CAPÍTULO 11: Punto de inflexión
Notas de la autora:
Reconozco que no tenía pensamiento de tardar tanto en actualizar, pero me han pasado dos cosas. La primera: que para los que leísteis en su día este fic, sabéis que éste es mi «capítulo némesis». Ése que en su día me sumió en la histeria colectiva de los personajes. Así que en vista de eso, estuve en plan: «Dios, me dan ganas de subirlo tal cual con tal de no meterme en este berenjenal otra vez»... y ya lo podía haber hecho ¬_¬º. Total, que esto me llevó a ponerme vaga y pasaron más de 2 semanas sin mirarlo. Y entonces llegó la tercera y dije: «MAEC, te tienes que poner con él».
Y aquí es cuando llegamos al segundo punto. Llevo desde entonces reescribiendo y rerreescribiendo y rerrerreescribiendo... (se entiende, ¿no?), el puñetero capítulo. Es lo único que he hecho en más de una semana. Hasta los ovarios que estoy T_T. Porque no hay manera de dejarlo bien. He estado 5 días (sí, ¡cinco!) sólo para escribir el puñetero final de la primera parte que no llega ni a la extensión de un maldito folio. Os juro que lo he reescrito más de una treintena de veces. Me tiene negra (inpira, espira, inspira, espira...). Que el total de la primera parte me ha quedado en 3500 palabras, por el amor de Dios. Esa extensión lo escribo de forma normal en menos de una tarde, ¡no me jod*s! Pero no había manera de revisar el capítulo y no reescribirlo otra vez. Y ya ha llegado un punto en que paso. Jamás dejaré este capítulo a mi gusto, me ha quedado claro. Pero al menos, las modificaciones que le hago ya, van por plasmar mejor las cosas en vez de reinventar finales, así que lo dejo ya.
Menos mal que la segunda mitad del capítulo me llevó muchísimo menos retocarla. Porque me llega a pasar lo mismo que con la primera mitad y mando el capítulo a tomar por piiiiiiiiiiiii.
En fin, voy con los comentarios, que ya me he recalentado suficiente T_T
Comentarios a los reviews:
Jbadillodavila: Mientras cumpla las expectativas ^_^º. Porque si me tardo, para que luego no os guste... »_«
Estefi: Así da gusto subir capítulos XD
Mariona Saunders: ¡Cuánto tiempo! Me alegra que te hayas animado a releer la historia. Estoy cambiándola bastante, así que me alegra saber que os gusta también.
Adrit126: La gracia de este fic es esa ^_^º: que Battosai también se enamora de ella *o*
Pjean: ¡Gracias! Me alegra saber que os gusta tanto *o*
White Lady EF: Este capítulo ha tardado más en salir porque se me ha atragantado muchísimo, pero mi idea no es actualizar una vez al mes :-S. Así que te recomiendo que tengas paciencia y no hagas trampas. Si has empezado a leer esta versión y de pronto encontraras capítulos avanzados de la versión vieja, verías diferencias importantes en el comportamiento de los personajes (y cada vez serán mayores). Esta versión profundiza más en los sentimientos y pensamientos de los personajes mientras que la anterior era más brusca. Este capítulo, por ejemplo, está cambiadísimo. Mi idea era suavizar el lado más tosco del Kenshin de la otra versión para darle una consciencia más responsable de su situación y lo que le acontece. En este capítulo se va a ver eso, así que, como puedo llevarme piedras por las lectoras antiguas que les molaba el otro Kenshin, me queda el consuelo de que las nuevas lectoras no me las tiraréis aunque sea por desconocimiento de la comparación ^_^º. No te unas al otro grupo, ¡please! T_T
Kaoruca: Bueno, «la escena que falta» es este capítulo y ya lo tienes para que lo leas con palomitas, aunque, para tu desgracia, el capítulo parece otro (lo he reformado casi entero y encima, le he añadido 2000 palabras más O_O). El fondo es el mismo, pero las formas son totalmente distintas. Como este capítulo fue el que te encantó tanto que te hizo escribirme por primera vez, me estoy mordiendo las uñas del miedito. Sobre lo que comentas de lo que enamora a Kenshin de Kaoru, todavía él no la quiere, pero mi idea es que en esta versión no sea tan visceral como en la otra y haya más mezcla de sentimientos. Vas a tener una buena muestra en este capítulo. A ver qué te parece »_«. Y en cuanto a la escena de la pelea, es una escena que me gusta porque es como: «¡Toma, Kenshin!, chúpate esta dosis de realidad sobre Kaoru» ^o^. Y sobre todo, porque ese suceso les ayuda a avanzar en su relación al poner las cosas sobre la mesa.
PD: Gracias por tus halagos tan directos XD.
Kiascadream: No lo busques porque no está. Estoy resubiendo los capítulos sobre el fic original. Hay que tener paciencia, que el fic irá saliendo. No os preocupéis. Y bueno, si querías escena candente después del capítulo anterior... No digo más, muajajaja ^o^.
Gracias a todos por vuestros reviews *o*. Siento que se haya retrasado esta actualización, pero como ningún otro capítulo tiene la capacidad de quemarme tanto, espero que los próximos vayan más seguidos. Espero que os guste ;-D
CAPÍTULO 11: Punto de inflexión
Como si de un pacto tácito se tratara, nada más llegar a casa cada uno se retiró a su habitación sin nada más que agregar. Kaoru se encerró en la suya algo desorientada por lo ocurrido. Y mientras se quitaba la ropa que llevaba puesta para ponerse más cómoda, no dejó de darle vueltas al hecho de que Kenshin prácticamente la había arrastrado hasta casa.
Estaba muy alterado por lo que había pasado. En realidad, podía entenderlo. En esa pelea se había dado un momento de confusión que podría haber pasado a mayores. Pero por mucho que repasara lo sucedido, no terminaba de ver por qué se había llegado a ese extremo. Que Kenshin hubiera atacado a unos maleantes del tres al cuarto la dejaba de piedra.
Kaoru se ató el yukata* con más fuerza de la que pretendía y eso le indicó que se había pasado la momentánea cautela de la que había hecho gala en los últimos minutos. El enfado inicial que había tenido durante la refriega y que se había cortado en cuanto vio el semblante descompuesto de Kenshin, poco a poco empezó a bullir en su interior de nuevo.
Sólo eran meros ladrones y por eso casi no podía creérselo. Si no hubiera interferido, esos hombres ahora mismo serían cadáveres en el suelo. Y luego, ¿qué? No estaban en la guerra; de un asesinato tan público no se salía impune así como así. Para empezar, Kenshin habría tenido que huir para evadir la justicia y, para continuar, habría roto su juramento.
Con ese pensamiento, empezó a dar vueltas de un lado a otro por su habitación. Estaba muy enfadada y muy inquieta. Había sido un acto de una irresponsabilidad extrema; podría haber tirado su vida y sus principios por la borda. Y ni siquiera le había temblado la mano.
Resopló disgustada cuando esa idea caló hondo en ella. Siempre había pensado que Kenshin sólo había luchado y matado a otros espadachines por las circunstancias de la guerra. Pero el suceso de esa tarde había cambiado por completo esa perspectiva. Se habían encontrado con unos simples ladrones y ni había dudado en acabar con sus vidas. ¿Había impartido ese castigo desmedido a más personas durante la guerra? No podía empezar a concebir siquiera la idea.
Llegados a ese punto, Kaoru quiso gritarle todo eso a Kenshin. Siempre había creído que, incluso en la guerra con Battosai de la mano, era justo y consecuente con sus actos. Pero después de aquello debía empezar a considerar otro punto de vista.
Kenshin se lo había dicho repetidas veces, aunque ella no había querido aceptarlo. Había rehusado sus determinantes palabras, las cuales le aseguraban que el Kenshin que se encontraba en su casa era un asesino de verdad, con la mentalidad propia de uno. Pero no había querido escucharle y, en consecuencia, se había topado con él completamente dispuesto a mostrarse tal y como era.
Y no le había gustado nada.
Kaoru continuó con sus vueltas por la habitación y se frotó las sienes con las manos como si con eso pudiera aliviar el malestar que le originaban esos turbios pensamientos. De seguir en ese estado, acabaría con dolor de cabeza.
Creía conocer a Kenshin hasta el último detalle; se había jactado de ser la persona que mejor le conocía en su presente y pasado. Sin embargo, acababa de descubrir que podría no ser cierto; que quizás se había autoconvencido de ello… o peor aún: que lo hubiese idealizado.
No supo cuánto tiempo estuvo reflexionando sobre eso, pero sí que fue consciente de que habría sido mucho más si Kenshin no la hubiera interrumpido.
—Kaoru, ¿dónde te dejo las…? —empezó a decir él tras abrir la puerta de su habitación, pero se calló al verla paseando de lado a lado. Llevaba en la mano las piezas de tela que habían comprado en el mercado—. ¿Estás bien?
No había que ser muy listo para darse cuenta de que Kaoru se encontraba indispuesta. Kenshin entró en la habitación y dejó las telas que traía en el armario que había allí.
—¿Qué te pasa? —preguntó preocupado aunque, debido a su silencio, sólo pudo llegar a una conclusión, por lo que suspiró—: No me digas que es por lo que ha sucedido antes…
Kaoru apretó los labios en un gesto claro de morderse la lengua.
—No importa —mintió, pero para Kenshin era absurdo que ella pensara realmente que con eso bastaría.
—Kaoru… —le dijo en tono de advertencia.
—No pienso decir nada, porque nos enfadaríamos y de ésta te marcharías y sí que no regresarías.
Kenshin resopló por la ocurrencia de Kaoru y se recostó contra el armario con los brazos cruzados. Al menos habían aguantado dos semanas sin pelearse, algo por lo que no hubiera apostado ni una moneda el día que volvió de Kioto.
—No voy a irme —repuso con cansancio, aunque supo que no sirvió de mucho para convencerla de hablar. Tenía una paciencia bastante limitada, más si sabía que la cosa iba con él. Y eso le impacientó—: Venga, escúpelo —le ordenó con un ligero tono agresivo.
Sin embargo, Kaoru tardó varios paseillos más en comenzar a hablar. De hecho, en dos ocasiones lo intentó, pero terminó por cerrar la boca de nuevo para seguir reconsiderando qué decir.
Al final, se armó de valor y se detuvo en seco para enfrentarle, con un dedo acusador en su dirección.
—¿Cómo has podido? —le reprochó enfadada. Kenshin se limitó a quedarse a la espera de una explicación más amplia, pues no tenía ni idea de qué le hablaba—. ¿Cómo has podido intentar matar a un par de ladronzuelos de baja estofa? Nunca habías hecho nada parecido.
—¿Y eso cómo lo sabes tú? —contratacó él con dureza—. Que yo sepa, ya no mato a nadie… en general —añadió con cierto tono mordaz.
—Pero en la guerra tampoco…
—Perdona que te interrumpa, Kaoru, pero tú no sabes cuáles son mis funciones en la guerra. Porque dudo mucho que te haya contado todo lo que he llegado a hacer.
La postura desenfadada de Kenshin no la engañó. Permanecía relajado recostado contra el armario, pero sabía que estaba conteniendo su genio. Su tono de voz se lo decía todo.
—Me dijiste que no matabas a gente que no lo mereciera.
—Si antes del accidente te dije eso, te mentí descaradamente.
—¡Me lo dijiste tú! —se quejó ante sus malintencionadas palabras—. No hace ni un mes que tú mismo me dijiste que no matabas a gente inocente —le acusó ella.
Kenshin resopló al oírlo.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—¿Cómo que qué tiene que ver? —replicó perpleja.
—¿Me estás diciendo que no merecerlo y ser inocente es lo mismo? —preguntó—. Porque de ser así, tu concepto de inocencia difiere mucho del mío.
—Un inocente es un inocente.
—Y esos dos hombres no lo son, en lo que a mí respecta.
—¡Pero no merecen morir por eso! —se indignó Kaoru por la impasibilidad de Kenshin al tratar la muerte de los demás.
Kenshin entrecerró sus brillantes ojos dorados y Kaoru tuvo la seguridad de que hacía grandes esfuerzos por contener su temperamento.
—Entonces, antes de decirme nada, primero empieza por diferenciar las cosas —reprochó Kenshin con una frialdad contenida en cuanto entendió qué era lo que le estaba echando en cara y, por lo tanto, lo que en verdad la molestaba—. No te mentí. Nunca he matado a una persona inocente de forma consciente o sin un motivo muy justificado —especificó, y que hiciera esa matización a Kaoru le envió escalofríos por el cuerpo—. Pero para mí, un inocente es alguien que va por la calle a sus asuntos sin inmiscuirse en nada turbio… Del mismo modo que también lo es una maestra de escuela que tiene la tendencia de recriminar a otros por asuntos que no la incumben.
Kaoru se tensó por ese reproche, aunque eso no la detuvo en sus argumentos.
—No importa lo que me digas —se envalentonó—. No puedes dispensar un castigo tan desproporcionado.
—¿Por qué no? Llevo años haciéndolo —adujo sin contemplaciones—. ¿O te crees que los hombres que luchan en las guerras son malas personas que merecen morir? A los altos mandos de una facción incluso se les pone precio a su cabeza. Ni siquiera han tenido que hacer algo malo para ello; se les pinta una diana sólo por tener una idea diferente a sus oponentes. ¿Qué te dice eso sobre ser inocentes y no merecer morir?
—No es lo mismo —repuso con beligerancia—. Ellos saben dónde se meten.
—Todos los que participan en una guerra no tienen por qué saber dónde se meten. Incluso hay muchos que lo hacen por obligación.
—¿Crees que no lo sé? —contratacó ella—. Mi padre murió en una porque le llamaron a filas.
—Eso es verdad: la guerra está plagada de espadachines como tu padre —corroboró con tono tranquilo—. Así que ahora es cuando te pregunto: ¿contra quiénes te crees que he peleado yo? —repuso de forma afilada—. Imagino que, para tu criterio, he matado a un montón de inocentes.
—Era una guerra —justificó.
—Y yo, un asesino; el mejor que hay, de hecho —matizó con intención—. Me da igual a quién tenga delante o a quién me ordenen matar, ya sea un criminal, una persona estratégica o un simple peón del tablero. Es mi trabajo.
—¿Aunque no tuviera nada que ver?
—En una guerra todos tienen algo que ver.
Durante unos segundos interminables ninguno de los dos dijo nada. A Kaoru le conmocionaba el hecho de que Kenshin no discriminara a nadie, como si sólo fuese un brazo ejecutor sin conciencia.
—No es verdad. Antes has hecho una distinción. Has dicho que no has matado a ningún inocente sin un motivo justificado. Eso quiere decir que sí tienes presente que hay gente al margen de la guerra —razonó con cuidado—. Y al mismo tiempo, que también eres consciente de que alguna vez has matado a quien no debías.
—Por supuesto; siempre hay alguien —respondió él con sinceridad tras una breve pausa—. Sirvientes de alguna casa que asaltamos, familiares de algún objetivo, alguien que ha visto más de lo que debía… Ese tipo de cosas. En las guerras siempre hay alguien que está en el lugar y momento equivocados.
—Dios mío… —murmuró ella con un lamento, y se llevó una mano a los ojos. Sabía que había hecho cosas horribles en la guerra, pero aquella información habría preferido no conocerla.
Por su parte, a Kenshin no le sentó nada bien ese gesto que le sonó a juicio moral. Era la línea roja infranqueable para él. Había esperado que se desahogara y, quizás, dejando que gritara y soltara todo lo que la inquietaba, podrían pasar a otra cosa y seguir con la relación pacífica que habían mantenido hasta el momento. Pero eso rebasó su límite. No iba a permitir que alguien como ella juzgara su proceder en una guerra que había visto a través de una cómoda y segura ventana.
Así que abandonó su posición distendida contra el armario y se acercó hasta ella, muy ofendido por eso.
—Es increíble… —espetó irritado—. ¿Y se supone que tú eras la que dijo que no le importaba mi pasado? —la increpó cuando llegó junto a ella—. Menuda hipócrita estás hecha.
Incluso sin saber muy bien de dónde venía esa animosidad repentina, Kaoru abrió sus ojos sorprendida al oír de sus labios algo que sólo podía haber llegado allí mediante un recuerdo.
—¿Cómo sabes eso? —le preguntó asombrada.
—Sé bastantes cosas a diferencia de ti —reprochó Kenshin con intención de molestarla y, ante la agresividad que mostraba él, Kaoru dio un paso hacia atrás para poner distancia—. ¿Qué te piensas que es una guerra? ¿Crees que en medio de una refriega te puedes poner a analizar quién ha hecho algo que justifique matarle? ¿Como si fuese tan sencillo decir «a éste le mato y a éste le hiero»? —arremetió él y, con cada paso que daba, Kaoru cedía otro más hasta que chocó con la pared.
—¿Kenshin? —titubeó ella al encontrarse arrinconada.
—Dices que son sólo ladrones —volvió al tema que había iniciado todo—, pero ¿sabes cuántas veces un robo se tuerce y acaba con la muerte de las personas que allí estén? —siguió él sin hacerle caso. Kaoru notó la tensión en su propio cuerpo al verse acorralada por él. Incluso sintió cómo se le aceleraba la respiración y se revolucionaba su sangre hasta que los latidos de su corazón se escucharon en sus oídos de una forma desagradable—. ¿Y sabes cuántas veces estos ladrones que consideras de baja categoría asaltan a alguien que pasea por las calles y al final acaban por matarlo en un callejón dejando su cadáver tirado hasta que lo encuentran varios días después por el olor?
Kaoru le miró asqueada ante esa idea.
—No quiero saber eso —le pidió en un susurro. No entendía por qué de repente Kenshin era tan cruel en su exposición.
—No, claro que no. Y por eso no tienes ni idea de lo que es vivir en una guerra, mucho menos estar en primera fila donde todos los días te juegas la vida. —Kenshin le puso ambas manos a cada lado de su cabeza, lo que la dejó encerrada entre sus brazos—. No puedo creerme que alguien como tú, que vive en esta época tranquila que le permite tener sus altos valores morales, tenga el descaro de creerse digna de juzgar algo que no sabe, cuando si hubieras estado en la situación que vives ahora mismo, pero hace diez años, no habrías durado ni dos semanas.
Kenshin la miró de arriba abajo, con una mirada similar a la empleada cuando volvían del mercado, pero con una intencionalidad distinta; más irrespetuosa. Sin embargo, sí que entendió que era una mirada apreciativa a nivel sexual y aquello ruborizó a Kaoru entera.
—Una chica de dieciséis años que se queda sola en una casa cuando su padre se marcha a la guerra. Hasta estoy siendo generoso, porque creo que no habrías durado tanto tiempo siendo tan ingenua como eres —se burló.
Cuando Kaoru había comenzado la diatriba acerca de su comportamiento de esa tarde, no había esperado que la reprendida al final fuese ella. Añadido a eso, tampoco le gustaba ni lo que le contaba ni la actitud que mostraba. El cariz de la discusión la agobiaba, por lo que decidió que lo mejor sería terminarla.
—Ya sabía yo que nos enfadaríamos —alegó con desasosiego—. Deberíamos dejar esto aquí —le pidió ella.
—Cómo no… —resopló con sarcasmo—. Así que volvemos al punto de inicio dónde tú puedes recriminarme lo que se te pase por la cabeza, pero en cuanto lo hago yo, entonces la discusión se tiene que acabar.
—¡No es eso! —protestó beligerante—. Yo no te estoy criticando.
—Entonces, ¿no has sido tú la que me acaba de echar en cara que mato a inocentes? —preguntó malicioso.
—No tergiverses mis palabras. Sólo digo que no puedes reaccionar como lo has hecho esta tarde. ¡No puedes matar a alguien sólo por robar!
—Lo he hecho otras veces —contestó condescendiente.
—¡Deja de decir eso! —gritó angustiada—. Deja de hablar como si estuvieras en la guerra. ¡No estás en ella! No puedes actuar como si lo estuvieras.
Kenshin la observó con tanta intensidad que al final Kaoru se encogió a pesar de ser ella la que estaba gritando. Pero no podía apartar sus ojos de ella mientras valoraba que quizás no era consciente de que pretendía ignorar el fondo de la discusión, es decir, su pasado.
Para él, la pelea con los ladrones sólo rascaba la superficie del verdadero iceberg que estaba hundido en las aguas; un iceberg con el que Kaoru se acababa de estrellar a pesar de haberlo visto venir: era un asesino, y lo era con todas las letras. Sin embargo, ella parecía querer quedarse sólo con el pequeño trozo de hielo visible en la superficie, obviando en el proceso la verdad que hacía que ese trozo estuviese ahí.
No podían dejar las cosas así. Tenían que aclararlas.
—¿Dónde nos deja esto, Kaoru? —inquirió tras interminables segundos, a pesar de no esperar una contestación por su parte—. ¿Qué es lo que realmente te ha molestado de hoy? ¿Que las «víctimas» no eran verdaderos asesinos o que la «bella idea» que te habías montado de mí no es la real?
Aquella pregunta le sentó como un jarro de agua fría a Kaoru. Casi pudo sentir de forma física cómo crecía un nudo enorme en su pecho hasta dejarla sin respiración. Porque algo parecido se le había cruzado a ella por la cabeza antes de empezar aquella bronca. Por eso, que él mismo le lanzara esa acusación, la dejó conmocionada. Si los dos habían llegado a la misma conclusión, era un indicativo de que algo andaba mal.
Y tenía que ser muy malo si ni siquiera sabía qué contestarle. Las contradicciones entre lo que sentía y lo que pensaba iban tan rápidas que no le daba tiempo ni a procesarlas. No podía asentar las ideas como era debido.
Por eso necesitaba detenerse; necesitaba espacio para reordenarlas… Y no podría hacerlo mientras él estuviera ahí hostigándola con sus preguntas.
—Necesito que salgas de mi habitación —le exigió cuando encontró las fuerzas para volver a hablar.
—¿Qué?
—Quiero estar sola —agregó con la voz temblorosa y las lágrimas acumulándose en sus ojos.
Kenshin sintió cómo le abandonaba la sangre del cuerpo en cuanto lo dijo. Estaba tan impresionado que incluso se le cayeron los brazos, con lo que dejó así de acorralarla…
Aunque ninguno de los dos se movió.
Al principio, ni siquiera había entendido lo que había dicho de lo inesperada que fue su respuesta. Pero acto seguido, le invadió una gran decepción. Era una pregunta primordial para los dos, pero Kaoru la había esquivado. Ambos sabían que sólo había una razón por la que ella decidiría mantenerse en silencio: porque una de las respuestas abría una brecha irreparable entre los dos.
No debería sentirse así, pero imaginaba que se había mentalizado demasiado de los sentimientos que su «otro yo» tenía por esa chica como para sentirse feliz de que le hubiera dado la excusa perfecta para continuar tranquilo con su conciencia.
—Luego así están las cosas… —dijo aturdido.
—Lo que me has dicho no me lo esperaba. Tengo que asimilarlo —intentó defenderse ella.
—Porque al fin entiendes que el hecho de que algo no te guste no significa que no esté ahí —replicó con voz contenida.
Ella frunció sus labios para ocultar el temblor de la aflicción y eso le llevó a corroborar sus sospechas de que quizás Kaoru tenía una percepción de él dulcificada. No había otra explicación al hecho de ver cómo alguien podía suavizar con tanta frivolidad algo tan espeluznante como lo que hacía.
Y eso le exasperó.
—¿Qué demonios te pensabas que era mi vida? —le espetó con resentimiento—. ¿Qué creías que hacía?
A Kaoru se le escaparon las lágrimas de sus ojos y se las quitó con fuerza al instante. Sin embargo, Kenshin supo que estaba a punto de derrumbarse y dio un paso atrás.
Estaba enfadado… y herido. Acababan de llegar a un punto de inflexión del que podría no haber retorno. Desde que había regresado, estaba convencido de que le quería sin reservas porque había confiado en unos recuerdos que le decían que era así. Eran lo único que conservaba de un tiempo que no parecía suyo y por eso se había quedado en Edo. Lo había hecho por ellos; por consideración a esos pocos recuerdos de una vida olvidada. Y, en cambio, Kaoru acababa de hacer una bola con todos y los había tirado a la basura.
La miró de hito en hito intentando entenderlo. No sabía cómo había llegado a verle de esa manera; o, mejor dicho, cómo había ignorado de una forma tan absoluta lo que podía ser su pasado. Porque acababa de darse cuenta de que Kaoru lo ignoraba, que no era lo mismo que aceptarlo. El hecho de creer que andaba pensándose las cosas en medio de la guerra, era de una ingenuidad extrema. Y por eso, sabía que, antes de dar cualquier otro paso, tenía que destruir esa imagen errónea de él, aunque tuviera que hacerlo exponiendo la cruda realidad.
—No sé qué versión de mí te has inventado para vivir tranquila con tu conciencia. Pero la verdad es única e inamovible —decretó con énfasis—. Soy un asesino, Kaoru… No hay palabras bonitas que puedan adornar eso.
Como su única respuesta fue seguir con su silencioso sollozo, Kenshin se dio por vencido y se dirigió hacia la salida. Se giró para observarla una última vez antes de abrir la puerta, con un sentimiento profundo de traición encogiendo su pecho.
—Al menos esto nos ha servido para poner las cosas en su sitio: ahora sabemos la verdad el uno del otro —adujo con resignación—. Por fin sabes en toda su extensión lo que soy y lo que eso implica; y yo, que tú no me aceptas realmente.
—Kenshin…
Pero él la ignoró y salió de la habitación dando un golpe sordo con la puerta.
Porque no sólo ella tenía cosas que asimilar.
— * —
Sanosuke se encontraba recostado sobre la mesa con su mirada fija en Megumi, la cual preparaba la cena con una actitud tensa. Ser pareja de forma oficial tenía muchas ventajas y una de ellas era que podía observarla a conciencia y sin reprimirse. Por supuesto, eso no implicaba que el objeto de su atención se sintiera cómodo.
—¿Puedes dejar de mirarme así? —resopló ella, que no llevaba bien que Sanosuke no le quitara el ojo de encima.
—¿Por qué? Me gusta hacerlo —respondió con inocencia—. Piensa que tengo que guardarte en la memoria para que, cuando seamos viejos y estemos arrugados, pueda recordarte tal como eras.
Megumi se giró en el acto hacia él y le lanzó el cuchillo que tenía en la mano. Sanosuke lo esquivó por poco y el filo acabó por clavarse en la pared. Después la observó con una sonrisa sorprendida.
—Menuda puntería… —silbó él por su audacia.
—¡¿Quieres morir?! —gritó muy enfadada Megumi. Sanosuke se rio por su reacción.
—Tranquila, doctora… —dijo al tiempo que ponía las manos contra su pecho con las palmas hacia ella en señal de rendición—. Debería alegrarte que piense en nosotros a tan largo plazo.
—Pues deja de irte tan lejos. Aún tengo veintidós años, ¿de acuerdo? ¡Veintidós!
—Megumi…
Sanosuke suspiró y se acercó a ella. Hizo que dejara de lado la cena para poder abrazarla.
Megumi se ponía «algo» sensible cuando salía a relucir su edad. A punto de cumplir veintitrés años, en el orden social estaba a un paso de convertirse en una solterona, cosa que a ninguna mujer podía hacerle gracia. Megumi siempre había sido una mujer muy pragmática, e incluso a veces llegaba a pensar que no le importaba lo que el resto del mundo pensara sobre ella. Pero en su interior, aquello tenía que escocerle.
—Si hubiera sabido antes que te molestaba tanto que mencionara tu edad, me habría contenido.
Megumi le devolvió el abrazo y se acomodó contra su pecho. Le encantaba tenerle así y para ella era casi un sueño poder hacerlo. Lo había deseado tantas veces, que en ocasiones se preguntaba si no se despertaría de pronto para encontrarse con la realidad.
—No mientas —sonrió contra él—, lo habrías dicho más veces. Vives para mortificarme.
—Pero como es algo que te gusta, ahora no te quejes.
Sanosuke sintió que la postura de Megumi se tensaba, incluso le agarró con más fuerza, pero no se movió de la posición en la que estaba dentro de sus brazos.
—El mes que viene cumpliré veintitrés años —murmuró inquieta.
—Y poco tiempo después, yo cumpliré veinte —comentó en tono jovial para animarla. Sin embargo, a Megumi no le hizo gracia, dedujo él tras notar cómo ella asía con más fuerza aún su ropa.
—Veintitrés, Sanosuke… —insistió con más vehemencia—. Veintitrés.
Era obvio que el tema de la edad era un problema para Megumi y sabía a la perfección de dónde derivaba. Había empezado a salir con un hombre que no amaba para poder formar una familia. Aquello era un indicador claro de la importancia que tenía el asunto para ella. Eso le llevó a recordar cómo en el pasado se había metido con Megumi incordiándola por tener veintidós años y no estar casada. Lo hacía para molestarla, pero desconocía que le afectara tanto, en realidad. Nunca se había detenido a pensar en ello, pero el mundo no podía estar bien cuando la gente consideraba que una mujer como Megumi debía tener algún problema por no estar ya casada, independientemente de sus circunstancias. No podía ni empezar a entender cómo el estado civil a una determinada edad podía ser el causante de que las personas vieran a una mujer como si de un objeto con desperfectos se tratara. No tenía sentido.
—Quieres casarte —le dijo sin inflexión en la voz. Sólo constataba un hecho. Megumi giró su cabeza para ocultar el rostro en su pecho.
—Lo siento —se disculpó con la voz amortiguada, y le abrazó con fuerza—. No quería mencionar esto tan pronto.
—No te preocupes —le dijo para tranquilizarla, y movió las manos que tenía en su espalda para reconfortarla—. Simplemente, ha salido el tema.
—Es que… —Pero se trabó cuando no supo por dónde seguir. Al final, optó por exponer la parte objetiva—. Tú tienes diecinueve años, pero yo voy a hacer veintitrés.
—Lo sé.
Y veía el problema a la perfección. En un hombre no era cuestionable que pasaran los años manteniéndose soltero. Sin ir más lejos, si excluía los matrimonios concertados desde la infancia, la edad que tenía era considerada bastante joven para dichos menesteres. No era tan habitual que un hombre sin obligaciones familiares se casara a los diecinueve años. De modo que a ella le preocupaba que pudiera tomárselo con paciencia.
—Sé que suena fatal que diga esto cuando sólo llevamos juntos desde hace dos semanas, pero…
—De los dos, me temo que soy yo el que tiene más claro lo que quiere —la interrumpió con ligereza—. Yo soy el que tiene que demostrarte algo a ti, no al revés.
Aunque pudiera sonar a reproche, no lo dijo con esa intención, tal y como mostró su divertido tono de voz. Separó un poco a Megumi de él y la miró a los ojos, los cuales se le habían empezado a enrojecer. La sonrisa de Sanosuke se perdió al instante al ver que, a diferencia de él, a Megumi le estaba angustiando la conversación.
No soportaba verla así. Era algo que le dejaba un nudo en el pecho. Prefería con mucho su furia a sus lágrimas.
—Escúchame —le dijo con la voz más suave que pudo encontrar.
No tenía muy claro qué hacer para tranquilizarla con respecto al matrimonio, pero lo que sí sabía era que cada vez le molestaba más esa faceta insegura que mostraba y que hasta la fecha desconocía. No sabía cómo hacerle entender que él no se marcharía ni cambiaría de opinión. Por mucho que se lo dijera, actuaba como si no se lo creyera. Con Ichiro no había desconfiado de conseguir su meta, pero en cambio, él, le había dicho que la quería y que haría cualquier cosa por ella, pero no parecía ser suficiente.
Eso constituía una espina clavada muy profundamente en su orgullo.
—No puedo conseguir lo que me pediste en dos días; va a llevar su tiempo. No es algo que dependa sólo de mí. Pero en cuanto estimes que he superado tu prueba, nos casaremos… Te lo aseguro.
—No quiero llegar a los veintitrés soltera —se quejó con la voz temblorosa.
—Lo siento, cariño. —Era la primera vez que utilizaba un apelativo tierno con ella, pero la veía muy sensible. Sólo quería hacerla sentir mejor del modo que fuese, aunque tuviera que tragarse lo que en realidad pensaba—. Pero son tus condiciones.
Durante largo rato ninguno de los dos dijo nada, aunque eso no implicaba que no le diera vueltas a lo que intentaba decirle Megumi. Lo peor vino cuando empezó a barajar una posibilidad sobre la reacción de ella y eso terminó por perturbar mucho a Sanosuke. El número veintitrés parecía una «barrera mágica» para Megumi que no quería traspasar y eso le había llevado a pensar en su «adecuado» pretendiente.
—¿Hablaste de esto con Ichiro?
—No —negó en el acto.
—¿Y qué hubiese pasado si él no te hubiera propuesto matrimonio a corto plazo?
—Sé que lo iba a hacer. Me estaba preocupando de que así fuese.
—¿Y en qué consistía tu plan? —le preguntó con recelo, hasta que una alternativa inquietante se le cruzó por la cabeza—. ¿No sería en mostrarte más cariñosa con él, por casualidad?
Ante el silencio, Sanosuke bajó la mirada y la observó con sospecha, aunque sus ojos no podían ver más allá de su cabello negro. Pero si pudiera atravesar su cráneo y estudiar el funcionamiento de su retorcido cerebro, estaba seguro de cuál era la respuesta que encontraría allí.
Y eso le alarmó. La forma más eficiente de persuadir a un hombre hacia el matrimonio era un embarazo. Pero como la primera vez que se besaron no demostró mucha experiencia, no podían haber pasado de los besos y magreos.
O eso quería creer.
—Dime, al menos, que no te acostaste con él —preguntó antes de darse cuenta de que lo hacía.
—No lo hice —contestó sin más.
Sanosuke dejó escapar el aire que contenía en sus pulmones. Pero el hecho de que lo dijera con tanta tranquilidad en vez de sentirse ofendida por haberle planteado ese tipo de pregunta, le corroboró sus sospechas. Si aquel era un plan en escalada y ya había llegado a la parte básica con aquel tipo…
—¿Tenías pensado hacerlo? —interrogó con apremio.
—Por supuesto.
—¿Incluso antes de casarte?
—Habría hecho lo que hiciera falta para asegurarme su proposición —contestó sin el menor asomo de duda.
Aquello le descolocó por completo. Le fundía el cerebro pensar que, si no hubiese movido ficha hacía dos semanas, a estas alturas podría haber llegado al siguiente nivel con ese individuo. Y lo que habría sido peor: Megumi sí que ya no se habría retractado de seguir con ese hombre.
Se separó de ella muy enfadado.
—¡¿Se puede saber en qué estabas pensando?!
—En conseguir mi objetivo a toda costa —respondió sin remilgos—. Y se me presentó una oportunidad de oro. No iba a dejarla escapar.
Sanosuke la miró con los ojos abiertos como platos, pasmado por su calculadora respuesta.
—¿Una oportunidad de oro? —repitió desconcertado, lo que le llevó a otra suposición—. Megumi… ¿Ichiro te gustaba aunque fuese por conveniencia o estabas con él porque fue el primero que apareció con intenciones de casarse?
Permaneció callada y acabó por fruncir los labios contrariada. Entonces, le ignoró y se giró para continuar con la cena, lo que le llevó a Sanosuke a concluir como verdadera la segunda opción.
—¡Megumi!
Se sentía ultrajado en lo más profundo y eso terminó con su intención de ser comedido con ella. La Megumi que él conocía nunca habría hecho algo como eso. Se suponía que era inmune a los comentarios insidiosos de la gente. Siempre le había dado igual todo lo que dijeran sobre ella. Pero por alguna incomprensible razón que Sanosuke no podía llegar a entender, aquel asunto sí le afectaba. Casi se había casado con el primero que se había encontrado por la calle para evitar los prejuicios sociales.
—Siento haber sacado el tema —contestó ella como si con eso pudiera zanjar el asunto.
Cogió otro cuchillo del cajón y siguió con la preparación de la cena. Sanosuke se indignó por esa estratagema.
—¿En serio piensas que voy a dejar esto así? —repuso ofendido.
Se dirigió a la pared y desclavó el cuchillo que le había lanzado Megumi. Se acercó de nuevo y, enojado, hincó el filo en la madera que estaba utilizando ella para cocinar. Ésta se alarmó por el gesto furioso de Sanosuke y se irguió en una postura más agresiva al ver que se había puesto en pie de guerra.
—¡¿Cómo, en nombre del cielo, se te ocurrió hacer algo así?! ¡Tú! ¡Precisamente tú! —El hombre tenía tal enfado encima que escupía fuego por la boca. Empezó a dar vueltas por la cocina mientras despotricaba—. Eres más lista que todo eso. ¿Cómo puede ser que alguien como tú pudiera dejarse influir por lo que otros pensaran?
—¡No son otros! —dijo intentando defenderse—. Es todo el mundo.
—También todos se quedan asombrados por que seas doctora, pero no te importa. Siempre te ha importado un comino que desconfiaran de tu capacidad como médico. ¡Y nunca has hecho nada parecido a esto! ¡¿Se puede saber por qué de repente esto es tan relevante como para condicionar tu vida de esta forma?!
—¡Porque es distinto! Soy una buena doctora y es algo que tarde o temprano cualquiera que discrepe tiene que terminar reconociendo. Pero ¿sabes, en cambio, lo que le cuesta a una mujer de mi edad que un hombre se interese en ella con intenciones matrimoniales? Porque cada año que se suma es peor, hasta que llega un momento en que ya ni siquiera se te considera apropiada. ¡Como si te colgaran una cruz de «no apta» encima! —exclamó muy enfadada por esa injusticia cometida contra las mujeres—. Y quiero volver a tener una familia. Es lo que más deseo en esta vida.
—¡Pero ¿con el primero que pasa?!
Estaba muy furioso sólo de pensar que cualquier idiota podría habérsela arrebatado por las prisas que le habían entrado. Casi era incapaz de concebir esa idea sin enviarle escalofríos por el cuerpo.
—Ichiro es un buen hombre. No estoy tan loca como para no tener unos mínimos criterios.
—¡Mierda!, ¡pues es lo que parece! —maldijo él.
—¡Deja de gritarme! —espetó ella también muy enojada—. ¡Y no me hables así!
Pero para Sanosuke, aquella petición era imposible de cumplir. Primero, porque tenía un cabreo que le llevaban los demonios; y segundo, porque prefería mil veces que le chillara a que se sintiera vulnerable como le había pasado minutos antes.
—¡Gritaré lo que me dé la gana! —contratacó sin pensar—. Ese estúpido casi se lleva el premio de su vida y encima tú hablas como si te estuviese haciendo un favor. ¿Y piensas que no voy a enfadarme? ¡Es increíble!
A Megumi le había indignado que, tras decirle que no le gritara, le replicara que lo seguiría haciendo. Pero toda la indignación que sentía se esfumó con lo siguiente que había dicho. Sanosuke tenía una habilidad especial para decirle cosas bonitas como si fuesen algo malo, pero lo apreció de igual forma.
Continuó con sus tareas sin poder evitar sonreír como una boba. Amaba con toda su alma a ese hombre y éste no hacía más que darle muestras de que era recíproco. No podía sentirse más feliz.
—¡Genial! ¡Y encima te parece gracioso! —protestó irritado.
Sanosuke la observó continuar con la cena sin explicarse por esa actitud discordante con la pelea que tenían. Algo había dicho que la había puesto de mejor humor, aunque con el cabreo que llevaba encima no era capaz de encontrar la lógica. Empezó a recapitular la discusión que habían tenido para localizar lo que demonios le había hecho gracia, pero lo único que consiguió fue volver al punto de inicio de todo. Megumi quería formar una familia y era un aspecto crucial para ella. Le había tirado ese deseo a la cara y estaba dispuesta a cualquier cosa por conseguirlo. Era algo que no había visto hasta ahora que repasaba la conversación.
Debería haberse dado cuenta de lo que significaba para ella sin que se lo hubiera tenido que decir. Había perdido a toda su familia de niña y aquello había sentado unas bases muy arraigadas en Megumi para querer otra: su propia familia. Pero para ello necesitaba casarse; algo que cada vez era más difícil de conseguir al avanzar su edad.
Siempre tan segura de sí misma, no se le había ocurrido que tuviera un punto débil, pero a la hora de la verdad, todo el mundo lo tenía, y ése era el de ella. Un anhelo que había cambiado su percepción de la mujer que amaba. Había sido desconcertante para él darse cuenta de que el sueño de Megumi la había sumergido de lleno en un círculo de miedos e inseguridades del que no podía salir por sus propios medios.
Porque quería una familia, pero para eso necesitaba un hombre, los cuales eran más reticentes de acercarse a ella por su edad. Y los años continuaban con su paso sólo para acumularse a sus espaldas y aumentar así la ansiedad de su anhelo insatisfecho.
Sanosuke suspiró en un intento por relajarse de la discusión que habían tenido. Sus pulsaciones estaban por las nubes a causa de la furia que le había consumido. Pero para su desgracia, aquello le llevó a pensar otra vez en la petición de Megumi y la forma en que se había visto obligada a formularla, como si tuviera que disculparse por tener sueños. La doctora era todo temperamento y ésa era una de las virtudes que más apreciaba de ella. Que se sintiera cohibida por pedirle algo…
Resopló. No estaba dispuesto a transigir en eso.
Y la mecha volvió a encenderse. Jamás le concedería nada que no se lo pidiera en condiciones. No iba a tener en cuenta esa «pseudopetición» lastimera que le había soltado. Con varias inspiraciones profundas para evitar exaltarse otra vez, consiguió hablar de forma más contenida. Porque necesitaba poner los puntos sobre las íes y, si se volvía a cabrear, no avanzarían nada.
—Escúchame bien, Megumi, porque sólo te diré esto una vez. —La atención de la doctora pasó de la cena a él, aunque supo que el tono que había empleado no le había gustado nada. Le miró con el ceño fruncido, sin saber qué esperar de su amenaza—. No vuelvas a hacer lo que has hecho hace un rato. Nunca te vuelvas a disculpar por pedirme algo que quieres. ¡Jamás! Porque yo tampoco pienso hacerlo. No quiero que tengamos una relación donde nos dé miedo decir las cosas al otro. ¿Lo entiendes? —Megumi asintió y eso dio pie a Sanosuke para seguir—: No importa la ansiedad que te haga sentir o las circunstancias que lo rodean. Simplemente, pídemelo. ¿Está claro?
A pesar de no haberlo gritado, Megumi no pudo evitar ver la furia que había debajo. Por alguna razón inexplicable, con aquello había enfurecido a Sanosuke como pocas veces le había visto, reflexionó perpleja. Pero con regocijo, vio que se le acababa de quitar un peso enorme de encima. Creía que Sanosuke se tomaría de otra forma el hecho de que tuviera tan presente el matrimonio, pero lo que se había tomado a mal era que se disculpara por ello, no la sugerencia en sí. Aun con todo, no pensaba dejarse amilanar de nuevo. Además, era justo lo que él quería, ¿no?
—Sí —contestó con un tono agresivo Megumi, incluso tras ver que no se avecinaba otra pelea.
Sanosuke se cruzó de brazos y la miró con una actitud beligerante. Megumi le escrutó muy recelosa por ese cambio y no pudo evitar ponerse en guardia por la animosidad de él.
—¿Qué? —dijo casi esperando que Sanosuke volviera a la carga.
—Empieza de nuevo —le ordenó.
—¿Empezar el qué? —se extrañó Megumi. No sabía a qué se refería con eso. ¿Quería pelearse otra vez o qué?
—Me ha dado la sensación de que querías pedirme algo —gruñó molesto.
Si no fuese porque acababan de discutir que tenían que decirse las cosas sin intimidaciones, Megumi habría pensado que estaba enfadado justo por eso.
—¡Yo no quiero pedirte nada! —le replicó de forma despectiva.
—¡Claro que sí! —contratacó—. ¡Y si no lo has hecho es porque casi te me echas a llorar!
Megumi, muy ultrajada por echarle ese momento de debilidad en cara, estuvo a punto de salirse de sus casillas.
—¡No iba a llorar!
—¡Eso no te lo crees ni tú! —gritó superando el tono de ella—. ¿O qué te crees que ha sido toda esa escena de ponerte sensible y abrazarte a mí mientras lloriqueabas que vas a cumplir veintitrés años? —se burló—. Casi me dan arcadas —espetó de malas formas.
—Pero serás…
¿Cómo se atrevía a decirle eso, el muy animal?, pensó Megumi con los ojos muy abiertos por el asombro.
—¿Qué? —la retó—. Sabes tan bien como yo que es verdad. Así que, si quieres pedirme algo, hazlo como Dios manda.
—¡No pienso pedirte nada, imbécil!
—¿No piensas hacerlo o es porque te da vergüenza que ya no eres capaz de pedirme las cosas sin ponerte sentimental? —le provocó con toda intención.
—¡¿Sentimental, yo?! —estalló furiosa.
—No quiero ser una solterona… —añadió con retintín.
—¡Serás hijo de…! —Pero se contuvo. Era contraproducente sacarle los ojos al hombre con el que pretendía pasar el resto de su vida, así que se limitó a clavarle un dedo acusador en el pecho—. Quiero casarme, ¡cabeza de pollo! —le exigió enfadada.
—¡Pues elige una fecha, maldita sea!
Dicho eso, se marchó de allí como una exhalación. Megumi se encontraba tan agitada que tardó varios segundos en darse cuenta de que la discusión había terminado.
Era consciente de su treta; sabía que la había presionado para sonsacarle la propuesta de matrimonio que había mencionado minutos antes. Pero se había esperado más oposición por su parte, no una abrupta aceptación.
Controlando la respiración, poco a poco recuperó la calma y regresó a sus tareas, agradecida en silencio por aquella pelea.
Más de una vez había pensado que el noviazgo con Sanosuke sería agobiante por las incertidumbres que le creaba. Pero era ella la que se había puesto exigente con las objeciones, cuando en realidad era la que más ganas tenía de cambiar su estado civil. Sólo habían hecho falta un par de días para saber que había sido una equivocación pedirle como prueba algo que podría llevar meses e incluso más de un año lograr, cuando lo que quería conseguir era algo que deseaba de inmediato. Pero retractarse y reconocer ante Sanosuke que se había equivocado era muy duro para su orgullo…
Megumi se tensó con ese pensamiento, pues una idea desconcertante se le cruzó por la cabeza. ¿Acaso había iniciado esa otra batalla entre ellos como una forma de abrirle otra salida para obtener lo que quería sin que tuviera que sentirse derrotada? Daba fe de que se había puesto muy quisquillosa con el hecho de cumplir sus condiciones. Eran unas que casi se las había hecho jurar en piedra. Y lo más importante: no se podían realizar en el tiempo corto que ella quería…
Negó con la cabeza. Imposible. Sanosuke no era tan listo. Estaba dándole más vueltas de las necesarias. La finalidad de esa segunda bronca sólo atendía a sus ganas de provocarla y meterse con ella, tal y como hacía siempre.
Desechó esos pensamientos y retomó la preparación de la cena… y su burbuja de felicidad. Estaba encantada por cómo se había desarrollado la discusión, porque la conclusión de todo eso era que podrían casarse cuando quisiera; él no pondría ninguna objeción.
Y eso no dejaba de desconcertarla. Era una nueva e inesperada faceta de él. Si dos semanas antes le hubieran dicho que Sanosuke estaba tan predispuesto a atarse a una mujer, no lo habría creído. Pero a las pruebas se remitía.
Se le iba a agrietar la cara como siguiera sonriendo así, pero no podía evitarlo… Era feliz, y ese estado no cambió en todo el tiempo que se pasó ideando los planes de una boda que sería muy cercana.
Notas del fic:
*Yukata: Prenda similar al kimono, pero de algodón. Es más liviano que el kimono.
— * —
Fin del Capítulo 11 - 1 Julio 2013
Revisión - 22 Noviembre 2018
Notas finales:
Y como dije antaño: mi cabeza hizo ¡booooom! Lo bueno es que al reescribirlo ya no tenía a los cuatro gritándome en la cabeza uno detrás de otro y he podido retocar sin tanto grito por las discusiones. Pero, eso sí, ya habéis visto que he bajado mucho la intensidad del «cabreo» en la discusión de Kenshin y Kaoru y, sobre todo, la disposición en que terminan. Para las que habéis leído la versión anterior, no me matéis por los cambios. La bronca monumental habrá bajado en intensidad, pero ha ganado muchísimo en la profundidad de cómo les ha afectado tropezarse con este escollo. En la versión anterior, por ejemplo, Kenshin prácticamente sólo se mosqueaba por los reproches de Kaoru. Pero me parecía muy interesante que percibiese con más intensidad que las dudas de Kaoru en realidad podrían suponer un antes y después para ellos, y no casi de manera abstracta como hacía antes.
En cuanto a la de Sanosuke y Megumi, está mejor desarrollada ahora. No está tan cambiada, pero le he metido otra chispa. Y el final me gusta muuuucho más cómo ha quedado. La segunda discusión ya no suena tan forzada para sonsacarle la proposición de matrimonio, así que me gusta más ahora cuando la leo.
Como conclusión final, espero no volver a retocar jamás este fic sólo por no tener que meter mis dedos de nuevo en este capítulo del infierno. Aun así, espero que os haya gustado ;-D
¡Saludos!
