CAPÍTULO 9: Acercamientos


Comentarios a los reviews:

Anon: Yo no diría que este caso es como el perro del hortelano. En este caso, él no la quiere porque no la recuerda, pero racionalmente sabe que estaban juntos. Y es consciente de que, si Kaoru era su pareja y, además, tenía pensado casarse con ella, es por algo. Por eso vuelve para conocerla. Es amnésico, no estúpido. Es que a cualquiera se le quedaría cara de tonto si, por no poder cuidar como es debido una relación por la amnesia, perdieras a tu pareja. ¿Y si luego lo recuerdas pero la otra persona ha rehecho su vida? ¿Cómo te quedarías? No sé... a mí no me parece tan descabellado que no quiera que se le acerquen los hombres, más sabiendo que, por el momento, no puede mantener una relación romántica con ella porque no la quiere »_«

Kaoruca: Qué conste que muchas veces me cuesta poner esas actitudes machistas de la sociedad. Soy muy consciente de que las cosas eran así y cuando escribo escenas como ésas me dan ganas de poner un cartelito seguido de «MAEC le daría un puñetazo por eso». De hecho, ya me habréis visto muchas veces poniendo notas al final sobre ello para matizar que esas cosas son por la ambientación ^_^º. Pero es que es lo que hay u_uº. Y en cuanto a las discusiones de Sanosuke y Megumi, te gustarán, pero gracias al cielo que no tengo que escribirlas de 0 otra vez. Qué mal lo pasaba con tanto grito en mi cabeza XD

Dulcecito311: Sanosuke y Megumi son muy temperamentales. Por eso me gustan como pareja porque es muy dinámica. Siempre quise hacerles algo a ellos también, y en esta historia salió ;-D. Y en cuanto a Kenshin... ya le llegará, ya... ^o^

BUBU30: A mí también me está gustando profundizar más en los pensamientos y sentimientos de los personajes. Eso siempre hace que podamos empatizar más con todos ellos. En cuanto a lo que comentas de Sanosuke y Yahiko, especialmente Sanosuke, es bastante protector. Y visto cómo se ha torcido todo, pues se le ha pronunciado más esa actitud XD. Me alegra que os esté gustando el remodelado del fic *o*. Espero no cargármelo »_«

Estefi: Sí, es cierto que el fandom no tiene mucho movimiento, pero bueno... es normal si se tiene en cuenta que el manga tiene muchos años u_uº

Antooh: ¡Gracias! Me alegra que os estén gustando los cambios *o* Espero que siga así ;-D

Gracias por vuestros reviews ;-D. Os dejo el capítulo de esta semana ^_^º. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 9: Acercamientos

—Así que más nos vale que las clases salgan adelante, Kaoru. Lo digo en serio —siguió Sanosuke después de ponerles al día de lo acontecido minutos antes en la clínica—. Quiero ganarme la vida como instructor. ¿Me estás escuchando?

Kaoru estaba con la boca abierta, incapaz de procesar lo primero que le había dicho.

—¿Estás con Megumi? ¿De verdad sois pareja? Pero ¡si os lleváis fatal!

La pobre no salía de su asombro. Cuando Kenshin le había insinuado —antes del accidente—, que Sanosuke estaba interesado en una mujer, la última en la que hubiera pensado habría sido Megumi.

—Te felicito, entonces, Sanosuke —se mostró alegre Kenshin por él, y añadió con sorna—: No hay nada como ver peligrar lo que queremos para hacernos reaccionar, ¿eh? ¿Te ha dicho si hablará con Ichiro?

—Eso espero. Le he exigido que le mande a paseo hoy mismo —contestó muy serio.

—¿Quién es Ichiro? —interrogó Kaoru, que no conocía a nadie con ese nombre.

—El hombre con el que había empezado a verse Megumi —le contestó Kenshin.

—¡¿Que Megumi se veía con alguien?! —exclamó atónita—. ¿Y por qué demonios lo sabes tú que no hace ni dos semanas que estás desmemoriado y yo no? —preguntó indignadísima. Le encantaban los cotilleos y no se había enterado de uno tan jugoso que afectaba a sus amigos. Y, sin embargo, Kenshin, que era un desprendido total para esas cuestiones, ¿estaba al tanto?

Aquello era una gran injusticia.

—Sanosuke me lo contó —dijo sin darle mayor importancia ni al tema que trataban ni a la manera con la que se había referido a él. Prefería con mucho esa forma de hablar con él sin contemplaciones, que la distante que había empleado antes de marcharse a Kioto.

—¿Y por qué a mí no? —le reclamó a Sanosuke por no contarle ese secreto a ella también.

—Porque es la clase de cosas que se le cuenta a los amigos, no a las amigas —replicó él con toda intención.

—Pero Kenshin no recordaba que fuese tu amigo —siguió con sus quejas ella como si el susodicho no estuviera delante.

—Pero sí lo sabía de antes, así que sólo le volví a poner al corriente.

Kenshin encontró aquella discusión entretenida. No les había visto relacionarse así, pero entendía que esa forma de echarse los trastos a la cabeza no era algo para nada inusual. Estaban demasiado cómodos con el intercambio de palabras como para ser un hecho puntual.

Y acabó por reírse de ellos.

Eso atrajo la atención de los dos debatientes.

—¿Qué? —dijo Kenshin al convertirse en el centro de las miradas.

—Hacía tiempo que no te oía reír. Al menos de una forma que no fuese maliciosa —corrigió Kaoru. De hecho, el nuevo Kenshin tendía a ponerle los pelos de punta cada vez que sonreía.

—Me temo que no he tenido muchos motivos para hacerlo hasta ahora —expuso sin más.

Kaoru sonrió de vuelta.

—Espero verte así más a menudo. Eso indica que poco a poco te encuentras más cómodo con nosotros.

Kenshin no añadió nada a su suposición y Kaoru retomó el punto en el que habían dejado la discusión. A Sanosuke tampoco le costó nada seguir el hilo de lo que habían estado gritándose. Definitivamente, esa situación era normal entre ellos.

—Voy a calentar el fuego para preparar la cena.

Ni siquiera le escucharon ni se dieron cuenta de que había abandonado la habitación. Cuando el primer día le habían dicho que de forma habitual era él quien cocinaba, le había extrañado mucho. Pensaba que tenía que ser un incordio encargarse de ese tipo de tareas. Cuando estaba en casa de su maestro no le gustaba hacerlas. Pero en su viaje había descubierto que le molestaban menos de lo que esperaba. Había muchas tareas cotidianas que las hacía casi de forma mecánica y ésa había resultado ser una de ellas.

Era eso o tenía una habilidad innata para cocinar, cosa que dudaba. Y por el bien de sus estómagos, no podía esperar a que Kaoru aprendiera a cocinar como era debido.

Si hacía unos meses…

—No —se corrigió en voz alta mientras cruzaba el pasillo—, once años y unos meses. —Tenía que empezar a pensar en el verdadero presente.

Kenshin llegó a la cocina y retomó el hilo de sus pensamientos. Si cuando había tenido dieciocho años le hubieran dicho que acabaría por encargarse de las tareas de una casa, habría matado al idiota que se lo hubiera insinuado por intentar reírse de él. Pero ahí estaba, para sorpresa de todos.

Puso varios leños en la cocina y les prendió fuego. Tardaría un rato en que se calentaran los fogones y aprovecharía el tiempo para preparar el pescado con algunas verduras.

Sin embargo, apenas había sacado las cosas para prepararlas cuando apareció Kaoru por la puerta.

—¿Te ayudo? —se ofreció ella. Kenshin la miró como si no supiera qué responderle y Kaoru se figuró que no tenía una forma respetuosa de decirle que no se acercara a la comida. Suspiró—. Está bien, sólo miraré.

Kenshin frunció el ceño y se limpió las manos con un trapo. Después se apartó del sitio y sostuvo en alto por el filo el cuchillo que estaba utilizando.

—¿Por qué mejor no superviso cómo lo haces?

—¿De verdad? —dijo ella. Se acercó al lugar que había dejado Kenshin y cogió el cuchillo que le tendía.

—Claro, así veremos qué tienes que mejorar.

Empezó por las verduras y pronto se dio cuenta de que Kaoru no era muy diestra para pelarlas, pero mucho menos para trocearlas.

—Quieta —le advirtió él tras cogerle la mano al vuelo. Acababa de tener un claro ejemplo de por qué Kaoru tenía tantas finas cicatrices en los dedos—. ¿Por qué te apresuras en hacer algo que no sabes hacer bien? Me extraña que no te hayas llevado algún dedo por delante a estas alturas —comentó con preocupación—. ¿Tienes prisa?

Kaoru le miró un poco avergonzada al ser corregida en algo como eso. Kenshin nunca se había preocupado de si sabía o no cocinar porque podía hacerlo él. De modo que no había puesto atención en cómo lo hacía ella en las esporádicas ocasiones en que lo hacía.

Pero el nuevo Kenshin había dejado claro que entendía aquellas tareas propias de las mujeres, así que se proponía supervisarla para que lo hiciera mejor.

—No —contestó ella por fin.

—Los demás tampoco. Si no tienes habilidad para cortarlas rápido, no lo hagas así. Ve a tu ritmo. —Kaoru no estaba muy emocionada de que le señalara aquella falta de habilidad, como pudo comprobar Kenshin al ver que torcía la boca—. Puede que tú te preocupes por mi espalda, pero yo me preocupo de tus dedos —le dijo en tono más alegre para que no asimilara sus palabras como una crítica negativa—. Ellos te lo agradecerán.

Kaoru sonrió cuando Kenshin utilizó la misma fórmula que ella para que hiciera caso a sus consejos.

—Pero así tardaré más —dijo mortificada señalando un punto evidente.

—Repito: ¿tienes prisa?

Más conforme, Kaoru se puso a trocear las verduras con más cuidado y mucho más lento de lo que lo había intentado siempre. Y gracias a eso, ni se cortó ni los trozos quedaron tan desiguales que como solían quedarle.

Kenshin la contempló todo el tiempo y concluyó que Kaoru no parecía disgustada de hacer la comida; simplemente, no sabía cómo hacerla. Lo deducía por sus gestos y la actitud que mostraba por la tarea.

Aun concentrada como estaba, tenía una postura relajada que se traslucía en su rostro. Era una mujer agradable a la vista, si no bien de la forma llamativa en que lo eran Tomoe o Megumi. Tenía que reconsiderar el primer juicio que se había hecho sobre su «otro yo», pues no estaba tan ciego, después de todo.

Bajó su mirada para ver cómo cortaba las verduras. Tenía unas manos bonitas, por lo que pudo comprobar.

Kenshin se fue tranquilizando al asumir que su yo de esa época no era tan estúpido como le había considerado de inicio. Al parecer, se había buscado una mujer joven y bonita. Y según iba descubriendo retazos de su personalidad, cada vez le parecía menos inverosímil que acabara sintiendo algo por ella.

Kenshin volvió a prestar atención a lo que hacía Kaoru cuando continuó con el pescado. También pudo comprobar que lo limpiaba de una forma peculiar. Era evidente que nadie le había enseñado a hacerlo de una manera más fácil y rápida.

—¿Tu madre nunca te enseñó a cocinar? —preguntó con tono neutro.

No quería sonar indiscreto por las malas artes que tenía, aunque dudaba que lo consiguiese. A una mujer no podía sentarle bien —de ninguna de las maneras—, que un hombre le señalara los fallos que tenía al cocinar.

—Mi madre murió cuando era muy pequeña —contestó ella sin entrar en más detalles.

Aquello explicaba muchas cosas, pensó Kenshin. Kaoru se había criado con un hombre y le había faltado la figura materna que era la responsable de hacer de su hija una futura buena esposa.

—¿No tenías ningún familiar que os ayudara después?

—No, sólo estábamos mi padre y yo.

—Así que aprendiste por tu cuenta —dedujo con acierto—. No creo que seas mala con la cocina. Es sólo que te faltan indicaciones apropiadas de cómo hacerlo bien.

—¿Tú podrías enseñarme? —preguntó con voz esperanzada.

—¿Por qué no? —comentó al descuido—. Lo que me sorprende es que no lo haya hecho antes.

Kaoru se quedó inmóvil al considerar sus palabras. Si era sincera consigo misma, nunca le había pedido a Kenshin que le enseñara porque no quería dejarle más patente aún aquella carencia en sus habilidades. Siempre había intentado impresionarle porque le quería, y por eso había evadido sus puntos débiles en la medida de lo posible. Pero, por otro lado, tampoco había salido de él intentar enseñarle para que mejorase sabiendo que no cocinaba bien.

—Supongo que ambos tenemos parte de culpa —empezó ella mientras cogía las espinas que había quitado al pescado y las tiraba al cubo de los desperdicios—. Debería saber cocinar como las demás mujeres e imagino que me avergüenza no saber hacerlo —suavizó la explicación para no decirle que, lo que en verdad le molestaba, era que él lo supiera—. Por tu parte, realizas las tareas de la casa como forma de compensar tu estancia aquí. Nunca te lo he pedido, pero lo cierto es que se agradece —añadió con una sonrisa—. Es un alivio venir tarde a casa después de dar una dura clase en otro dojo* y saber que me espera un baño relajante y una cena sabrosa.

Tenían los roles cambiados, concluyó Kenshin no muy de acuerdo con aquel escenario. En esa casa, era Kaoru la que trabajaba para sustentar a la familia, mientras que él mantenía en orden la casa.

No recordaba gran cosa de sus viajes, pero sabía que hacía pequeños trabajos aquí y allá para ganar algún dinero con el que comprar las escasas cosas que necesitaba y que no podía conseguir por sus propios medios. No había tenido un trabajo estable y era evidente que allí tampoco.

Kenshin cogió uno de los pescados y le explicó una forma más sencilla para descamarlo y quitarle las espinas. Ella lo intentó con otros tres más y, cuando llegó al último, parecía haber asimilado los pasos para limpiarlo como era debido. Cogió una sartén y la puso al fuego. Ni siquiera lo comprobó antes de intentar echar la comida en él.

Kenshin la detuvo de nuevo. No sabía de qué se extrañaba. El día anterior cuando llegó, Kaoru estaba haciendo la cena al fuego en vez de utilizar el calor de las brasas para asar la comida. Y lo mismo había hecho el primer día que probó su comida, hacía casi dos semanas. Con paciencia, le explicó qué comidas necesitaban un fuego más intenso que otras.

Pudo ver que pasarían bastantes días los dos metidos en la cocina, pero cuando terminaron de hacer la cena, Kaoru había hecho un plato perfectamente comestible para sorpresa de Yahiko y Sanosuke. Por supuesto, ella no perdió ocasión en toda la noche para recordarles que había hecho un plato al que no podían poner ninguna queja y, cuando le miró sonriendo agradecida con un gesto victorioso, el corazón de Kenshin dio un vuelco inesperado.

— * —

Sanosuke ni siquiera esperó a la tarde siguiente para ver a Megumi. Esa misma mañana, sus pasos le habían dirigido por inercia hasta la clínica. Se sentó en la entrada a esperar a que terminara con el último paciente que quedaba allí, y tuvo que esperar un cuarto de hora porque, nada más terminar con la persona que esperaba su turno, vino otra mujer. Cuando por fin entró para hablar con Megumi, su impaciencia estaba multiplicada por quince: cada uno de los minutos que había tenido que esperar.

—¿Has hablado con Ichiro? —Ni siquiera saludó.

—¿Sanosuke? —se asombró Megumi al verle entrar por la puerta—. ¿Qué haces aquí? —No había esperado verle aquella mañana.

—¿Lo has hecho o no? —inquirió impaciente.

—Era mucho esperar que te comportaras como un ser civilizado, ¿verdad? —se exasperó ella por los malos modales de Sanosuke, que no había tenido la delicadeza ni de saludar.

—Megumi… —la advirtió. No estaba para bromas en lo referente a ese tema.

—Sí, hablé con él ayer —resopló ella—. Debo estar loca para confiar en ti.

—¿Qué le dijiste? —la interrogó con dureza.

—Que no podíamos seguir viéndonos.

—¿Y qué más?

Megumi entrecerró los ojos al ver que Sanosuke quería más detalles.

—¿Acaso quieres regodearte? No fue un trago agradable —le recriminó la doctora.

Apenas había podido pegar ojo en toda la noche por el malestar que le generó la charla que había tenido con Ichiro y la preocupación por lo que había hecho. Sin ir más lejos, aún cargaba encima el desasosiego de haber cometido un error al romper esa relación, y sabía que ese sentimiento la seguiría hasta que al fin viese una fecha definitiva para casarse.

Sanosuke era demasiado inmaduro para entender la relevancia del asunto y la delicada posición en la que estaba ella. Porque no buscaba sin más una relación con un hombre. Buscaba matrimonio e hijos. Una familia. Y por supuesto, no podía permitirse el lujo de pensar a largo plazo. ¡Estaba a punto de cumplir veintitrés años!

Sanosuke no podía ser consciente del salto de fe que había dado Megumi; era imposible que entendiera que, con toda probabilidad, había quemado su última y única nave. Si terminaba por echarse atrás, habría perdido una oportunidad de oro con Ichiro: un buen hombre que había hecho planes reales y serios de matrimonio con ella y que, por cierto, no se merecía que de la noche a la mañana se los hubiera arruinado. Por suerte, era un hombre maduro que había sabido entender las circunstancias, pues ella le había explicado de inicio que estaba enamorada de otro.

Pero Megumi se temía, por esos motivos, que el noviazgo con Sanosuke no iba a ser agradable para ella. Había puesto su futuro en manos de un irresponsable hombre de diecinueve años, y eso le iba a pesar todos y cada uno de los días que transcurrieran.

—No, lo único que quiero saber es si le dejaste claro el porqué. No quiero que albergue esperanzas y dentro de dos días te vuelva a perseguir. No voy a consentir ese tipo de cosas.

—Vaya, no sabía que tuvieras esa vena celosa —intentó provocarle con una sonrisa pícara, algo más animada al ver esa reacción en él.

—No te haces una idea —contestó, en cambio, el hombre con tal seriedad que le borró la expresión risueña de la cara.

—Se lo expliqué todo, no te preocupes —añadió ella al verle bastante susceptible con el tema.

En su fuero interno, a Megumi le regocijaba su determinación. A fin de cuentas, era lo único a lo que podía aferrarse para convencerse de que había tomado la decisión adecuada.

—Bien —dijo él algo más calmado. Se acercó a ella y, abrazándola, soltó un suspiro—. Yo también le he dejado claro a Kaoru que tenemos que sacar la escuela adelante sí o sí. Me juego mucho con ello.

Megumi le devolvió el abrazo más relajada. Ella también esperaba que lo consiguieran. Le encantaba su profesión y no creía poder vivir feliz sin poder dedicarse a la medicina. Para Sanosuke, la lucha representaba lo mismo en su vida. Y aunque estaba segura de que nunca había valorado la posibilidad de ganarse la vida como instructor, desde que esa idea se había formado en su cabeza, había descubierto que era una buena oportunidad para él.

—No creo que el hecho de que te venga bien a ti sea lo que motive a Kaoru a sacar su escuela adelante —repuso burlona por la forma en que se había expresado él, como si antes de que Sanosuke se lo planteara, a Kaoru le importara un comino el futuro de su escuela—. Pero seguro que entre los dos conseguís mejores resultados.

Sanosuke la separó de él y, tras cogerla de la mano, la llevó hasta donde estaban los taburetes para sentarse.

—Y dime, ¿qué tal llevas el día?

—Como siempre —dijo sin mucha emoción en la voz.

—¿Cómo siempre? ¿En serio? —fingió sorprenderse divertido—. ¿Llevo desde ayer casi sin creérmelo y para ti es como siempre? —se burló él. En respuesta, ella le dio un puñetazo moderado en el brazo por intentar mofarse.

—Eres idiota, de verdad —dijo con un suspiro, pero después sonrió.

Megumi vio cómo él le cogía la mano con la que le había golpeado y le pasaba el pulgar de forma cariñosa por los nudillos. Cualquier otra persona, en vez de acariciarla a ella, se habría llevado la mano al lugar del golpe para intentar disipar el dolor frotando la zona.

Pero Sanosuke estaba hecho de otra pasta y un puñetazo de su parte —que, además, tampoco iba con todas sus fuerzas— no suponía gran diferencia. Sin embargo, ese gesto inconsciente de preocupación por su mano la hizo suspirar de placer.

Cuando quería, Sanosuke tenía sus momentos tiernos.

—Se me hace raro poder tocarte así —comentó el hombre mientras miraba sus delgados dedos, los cuales habían adquirido un ligero tinte rojizo por el golpe. Durante unos momentos interminables, él le estudió esas manos con intensidad—. Tienes unas manos muy suaves —añadió con voz ronca.

—Y tú ásperas —rio ella, que notaba las durezas en los dedos que la acariciaban—. Pero no es que me importe mucho.

Sanosuke la miró apreciativamente de arriba abajo incluso sentada como estaba. Esa mujer conseguía humedecer sus sueños más calientes. Sólo de imaginar esas delicadas manos recorriendo su cuerpo, le hacía gemir por el deseo. Quería hacerle cosas por las que huiría de allí espantada.

—No me mires como si quisieras devorarme —replicó incómoda Megumi. Había podido ver cómo sus pupilas se habían dilatado por el deseo y su respiración había tomado un ritmo más rápido y superficial.

—Es lo que quiero hacerte… —contestó sin miramientos—. La culpa es tuya.

—Cómo no —resopló la mujer al ver que se desentendía de su propia reacción.

Sanosuke la cogió de la cintura y se la colocó en su regazo. Megumi emitió un pequeño chillido por su impulsividad y se agarró a sus hombros para estabilizarse. Él, en cambio, miró con anhelo sus labios y, tras pasar el pulgar por el labio inferior, lo deslizó con una presión suave pero firme para correr el pintalabios.

—Tenemos un pequeño problema con tu pintura de labios.

—Ya me lo has estropeado, ¿verdad? —suspiró resignada.

Sanosuke arrastró esa mano por su mejilla y, finalmente, la hundió en su cabello ensortijando sus dedos con los mechones de pelo.

—Y más que lo voy a hacer.

Le encantaba besarla y sabía que durante un tiempo sería incapaz de quitarle las manos de encima. De hecho, ésa era la única forma que tenía por el momento de desahogarse de la ansiedad por ella que tenía después de tantos meses esperándola.

Sin embargo, la ansiedad no sólo venía por su parte. Ella también acabó por impacientarse incluso habiendo empezado con un beso lento aunque profundo. Megumi le deseaba y descubrió que ella era menos capaz que él de controlarse. Intuía que se debía al hecho de ser más inexperta en aquellas artes, por mucho que en el pasado hubiese cultivado una imagen más mundana de ella misma para la gente de su alrededor.

Sanosuke la apretó más contra él y deslizó su otra mano por la cintura hasta llegar a su espalda. Quería mantenerla quieta en el sitio para que no tuviera posibilidad de escaparse de él. No era que pensara que lo fuese a hacer en realidad dada su reacción, pero también quería aprovechar para sentirla por completo pegada a su cuerpo.

Megumi era una mujer muy maleable en sus brazos; tan distinta a la luchadora verbal que se encontraba a diario. Debía reconocer que aquello inflaba su autoestima. Que una mujer como ella deseara así a un hombre era un lujo por el que cualquiera pelearía. Si bien para él toda lucha conseguía avivar su sangre, prefería que en aquel terreno Megumi estuviera predispuesta a su toque. No rechazaría alguna actividad intensa con ella de forma puntual, pero sabía que no quería tener que pelearse con ella por poder tocarla como lo hacía ahora.

Dejó sus labios y describió un sendero de besos hasta llegar a su cuello. Ella gimió de placer en cuanto llegó allí y lamió la zona. No sabía de dónde había salido aquel instinto tan posesivo que le invadía, pero sintió la necesidad de marcarla. Nunca le había sucedido con otras mujeres y no estaba seguro de si el hecho de haber tenido a otro hombre rondándola por días, había exaltado su mentalidad más primitiva.

Pero Megumi era suya y quería dejarlo constar a cualquiera que la viera. Succionó, lamió y mordisqueó, y tras unos momentos de intenso trabajo en su piel, logró dejar su marca en ella.

Volvió otra vez a sus labios para saborear aquella boca que adoraba. Megumi no opuso resistencia alguna, invadida por su propia lujuria. Le había metido sus manos por debajo de la ropa para alcanzar la piel de su espalda y ese acto acabó por enviarle un ramalazo de escalofríos a lo largo de su columna vertebral. Aquello no podía ser natural; esa mujer acabaría incendiándole sólo con tocarle. Si ella pudiera meterse en su cuerpo por un segundo, no volvería a dudar de que no hiciera lo que fuese necesario por conservarla. Borraría todos esos miedos infundados que se le habían metido en la cabeza en cuanto a que dentro de unas semanas se le pasaría el capricho.

Aquello no era algo temporal; trascendería en el tiempo. Sólo hacía falta que ella comprendiera esa verdad.

—Megumi, ¿estás con un paciente? —preguntó el doctor Gensai al otro lado de la puerta. Ella se separó al instante por la interrupción.

—Sí —mintió en el acto.

—Hay otro paciente fuera esperando, sólo quería saber si le podías atender tú.

—Enseguida termino.

Los dos jóvenes oyeron al doctor hablar con una señora para hacerla pasar a su propia consulta. Megumi inspiró hasta llenar por completo sus pulmones en un vano intento de controlar sus emociones y, mientras, él pudo estudiarla con detenimiento.

Para Sanosuke, la doctora era un bello panorama tal y como estaba: el cabello despeinado, la pintura roja corrida de sus labios, las mejillas sonrosadas, el brillo de sus ojos, la marca en su cuello… Era la imagen de una mujer que había sido besada a conciencia por un hombre. Por él, concretamente, pensó satisfecho. Y si tenía ese aspecto con un simple beso, no podía esperar para verla después de mostrarle otros placeres más carnales.

No debería pensar esas cosas si quería evitar acabar con una erección que le haría enfadarse por no conseguir satisfacerla. Ya estaba muy estimulado y no necesitaba mucho más para terminar endurecido del todo.

—Me encanta verte así: la siempre correcta doctora perdiendo la compostura —dijo con arrogancia. Megumi no añadió nada y Sanosuke entrecerró los ojos con sospecha al ver que no le contestaba—. ¿No me dices nada? ¿Acaso estás escondiendo tus garras afiladas?

Megumi se recostó contra su pecho con sus ojos cerrados y escuchó los fuertes latidos de su corazón.

—No se te ocurra mostrarte presuntuoso —le advirtió ella antes de explicarse—, pero me cuesta centrarme después de algo así, mucho más replicarte.

Si lo hubiera dicho en su habitual tono pícaro, se habría reído. Pero, en cambio, había notado un matiz de inseguridad en su voz, por lo que optó por abrazarla.

—No te preocupes —le dijo en tono suave—. Voy a repetir tantas veces esto que, para cuando acabe la semana, serás capaz de replicarme aunque te recorra entera.

La voz seductora de Sanosuke amenazándola con poner sus manos sobre ella sin miramientos hizo reír a Megumi.

—Te quiero —declaró ella feliz por poder estar así con él, pero más aún por ser capaz de saber cuándo podía meterse con ella y cuándo tratarla con más seriedad. Volvió a cerrar los ojos mientras seguía abrazada a él.

—Yo también te quiero, doctora —le contestó él de vuelta—. Espero que guardes un espejo cerca —añadió tras unos breves instantes de silenciosa compañía mutua.

—Siempre tengo uno aquí.

—Bien, porque lo vas a necesitar a menudo —se jactó él, y ayudó a Megumi a ponerse en pie. Intentó arreglarle el pelo pasándole los dedos, pero el estropicio del pintalabios lo tendría que recomponer ella.

Para guardar las formas, Sanosuke esperó a que estuviera presentable antes de salir. Megumi no pasó por alto hacer un pequeño teatro cuando abrió la puerta.

—Recuerda que no debes dar golpes con esa mano —le recomendó con voz profesional mientras dejaba al luchador salir por la puerta.

—No lo haré —le siguió el juego él.

Sanosuke se encaminó hacia la salida de la clínica, pero en ese momento el doctor Gensai salió de la consulta con la paciente que había atendido. O bien había tardado poco con la mujer o ellos se habían demorado más de lo que esperaban tras el aviso del doctor.

El anciano se detuvo nada más verle y fijó sus ojos primero en él y luego en Megumi, para después entrecerrarlos con sospecha en la joven.

—¿Otra vez la mano? —Pero la pregunta salió muy suspicaz y Sanosuke se giró para observar al doctor, el cual no se dirigía a él, sino a Megumi.

—Sí —contestó ella, de nuevo con su perfecto tono profesional.

Gensai se volvió hacia Sanosuke con una mirada censuradora que dejó sin saber cómo reaccionar al hombre más joven. Y otra vez retornó a ella.

—Creo que deberías ponerte un pañuelo en la garganta, Megumi —le aconsejó el doctor—. Si no, podrías coger algo y enfermar.

—Hoy no hace mucho frío —comentó desconcertada ella. Sin embargo, Sanosuke se echó a reír al entender el recelo con el que los escrutaba a los dos.

—Créeme, es mejor que lo hagas —repuso el hombre mayor.

—Haz caso al doctor Gensai, Megumi. Es un hombre muy sabio —sonrió con aire perverso.

La doctora le miró con sospecha. Ahora era ella la que entrecerraba sus ojos con desconfianza.

—¿Qué has hecho, Sanosuke? —inquirió recelosa.

—Te veo a la tarde —contestó él, y le dio la espalda al tiempo que se despedía con la mano.

—¡Sanosuke! —le llamó enojada cuando vio que no le daría una respuesta.

Y por supuesto, no se la dio. El hombre salió de la consulta con una sonrisa satisfecha, y con eso dejó a Megumi en la ignorancia para que descubriera por ella misma lo que le había hecho.


Notas del fic:

*Dojo: Lugar de entrenamiento.


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Fin del Capítulo 9 - 24 Junio 2013

Revisión - 21 Junio 2018


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Notas finales de la autora :

Este capítulo no está muy cambiado, así que debería haberlo subido antes. Pero está claro que la creatividad es una perra (y en mi caso, actualmente «tensofóbica» u_uº). Porque tras llegar a la parte tensa de «Radiante», para descansar empecé un fic distinto de otra serie. Y cuando llegué a la parte tensa de ese fic, inicié uno de temática cómica. Pero cuando he llegado al final (con su parte algo tensa), me puse a escribir otro nuevo X_X. Sí, aparte de éste, tengo 4 (sí, CUATRO) fics empezados. Y para colmo, estoy currando a jornada completa, así que menos tiempo para todo X_X. Tengo la cabeza a fuego con un montón de historias y no me da la vida T_T.

En fin... poco a poco u_uº

¡Saludos!