CAPÍTULO 8: Responsabilidades
Comentarios a los reviews:
Arlevika: ¡Gracias! Me alegra que te guste tanto la historia. Espero de verdad que los cambios los veais para mejor. No quiero alejarme mucho de la historia original, no sólo porque me gusta sino porque también sé que os gusta a vosotras y no quiero que me matéis ;-D. Así que mi meta es mejorarlo sin hacer cosas drásticas. ¡Espero conseguirlo! En cuanto a lo de meter más picantito... ¿Más? ¿En serio? Esta historia ya tiene suficiente picante, hija mía XD. Es la más subida de tono que he escrito hasta la fecha y yo no soy escritora de erótica, precisamente ^_^º. Me cuesta mucho escribir ese tipo de escenas, así que, un respiro, please! XD
Kaoruca: Te contesto primero lo de «Radiante» porque lo otro es muy largo. El problema está en que tengo a los dos protas de cada historia en un momento «turbio/oscuro» de su personalidad (aunque Soujiro está al inicio ^_^º). Pero mientras que lo de Soujiro es psicológico/emocional, el otro es institivo/visceral. Y claro... NO es lo mismo. Así que mejor respiro y lo escribo con cuidadito »_«
A lo de los cambios en Kenshin... puff, pues es que es sí y no. Creo que pensáis que hay más cambios de los que hay en su personalidad (¡que los hay! ¡Ojo! Pero los mayores cambios están por venir ^_^º). Pero os explico por qué os da esa sensación. La historia es que estoy interiorizando más en sus reacciones a propósito. Antes, cuando leía la historia, a pesar de que yo sabía por qué reaccionaban así, me seguía resultando un poco brusco o violento al no verlo escrito. Eso quiere decir, que si a mí ya me resultaba violento sabiendo por qué lo hacían, a vosotras os tenía que resultar más brusco aún porque no lo ponía (de hecho, sólo hay que ver las recientes conversaciones que hemos tenido sobre cómo percibíamos lo que ocurría entre los personajes). Así, las discusiones eran un golpe va y golpe vuelve casi sin saber por qué. Y por eso, lo que antes entendíais que era una reacción brusca o exagerada de uno de los personajes, ahora no lo es tanto porque antes de ello, os he puesto uno, dos o tres párrafos enteros sobre por qué está mosqueado y dice esas cosas. Por eso ya no os parece tan brusco y parece que se ha suavizado el personaje, cuando lo que hago es que se entienda mejor el trasfondo de la discusión ^_^º.
Pero ciertamente, tengo intención de suavizar el personaje y en este capítulo lo vais a notar más. Tú ya lo sabes porque hemos hablado largo y tendido de lo que entendemos por «Battosai», pero muchas de las que habéis leído mis historias y comentarios, sabéis que éste no es precisamente mi fic favorito. No es que no me guste, ¡ojo! Yo no escribo cosas que no me gusten (menuda pérdida de tiempo, si no ¬_¬º). Pero no me gusta tanto (a pesar de que la mezcla que salió de Battosai me gustó mucho, que conste) porque en aquel entonces hice una «Personalidad de Battosai» entre lo que se entendía en el fandom por Battosai y lo que para mí era Battosai. Es decir, un «ni para vosotras ni para mí», y me fastidia que no sea para mí XD. Así que, cuando leo la historia, siempre me quedo con la cosa de que lo podría haber hecho mejor y, por ende, no me gusta tanto este fic como otros.
Cuando hice la corrección a finales de año, era más de estilo, mejorar escenas para hacerlas más fluidas y cosas así. Pero reconozco que en la corrección que estoy haciendo ahora... Va más allá (y de ahí que me lleve tiempo actualizar). Pero me dije: «quiero poder leer esta historia a gusto de una puñetera vez». Y eso es lo que estoy haciendo. Tengo intención de meterme a saco con los personajes y los estoy acercando más a mi interés. Ya sabéis que nunca he pensado que Battosai fuese una doble personalidad de Kenshin, pero tampoco creo que sea un asesino desalmado ni nada por el estilo. Es sólo un Kenshin que en aquella época era más solitario y no dejaba que le buscaran las cosquillas (así es como lo presentó Watsuki). Así que estoy acercando el Kenshin de esta historia más a eso (aunque no lo podría conseguir del todo porque me cargaría la historia, así que relajaos las fans de este Kenshin XD).
En fin, a ver en qué acaba esto, que hay aún mucha historia por delante (y todavía me veo resubiendo lo viejo porque me he cargado el fic »_«). Que ya verás que alguna me tira piedras por modificar al Kenshin que hice »_«. Pero mi mayor preocupación es no cargarme el fic por esas modificaciones y espero conseguirlo. Lo bueno es que, por el momento, al menos ya puedo decir que leo la historia más a gusto que antes y eso ya es un logro para mí XD
Dulcecito311: ¡Gracias! Espero que os esté gustando con todos los cambios que le estoy haciendo.
Estefi: ¡Que ya vooooooy! XD. Una no se puede retrasar ni un día XD. Sé que algunas me vais a matar, pero es que estoy en modo creativo ON para lo que no es. La semana pasada, empecé dos proyectos distintos x_x. Y este capítulo lo he retocado mucho. Y no me da la vida T_T
En fin. Gracias por vuestros reviews ;-D. Os dejo con el siguiente capítulo y sus modificaciones ^_^º. Espero que os guste ;-D
CAPÍTULO 8: Responsabilidades
Sanosuke creyó estar viendo un fantasma cuando aquella mañana llegó al dojo* Kamiya para impartir sus clases.
—Me dijeron que no ibas a volver.
—Cambié de idea —contestó con descuido.
—¿Por qué?
Sanosuke estaba muy asombrado de ver a Kenshin allí. Se había hecho a la idea de que pasaría mucho tiempo hasta que coincidieran de nuevo.
—¿Tú por qué crees? —Kenshin entrecerró sus ojos y le miró con total acusación. Echó una ojeada hacia los lados y, tras coger a Sanosuke del brazo, lo llevó hasta el muro exterior donde tenía una amplia visión de la zona y podría ver si alguien se acercaba—. En cuanto llegué a Kioto, Misao me contó algo muy interesante sobre mi relación con Kaoru.
—Oh, vaya… —No tuvo que decirle más para saber qué era lo que Misao le había contado.
—Sí, vaya… —le instigó Kenshin, consciente de que por fin podría desquitarse con alguien—. ¿No tienes nada que añadir? ¿Se puede saber por qué demonios he tenido que ir hasta Kioto para enterarme de esto?
—Bueno, ¿y qué esperabas? Estaba preocupado por mi integridad física —le reprendió esta vez Sanosuke—. No sabes con qué cara miraste a Kaoru cuando te puso la mano encima. ¡Creí que se la habrías cortado si hubieras podido!
—No hubiera hecho algo así —reprochó ultrajado el pelirrojo por considerarle capaz de esa crueldad.
—No, pero dejaste claro que no te hacía gracia que te tocara alguien que no fuese Tomoe. Y para rematar, dijiste que nunca volverías a tener otra mujer. ¿O no recuerdas nuestra conversación sobre Megumi?
Kenshin resopló, porque sabía que Sanosuke tenía parte de razón. Ya había imaginado que no se lo habían revelado por la reacción inicial que había tenido. Pero ¡maldita sea! Tenían que habérselo dicho, aunque le hubiera impactado de forma negativa. Se suponía que tenía una mujer y la había abandonado sin miramientos.
—Eso no os daba derecho a ocultarme algo semejante. Por mucho que no me gustara, me lo tendríais que haber contado —recriminó furioso. Después de varios días de reconcomerse por dentro, por fin podía descargarse con uno de los culpables de aquel embrollo—. ¡Por Dios, Sanosuke! ¿Cuántas cosas de esa relevancia puedo tener? ¡Es un hecho clave y os lo callasteis!
—Lo siento —se disculpó Sanosuke contrito—. En verdad pensábamos contártelo en cuanto pasaran algunos días y te hicieras a la idea de que tenías una vida posterior a la que recordabas —se excusó, aunque acto seguido contratacó—: Además, tú también tienes tu parte de culpa.
—¿Yo? —se sorprendió.
—Por supuesto. Te largaste de aquí en tiempo récord. Pero si me enteré de ello porque Kaoru me lo dijo cuando fui a entrenar esa mañana —le acusó—. No nos diste margen para nada.
—Os avisé de que me marchaba.
—¡Pero unos días! No para siempre…
Kenshin le observó con detenimiento. Al parecer, Sanosuke también le reprochaba su proceder en aquel asunto, así que decidió concederle el beneficio de la duda.
—¿Eso quiere decir que me lo habrías contado a pesar de mi mala reacción?
—Por supuesto —respondió al momento, para su tranquilidad—. Porque, de estar en tu lugar, a mí me habría gustado que me dijeran algo así antes de tomar una decisión irreflexiva.
Y que era el gran motivo por el que estaba tan enfadado con ese tema: porque era algo de gran relevancia a tener en cuenta en sus decisiones, pero no se lo habían contado.
—¿Y por qué, en cambio, ni Kaoru ni Megumi lo hicieron? —inquirió molesto.
—No lo tengo claro. Sé que a Megumi la dejaste de piedra. Ella misma me lo dijo —explicó el hombre más tranquilo, y se apoyó en el muro antes de continuar—. Pero de Kaoru… de verdad que no tengo ni idea. De hecho, me extrañó que no lo hiciera para conseguir retenerte —meditó cruzándose de brazos—. Tuvo que tener algún motivo… Y tuvo que ser fuerte porque ella te adora. Ha estado muy deprimida todos estos días.
Kenshin suspiró con cansancio e imitó la postura de Sanosuke al apoyarse contra el muro. Metió sus brazos entre los pliegues de las mangas y descansó la cabeza contra la pared.
Le molestaba que no le hubieran informado de su relación con Kaoru, y pensarlo le hacía hervir la sangre. Pero, de igual modo, le abrumaba la sensación incómoda de saber que esa chica estaba enamorada de él —y que, supuestamente, era correspondida— cuando ni siquiera se acordaba de ella.
—De todas formas, aunque me hubiese ido por poco tiempo, me lo tendríais que haber contado —comentó con cierto tono resignado. El hecho de ver a Sanosuke también molesto por todo, poco a poco había reducido su propia beligerancia—. Aquel doctor os dijo que podía recuperar mis recuerdos. ¿No se te ocurrió pensar la confusión que me crearía si empezase a recordar cosas de Kaoru cuando nadie me había aclarado nada?
—¿Has recordado algo? —preguntó con curiosidad.
—Sí, he empezado a recordar cosas —le confirmó y, acto seguido, le miró con ojos acusadores—. Y algunas son de ella, como el hecho de que Enishi la hiciera pasar por muerta y casi me dejo morir de la angustia —le reprochó, y vio cómo Sanosuke se tensó en un instante.
—Sí —corroboró incómodo—, ése es, sin duda, un recuerdo que confundiría a cualquiera.
—No me digas… —ironizó, y después resopló—. Por suerte, eso pasó después de que Misao me dijera que era mi mujer y pudiera entenderlo —recriminó molesto—. Pero imagina si no me hubieran contado nada qué demonios habría pensado.
Sanosuke no supo cómo defenderse de eso. Kenshin tenía gran parte de razón. Aunque no se hubiera marchado de viaje, esos recuerdos podrían haberle llegado en cualquier momento, y que no necesariamente tenía que ser el tiempo que ellos hubieran estimado para informarle. Quizás lo hicieran con buena intención al ver que se había despertado en una época en la que aún conservaba muy vivo el recuerdo de su esposa. Pero no se les había ocurrido pensar lo confuso que sería para él recordar sucesos con Kaoru cuando nadie le había explicado la clase de relación que tenían.
—¿Lo sabe Kaoru?
—No, por supuesto que no —contestó con más brusquedad de la debida—. Esto ya es lo suficientemente incómodo para mí como para meterla también a ella. Si de por sí ya anda de puntillas alrededor mío, no quiero ni pensar cómo me trataría si fuese consciente de que sé que está enamorada de mí.
—¿Tú no has vuelto a sentir lo mismo por ella?
—No, no la quiero. No así, al menos —rectificó no queriendo sonar tan contundente—. Sin embargo, sí sé que antes del accidente la amaba mucho. Pero no recuerdo gran cosa de ella. Para mí sigue siendo una desconocida.
Sanosuke soltó el aire poco a poco mientras reflexionaba sobre ello. La pobre Kaoru había peleado por conseguir a Kenshin atravesando el oscuro pasado de él y, cuando por fin lo lograba, lo perdía por un accidente que le llevaba de vuelta a dicho pasado.
—¡Ey, Sanosuke! Has llegado —exclamó Kaoru desde la casa, aunque rápidamente se acercó hasta ellos—. Y ya veo que estás al tanto de que Kenshin ha vuelto —rio al llegar a su lado.
—Vaya… te veo muy animada hoy.
Sanosuke le pasó un brazo fraternal por los hombros y posó un casto beso en su frente. Esos días Kaoru había estado muy necesitada de cariño y todo el mundo se había volcado en ella para hacerla sentir mejor. Para Sanosuke, Kaoru era como otra hermana pequeña y le afectaba mucho verla tan decaída.
—Por supuesto, Kenshin ha regresado a casa —contestó feliz—. Otra vez volvemos a estar todos juntos. —Entonces, centró su atención en el mencionado y añadió con cierta sorna—: ¿Qué tal has dormido esta noche?
Kenshin sonrió ligeramente ante el tono sabiondo de la chica.
—Muy bien. Mi espalda te lo agradece.
—Lo sabía —replicó muy ufana ella, que miró a Sanosuke con aire crítico—. ¿Te puedes creer que ha retomado esa insana costumbre de dormir sentado?
—Sí que me lo creo —rio el luchador ante la reprimenda de Kaoru. No era muy difícil imaginar que Kenshin hubiera retomado muchas de sus costumbres al no recordar que ya no las hacía.
—Tenemos que estar atentos a qué más cosas hace que no debiera —añadió en tono conspiratorio hacia Sanosuke.
—¡Kaoru, deja de entretenerte y ven al dojo! —gritó Yahiko en la lejanía—. ¡Los alumnos están a punto de llegar!
—¡Ya voy! —respondió de la misma forma—. Hay que ver cómo se pone… —agregó en tono de burla para ellos, y acto seguido, se marchó corriendo.
Sanosuke se quedó viendo el lugar por el que desaparecía Kaoru. Hacía tiempo que no la veía así de animada y su corazón se alegró por ello. No se merecía tantos disgustos.
—Hacía días que no la veía sonreír —dijo con toda intención para hacerle saber a Kenshin lo que había supuesto para ella su marcha—. Será mejor que vaya también con ellos —informó Sanosuke antes de moverse.
Sin embargo, Kenshin le detuvo… Y le miraba con cara de querer descuartizarlo.
—Puede que no la recuerde, pero no se te ocurra jamás tocarla así de nuevo —le amenazó con la voz más fría que le había oído nunca.
Sanosuke incluso dio un paso hacia atrás por instinto de conservación al oír la voz propia de un Battosai enfadado. Se quedó sin palabras que articular. No se esperaba aquella reacción tan drástica cuando acababa de decirle que no sentía nada por Kaoru y había sonreído todo el tiempo mientras la chica estaba allí.
—No tengo ese tipo de interés en ella —se defendió.
—Me da igual —sentenció.
Sanosuke abrió los ojos con mucha sorpresa. Definitivamente, no se esperaba una reacción tan territorial. Pero imaginaba que para Kenshin, si algo era de él, siempre lo sería, aunque no lo recordase.
Cuando por fin salió del estado sorpresivo en el que le había pillado, sonrió algo más animado.
—Claro, Kenshin —le dio la razón. Tampoco estaba tan loco como para enfrentarse a él por algo así—. Aunque tengo que decir que eres mucho más territorial que antes. Nunca te habías puesto así por que alguien mostrara afecto a Kaoru.
—Puedo creerme que haya cambiado algunos aspectos de mi carácter con los años, pero éste es uno que dudo mucho que esté entre ellos —le corrigió—. Lo más probable es que fuese más permisivo si conociera bien las intenciones de quien se acerca a ella.
Sanosuke le observó de hito en hito y volvió a sonreír esta vez más relajado. Quizás no la recordase, pero le habían dicho que era su mujer y defendía su territorio. Y puesto que en esos momentos no se fiaba ni de su sombra, era mejor no tirar de la cola al tigre hambriento.
—Por supuesto —estuvo de acuerdo con él—. A ningún hombre le gusta que otros se acerquen a su mujer.
—Sabía que lo entenderías —dijo Kenshin aún con tono de advertencia.
Sanosuke se encaminó hacia el dojo con una sonrisa mayor en la cara. Al parecer, Kaoru no estaba tan desamparada en aquella situación como lo había creído minutos antes.
— * —
Había caído la tarde para cuando Megumi se enteró de que Kenshin había regresado a Tokio. Le había sorprendido mucho la noticia pues apenas hacía algo más de una semana que Kenshin se había marchado con la intención de no volver. Si hacía cuentas de los días que habían transcurrido, ni siquiera debería haber llegado a Kioto por mucho que Sanosuke le dijera que había estado con Misao.
—Pero ¿cuánto tiempo ha tardado en el viaje en sí? Hace diez días que se fue. —En verdad le creaba curiosidad saber cómo había hecho la proeza de ir hasta Kioto y volver en tan pocos días a pie—. Una persona normal tarda ese tiempo sólo en ir hasta allí.
—Kenshin está acostumbrado a andar mucho —fue su única respuesta.
En el viaje a Kioto de hacía unos meses, Kenshin también había tardado poco en llegar hasta allí y eso que iba con Misao y había tenido que entretenerse en algún que otro pueblo a causa de Shishio.
Megumi se sentó en un taburete y esperó a que Sanosuke hiciera lo mismo. En cuanto le tuvo al alcance, comenzó a deshacerle el vendaje para revisarle la mano.
—Las heridas han cicatrizado bien —dijo con un primer vistazo. Después se puso a moverle los dedos y la muñeca—. La movilidad también es buena. Tienes suerte, cabeza de pollo: tu mano se curará del todo a pesar de tu estupidez.
—Gracias, doctora —contestó sin más él, al tiempo que se fijaba en que Megumi ya ni siquiera se sorprendía de que no le entrara a la discusión.
Aprovechó que le inspeccionaba la mano para mirarla con detenimiento. Megumi era una mujer muy bella y disfrutaba cada momento que podía robar para recrearse la vista. Además, empezaba a considerar seriamente que eso sería lo único que tendría de ella. La estrategia que había adoptado ni le gustaba ni estaba funcionando. Megumi seguía sin verle como alguien responsable a tener en cuenta, que era lo que ella buscaba en un hombre. Sólo hacía falta ver cómo le criticaba por todo. Y para colmo, ni siquiera podía desquitarse con una buena pelea verbal.
—No estoy segura de que esta explicación pueda entenderla alguien como tú, pero el hecho de no tener venda en la mano no implica que puedas hacer lo que te dé la gana con ella —se burló Megumi con sus indicaciones—. Claro que, si no eres capaz de tener cuidado cuando tu mano está vendada, es un caso perdido sin ella —suspiró resignada.
Sanosuke no contestó; se limitó a dejar sus ojos fijos en su mano mientras movía los dedos despacio. Aquello acabó con la paciencia de Megumi que no era capaz de hacerle reaccionar, y eso que cada vez estaba siendo más dura con sus comentarios.
—Te mueres por replicarme —le reprochó molesta, y esperó hasta que levantó la mirada para verla—. ¿Por qué no lo haces?
—Porque ya no me divierte.
—Eso es mentira. Pero si te lo veo en la cara.
Y por desgracia, seguro que ella tenía razón. Se estaba mordiendo la lengua figuradamente, pero incluso juraría que le empezaba a crear un dolor físico el no rebatirla.
Y eso se tenía que notar. Él no estaba hecho para ser tranquilo.
—No me apetece pelear —continuó en su papel.
—¿En serio? ¿Al hombre que adora cualquier tipo de pelea no le apetece pelear? —La mujer alucinaba de forma genuina. La respuesta que le había dado era inverosímil a sus oídos.
—Bueno, pues este tipo concreto ya no. Creo que ya tenemos edad para dejar atrás las chiquilladas.
Megumi le miró perpleja ante una explicación que podría creer en cualquier persona que no fuese Sanosuke. Pelearse era su vida, ¿por qué actuaba así?
—¿Estás de broma? Espera… —Le puso la mano sobre la frente y especuló—. ¿Estás enfermo o algo así? —añadió como si analizara la temperatura de su cuerpo.
Para Sanosuke, aquello fue la gota que colmó el vaso y le agarró con fuerza la mano, en un gesto más brusco de lo que en realidad pretendía. Megumi se sorprendió por su reacción, pero él ya había tenido suficiente. Se había contenido de entrar al trapo durante días —unos muy dolorosos días— porque le había asegurado que odiaba las peleas. Sin embargo, no cejaba en su empeño de provocarlas.
Estaba harto… más que harto de intentar aparentar ser maduro cuando era obvio que ella buscaba en él su supuesto comportamiento infantil.
De modo que decidió ponerle fin a su teatro y mandarlo todo al infierno.
—¡¿Se puede saber a qué demonios juegas?! —le reclamó Sanosuke por su actitud.
—¿De qué hablas? Yo no juego a nada —se quejó ella.
—¿Cómo que no? Llevas días buscando pelea conmigo. —Se levantó de la silla exasperado cuando la vio abrir los ojos con sorpresa—. De verdad que no entiendo nada. Si discutimos, te quejas por hacerlo; y si me comporto como un adulto, tú buscas bronca conmigo.
—Eso es absurdo —se defendió ultrajada tras levantarse también para no quedar en una posición tan desventajosa. Por desgracia, era consciente de que su contestación tenía muy poco valor, pues los dos sabían que había hostigado a Sanosuke a la mínima oportunidad.
—Entonces, ¡¿por qué me provocas a cada momento?! ¿Por qué no lo dejas estar igual que hago yo? —la acusó él con razón—. ¿Es que necesitas pelearte conmigo o qué?
—¡Por supuesto que no! —replicó indignada—. ¿Es que te has vuelto loco? ¿Por qué querría yo algo así?
—¡Dímelo tú! —recriminó—. Yo soy el que había decidido comportarse como un adulto.
—¿Adulto, tú? Esto es increíble… —protestó con asombro—. No sabrías lo que es comportarse como un adulto ni aunque te golpease en la cara.
—Pues estoy seguro de que no será lo que has hecho tú todos estos días —la increpó—. ¡Dios! Pero si con cada día que pasa vas a peor —se exasperó—. Ya casi no eres capaz de hablarme sin meter alguna pulla de por medio.
—¡No es culpa mía que seas un imbécil! —gritó, y le dio un puñetazo en el pecho.
—¡Maldita sea! —masculló enojado por partida doble. La agarró por la muñeca y, en cuanto intentó soltarse con la otra mano, también se la apresó. Tiró de ella y la acercó a él—. Deja por una vez esa fachada y se honesta conmigo.
—¡Yo siempre soy honesta!
—Entonces dime: ¡¿qué es lo que quieres?! ¿Cómo quieres que me comporte contigo? —le pidió, pero a cambio, Megumi le miró como si se hubiera vuelto loco—. No me mires así, ¡sólo decide algo! Porque así no hay quien se amolde a ti.
—¡¿Ves por qué eres idiota?! ¡¿A ti quién te ha dicho que quiera que te amoldes a mí?!
—¡No me vengas con ésas! —espetó furioso y la agarró más fuerte—. ¡Estoy harto de este maldito juego! ¡Así que déjalo de una vez y sólo dime qué demonios quieres de mí!
—¡Yo no quiero nada de ti! —contestó con gran indignación y, de un tirón, consiguió soltarse de su agarre.
Sanosuke no sabía ya qué decirle. Se miraron a los ojos aún con la respiración alterada por el enfrentamiento. A Sanosuke le iba el corazón muy rápido, pero no por el deleite que solía conllevar una discusión con Megumi. Porque ésta no era como las otras. La que tenían en esos momentos era una pelea de verdad. Con toda probabilidad, era la primera bronca verdadera que tenían desde que se conocían, una vez pasado todo el tema del tráfico de opio.
Se irguió mientras se replanteaba cómo habían llegado a ese punto. Megumi era una de las mujeres más bellas que había visto nunca e inflamaba la llama de su deseo con una facilidad pasmosa. Pero no sólo la quería por eso. Mujeres bonitas había en todos sitios.
Sin embargo, a diferencia de otras, Megumi era una mujer de fuerte carácter, algo que valoraba como el bien más preciado. Sanosuke también lo tenía y jamás podría cambiarlo. De modo que, si estuviera con una mujer más tranquila, la arrollaría con su temperamento.
Pero, por encima de todo eso, también estaba su fortaleza de espíritu. Había tenido una vida difícil donde nadie se había preocupado de ella hasta que se encontró con ellos. La habían intentado ayudar y, al ver que les ponía en peligro, se había entregado a su carcelero con la intención de acabar con su propia vida para que no pudieran seguir con su chantaje para fabricar opio.
Porque a pesar de todo, pensaba en los demás cuando nadie lo había hecho con ella.
Megumi era una buena mujer que se había visto involucrada a la fuerza en una situación insostenible para muchos, pero de la que ella había conseguido sobrevivir.
Sanosuke podría pasarse la tarde enumerando otros aspectos de ella que adoraba porque aquello sólo era la punta del iceberg que le hacía amarla. Sin embargo, igual que un iceberg seguía su rumbo en las aguas del océano sin forma de contenerlo, llegó a la conclusión de que tendría que dejarle hacer lo mismo a Megumi, por mucho que le doliera.
—Se acabó —dijo por fin, a medias entre la resignación y la desesperación—. Si va a ser así, se acabó.
—¿El qué? —cuestionó con mucha, mucha cautela. El ambiente entre los dos había cambiado por completo.
Sanosuke llevó su mano a la mejilla de Megumi para tocar su piel. Sintió un ligero temblor en la mujer que le extrañó, pues en la consulta no hacía frío como para que tuviera esa reacción. Sin embargo, no pudo indagar más en ello porque tenía que terminar con esa comedia por su propio bien o acabaría por volverse loco. No podía seguir con aquella interpretación que llevaba casi dos semanas efectuando. Porque, para empezar, lo que conseguiría con ese teatro no lo quería.
—No puedo hacer esto.
—¿De qué hablas? —preguntó confundida.
En un momento habían estado discutiendo acaloradamente y, al siguiente, Sanosuke parecía tan abatido que le encogió el pecho. Él apartó la mano con la que le había dado la suave caricia que había sacudido todo su cuerpo.
—Una de las cosas que más me gustan de ti es tu lengua viperina, pero si para tener una oportunidad contigo tengo que renunciar a ella, me niego. No puedo amoldarme a eso. ¡Nunca he querido una mujer dócil! Así que, si no te puedo conseguir de la forma en la que me enamoré de ti, entonces, simplemente, no te podré tener.
Megumi se quedó petrificada con los ojos muy abiertos al escuchar la confesión de Sanosuke. Hasta su corazón se había detenido de la impresión. No podía ser cierto; tenía que ser una pesadilla. Sanosuke no podía amarla, porque aquello sólo complicaría su vida que de por sí ya era un caos emocional.
—No… no, no, no… —susurró dando pasos hacia atrás en completa negación.
Lo único que la mantenía firme en sus planes de buscar un hombre estable con el que iniciar una vida conjunta era saber que Sanosuke no la correspondía. Era su seguro de que no perdería la cabeza. Quería una vida normal; anhelaba una familia por sobre todas las cosas. Y sus sentimientos ya le habían demostrado que eran traicioneros.
Tenía que borrar esa confesión de su cabeza porque, de lo contrario, lo podría arruinar todo. Era una mujer débil; y era consciente de que en un momento de locura podría sucumbir a su deseo de estar con él, aunque la mujer racional que había en ella supiera que entonces tendría que despedirse de sus sueños.
Porque Sanosuke nunca querría lo mismo que ella. No era sólo achacable a su juventud; él era la clase de hombre que nunca se asentaría.
—¿Por qué me has dicho eso? —murmuró tan bajo que más pareció para ella que para Sanosuke.
Era horrible. Aquella confesión que para una mujer enamorada podrían ser las palabras más esperadas por ella, eran las únicas que Megumi no quería oír.
—Perdona… Siento habértelo soltado así —se disculpó.
Pero ella ni siquiera le escuchaba. Se empezó a angustiar… mucho, y un nudo enorme le atenazó de pronto el pecho hasta el punto de no dejarla respirar.
—¿Megumi? —se preocupó él.
—No puedes decirme eso —susurró ella, y se llevó las manos a la cara desconsolada—. ¿Cómo puedes hacerme esto? —añadió con más fuerza—. ¡¿Cómo te atreves a decirme eso?! —le reprochó alterada al borde de las lágrimas.
Sanosuke se quedó perplejo. Cuando había llegado esa tarde a la clínica, no estaba en sus planes revelarle sus sentimientos. Pero todo se había torcido en el acaloramiento de la discusión y había decidido poner punto final a aquel tira y afloja que no le dejaba dormir. Tenía que romper los lazos con ella para convertirla así en sólo una doctora local y, de esa manera, intentar olvidarla. De modo que había optado por contárselo y, de esa forma, poder largarse con un peso enorme quitado de encima.
Sin embargo, ni en un millón de años hubiera podido esperarse aquella reacción por parte de Megumi.
—¿No puedo decirte que te quiero? —Estaba muy sorprendido.
—¡No! —exclamó Megumi, y Sanosuke empezó a asustarse al verla tan fuera de control. Jamás había visto a la fría y calculadora doctora en ese estado—. Tengo programado mi futuro al detalle. Estoy a «esto» —matizó enfadada juntando el índice y el pulgar— de conseguir cumplir mis sueños. ¡¿Y te atreves a venir aquí a intentar fastidiármelos?! ¡Maldito desgraciado!
No entendía nada. Estaba tan abrumado por su reacción que ni siquiera se sentía herido por las duras palabras de ella después de su declaración. Porque estaba seguro de que algo así dejaría deshecho a cualquiera.
—Tranquilízate… —intentó calmarla.
—¡Pero ¿cómo voy a estar tranquila?! —gritó fuera de sí—. ¿Sabes lo difícil que ya es de por sí para mí renunciar a ti sin saber eso? No tienes derecho a complicármelo más.
Sanosuke no estaba seguro de que Megumi fuese consciente de lo que decía, pero no tenía ningún sentido para él. ¿Renunciar a él? ¿Complicárselo más?
—¿Renunciar a mí? ¿Complicártelo más? —se vio repitiendo lo que su mente acababa de pensar.
De verdad que no entendía nada; estaba demasiado impresionado. Sin embargo, Megumi no se lo aclaró. Había vuelto a encerrar su rostro entre sus manos y se puso a murmurar cosas para ella que no llegó a entender.
De modo que Sanosuke repasó de nuevo las palabras que le había dicho hasta que consiguió darles un sentido; el único que se le ocurría y que hizo que se le detuviera la respiración de golpe: Megumi le amaba, pero no quería estar con él.
—Un momento… ¿Qué acabas de decir? —le preguntó con apremio. Ella negó con un gesto de la cabeza, pero eso no consiguió detenerle—. No te escondas; tenemos que hablar de esto —dijo al tiempo que intentaba quitarle las manos de la cara. Pero ella se soltó y se alejó de él.
—¡No quiero hablar contigo! —se opuso ella enjugándose las lágrimas por ver peligrar los sueños por los que estaba luchando—. ¡Tienes que irte!
—¿Bromeas? Acabas de decir que me quieres.
—No he dicho algo así —respondió. Intentó sonar indignada, pero fracasó miserablemente.
—Sí, lo has dicho. Acabas de decir que es difícil para ti renunciar a mí. Quizás no sea tan listo como tú, doctora, pero eso lo entiendo —replicó mordaz.
No iba a dejar que saliera de aquélla así como así. Aunque tuviera que encerrarla en su propia consulta, no la soltaría hasta que dejaran claro todo eso. Porque si su conclusión era correcta y Megumi le amaba, era porque le quería tal como era sin necesidad de interpretaciones. Igual que le pasaba a él con ella.
—Me da igual lo que hayas entendido —dijo con voz temblorosa—, porque no es importante para mis planes.
—¿Tus planes? —cuestionó sin entender.
—Tengo veintidós años; quiero casarme, comprarme una casa y tener hijos.
—¿Y qué tiene que ver eso con el hecho de que no quieras estar conmigo?
—Que necesito un hombre responsable que quiera las mismas cosas que yo.
Sanosuke esperó a que continuara con la explicación y lanzara una luz sobre la pregunta que le había formulado, pero al ver que no continuaba, se dio cuenta de que para ella ésa era la respuesta.
—¿Se supone que eso explica que no quieras estar conmigo?
—Ichiro es el hombre…
—¡Me quieres a mí! —la interrumpió elevando la voz para imponerse—. Céntrate en lo importante.
—¡Eso es importante! —le contradijo ella enfadada, y se quitó los últimos rastros de lágrimas de la cara—. El amor no tiene nada que ver en mis planes.
—¿Cómo que no? —Aquélla era una conversación de locos—. Has dicho que quieres una familia. ¿No prefieres tenerla con la persona que amas?
Megumi se tensó con esa pregunta. Por supuesto que prefería casarse por amor antes que por conveniencia. Pero, para su desgracia, no siempre se podía tener las dos cosas.
—Tú no quieres eso.
—¿Y por qué demonios piensas que no? ¿Acaso me has oído decirlo alguna vez? —Sanosuke acababa de llegar a un punto en el que creía que no podría sorprenderse más.
—Vamos, Sanosuke, los dos sabemos cómo eres —dijo con condescendencia—. Eres joven e inquieto. Puede que ahora pienses así, pero en unos meses se te habrá pasado y yo no puedo permitirme perder el tiempo.
Sanosuke la observó en absoluto silencio, sin saber muy bien cómo proceder. Era evidente que volvían otra vez a la palabra clave: responsabilidad. Megumi sólo atendía a la lógica que le hablaba de lo que conocía de él y por la cual nunca podría alcanzar ese adjetivo. Pero, paradójicamente, él no tenía ningún problema con asentarse por ella.
—Entonces, el problema es que no confías en que te quiera lo suficiente como para empezar una vida contigo. —Sanosuke se acercó a la puerta del consultorio y se recostó contra ella. No dejaría que escapara de allí sin dejar las cosas claras—: ¿Qué prueba necesitas para que me creas?
—No puedes convencerme —contestó determinante.
Si fuese necesario, incluso se tatuaría en la mano que no fuese estúpida para recordarse no flaquear. Le conocía y por eso sabía que no lo conseguiría. Era absurdo hacerles perder el tiempo intentando algo que ella sabía que él no quería hacer, aunque dicho intento durase poco tiempo.
—Sólo porque tú te niegas a que te convenza. ¿Qué necesitas? —repitió.
—Déjalo… Es un punto muerto.
—¿Y qué demonios vamos a hacer, entonces? —la instó Sanosuke crispado.
—Me da igual lo que hagas tú —replicó sin miramientos—. Yo continuaré con mis planes: si Ichiro me pide que me case con él, lo haré.
—Si Ichiro te pide que te cases con él, le romperé todos los huesos del cuerpo —le advirtió Sanosuke abruptamente, y se acercó de nuevo hasta ella.
Megumi se congeló en el sitio.
—¡Es mi vida! No puedes hacer eso —le recriminó enfadada.
—Ponme a prueba si te atreves… —la retó él, a cambio—. Escúchame bien, Megumi. Podía hacerme a un lado pensando que no me correspondías, pero no así. No cuando lo único que nos separa son tus miedos. Así que, si he de luchar contra ti por esto, que no te quepa la menor duda de que lo haré. Jugaré sucio si es necesario, pero al final, ganaré. Sabes tan bien como yo que es muy difícil derrotarme.
Sanosuke intentó intimidarla con su altura prácticamente pegándose a ella, lo que hizo que le tuviera que mirar hacia arriba. Sin embargo, Megumi no se amedrentó y le hizo frente sin moverse ni un ápice con sus ojos fijos en los suyos. Ni siquiera pestañeó cuando vio lo agitado que estaba él. Había removido un avispero inesperado. Sanosuke acababa de declararle la guerra a su fuerza de voluntad. O, mejor dicho, una fuerza de la naturaleza como lo era él, frente a la debilitada fuerza de voluntad de Megumi por mantenerle alejado de ella.
—No voy a cambiar de idea. —La voz de Megumi no salió con la entereza esperada, pero aun así se mantuvo firme—. Por favor te lo pido: déjame.
Sanosuke la cogió por la nuca con suavidad, aunque ejerció la fuerza suficiente para inmovilizarla.
—Ni lo sueñes… —sentenció él.
Y sin dejarle tiempo a replicar, devoró los labios que llevaba meses muriéndose por probar. Ella intentó echarse hacia atrás, pero lo único que consiguió fue que Sanosuke la empujara hasta chocar contra la mesa y la arrinconara allí. Con su mano libre, la asió por la cintura para estrecharla más contra él y Megumi ya no tuvo más posibilidad de movimiento.
A pesar de aparentar siempre ser tan mundana, no demostró mucha experiencia, aunque tampoco debería sorprenderle puesto que ella había estado recluida por Takeda durante años. Invadió su boca con su lengua y ella emitió un corto gemido, aferrándose con sus manos a su pecho y estrujando su ropa. Sanosuke deslizó la mano hacia su espalda para tocarla. Había deseado tanto aquello que no le parecía suficiente lo que hacían.
Cuando se separó de ella, Megumi le miraba con anhelo los labios. La escena era un espectáculo para su vista: tenía el pintalabios corrido, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Respiraba superficialmente como si no pudiera conseguir el aire necesario para sus pulmones.
—¿Te he hecho cambiar de opinión?
—No —dijo ella en un susurro.
Cuando reclamó sus labios de nuevo con firmeza, ella colaboró con más ímpetu. Subió sus manos hasta sus hombros y terminó por agarrarse a su cuello mientras se besaban. Tan habituados como estaban a pelear, no podía ser de otra forma cuando reunió su lengua con la de ella en su boca. Un singular combate se dio lugar allí mientras la saboreaba por segunda vez y exploraba cada recoveco de su boca.
Sintió que le temblaba el cuerpo por la ansiedad de tenerla por fin entre sus brazos. Lo que sentía por esa mujer era fuego líquido por las venas; un deseo que pocas veces había conocido.
Megumi volvió a gemir de placer y la estrechó con más fuerza, con el inconveniente de que aquello hizo que se empezara a excitar. Eso era algo que no le convenía para nada en esos momentos.
Se volvió a separar de esos labios que no quería abandonar, pero, esta vez, Megumi estaba algo más centrada y le miró a los ojos en vez de perderse en su boca.
—¿Y ahora? —repitió Sanosuke, el cual esperaba una respuesta distinta a la anterior.
Megumi esbozó una ligerísima sonrisa que se le hubiera escapado si no estuviese tan atento a sus gestos, y negó con la cabeza una vez. Sanosuke, a diferencia de ella, no ocultó su pícara sonrisa y pasó un pulgar por su labio inferior para terminar de esparcirle la pintura de labios.
—Entiendo, no estoy siendo muy persuasivo.
Cuando sus labios se unieron una tercera vez, la impulsividad quedó de lado y la besó con una ternura que a Megumi la hizo suspirar. Mordió con suavidad ese labio inferior que tanto le tentaba y la doctora se agarró más a su cuello para cogerle mejor mientras ella misma profundizaba aquel beso reuniéndose por primera vez en la boca de él. En esa ocasión, el que gimió de placer fue Sanosuke al ver cómo ella se implicaba de aquella manera en esa caricia íntima. Pero eso terminó por excitarle y Megumi notó la protuberancia en su vientre.
—Sanosuke… —susurró rompiendo el beso muy cohibida. Se había ruborizado mucho más de lo que ya estaba por los besos y apoyó la frente contra su fuerte pecho para intentar recuperar el aliento. No sería muy experimentada, pero sí era consciente de la respuesta que había despertado en él.
—Tranquila, Megumi. Aunque me encantaría tirarte sobre esta mesa y hacer cosas más interesantes, lo dejaremos para otro momento en el que tú ya seas una respetable mujer casada —rio muy divertido con la sugerencia.
Megumi le golpeó con el puño en el pecho mortificada por esa exposición de sus intenciones. Sanosuke se permitió abrazarla contra él y ésta no puso objeción. Apoyó su mentón en la cabeza de ella y suspiró con regocijo. Casi no podía dar crédito a lo que estaba pasándole.
—¿Qué prueba necesitas? —le pidió, y la agarró con más firmeza en sus brazos—. Haré lo que sea, te lo prometo. Pero tienes que decirme qué es lo que tengo que hacer. —Esta vez estaba muy serio cuando se lo dijo. Iba a demostrarle que quería lo mismo que ella, aunque tuviera que poner el mundo del revés—. Tienes que darnos una oportunidad.
—Cuando un hombre se casa se convierte en el cabeza de familia y adquiere muchas responsabilidades. Y tú ni siquiera sabes lo que es eso —le recriminó ella aún abrazada a él—. Deberías tener un trabajo con el que mantener a tu familia; enderezar tu vida.
—Quieres que trabaje —dijo con alivio, pues por fin había aceptado darle una oportunidad.
Y, en realidad, tampoco era una petición descabellada. En cierta forma ya se la esperaba. Hasta Kenshin se lo había aconsejado antes del accidente como medio para hacer que Megumi le tuviera en consideración como pareja estable.
—Quiero que busques un trabajo y que además lo mantengas.
Sanosuke se separó un poco de ella y le pasó las manos por sus brazos en un gesto reconfortante.
—¿Te importa si de momento no es remunerado? —dudó él con inseguridad.
A Megumi le extrañó esa pregunta hecha en tono vacilante, pero entonces pensó en el nuevo entretenimiento que se había agenciado en el dojo Kamiya.
—¿Te refieres a tus clases en el dojo de Kaoru? —quiso aclarar ella para saber si hablaban de lo mismo o a Sanosuke se le había ocurrido alguna otra idea descabellada.
—Sí, la verdad es que me gustan, pero aún no generan ingresos suficientes y lo hago para ayudar a Kaoru.
Megumi le miró con otros ojos al darse cuenta de que no había sido del todo justa juzgando a Sanosuke. Podría ser que no tuviera responsabilidades que ella veía propias para establecer una vida familiar, pero sí las tenía de otra índole.
Porque quizás no trabajaba en un puesto convencional como lo hacía la mayoría de gente, pero sí llevaba días haciéndolo por ayudar a una amiga sin nada a cambio.
—Pelear es lo que siempre he hecho y ésa es una forma de hacerlo y divertirme a la vez —expuso él—. Si la escuela sigue creciendo, podría ser instructor de lucha y tener un sueldo. Pero, si finalmente no funcionara lo suficiente como para seguir dando clases allí, buscaré otra cosa. Te lo prometo.
—Está bien —le dijo ella tras la explicación que le había dado sobre sus planes—. Me sirve que mantengas el trabajo de instructor en el dojo de Kaoru aunque de momento no te dé ingresos. Quiero que me demuestres que en verdad vas a hacer algo con tu vida. Si es lo que en realidad quieres hacer, no tengo inconveniente por la parte económica mientras consigues sacar adelante esa oportunidad para ti. —Suspiró y se abrazó a él con el corazón esperanzado—. Pero consíguelo. Es la única oportunidad que te voy a dar.
—Entonces, está hecho —sentenció el hombre más animado—. Despídete de tu amigo hoy mismo.
—Te veo avanzar demasiado. Aún tienes que demostrarme algo.
—Es un hecho —replicó con seriedad—. Despídete de él en cuanto venga a buscarte. —Sanosuke le pasó el dedo por el borde de los labios e intentó arreglar el estropicio de la pintura roja—. ¿Tienes un espejo? Si tú tienes este aspecto, yo debo tener uno parecido.
—Espera… —Megumi le limpió las marcas de la pintura que bordeaban sus finos labios. Podía acostumbrarse a eso: la realidad había superado con creces a sus fantasías con él y eso la hizo volver a soltar un largo suspiro—. Ya está.
Sanosuke se despidió con un casto beso en los labios y salió por la puerta, pero se detuvo en cuanto vio a varias personas allí que, si bien no tenían la oreja puesta en la puerta, estaban demasiado cerca de ella; todos esperando para entrar en la consulta y ser atendidos.
—Más vale que no desaproveche esa oportunidad que le da la doctora, jovencito —le reprochó la única anciana que había allí—. Y más si tenemos en cuenta el tiempo que les ha llevado terminar de hablar, que llevamos aquí mucho rato esperando.
—¿Habéis espiado nuestra conversación? —repuso indignado Sanosuke.
—Si no hubieran gritado tanto, quizás sólo nos hubiéramos enterado nosotros y no la calle entera.
Sanosuke se quedó atónito ante las palabras de la anciana mientras oía gemir de mortificación a Megumi dentro de la consulta. Después le entró la risa al considerar el potencial beneficioso de la situación para él.
—Megumi, me temo que ya no tienes escapatoria de mí.
Y dicho aquello, salió de la clínica para dejar a Megumi enfrentarse a los curiosos. A fin de cuentas, era culpa de ella haber liado tanto algo tan sencillo como aceptar los sentimientos de ambos.
Notas del fic:
*Dojo: Lugar de entrenamiento.
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Fin del Capítulo 8 - 20 Junio 2013
Revisión - 13 Junio 2018
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Notas finales de la autora :
Bueno, sobre todo para las que hayan leído este fic varias veces, habréis visto que los cambios son bastante importantes en este capítulo. Con deciros que hay más de 1500 palabras más, os digo todo. A mí me gusta más como está ^_^º, y espero que a vosotras también os hayan gustado los cambios.
¡Saludos!
