CAPÍTULO 7: El regreso
Comentarios de la autora:
Bueno, ayer recuperé mi ordenador y lo primero que hice fue ponerme con la corrección del capítulo, que ya llevaba tiempo sin subir ninguno. Siento la tardanza, pero más lo siento yo que estuve sin mi ordenador T_T . Por cierto, también siento que algunos pensarais que la historia se había actualizado ayer. No entiendo por qué, si quité un capítulo, se subió en el listado cuando lo que tenía que haber hecho fue irse más para abajo (al día que le correspondía la actualización del capítulo 6 O_o). Pero bueno, como comprenderéis, tenía que quitarlo para poder subir éste (en vez de reemplazarlo) y que así les mandara aviso a los que lo tienen en seguimiento.
Comentarios a los reviews:
Kaoruca: Pues no te puedo decir cómo lo hago :-/ . Yo sólo escribo lo que me aparece por la cabeza y sale así... Pero la correctora de mis novelas sí me dijo que tenía como un don para ello porque, según ella, se ve cuándo algo sale de forma natural y cuando sale por esforzarse en ello (ni me preguntes cómo lo saben... O_o). Y a mí me sale sin más. Así que, para mí, sí es sin esfuerzo ^_^º. No sé... hay gente que pinta, otros bailan, otros aprenden idiomas como quien bebe agua ¬_¬º. Y yo escribo ^_^º
Getsukei: Ya lo siento... Pero es que veía que estaría varias semanas sin actualizar y quería dejar aviso de ello ^_^º
BUBU30: Que conste que no me has aburrido. Me encantan los reviews largos. Pero no voy a entrar más en ese punto. Si alguien sigue pensando, después de mis aclaraciones, que no empatizo con Kaoru... «pues felicidades» ¬_¬º. Dejé el tema bastante claro e incluso resalté los puntos claves. Si aún con todo, no se entendió, eso ya excede mi capacidad para explicar mi perspectiva, porque no voy a conseguir que lo entienda le diga lo que le diga. Así que espero que el tema quede ya zanjado :-/
Guest: Imagino que también eres lector/a nuevo/a, porque si no, no me habrías mencionado alternativas para el futuro del fic XD. Lo de los enemigos, ya lo mencionan Kaoru y Sanosuke como una preocupación. Pero en principio, el autor cerró el pasado de Kenshin con el arco del Jinchu y yo suelo guiarme mucho por los «designios» de los autores. En base a eso, entiendo que Kenshin no tiene ya «grandes» enemigos y de ahí que inicie su vida con Kaoru. Por eso, para que no te lleves decepciones, te aviso de que esta historia es en esencia un drama romántico ^_^º
Gracias por vuestros reviews ;-D. Os dejo por fin con el siguiente capítulo. Espero que os guste ;-D
CAPÍTULO 7: El regreso
El sol caía hacia el horizonte cuando al fin avistó Edo, y lo tocó cuando llegó al dojo* Kamiya. Le había costado encontrar la casa al no saber moverse aún por la ciudad. Kenshin no podía creerse que volviera allí después de la forma en la que se marchó, pero tenía que ser el mejor sitio donde permanecer después de recobrar retazos de su vida.
Había emprendido el viaje de regreso a la mañana siguiente, con lo que dejó desconcertados a los habitantes del Aoiya que prácticamente ni le habían visto allí. Había llegado una tarde y se había ido a la mañana siguiente. Misao se había quedado más tranquila al saber que empezaba a recordar ciertos detalles y le deseó una pronta recuperación.
Durante el viaje, había recordado más fragmentos de su vida. Si tenía en cuenta que los primeros indicios de recuerdos parecían de su época más reciente, le había resultado curioso ver escenas de hacía más tiempo; situaciones que había vivido en sus viajes por Japón. También había llegado a la conclusión de que, cuanto más hacía trabajar a su mente, más predispuesta estaba a recordar. No siempre sucedía así, pero había ocurrido con más frecuencia en esos casos.
Y ahora volvía a estar de regreso en aquella casa. Kenshin no estaba seguro de qué podría decir a sus habitantes. Se había ido de allí hacía días con un amargo sabor en la boca, especialmente en lo referido a Kaoru. Por eso, quizás lo más correcto fuese disculparse por lo que le había dicho y empezar desde ahí.
Kenshin entró en la casa, aunque no oyó ningún ruido que le indicara dónde podrían estar sus habitantes. Se dio una vuelta por el patio y al fin encontró a Kaoru de espaldas a él acuclillada sobre el hornillo exterior. Estaba preparando la cena y, aunque no quería importunarla, debía hacerle notar su presencia en la casa.
—Kaoru… —la llamó, pero la chica ni siquiera reaccionó—. ¿Kaoru? —dijo más alto, pues esperaba que no le respondiera por no haberle escuchado.
Pero ella le ignoró de igual forma y esta vez sabía que sí le tenía que haber oído. Se suponía que le amaba, ¿no? ¿No debería ser un poco menos rencorosa?
Kenshin resopló molesto por su actitud. Había venido desde Kioto en tiempo récord; debería mostrar gratitud, de hecho.
—Me parece bien que sigas enfadada, pero al menos deberías saludarme —gruñó en tono ofendido.
—¡Kenshin! —El hornillo cayó al suelo con la cena desparramada por la hierba cuando ella se levantó de un salto y se giró hacia él con los ojos muy abiertos por la sorpresa—. ¡Estás aquí de verdad!
—Como si no me hubieras oído —masculló sardónico.
Como seguía un poco molesto, se olvidó de morderse la lengua. Así que se reprendió mentalmente: no había regresado allí para volver a pelearse con ella.
Sin embargo, Kaoru omitió por completo su reproche y se lanzó a su cuello para abrazarle.
—¡Has vuelto! ¡Estás aquí! —exclamó entusiasmada.
Kenshin se sorprendió tanto de tenerla de pronto agarrada a él que tardó en darse cuenta de su incredulidad por verle. Claro que él le había asegurado que no regresaría, de modo que eso debía contar para explicar su reacción.
—¿Has recuperado la memoria? ¿Ya estás bien? —siguió. Su voz era tan esperanzada que Kenshin incluso se planteó mentirle para no desilusionarla. Pero era absurdo puesto que en cinco minutos sabría que seguía sin conocer su pasado reciente.
—No, no la he recuperado —respondió él sin más.
Kaoru se tensó y se separó de él al instante, azorada por haberle abrazado.
—Entonces, ¿por qué has regresado? —preguntó desconcertada con la sonrisa de júbilo que tenía hacía unos instantes perdida por completo.
A Kenshin no debería haberle extrañado que Kaoru pensara que el único motivo por el que volvería allí fuese por recordar su vida y, por lo tanto, que eran pareja. De ahí que le mirara con esos ojos recelosos.
—He empezado a recordar algunos detalles de mi estancia aquí —contestó él sin ahondar más en la naturaleza de ellos.
—¡Pero eso es genial! —Kaoru volvió a iluminarse con la esperanza reflejada en su rostro—. ¿Y qué has… —Kaoru titubeó y se llevó una mano a la sien— recordado?
—Nada de importancia —mintió sin tapujos—. Alguna que otra salida al mercado y cosas por el estilo.
—¿Y Kioto te ha ayudado a recordar más que el propio Tokio? —inquirió asombrada. Le parecía curioso que fuese otra ciudad la que despertase la memoria de otro sitio.
—Más bien creo que me ayudó a empezar a recordar. No sólo he tenido recuerdos de Edo —explicó Kenshin a la ligera esperando que Kaoru no indagara más en el tipo de recuerdos que habían sido.
Ella sonrió feliz y su imagen se le hizo familiar, aunque no recordó otras circunstancias similares. Era la primera vez que la veía así más allá de la primera ráfaga de recuerdos que tuvo.
—Llevaré tus cosas a tu habitación —le dijo tras coger su bolsa con las escasas pertenencias que tenía.
Kaoru se le quedó mirando como si siguiera sin creerse que estuviera allí y, de pronto, Kenshin se dio cuenta de que se formaba bastante humo detrás de Kaoru. Se inclinó un poco para descubrir lo que pasaba y vio que el hornillo había comenzado a chamuscar la hierba. Cogió la palangana de agua que se utilizaba para apagar el fuego después de cocinar y roció la zona.
—¡Ni siquiera me he dado cuenta! —exclamó horrorizada. Se había asombrado tanto por la llegada de Kenshin que había olvidado que estaba haciendo la cena—. He tirado la comida por el suelo —suspiró con un lamento, pero no se movió ni un ápice.
Kenshin la observó con atención a la espera de alguna reacción por su parte, pero ella le seguía mirando como si se fuera a esfumar de allí si no continuaba con sus ojos centrados en él.
—¿No ibas a guardar mis cosas? —le preguntó.
—¡Sí, claro! —respondió al momento. Pero siguió sin moverse.
—No me voy a ir —añadió con sorna.
—¡No, claro! —Su vocabulario se había limitado de repente, pudo comprobar Kenshin con una media sonrisa.
—Voy a recoger esto de mientras.
Hasta que no se puso él con la tarea, Kaoru no se metió dentro de la casa. Apenas había terminado de recoger los restos de comida cuando oyó pasos apresurados por el pasillo. Yahiko apareció empapado y sólo con una toalla encima.
—¡Es verdad que has vuelto! —exclamó ilusionado.
En cuanto Kaoru le había dado la noticia, no había podido evitar salir del baño para comprobarlo con sus propios ojos.
—No hacía falta que salieras del baño.
—Es que por un momento pensé que había enloquecido —se excusó el chico, aunque aquel comentario no le hizo ni pizca de gracia a Kenshin—. Pero estás aquí.
—¿Kaoru no ha estado bien estos días? —se interesó él.
Por la forma en que lo había dicho, le dio la sensación de que Kaoru había sufrido en su ausencia. A la hora de la verdad, Kenshin no la conocía mucho, pero eso no implicaba que le gustara verla así. Además, a nivel racional sabía que su «otro yo» no estaría muy contento de saber que se había indispuesto.
—Bueno… ella… —Pero no siguió y con eso sólo corroboró lo que sospechaba—. Dijeron que no ibas a volver, ¿por qué lo has hecho? —cambió de tema el chico para no verse comprometido, y empezó a titiritar.
—Te vas a quedar helado como sigas ahí de pie mojado. —Si el niño no quería contestar preguntas, él podía hacer lo mismo—. Termina de bañarte.
—Sí… ahora vuelvo.
Y dicho eso, el chico se marchó.
Kenshin continuó con la tarea de recoger el hornillo y poco tiempo transcurrió antes de que Kaoru apareciera de nuevo.
—¿Qué tal te ha ido el viaje? —preguntó la chica con expectación.
—Supongo que bien —contestó sin darle importancia.
—¿Fuiste al Aoiya? ¿Estuviste con Misao? —le interrogó impaciente.
—Sí, la conocí —le confirmó él—. Me pareció una chica impulsiva.
—Eso es quedarse corto. Misao es el sumun de la impulsividad —dijo en tono de broma, y continuó—: Pero cuéntame… ¿Qué hiciste allí? ¿Qué fue lo que te hizo empezar a recordar?
Kenshin suspiró al ver que no le iba a dar tregua. No le apetecía nada ser parte de un interrogatorio sobre todo si no quería contestar determinadas preguntas. Así que decidió cortar por lo sano.
—La tumba de Tomoe —respondió cortante.
—Oh…
Consiguió el efecto deseado pues Kaoru dejó el tema. Siguió recogiendo las brasas del hornillo poniéndolas en la cubeta donde antes había agua y, por último, enderezó la pieza de piedra.
Puesto que Yahiko llegó en ese momento, Kenshin supo que no había retomado su baño como le había dicho. Sólo se había limitado a secarse y vestirse para estar allí cuanto antes.
—¿Qué tal el viaje? —oyó que volvían a preguntarle.
—Supongo que bien —repitió su respuesta.
—¿Has recordado algo?
Kenshin miró al cielo para hacer acopio de paciencia y, finalmente, soltó el aire con un gran suspiro.
—Sí, he recordado cosas.
—¿Como cuáles?
—Yahiko, Kenshin está cansado del viaje. Es mejor que dejemos nuestro interés por él para otro momento.
Kenshin captó aquella recriminación velada, pero debía reconocer que quería que le dejaran tranquilo de tanta pregunta, de modo que no entró en el juego.
—Gracias, Kaoru —contestó con dureza tras entrecerrar sus ojos para advertirla de que caminaba por un puente muy estrecho—. Mañana estaré mejor.
Kaoru le miró con atención y por fin decidió centrar sus energías en la cena en vez de en una lucha con Kenshin. No quería volver a pelearse con él. Se sentía tan agradecida de que hubiera regresado que estaba dispuesta a pasar sus arranques por alto. No quería que volviera a irse, menos si empezaba a recordar su vida.
—Voy a preparar algo en la cocina. Con el hornillo mojado no podremos asar nada en él.
Kaoru se dirigió a la cocina pensativa. Se moría de curiosidad por saber qué cosas había recordado, pero imaginaba que no eran acerca de ellos dos. No sabía cómo tendría que reaccionar, pero suponía que no la trataría igual que cuando se marchó si supiera que eran pareja.
Y sin duda, Kenshin seguía siendo igual de brusco en su forma de tratarla.
Kaoru quería poder ayudarle en el proceso; quería recuperarle. Pero no sabía hasta qué punto él la dejaría con esa actitud que mantenía. Aquello la preocupaba. Si Kenshin recuperaba su memoria, ¿seguiría conservando parte de aquel carácter? Entendía que si alguien olvidase todos los años que habían suavizado su forma de ser y retornara al punto en el que se conducía de una determinada manera, despertara siendo como era entonces.
Comprendía el cambio generado en Kenshin por la falta de recuerdos.
Pero cuando se ponía a pensar en el proceso inverso, no lo tenía tan claro. Ahora se comportaba de una forma y, por mucho que recordara lo que había hecho en esos años perdidos, no veía que eso originara que el Kenshin de ahora desapareciera del todo. A fin de cuentas, esa situación no distaba mucho de lo que era ver una obra de teatro. Sólo estaría informado de los hechos.
Sin embargo, el carácter de la gente evolucionaba poco a poco tras vivir sus experiencias, no sólo por ser conocedor de ellas. Y él las había olvidado junto con el proceso que le había convertido en el hombre que era.
Ese pensamiento la llevaba a la pregunta clave: si Kenshin no volvía a ser como era, ¿seguiría amándole? Ella quería al Kenshin que llegó a su casa meses atrás. Con el nuevo era obvio que no terminaba de congeniar. Todavía no sabía muy bien por qué. Como le había explicado antes de marcharse, no le tenía miedo. Podría ser un asesino, pero Kenshin nunca había matado indiscriminadamente. Lo había hecho en una guerra y contra personas que, a su vez, querían matarle a él.
No le tenía miedo, ¿entonces?
Mientras Kaoru cortaba algunas hortalizas, se puso a indagar dentro de ella en busca de la respuesta a esa pregunta. Y minutos después se cortó en un dedo cuando dio con ella, pero ese dolor momentáneo no hizo perder de vista la conclusión a la que había llegado.
Estaba enfadada con ese Kenshin por haberla privado del que ella amaba.
Kaoru se lamió la herida para disminuir el dolor y el sangrado. No era muy profunda, pero escocía. Rellenó un cuenco con agua de una jarra y se limpió el dedo allí.
Desde que Kenshin había tenido el accidente le había esquivado, y cuando al fin él dio el paso para hablar con ella, le había echado en cara todo lo que ya no era. Ni siquiera había intentado «conocer» a ese nuevo Kenshin. No se habían sentado en ningún momento a hablar sobre las cosas que les inquietaban, ni se había preocupado de lo que él sentiría por haber perdido sus recuerdos.
Kenshin había tenido razón la última noche que estuvo allí. Sólo se había centrado en lo que ella sentía por haber perdido al Kenshin que amaba. Pero no había intentado comprender lo que el nuevo Kenshin sentía. No se había puesto en su lugar que debía ser mucho más angustioso que el de ella.
Eran su familia, pero no habían demostrado que lo fuesen y por eso se había ido. Se lo había dejado claro al marcharse:
—«No, no lo es» —le había contestado tras decirle Kaoru que aquélla era su casa—, «puede que lo fuese antes, pero ya no lo es».
No era sólo culpa de la nueva actitud de Kenshin; también ella tenía una gran parte de responsabilidad en lo que había pasado, reflexionó aturdida.
Como era frecuente que se cortara mientras cocinaba, tenía un pequeño rollo para vendarse las heridas en uno de los armarios. Cogió una pequeña tira y se tapó la herida.
Terminó de preparar las hortalizas en trozos y las aliñó. Después llevó todo en una bandeja para los tres.
Kenshin y Yahiko conversaban alrededor de la mesita como si nada hubiera pasado. Incluso antes de que se marchara, había notado que Kenshin se mostraba más relajado con el chico y debería haberse dado cuenta de que era porque le trataba con más familiaridad; como si el accidente sólo hubiera traído consigo algunas consecuencias desdeñables para Kenshin, aunque en realidad fuesen de mayor gravedad.
Kenshin rio levemente ante la pregunta de Yahiko.
—No, esta vez no me he encontrado a ninguna loca por el camino —contestó con una sonrisa.
—Misao es una buena chica, pero tiene demasiada energía hasta para mí —dijo con un suspiro Yahiko al recordar la vitalidad de la ninja—. Nunca me has contado cómo fue el viaje con ella hasta Kioto, pero estoy seguro de que te metió en más de un aprieto.
—Espero recordarlo algún día y, cuando lo haga, te lo contaré —comentó Kenshin más distendido—. Seguro que fueron momentos dignos de mención.
—Me temo que hoy cenaremos en frío —dijo Kaoru en cuanto llegó hasta ellos con la bandeja—. Con la temperatura que hace estos días, no hay nada como tomar algo caliente, pero habríamos cenado muy tarde si hubiera puesto a calentar el fogón de la cocina.
—No te preocupes —la tranquilizó Kenshin.
Cogió los palillos y atacó a unos trozos suculentos a los que les había echado el ojo. Por desgracia, se veían mejor de lo que en realidad sabían.
Kaoru se había pasado con el aliño.
Yahiko también empezó a comer, pero no dijo nada. Debía estar acostumbrado a las habilidades culinarias de Kaoru. Kenshin se había llevado algunas provisiones para su viaje, pero aun así, también le había tocado cocinarse algo al fuego. Y había descubierto con sorpresa que parecía cocinar mejor que ella.
Las palabras de Yahiko diciéndole que solía cocinar él por el bien de sus estómagos cobraron una nueva dimensión. No sabía muy bien cómo se encontraba Kaoru antes de llegar él al dojo, pero de lo que sí estaba seguro era de que, una comida así durante un periodo muy prolongado de tiempo, tenía que acabar por producir problemas digestivos. Estaba convencido.
Kaoru no habló mucho durante la cena, pendiente de la conversación de Yahiko, quien hablaba como si no hubiera un mañana. Era evidente que estaba entusiasmado por su regreso. Le preguntaba sobre su viaje, pero como no entraba en los detalles de su amnesia, pudo relajarse y contestarle con más tranquilidad.
En realidad, no le habían pasado grandes cosas en su camino, así que se limitó a contarle lo que había visto por los pueblos que había cruzado y que, en su caso, algunos los había visto por primera vez. Yahiko no había hecho ese trayecto nunca, por lo que asimiló cada palabra que le decía con verdadero interés.
—La próxima vez que vayamos a Kioto deberíamos hacer la ruta a pie —comentó al final Yahiko—. Cuando fuimos hace unos meses lo hicimos en barco y no pude ver más que agua a mi alrededor.
—Pero te aseguro que el viaje tiene que ser más económico, a menos que hagas el trayecto como yo y no te hospedes en ningún sitio. Pero entonces, te diré que el barco es más cómodo.
—Por una vez no me pasará nada. Soy un chico duro, ¿sabes? —lo dijo como si el hecho de que Kenshin pensara otra cosa fuese una ofensa para él.
—No me cabe duda —replicó sincero.
Yahiko terminó de cenar más animado una vez puesta en su lugar su resistencia física y decidió retirarse a su habitación. En cuanto el chico se marchó, se hizo un gran silencio en la estancia. Y con ese silencio, Kenshin empezó a notar el ambiente tenso. Kaoru le seguía incomodando, y debía ser por ambas partes.
—No sé si te lo habrá contado Yahiko, pero en el tiempo que estuviste de viaje, han venido dos alumnos nuevos —dijo de pronto Kaoru sin venir a cuento.
Kenshin se giró a mirarla receloso, casi esperando que aquellas palabras ocultaran algo de fondo. Pero Kaoru no parecía que fuese a añadir nada más.
—No, no me lo ha dicho —comentó Kenshin.
—Con ellos la escuela ya tiene cinco alumnos —continuó entusiasmada al ver que Kenshin entraba en la conversación—. Es cierto que estos dos últimos vienen para que les enseñe Sanosuke, pero es un avance. Cuantos más alumnos haya en la escuela, más fácil será que otros vengan al ver la afluencia.
Kaoru le informó de los sucesos cotidianos al ver que Kenshin era mucho más participativo con esos temas. Incluso con los que no sabía ni sobre qué trataban. Le había empezado a explicar algunas anécdotas de lugareños que ambos debían conocer, aunque, al no recordarlos, la información le interesaba más bien poco.
Sin embargo, el hecho de ver a Kaoru más relajada hablando fue lo que hizo que la dejara continuar hasta que ambos se fueron a dormir.
— * —
Kaoru no sabía qué pesaba más en su insomnio: si el hecho de que Kenshin se marchara en medio de la noche y la abandonara de nuevo, o la conversación sobre cómo había sido su viaje.
Kenshin tenía una costumbre arraigada de dormir sentando que se había quitado al vivir en su casa. Cuando estaba alojado en algún sitio, dormía en un futón, pero en sus viajes lo hacía sentado.
Y su cuerpo ya no estaba para esos maltratos.
En su enésima vuelta sobre su futón decidió que debía acercarse al cuarto de Kenshin. Se acercó con sigilo y corrió la puerta para dejar una pequeña rendija por la que mirar. Las cobijas del futón de Kenshin estaban intactas. Abrió un poco más la puerta y echó un vistazo dentro. Tal y como imaginaba, estaba apoyado contra una pared durmiendo agarrado a su espada.
Entró dentro de la habitación, pero Kenshin no hizo ningún movimiento. Kaoru sabía que tenía un sueño ligero, y estando él con sus sentidos alerta como lo estaban desde que había despertado del accidente por creer aún vivir en la guerra, no podía imaginar que siguiera dormido.
—¿Kenshin? ¿Estás despierto? —preguntó en un susurro para no asustarle.
—Aunque no lo hubiera estado, me habría despertado en cuanto te acercaste a la habitación —le informó sin reproche alguno. Sólo constataba un hecho. Kaoru sabía de su sueño ligero, pero no tenía constancia de que lo fuese tanto. Quizás esa habilidad exacerbada sí que fuese por su nueva condición—. ¿Querías algo?
—No —contestó al momento. Se acercó poco a poco hacia Kenshin hasta que estuvo a su lado y se arrodilló junto a él—. Estaba preocupada por tu espalda.
Kenshin levantó la cabeza y la miró por fin un poco extrañado. Kaoru traía en su mano una vela con la que iluminaba tenuemente la habitación.
—Las heridas están cicatrizadas y no me duelen —comentó él sin saber qué otra cosa decir—. ¿Has venido a estas horas para eso?
—No me refiero a tus heridas, sino a tu espalda —le corrigió Kaoru—. Le has dicho a Yahiko que no te has alojado en ningún sitio, así que imagino que has dormido estos días a la intemperie. Has estado durmiendo sentado bajo el frío que ha hecho estos días. No puedes descuidarte de esa manera.
—Estoy acostumbrado a dormir así.
—No, no lo estás —le contradijo con rapidez—. Aunque pienses que tienes dieciocho años, no los tienes. Tu cuerpo necesita descansar de forma adecuada. Y, además, estos últimos meses te has resentido mucho. Tienes que cuidarte —volvió a insistir preocupada.
Kenshin había empezado a notar algunas molestias musculares, pero no se lo había achacado a su forma de dormir. Siempre lo hacía en esa posición y nunca le había dado problemas. En cambio, no estaba habituado a andar tantas horas seguidas y se lo había atribuido a eso. Pero si lo pensaba bien, su cuerpo había estado recorriendo Japón, aunque no lo recordara, luego en el fondo, también estaba acostumbrado a caminar de continuo.
Kaoru le cogió una mano y se la separó de la espada que mantenía recostada contra su hombro. Al ver que no hacía ningún intento por evitar su contacto, se arriesgó de nuevo y le quitó la espada. Se levantó y la dejó a la cabecera del futón de Kenshin, donde siempre la depositaba él cuando dormía.
—Los futones me resultan incómodos —repuso él dividido entre hacer caso a lo que conocía de su vida o considerar lo que Kaoru sabía de su vida actual.
Kaoru regresó adonde estaba él sentado.
—Eso es lo que piensas —le dijo, y tocó con su dedo índice la frente de Kenshin—. Pero, en realidad, tu cuerpo lleva meses durmiendo en ese futón. Te lo va a agradecer mañana —terminó con un deje de humor en la voz.
Kenshin no se lo decía de broma: en realidad le resultaban incómodos los futones. La última vez que recordaba haber dormido en uno sin estar convaleciente por enfermedad, había sido con su esposa.
Kaoru volvió a cogerle de la mano y le pasó el dedo pulgar por encima de sus nudillos en un gesto inconfundible de cariño.
—Prométeme que dormirás como es debido —le pidió Kaoru muy seria—. Si no, la que no dormirá nada seré yo, que tendré que venir constantemente a tu habitación para comprobar que en verdad descansas en el futón.
Tras ver la preocupación de la joven, Kenshin cerró su mano sobre la de ella y le dio un ligero apretón.
Un sonrojo cubrió las mejillas de Kaoru, pero no levantó la cabeza para mirarle. Era la primera vez que contemplaba esa faceta maternal y consideró que aquella sí podría ser alguna de las cosas que podían gustarle de ella.
Aunque sabía que Tomoe le había amado, casi se lo había tenido que confirmar su diario. Ella se había marchado de la cabaña en la que vivían para detener la conspiración para matarle en la que estaba envuelta y, al final, se había puesto en medio de su pelea para protegerle. Pero era consciente de que su esposa nunca había mostrado su amor por él. Era muy fría en cuanto a la expresión de sus emociones, aunque él la hubiera amado igualmente.
Kaoru no se parecía en nada a ella. No podía imaginarse a Tomoe discutiendo con nadie como lo habían hecho ellos dos antes de marcharse a Kioto. Tampoco podía concebir que se alegrara tanto por su regreso, y menos, suplicarle que se cuidara preocupada como estaba por su salud.
Si lo pensaba con detenimiento, esos pequeños gestos eran más propios de una esposa que la fría compañía de Tomoe.
Sólo se parecían en una cosa: las dos habían interpuesto sus vidas por él. Kaoru también lo había hecho cuando le dispararon en la isla donde Enishi la retuvo, y también se había metido en la pelea que tuvo con Saito en el dojo.
¿Con Saito en el dojo?
Otra ráfaga de imágenes nuevas pasó a una velocidad desmesurada por su mente originándole un fuerte dolor de cabeza.
«—Aparta, niña… estorbas».
«—En realidad, sólo me han pedido que averigüe lo fuerte que eres, pero he cambiado de opinión. Voy a matarte.
—¿Estás soñando o qué? Seré yo el que te mate».
«—Lo próximo en volar por los aires será tu cabeza.
—Una espada de filo invertido…».
«—Kenshin parece mucho más furioso que otras veces…
—Ése no es Kenshin. ¡Es Battosai, el asesino!».
«—Este asunto no me ha puesto en peligro sólo a mí, sino también a los aquí presentes.
—¡Menos mal! ¡Vuelves a ser el Kenshin de siempre!».
—¡Kenshin! ¡Kenshin!
Kaoru estaba muy alarmada. En un momento estaban hablando tranquilamente y, al siguiente, Kenshin le había estrujado la mano y se había retorcido mientras se agarraba la cabeza. Por mucho que le llamara no le contestaba, como si no pudiera escucharla.
Kenshin se destensó de repente, pero aún mantenía una respiración rápida y superficial.
—¡Kenshin! —volvió a llamarle y, esta vez, se incorporó y se apoyó de nuevo contra la pared. Seguía con los ojos cerrados, aunque, poco a poco, su respiración se normalizó—. ¿Estás bien?
Kaoru le sujetó del rostro para girarle la cabeza y que la mirara. Él por fin abrió sus ojos dorados más brillantes que antes, pero Kaoru no reaccionó ante eso. Kenshin le cogió la mano y se la sujetó con cuidado. Kaoru tenía lágrimas en los ojos del disgusto que le había dado.
—No te preocupes —le dijo para tranquilizarla—. Me ha venido un recuerdo a la cabeza.
—¿Y siempre es así? —preguntó horrorizada—. Pensé que te ocurría algo grave. Te quejabas de dolor y no conseguía que me oyeras.
Kenshin no estaba seguro de lo que le había pasado mientras estaba inmerso en los nuevos recuerdos. Tenía el residuo en la cabeza de un dolor lacerante, pero apenas lo había percibido entre la ráfaga de recuerdos.
—No lo sé. Es la primera vez que me sucede estando despierto.
—¿Y por qué te ha pasado de repente?
A Kenshin no le hacía mucha gracia que Kaoru le anduviera preguntando sobre lo que recordaba o dejaba de recordar, más que nada porque lo que había recordado principalmente eran cosas que no quería que ella supiera que volvía a tener en la cabeza.
Por lo tanto, no podía decirle que había empezado al comparar a Tomoe con ella porque ambas habían interpuesto sus vidas ante un peligro por salvarle. Pero por el estado en que se encontraba Kaoru, era evidente que se había llevado un susto enorme.
—Era la pelea que tuve en el dojo con Saito —optó por decir. Se centró en mencionarle el recuerdo en vez de contestar a su pregunta.
—¿Ese recuerdo te ha enfadado? —cuestionó con cuidado Kaoru.
—No, ¿por qué? —contestó sin saber a qué venía aquella pregunta.
—Te llamean los ojos —agregó sin más—. En esa pelea Saito consiguió sacar tu sangre asesina. Fue como si volvierais a una batalla de vuestro pasado. —Kaoru se tensó al pensar que, de hecho, estaba hablando con un Kenshin anclado en el pasado con dicha sangre asesina—. Perdona, no quería decir eso.
Pero Kenshin no se ofendió por sus palabras. Le había quedado claro con esas imágenes lo que había pasado. En esa época, él se había hecho la promesa de no matar. Por eso había vagado por Japón durante años para ayudar a la gente. Pero, en consecuencia, se había debilitado. Saito había amenazado a su familia y él había respondido sacando sus ansias asesinas a combatir. Algo que conocía a la perfección pues se valía de esa sed de sangre para ser tan eficiente en sus enfrentamientos.
Sin embargo, había descubierto algo fundamental de esa pelea y que explicaba ciertas cosas que no entendía. Aquella ansia de sangre había conseguido que perdiera el verdadero objetivo de vista. Debía valerse del asesino Battosai para proteger a sus seres queridos, pero a la hora de la verdad, todo había quedado en un segundo plano. No había gente a la que proteger, ni promesa de no matar vigente. Sólo las ganas de acabar con Saito.
—El accidente ha hecho lo que Battosai no pudo, ¿no es así, Kaoru?
—¿Por qué lo dices? —preguntó sin saber muy bien qué contestar.
—Me mentiste cuando dijiste que no tienes miedo a Battosai —declaró él con las ideas más asentadas.
—No lo tengo —le contradijo ella.
—Sí lo tienes, pero no por el daño físico que pudiera hacerte. Sabes que ni el asesino sediento de sangre ni yo te haríamos daño siendo una persona inocente. Pero Kenshin siempre llevara a Battosai consigo y tienes miedo de que esas ansias asesinas salgan y atrapen al Kenshin que conoces como lo hacen conmigo —expuso él cada vez más convencido de que esa conclusión era correcta—. Supongo que durante muchos años he conseguido controlarlo. De hecho, ¿acaso no le pusiste nombre? El primer día hablaste de un «Kenshin vagabundo» o algo así. Era a eso a lo que te referías, ¿cierto? —elucubró él—. Pero el accidente ha hecho que olvidara esa parte más tranquila y, en cambio, la parte asesina campara a sus anchas.
—No es así —negó en un intento de autoconvencerse—. Por mucho que hayas olvidado tus recuerdos, ya no eres un asesino.
—Por supuesto que lo soy —confirmó Kenshin sin remilgos—. ¿Crees que hay algo que me impidiese ahora mismo matar a alguien que me amenazara? Sé que tras terminar la guerra hice el pacto conmigo mismo de no matar, pero yo no lo siento así. Aún tengo la sensación de que en cualquier momento alguien me asaltará en plena calle igual que me ha sucedido día tras día en los últimos años. Y por eso no tengo ningún problema con matar a alguien, mucho menos valiéndome del asesino que llevo dentro y que tanto me ayuda a conseguirlo.
—Pues no se te ocurra hacerlo —exigió una Kaoru muy determinante—. No eches por tierra un juramento de diez años sólo porque no lo recuerdes o porque no termines de hacerte a la idea de que la guerra terminó.
Kenshin suspiró cansado y se recostó contra la pared mientras la observaba con atención.
—Entonces, imagino que para eso estás tú. —Ella le miró con cierta confusión—. Tú me recordarás que no tengo que romperlo —explicó con una ligera sonrisa.
Kaoru le estudió por unos instantes mientras interiorizaba lo que le había pedido y, después, le devolvió la sonrisa con un asentimiento de cabeza. Kaoru apretó un poco la mano que Kenshin le cogía con el ánimo levantado.
—Creo que deberíamos dormir un poco —propuso ella—. Usa el futón, por favor —le pidió preocupada de nuevo.
—Está bien, Kaoru. Lo haré —prometió él para que se quedara más tranquila—. No hace falta que vengas a comprobarlo durante toda la noche como pretendías —bromeó al recordar la amenaza de ser el culpable de dejarla sin dormir aquella noche.
Kaoru se marchó a su habitación y Kenshin se metió en el futón. Al momento, notó que su espalda se lo agradecía, como si hubiera estado agarrotada necesitada de destensarse. Sin embargo, se le hacía extraño dormir en aquella posición y estuvo largos minutos mirando las maderas del techo.
Aproximadamente diez minutos después, la puerta se deslizó un poco casi en un silencio absoluto y pudo ver una silueta femenina.
—Kaoru… —le dijo divertido en tono de advertencia.
—Está bien, está bien —se quejó la chica al ser descubierta.
—Vete a dormir y no vuelvas.
Le hizo caso y Kaoru no regresó a comprobar que estuviera en su futón. A Kenshin le pareció graciosa aquella preocupación por su bienestar. En verdad era algo a lo que podría acostumbrarse. Era agradable tener a alguien cerca que se preocupara de él, para variar.
Y aunque le costó conciliar el sueño, no tuvo más opción que reconocer que su espalda se lo agradeció a la mañana siguiente.
Notas del fic:
*Dojo: Lugar de entrenamiento.
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Fin del Capítulo 7 - 17 Junio 2013
Revisión - 5 Junio 2018
