisfecho—. Entonces, imagino que en este aspecto las cosas nunca cambiarán por muchos años que pasen.

—¿Qué aspecto? —preguntó confuso.

—El matrimonio —contestó contundente—. Si es doctora, tiene que pertenecer a una buena familia. Así que entiendo que ella querría casarse. Pero Tomoe es y siempre será la única mujer en mi vida. Ninguna otra tiene cabida en ella.

Kenshin ya había estado casado y no pensaba volver a estarlo. La única mujer a la que había querido era Tomoe. El resto sólo eran meros entretenimientos para desahogarse de los duros días de la guerra, pero no pasaban de ahí. Nunca volvería a haber otra mujer en su corazón.

—En realidad, no fue eso lo que sucedió —negó Sanosuke con semblante serio. La determinación con que lo había dicho le había preocupado. Iba a ser otro golpe más para Kaoru—. De hecho, ni siquiera tiene una familia que la coaccione para casarse, por si piensas que la rechazaste por eso. Es sólo que nunca te habías fijado en ella.

—Eso no es posible. Tendría que estar ciego para no haberme fijado.

—Estabas pendiente de otra… otras cosas… —corrigió al momento. Sanosuke no estaba seguro de que fuese lo mejor decirle a un Kenshin celoso de su esposa que, hasta el día anterior, estaba con otra mujer—. Y como te he dicho, ella ya ha pasado página, así que no se te ocurra revolver eso ahora.

Kenshin le ignoró y miró el lugar por dónde se había ido.

—¿Una mujer como ésa y sin familia? —valoró para él mismo—. ¿Por casualidad no sabrás si ha tenido otros…?

—¡Eh! —Sanosuke le cogió del brazo con brusquedad, lo que hizo que obtuviera toda su atención.

Sabía perfectamente por dónde iba. Que una mujer no tuviera familia no implicaba que fuese una prostituta, pero tampoco preocupaba si llegaba virgen o no al matrimonio. No tenían que rendir cuentas más que a ellas mismas, por lo que no era extraño que hubieran mantenido alguna relación en el pasado.

Pero por eso mismo, tenía que dejarle bien claro que, a pesar de su fachada seductora, Megumi no era la clase de mujer que tenía amantes.

—Megumi es una buena mujer —le advirtió amenazante—. Déjala en paz.

La ligera diversión de Kenshin a costa de sus lascivos pensamientos se borró al momento y bajó sus ojos dorados a la mano que le sujetaba con tanta fuerza.

—¿Se te ha quitado el miedo de golpe, Sanosuke? —soltó con sarcasmo sin mirarle a los ojos. Dio un gesto brusco con el brazo y escapó de la prisión de su mano—. Hombre, sólo tenías que haberlo dicho antes en vez de dar tantas vueltas —comentó con una sonrisa sardónica—. No me gusta pisar en el terreno de otros hombres. No te preocupes.

Sanosuke resopló más que suspiró. Kenshin se levantó e hizo unos pequeños gestos de desentumecimiento de los hombros, pero acabó por quejarse a causa de las heridas de la espalda. Se volvió a poner recto.

—Entonces, ¿con hacer acto de presencia valdrá? —retomó el tema anterior. Sanosuke había perdido el hilo por completo y tardó unos segundos en darse cuenta de que habían vuelto al tema de las clases.

—Sí, supongo que sí —afirmó el joven luchador.

En realidad, le costaba ver a este Kenshin entrenando en el dojo como si fuese un alumno. El vagabundo era muchísimo más desenfadado y amigable que el asesino. Era increíble que fuesen parte de la misma persona.

Kenshin se encaminó hacia el dojo. Al llegar a la puerta, Megumi salió y se chocó contra ellos. Apenas le miró y se despidió con un ligero murmullo. Kenshin la observó alejarse mientras dejaba escapar un suspiro.

—Es una pena… —se lamentó—. Espero que sea verdad que eres mi mejor amigo porque es una gran concesión la que te hago.

—¿Qué concesión? —preguntó con curiosidad Yahiko, el cual se encontraba en medio del dojo con su espada de bambú. Parecía que había interrumpido la preparación de la clase entre maestra y primer discípulo.

Kenshin miró subrepticiamente a Sanosuke, quien hizo un gesto de negación con la cabeza casi imperceptible. De modo que dedujo que los demás no estaban al tanto de los sentimientos de su nuevo amigo y decidió desviar la atención.

—No es nada. Sanosuke acaba de decirme que un amigo suyo está interesado en la doctora, así que debo mirar para otro lado.

Se hizo un silencio ensordecedor y Kenshin tuvo la sensación de que había dicho algo que no debía. Pero estaba seguro de que no había revelado las intenciones de Sanosuke con la doctora.

—¿Hablas de Megumi? —preguntó un muy extrañado Yahiko.

«¡¿Y de quién, si no?!», replicó exasperado en su mente. Claro que el que le había preguntado sólo era un niño, por lo que era muy probable que no apreciara a la mujer con una perspectiva diferente a la familiar.

Kenshin decidió no hacer caso de aquella conversación absurda. Era evidente que se le escapaba algo por la falta de sus recuerdos.

Dejó escapar el aire con un suspiro y se adentró en el dojo revisándolo con ojos críticos. Era un recinto amplio para albergar a un número considerable de alumnos. En uno de los laterales vio una pequeña tarima donde podría sentarse.

—Aún tengo la espalda dolorida como para hacer movimientos bruscos. Me quedaré ahí y os observaré dar la clase —dijo señalando a la tarima—. Con eso será suficiente para los nuevos alumnos, ¿cierto?

Kaoru asintió, pero estaba tensa como la cuerda de un arco. Anduvo hacia la parte de atrás, cogió el almohadón que había estrujado cuando fue a pedirle que estuviera presente en las clases y lo llevó a la tarima. De modo que el almohadón era para que se sentara él.

—Voy a esperar en la puerta a que lleguen los nuevos alumnos. Vuelvo enseguida.

Y se marchó de allí con una expresión pétrea en el rostro. Le siguió otro silencio ensordecedor. Tanto Sanosuke como Yahiko tenían un semblante preocupado. Kenshin decidió ignorarles. Aquello de no tener memoria ya no sólo era desquiciante por no saber de su vida; encima parecía que no podría hacer nada sin ofender a alguien.

Se sentó en el almohadón y, al cabo de pocos minutos, aparecieron tres chicos en la puerta, aunque no había rastro de Kaoru.

—¡Vaya! —exclamó uno de los chicos cuando vio a Sanosuke—. ¿Tú también vas a aprender la técnica?

—No, estoy aquí para ayudaros a incorporar algunas técnicas de combate cuerpo a cuerpo.

No lo había ensayado, pero le había quedado una explicación razonable, se enorgulleció de sí mismo Sanosuke. Tomó una postura relajada contra la pared, al lado de la puerta del dojo.

—No sabía que daríamos clases de lucha también —se emocionó otro de los chicos—. Esto sí que le iba a interesar a mi hermano.

Mientras esos dos chicos se entusiasmaban cada vez más con Sanosuke, el tercero miraba sin dar crédito a Kenshin. Les dio unas palmadas en el brazo a sus amigos para atraer su atención.

—Fijaos… El señor Himura está de pie. —El chico estaba alucinado—. Mi padre nos dijo ayer por la noche que le había caído un edificio encima.

—¡Es cierto! Mi madre nos lo ha contado esta mañana, también —dijo otro.

—Por lo que veo, ayer me hice famoso —comentó Kenshin irónico. No podía creerse que algo así estuviera en boca de toda la ciudad. ¿Cómo había ocurrido aquel incidente para que tomara esa relevancia?

—Bueno, Kenshin —dijo altanero Sanosuke—. Debes reconocer que ha sido de las más sonadas que has hecho por aquí: meterte en una pelea donde hubo explosiones que se tuvieron que escuchar incluso fuera de Tokio, detener a una banda muy numerosa de traficantes de niños, y sobrevivir junto con una cría al desplome de un edificio sobre vosotros. Para cuando acabe el día, no habrá nadie de Tokio y alrededores que no esté enterado —se jactó el luchador—. Por cierto, chicos, ¿no estaba Kaoru en la entrada?

—No, no estaba allí —contestaron confusos.

—Será mejor que vaya a buscarla —se ofreció de inmediato Yahiko—. Habrá ido a por alguna cosa.

Pero el chico sabía que no se había olvidado nada. Había salido del dojo disgustada, aunque no lo demostrara. Se dirigió a su habitación, pero no estaba allí. Kaoru ya había sufrido suficiente el día anterior; no se merecía eso de Kenshin. Aunque Yahiko sabía que él no era consciente de las consecuencias de sus actos, no dejaban de ser dolorosos.

Era la primera vez que había oído a Kenshin referirse a otra mujer con interés más allá del amistoso. Sabía que Megumi había estado enamorada de él y, aunque no hacía bromas con ella presente, la utilizaba a sus espaldas para incordiar a Kaoru. Pero era algo que hacía porque sabía que Kenshin no tenía interés en Megumi. Sin embargo, hasta que no formalizaron su relación, Kaoru siempre se había sentido muy insegura al compararse con la doctora.

Aquel comentario hecho tan a la ligera por Kenshin debía haberle sentado como una cuchillada. Yahiko no podía llegar a comprender la fuerza de aquellos sentimientos, pero sabía que eran muy fuertes. Habían hecho que Kaoru se consumiera de tristeza cuando Kenshin se marchó a Kioto, del mismo modo que hicieron que éste perdiera sus ganas de vivir cuando creyó que Kaoru estaba muerta.

No podía ni empezar a imaginar cómo debía sentirse Kaoru en esos momentos. El Kenshin que conocían y que ella tanto amaba se había esfumado; y el que quedaba, aparte de intentar matarles, ahora se interesaba por su eterna rival en el amor.

Se quedó en silencio y meditó sobre dónde podría estar. Al final, oyó unos sollozos que provenían del baño. Deslizó con cuidado la puerta y se encontró a Kaoru llorando.

Odiaba verla así.

—Kaoru… —Ella se incorporó y se retiró las lágrimas de la cara—. ¿Estás bien? —Era una pregunta estúpida, pues era obvio que no lo estaba—. Han llegado ya los nuevos alumnos.

Kaoru asintió, pero le volvieron a caer más lágrimas.

—Voy enseguida. ¿Puedes entretenerles un par de minutos? —le pidió la mujer sin poder contener las lágrimas.

Yahiko se acercó y la cogió de la mano en apoyo. Ella se la apretó muy acongojada.

—No debes tenérselo en cuenta —intentó consolarla el chico. Ni siquiera consideró el hacer ver como que no sabía por qué estaba así—. Kenshin no es consciente de lo que dice, pero sé que pronto empezará a verlo todo más claro.

Kaoru le acercó a ella y le abrazó, necesitada de consuelo y un hombro sobre el que llorar, aunque ese hombro fuese más bajito que ella.

—Gracias, Yahiko.

El niño se abrazó a ella y vio la profunda tristeza que la embargaba, lo que le afectó a él por extensión.

—No me des las gracias. Sé que será así —replicó con plena convicción—. Kenshin te quiere; siempre te ha querido. Aunque ahora no te recuerde, volverá a enamorarse de ti. Sé que será así —repitió más convencido aún—. No estés triste; estáis hechos el uno para el otro. Sólo tienes que darle tiempo.

Kaoru se sentía tan desdichada desde el accidente que no podía ver las cosas con el optimismo de Yahiko. Para ella, toda su vida se había torcido y no conseguía ver la luz al final del túnel. No llevaba cumplido ni un día entero y todo se le hacía cuesta arriba.

Abrazó con fuerza a Yahiko. Porque, aunque agradecía sus consoladoras palabras, para su desgracia, ella no era capaz de verlo tan claro como él.


Notas del fic:

*Dojo: Lugar de entrenamiento.


— * —


Fin del Capítulo 3 - 7 Junio 2013

Revisión - 19 Abril 2018