CAPÍTULO 13: Ansiedades
Notas de la autora:
Después de 400 años, retomo esta reedición, que ya iba siendo hora u_uº. Siento mucho la supermegaespera. Para los que seguisteis el fic de «Radiante», ya sabéis que mi creatividad se lio con otras historias y si aquella se quedó parada, ésta mucho más. Sinceramente, no esperaba que transcurrieran dos años y medio para retomarla, pero mi cabeza se fue totalmente de vacaciones con este fic. Esperaba que al ir cerrando otros me dejara tiempo para la reedición, y bueno, ha costado pero al final aquí vuelvo.
No sé cómo será la frecuencia de actualizaciones porque el problema que me atascó lo sigo teniendo (quería ahondar más en el síndrome postraumático de Kenshin y valoré hacer un capítulo extra después del cap13. Pero si en aquél entonces no sabía muy bien cómo meterlo, ahora que ha pasado tanto tiempo, ya no recuerdo ni lo que pretendía meter T_T). Así que le daré unas vueltas a ver qué hago.
Nota Edición 2022: Llevo un tiempo intentando ubicar la idea que os decía, pero no ha habido manera de ponerlo tras el Cap13 (y este fic quería retomarlo al terminar el último que me quedaba abierto y aquí sigo atascada). A partir de aquí, vienen varios capítulos que transcurren en el mismo día y esta idea es algo que debería explicarse antes porque nos da una visión de por qué Kenshin empieza a convertirse en una olla a presión. Pero como no había manera de ponerlo después, al final he optado por modificar este capítulo (que, de hecho, está mejor así).
La conversación de Sanosuke, Megumi y Yahiko es algo que sucede al día siguiente de la conversación de Kenshin y Kaoru. Así que se ha ido al Cap14 y aquí he dejado lo que ocurre en el mismo día. Lo único nuevo que hay en este capítulo es la segunda parte, por si queréis ir directamente allí ^_^º
Comentarios a los reviews:
Como dije en el aviso que subí por este capítulo, había demasiados como para dejarlos puestos en el principio de un capítulo. Así que, a los que tenéis cuenta, os los enviaré por MP. En cuanto a los nuevos que me habéis dejado por la actualización: Siento mucho la espera por un fic que veo que os gustaba tanto T_T. Intentaré actualizar lo más rápido que pueda, aunque ya os aviso que no será algo semanal ni quincenal. Mi tiempo libre se ha reducido drásticamente, así que no puedo dedicarle el tiempo que quisiera a mis fics. Pero sí que espero una frencuencia más moderada que no años ¬_¬º
Espero que os guste el capítulo ;-D
CAPÍTULO 13: Ansiedades
—¿Por mí? —Kaoru no pudo evitar sonrojarse—. Has dicho que no me conoces.
—Pero el Kenshin que sí te conoce te quiere. —El pelirrojo sonrió divertido—. ¿En serio crees que podría ignorar algo tan importante?
Kaoru le devolvió la sonrisa tras un pequeño suspiro.
—No, claro que no.
Se quedaron varios minutos sin decir nada; sólo mirándose el uno al otro, estudiando a la persona que tenían en frente. Al final, Kenshin le cogió la mano de nuevo y le pasó el pulgar por sus dedos en un gesto tierno.
—Kaoru, quiero pedirte algo.
—Por supuesto, dime —le dijo solícita ella.
—Tenemos que dejar esta interpretación.
—¿A qué interpretación te refieres? —preguntó extrañada.
—A la que estamos llevando a cabo. Sé que antes no teníamos secretos, pero ahora sólo nos rodeamos de ellos. En especial, tú esperas determinadas cosas de mí, pero resulta que no te atreves a hablarlas conmigo por temor a discutir y que me vaya. Y en lo que a mí se refiere, yo tampoco he colaborado mucho —quiso dejar clara su parte de responsabilidad en el problema—. No termino de encajar bien tus críticas. —Kaoru rio con el comentario—. Pero haré el esfuerzo de no tomármelo a mal.
—Me parece bien.
—Estas intrigas no me dejan conocerte como quiero.
—A mí tampoco —comentó contundente ella. Kenshin la miró desconcertado, pero Kaoru sabía bien de lo que hablaba. Ella conocía al Kenshin que había vivido en su casa los últimos meses, pero no al que tenía delante—. ¿Crees que eres el único con ese problema? Yo me enamoré del Kenshin que quedó enterrado bajo los escombros del orfanato, no de ti.
Kenshin hizo un mohín divertido por la reprimenda de Kaoru.
—Lo que he dicho antes te ha picado en el orgullo, ¿eh? —le dijo recordando cómo minutos atrás le había echado en cara que ella estaba enamorada de él, pero que el sentimiento no era mutuo.
—Un poco —concedió ella—. Pero tienes razón. No me conoces; no puedes quererme. Pero del mismo modo, yo tampoco te conozco a ti. Hay cosas de ti que me gustan, del mismo modo que también las hay que me disgustan. Sin embargo, tenemos que reconocer que eres muy diferente de él.
—Lo sé —le confirmó Kenshin. No hacía falta que le hiciera una lista detallada. Había recordado las suficientes cosas sobre él como para saber que el Kenshin de esa época veía el mundo con un color de cristal distinto al suyo—. ¿Sinceridad ante todo, entonces? —preguntó en un intento de cerrar un pacto con ella.
—Sí —concordó la muchacha asintiendo con la cabeza.
Como si los cielos se hubieran confabulado, un claro de sol se abrió paso entre las nubes y los iluminó, igual que lo hacía la propia sonrisa de Kaoru. El pulso de Kenshin se aceleró otra vez al verla con esa nueva luz. Su tierna sonrisa le daba un aire inocente que siempre tendía a calentar su sangre. Era tan diferente de las mujeres que habitaban las casas de placer. Tan deseable…
«¡Maldita sea!», se espetó a sí mismo en cuanto se dio cuenta del hilo de sus pensamientos. Miró hacia el pozo e inspiró hondo para intentar calmarse. Incluso se soltó de ella para apoyar sus manos en el borde de madera mientras respiraba de forma controlada.
—¿Estás bien? —le preguntó Kaoru preocupada.
Él asintió, aunque precisamente oír su voz no ayudaba para rebajar sus instintos.
Esperaba que su estrategia de implicarse más con las tareas de la casa funcionase. Era indiscutible para él que estaba demasiado ocioso. Y cuando eso ocurría, tendía a buscarse actividades alternativas en las que perder el tiempo.
Sin embargo, y para su desgracia, había descubierto que en esa época no tenía mucha diversidad más allá de Sanosuke —el cual pasaba por allí de vez en cuando— y Kaoru —quien sí que estaba en casa de continuo.
Y ése era el maldito problema que empezaba a arrastrar desde hacía unos días y que iba agrandándose poco a poco como una bola de nieve que corría ladera abajo.
Kenshin inspiró de nuevo y por fin sintió que sus pulsaciones bajaban.
Ni siquiera podía recordar cuándo había tenido tanto tiempo libre. Y, lo que era peor: aburriéndose con él.
No tenía a sus compañeros de armas; no tenía rencillas con ellos para distraerse, ni ratos de juegos. No invertía tiempo en elaborar estrategias, ni ataques, ni huidas. Ni tampoco entrenaba. Lo único que hacía era ver las horas pasar, con todos sus sentidos alertas y predispuestos a algo que nunca llegaba.
Y peor se le hacía la noche cuando sentía que debería estar en cualquier sitio menos en ese futón; expectante a cualquier sonido que, igual que antes, tampoco llegaba. Lo único que podía hacer ahí tirado era ver las maderas del techo hasta que el sueño le vencía, sin otra cosa en la que ocupar su cabeza que no fuese la dueña de esa casa.
Por eso era bien consciente de que no podría seguir tranquilo muchos más días si no encontraba otra actividad en la que centrar su cabeza que no fuese la tentación andante que constituía Kaoru a todas horas. Una tentación con la que se suponía que tenía derecho a fantasear, por muy contraproducente que fuese eso.
Kenshin cerró los ojos y después suspiró cuando otra alternativa pasó por su cabeza: lo mismo el problema podía deberse a llevar mucho tiempo sin estar con una mujer, reflexionó de pronto.
Sin embargo, tal como llegó esa idea, tuvo que reconsiderarla. Tenía que reconocer que esa necesidad no le asaltaba nunca tan rápido. Hasta donde él sabía, no era de naturaleza promiscua. De hecho, aunque no podía asegurarlo al cien por cien porque no recordaba todo, estaba casi convencido de que su «otro yo» no había estado con ninguna mujer desde que llegó a esa casa.
Porque lo suyo siempre había sido más por rachas y, por regla general, iban unidas a épocas bastante intensas de trabajo. Como si fueran una válvula de escape más.
Pero esas situaciones eran diametralmente opuestas a la desquiciante tranquilidad que vivía ahora.
Por eso, la única explicación que encontraba era su primera hipótesis: estaba tan ocioso que no tenía forma de descargar su exceso de energía. Y puesto que no podía desahogarse al no entrar en combate contra otros hombres, su cuerpo había optado por la otra vía que siempre le había relajado. De ahí que se estuviera chamuscando el cerebro con todo tipo de escenarios eróticos en donde entraba en juego la mujer que tenía a mano.
Y si eso seguía así, dentro de una semana sería una bomba de relojería.
—¿Seguro que estás bien? —probó de nuevo ella. Kenshin se soltó del pozo y retomó la tarea de lavar la ropa intentando así serenarse. Lo último que les faltaba era que siguiera avivando su deseo con fantasías a las que no iba a poder dar rienda suelta en mucho tiempo—. Cada vez que te sumerges en tus pensamientos acabas tenso como una cuerda. Te lo noto desde hace varios días.
—Tranquila, no es nada —contestó intentando restarle importancia.
Kaoru le observó inquisitivamente y Kenshin notó la quemazón de sus ojos puestos en él. Al final, no pudo evitar girarse para mirarla: no estaba muy contenta.
—¿De qué acabamos de hablar? —le increpó ella molesta.
—Es complicado —dijo él como si aquello fuese una respuesta. A ella, por el contrario, no se lo pareció y se lo hizo saber con una mirada elocuente. Kenshin suspiró al ver que no iba a ser tan sencillo esquivarla—. Me siento sobrecargado de energía. Esta vida es demasiado tranquila para mí. Supongo que es temporal; hasta que me cambie la perspectiva del todo. A fin de cuentas, he vivido un montón de años sin problemas, ¿no?
Kaoru le miró con seriedad durante unos segundos que a Kenshin se le hicieron interminables. Sabía que a ella no le hacía ni pizca de gracia todo lo referido a su vida de asesino, y que le dijera que se encontraba indispuesto por no salir a matar a sus adversarios, no podía ser algo fácil de asimilar. Por eso no había querido decírselo.
—¿Ves por qué tienes que hablar más conmigo? —le criticó Kaoru. Kenshin se quedó extrañado por ese comentario.
—¿Por qué lo dices?
—Llevas varios días sufriendo sin necesidad. —Kaoru sonrió por la cara de confusión de Kenshin—. Eso te sigue pasando ahora. —Esta vez se rio sin contemplaciones de él cuando abrió los ojos y la boca pasmado—. No me mires así. Lo tuviste callado durante bastante tiempo, pero hará unos meses me enteré de ello. Sueles ir a un bosque a las afueras a liberar tu energía cada poco tiempo.
—¿Lo dices en serio? —Estaba tan asombrado que le costó un rato contestarle.
Estaba convencido de que su «otro yo» no acarreaba ese problema después de haber pasado más de una década en una era de paz. Pero quizás simplemente había adquirido unos hábitos con los que equilibrar su espíritu de lucha en una época en la que no las había. Y puesto que él no los había llevado a cabo, estaba sufriendo los efectos de esa sobrecarga. Eso implicaría que esa ansiedad sería diferida, no suya.
¿Acaso sería tan fácil como eso? Kenshin estaba seguro de que en pocos días más no podría soportar ni estar bajo su propia piel. Sabía que tenía que hacer algo en breve o estallaría, y no creía que fuese conveniente para nadie que estuviera a su alrededor.
De modo que pensar que realmente hubiera una solución tan sencilla, le había dejado pasmado.
—Claro —contestó ella sonriente—. Una vez te pregunté por qué lo hacías y me dijiste que te sobrecargabas y eso hacía que tu cuerpo se tensara. Creo que era una forma suave de decirme que acabarías irritable si acumulabas mucha energía. Y veo que tenía razón: estás bastante susceptible últimamente —comentó una Kaoru muy ufana por chinchar a un Kenshin con algo que él no sabía, pero ella sí—. ¿Quieres que te acompañe al lugar al que sueles ir? —Kenshin, aún asombrado, se limitó a asentir con la cabeza. Kaoru cogió otra prenda del cubo y se puso a lavarlo—. Tenía pensado entrenar un poco, pero puede esperar. Si quieres, podemos terminar la colada e ir hacia allí.
Kenshin pensó que era una buena idea. Cuanto antes volviera a tener el control de su propio cuerpo, más tranquilo estaría. No sabía muy bien por qué no se le había ocurrido esa solución antes, pero se lo achacó a su estado mental. Hasta esa misma tarde no había valorado la posibilidad de que su estado se debiera a la acumulación de energía porque nunca había llegado a un nivel tan crítico. Y por eso, cuando lo había rebasado, había perdido toda lógica posible y su cuerpo se había revolucionado por sí solo, sin darle oportunidad de racionalizar lo que le sucedía.
Más animado, Kenshin retomó la tarea de seguir con la ropa. Ahora que Kaoru también colaboraba, la palangana de la colada se reducía rápidamente.
—Y bien, ya que hemos empezado con las confidencias y yo te he contado una mía, ¿te inquieta alguna cosa? ¿Quizás algo referente a mi horrible carácter, por ejemplo? —añadió divertido sabiendo que era de las cosas que más le diferenciaba de su «otro yo». La falta de respuesta de Kaoru le hizo mirarla y descubrió que se encontraba contrariada. Su sonrisa se fue desvaneciendo hasta mostrar un gesto preocupado—. ¿Kaoru?
—Bueno… —empezó incómoda—, en realidad había venido aquí para decirte algo, pero no te va a gustar.
Kenshin suspiró exasperado.
—Tampoco yo pensé que te fuese a gustar lo que te he contado, pero lo he hecho —le dijo molesto el hombre, que siguió frotando la prenda que tenía en la mano.
—Es que no te va a gustar nada —argumentó con más determinación.
Esta vez, Kenshin resopló y la miró con el ceño fruncido.
—Ya me has preparado. Ahora, suéltalo —le exigió él otra vez centrado en la ropa que lavaba.
—Es sobre la discusión de ayer.
—¿Sí? —la instó a continuar al ver que se detenía.
—Me acusaste de mentirte al conocernos cuando te dije que no me importaba lo que habías hecho. —Esta vez, Kenshin no la empujó a seguir y dejó que ella misma se aclarara de lo que iba a exponer. Era un tema que sabía que era complejo y no quería presionarla—. Reaccioné mal por lo que quisiste hacer ayer y cuando me lo echaste en cara, me hiciste dudar, ¿sabes?
Kenshin dejó definitivamente la colada y fijó en ella toda su atención. Kaoru había tocado un punto de vital importancia para ambos y lo peor era que le había dicho que no le iba a gustar la conclusión a la que había llegado.
No podía ser verdad, pensó Kenshin. De hecho, tiempo después de salir de la habitación, cuando se había tranquilizado en su propio cuarto, había recapacitado pensando que esa acusación sólo había sido otro intento deliberado de hacerle daño. Estaba descubriendo que era muy mezquino en sus discusiones con Kaoru, siempre buscando y hurgando en la llaga que más le dolía a ella. No sabía muy bien de dónde salía esa crueldad destinada a alguien como Kaoru. Nunca había hecho algo parecido y la única conclusión a la que podía llegar, era que lo hacía porque sus palabras le dolían en igual medida y buscaba la forma de devolvérsela.
Pero realmente había pensado que Kaoru se encontraba tan impactada por lo sucedido en la calle que no había podido asimilar las cosas bien y la había dejado sin palabras. Por eso se había quedado en la casa en vez de marcharse: porque tenían que hablar aquello de forma sosegada y no en medio de una discusión donde ambos buscaban hacerse daño.
Y, sin embargo, ¿ahora le decía que no le iba a gustar su conclusión?
Miró a Kaoru expectante, con el tiempo detenido a su alrededor. No se había dado cuenta, pero incluso había contenido la respiración, tal y como notó cuando sus pulmones gritaron pidiendo aire.
—¿Y bien? —preguntó sin poder aguantar más ese silencio.
Si le decía que no podía soportar su pasado, todo se habría acabado entre ellos. La conversación que habían tenido hacía unos minutos no valdría para nada. De hecho, lo mejor sería largarse de allí cuanto antes y evitar encariñarse del todo con ella. Al menos, podría aprovechar que en el momento actual no la amaba como sí lo hacía su «otro yo» y marcharse de allí evitando el dolor que le ocasionaría esa separación al Kenshin que la quería.
—No te mentí —dijo al fin Kaoru, y el pelirrojo pudo al menos respirar con cierto alivio.
—¿Pero? —Porque tenía que haber un pero.
—He hablado hace un rato con Megumi y eso ha hecho que pudiera reflexionar mejor sobre todo esto. No me gustan las nuevas cosas que me has contado que hacías. Pero cuando llegaste aquí te lo dije bien claro, aunque luego perdiera de vista esa verdad que siento en mi corazón —empezó la joven llevándose una mano al pecho—. Me dijiste que no era conveniente que te quedaras después de los estragos que el nombre de Battosai había causado a mi escuela. Pero yo no quería que Battosai se quedara conmigo, sino el vagabundo con el que me encontré. El Kenshin que llegó a mi casa repudiaba más que yo los crímenes que había cometido y se había pasado los últimos diez años intentando enmendarse. Había perpetrado actos aborrecibles en una época de guerra, pero había fijado su objetivo en ayudar a la gente en la nueva Era que se construía tras todas aquellas matanzas.
»Sin embargo, ése no es tu caso, como bien me lo dejaste claro ayer. Kenshin era un asesino en la época de guerra que le tocó vivir, pero ya no. En cambio, tú sí sigues siéndolo y eso es lo que no puedo aceptar. Puedo perdonar que en el pasado fueras un asesino porque lo que me importa es que ahora no lo fueses. Pero tras el accidente, el asesino que enterraste ha vuelto convirtiéndolo en tu presente. Y eso es lo que no puedo perdonarte. —Kaoru se detuvo al fin sin quitarle ojo a Kenshin. Se había quedado blanco desde que había empezado a hablar y podía incluso jurar que apenas respiraba—. ¿Estás enfadado?
—No —contestó secamente con la vista perdida.
—Sabía que no te iba a gustar —añadió contrita sin creerle—. ¿Quieres decir algo? —Esta vez ni respondió. Negó con la cabeza a modo de contestación y Kaoru suspiró. Dedujo que su paseo fuera de la ciudad se tendría que posponer, pues no imaginaba que Kenshin estuviera muy por la labor de estar en su compañía, y así se lo dejó ver—: ¿Quieres que te deje un rato solo para pensar?
Kenshin pareció enfocar de nuevo su vista en ella, como si momentos antes hubiera estado muy lejos de allí.
—Es una buena idea, Kaoru, gracias.
Kaoru le estudió durante unos segundos más, pero acabó por levantarse y, con paso lento, se alejó de allí. Kenshin no la perdió de vista hasta que dejó de estar al alcance de sus ojos y, en cuanto estuvo lejos de las miradas curiosas, se dobló sobre el pozo soltando un gran suspiro de alivio, apoyando su cabeza contra los brazos cruzados.
De nuevo, Kaoru le había quitado años físicos de vida. El Kenshin que la amaba podía seguir durmiendo tranquilo, aunque él debería empezar a reflexionar seriamente lo que sucedía con Kaoru en su interior. Había entendido su postura con una claridad meridiana y no podía reprocharle que pensara así. Tenía razón al decirle que ella había aceptado al que definía como vagabundo, no al asesino, y debería sentirse culpable por haberla hecho dudar de sus sentimientos. Sin embargo, habían sacado algo en claro y con la discusión de la tarde anterior, había conseguido que Kaoru definiera los límites con nitidez acerca de él.
Y eso era bueno para ambos.
— * —
Aún no se acostumbraba a ese silencio nocturno. No era un silencio expectante como al que estaba acostumbrado; uno en el que, si había un ruido, era una amenaza o los gritos de un ataque.
No… Éste era muy distinto: un silencio tranquilo que sólo era roto por borrachines de camino a casa.
Se había despertado con las pulsaciones por las nubes después de un encuentro muy vívido con Okita. Supuestamente, había transcurrido en la guerra, pero no lo recordaba.
Y él ya estaba muerto.
En ese sueño le había dejado muy malherido. Tanto, que se había despertado pensando que se estaba muriendo. Le dolía todo el cuerpo, pero allí no había nada: ni heridas ni cicatrices lejanas.
No había ocurrido, por mucho que jurase que parecía real. Y el problema venía en que no era el primer sueño de ese tipo que tenía.
Él nunca soñaba tanto. Y no hablaba por los recuerdos que volvían a su memoria. Ni de niño soñaba así. Pero desde que había vuelto a Edo no hacía otra cosa que revivir o inventarse asaltos en la guerra. Era como si al no vivirla, su mente se estuviera encargando de recreársela mientras dormía.
Estaba perdiendo la cabeza.
Giró por una calle y las pulsaciones le subieron. Incluso sabiendo racionalmente que no pasaría nada, no podía evitarlo. Pareciera que su cerebro tuviera algún tipo de programación y asociara calles oscuras a potenciales peligros. En su viaje a Kioto había evitado los poblados por la noche precisamente por eso: era más seguro dormir escondido del camino que meterse en un pueblo.
Era la primera noche que callejeaba por Edo solo y le resultaba desquiciante tener que repetirse a cada ruido que no pasaba nada. Era, en esencia, lo que Sanosuke y Kaoru le decían todo el tiempo: no estaba en la guerra, pero él seguía en ella.
Se sentó en un banco que encontró al acercarse a la ribera; el lugar perfecto para encontrarse a algún adversario. Pero de nuevo se dijo que no ocurriría. Miró la espada de filo invertido que llevaba y no pudo evitar pensar en que él también tuvo que pasar por eso, aunque, intuía, que sólo lo hizo a medias.
Dejar la lucha no era algo que se fuese a plantear cuando terminara la guerra. Lo tenía decidido desde el momento en que incendió la casa con el cadáver de Tomoe dentro, aunque él había pensado que lo dejaría del todo.
Pero no lo hizo… o no tendría ahora mismo esa espada en sus manos.
Deslizó unos centímetros la espada de la vaina mientras una sensación agobiante le inundaba. El Kenshin que vivió el final de la guerra no lo pudo dejar y de ahí que tomara la alternativa de luchar sin hacer daño. ¿Cómo se esperaba que lo hiciera él? Tenía la cabeza llena de estrategias y objetivos, y en cuanto intentaba deshacerse de ellos, el sueño se encargaba de devolvérselos.
Entendía como nadie que su «otro yo» decidiera vagar por Japón tras terminar la guerra; que no mirara atrás y se alejase de todo y todos. No tenía amigos, ni familia. Nada le arraigaba a ningún lugar. No le extrañaba que su «otro yo» lo hiciese porque era lo que él haría; y se suponía que el término de la guerra sucedería en no mucho tiempo desde su actual perspectiva.
En cambio, él, ya no podía hacer eso. O, mejor dicho, lo había hecho hasta que se topó de bruces con que no estaba en esa misma situación. Él sí tenía amigos y una familia. Y esa familia le daba una presión añadida que antes no tenía.
Lo que quería haber hecho era lo opuesto a lo que debía hacer; vivía en una contradicción constante. Y, encima, ni podía desquitarse del agobio por el día, ni tampoco podía descansar por la noche. Ésa, definitivamente, era una muy mala combinación para alguien como él. Estaba afectándole… y empezaba a ser mucho.
Cuando por fin decidió que debía volver e intentar descansar lo que pudiera, ya no había ni borrachines por el camino. Pero, para su desgracia, tampoco clareaba el cielo. Debía ser una hora avanzada de la madrugada, lo que conllevaba un absoluto silencio que le hizo poner en alerta de inmediato. Todo para nada, lo sabía, pero ahí estaba de nuevo.
Debía evitar salir solo por la noche, decidió nada más traspasar el portón de la casa. Acababa de descubrir que era mejor retorcerse en ese futón pensando que debería estar haciendo otras cosas, que salir a la calle y frustrarse más aún por algo que esperaba y no llegaba. Lo último que necesitaba en esos momentos era echar más leña al fuego de su frustración.
Con cansancio, miró por el pasillo hacia la puerta de la habitación de Kaoru. Le estaba evadiendo desde que habían tenido la conversación esa mañana. Aunque, si tenía que ser sincero consigo mismo, tampoco él tenía muchas ganas de hablar con ella.
Deslizó la puerta de la habitación de Kaoru con cuidado y la observó en la penumbra dormir tranquila.
Ella venía a ser la culpable de su situación; la que le anclaba a ese lugar en contra de su voluntad y le hacía enfrentarse a cosas para las que no estaba preparado. Era, en esencia, la que estaba complicándoselo todo.
Y, sin embargo, ahí estaba ella durmiendo tan tranquila sin saber lo que estaba suponiendo para él.
Suspiró fuerte… aunque más bien pareció un resoplido de irritación. Cerró la puerta con el mismo cuidado que había empleado al abrirla y se posó en ella mientras tomaba conciencia e intentaba tranquilizarse del estallido que le provocaba algo tan nimio como que otros pudieran dormir y él no.
Estaba perdiendo la cabeza, pensó de nuevo con aprensión. Era imperativo que buscase en breve una forma de estabilizar su ánimo o alguien iba a pagar las consecuencias de su desequilibrio.
Y si algo sabía —y podía apostar su mano, que no la perdería— era que sería la dueña de esa habitación.
— * —
Fin del Capítulo 13 - 8 Julio 2013
Revisión - 18 Abril 2021
Modificación - 3 Abril 2022
Notas finales 2022:
Pues nada, así ha quedado. A ver si ya, con esto, me desatasco y puedo continuar con el fic u_uº
¡Saludos!
