CAPÍTULO 20: Entrenamientos


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: De Megumi tengo una imagen contradictoria y por eso, en «Radiante» la escribí más desinhibida, mientras que aquí la describo más comedida. Porque una cosa es que se muestre picarona hacia el exterior y otra, que lo sea realmente. No sé muy bien cómo actuaría si tuviera que hablar de sexo con otra persona, así que aquí la he dejado así. Y sí, en el próximo capítulo tendréis por fin escena tórrida ^o^

YokoGH: Quién buscará a quién... yo no digo nada ^o^

Kaory1: El capítulo de la boda es bastante introspectivo. Tanto Kaoru como Kenshin son conscientes de que esa boda debería haber sido la suya, pero la han vivido de dos maneras distintas. Es un poco amarga para los dos y les deja más patente aún su situación. Pero queda poco para que se arreglen, así que no hay que preocuparse XD

Ceres Ryu: Ya te digo yo que la determinación de Kenshin de mantenerse apartado de Kaoru es bastante precaria. No está para que Kaoru le incite, jiusjiusjius... De las actualizaciones, en principio, ya van a ir todas seguidas porque lo tengo ya casi finiquitado. Ha costado, pero falta poco para que vuelva a estar subida la historia completa *o*

CinthKitty: Hombreeeee... habría llegado ya a otro continente XD. Sólo le falta saber que tiene a una Kaoru calenturienta rondándole, jajajajaja. Le da un síncope... XD

Ryuuzaky: Queda poco, queda poco... En breve ellos también estarán de camino al altar *o*

Guest2: Piensa que, hasta que no se dio el arco del Jinchuu, Kenshin se ha sentido culpable de la muerte de Tomoe. Es ahí donde él se perdona por lo ocurrido en su pasado. De modo que, el Kenshin de este fic, sigue cargando con eso. Siente muchos remordimientos por su esposa y eso no le deja ver su relación con Kaoru de una forma más sana. Pero falta poco para que dé un giro completo a esa visión ^_^º. El fic son 25 capítulos con epílogo incluido, así que ya ves que falta muuuuuuy poco *o*

Guest (inglés): Reconozco que yo sí he leído alguna historia en inglés con el traductor, pero porque la traducción inglés-español funciona muy bien. Pero una vez hice la prueba al revés y la traducción no era tan buena. Era un poco engorrosa. Por eso me sorprende bastante que te hayas animado a leer esta historia que no es precisamente corta. Así que me alegra saber que, a pesar de los inconvenientes de la traducción, estés disfruntado del fic *o*.

Guest1: No, si Kaoru no es precisamente la que necesita ánimos, jijijijiji.

Guest3: Me alegra saber que os está gustando esta nueva versión. Ha llevado bastante tiempo reformarla, pero espero que haya valido la pena ;-D

Persefomina: No te preocupes que ya va quedando menos. En breve la volverás a tener disponible para leer entera ;-D

Gracias a todas por los reviews ;-D. Vamos con el siguiente capítulo. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 20: Entrenamientos

Habían decidido cambiar los horarios para que las clases de Sanosuke y de Kaoru no se interfirieran entre ellas. Para sorpresa de todos, las de Sanosuke eran las más tempraneras, y era asombroso porque al luchador no le gustaba nada madrugar. Pero tras las clases, debía volver a casa para darse un baño e ir a recoger a Megumi a la clínica para comer juntos, por lo que, si el horario fuese al revés, no le daría tiempo a realizar todo.

Los alumnos de Kaoru se despidieron por aquel día —incluyendo a Yahiko que fue a bañarse para ir después al Akabeko a trabajar—, y Kenshin, sentado en la tarima, no podía hacer otra cosa que pensar en ella. Nunca había creído que pudiera excitarle ver a una mujer luchar, pero era lo que conseguía ella.

Y más si pensaba en el suceso de hacía una semana y que siempre acababa por calentar su sangre. Lo que había ocurrido en la habitación de Kaoru no era más que un «pequeño mordisco» del dulce completo y que le había sabido a poco. Quería más; su cuerpo deseaba el bocado entero y, por supuesto, él no atendía a razones. Porque había vislumbrado lo que podría suponer el sabor de ese dulce sin restricciones y aquello había conseguido que se le hiciera muy duro mantenerse cerca de ella.

Kenshin suspiró para serenarse y, viendo que Kaoru estaba revolucionada por las recientes clases terminadas, pensó que sería una buena idea descargar parte de la tensión que la mujer volvía a generarle.

—¿Estás cansada? —preguntó con curiosidad levantándose del sitio en el que estaba.

—No mucho. —Y lanzó un ataque al aire con fuerza para mostrar su resistencia.

Kenshin se acercó a la pared y cogió una espada de madera. Ella le había pedido días atrás poder entrenar con él y hoy parecía ser un día tan bueno como cualquier otro.

—¿Te parece si entrenamos un poco? —le sugirió él, tras lo cual vio cómo Kaoru resplandecía con la idea.

—¡Sí! —contestó enérgica.

Kenshin suspiró; una mujer sudorosa no debería verse como lo hacía ella. Era un sacrilegio y una tortura para cualquier hombre que estuviese cerca. Ni siquiera llevaba puestos sus característicos yukatas* tan femeninos que usaba a diario. Vestía la ropa de entrenamiento, la cual era más bien ropa masculina. Y, aun así, le seguía encendiendo la sangre. Por supuesto, Kenshin tenía que dar pie a la idea de que, para él, posiblemente Kaoru siempre consiguiera ese efecto se pusiera lo que se pusiese.

Agarró con más fuerza la espada de madera viendo que su mente volvía a centrarse en otros temas. A Kenshin le preocupaba la respuesta que estaba teniendo con Kaoru. Hacía una semana habían tenido un momento de desahogo entre los dos. Pensaba que al menos aquello le dejaría tranquilo durante una buena temporada, pero no había sido así. La expectativa de lo que no había llegado a suceder le estaba quemando el cuerpo ante la idea de encontrar otra oportunidad en la que esa vez sí pudiera terminar lo que empezó.

El día anterior había tenido que desahogarse solo para conseguir mantener las manos quietas, pero otra vez estaba igual. Kenshin tenía la sensación de que eso no cambiaría mientras no tuviera a Kaoru.

—Pero no puedes utilizar tu velocidad —le pidió ella.

Kenshin la miró extrañado mientras se colocaba para enfrentarle, aunque al final rio divertido al entender su condición. Kaoru distaba mucho de tener su velocidad, por lo que, si se emplease a fondo, no podría ni responderle a un mínimo ataque.

—Está bien —contestó Kenshin conforme.

Kaoru no perdió tiempo y le atacó con un golpe sencillo pero seguro del que él se defendió. No esperó a que contratacara para volver a golpearle y continuó con esa estrategia de una manera bastante agresiva. Intuía que podría ser su forma de bloquearle un contrataque.

Sin embargo, él era mucho mejor que ella. A pesar de ser hábil con la espada, no tenía nada que hacer contra un luchador de su talla. La espada no tenía misterios para él, y aunque intentó contenerle, cuando Kenshin decidía que ya le había dejado atacar suficiente, se zafaba fácilmente de su camino y le daba una estocada. En poco rato, había logrado alcanzarle varias veces mientras que ella no lo había conseguido ninguna. Aun así, su actitud animada no decayó ni un poco.

Kaoru se detuvo un momento para coger aliento.

—Necesito hacer esto de vez en cuando —comentó alegre apoyándose en la espada con la respiración agitada.

—¿Seguro? Pareces agotada.

Se agarraba en la parte alta de la cintura con la otra mano y Kenshin sospechó que estaba sufriendo los dolorosos pinchazos del pecho tras hacer un esfuerzo excesivo. Sonrió con malicia. Había tenido una clase intensa con sus alumnos y después no se había amilanado ni un poco con él. En cierta forma, se lo había buscado.

—¡Por supuesto! —contestó enérgica—. Si siempre peleo contra gente menos diestra que yo, acabaré oxidándome.

—Entonces, cuando quieras, repetimos.

—¡Sí, gracias! —Kaoru estaba tan emocionada que Kenshin no pudo evitar sentir cómo se extendía la alegría de ella hacia él. Sonrió divertido mientras la veía recuperarse del ejercicio—. Casi no puedo creerme que entrenemos juntos. ¡¿Quién me iba a decir, cuando empecé las enseñanzas de mi padre en kendo, que acabaría peleando un día contra una leyenda?! —Kenshin rio al verla tan pletórica por algo tan simple.

—¿Y eso te sorprende? —Se acercó hasta donde estaba ella reponiéndose y la miró con intensidad—. Cualquiera puede pelear contra mí. Centenares de personas lo han hecho y la gran mayoría no ha vivido para lamentarlo. —Kaoru alzó la mirada, desconcertada por sus serias palabras, e intentó dominar su respiración—. En cambio, tú, hiciste lo que ninguno de ellos pudo: enamorarle.

Kaoru abrió los ojos por la sorpresa y se ruborizó incluso por encima de la rojez debida al ejercicio físico. Kenshin aprovechó ese momento para darle una patada a la espada haciendo que Kaoru perdiera el equilibrio y acabara en el suelo.

Se rio de ella sin contemplaciones.

—¿En serio caes en un truco tan simple de distracción? —se mofó Kenshin.

Ella le miró desde el suelo, aún sonrojada y sin saber cómo reaccionar. No sabía qué la dejaba más perpleja: si que sacara a relucir que una vez consiguió su corazón como si aquello sí supusiese una gran hazaña, o que utilizara ese hecho para desestabilizar su guardia y así tirarla al suelo.

Era una situación surrealista. Su Kenshin nunca habría hecho algo parecido: ni le habría dicho algo tan personal como aquello con semejante despreocupación, ni la habría tirado al suelo, ni mucho menos, se habría jactado de ella por haberla hecho caer en su trampa. Kenshin estaba jugando con ella, para su más absoluto asombro.

Estaba pasmada. No, más que eso: estaba atónita… y le encantaba.

Kaoru se levantó rápidamente, se acercó a él y le dio un empujón en el pecho, haciendo que él se riera por su actitud.

—¡Has hecho trampa! —intentó sonar ofendida, pero no tuvo mucho éxito al acabar riéndose con él. Pocas veces podía verle riendo así—. Eso ha sido un truco muy sucio, Kenshin.

Kaoru intentó tomarse la revancha haciéndole una llave para tirarle al suelo, pero él la contrarrestó y la que de nuevo acabó en el suelo fue ella. Kenshin sostuvo la punta de su espada de madera bajo el mentón de Kaoru rozando su garganta.

—No puedes vencerme —dijo socarrón, y Kaoru frunció el ceño por su arrogancia.

Cogió la punta de la espada de madera en un rápido movimiento y le hizo un barrido con las piernas. Kenshin, esta vez, sí acabó en el suelo. Kaoru se puso de rodillas a su lado y, levantando los brazos al aire en gesto victorioso, gritó:

—¡Te he tirado! ¡Lo he conseguido! —Y se puso de pie dando saltos a su alrededor entusiasmada.

Kenshin se incorporó y se sentó con una pierna doblada y un brazo apoyado sobre ella mientras la observaba dar brincos de emoción. Se sorprendió al ver lo fácil que era arrancarle una sonrisa a Kaoru. No conocía a muchas mujeres con esa vitalidad y dinamismo. De hecho, las únicas que conocía estaban en la maraña de recuerdos olvidados. Estaba Kaoru y luego Misao, que era todavía peor que ella. Claro que Misao aún tenía un comportamiento bastante infantil, a diferencia de Kaoru. Pero como decía, no conocía a muchas mujeres así y, por supuesto, Tomoe no era una de ellas.

Conseguir una sonrisa de Tomoe era casi una misión imposible. Su prometido había muerto por ello. Kyosato había ido a Kioto buscando reconocimiento porque Tomoe no era capaz de demostrarle que le quería tal como era. No pudo lograr hacerle ver que era feliz por casarse con él, ni pudo detenerle con lágrimas cuando quiso marcharse. Y, en consecuencia, en Kioto se encontró con Battosai y murió como tantos otros.

Kenshin no podía reprochárselo a Kyosato. Él también había sido víctima de la misma falta de emociones de Tomoe y podía comprender perfectamente al hombre. Kyosato había partido hacia Kioto sin saber que Tomoe le amaba y él la había perdido dudando de ello. En realidad, era su diario el que se lo había confirmado. En cambio, Kaoru era transparente para él y tampoco buscaba esconder lo que sentía a la gente que le rodeaba. Si estaba feliz, todos lo sabían; y si estaba triste, también. Era reconfortante no tener que intuir los sentimientos de otra persona.

Kenshin enfocó sus ojos en la mujer que seguía regocijándose por haberle vencido y volvió a ver su sonrisa; la misma que tantas veces le había cautivado, y pensó en la última vez que se la había visto a Tomoe. Aquélla no sólo le había costado sudor y lágrimas verla, también su sangre.

Si tras haber recordado a su esposa aún quedase algún rastro de alegría de los recientes minutos compartidos con Kaoru, se borró en cuanto la muerte de ella pasó por su memoria.

«—Tomoe… ¿Por qué…?

—Todo está bien… No llores, por favor…

—No, eso no… ¡¿Cómo puede "estar bien" esto?! ¡Si alguien debe morir aquí, ése soy yo! ¡El asesino! ¡¿Cómo va a «estar bien» que mueras tú?!... ¡Tomoe!».

Era un recuerdo tan desgarrador para él que había intentado con todas sus fuerzas no rememorarlo. Durante años Kenshin sólo había querido conservar sus buenos recuerdos de ella. Pero su muerte escondía la segunda sonrisa que le había visto a la mujer que amaba. En aquella fría y nevada mañana de finales de diciembre, Tomoe había muerto y lo había hecho con una sonrisa en los labios tras haberle protegido y salvado la vida.

La había matado con su espada, pero había muerto en paz.

Kenshin contuvo la respiración al reflexionar sobre eso y se quedó mirando en dirección a Kaoru, aunque sus ojos no la enfocaban ni veían nada de lo que había a su alrededor.

«—Todo está bien… No llores, por favor…».

Tomoe le había perdonado un segundo después de haberla atravesado con su espada y no se había dado cuenta hasta ahora. El corazón empezó a latirle muy rápido, pero seguía sin entrarle aire a los pulmones por la conmoción. Acababa de atravesarla de arriba abajo con su espada, la había acogido entre sus brazos antes de que cayera al suelo y, mientras la vida se le iba del cuerpo con cada gota de sangre vertida en la blanca nieve, en quien había pensado era en él y la tristeza que había visto reflejada en su rostro por haberle causado la muerte.

«—Si tú sonríes, la parte de mí que hay en tu interior sonreirá en todo momento».

«—Todo está bien… No llores, por favor…».

Tomoe había muerto en paz; con una sonrisa en los labios porque había protegido la vida del hombre que amaba. Y no quería que se entristeciera por su sacrificio.

Porque en realidad, Tomoe no quería que su muerte lo deprimiera.

«—Si tú sonríes, la parte de mí que hay en tu interior sonreirá en todo momento».

—¿Estás así porque te he ganado? —preguntó estupefacta Kaoru al ver su semblante, lo que hizo que interrumpiera sus reflexiones. Se había quedado blanco y miraba a la nada ensimismado.

Kenshin volvió a centrar su atención en Kaoru, aunque seguía distraído con la revelación que acababa de tener. Era como si un rayo le hubiera impactado en el cuerpo y no conseguía sacarse el estupor de encima.

Sus pulmones empezaron a gritar pidiendo aire y por fin pudo respirar. Lo hizo muy rápido, como si jadeara recuperando el aliento, y eso cambió la actitud de Kaoru.

—¿Estás bien?

Kaoru se preocupó al ver a Kenshin tan indispuesto, por lo que se le hizo evidente que no había sido por el entrenamiento.

—Tengo que salir —murmuró agobiado de pronto.

—¿Kenshin? —Kaoru no pudo esconder su alarma por la actitud del hombre.

—Tengo que salir de aquí —repitió impaciente levantándose y andando diligente hacia la puerta.

—¡Kenshin! —le llamó Kaoru, pero fue absurdo porque él continuó su ruta sin hacerle caso y, un momento después, ya no estaba en su campo de visión.

Kaoru no supo cuánto tiempo se quedó mirando la puerta sin poder comprender qué había pasado. En un momento habían estado tranquilos y riendo juntos y, de pronto, a Kenshin le había dado un arrebato y salido huyendo de allí.

Miró el lugar donde había estado sentado toda la mañana observando los entrenamientos, primero el de Sanosuke y luego el de ella, y vio que su espada de filo invertido se había quedado ahí olvidada. Kenshin nunca olvidaba su espada… jamás.

Y eso no era más que otro signo que le indicaba lo perturbado que estaba cuando salió de allí.

— * —

Se había marchado por la mañana y aún no había vuelto. Kaoru salió por la tarde a dar sus clases programadas en otros dojos* y cuando regresó a casa, Kenshin aún no estaba allí. Estaba muy cansada después de las clases de la mañana y de la tarde, y tener que prepararse el baño no le entusiasmaba nada. Pero Kenshin había desaparecido y lo único que podía hacer era esperar por que volviera pronto.

No sabía qué demonios había sucedido. Se había pasado todo el día desde entonces rememorando una y otra vez la escena que se había dado, pero no podía encontrar una respuesta. Habían estado entrenando e incluso se habían divertido haciéndose trampas entre ellos. Pero de repente, el semblante de Kenshin había demudado y había salido de casa como si le persiguieran los demonios. No encontraba ninguna lógica y estaba convencida de que, esta vez, ella no había tenido nada que ver en eso.

Mientras se relajaba en el baño oyó a Yahiko llegar a casa. Los días que impartían clases en el dojo le dejaba la tarde libre en caso de que coincidieran clases en otros dojos. Aunque era su primer discípulo y era muy avezado en la enseñanza de la escuela, seguía siendo un niño y no quería sobrecargarle con entrenamientos.

—No entres, me estoy bañando —le avisó al chico cuando le oyó acercarse a la puerta.

—Me ha dicho Sanosuke que mañana quiere que cenemos todos juntos. Me ha preguntado si puedes preparar algo aquí —le informó Yahiko que había visto esa tarde al hombre en el Akabeko.

Aunque le costara admitirlo ante los adultos que siempre acababan metiéndose con él, cuando no tenía muchas cosas que hacer, le gustaba pasar por el restaurante para ver a Tsubame. Teniendo en cuenta que de por sí la veía todos los días, era evidente que le pasaba algo preocupante con respecto a la chica. Le gustaba mucho estar en su compañía. Aunque fuese una niña tímida, era siempre agradable con él y le gustaba eso de ella.

—Vale, no hay problema —le respondió Kaoru desde la bañera.

—¿Sabes dónde está Kenshin? —preguntó cambiando de tema.

—No, se marchó esta mañana y aún no ha vuelto.

—¿Te has vuelto a pelear con él? —se quejó indignado el niño.

—¡No nos hemos vuelto a pelear! —gritó ella ante la acusación de Yahiko, que parecía que la responsabilizaba de cada desaparición de Kenshin.

—¿Y entonces por qué…?

—¡Yahiko, estoy bañándome! —le interrumpió enfadada—. ¿Quieres largarte de aquí?

—Como si me interesara lo que estés haciendo ahí dentro —refunfuñó él al otro lado. Kaoru lanzó una pastilla de jabón contra la puerta a modo de represalia—. ¡Eres una bruta!

—¡Y tú un mocoso! ¡Déjame tranquila!

Yahiko se marchó de allí mascullando acerca de una maestra fea y violenta que tenía la desgracia de tener que soportar.

Kaoru se recostó contra la tina, cerró los ojos y retomó el hilo de pensamientos en el que estaba antes de que Yahiko la desconcentrara.

En la semana que había transcurrido desde la boda de Sanosuke y Megumi, las cosas entre Kenshin y ella habían regresado a una tranquilidad relativa. Ahora que estaba advertida de los instintos de Kenshin, se cuidaba más de mantener una distancia prudencial con él. Y puesto que en una ocasión la acusó de incentivar sus deseos, intentaba ser lo más neutral posible. Claro que si en un principio no sabía qué hacía para conseguir ese efecto en él, para ella era difícil identificar esas acciones de forma que pudiera evitarlas.

De modo que, de lo único que podía valerse, era de prestar atención a las reacciones de Kenshin. Como estaba prevenida, Kaoru le estudiaba con más detenimiento de manera que si veía que empezaba a impacientarse o a alterarse, paraba lo que estuviese haciendo. El mayor problema que traía eso era que a veces tenía que detenerse de hacer cosas rutinarias. Sabía que era inexperta en aquellas artes, pero cada vez que sucedía algo así, esa inexperiencia quedaba más patente. Kaoru no entendía cómo funcionaba esa atracción que sentía Kenshin por ella. No había tenido que cuidarse del otro cuando eran pareja, pero resultaba que sí tenía que hacerlo con éste cuando no lo eran.

Y, para su mayor inquietud, estaba notando que cada vez tenía que detenerse más a menudo en lo que estaba haciendo. Kenshin volvía a estar impacientándose cómo había ocurrido días antes de lo sucedido en su habitación.

Kaoru, sonrojada como siempre que meditaba sobre ello, suspiró y volvió a pensar en qué estaría haciendo Kenshin en ese momento. Quizás había vuelto a alterarle sin darse cuenta, pero cuando sucedía se marchaba enfadado, no tan agobiado.

La joven chapoteó molesta algunas burbujas del agua. Esa incertidumbre la estaba matando. Quería hablar con Kenshin, pero a la vez le daba miedo presionarle. Aunque habían pactado que se contarían todo, cuando se había marchado parecía bastante indispuesto.

Kaoru suspiró una vez más con resignación y salió del baño. Se secó, se puso un yukata para estar más cómoda y se dirigió a la cocina para hacer la cena. El baño la había relajado y quitado tensión en los músculos. Su mente regresó al día en que Kenshin le dio un masaje en la espalda y casi gimió al recordarlo. Había sido una maravilla; Kenshin tenía unas manos que serían la delicia de cualquier mujer.

Se sonrojó en el acto más de lo que ya estaba al pensar en otras actividades para esas manos y se llevó las suyas a la cara.

—¡¿En qué estás pensando, Kaoru?! —se recriminó con dureza a sí misma.

—No lo sé, pero parece interesante…

Kaoru gritó por la sorpresa al verse descubierta.

—¡Kenshin! ¡¿Qué demonios haces ahí?! ¡¿Y cuándo has vuelto?! —le interrogó muy alterada llevándose una mano al pecho. Kaoru se mortificó más todavía por la sensación que tenía de que cualquiera podría leer en su expresión los pensamientos indecentes que acababan de pasar por su cabeza.

—Acabo de llegar e iba hacia mi habitación a comprobar que estuviera allí mi espada —contestó llevando su mano al lugar donde debería haber estado el arma.

Kaoru respiró hondo para calmarse, pero mantuvo la mano en el pecho notando cómo palpitaba su corazón.

—Está allí; te la he dejado yo esta mañana cuando te fuiste —le informó ella.

—Gracias. —Hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza.

—Me has asustado, Kenshin —le recriminó aún con las pulsaciones aceleradas por el susto—. No he oído que estuvieras detrás de mí.

—Perdona. —Pero no parecía para nada afectado.

—¿Dónde has estado?

—Por ahí… —respondió al descuido. Kaoru le miró sin atreverse a preguntarle más, pero se moría de la curiosidad.

—¿Estás mejor? Esta mañana no te veías bien.

—Tenía que meditar —dijo volviendo a su, gracias a Dios, cada vez menos habitual tono parco. Antes era costumbre que les hablara así, como si no se fiara de ellos. Pero últimamente lo hacía sólo cuando se sentía incómodo, y fue por eso que controló su interrogatorio.

—¿Y te ha ayudado salir?

—Creo que sí. Lo necesitaba.

—Me alegro. —No comentaron nada más y se hizo evidente para ella que Kenshin no quería seguir ahondando en la conversación—. Iba a ponerme con la cena ahora.

—Ve yendo; enseguida te ayudo —le dijo mientras retomaba su marcha hacia su habitación.

Kenshin entró en su cuarto y, tras cerrar la puerta para así mantenerse lejos de ojos curiosos, soltó un profundo suspiro.

Echó un vistazo por la estancia y encontró su espada sobre el futón recogido. Se acercó hasta ella y pasó la mano por encima del arma. Esa espada dejaba atrás un estilo de vida que continuaba con otro totalmente opuesto: una vida de expiación por todo lo que había hecho.

Cogió la espada con una mano y evaluó su peso como si lo hiciera por primera vez. Era igual que cualquier otra espada, pero ésta le permitía pelear sin dejar muertos tras de él.

«—Quiero proteger a la gente que tengo delante. Quiero ayudar a los que sufren, a todos los que están hundidos en la tristeza… Nunca debo dejar de luchar hasta el día en que ya no sea capaz de llevar esta espada».

Ésa era la respuesta que había encontrado tras diez años vagando por Japón intentando expiar sus crímenes. Era un espadachín y lo seguiría siendo hasta el día de su muerte. Pero en vez de emplear su habilidad con la espada en segar vidas, lo haría para protegerlas.

Kenshin agarró la espada con más fuerza, como si por fin entendiese el verdadero significado de esa peculiar arma.

Kaoru le había dicho una vez que tenía tendencia a sacrificar su vida y sabía a qué era debido. Kenshin había estado convencido de que moriría en la guerra. No esperaba que ésta terminase menos de un año después de hasta dónde llegaban sus recuerdos, pero había esperado que Battosai muriera con ella.

Sin embargo, había sobrevivido.

Kenshin se sentó en el suelo y desenfundó varios centímetros de la espada mirando el brillo del filo. ¿Un asesino en una era de paz? No tenía sentido. Era más correcto que hubiera pagado con el mismo castigo los crímenes cometidos. En cambio, no había sucedido así y, en consecuencia, durante diez años había perdido de vista el valor de su propia vida, como bien le dijo Kaoru.

Pero entonces había llegado Enishi y simulado la muerte de Kaoru. Kenshin cerró los ojos y se llevó una mano al pecho cuando éste se encogió al recordarlo. Le había dado un castigo peor que la muerte.

Sin embargo, había sacado una conclusión que cambiaría por completo su vida. Porque cuantos más años viviera, más tiempo podría proteger a la gente indefensa que se veía oprimida por lunáticos como Shishio.

Ése había sido su objetivo cuando entró en la guerra. Kenshin discutió duramente con su maestro para poder marcharse a combatir y pelear por una época mejor. Pero ese ideal lo había perdido también de vista en menos de un año...

Hasta que llegó Tomoe.

La guerra y la sed de sangre de Battosai lo habían estado consumiendo, sembrando una niebla opaca en la meta que se había impuesto. Pero ella le había vuelto a centrar en lo que importaba.

Era un eje en su vida. Kenshin la había mantenido siempre presente para no volver a perderse. Pero del mismo modo, también había cargado con el peso de su muerte: la culpabilidad por querer salvar a otras personas cuando no había sido capaz de proteger a la mujer que amaba. Por eso no había pensado hasta ese momento que Tomoe no había sacrificado su vida para que luego él desperdiciara la suya.

Ése sí era un verdadero crimen contra ella: porque estaba malgastando el regalo que le había dado Tomoe.


Notas del fic:

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.

*Dojo: Lugar de entrenamiento.


— * —


Fin del Capítulo 20 - 1 Agosto 2013

Revisión - 5 Junio 2022


Notas finales:

Reconozco que éste es uno de los capítulos que más me gustan. Me encanta la escena del entrenamiento y cómo esto lleva a que sea consciente de las verdaderas acciones de Tomoe. Es el «clic» más grande que hace su cabeza hasta ahora, el cual le ayuda a conciliarse con él mismo *o*.

Espero que os haya gustado el capítulo ;-D

¡Saludos!