CAPÍTULO 5: Encrucijadas


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: No lo sé... Gracias al cielo no he vivido ninguna guerra, así que a veces no sé si la gente tiene una visión suave de lo que es o la mía es bastante cruda. Pero no puedo imaginarme ser una asesina de guerra reconocida, sufrir un accidente-ataque (porque él no sabe qué demonios ha pasado) y encontrarme herida y desarmada en un lugar desconocido con gente diciéndome que son marcianitos verdes que me han llevado a Marte para protegerme (porque no va muy desencaminado el que alguien en el siglo XIX te cuente que has perdido once años de tu memoria y que estás en un lugar que no existe). Llámame escéptica, pero yo pensaría que ni son marcianitos ni estoy en Marte, sino que son opositores que están intentando «venderme la moto» (porque si fuese un simple samaritano que me ha recogido, no se le ocurriría inventarse algo tan rebuscado). ¿Que luego resulta que sí que eran marcianos? Era una probabilidad entre un millón y me ha tocado XD. Pero es normal que siendo las otras 999 999 probabilidades negativas, él piense que es una de ellas. No sé... Yo no puedo imaginarme estar en una guerra y ser tan ingenua »_«

En cuanto a si Kenshin tenía amigos... En el manga, como vida cotidiana, los compañeros sí le trataban como alguien más en la casa de huésped. Pero no creo que fuese amigo de nadie. Si alguno decía un comentario chungo, se acojonaban con él porque los amenazaba con matarlos, y dudo que eso pasara con un amigo. Así que entiendo que trato muy amigable no debía tener :-s. Y no digamos ya después del traidor. No creo que simpatizara mucho con nadie. Solía ir solo, si no recuerdo mal.

Resbaloso: Mmmm, por tu comentario, entiendo que eres lector nuevo. Sigue leyendo, no te voy a destripar nada XD

Estefi: Jajajaja, no te preocupes. Así me recordáis que tengo que actualizar por si me despisto con los tiempos XD

Mayu: Todo ese review moralista que me has escrito y que no venía a cuento se responde con cuatro palabras: «Lee mejor mi comentario» :-/. Pero como no estoy segura de que veas por qué te lo estoy diciendo y te siga pareciendo bien la ofensividad de tu review, pues contesto a esto al final porque es una chapa y, quizás no te has dado cuenta, pero has atacado a mi persona :-/

En fin... Gracias por vuestros reviews. Os dejo con el siguiente capítulo. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 5: Encrucijadas

Megumi llegó temprano aquella mañana al dojo*. Kenshin estaba levantado y esperándola para que le realizara las curas. Si hubiera sabido dónde se encontraba la clínica, habría ido él mismo. Quería marcharse de allí cuanto antes.

—Si no haces movimientos bruscos, no deberían darte problemas —le informó Megumi, que aún estaba un poco desconcertada por la noticia de que se iba—. Están cicatrizando bien y, si todo va normal, cuando llegues a Kioto apenas deberías notarlas.

—Gracias, doctora.

Kaoru entró en la habitación en ese momento con un sobre en la mano y se lo extendió a Kenshin, que aún se estaba terminando de vestir.

—Toma, es una carta para Misao. Explica lo que te ha pasado.

—Misao… —susurró como si intentara recordar dónde había escuchado ese nombre—. ¿No es la que mencionó ayer Sanosuke cuando me contó el problema que tuve con Makoto Shishio? —dudó Kenshin, pues no terminaba aún de asimilar todos los nombres que le habían dicho.

—Sí, supongo que Sanosuke te la habrá mencionado. Te la encontraste en tu viaje a Kioto. —Kenshin cogió la carta y vio que en el sobre se indicaba una dirección—. Son buenos amigos nuestros; ellos te ayudarán mientras estés en Kioto.

—Gracias, Kaoru. —Kenshin giró el sobre y por el otro lado leyó las palabras «Leer urgentemente»—. Me vendrá bien estar entre personas que me conozcan. —Se puso en pie y cogió sus escasas pertenencias antes de ponerse en marcha, pero se detuvo al llegar a la puerta—. ¿Hoy tienes que dar clases?

—No, vienen tres veces a la semana. Lo harán mañana.

—Espero que no sea un problema que no esté.

—No te preocupes —dijo en un intento por sonar amigable—. Además, Sanosuke sí estará a pesar de que ahora mismo sea él quien ha ganado la apuesta —añadió con cierto tono de humor.

Pero Kenshin no rio por la broma. Aunque no lo dijera con aquella intención, a Kenshin le había picado de nuevo con lo que el anterior Kenshin hacía, pero él no.

—¿Sanosuke viene a ver tus clases? —preguntó con gran sospecha Megumi. No podía imaginárselo allí todos los días mirando cómo un grupo de jóvenes se entrenaba.

—No, en realidad, viene para enseñarles defensa sin armas. Uno de los chicos dijo que a su hermano podrían interesarle las clases con él —comentó algo más emocionada por saber que podría aumentar el número de sus alumnos—. No había pensado hasta ayer que en el dojo pudieran impartirse dos tipos de disciplinas. Sólo quería que viniese porque a los chicos les interesaba que Sanosuke les impartiera algunas clases de lucha callejera, pero podría dar sus propias clases con horarios. Eso atraería a más estudiantes —analizó una «repentina» Kaoru enfocada en las finanzas y auge de su escuela.

A Megumi no sabía qué le sorprendía más: que Sanosuke pudiera convertirse en instructor de lucha o que, directamente, trabajara en algo. Megumi suspiró sin saber cómo tomárselo.

—No puedo quejarme. A fin de cuentas, es bueno para el negocio.

—¡Claro que lo es! La escuela tendrá más alumnos si Sanosuke imparte clases.

—Me refiero al mío —replicó con su habitual tono pícaro—. Cuantos más patanes se metan en peleas, más contusiones habrá y más pacientes tendré.

Kenshin se quedó de piedra sin saber qué decir. Megumi, además de guapa, era una mujer muy aguda, comprobó con regocijo. Era una pena enorme que Sanosuke la tuviera vedada.

—Por qué no me sorprende —bufó Kaoru al ver que la doctora no se interesaba por el bien de su escuela—. En fin, supongo que entonces podremos hacer frente común para que valore el ser instructor si la situación lo requiere. Ambas nos beneficiaríamos.

—Sanosuke y trabajo unidos en la misma frase. Eso aún está por verse —repuso incrédula. Por lo que ella sabía, el mundo aún no se había salido de sus goznes, así que era mucho suponer que Sanosuke consiguiera un trabajo y, lo más importante: lo mantuviera. Era más probable que se le pasara el interés en unos días y volviera a ser el hombre inmaduro de siempre.

—Entonces, si ya no me necesitáis aquí, me voy —se despidió Kenshin.

—¿Tienes pensado cuántos días vas a estar allí? —le preguntó Megumi que no estaba muy al tanto de aquel viaje improvisado.

—No lo sé. No sé si allí conseguiré recuperar parte de mi pasado. Pero si pasan los días y tampoco puedo encontrarme cómodo allí, supongo que viajaré hasta dar con un lugar que lo sea.

—No… No entiendo —titubeó Kaoru desconcertada por sus palabras—. ¿Un lugar cómodo? Tokio lo es.

—No, no lo es. No conozco esta ciudad, y si de por sí me inquieta toda la situación, no reconocer lo que me rodea sólo lo aumenta. Por eso no creo que regrese por aquí en bastante tiempo —contestó a la ligera sin darse cuenta del impacto que había producido en las dos mujeres—. Te agradezco que me hayas acogido en tu casa, Kaoru. Aunque no lo recuerde, estoy seguro de que todo ese tiempo fue muy agradable para mí.

«O no me habría quedado aquí», pensó con sarcasmo para sus adentros.

—Pero… No es necesario que te vayas definitivamente… —Kaoru se quedó conmocionada.

—Megumi, ha sido un placer conocerte —se despidió también de ella haciendo caso omiso de la chica.

La doctora, por su parte, ni siquiera fue capaz de reaccionar. Se había quedado completamente estática mientras le observaba como si no fuese capaz de procesar lo que éste le había dicho. Kenshin salió de la habitación y Kaoru le siguió con el corazón en un puño.

—No puedes irte, Kenshin —le pidió desesperada como si el mundo se le cayese encima. Podía ser que el nuevo Kenshin no terminara de agradarle, pero le quería allí con ella. Había tenido un accidente y lo único que debía importar era que se quedara con su familia hasta que se recuperase. Era el amor de su vida; era su deber velar por él—. Ésta es tu casa.

—No, no lo es. —Kenshin se detuvo en su avance, aunque ni siquiera se giró a verla—. Puede que lo fuese antes, pero ya no lo es.

—Pero…

—Kaoru —la interrumpió gravemente—, puede que no recupere la memoria y, como bien claro me lo dejaste ayer, no soy la misma persona. Éste puede ser otro principio de mi vida y no me voy a quedar viviendo a la sombra de la que he olvidado. Empezaré de nuevo.

—Kenshin… —susurró casi sin poder contener las lágrimas. Se marchaba; otra vez la dejaba… Y esta vez sabía que no podría seguirle.

—Adiós, Kaoru.

Kenshin se marchó sin mirar atrás dejando el corazón de Kaoru roto en mil pedazos. Megumi intentó consolarla cuando la vio ponerse a llorar, pero ella misma estaba bastante perturbada por la partida inesperada de Kenshin como para hacer gran cosa.

—Regresará —dijo para animarla, pero sólo era lo primero que se le había pasado por la cabeza decirle. Kaoru había caído en una gran depresión cuando Kenshin se fue a Kioto, y en aquella ocasión ni siquiera eran pareja como lo habían sido hasta hacía dos días—. Kenshin tiene una amnesia parcial y, por lo que he leído, en esos casos suele recuperarse la memoria. En cuanto se ponga bien, volverá. Sabes que él siempre irá allí donde tú estés.

Lo último era cierto, y esperaba tranquilizarla con ello. Pero lo que no sabía era si en realidad Kenshin recuperaría la memoria algún día. La amnesia era una enfermedad muy poco estudiada y se trataba más como casos anecdóticos que como una enfermedad. Apenas había registros de cómo evolucionaban esos pacientes por la diversidad con la que se desarrollaba en los enfermos.

Pero por suerte para Megumi, Kaoru aceptó aquella información y se serenó. Era mejor así, pensó; porque no estaba dispuesta a verla caer en otra depresión.

— * —

Aquella tarde, Sanosuke estaba mucho más callado de lo normal. Megumi revisó su mano lesionada casi en un completo silencio. No había hecho esfuerzos con la mano, lo cual era todo un adelanto.

—Me alegra que tengas algo de sensatez en la cabeza y no utilices la mano cuando te digo que no la uses. —El hombre no abrió la boca para replicar, algo que extrañó a Megumi. Él nunca perdía oportunidad para meterse con ella—. ¿Estás molesto con Kenshin por haberse ido?

Sanosuke la miró por el cambio tan brusco de tema.

—No, al menos esta vez se ha despedido, aunque no fuese consciente del alcance de su despedida.

—¿Por qué lo dices?

—Anoche dijo que se iba a Kioto. No me sorprendió, la verdad. Al poco de despertar del accidente me comentó que quería viajar hasta allí por ser el único lugar familiar para él. Pero no sabía que no tenía intención de regresar a Tokio.

—¿Y no quieres acompañarle? —preguntó Megumi con curiosidad. La anterior vez Sanosuke se había enfurecido por dejarle atrás y había viajado a Kioto para encontrarle y poder ayudarle en su lucha contra Shishio.

—Me temo que tengo cosas más urgentes aquí —murmuró tan bajo que Megumi casi no le oyó. Le hizo unas curas a las heridas de la mano y comenzó a vendársela.

—Kaoru me ha dicho que vas a dar clases de lucha en su dojo. ¿Es eso lo que te detiene? —Reconocía que estaba muy intrigada por saber qué podría atar a Sanosuke allí en vez de aprovechar esa oportunidad para salir de Tokio. Le gustaba demasiado la actividad como para quedarse mucho tiempo estancado en un sitio.

—No es mi prioridad, pero sí es cierto que no quiero dejarla sola en estos momentos —contestó él.

—Cuando me lo dijo esta mañana, no podía creerlo. Seguro que en unos días te habrás cansado y volverás a tu vida indolente —le incordió Megumi con toda intención. Sanosuke, en cambio, no entró en su juego.

—No veo por qué —respondió él en actitud seria—. Me encanta pelear y ésta es una forma de sacarle provecho. Kenshin tenía razón cuando me lo mencionó: es una oportunidad para hacer lo que me gusta y ganarme la vida con ello.

—¿Cuándo te ha dicho eso?

—Antes del accidente, por supuesto. ¿Cuándo crees, si no? —replicó con cierta sorna—. Los buenos consejos los daba antes de que se abriera la cabeza. —Sanosuke suspiró con cansancio—. Voy a echarle de menos.

—¡Y tanto! —agregó sarcástica ella—. A fin de cuentas, es el más maduro de todos tus «amiguitos» —remarcó con la intención de hacer ver que sus amigos eran como niños.

—Eso es evidente —siguió él como si su comentario fuese normal y no una nueva pulla—. Kenshin es el más mayor de todos y ha tenido una vida complicada. Es obvio que es más sabio que todos los que me rodean.

Megumi frunció el ceño levemente al ver que Sanosuke esquivaba todas sus provocaciones. Decía que no estaba afectado por la marcha de Kenshin, pero debía estarlo bastante si no tenía humor para sus habituales peleas.

Terminó de vendarle en silencio y, en pocos minutos, Sanosuke salía del consultorio.

—Te veo mañana. Y no se te ocurra hacer esfuerzos con esa mano —le advirtió mientras se la señalaba—. Kaoru me ha dicho que mañana volvía a dar clases, así que, si vas a estar, no hagas el idiota y deja reposar la mano.

—Lo haré, doctora —respondió el joven—. Tendré cuidado. Nos vemos mañana.

Y tras eso, Megumi vio con absoluto desconcierto cómo Sanosuke se marchaba de la consulta sin haberle replicado con mordacidad ni una sola vez.

— * —

Aunque había sufrido cambios, la ciudad aún era reconocible para él. Había muchas calles igual que como las recordaba, con la excepción de los negocios que habían sido reemplazados. Kenshin también pudo ver detalles que confirmaban el cambio de la sociedad al introducir la cultura occidental, tal y como había visto en Edo.

Al menos la ciudad la recordaba y eso le daba cierto sosiego. Tenía recuerdos de haber pasado por esas calles, de haber luchado en ellas, de haber hablado con sus compañeros mientras las recorrían…

Y por supuesto, eran recuerdos verdaderos, no percepciones familiares como había tenido en su camino hasta Kioto. Kenshin no había conseguido tener ningún recuerdo de su época nómada, pero durante aquellos días de viaje, se había visto realizando tareas de forma mecánica; como si la costumbre le guiara. Le habían comentado que había viajado por Japón durante muchos años y era evidente que debía quedar algún resquicio impreso en su conducta más allá de los recuerdos.

Kenshin llegó a la dirección indicada, pero la posada no le sonaba de nada. En esos momentos no había mucho movimiento al no ser hora de comidas, así que se adentró en la zona del restaurante, aunque no encontró a nadie. Al final, acabó en un pequeño patio donde ya no supo muy bien qué hacer. No había visto ninguna aldaba y tampoco quería ponerse a llamar en voz alta por alguien que, además, no conocía.

Pero no tuvo que debatir mucho consigo mismo porque al poco oyó un ruido sordo contra el suelo y se giró.

—¡Himura! —gritó emocionada una chica bajita que no podía tener más de quince años. La chica en cuestión había dejado caer a sus pies una montaña de ropa y, en cuanto la saltó por encima, se acercó con celeridad hasta él para darle un abrazo efusivo—. No puedo creerlo. ¿Cuándo has llegado? ¿Y por qué no habéis avisado?

—¿Misao? —dudó Kenshin. No sabía si aquella joven era la persona que tenía que buscar. Era una chica morena de ojos verdes, bajita y muy joven, más o menos la descripción que le habían dado de ella.

—Oh, perdona —se soltó Misao, que confundió la duda de su identidad por la actitud con que le había abordado—. Es que no os esperábamos. ¿Y dónde está Kaoru? ¿Habéis venido los dos o ha venido alguien más?

—He venido solo —respondió Kenshin al tiempo que sacaba el sobre que le había dado Kaoru para ella. Se lo tendió y Misao cogió la carta, pero no le hizo caso.

—¿Y cómo es que Kaoru no te acompaña? —preguntó extrañada. Ella iba con él a cualquier sitio donde fuese.

—Deberías leer la carta —contestó sin más.

Misao le miró desconcertada y, por fin, se fijó en el sobre que tenía en la mano. Pudo ver cómo fruncía el ceño al leer el lado donde se indicaba que debía leer la carta con urgencia. Misao la abrió y empezó a leer. Después volvió a comenzar y, tras verla recorrer con la vista varias líneas, lo hizo por tercera vez. Kenshin podía ver cómo regresaba una y otra vez al inicio de la carta.

—No estás leyendo mal —dedujo Kenshin al ver la actitud de la chica. Suponía que Misao debía estar leyendo el punto en el que decía que no tenía memoria. Había sido desconcertante para aquellos que habían vivido sus consecuencias en sus carnes, luego más le debía costar asimilarlo a alguien que se lo contaban por carta.

—¿No nos recuerdas?

Misao no levantó la vista del papel mientras le hablaba así que no vio que negaba con la cabeza. Una vez que le había confirmado que no estaba leyendo mal, parecía haber salido del bucle de releer el principio.

Un hombre muy alto con semblante serio se acercó hasta ellos.

—Bienvenido, Himura —le dijo con un tono frío en la voz. No encontró animosidad en ella, pero tampoco alegría. Era una voz carente de emociones—. No os esperábamos.

—Aoshi, según Kaoru, Kenshin ha perdido la memoria tras un accidente en el que se golpeó la cabeza. —Después volvió a centrar la atención sobre Kenshin—. Y dice que ha venido solo. ¿En serio no nos recuerdas? —repitió ella.

—No, no recuerdo nada posterior a la guerra. —Kenshin ya se había acostumbrado a tener que contestar varias veces la misma pregunta para una misma persona, por lo que no se tomó a mal su incredulidad—. Cuando desperté, de hecho, creía que seguía en ella.

—Es cierto, mira.

Misao le puso delante la carta a Aoshi y le señaló un punto que no era aquél en el que se había estancado leyendo. No se le había ocurrido leer la carta en los días que estuvo de viaje, pero ahora sentía curiosidad por saber cómo había descrito Kaoru sus circunstancias a esa gente. Misao le miraba como si fuese una anomalía de la naturaleza.

Aoshi leyó con cuidado los renglones y, acto seguido, cogió la carta y la empezó. Concluyó que Kenshin no debía haber leído aquella carta o no estaría allí ahora mismo. Misao le había indicado una nota de advertencia de Kaoru. Kenshin se había despertado pensando que estaba en la guerra, por lo que, si se enteraba de que habían sido fieles al régimen Tokugawa, no se fiaría de ellos.

Y en las condiciones en las que estaba, era mejor que tuviera personas amigas a su alrededor. Nunca había oído que pudiera pasarle algo así a alguien; que pudiera no recordar su vida.

Era sorprendente.

—Entonces, ¿cómo es que has venido? —volvió a la carga Misao.

—Quería venir al único sitio que siento conocido. Espero poder recordar cosas aquí al estar en un ambiente más familiar que en Edo.

Misao miró a Aoshi y Kenshin aprovechó para estudiarle con más detenimiento. Era un hombre que destacaba en altura, pero a él no dejaba de inquietarle la falta de emoción en su rostro. Incluso sus ojos eran fríos.

Según le había explicado Sanosuke, se había peleado con él durante la batalla contra Shishio porque era uno de los tantos que habían querido vanagloriarse de haber vencido a Battosai, pensó con cierto desdén.

Suspiró ante semejante estupidez: nadie podía ganarle. Nadie podía superarle con su técnica a excepción de su maestro. Y mucho menos si atendía al hecho de que había conseguido aprender los arcanos de la escuela. La técnica del «Hiten Mitsurugi Ryu» era imbatible. Todo el mundo lo sabía, y se había encargado por años de dejarlo demostrado.

—¿Y por qué Kaoru no te ha acompañado estando como estás?

Misao entendía que quisiera ir a Kioto si era el único lugar que conservaba en sus recuerdos. Pero no podía imaginar qué demonios podría haber retenido a Kaoru para que no viniera con él.

—No necesito niñera —replicó molesto al ver que volvía a lo mismo. Kenshin no podía entender tanta insistencia en que esa mujer tuviera que rondarle.

—Pero Kaoru no es tu niñera; es tu mujer. Debería estar aquí contigo —recriminó enfadada.

Aquellas palabras le quitaron la respiración a Kenshin y le sumieron en una conmoción. Incluso notó cómo toda la sangre le abandonaba el cuerpo. «¿Kaoru era su mujer?», pensó atónito. «¿Cómo podía ser cierto aquello?».

—Misao… —le advirtió Aoshi al ver la reacción de Kenshin, pero ella le ignoró por completo.

—¡¿Qué?! Es verdad —se enfrentó ella al pensar que le llamaba la atención por cuestionar a sus amigos—. ¿Qué puede haber en Tokio para hacer que Kaoru deje a Himura a la deriva? Mejor aún, ¿cómo es posible siquiera que Kaoru le deje vagar solo? ¡Siempre están juntos!

—¡Misao! —la llamó con más determinación. Kenshin se había quedado blanco de la impresión y Misao no se daba cuenta de ello porque le estaba gritando a él. Pero cualquiera podía ver que todo aquello era nuevo para su amigo—. Creo que Himura no sabía eso.

Misao le miró desconcertada y volvió a fijarse en Kenshin. No decía palabra; se había quedado como una estatua delante de ellos.

—¿El qué no sabe?

—Su relación con Kaoru —contestó el hombre.

—Cómo… ¿Cómo no va a saberlo? —dijo titubeante.

Era imposible que no lo supiera. Tenía que haber sido lo primero que le dijeran tras despertarse. Ella no se imaginaba que alguien de su alrededor perdiera la memoria y no se le pusiera al corriente de quiénes eran su familia.

—¿Es mi esposa? —preguntó Kenshin cuando por fin pudo salir de su estado de perplejidad.

—¡Ay, madre! ¿En serio no te han dicho cuál es vuestra relación? —respondió con una voz aguda por la sorpresa—. Pero ¿por qué no te lo han dicho? —Misao le arrancó de las manos la carta a Aoshi y se puso a mirarla de arriba abajo—. ¡¿Y por qué no está puesto aquí que no lo sabías?!

Aoshi valoró rápidamente el revuelo que se tuvo que generar por la condición de Kenshin. Y por eso dedujo que Kaoru debió haber tenido unos días bastante angustiosos como para poder acordarse de todo y ponerlo en una carta. De hecho, seguro que se habría dejado alguna cosa más en el tintero, porque se veía por el énfasis en la carta que lo que realmente le preocupaba era que Kenshin no supiera que pertenecieron al bando contrario.

Sin embargo, no podía imaginar qué era lo que había ocasionado que se guardaran aquella información, pero había tenido que ser importante y, por supuesto, había sido deliberado. No podía explicarse, de otra forma, que a una persona sin recuerdos no se le dijera la relación que mantenía con los de su alrededor.

—Es probable que tuviera tantas cosas en la cabeza que no se diera cuenta —intentó calmarla él—. Dudo que Kaoru haya estado muy serena estos días.

«No, no lo ha estado», pensó Kenshin sin decirlo en alto. Había estado muy alterada desde el accidente y, por desgracia, todo empezaba a cobrar un sentido que hasta ese momento era desconocido para él. Empezó a repasar los dos días que había pasado en Edo y lo primero que le vino a la cabeza fue el momento en que despertó en aquella época.

Había intentado matarla. Si no hubiera sido por la interferencia del niño, lo habría hecho. Aquello tenía que ser un retorcido juego kármico. Había matado a Tomoe y casi lo había vuelto a hacer con la segunda mujer que tenía.

«Estabas pendiente de otras cosas», le vino de pronto la voz de Sanosuke cuando hacía alusiones a la doctora.

No podía ser cierto; él no era capaz de verse con otra mujer después de Tomoe.

—¿Es mi esposa? —repitió Kenshin, que quería aclararlo todo. Sentía que le iba a estallar la cabeza sólo de pensar en las implicaciones de ello.

—Aún no —respondió Misao más contenida que momentos antes cuando despotricaba contra ellos—. Pero sólo era cuestión de tiempo. De hecho, había apostado con Sanosuke a que os casaríais antes de terminar el año —se quejó—. Y sé que iba a ganar —añadió molesta.

Parecía que Sanosuke tendía a hacer apuestas perdedoras, pues de haberse cumplido el pronóstico de Misao, esa habría sido la segunda que le habría visto perder. Sin embargo, para fortuna del jugador, al final las estaba ganando, aunque fuese debido a circunstancias tan insólitas.

—Yo… —Pero no supo qué más decir—. Necesito dar una vuelta…

Tenía que poner en orden sus pensamientos y nada mejor para eso que quedarse a solas con ellos… sin distracciones de ningún tipo. No podía tomarse esa información a la ligera.

Comenzó a marcharse, pero Misao le detuvo:

—Está bien, pero deja tu bolsa aquí. Te acomodaremos en una habitación y podrás irte a ella cuando regreses.

Kenshin miró primero a Misao y luego a su bolsa. Lo cierto era que no podía irse a ningún otro sitio más allá de dormir a la intemperie como lo había hecho durante su viaje. No tenía problema con volver a hacerlo, pero notó la ansiedad de Misao por retenerle allí. Era evidente que, como la amiga que debía ser, quería que se quedara con ellos.

Dejó su bolsa en el suelo y Misao se acercó con rapidez a recogerla. La mantuvo contra su pecho como si fuese un bien valioso, lo que corroboró la suposición que Kenshin había hecho sobre ella. Sin más salió de allí, pero lo único que hizo fue ocultarse tras el muro de la entrada.

Estaba tan conmocionado por la noticia que no conseguía moverse; estaba paralizado. Inspiró profundo hasta llenar sus pulmones para intentar serenarse, pero no lo consiguió. ¿Cómo podía haberse traicionado a sí mismo y a Tomoe de esa manera?

—Pero ¿por qué no se lo habrán dicho? —Apenas le llegó el sonido de la voz de Misao hasta allí.

—No lo sé —contestó Aoshi—. Pero es evidente que no se lo ha tomado bien.

Y por supuesto, tenían razón. Le iba a costar mucho asimilar aquella noticia. Kenshin retomó un camino sin rumbo mientras pensaba en lo acontecido durante esos dos días en Edo. No podía dejar de darle vueltas al asunto y acabó con un dolor de cabeza enorme.

Sin darse cuenta, sus pasos acabaron por llevarle al cementerio donde reposaban los restos de su esposa. No había vuelto allí desde que la había enterrado y se sorprendió al encontrarse delante de su tumba. Alguien la había limpiado no hacía mucho tiempo, pero no podía imaginar quién habría sido. El único familiar que conocía de Tomoe era su hermano Enishi, pero no le había visto desde el día en que ella murió.

Kenshin aún amaba a su esposa en un rincón de su corazón. Habían pasado tres años, pero seguía queriéndola, y por eso le costaba encajar que ahora amase a otra mujer. Sin embargo, entendía que, aunque para él sólo fuesen tres años, en realidad habían transcurrido otros once.

Y eso era mucho tiempo.

Aunque en el momento actual creyese que nunca podría amar a otra mujer que no fuese Tomoe, once años podían cambiar la perspectiva de cualquiera.

Con gran desazón, supo que tendría que regresar a Edo en cuanto estuviese listo para dejar Kioto. Kenshin observó de nuevo la lápida de su esposa y ese sentimiento culpable le golpeó con más fuerza. Porque para él no había otra mujer en su vida, pero era evidente que ya no era así.

Se había vuelto a enamorar de una mujer y no podía entender cómo se podía olvidar algo de esa relevancia. Por supuesto, era consciente de lo transcendental que era ese asunto y que no podía darle la espalda. Pero seguía sin entenderlo. Era un aspecto fundamental de su vida.

Y ahora sabía que durante dos días había roto el corazón de esa chica.

A la culpabilidad que ya sentía antes se unió otra nueva. Tenía el corazón encogido cuando se sentó junto a la lápida de Tomoe y apoyó su espalda en ella. Le dolía la cabeza de tanto pensar en el tema, pero no era capaz de dejar de lado el revoltijo de emociones que sentía y los escasos recuerdos que conservaba.

El agotamiento mental pudo con él y por eso, casi sin darse cuenta, Kenshin se quedó dormido en el frío suelo donde descansaba su esposa.

— * —

—¿Otra vez has hecho esfuerzos con la mano? —criticó una furiosa Megumi al ver el estado en el que estaba la mano izquierda de Sanosuke—. ¿Por qué no eres capaz de seguir unas sencillas instrucciones?

—Ha sido durante el entrenamiento de hoy. No es algo que tuviera planeado.

Por supuesto, sí lo había sido. La mano se le estaba curando rápido; siempre había sido un hombre que soportaba bien las heridas y le sanaban en pocos días, más cuando las lesiones se las hacía a propósito minimizando daños. De modo que había tenido que volver a lesionarse para conseguir tener motivos para visitarla en la clínica.

—Entonces, está claro que debes dejar de entrenar hasta que la cures definitivamente —replicó ella, que ya no sabía qué hacer para meter sensatez en esa cabeza hueca.

—No pienso hacerlo —dijo con contundencia Sanosuke—. Kazuki se ha traído a su hermano al dojo para que le enseñe lucha y éste ha convencido a un amigo. Tengo dos alumnos a los que enseñar yo, no Kaoru. De modo que no voy a permitir que una nimia herida en la mano me impida hacerlo.

—Si sigues así, esto pasará de una «nimia» herida a algo más grave. Si no curas la mano de forma apropiada y sigues lesionándola, puede que la próxima vez te hagas algo que no tenga arreglo. ¿Quieres acabar con una mano lisiada para siempre?

—No, pero esto no es nada.

—Hasta que lo sea —contratacó Megumi. Se acercó al armario de las vendas y sacó un rollo. Después, se puso a limpiar la mano herida—. Tienes que cuidarte más, Sanosuke.

El luchador esbozó una sonrisa pícara.

—¿Es eso preocupación, doctora? —inquirió con voz burlona.

—¡Claro que no! —negó ella determinante y comenzó a vendarle algo más fuerte de lo debido—. Es mi consejo médico. Pero no sé para qué me molesto si sé que vas a hacer lo que te venga en gana —recriminó mientras apretaba la venda con más fuerza aún.

—No me va a llegar la sangre a los dedos como sigas vendándome así.

Aunque no era médico, sabía mucho de vendajes. Años de tener que cuidar de sus contusiones le habían enseñado más que cualquier libro de medicina.

Megumi suspiró con impaciencia y retiró el vendaje que había realizado.

—Es culpa tuya por sacarme de quicio —le reprendió ella.

Pero Sanosuke supo que no era él el que estaba detrás de aquel estado. De hecho, llevaba casi una semana en la que no había entrado al juego de ninguna de sus provocaciones. Algo la tenía crispada y no sabía qué era, pero se iba acumulando con cada día que pasaba.

—¿Te encuentras bien? —se preocupó el hombre. Cada vez reaccionaba con mayor explosividad a pequeños comentarios inocentes.

Sanosuke intentó ralentizar su respiración. Cada vez que pensaba en Megumi, fuera del tema que fuese, empezaba a quemarle un deseo ardiente por ella. Aquella mujer le volvía loco desde hacía meses; incluso en el tiempo en el que aún estaba enamorada de Kenshin. Pero no podía evitarlo: tenía algo que hacía que nada más entrar en una habitación en la que estuviera, todo su cuerpo se revolucionara.

La miró con atención y se recreó la vista. Siempre le había parecido una mujer atractiva, pero cada vez que la volvía a ver, esa percepción aumentaba. Adoraba su largo cabello, sus ojos marrones y su tez blanca que contrastaba en gran medida con la de él. Siguió observándola para guardar en su mente aquel instante. Desde el accidente de Kenshin no podía evitar pensar en que esos pequeños placeres pudieran desaparecer, y quería vivir el momento más de lo que ya lo hacía de por sí.

Aunque lo que ahora mismo viviera fuese un infierno.

Nunca había sentido algo así por una mujer y tener el conocimiento de que podría no tenerla, le había mantenido noches en vela. Cada vez que pensaba en que podría perderla, se le retorcía el pecho y le faltaba el aire. Aún le costaba entender que una mujer pudiera tener ese efecto sobre un hombre. Pero era el que Megumi tenía sobre él.

—¿Y por qué no me iba a encontrar bien? —Sanosuke volvió a la realidad para encontrarse otro comentario mordaz de la doctora. También estaba siendo más brusca de lo normal—. ¿Qué tal está Kaoru? —preguntó para cambiar de tema a uno más seguro.

—Creo que es una señal divina el que esos alumnos aparecieran justo en este momento. Mantienen su cabeza ocupada —explicó Sanosuke. Megumi empezó a vendarle de nuevo la mano, aunque esta vez con más cuidado—. Yahiko me ha dicho que prepara mucho sus clases. Pasa mucho tiempo con él y dice que se podrían preparar en menos tiempo. Pero el chico cree, igual que yo, que es su forma de no pensar en Kenshin, y por eso la acompaña.

—Parece que Yahiko se porta mejor con Kaoru ahora.

—A Yahiko le gusta hacerla rabiar, pero sabe perfectamente cuándo puede hacerlo y cuándo no —rebatió Sanosuke—. Kaoru está pasando un momento difícil y el chico es consciente de que puede acabar por derrumbarse como le pasó cuando Kenshin se marchó a Kioto a luchar contra Shishio.

Megumi terminó de vendarle en silencio, sumida en sus cavilaciones.

—Me pregunto cómo estará —comentó al fin.

—Y yo si en verdad no va a volver —agregó él—. Se me hace increíble pensar que nunca regrese por aquí.

—Lo hará si recupera la memoria —dijo Megumi con convicción. Lo sabía con cada gramo de su cuerpo. Kenshin nunca dejaría a Kaoru; el amor que se profesaban era genuino y puro. Había superado sus temores del pasado convirtiendo a Kaoru en su futuro. Siempre regresaría allí donde ella estuviera.

—El problema es que no lo haga —repuso Sanosuke con tristeza—. Te hace replantearte la vida de otra forma.

No pudo evitar mirar a Megumi cuando lo dijo, porque lo que le había pasado a Kenshin le había hecho reflexionar mucho; a veces pensaba que demasiado. No era ajeno al pensamiento de que cualquier día uno podría morir y perderse toda una vida por delante. Pero él era práctico ante ese pensamiento y sabía que, si se estaba muerto, tampoco se podía lamentar lo que aún quedara por hacer. Sin embargo, aquello era distinto: Kenshin estaba vivo y aun así había perdido su vida.

Que era una versión más drástica de lo que le podía pasar a él. Si Megumi acababa con aquel tipo con el que se veía, él perdería también una parte importante de su vida.

Y estaría vivo para lamentarse por ello.

—No hay nada seguro en la vida. Hay que aprovechar lo que tenemos —concluyó el hombre con voz seria.

Megumi también le miró con atención. Aunque había terminado de vendarle hacía unos instantes, ninguno de los dos se había movido del sitio. A pesar de la seriedad del momento, Megumi suspiró y compuso una sonrisa en su rostro.

—¿No es una reflexión demasiado profunda para ti, cabeza de pollo? —se mofó ella con su característico tono pícaro.

En cambio, Sanosuke siguió sin entrarle al juego, aunque se moría de ganas por hacerlo. Le costaba una barbaridad contenerse a sus provocaciones. Le encantaba que le provocara, de igual forma que adoraba cuando ella entraba en las que iniciaba él. Pero ella quería un hombre responsable en su vida y había optado por tomar la estrategia de asemejarse más al hombre que ella deseaba para compartir su vida. No se podía imaginar a Megumi e Ichiro discutiendo como lo hacían ellos. Seguro que tenían una relación pacífica y sin sobresaltos.

Sanosuke no entendía la gracia que podía tener una relación tranquila; una en la que no vibraran las chispas a cada momento, pero era evidente que, para el resto de las personas, ésa era la mejor forma de llevar una relación de pareja. Incluso con lo temperamental que era Kaoru, nunca discutía con Kenshin. Y era incuestionable lo felices que habían sido mientras estuvieron juntos.

—Si lo es, entonces también podrá servir como consejo para ti. —Sanosuke se levantó de su silla y avanzó hacia la puerta—. Tengo que irme. Te veo mañana.

Dicho eso, Sanosuke salió del consultorio y dejó tras de sí a una Megumi en extremo sorprendida.


Notas del fic:

*Dojo: Lugar de entrenamiento.


— * —


Fin del Capítulo 5 - 12 Junio 2013

Revisión - 7 Mayo 2018


— * —


Contestación larga para Mayu:

A ver... te cuento :-/ . Como vas con el prejuicio de haber leído la historia, te has tirado a una defensa de Kaoru que no correspondía y en el proceso a mí me dejas de insensible o machista porque, según tú, para mí, Kenshin puede hacer cualquier cosa porque está amnésico O_o (eso te lo has inventado :-/). Y luego has continuado hablando de cosas varias pero que en resumen vienen a ser que es mi problema que no entienda que Kaoru sea una víctima por lo que ocurre más adelante en el fic, y que vosotras sí lo entendéis porque vosotras, como mujeres (de donde parece que me excluyes u_uº), os ponéis en su piel y yo no. Esto me afecta muy seriamente a mí, porque has interpretado mis palabras «de forma alternativa» y en el proceso has dado la vuelta a mis valores éticos y me los has encasquetado como míos. Como comprenderás, eso es algo que no me ha sentado bien u_uº.

Yo no estoy hablando de cómo se comporta Kenshin en el capítulo 15, ni 20, ni 25, que es lo que estás haciendo tú. Vamos por el capítulo 5 :-/ . Así que yo hablo de lo que pasa hasta más o menos por aquí. Creo que matizo muy bien mis palabras y digo que: «al principio del fic, Kaoru no me da tanta pena». Esto, cualquiera con una comprensión lectora media, entiende que es sólo al principio del fic y que después la cosa cambia. Pero te has tirado a la defensa innecesaria de Kaoru y, de paso, me tiras piedras a mí. Pero con tu mensaje me has demostrado que tú, que tanto me hablas de ponerme en la piel de alguien, sólo te pones en el lado de Kaoru y no eres capaz de ponerte en la piel de Kenshin. Digo que es una víctima (hasta el capítulo 4, lo matizo para que no vuelva a haber confusiones :-/), porque para mí, Kaoru se comporta con una desconsideración completa. A mí no se me ocurriría, jamás, decirle a alguien de mi entorno 12 horas después de su accidente, con lo traumático y horriblemente angustioso que tiene que ser perder once años de vida, que es un desagradable y antipático.

Kaoru no está traumada como piensas porque la haya intentado matar. Si estuviera traumada y a la defensiva como tú dices, no se habría montado la bronca monumental que le echa a Kenshin a las primeras de cambio y de la que hasta Sanosuke alucina por los ovarios que le echa. La realidad es que los tres saben, una vez que queda establecido el problema de la amnesia, que la reacción inicial de Kenshin ha sido puntual y que no va a hacerles nada. Pero a diferencia de Sanosuke que intenta hablar con él para conocerle y saber por dónde tirar o Yahiko que le trata normal porque no es muy consciente del problema, Kaoru está resentida porque este Kenshin la ha olvidado y ya no es el que la quiere. Así que como le fastidia, le echa en cara lo primero que le viene que es compararle con el otro Kenshin. Es todo eso lo que desencadena que se marche.

Así que sí, Kenshin se va por Kaoru. No se va por Sanosuke, al cual sí reconoce como amigo (puesto que, por muy brusco y cortante que sea, cuando le pide que deje a Megumi, él lo deja pasar como acto de buena fe de esa supuesta amistad -que al parecer nadie tiene en cuenta eso T_T-); ni se va por Yahiko, que es con el que más a gusto está. Es por Kaoru, la cual le rehúye y cuando él intenta acercarse para hablar (matizo, hablar) y disculparse por lo que hizo, ella le suelta todos sus resentimientos. Yo ahí entiendo a Kenshin: porque para estar bajo el techo de una persona desconocida (porque NO la conoce) que te pone de vuelta y media, pues me largo.

En serio, que me parece bien que te quieras meter con Kenshin y defender a Kaoru, pero hazlo en el capítulo que haga algo malo, no en el capítulo 4 que el pobre no ha hecho nada todavía. Si es que esto parece «Minority Report», que le estás juzgando antes de que haga algo porque ya sabes el futuro u_uº.