CAPÍTULO 15: Perspectivas


Comentarios a los reviews:

Kaory1: A Sanosuke le ha pasado la vieja historia de que falte la figura referente y el siguiente es el que se tiene que hacer cargo, aunque tenga 12 años. Es justo la reflexión que tiene en este capítulo sobre su propia familia. Así que ha pasado de ser irresponsable, a ser el más responsable de esa amistad. Porque, como le decía a otra lectora, a la hora de la verdad, el Kenshin de esta historia no es más que un chaval de 18 años viudo, con un síndrome postraumático de la leche, que de pronto se encuentra sin memoria y con la vida que ha construido «su otro yo» 10 años después. Y ahí está, intentando sobrellevarlo solo y sin una mísera pastilla. Así que es normal que Sanosuke se apiede de él y se haga cargo de la situación ^_^º
En cuanto a la versión vieja/nueva lo estoy modificando para que se vea mejor que Kenshin no está bien. En la anterior, por lo que vi, la percepción mayoritaria fue que Kenshin era más explosivo por que sí (o por ser Battosai ¬_¬º), en vez de verse que era un cúmulo de lo que te he puesto en el párrafo anterior. Imagino que prescisamente por eso, no solo no es de mis historias favoritas, sino que, con el paso del tiempo me ha dejado de gustar porque no conseguí reflejar la historia que había en mi cabeza. Es por eso que decidí hacer la reedición. Solo espero que a vosotras también os guste el cambio.

KaryKC: Ya, el eterno debate de Kaoru sí, Tomoe no. En general, tiendo a pensar que esa controversia la tiene la gente joven. La gente mayor ya tiene la experiencia suficiente como para saber que puedes tener varias relaciones buenas en la vida y no hay necesidad de desprestigiar una en pos de «la última». Pero como son los que más escriben y leen fanfics, son los que más ruido hacen con esto. Y, por tanto, los que menos escriben de la relación verdadera que tuvo Kenshin con Tomoe. Pero la realidad es, por mucho que les duela, que sin Tomoe, Kenshin se habría convertido en un Shishio cualquiera. Le debemos a ella que Kenshin sea quien es.

jbadillodavila: Espero que no... Ya tengo revisado el capítulo siguiente también (es lo que tiene semana santa XD). Y he mirado algunos por delante y, en general, los que más reedición necesitan son estos de ahora, que me habían atascado. Espero, de verdad, terminarlo este año.

Ryuuzaky: Ahora que no tengo más historias en publicación, espero ir más rápido.

Estefi: Ya, no sé si a los demás os funcionan, pero a mí los avisos me dejaron de funcionar hace tiempo. No me llegan ni avisos MP, ni notificaciones de comentarios o capítulos, nada... Y no debo ser a la única, por lo que me han dicho. Así que me sorprende que tantos hayais leído el capítulo, porque para ver la actualización, tenes que entrar de forma regular al fandom :-S

PrettyKaoru: Que lo iba a terminar, lo tenía clarísimo. Otra cosa es que se me ha retrasado más de lo que esperaba. Espero que te guste esta versión; la parte de Kenshin es la que más cambios ha sufrido, pero espero que os guste ;-D

Anto: Mi objetivo es terminarlo para este año, con la idea de subir un capítulo cada 2-3 semanas, si mi tiempo libre me lo permite. Creo que la parte que más modificaciones conflictivas tenía era esta (porque tenía que modificarlo sin cargarme el final), pero parece que va bien. Así que espero ir más rápido.

Ceres Ryu: Para que te hagas una idea, esta historia tiene 25 capítulos, con epílogo incluido. Así que sí, aún les toca sufrir a los dos un poco u_uº

Gracias a todas por los reviews ;-D. Os dejo con el capítulo siguiente. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 15: Perspectivas

Adoraba ese color. Era el mismo que el de sus ojos, por mucho que llevara casi un mes sin verlos.

Kaoru suspiró mientras pasaba la mano por la tela de color violácea componiendo una imagen mental de cómo se vería Kenshin vestido con ella. Cuando consiguió salir de su ensoñación, siguió trazando el dibujo de la primera pieza para la confección del yukata*.

Así fue cómo se la encontró Kenshin cuando abrió la puerta de su habitación sin llamar siquiera. Kaoru se quedó inmóvil al verle plantado en la puerta.

—Termina lo que estés haciendo y ven —le ordenó sin más con su típica actitud seca.

Antes de que Kaoru pudiera replicar, Kenshin había cerrado la puerta y se había marchado. Por un momento, consideró no hacerle caso y seguir con lo que hacía, pero lo único que conseguiría era que Kenshin volviese y la sacara a rastras de allí.

Aquella idea que había aparecido de forma tan natural en su cabeza la perturbó. El Kenshin que ella conocía bien nunca haría tal cosa, pero no dudaba ni por un momento que el actual lo hiciera. No se había dado cuenta de que poco a poco había ido asimilando el comportamiento de ese nuevo Kenshin hasta el punto de poder empezar a predecir sus acciones.

Sonrió y siguió dibujando sobre la tela esperando que sus sospechas se confirmaran. No tardó ni tres minutos en regresar.

—Deja de esconderte de mí —se quejó Kenshin cuando volvió a abrir la puerta sin llamar.

—No me estoy escondiendo de ti. Si así fuese, no me habrías localizado de nuevo en mi habitación —respondió altanera Kaoru.

—Llevas desde ayer huyendo de mí. No te hagas ahora la inocente —la acusó de mal humor.

Por supuesto, tenía razón. Desde que le había soltado que no podía aceptar que siguiera siendo un asesino, había intentado esquivarle. No le resultaba una situación cómoda por mucho que hubieran hablado el día anterior de ser sinceros e intentar asimilar las críticas del otro.

—Pero resulta que sigues enfadado —replicó ella con el motivo que la había tenido alejada de él.

—¡No estoy…! —Kenshin suspiró tan fuerte que casi fue un resoplido. Volvió a empezar—. No estoy enfadado por lo de ayer. —Kaoru no le creyó—. Como te dije, tengo mucha tensión acumulada y como no quiero volver a pelearme contigo, me gustaría que me dijeras dónde y cómo puedo librarme de ella.

Kaoru dejó lo que estaba haciendo en cuanto escuchó las preguntas de Kenshin.

—¿A qué te refieres con «cómo»? —preguntó con cuidado.

—Creo que es una pregunta clara —reprochó Kenshin pensando que se estaba burlando de él.

—No sé lo que haces. Sólo sé que vas a las afueras de Tokio para liberar tu energía. Supongo que te entrenarás —probó a decir—. Nunca te veo entrenar, pero es obvio para todos que tienes que hacerlo en algún momento.

Kenshin la miró con intensidad por largos segundos con la impaciencia rondándole de nuevo. Kaoru estaba sentada en el suelo rodeada de telas y con un costurero al lado. Tenía un semblante de genuina confusión que aceleró el pulso del hombre. Quizás debería haberse dado una vuelta para despejarse, en vez de haber venido directo tras la conversación con Sanosuke. Kaoru ignoraba por completo que su mera presencia echaba leña a un fuego de llamas altas y eso acabaría por ocasionarles dramáticas consecuencias a ambos. No se encontraba en posición de hacer pruebas. Tenía que quitarse toda esa tensión de encima.

—Acompáñame —le pidió con una voz menos cortante que la que había utilizado momentos antes—. No me sé mover por las afueras de la ciudad.

Kaoru dejó lo que estaba haciendo y se acercó hasta él. Salieron de la habitación y, sin añadir nada más, se fueron rumbo a las afueras de Tokio. Como le había evitado, no había vuelto a caer en el tema de la sobrecarga de energía de Kenshin. Estaba muy tenso y, sólo por eso, pasó por alto lo desconsiderado que había sido en su trato. Kenshin lo estaba pasando mal, si bien había sido culpa inicial de él por no haber confiado antes en ella y poder ponerle solución hacía días.

Poco a poco, dejaron las calles atrás y, siguiendo el sendero marcado por el río, acabaron en la zona arbolada en donde le había buscado meses antes gracias a Tsubame. No pudo evitar recordar aquel día de verano, cuando le había mostrado por primera vez lo que sentía por él en su corazón. Kaoru miró furtivamente a Kenshin algo sonrojada por recordar aquella audacia que tuvo. Kenshin iba sumergido en sus propios pensamientos y no había dicho ni una palabra desde que salieron del dojo*. Le encantaría saber qué pensaba él en esos momentos para estar tan sumido en su mente, pero no se atrevió a preguntarle.

Cuando llegaron a un cruce en el camino, Kaoru se detuvo.

—Hemos llegado —comentó ella al borde del bosquecillo, y señaló al arbolado en la dirección de uno de los senderos—. Sueles adentrarte en el bosque. Yo te esperaré aquí para que te encuentres más cómodo estando a solas —terminó diciendo mientras se sentaba encima de una piedra grande a la orilla del camino. Kenshin asintió y se marchó.

Durante un buen rato no oyó ni un solo ruido… hasta que escuchó caer un árbol con gran estruendo. Kaoru se levantó perpleja y miró en esa dirección con la boca abierta por el asombro. Kenshin acababa de tirar un árbol. Estaba claro que eso no era lo que hacía habitualmente allí. Tendría que informarle de que aniquilar un bosque no estaba en su programa de entrenamiento.

Se quedó mirando el lugar un poco indignada por la destrucción sin sentido de la que hacía gala Kenshin y, poco después, una fuerza invisible la golpeó y la lanzó contra el suelo.

—Madre mía… —murmuró atónita sentada en el camino.

Aquello había sido un golpe de la energía de Kenshin… y había sido impresionante. Aunque ella no sabía cómo hacerlo, los grandes guerreros eran capaces de canalizar su energía contra un adversario. Se lo había visto hacer a Kenshin cuando luchó contra Jinne, haciendo que se detuviese en seco tras su ataque. Y el propio Jinne lo había hecho con ella para hipnotizarla. Pero lo que la había golpeado no era nada comparado con eso. Era una gran cantidad de energía y lanzada en todas direcciones.

Kenshin no bromeaba cuando decía que tenía mucha energía acumulada.

Kaoru se levantó del suelo, se golpeó el kimono para sacudirse el polvo del camino y se sentó en la piedra en la que había estado durante tanto rato. Si Kenshin tenía pensamiento de hacer otra vez algo como eso, la pillaría prevenida y sentada.

Pero no volvió a lanzar su energía, o al menos, no a tanta distancia, porque no llegó ninguna oleada más. Apoyó la barbilla sobre sus manos y siguió esperando. Sin embargo, sólo transcurrieron unos minutos antes de que apareciese Kenshin por el sendero, aunque no mostraba la actitud que habría esperado. Teniendo en cuenta que se suponía que acababa de liberar la energía que se le estaba enquistando en el cuerpo, debería estar más relajado. En cambio, no lo parecía.

Kenshin se acercó hasta ella, pero Kaoru pudo observar que estaba enfadado.

—¿Estás bien? —preguntó preocupada cuando llegó hasta ella. Kenshin la fulminó con unos ojos dorados que brillaban como ascuas—. ¿Qué…? —Pero no fue capaz de seguir. Kenshin mostraba tal animosidad contra ella que se le aceleró la respiración—. ¿Qué ha pasado?

Él no le contestó. Seguía con su atención fija en ella, casi sin parpadear, como un depredador que acechaba a su presa.

Kaoru empezó a sentirse realmente incómoda, pero eso no fue nada comparado al nerviosismo que sintió cuando la agarró y la estrechó contra él.

—¿Kenshin? —titubeó… y el mundo a su alrededor desapareció.

Una fracción de segundo después, Kenshin la estaba besando con una fuerza que nunca había empleado, como si descargara de esa forma la furia que estaba conteniendo. La sujetó de la cintura y la arrimó más a él sin dejarle posibilidad de retirada. Invadió su boca, sin contemplaciones de ningún tipo, marcando su dominio sobre ella. La mano con la que sujetaba su nuca se metió entre su cabello y la cerró en un puño, deshaciendo el recogido que llevaba al soltar algunos mechones de pelo. Tiró de su cabeza para inclinarla más y obtener un mejor acceso a su boca, y Kaoru por fin pudo reaccionar.

En esos momentos no le importaban las preguntas, ni lo que le pasaba a él por la mente para actuar de aquel modo. Porque por mucho que hubiera intentado hacerle creer a Kenshin que no sentía ya lo mismo por él, sólo había sido un vano intento de recuperar una posición más ventajosa de la que él la había puesto. Todavía le amaba con cada gramo de su cuerpo. Añoraba esos momentos íntimos con Kenshin haciéndola soñar por las noches con él; con lo que había tenido y perdido.

Por eso, en lo único que podía pensar cuando sus bocas se unieron y pudo saborearle de nuevo, era en aprovechar ese momento; guardarlo para ella y dejar las preguntas para después. Habían sucedido tantas cosas desde entonces que le parecía muy lejana la última vez que se besaron, y hasta ese preciso instante habría seguido jurando que faltaría mucho tiempo para que volviera a suceder, si es que ocurría. Pero estaba pasando, y con una ansiedad que rayaba la locura.

Le cogió del cuello y se aferró a él, pegando su cuerpo al de Kenshin. Él bajó su mano hasta la parte baja de su espalda y presionó hacia sí mismo. Sintió que algo se clavaba en su vientre y Kenshin gimió al sentirla contra él. Nunca la había besado así, con ese tipo de ansia que la dejaba sin aliento. Siempre había sido más tranquilo y tierno con sus besos, pero en esos momentos parecía totalmente descontrolado, como si se hubiera desatado una tormenta a su alrededor. La protuberancia que notaba contra su vientre se endureció y presionó con mayor insistencia, al tiempo que ella se separaba de él en busca de aire.

—Kenshin… —susurró sin aliento. Tenía el corazón desbocado y la respiración tan rápida que no pudo conseguir el suficiente aire para sus pulmones antes de que Kenshin devorara sus labios otra vez. Intentó seguirle el ritmo, pero no podía; le faltaba el aire. Nunca había besado así a nadie, como si no hubiera un mañana. De nuevo se separó de él y tuvo que bajar la cabeza para impedir que volviera a besarla. Necesitaba respirar—. Espera… —le pidió mientras intentaba recobrarse.

Kenshin apoyó su frente contra la de ella haciendo un descanso en su asalto. A Kaoru le temblaba todo el cuerpo de la intensidad del momento, pero se aferró a su cuello de todas formas. No quería separarse de él; quería que aquello durara para siempre, pero era una imposibilidad física para Kaoru el seguir ese ritmo endiablado que había impuesto él.

Algo más recompuesto, Kenshin se separó de ella con un movimiento brusco y Kaoru no supo cómo consiguió mantenerse de pie. Le seguían temblando las piernas, casi incapaz de controlar su propio cuerpo.

—¡Maldita sea! —gritó de pronto él enojado y, con las mismas, se marchó dejándola allí.

A Kaoru le costó salir del estado sorpresivo en el que la había metido Kenshin. Se quedó con los ojos muy abiertos por el asombro viendo su espalda alejarse cada vez más. Aún sentía que le faltaba el aire y llevó sus dedos para tocarse los labios sensibilizados por aquel beso arrollador. En un acto involuntario miró hacia atrás, a la espesura del bosque, como si haciendo eso pudiera encontrar una respuesta a lo que había pasado.

Pero no la encontraba.

Kaoru no entendía qué había motivado una respuesta tan explosiva en Kenshin. Llevaban casi dos días sin hablarse y de repente hacía eso. Estaba tan confundida que su mente era incapaz de hilar una explicación a lo que había ocurrido.

Volvió su vista hacia el camino por el que se alejaba Kenshin y, con gran desconcierto, se giró otra vez hacia el bosque.

¿Qué demonios había pasado allí?

— * —

Una hora antes

¿Acaso tendría razón Sanosuke? ¿Estaba aferrándose al recuerdo de Tomoe de tal manera que no dejara oportunidad a nadie más?

No había hecho otra cosa más que darle vueltas a eso en su camino a casa y lo mismo estaba sucediendo en el trayecto hacia el bosque al que le llevaba Kaoru.

Hasta el momento actual, no había conocido ninguna mujer que rivalizara con Tomoe. Para él, las mujeres sólo eran meros entretenimientos para relajarse de las tensiones de la guerra. No había vuelto a considerar a una mujer en otros términos que no fueran por ése. Porque ya había conocido a Tomoe.

Pero ¿acaso sólo era eso? ¿Algo autoimpuesto? ¿Una convicción inicial que se había convertido en un hábito? Kenshin pensó que si quería ser sincero con él mismo y saber en qué punto se encontraba, debía dejar de excusarse en la racionalidad y empezar a hacer caso a lo que sentía.

Siempre que pensaba en Kaoru lo hacía en términos de lo aceptable que era ella para que once años después la tuviera en consideración como mujer para él. Pero si lo analizaba con detenimiento, no era más que el escudo sobre el que se resguardaba. Si en el momento actual pensaba que Kaoru era adecuada para su «otro yo», era el Kenshin actual el que realmente lo pensaba. Sólo que, si añadía la coletilla del «Kenshin once años mayor», no se responsabilizaba de ello. No era él el que había traicionado a Tomoe con otra mujer.

«No quiero que te lo tomes a mal, pero creo que te estás aferrando al recuerdo de que la amaste», otra vez esas insidiosas palabras en su cabeza.

Se negaba a que fueran verdad. Para Kenshin había una explicación lógica al enredo que sentía por mucho que Sanosuke hubiera intentado liarle. Se estaban juntando las emociones de los recuerdos del Kenshin de esa época con una tensión que le estaba haciendo perder toda perspectiva racional. Lo que tenía que hacer era quitarse aquello de encima y no veía el momento para conseguirlo.

—Hemos llegado —dijo ella al acercarse a una bifurcación en el camino. La vio señalar a los árboles antes de añadir—: Sueles adentrarte en el bosque. Yo te esperaré aquí para que te encuentres más cómodo estando a solas.

Era lo mejor y por eso asintió. Se dirigió al arbolado para evitar permanecer a la vista de ella. No estaba muy seguro de lo que debía hacer, pero prefería que no estuviera cerca.

Revisó a su alrededor, pero no recordaba nada, ni siquiera un sentimiento vago de familiaridad. Nada. Tampoco tenía demasiadas esperanzas puestas en ello, pues un bosque era un bosque y todos se parecían. Pero que estuviera preparado para eso, no hizo que la experiencia le resultara menos incómoda.

No sabía qué hacer y el lugar no iba a ayudar para que lo supiera.

Volvió a mirar a su alrededor con cierta ansiedad hasta que avistó un claro en la maleza y decidió que ése sería un lugar adecuado para sus prácticas. Los árboles de esa zona tenían la misma cantidad de marcas que el resto, es decir, ninguna. Si entrenaba, no lo hacía con los árboles, por lo que debió utilizar claros como aquél para hacer sus katas.

Pero seguía sin reconocer el lugar.

Como no estaba muy seguro de qué hacer, optó por seguir la sugerencia de Kaoru. No las tenía todas consigo de que eso le ayudara con lo que tenía encima, pero llevaba casi un mes sin tocar la espada, más allá del altercado de hacía unos días. Y en realidad, eso, para él, no contaba ni como calentamiento.

Kenshin estuvo realizando varias técnicas hasta que confirmó que aquello no conducía a nada. Si bien siempre era beneficioso entrenarse para no perder práctica, el hecho de no tener un contrincante enfrente no estaba ayudando a sacar esa agresividad interna que sentía. No conseguía desahogarse como lo haría con un buen combate y, lejos de quedarse más tranquilo, su ansiedad empeoró.

No iba a poder quitarse aquello, pero tenía que lograrlo.

Pensó, entonces, en intentar distraerse llevando a cabo los arcanos de la escuela; era la oportunidad perfecta para intentar realizarlos. Puesto que no los había utilizado nunca y sólo los recordaba por su enfrentamiento con Enishi, le haría concentrarse en ello y dejar de pensar en otras cosas. Desde luego, habría sido más productivo tener el recuerdo de la enseñanza de su maestro, pero desafortunadamente, no tenía acceso a él. Pero por intentarlo no perdía nada.

No supo en realidad el tiempo que estuvo en el claro ensayando los arcanos, pero cuando terminó estaba bastante seguro de haber conseguido una ejecución más que aceptable. Kenshin esperaba que pronto tuviera acceso al recuerdo de las enseñanzas de su maestro para perfeccionarlos, aunque, de momento, aquello tendría que valer.

Sin embargo, si bien era satisfactorio tener el conocimiento de los arcanos del «Hiten Mitsurugi Ryu», tampoco ayudó a destensarse y eso le llevó a ponerse más nervioso de lo que ya estaba. Tenía que haber alguna forma de hacerlo, pero no encontrarla le estaba poniendo de un mal humor que, de seguir así, acabaría por convertirse en su estado normal. Enfadado, desenfundó su espada y descargó su rabia contra un árbol. Lo que necesitaba era un oponente que le presentara batalla, no unos malditos árboles.

Aquello no funcionaba.

Oyó cómo la madera del árbol crujía y éste comenzaba a ladearse. Kenshin se apartó para asegurarse de no quedar en el camino de su caída y agradeció que se desplomara por el borde del claro sin afectar a los árboles de al lado. No era su intención que un árbol encadenara a otro en fila y acabara arrancando varios más.

Kenshin guardó su espada de filo invertido contrariado por las circunstancias. Si en esa época era un hombre pacífico, no podía liberar su energía mediante enfrentamientos. De modo que había otra solución. Quizás, simplemente, canalizaba su energía hacia afuera. A fin de cuentas, él ahora tenía veintinueve años por mucho que su cabeza fuese más joven. Ese cuerpo no necesitaba de tanta actividad física para relajarse.

Kenshin hizo una pequeña prueba y arrojó su energía al árbol caído tal y como hacía contra sus enemigos más fuertes para intimidar a su espíritu. No pudo evitar sonreír al ver que aquello sí era algo más efectivo. Parecía que al fin se acercaba a la respuesta. Levantó sus manos para poder estudiarlas mejor. Tenía que empezar a cruzar sus pensamientos. Una cosa era lo que pensaba como hombre de dieciocho años y otra, lo que su cuerpo de veintinueve años necesitaba.

Caminó hasta el centro del claro y se concentró en liberar su energía; sacar de una vez esa gran bola que le estaba carcomiendo por dentro. Sin embargo, la fuerza con la que lo consiguió le sorprendió incluso a él. Kenshin paseó sus ojos a su alrededor viendo cómo todas las plantas se movían por el impacto de su energía al ser expulsada. Era obvio que se había acumulado una cantidad ingente de energía en él, pero con regocijo notó que todo su cuerpo se aflojaba. Se acercó al árbol tirado y se sentó sobre él algo más tranquilo.

Quizás sólo necesitase eso, por mucho que él sintiera que había más de fondo. Pero tal y como había pensado momentos antes, lo que él percibía y lo que en verdad necesitaba podría diferir por su desconocimiento. De modo que habría estado padeciendo varias semanas de ansiedad e inquietud cuando podría haberlo remediado con algo tan sencillo como la meditación. Aoshi Shinomori lo hacía de forma rutinaria y él también era un hombre curtido en la batalla. Quizás sólo necesitaba imitarle para evitar que su cuerpo se volviese a descontrolar y acabase siendo un peligro para todo el mundo.

Soltando un largo suspiro se puso en pie y regresó al camino. Antes de salir de la espesura del bosque apareció ante él la visión de Kaoru a lo lejos. Kenshin se apoyó con una mano contra el último árbol antes del inicio del camino despejado. Estaba sentada sobre una piedra de perfil a él y se mecía ligeramente de lado a lado mirando al frente. Algo atrajo su atención en el extremo opuesto a donde estaba él, pero pronto volvió a fijar su vista hacia adelante con aquella maldita sonrisa inocente que le alteraba tanto.

Se le aceleró la respiración y, con ello, el revoltijo de emociones volvió junto con parte de la ansiedad supuestamente perdida.

No tendría que fijarse en su maldita sonrisa, o en regocijarse de que la chica «escogida» fuese bonita o no. Tampoco en si era cariñosa o atenta. No tendría que fijarse en nada de eso, pero no podía evitar hacerlo. Y puesto que acababa de liberar toda esa tensión que acumulaba, ya no había otros factores que siguieran enmarañando sus emociones. En ese bosque había realizado una limpieza que había dejado al descubierto con gran nitidez una emoción que continuaría allí con exceso o sin exceso de energía: deseo.

Kenshin escuchó un chasquido de madera que le sacó de sus pensamientos. Se había quedado con un trozo de corteza en la mano. La lanzó enfadado contra el suelo al darse cuenta de que el problema más acuciante en sus prioridades perduraba después de todo.

Tenía un gran problema si eso seguía así… mejor dicho: los dos lo tenían.

Kenshin se apoyó contra el árbol inspirando profundamente para serenarse. Tendría que buscar compañía femenina para quitarse la picazón. Pero si le preguntaba a Sanosuke dónde podría encontrarla, corría el riesgo de que Kaoru acabara enterándose. Y tampoco quería hacerle algo así a ella. Kaoru seguía esperando recuperarle y si llegaba a sus oídos que había estado con otra mujer, nunca se lo perdonaría. Era la clase de mujer romántica y soñadora que esperaría fidelidad.

Pero la otra alternativa tampoco era viable. Ella era una buena chica y, como tal, era carne de matrimonio. No podía utilizar a Kaoru para saciar sus necesidades.

La volvió a mirar, ahí sentada matando el tiempo. Y, de pronto, en lo único que pudo pensar fue en los próximos días estando los dos metidos en la misma casa. Sería una tentación constante que no podía permitirse.

Se dio un ligero cabezazo contra el tronco mientras maldecía a todo. Tendría que buscar una casa del placer por él mismo y esperar que Kaoru no se enterara. De todas formas, no debería hacerlo porque las mujeres allí eran discretas… y muy habilidosas, pensó con regocijo. Seguro que le quitarían sus calientes pensamientos durante una buena temporada.

Una imagen de sus manos paseando por el cuerpo desnudo de Kaoru cruzó por su cabeza y todo su cuerpo tembló de expectación ante la idea. Kenshin abrió los ojos muy sobresaltado por esa imagen venida de la nada.

Porque no era de él, pensó sin aliento. Pero tampoco era un recuerdo… Sin embargo, había sido un escenario demasiado nítido como para ser espontáneo.

Se giró al camino y observó una vez más a Kaoru, con gran desconcierto. Tenía la respiración desbocada por la sensación que le había dejado esa escena. No sólo había sido excitante, había un montón de sentimientos de fondo.

Y entonces, lo supo. Sí que era un recuerdo, pero no de algo que hubiera pasado. Era un recuerdo de las fantasías recurrentes que tenía con ella.

—¡¿En serio?! —maldijo ultrajado.

¿De entre todo lo que le podía venir, tenía que ser justamente algo que se sintiera como una bofetada a su comportamiento? ¿Y qué pretendía decirle? ¿Que no iba a poder satisfacerse con otra porque a la que deseaba era a ella?

No supo cuánto tiempo estuvo atónito pensando sobre ello; en el hecho de que incluso sin memoria, había arraigado un rechazo por su parte a traicionar a Kaoru. Pero si algo sabía, era que tenía que despejar esa duda.

Con un golpe al tronco del árbol se dirigió hacia Kaoru rápidamente. Ella le vio acercarse y se levantó de la piedra de forma cautelosa, como si percibiera la tensión en él.

—¿Estás bien? —le preguntó al llegar hasta ella. Y no, no estaba nada bien—. ¿Qué… qué ha pasado? —Estaba muy desconcertada, y no sabía qué demonios tenía que estar viendo en él, pero la estaba asustando. Sin embargo, le daba igual el estado de ella, estaba allí para comprobar algo. La sujetó y la acercó a su cuerpo pegándola al suyo—. ¿Kenshin?

La besó con plena intención de que no pudiera escaparse de él. La había pillado tan por sorpresa, que Kaoru no pudo ni reaccionar, pero en cuanto se abrió paso entre sus labios y la probó, todo su cuerpo se revolucionó. La acercó más a él y, cogiéndola del pelo, la inclinó para tener un mejor ángulo con ella. Eso despertó a Kaoru que se aferró a él clavándole los dedos en el cuello. Se colgó de él e intentó seguir su ritmo, pero Kenshin sentía el cuerpo descontrolado. Le asolaba una ansiedad por ella que no paraba de crecer y se dio cuenta de que aquello no sería suficiente para apagar ese fuego.

Bajó su mano por su espalda y la empujó contra él. Se estaba excitando con una rapidez sorprendente y de ahí que lo único que pasara por su cabeza una y otra vez fuese el tirarla al suelo, quitarle la ropa y tomarla allí mismo, en medio del camino, como si de dos animales en celo se tratara.

—Kenshin… —susurró ella apartándose un poco de él. Su voz salió ahogada. La había dejado sin aliento y eso casi le hizo gemir de deseo.

Kaoru estaba tan afectada como él, por mucho que se hubiera vanagloriado en decirle que no sentía lo mismo que antes del accidente. Volvió a sus labios hambriento de ella. Tenía varios recuerdos de ellos dos besándose, pero no había sucedido nunca nada parecido. El Kenshin de esa época tenía mucho más control sobre su cuerpo que él. Siempre la besaba más pausado, con más ternura. En cambio, ahora mismo, lo único que quería hacer era echársela al hombro y hacerle lo mismo que haría con una vulgar prostituta.

Kenshin la agarró con más fuerza y la besó con una intensidad que enseguida supo que le ocasionaba problemas a Kaoru. Ella acabó por separarse cuando fue evidente que necesitaba aire.

—Espera…

Kaoru utilizó una hábil maniobra para evitar que volviera a besarla. Estaba teniendo dificultades para respirar y eso consiguió meterle algo de cordura en la cabeza. Se apoyó contra ella y notó cómo todo su joven cuerpo temblaba. Por desgracia, él no estaba en condiciones de seguir sujetándola. Si continuaba pegado a ella, acabaría por perder el poco control que le quedaba.

Era Kaoru la culpable de incendiar su deseo. No sólo se le estaba metiendo bajo la piel como había hecho con su «otro yo»; también espoleaba a sus instintos más básicos y él no tenía tanto dominio de sí mismo como el Kenshin de esa época.

—¡Maldita sea! —juró enfadado, y se marchó de allí apresurado dejándola sola.

No podía continuar mucho tiempo rondándola. Kenshin sintió una imperiosa necesidad de salir huyendo de allí y alejarse de esa ciudad. No debería desearla, mucho menos podía permitirse sentir algo por ella. No estaba preparado para algo así. Él aún quería a su esposa; desde que la conoció había sido su brújula en el camino y su luz en la noche. Era los cimientos de la vida que conocía; la que le había mantenido cuerdo en la guerra. Debía a Tomoe su vida y ella no se merecía que la hiciera a un lado de aquella forma.

Vigilar que Kaoru llegara a casa sana y salva no ayudó en nada a calmarle, ni a él ni a sus pensamientos. Pero en cuanto cerró la puerta, se marchó al único sitio al que podía recurrir en esos momentos. Sin embargo, Sanosuke no estaba en la habitación de huéspedes donde vivía. Se quedó sentado en la puerta esperando a que regresara, algo por lo que rezaba que fuese pronto o su cabeza estallaría si seguía reflexionando sobre lo que le sucedía.

Sanosuke tardó en llegar, y lo hizo cuando el sol se empezó a ocultar. El frío de noviembre le pasó factura a Kenshin estando sentado tanto tiempo en el suelo, pero tenía claro que no podía volver a casa de Kaoru después de lo que había ocurrido esa tarde.

—¿Qué haces aquí?

—No puedo volver a casa —contestó sin más Kenshin mientras se levantaba del suelo.

—¿Cómo que no puedes volver? ¿Os habéis peleado de nuevo? —preguntó Sanosuke bastante sorprendido por el espacio tan corto entre una y otra supuesta disputa.

—No —dijo entrando en la habitación con Sanosuke—. Es justo lo contrario —agregó al tiempo que se sentaba contra la pared y ocultaba su cabeza entre las piernas dobladas.

—Lo contrario —repitió sin inflexión en la voz. No entendía nada de lo que pretendía decirle Kenshin. Que no se peleasen no debería decirlo de forma tan funesta. Se suponía que eso era algo bueno.

A cuentagotas, Sanosuke consiguió sonsacarle lo que había ocurrido. Kenshin se encontraba bastante afectado; muy dividido en sus emociones. Y él no era la persona más indicada para hablar de esos temas, a fin de cuentas, había estado a punto de perder a la mujer que amaba por su estupidez. De hecho, se suponía que él era el irresponsable de esa amistad; incluso podía ir más allá: sólo Yahiko le superaba en ese aspecto y porque tenía la excusa totalmente justificada de ser un niño. De modo que creía que por ese día ya había cubierto el cupo de consejos.

Pero era evidente que estaba equivocado. Kenshin estaba muy confuso intentando poner orden a sus sentimientos.

—¿Crees que esconderte aquí es lo más idóneo? —preguntó Sanosuke reticente.

—No puedo volver.

—No quieres volver —corrigió él—. Hay una diferencia. —Sanosuke suspiró y se sentó enfrente de él.

Era la segunda vez que veía a Kenshin huyendo de la realidad que le rodeaba, pero no dejaba de ser desconcertante. Claro que la primera vez había sido por el impacto de creer a Kaoru muerta; sin embargo, este caso era mucho más sencillo desde su punto de vista como para andar con esos miedos.

Pero era evidente que, para este Kenshin, el recuerdo de su esposa lo tenía tan presente que casi parecía torturarle en vez de beneficiarle.

—Cualquiera puede ver lo que te pasa. Pero tienes que entender que han pasado catorce años. —Era absurdo entrar en más detalles: ambos sabían que el problema de Kenshin radicaba en los sentimientos encontrados por las dos mujeres de su vida.

—Para mí no —le contradijo Kenshin sin dejar de ocultar su rostro entre sus piernas.

—Pero los han pasado —insistió Sanosuke.

—Para mí no —repitió con vehemencia Kenshin levantando la cabeza para zanjar ese punto.

Sanosuke contuvo el aliento al verle. No estaba desencaminado cuando pensó que el recuerdo de su esposa le torturaba. Tenía los ojos rojos de quien estaba conteniéndose las ganas de llorar.

—Está bien —dijo más conciliador al ver que su amigo sufría por ese hecho—. Pero son tres años, de todas formas —añadió en tono suave para que no se lo tomara a mal.

—No lo entiendes —negó con la cabeza con cierta resignación; como si fuese una batalla perdida intentar explicar aquello a alguien—. Tomoe lo es todo para mí.

—Kaoru también lo es ahora. —Kenshin entrecerró los ojos y le miró amenazante por ese intento de desacreditar sus palabras—. ¿Qué? —se defendió Sanosuke—. Tú me explicas tu punto de vista y yo, el que no recuerdas. ¿No es lo justo?

—Tomoe me salvó de mí mismo —argumentó Kenshin. Su esposa había conseguido evitar que se convirtiera en un asesino sin conciencia.

—Kaoru también. Ella es parte de la respuesta que estuviste buscando durante diez años y es la base de tu felicidad. —Sanosuke suspiró—. Escúchame, Kenshin. No tengo problema con que te quedes aquí. De hecho, en tres días ya no viviré en esta habitación porque esta tarde hemos encontrado un lugar adecuado para Megumi y para mí por un alquiler económico. Así que te podrás quedar aquí si quieres —le dijo el hombre con el tono propio de importarle poco lo que hiciera su amigo—. Pero los dos sabemos que sólo te escondes por no hacer frente a tu pasado y presente.

—No es tan sencillo.

—No, por supuesto que no. Pero ésa es tu situación —le contestó con contundencia apoyando las manos en sus rodillas—. Tienes una esposa fallecida que aún mantienes viva en tus recuerdos, y tienes otra mujer con la que pretendías casarte que te espera en casa. ¿Qué es lo que realmente te da miedo, Kenshin?

—No tengo miedo —respondió con agresividad él.

—Pues aclárate entonces. ¿Quieres a tu esposa? ¿A Kaoru? ¿Las quieres a las dos? Sólo tú puedes responderte a eso, pero hazlo rápido porque con cada día que pasa, la que está viva y esperándote también sufre.

—Quiero a mi esposa —contestó en un murmullo, pero como pudo volver a comprobar Sanosuke, ni comparación con la determinación que utilizó la primera vez que hablaron del tema.

—Entonces no tienes problema en estar en tu casa. —Aunque no lo dijo con la fuerza suficiente como para que sonara a reproche, sí que había cierto énfasis en su voz cuando mencionó su casa.

—Pero deseo a Kaoru. —Sanosuke suspiró cuando oyó que le decía eso.

—Bueno, todos los hombres hemos pasado alguna vez por la experiencia de desear a una mujer —añadió restándole importancia siendo como era un tema tan habitual—. Estoy seguro de que no será ni la primera ni la última vez que te ocurra —terminó diciéndole con sorna.

—No así —negó Kenshin igual que si esas palabras le supusieran dolor.

—¿Así cómo? —quiso que le concretara Sanosuke, pero Kenshin negó con la cabeza y no respondió. Volvió a esconder su cara contra sus piernas—. Entiendo.

«En serio, yo no valgo para estas cosas», pensó Sanosuke al ver a su amigo en ese estado. A él no le gustaba hablar de sentimientos. Ya tenía suficiente con los suyos propios. Y no estaba por la labor de tener que decirle a Kenshin lo que no era capaz de ver. Además, él no se lo iba a tomar nada bien si se lo decía en voz alta y Sanosuke quería llegar vivo a su boda. Pero estaba claro para él lo que allí ocurría. Kenshin podría querer a su esposa, pero también sentía algo por Kaoru. De ahí que escudara lo que sentía por ella bajo un término de deseo por Kaoru cuando era más fuerte de lo normal.

Sanosuke sonrió cuando esa idea se le pasó por la cabeza. Kaoru estaba haciendo un buen trabajo volviendo a conquistarle, aunque era tan ingenua que ni siquiera se estaría dando cuenta de que lo hacía. Lo más probable fuese, de hecho, que precisamente esa ingenuidad innata fuese la que estaba obrando la magia de ablandar al asesino que había en Kenshin.

Sanosuke se mordió la lengua con fuerza pues estaba a punto de reírse por sus propios pensamientos, pero a Kenshin no le sentaría nada bien cuando él estaba sufriendo.

—Kenshin, te voy a decir cómo veo tu situación y te agradecería que no me interrumpieras. —Su amigo levantó la cabeza y le miró fijamente—. Volviste a Tokio para conocer a Kaoru, porque es evidente que es importante en tu vida… o, al menos, en la vida que no recuerdas. Pero como aún quieres a tu esposa, no esperabas encariñarte de ella así. —Era la forma más suave que se le ocurrió a Sanosuke de decirlo sin que se tomara a mal sus palabras—. Quedándote aquí sólo huyes de la vida que construiste y que querías conocer. No te va a hacer ningún bien porque, aunque ahora no lo veas, decidiste que Kaoru fuese tu segunda oportunidad en la vida y, si te marchas, la perderás.

—Pero no puedo hacerle eso a Tomoe —se lamentó, con lo que Sanosuke volvió a suspirar al ver que Kenshin volvía al mismo punto.

—Mírate, Kenshin —le dijo con toda intención para que se hiciera más consciente del estado en el que se encontraba—. Quieres a Tomoe, ¿verdad? —Aunque siguió sin dejarle responder—. Por lo tanto, si hubiera sido al revés, ¿a ti te gustaría que ella estuviera pasando por lo mismo que tú? Dios sabe que se me revuelven las entrañas sólo de pensar que otro hombre le ponga las manos encima a Megumi, pero si yo no estuviera, no querría que se pasara el resto de su vida sola. De hecho, me quedaría más tranquilo sabiendo que alguien cuidaría de ella. ¿Tú no?

Sanosuke esperó… y esperó hasta que esas palabras calasen en Kenshin y asimilara el significado de ellas. Con las emociones a flor de piel, podía ser que una persona no viera ese punto de vista y se obcecara en el amor que profesaba hacia la persona amada. Pero, aunque él no había vivido una situación así, sí tenía más recorrido andado como espectador que Kenshin.

Cuando había vuelto a su casa se había enterado de que su madre había muerto y su padre no se había casado de nuevo porque seguía queriéndola. Por tanto, había cerrado toda posibilidad a conocer a una mujer que llenara el vacío de su madre y, en consecuencia, su hermana pequeña había tenido que asumir dicho papel y criar a su hermano.

No le había gustado nada esa situación. Además, había heredado de él su carácter irresponsable y necesitaban una mujer en su vida que les metiera en cintura. Una segunda mujer habría supuesto una gran diferencia: su padre no estaría solo y tendría una roca estable a la que agarrarse, su hermana tendría un referente para convertirse en una mujer hecha y derecha, y su hermano más pequeño no habría quedado reducido a ser un niño mimado por los miedos de su hermana.

Por eso sabía que no debían cerrarse las puertas a lo que ofrecía la vida. Y por eso Sanosuke pensó que no estaba de más tener unas ideas de gran relevancia bien meditadas de antemano y en frío por lo que pudiera pasar más adelante.

Por fin, Kenshin asintió; parecía que había llegado a una conclusión sobre lo que le había dicho.

—Entonces, ¿entiendes que si Tomoe te quisiese, ella pensaría lo mismo? —Esta vez sí que no obtuvo respuesta de Kenshin—. Reflexiona sobre ello. Si llegas a la conclusión de que no puedes querer a otra mujer porque sigues enamorado de tu esposa, está bien. No hay problema con ello. Pero no te cierres a la posibilidad por remordimientos sobre la traición que ella sentiría por tus acciones, porque no es así. Si amas a una persona, siempre querrás que sea feliz.

Aunque siguió sin decir palabra, Sanosuke supo que su confuso amigo se estaba tranquilizando. Sabía que aún tenía una pelea interna que batallar, pues por mucho que se fuera consciente a nivel racional de una idea, había un gran trecho hasta conseguir que realmente se sintiera. Pero al menos ya le había indicado el camino; ahora era él el que tenía que andarlo.

Los dos estuvieron un buen rato sin decir nada, hasta que Sanosuke vio que la postura de Kenshin se relajaba. Se levantó del suelo y le ofreció la mano para ayudarle a ponerse en pie. El hombre miró la mano desconcertado y después fijó su vista en Sanosuke, el cual le estaba sonriendo.

—Pon en orden tu vida. —El aludido se la cogió y un momento después estaba de pie junto a Sanosuke—. Vuelve a casa, Kenshin.


Notas del fic:

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.

*Dojo: Lugar de entrenamiento.


— * —


Fin del Capítulo 15 - 15 Julio 2013

Revisión - 24 Abril 2022


Notas finales:

El pobre Kenshin tiene mucho para reflexionar X_X

Estoy intentando que se vea más el conflicto entre que crea que la quiere por sus recuerdos y que empiece a quererla por él mismo. No quiero cargarme la esencia del fic, pero sí espero matizar algo más eso, porque en la versión anterior fue todo como un tren descarrilando.

Espero que os haya gustado el capítulo ;-D

¡Saludos!