CAPÍTULO 4: Confrontaciones
Comentarios a los reviews:
Kaoruca: Si te soy sincera, a mí, al principio del fic, Kaoru no me da tanta pena. Entiendo que es un momento traumático, pero tiene bastante poca consideración con Kenshin. Como si la culpa fuese de él, en vez de ser la víctima principal. Eso es algo que estoy intentando mejorar en la actualización porque ya vi que la gente no lo percibió igual que yo. En mi cabeza, Kaoru se portó muy mal con Kenshin; con un nivel de empatía cercano a cero. De ahí que él optase por marcharse. Y bueno, en este capítulo se nota más eso.
HimeVampireChan: Bueno, pues espero que te guste la revisión de este fic ;-D . Y lo que le decía a Kaoruca: ¡Kenshin es la víctima! ¿Veis por qué tengo que arreglar eso? T_T El que está amnésico es él y sin embargo os da pena el resto. Imagina cómo te sentaría a ti despertarte tras un accidente con media vida olvidada y que los que te rodean estén comparándote con otro y diciendo que en la versión actual eres un «capullo». Pobrecito mío T_T, es un incomprendidooooooo T_T
Ovosommnes: Sí, he hecho bastantes modificaciones, así que pensé que sería bueno republicar el fic. Espero que os guste ;-D
Estefi: Tranquila, que no lo dejo. Además, si te lo sabes de memoria XD
Gracias por vuestros reviews ;-D. Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste ;-D
CAPÍTULO 4: Confrontaciones
—Oye, Kenshin, ¿has pensado qué vamos a contar a la gente? —preguntó Yahiko, quien se encontraba sentado a su lado mientras veían cómo Kaoru preparaba la comida.
En el poco tiempo que llevaba allí —o más bien, el tiempo que llevaba en aquella casa su nueva memoria—, había ido percibiendo las distintas sensaciones que cada una de las tres personas que se decían sus amigos le reportaban.
Yahiko, por ejemplo, le relajaba. El chico era el que menos inhibiciones tenía con él. Kenshin llegó a considerar que el muchacho no terminaba de encajar que para él era un completo desconocido. Pero en vez de molestarle ese trato tan cercano, aquello había hecho que se encontrara más a gusto cuando se relacionaba con el chico. Yahiko le hablaba como si continuaran la conversación del día anterior. No parecía intimidarle y eso le reconfortaba.
No sabía muy bien qué demonios se pensaba aquella gente que era. Le trataban como si por un mal comentario les fuese a cortar en dos; como si no tuviera ningún control a la hora de discernir quién vivía y quién moría. Cierto era que no tenía impedimentos a la hora de matar, pero a guerreros contrarios a su lucha, objetivos políticos, criminales... No andaba loco por Japón manchando su espada de sangre inocente.
—Es cierto —le dio la razón Sanosuke—. Hay que pensar si vamos a revelar que has perdido la memoria o vamos a hacer como que te encuentras bien.
Con Sanosuke, en cambio, estaba sufriendo un proceso de toma de confianza por ambas partes. Decía ser su mejor amigo y era obvio que era una gran fuente de información. Además, Sanosuke parecía que poco a poco empezaba a llegar a la conclusión de que no le haría daño por levantarse con mal día. Se había dado cuenta de que a lo largo de la mañana se había ido mostrando más abierto con él y cada vez metía más bromas en sus conversaciones. Por la forma en la que hablaba con él, entendía que su «yo de veintinueve años» —o su «otro yo» para abreviar— apreciaba más sus comentarios de lo que lo hacía él, pero era un avance. Todo apuntaba a que diez años después de la guerra, había incorporado un mayor sentido del humor a su personalidad.
Era extraño conocer a una persona a la que, al parecer, incluso había confiado su propia vida. La última vez que lo había hecho con un compañero de armas había resultado ser un traidor. No había vuelto a confiar hasta ese grado en nadie. Pero tenía que reconocer la utilidad de tener a alguien así en su vida en un caso de necesidad como era aquél; una persona de la que podías fiarte ante lo que pudiera pasar y saber que velaría por ti.
—Hay que considerar varias cosas —intervino Kaoru mientras avivaba el fuego—. Si no decimos nada, es fácil que Kenshin caiga en contradicciones. Hay gente de Tokio que le conoce bastante bien. Tienes a Tae, a Tsubame, al comisario… —nombró algunos para ponerlos de ejemplos—. Pero incluso si excluyéramos a esas personas, a Kenshin le conoce mucha gente: vecinos, policías, vendedores, conocidos con los que coincide habitualmente por la calle… Es mucha gente —concluyó. Kaoru sacó dos pescados que ya parecían estar hechos y los puso sobre una bandeja. Cogió otros dos y los colocó sobre el fuego—. Pero si se extiende la noticia de que Kenshin ha perdido la memoria…
No continuó y cerró los ojos como si fuese un pensamiento amargo.
Kaoru era, con diferencia, con la que más incómodo estaba. Y era más por ella que por él. Se mostraba muy tensa a su lado y parecía elegir cada palabra que le decía. Era evidente que antes del accidente debían llevarse bien. Era imposible, de no ser así, que le acogiera en su casa durante tanto tiempo.
Kenshin era muy hábil en sentir las emociones de los que le rodeaban. De hecho, aquélla era una piedra angular de su técnica para prever los movimientos de sus adversarios. Por lo tanto, mientras que Yahiko se comportaba con él como si nada y eso hacía que estuviera relajado, con Kaoru era justo lo contrario.
—¿Qué? —la instó Kenshin para que continuara con lo que pensaba. Pero Kaoru no siguió en su exposición.
—Habría gente que podría aprovecharse de eso —contestó Sanosuke por ella—. Si hay que ser sinceros, la gente más peligrosa con la que nos hemos topado eran luchadores que conocías de tu pasado. Por lo tanto, es bastante probable que les reconocieras incluso ahora puesto que conservas recuerdos de la guerra —explicó Sanosuke meditativo—. Pero eso no quiere decir que no hayan aparecido oportunistas de vez en cuando con la intención de pelear contigo y arrebatarte el título del más fuerte.
—Eso no es algo que me inquiete —comentó Kenshin con suficiencia—. Si quieren pelea, que se preparen. —Su tono fue más divertido que preocupado. Como bien pudieron comprobar los tres, al Kenshin de ahora le entretenían las luchas, mientras que el anterior las había esquivado en la medida de lo posible.
—Ya, pero si saben que has perdido la memoria, podrían intentar engañarte y alegar que son conocidos tuyos. No tienes recuerdos como para identificar a quiénes conoces y a quiénes no.
—No tenéis que preocuparos por eso. No tiendo a confiar en la gente que se me acerca. —Tres pares de ojos le observaron con expresión cautelosa—. No me miréis así. Si no fuese porque todo indica que vivía en esta casa, ahora mismo no estaría aquí sentado.
Se hizo un breve silencio sólo roto por el chasquido de la leña del fuego. Sanosuke volvió a hablar.
—A menos que Kenshin se quedase recluido en la casa, es imposible que no acabe por saberse. No recuerda ni los nombres de las personas con las que se ha tratado hasta ahora —argumentó ante un hecho evidente—. Si va por la calle, habrá gente que le hable y pueda hacer referencia a conversaciones que hayan mantenido y de las que él no tendrá ni idea. ¿Y cómo va a actuar Kenshin entonces?
—La gente podría pensar que tiene algo contra ellos o que le han ofendido de alguna forma si de pronto no les habla o siquiera les saluda al cruzarse por la calle —dijo Yahiko mientras se levantaba a coger uno de los pescados cocinados.
—No es algo que me preocupe —resopló Kenshin ante la desmesurada inquietud por sus relaciones sociales.
—Quizás a ti no, pero al Kenshin de ayer, sí le molestaría —replicó Sanosuke—. Y la idea no es que recuperes la memoria para ver que en tu convalecencia te has cargado la vida que habías construido.
Kenshin puso los ojos en blanco de exasperación por semejante dramatismo.
—Pero si se extiende la noticia de que no recuerda nada, será vulnerable a…
—Kaoru, sin ánimo de ofender, pero él es muy capaz de cuidar de sí mismo. —Sanosuke se levantó de su sitio y cogió el otro pescado que quedaba—. Sinceramente, el que se defienda es lo que menos me preocupa de todo. Me inquieta más que pueda caer en los tejemanejes de alguien o que, sin pretenderlo, acabe ayudando en los objetivos de algún lunático.
—Sanosuke, sin ánimo de ofender —le imitó en tono burlesco Kenshin—, no he llegado a ser quien soy cayendo en los tejemanejes de la gente —repuso empleando la misma palabra que había utilizado él.
Sanosuke le miró durante unos instantes sin pronunciar palabra y después soltó un suspiro.
—Tienes razón —dijo con una media sonrisa—. No creo que sea necesario pregonarlo. Con no omitir la verdad bastará. El rumor se extenderá solo —terminó de forma sarcástica y le hincó el diente a su comida. Acto seguido, suspiró: acabarían todos en el hospital como Kenshin no volviera a cocinar en breve.
Kaoru sacó los otros dos pescados del fuego y los puso en la bandeja que había quedado vacía. Con un cuenco de agua apagó las ascuas y sirvió los dos pescados para Kenshin y para ella.
Nada más probarlo, no pudo evitar mirar a Sanosuke y a Yahiko con sospecha, pero ninguno dio muestras de que el pescado tuviera mal sabor. Era la primera comida que tomaba cocinada por la chica. La noche anterior, con tanto movimiento, no habían cenado; y por la mañana, se había levantado el primero, se había puesto un té con unos panecillos que había encontrado y se había marchado a la ciudad.
—Sé lo que estás pensando, Kenshin, y no, no es el pescado. No se me da bien cocinar —confesó Kaoru.
Pero no era eso en lo que pensaba. Sabía perfectamente que no era cosa del pescado. Era la forma en la que estaba cocinado.
—No pasa nada —la tranquilizó. No quería ser descortés con la mujer que le había acogido en su casa.
—Por lo general, cocinas tú —le dijo el chico mientras daba cuenta de su plato—. Y lo haces muy bien.
—¿Yo cocino bien? —se extrañó mucho Kenshin. Él no había vuelto a preparar la comida desde que estuvo en la cabaña de su maestro.
—No me digas que eso es algo que aprendiste después —se quejó Sanosuke ante tan mala noticia. En verdad iban a acabar en el hospital por una indigestión.
—No he vuelto a tocar un fuego desde que salí de la casa de mi maestro.
Yahiko hizo una mueca de dolor ante la revelación y Kenshin le miró con cierta pena. Pero él ya no podía imaginarse haciendo las tareas de una casa. Era cierto que, cuando estaba a cargo de su maestro, habían tenido que realizar las labores de la casa. Pero desde que se había unido a la guerra, vivía en casas de huéspedes. Y, por supuesto, cuando estuvo casado, Tomoe se encargaba de aquellas cuestiones como era su deber.
—De todas formas, no veo bien que lo hiciera por ella. Kaoru debe aprender a hacer estas tareas, a fin de cuentas, tendrá que casarse, y no las va a hacer el marido —afirmó con simpleza algo que era por todos sabido.
Los tres dejaron de comer y le observaron en completo silencio. Incluso Kaoru —la cual no había levantado la vista de su plato desde que lo había cogido— le miró con una nueva luz… una luz apagada, todo había que decirlo.
—No te preocupes, Kenshin —dijo sin inflexión en la voz—. No voy a casarme.
—Eso lo piensas ahora. Pero cambiarás de parecer cuando conozcas a alguien.
Le miró unos segundos y, sin contestarle, siguió con su comida. Kaoru empezaba a ponerle nervioso. Era como si cualquier cosa que dijese la hiriera. ¿Cómo había sido el trato que tenían antes del accidente? O, mejor dicho, ¿cómo se las había arreglado su «otro yo» para tratar con ella sin que se ofendiera por todo? Kaoru era una mujer muy extraña. Por cómo se había desenvuelto con los otros dos, podía hacerse una idea de cómo había sido la relación con ellos; pero puesto que Kaoru le esquivaba, no podía determinar cómo se habían llevado.
Sanosuke sólo le había dicho que era su mejor amiga y que se cuidaban mutuamente. Pero en aquellos momentos era como si no pudiera tenerle cerca. También él era su mejor amigo y habían limado las asperezas enseguida.
Quizás tendría que hablar con ella en cuanto encontrara un rato adecuado. Si no conseguía relajar los ánimos, se marcharía de allí. No iba a quedarse en una casa donde ya no era bienvenido.
Yahiko se fue al poco de terminar de comer. Trabajaba en el Akabeko, que según le comentaron, era el restaurante de una amiga de Kaoru. Aquél era el motivo por el que habían comido tan pronto, a lo cual él no había puesto objeción ya que también había desayunado muy temprano.
La mañana se había desarrollado sin incidentes. Los tres nuevos alumnos de la escuela parecían muy satisfechos de tener una maestra de kendo. Kaoru era paciente con ellos y les había enseñado las katas básicas. Sin estar pendiente de él, Kenshin había visto a otra Kaoru durante las clases: una más relajada y mucho más natural. Era uno de los tantos indicativos por los que sabía que Kaoru estaba muy perturbada por su presencia.
Sin embargo, por más que había intentado rebuscar en su memoria durante el desarrollo de las clases, no había conseguido dar con nada. Tenía un vacío desesperante en su memoria. Ni un mínimo indicio de cualquier cosa que aportara luz a aquellos años de recuerdos desaparecidos. Nada. Ni de ellos, ni de lo poco que le iban contando de su vida… Nada.
Aquel maldito accidente le había arrebatado once años de su vida y le había creado lagunas en los años que conservaba. Si hubiera habido un responsable, a ése sí que le habría cortado en dos.
Sanosuke, que por las tardes solía quedar con sus amigos, se marchó al cabo de un rato y con él, desapareció Kaoru por la casa. Estuvo una hora entera aburrido sin nada que hacer y fue entonces cuando se dio cuenta de que no sabía en qué invertir su tiempo.
Se le hacía extraño pensar que se encargaba de las tareas domésticas, pero si atendía al hecho de que no parecía tener entretenimientos fuera de la casa, debía comenzar a darle crédito a esa idea. No tenía un grupo de amigos, como sí lo tenía Sanosuke; ni participaba en actividades que proporcionara la ciudad. No estaba acostumbrado a tanto tiempo de ocio. Siempre tenía cosas que hacer: si no era una misión, mantenía reuniones, y si tampoco hubiera de éstas, se entretenía con sus compañeros de armas.
De modo que fue en busca de Kaoru. No habría mejor momento que aquél para intentar aclarar las cosas. Se la encontró en su habitación con un cuaderno y dibujando sobre él.
—¿Puedo hablar contigo?
—Claro. —Ni siquiera le miró.
Kenshin se sentó frente a ella. Pasó la vista por encima del papel y se dio cuenta de que dibujaba un boceto de un yukata* de hombre.
—¿Qué haces? —preguntó para romper el hielo.
—Son las medidas para tu nuevo yukata. Quiero ir mañana a comprar la tela.
Kenshin echó un vistazo al que tenía. No sólo no le gustaba aquel color, sino que, además, parecía tener muchas historias que contar. Tenía cantidad de remiendos; era evidente que había visto tiempos mucho mejores.
—Me alegra saberlo; este color es demasiado llamativo para mí —comentó con tono desenfadado, aunque no consiguió que se destensara. Kaoru siguió con sus trazos sobre el papel—. Siento lo de ayer —se disculpó él. Aquélla debía ser la mejor forma de empezar: disculpándose por haberla querido matar. ¿En serio le extrañaba que estuviera molesta? Suspiró—. Sabes que no voy a hacerte daño, ¿verdad?
—Lo sé —contestó ella de forma escueta.
—Está bien que lo aclaremos porque parece que me tuvieras miedo.
—No te tengo miedo —le contradijo.
Kenshin no estuvo seguro de creerla. Si no le tenía miedo, ¿por qué le trataba con tanta cautela? Empezó a considerar la posibilidad de que en realidad su amistad se trazara de esa forma, aunque no se veía teniendo que convivir con alguien con aquella inquietud todo el día.
—¿No nos llevábamos bien antes?
Por fin, Kaoru levantó la vista del papel y le miró, pero tras unos segundos, retomó la tarea.
—Claro que nos llevábamos bien —matizó la chica.
—No lo parece. ¿Hay algo que debiera saber?
Kaoru dejó el cuaderno sobre su regazo y le observó con atención.
—Eres otra persona para mí —soltó de repente—. No sé muy bien cómo tratarte. Es como si hubieras perdido el filtro del vagabundo, el cual sí era mi amigo.
—¿Qué? —Kenshin se quedó desconcertado. ¿A qué se refería con eso del «filtro del vagabundo»?
—Tu forma de responder a las cosas es muy distinta. Eres mucho más directo y brusco. Y sin contar con que tienes menos consideración con la gente.
«Pues ahí está la supuesta mujer acobardada», pensó con incredulidad. Era evidente que su sospecha de que le tenía miedo era errónea.
—Te comportas como si cualquier cosa que te digamos o pidamos fuese a sentarte mal —siguió con sus reproches sin amilanarse—. Kenshin siempre estaba dispuesto a colaborar en todo; siempre con una palabra amable. —Kenshin omitió el comentario de que él seguía siendo Kenshin—. Era muy respetuoso con todo el mundo y no te ponía los pelos de punta cada vez que hablaba. Eres muy frío y…
—Vale, me hago una idea —la interrumpió con brusquedad.
Kaoru resopló y volvió a coger su cuaderno para seguir con el boceto. Kenshin se había empezado a sentir bastante ofendido a mitad de la reprimenda, pero era culpa suya por preguntar. Si no quería oír determinadas cosas, mejor que no preguntara.
Kaoru no volvió a abrir la boca y se centró en el dibujo.
—Siento si te parezco menos cordial, pero la vida que llevo no es un juego. Hay poco sitio para las bromas.
Kaoru dejó de nuevo el cuaderno en su regazo y contratacó:
—Sé que la vida que recuerdas es dura y que por eso no tienes otra perspectiva más positiva como la que adquirió «Kenshin, el vagabundo». —Él entrecerró los ojos al volver a oír esa expresión—. Pero estoy segura de que el «asesino Battosai» tampoco se comportaba como lo haces tú. No me puedo imaginar a Kenshin queriendo matar a una mujer o a un niño, algo que tú intentaste ayer —le acusó con toda intención.
Kenshin se tensó ante sus palabras y no supo cómo reaccionar. Él no mataba ni a mujeres ni a niños, pero había creído que eran enemigos que pretendían matarle a su vez y se había defendido. Sin embargo, ese reproche se le había clavado porque en aquel momento no había dado opción a otras consideraciones y eso casi había llevado a que matara a los que decían ser sus amigos.
Kaoru interrumpió sus cavilaciones al continuar con su extraña exposición.
—Te he visto salir más veces, pero nunca habías llegado a hacer nada semejante. Supongo que era por la presencia del vagabundo que te controlaba.
—¿Cómo que me has visto salir? ¿Y de qué vagabundo hablas? —le preguntó muy desconcertado. Seguía mencionándolo y no entendía a qué se refería.
—Del que se ha perdido entre los escombros. Del Kenshin que durante diez años recorrió Japón y se dedicó a ayudar a todo aquél que le necesitaba. Pero ese accidente ha hecho que desaparezca y que el único que habite en ti sea el «asesino Battosai», quien no tiene consideración con nada.
—Pero ¿tú qué te crees que soy? —le espetó muy enfadado mientras se levantaba por la indignación—. ¿Y qué sabrás tú sobre lo que tengo en consideración o no? ¿Acaso te piensas que soy dos personas y que cada una tiene una conciencia distinta o algo así? No soy un monstruo de feria, ¿sabes?
Kaoru le imitó y se puso también de pie para enfrentarle. El cuaderno y el lápiz acabaron tirados por el suelo.
—No digo que seas dos personas.
—Pues es lo que has insinuado al decirme que una de ellas se quedó bajo los escombros —reprochó.
—No, lo que digo es que al haber perdido los recuerdos del Kenshin amable, te ha dejado una perspectiva distinta de cómo actuar frente a lo que ocurre a tu alrededor. Porque el que domina ahora es el Kenshin influido por las emociones del asesino.
—¿Y eso cómo lo sabes? —le gruñó encolerizado—. No será por las cuatro conversaciones escasas que hemos tenido, eso seguro —le recriminó con audacia. Apenas se habían dirigido la palabra desde que se había despertado la tarde anterior.
—En realidad, con ésta me basta y me sobra—replicó ella envalentonada—. Kenshin y yo nunca discutimos, pero a nosotros nos han faltado horas.
—¿Y se supone que eso es culpa mía? —le dijo con desprecio.
—¿Y de quién si no? El único que ha cambiado en la ecuación eres tú.
—Pues es curioso que la culpa de la discusión sea mía cuando eres tú la que se ha puesto a decir cosas contra mí.
—Eres tú el que ha preguntado.
—Y tú has soltado tus rencores según te han venido. Siento si estás molesta por lo de ayer, pero eso no te da derecho a cuestionarme, mucho menos cuando no tienes ni idea de cómo soy.
—Claro que sé cómo eres —replicó al momento—. Me has hablado de tu pasado y de lo que hiciste.
—Pues no sé qué demonios te habré contado tras el paso de una década desde la guerra, pero es obvio que lo suavicé o no me habrías venido con estupideces sobre haber perdido mi parte buena. —Kaoru jadeó con esas palabras y se tensó cuando Kenshin prosiguió—: No tienes ni idea de cómo soy. No sabes cómo vivo y tampoco cómo actúo. Si te has creado una imagen idealizada sobre cómo me conduzco en la guerra, no es culpa mía. Así que no se te ocurra volver a decirme cómo se supone que tengo que ser porque nadie mejor que yo lo sabe —le amenazó con fiereza—. Tú no eres nadie para darme lecciones sobre mí.
Kenshin se giró y salió de la habitación hecho una furia. Pero ¿quién demonios se creía que era esa maldita mujer? ¿Cómo se atrevía a decirle que no tenía conciencia, como si no fuese capaz de discernir el bien del mal?
Estaba tan encolerizado, que no se dio cuenta de que había salido de la casa… Y lo peor: que se había perdido por la ciudad. Inmerso en sus pensamientos despotricando contra Kaoru, no había prestado atención sobre adónde iba y, como no conocía Edo, acabó sin saber en qué lugar estaba.
Aun así, continuó con su recorrido por las calles para tranquilizarse, algo que no consiguió hasta que localizó el río. Se sentó en la ribera y observó el agua correr. Poco a poco, el sonido le reconfortó y aquietó su temperamento. Las horas de la tarde pasaron y con ellas el sol fue cayendo sobre el horizonte.
Y a pesar de todo ese tiempo, siguió sin saber qué hacer. Para empezar, no conocía el camino de vuelta al dojo* y, en realidad, tampoco deseaba hacerlo, si era de ser sincero. Además, tendría que preguntar las señas a los transeúntes y eso era algo que no le apetecía hacer en lo más mínimo.
Por todo ello, terminó por concluir que lo mejor sería marcharse de allí e intentar buscar respuestas por otro lado. Sanosuke le había dicho que Kioto no era una ciudad segura para él porque mucha gente aún le recordaba.
Sin embargo, a la hora de la verdad, no tenía muchos otros sitios para elegir y Kioto seguía siendo el lugar que mejor conocía.
— * —
—¿Qué diantres te ha pasado en la mano? —Megumi no daba crédito a lo que veía. Sanosuke se había presentado con la mano izquierda lesionada… muy lesionada, de hecho.
—He intentado aprender el «Futae no Kiwami» con la mano izquierda —dijo en tono victorioso—. Así la mano derecha podrá recuperarse del todo.
—¡¿Tú eres idiota?! —se quejó con razón Megumi—. De modo que, para no lesionarte la mano derecha, ¿te rompes la izquierda? —Estaba muy indignada.
—Piensa que, una vez sepa hacerlo con la izquierda, ya no me la lesionaré. Es consecuencia del aprendizaje.
Megumi suspiró de exasperación. Fue al armario de las vendas y sacó un rollo.
—Siéntate —le ordenó ella. Sanosuke se sentó en el taburete que utilizaba habitualmente y ella empezó con las curas—. A saber cuánto tiempo tarda en curarse esta mano —replicó con molestia mientras la giraba—. Es posible que tengas que venir todos los días para realizarte curas.
—¿Voy a tener que venir todos los días? —protestó con convicción. Megumi refunfuñó y se puso a revisar el estado de la mano con más detenimiento. En cuanto supo que no le veía, Sanosuke no pudo evitar sonreír.
—¡Sí, de modo que te fastidias! —le dijo y levantó la vista para poner más énfasis a su regañina. Sanosuke se puso serio al momento para camuflar sus verdaderas emociones—. La próxima vez piensa con más cabeza. O mejor, ¡al menos piensa!
—¿Te crees que no sabía que esto podía ocurrir? ¡Soy un luchador! Nos lesionamos en los entrenamientos. Es parte de lo que hacemos.
—Me pregunto por qué un día no te abres la crisma en uno de esos entrenamientos para así librarme por fin de tus tonterías.
—Porque tu vida se haría muy aburrida sin mí —replicó el hombre con una sonrisa maliciosa—. Reconócelo.
—¿En serio piensas que no tengo cosas mejores que hacer que atender tus golpes? —repuso la doctora con condescendencia al tiempo que le limpiaba la sangre de la mano. No iba a permitir que mantuviera esa sonrisa de superioridad en la cara.
Y ciertamente, la sonrisa se le esfumó, pero con ella también el humor jactancioso que había traído. Si no fuese porque siempre andaban como el perro y el gato, habría jurado que se había sentido herido por lo que le había dicho. Pero siempre se tiraban los trastos a la cabeza y se decían de todo, por lo que debería ser otra cosa. Podría ser que sólo hubiera ganado aquel asalto más rápido que otras veces, para su sorpresa.
Sanosuke no volvió a abrir la boca y Megumi comenzó a vendarle. Al cabo de unos segundos interminables, dieron unos toques en la puerta, pero ésta se mantuvo cerrada.
—Megumi, Ichiro ha llegado antes —le informó el doctor Gensai. La mujer se tensó al oír el nombre y se detuvo en lo que hacía—. Pregunta si te falta poco para terminar o vuelve más tarde.
—Estoy con el último paciente —contestó con voz neutra—. Dile que salgo enseguida.
Megumi miró el reloj que había en la mesa del fondo. Se había adelantado veinte minutos. Si bien no era raro que ocurriera ya que Ichiro terminaba su turno entre las cinco y la cinco y media, en esos momentos hubiera preferido que hubiera terminado a esa última hora.
No debería importarle que Sanosuke descubriera que se veía con alguien, pero le importaba. Sin decir nada, siguió con el proceso de vendaje.
—¿Quién es Ichiro? —interrogó él con brusquedad.
—Es un amigo. —La rapidez con que lo dijo fue la confirmación para Sanosuke de que el tal Ichiro era el hombre con el que se la había visto; y el tono nervioso, que las sospechas de sus amigos eran ciertas.
Había un hombre cortejando a Megumi y ella se lo estaba permitiendo.
No pudo evitar sopesar toda la situación. Tenía que empezar a dar peso a su teoría de que a Megumi no le atraían sus pulsos verbales. En sus discusiones siempre salía a relucir algún comentario de ella con el que le decía que era un incordio en su vida y, aunque él la molestaba con lo mismo, para él no era cierto. Para Sanosuke, Megumi no era un incordio en su vida; de hecho, la quería en ella.
—Kenshin me dijo que te había visto varias veces con un hombre.
Megumi se irguió de pronto.
—¿Ha recobrado la memoria? —preguntó, a cambio, con esperanza.
—Me lo dijo justo antes del accidente. Y no desvíes la conversación —la reprendió el joven deseoso de saber en qué andaba Megumi—. ¿Es él?
—¿Y qué si es él? No tengo que darte explicaciones de nada —se defendió la mujer ante las acusaciones de Sanosuke.
—Entonces es cierto que sí te ves con un hombre —siguió él con cierto enojo. No le hacía ni pizca de gracia que otro hombre se metiera en su terreno—. ¿Va en serio?
En respuesta, la doctora resopló exasperada.
—Lo que haga en mi tiempo libre y con quién lo haga no es de tu incumbencia, cabeza de pollo —recriminó Megumi con dureza—. Yo no te pregunto lo que haces con tus amigos, ¿verdad? Pues lo mismo espero de ti —añadió sin dejarle tiempo de responder la pregunta que había lanzado. Terminó de ponerle el vendaje en cuanto dijo las últimas palabras y se levantó de su silla para encaminarse a la puerta—. No hagas movimientos bruscos con la mano —le dijo sin mirarle, y abrió la puerta para que saliera—. Te veo mañana.
Sanosuke la observó por unos instantes que se hicieron eternos. Al final, se levantó y salió por la puerta de la consulta. En la zona de espera para los pacientes había un hombre casi de su misma altura que observaba por la ventana. En cuanto oyó que alguien se acercaba por el pasillo se giró a ver. Era un hombre no mucho mayor que Megumi, le sacaría cuatro o cinco años y, en su opinión, no destacaba en apariencia. Era un hombre normal que no sabía bien cómo había llamado la atención de Megumi, lo que le indicaba que, si no había sido una atracción física, debía poseer las cualidades que ella buscaba en un hombre.
Ichiro sonrió con su atención puesta por encima del hombro de Sanosuke.
—¿Qué tal tu día, Megumi? —preguntó el hombre tras dirigir un saludo cortés a Sanosuke al pasar a su lado—. Pareces cansada —se preocupó él cuando estuvo cerca de su objetivo.
—No es nada. Estoy bien —contestó para restar importancia sobre su ánimo. No estaba cansada; estaba tensa por tenerles a los dos en la misma habitación—. He pasado muchas horas aquí; en cuanto me dé el aire, estaré mejor.
—Eso puedo arreglarlo —sonrió Ichiro a la vez que le pasaba una mano reconfortante por el brazo. Sanosuke se puso de mal humor al verlo.
—¿No nos presentas, Megumi? —intervino de pronto con mordacidad. La aludida se puso más tensa si cabía e Ichiro frunció el ceño levemente al ver su reacción.
—Claro —su voz salió más nerviosa de lo que esperaba—. Ichiro, éste es Sanosuke. Un amigo.
A Sanosuke no le pasó por alto que la presentación se la dirigió al otro hombre para definir el tipo de relación que tenía con él, ni tampoco que había omitido con toda intención lo que era Ichiro para ella.
—Encantado de conocerle —dijo Ichiro con cautela.
El hombre parecía perspicaz, según dedujo Sanosuke. Era obvio que había detectado que pasaba algo allí y él estaba lo bastante cabreado como para no querer seguir en la misma habitación que ellos dos.
—Mañana volveré para que me revises la mano —se despidió sin más, y salió por la puerta de la clínica.
Megumi se llevó una mano temblorosa a la frente. Se sentía muy violenta en medio de aquella situación. Podía manejar a Sanosuke cuando estaban solos, pero el saber que Ichiro estaba allí le había puesto de los nervios.
No se había dado cuenta de que se había formado un silencio absoluto hasta que Ichiro lo rompió.
—Es él, ¿verdad?
Megumi cerró los ojos conmocionada. No quería que Ichiro supiera su identidad y era lo que más se había temido que sucediera si coincidían en la misma habitación.
—Sí, es él —le confirmó.
Porque una cosa era saber que estaba enamorada de otro hombre y, otra muy diferente, saber quién era dicho hombre.
—¿Estás enamorada de Sanosuke Sagara? —preguntó con extrañeza como si no pudiera creer que lo que había oído fuese cierto—. Todo el mundo sabe que es un irresponsable. ¿Cómo una mujer tan sensata como tú puede estar enamorada de alguien como él?
Megumi supo que no se lo estaba echando en cara. De lo contrario, se habría molestado bastante por sus palabras. Ella misma ya se recriminaba lo suficiente por saber que sus emociones la habían traicionado de aquella manera tan vil. Pero Ichiro lo decía como si no pudiera dar crédito a la noticia. Estaba pasmado, no enfadado, y aquello la relajó un poco.
—No debo ser tan sensata como pensabas —se excusó.
Ichiro suspiró y negó con la cabeza aún sin conseguir asimilarlo.
—Los sentimientos suelen jugarnos malas pasadas, ¿eh?
—Dudo que lo digas por experiencia propia —replicó Megumi con un asomo de sonrisa.
Ichiro era más cerebral que ella. De ahí que la eligiera como candidata a esposa. Como muchos de los habitantes de su país, consideraba el matrimonio como una transacción. Por tanto, él buscaba una esposa con unas características concretas y había resultado que ella se asemejaba a lo que buscaba.
Había sido extraño cómo había sucedido todo. Megumi había tenido que atender a una de sus hermanas pequeñas por una enfermedad prolongada. Así se habían conocido. Pero el último día que la visitó con su salud restablecida, Ichiro le había propuesto seguir viéndose.
Por supuesto, Megumi se había negado. Con la Era Meiji, los matrimonios por conveniencia se habían hecho más frecuentes aún, pero ella tenía integridad y no quería acabar con un hombre cuando amaba a otro. No quería traicionar a su esposo de aquella manera. Sin embargo, Ichiro había insistido y al final Megumi acabó por confesarle que amaba a otra persona.
Aquello no había desanimado para nada a Ichiro.
—¿Hay alguna posibilidad de que esa relación salga adelante? —había preguntado él.
—No —le había respondido en el acto.
Suponía que la rapidez con la que contestó fue un indicativo para Ichiro de que decía la verdad y no que estuviera buscando la respuesta más adecuada que darle. De modo que le había dicho que no tenía problemas con eso. Buscaba la mujer adecuada para un matrimonio, no amor.
Y así, habían empezado a verse. Ichiro era una oportunidad para ella. Era un buen hombre al que no engañaba en sus sentimientos; estaba al tanto de lo que ella sentía. Y Megumi siempre había anhelado formar una familia. Además, Ichiro era justo lo opuesto de Sanosuke. Por eso esperaba que aquello la ayudara a superar aquel enamoramiento traicionero.
No podía desaprovechar aquella oportunidad.
Simplemente, no podía.
— * —
Sabía que Kenshin había salido de casa tras su discusión, pero no se había preocupado hasta que volvió de sus clases particulares y vio que no estaba allí. Yahiko regresó del Akabeko cuando empezó a hacerse de noche y, para entonces, Kaoru estaba histérica.
Kenshin se había marchado y, esta vez, sin despedirse.
Si seguía así, no iba a sobrevivir a aquello. Sólo había transcurrido un día y ya había pasado por más disgustos que en todo un año.
—Se habrá entretenido haciendo algo —había dicho Yahiko para intentar tranquilizarla.
Pero cuando se hizo bien entrada la noche, fue evidente que Kenshin no iba a volver. Yahiko fue a buscar a Sanosuke preocupado, el cual estaba en la habitación en la que vivía. Habían dado algunas vueltas por Tokio sin encontrarle y decidieron volver al dojo. Si Kenshin estuviera en la ciudad, habría buscado ya un sitio para dormir; del mismo modo que si se hubiera marchado de Tokio, no conseguirían nada dando vueltas sin sentido.
Kaoru estaba deshecha cuando llegaron. No paraba de culparse por que se hubiera ido.
—Puede que se haya perdido, Kaoru —dijo Sanosuke más para calmarla que porque en realidad lo pensara.
—Kenshin no se pierde.
—Pero él no conoce la ciudad ahora —ayudó Yahiko con la idea de Sanosuke.
—Sin embargo, sigue sabiendo hablar —les replicó con mordacidad—. Es fácil dar con alguien que supiera indicarle cómo llegar a casa.
Los dos jóvenes callaron ante el argumento de Kaoru. Ninguno pensaba que se hubiera perdido, pero habían quemado ese cartucho por si ella sí lo creyese.
—Mañana continuaremos con la búsqueda, no te preocupes —dijo Sanosuke para reconfortarla—. No tiene motivos para irse.
—Sí que los tiene. Hemos discutido esta tarde —se lamentó Kaoru al borde de las lágrimas.
—¿Cómo que habéis discutido? —repitió Yahiko desconcertado—. Pero si vosotros nunca discutís.
—Pues créeme cuando te digo que lo hemos hecho. Nos hemos dicho cosas muy duras.
—Pero ¿cómo ha sido?
Sanosuke no salía de su asombro. No podía imaginarse a Kaoru en una discusión con Kenshin… O, mejor dicho, a Kenshin entrándole al trapo a Kaoru. Era inaudito. Claro que esa situación se daba antes del accidente, no ahora.
Suspiró con cansancio. A saber qué había sucedido si tenían en cuenta el factor «nuevo Kenshin».
—No sé muy bien lo que pasó —contestó con impotencia. Se llevó las manos a la cara para contener las lágrimas—. Vino a asegurarme que no iba a hacerme daño porque creía que le tenía miedo y no sé cómo acabé reprochándole que no fuese como Kenshin.
—¿Que hiciste qué? —alucinó Sanosuke.
El hombre vio a Kaoru con una nueva luz. Siempre había pensado que su amiga era una joven muy valiente, pero acababa de demostrar que tenía unas agallas del tamaño de una casa.
Había estado gran parte de la mañana con Kenshin y, gracias a eso, se había ido relajando al ver que, a pesar de que hubiera perdido la memoria —y que, por lo tanto, con el Kenshin con el que interactuaban era el de hacía una década—, no estaba loco ni sediento de sangre como se había imaginado. Pero, aun así, no se le habría ocurrido, ni de lejos, decirle que su nueva personalidad no le gustaba.
En su caso, por supuesto que quería que el antiguo Kenshin volviera. Era su mejor amigo y echaba de menos sus conversaciones. Pero, aunque el Kenshin actual era distinto, tampoco era mala compañía. Sólo había que cogerle el punto a los nuevos cambios que se habían originado entre uno y otro.
—Llevo toda la tarde intentando recordar nuestra discusión, pero es que no recuerdo lo que le dije —gimió desesperada—. Fue todo tan rápido…
—Haz memoria, Kaoru —le instó Yahiko bastante perplejo también con el hecho de que su maestra se hubiera enfrentado a Kenshin.
—¡No lo sé! —gritó la chica con una profunda exasperación ya—. Creo que le dije algo de que el vagabundo no estaba y se había quedado el asesino. Pero que ni siquiera se comportaba como el asesino que conocíamos y se enfadó muchísimo.
Los dos la miraron atónitos. No entendían ni una palabra de lo que farfullaba.
—¡¿Que le dijiste qué?! —exclamó Sanosuke que no era capaz de salir del asombro.
—¡No lo sé! —volvió a repetir más histérica aún—. Ya no sé siquiera si le dije que el accidente había matado al vagabundo o directamente lo había hecho Battosai. —Kaoru se llevó las manos a la cara alteradísima por la conversación—. Sólo sé que me dijo que no le conocía y se marchó. Y no le he vuelto a ver desde entonces. —Kaoru no pudo contener más las lágrimas y se echó a llorar.
Yahiko estaba con la boca abierta a estas alturas. Los ojos se le salían de las órbitas por sus palabras. Pero ¿qué demonios le había entrado para decirle eso a Kenshin?
—Vale, tranquila —intentó consolarla Sanosuke sin saber qué hacer—. Seguro que no se ha ido lejos. Somos lo único que conoce. Si yo hubiera perdido la memoria, no estaría muy dispuesto a alejarme mucho de lo poco que me es familiar.
—No quiero que se vaya, Sanosuke. —Se asió a la ropa del hombre y se puso a llorar contra su pecho.
—Lo sé. —Por su parte, le pasó la mano por la espalda para consolarla. Estaba demasiado alterada.
—Quiero que vuelva… Quiero que vuelva —pidió entre sollozos.
—Aún no me he ido, Kaoru.
La voz vino de detrás de ella, pero cuando miró no estaba allí. Puesto que los demás también se habían tensado, era evidente que no había sufrido una alucinación acústica.
Sanosuke echó un vistazo hacia arriba y escudriñó en la oscuridad.
—¿Qué haces ahí sentado? —preguntó sorprendido, aunque acto seguido, tomó una actitud beligerante—. ¿Y se puede saber cuánto tiempo llevas ahí? ¿No sabes que te hemos estado buscando por toda la ciudad?
—No, no lo sabía —comentó desde el tejado—. Sólo hace un rato que una chica llamada Tsubame me encontró y me trajo hasta aquí. Me había perdido —añadió como si aquello fuese la explicación a todo el problema—. Sí, yo también me pierdo a veces —dijo con tono de burla hacia Kaoru, la cual había dado por hecho que no se perdía nunca—. No quería entrar en la casa, así que había decidido quedarme tranquilo aquí arriba a pasar la noche. No sabía que me estabais buscando hasta que habéis entrado y tenido esta conversación tan interesante.
Kenshin saltó del tejado al suelo sin mayor esfuerzo.
—¿Y por qué no has dicho antes que estabas aquí? —le recriminó Sanosuke, que señaló furtivamente a una Kaoru muy alterada.
—¿Y perderme su explicación de cómo fue nuestra discusión? —lo dijo en tono divertido y aquello desconcertó a todos.
—Kenshin, eso no ha tenido gracia —le criticó Yahiko—. Kaoru estaba muy disgustada.
—Bueno, tampoco la ha tenido lo que me ha dicho antes a mí. ¿Acaso me ves dando saltos de alegría? —replicó con voz dura hacia el chico que se había metido en la conversación—. En realidad, no llegó a decir que Battosai mató al vagabundo, pero sí cosas «igual de bonitas» —remarcó rebosante de sarcasmo.
—¿Cómo has podido hacerme eso? —Esta vez fue Kaoru la que le reprochó al pelirrojo, el cual no mostraba ni una pizca de remordimientos—. Estaba preocupadísima.
—Y yo «enfadadísimo» —la advirtió Kenshin muy molesto utilizando la misma fórmula que ella para expresar su estado. Resopló con fastidio—. Me cansa oírte… Hay más cosas aparte de ti y lo que te rodea, ¿sabes? —Ninguno de los tres dijo nada a las palabras de Kenshin, bastante perplejos por escucharle hablar con esa rudeza—. Y eso también va por vosotros dos: «Kaoru está preocupada; Kaoru está disgustada» —dijo en tono de mofa—. Pero a ninguno se le ha ocurrido pensar por qué he llegado a estas horas y no antes, ¿verdad?
Kenshin pasó sus ojos dorados por todos y cada uno de ellos. Los miraba con gravedad y ninguno se atrevió a replicarle nada.
Resopló de nuevo. Tal y como se imaginaba, no le habían tenido en consideración. Habían visto a Kaoru alterada y llorando por haber discutido y habían concluido que el culpable era él. ¿No habían dicho que, al parecer, nunca discutían?
—Mirad, sólo he vuelto para deciros que mañana por la mañana me marcharé a Kioto. Pretendía pasar la noche aquí porque quiero que me revisen las heridas de la espalda antes de partir, pero puedo buscarme otro sitio.
—No —contestó al instante Kaoru—. Puedes quedarte aquí… Y no tienes por qué irte a Kioto —añadió al momento. Había cierto deje de ansiedad en su tono de voz.
Kenshin la miró fijamente sin ni siquiera pestañear. Sabía que Kaoru no quería que se fuese; se lo acababa de repetir como un mantra a Sanosuke mientras lloraba.
Sin embargo, para él, todo era muy distinto.
—Pero yo sí quiero irme —sentenció.
Y tras decir eso, se encaminó a su habitación donde pasaría la última noche en aquella casa.
Notas del fic:
*Yukata: Vestimenta similar al kimono, pero de algodón. Es más liviano que los kimonos.
*Dojo: Lugar de entrenamiento.
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Fin del Capítulo 4 - 10 Junio 2013
Revisión - 1 Mayo 2018
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Notas finales de la autora:
Dos cosillas para comentar: En primer lugar, no, no dejo de actualizar el fic. Pero si he estado liada para el fic de «Radiante», para éste también T_T. Entended que los capítulos de este fic son el doble de extensión que el otro (es decir, como si tuviera que revisar dos del otro fic). Y cuando arreglo algo para mí, mejoro cosas; pero cuando las voy a publicar, mi cerebro entra en modo «pro» y empieza a hacer más cambios de los que ya había. Cuando me puse a actualizar el fic, tenía ya muchos cambios hechos, y a pesar de eso, cuando los reviso para subir, vuelvo a reescribir más cosas. Así que al final no está siendo tan «copiar y pegar» como pensé que sería cuando inicié la resubida »_«. Por eso tardo más de lo que tenía planeado, pero no lo dejo.
Lo otro que quería comentar es que al final he decidido sacar las respuestas de los comentarios viejos porque, entre los nuevos que se puedan dar y los viejos, esto queda kilométrico. Así que ahora sólo dejaré los que haya por las actualizaciones (que los otros ya estuvieron ahí tiempo de sobra y están requeteleídos ^_^º —en el fondo me dan pena, porque ahí comentaba mis propias valoraciones sobre el fic u_uº, pero bueno...—). Pero mi conciencia me dice que si dejo ésos, debería publicar contestaciones a los reviews posteriores a la finalización del fic (para ser justos) y claro, a diferencia del otro fic que actualicé, éste tiene muchísimos comentarios. Si me pusiera con ellos no terminaría X_X . Así que al final, reseteo todo y en paz ^_^º.
¡Saludos!
