CAPÍTULO 21: Una cena peculiar


Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Pues sí, sin el paso de entender el trasfondo del actuar de Tomoe, poco íbamos a conseguir en la historia »_«. Además, en aquella época todavía le tenía que reconcomer más porque lo tenía más reciente. Pero vamos, que ya le tenemos a puntito para caer, muajaja. PD: haz caso al Telegram, jodía XD

Kaory1: El antiguo Kenshin la trataba como porcelana, así que ni en sus más salvajes sueños habría considerado tirar a Kaoru al suelo en un juego. A la hora de la verdad, aunque de forma racional sabe que es bastante mayor que ella (en forma física), él se siente como una persona de 18 años, así que es más fácil que quiera jugar con ella (algo que, sin saberlo, es algo que Kaoru valora positivamente, jijiji).

Guest2: Como le decía a Kaory, el antiguo Kenshin se comportaba muy respetuoso con Kaoru. Aquí tiene un trato más parecido a dos amigos de la misma edad. De ahí que también a Kaoru le choquen ambas actitudes. Como el capítulo 22 es posiblemente el capítulo que más me gusta y va sobre esto que te digo, no me voy a spoilear XD. Así que, a esperar a la semana que viene ^o^

Ryuuzaky: Pues ya, queda poco. El capítulo de hoy es de Sanosuke y Megumi. Así que ya nos quedan sólo 3 y el epílogo. Ya no queda naaaaaaa XD

Guest: Sí, la primera vez que lo publiqué también hubo mucha gente que dijo que les gustó mucho esta versión de Kenshin XD Y, como siempre, me alegra saber que os gusta cómo se va desarrollando la historia *o*

Guest (inglés): Queda poco para terminar el fic, así que sí, ya iba siendo hora de que entrara en razón XD

Gracias a todas por los reviews ;-D. Vamos con el siguiente capítulo que es calentito, muajajajajaja. Espero que os guste ;-D


CAPÍTULO 21: Una cena peculiar

—¿Y para qué tenías tanto interés en hacer una cena aquí con todos reunidos? —preguntó con curiosidad Kaoru a Sanosuke cuando al fin se sentó tras dejar la comida dispuesta para los allí presentes.

—Sí, eso… ¿Para qué querías reunirnos? —inquirió Megumi. Aquello desconcertó a Kaoru que había dado por hecho que sería alguna noticia de la pareja.

—¿No podríamos esperar a terminar de cenar? —resopló el hombre.

—¡No! —dijeron tres voces que se impacientaron al ver que la cena realmente sí traía una noticia de trasfondo.

—Sois bastante curiosos, ¿no? —les reprochó Sanosuke por su actitud. Giró su vista hacia Kenshin y le miró con complicidad, el cual sólo se encogió de hombros y comenzó a comer. Kaoru le apuntó con el dedo de forma acusatoria.

—¿Tú estás enterado? —le interrogó ultrajada—. ¿Por qué siempre se entera él antes de las cosas?

—Es una parte implicada.

—¿Qué has hecho, cabeza de pollo? —le advirtió con mala cara su suspicaz esposa.

—He conseguido que Kenshin me sustituya por dos semanas en mis entrenamientos.

Kenshin suspiró como si aquella idea no le hiciera nada de gracia y todos se quedaron sorprendidos ante la explicación. Megumi, además, se había quedado blanca.

—¿Cómo que te va a sustituir? —le preguntó más allá del escepticismo—. ¿Acaso es que te has cansado ya? —Megumi no podía dar crédito a esa hipótesis y se llevó una mano a la frente disgustada. Le había durado poco más de un mes el capricho.

—No, claro que no —se defendió Sanosuke.

—Sí, ¡claro que sí! —se indignó ella repitiendo su fórmula—. Siempre es igual… Debería haber sabido que esto tampoco te lo tomarías en serio. Pero la culpa es mía por dejarme engañar.

Sanosuke se quedó callado mirándola como si le hubiera golpeado en un lugar muy doloroso, aunque éste no fuese visible. También se generó un silencio muy incómodo entre los presentes cuando la mujer dejó caer esa apreciación tan falta de confianza en su marido.

—No es eso, Megumi —intercedió Kenshin al ver que su amigo era incapaz de articular palabra—. Hay una buena razón para ello, si no, créeme que no hubiera accedido.

Megumi relajó su expresión escéptica tras la intervención de Kenshin. A diferencia de Sanosuke, tenía la cabeza más asentada.

—¿Y qué es lo que tienes que hacer durante esas dos semanas?

—Irme de viaje de novios contigo a disfrutar de unas aguas termales. —Megumi se quedó más lívida aún cuando oyó la respuesta de Sanosuke.

—¿Un viaje conmigo? —murmuró pasmada—. ¿Aguas termales?

—Sí, y ya veo mi recompensa por el esfuerzo.

—Lo siento —se disculpó muy apenada Megumi.

Dos semanas de vacaciones relajantes eran casi un sueño. No había disfrutado de ningún periodo de vacaciones desde que casi seis años antes llegara a Tokio para trabajar como ayudante de médico.

—Me he tirado una semana organizándolo todo —siguió Sanosuke muy ofendido sin hacerle caso—. He tenido que pedir favores, hablar con Gensai para que te deje esas dos semanas libres, he tenido que hablar a hurtadillas con mis alumnos para que esos dos entrometidos —acusó apuntando con el dedo a Kaoru y Yahiko— no se enteraran de mis planes, ¿y qué recibo a cambio? Desconfianza por parte de mi esposa.

Megumi, a medias entre la emoción de que Sanosuke hubiera planeado un viaje de esas características y la angustia por la reprimenda que le estaba dando con razón, sintió que las lágrimas se le acumulaban en los ojos.

—Perdóname. —Y se abrazó a Sanosuke el cual, por muy enfadado que estuviera, fue incapaz de evitar estrecharla contra él—. Lo siento mucho.

—La culpa sí que es mía por no haber deducido que desconfiarías de mí —suspiró contra el hombro de Megumi—. Cariño, nos merecemos el uno al otro. —La doctora asintió con énfasis contra él arrancándole una sonrisa a Sanosuke.

—¿Y adónde os vais? —preguntó Kaoru viendo que las aguas se tranquilizaban. Megumi se separó de Sanosuke y se incorporó en su lugar para coger un bocado de su plato.

—Sí, ¿adónde vamos? —cuestionó Megumi mientras se llevaba un trozo a la boca. Le sorprendió gratamente el sabor—. ¿Lo has cocinado tú? —se extrañó ella dirigiéndose a Kaoru y dejando la anterior pregunta de lado. Tenía entendido que la cena la había hecho ella.

—Sí, ¿te gusta? —Megumi asintió y cogió otro bocado—. Kenshin me está enseñando a cocinar. Se nota el cambio, ¿verdad? —Kaoru sonrió muy satisfecha de sus logros. Había mejorado considerablemente la calidad de su cocina en poco tiempo bajo las instrucciones de Kenshin.

Megumi se giró hacia Kenshin muy sorprendida.

—Estás haciendo un gran trabajo. Te felicito.

—Gracias —le dijo con una sonrisa.

—¡Eh! ¡Soy yo la que ha cocinado! —se quejó molesta por que le dieran el mérito a Kenshin en vez de a ella.

—Bueno, comprende que ha obrado un milagro contigo —se mofó Yahiko no queriendo perder la oportunidad de meterse con su maestra.

Los tres adultos miraron con expresión dolorosa la escena ante sus ojos cuando se pusieron en el lugar del pobre niño. Kaoru le había dado una somanta de palos que hubiera hecho llorar al más valiente.

—¡Qué barbaridad, Kaoru! Eres muy violenta —comentó Megumi al ver al chiquillo tirado semiinconsciente en el suelo.

—Se lo tiene merecido —replicó Kaoru, que siguió comiendo su cena enfadada—. ¿Y adónde dices que os vais? —cambió de tema de conversación con toda intención.

—Sí, ¿adónde vamos? —Megumi se moría de la curiosidad por saber qué sitio había elegido. Sanosuke siguió comiendo su ración sin hacerles caso—. ¿Sanosuke?

—El lugar sigue siendo una sorpresa para ti —contestó él cuando Megumi le instigó—. Así que no insistas.

—¿Lo dices en serio? —se quejó la mujer por el secretismo de su marido.

—Sí —contestó muy ufano él.

—¿Y cuándo nos vamos? ¿Me vas a tener así hasta entonces?

—Nos vamos en dos días, y sí, te quedarás así —le dijo respondiendo a las dos preguntas.

Megumi se irguió en su sitio y continuó cenando inconforme por sus respuestas a la vez que maquinaba la forma de sacárselas cuando llegaran a casa donde tenía más armas a su disposición, pensó con una sonrisa maliciosa.

Kaoru se llevó los palillos a la boca y meditó sobre lo dicho por los dos.

—Sanosuke, estaba pensando… Si Megumi no estaba al tanto, es porque lo has organizado todo tú. Pero con el dinero que te he dado, no te puede llegar para pagar el viaje, y menos el alojamiento, en unos baños termales.

Sanosuke se tensó y, para sorpresa de todos, también Kenshin. Megumi los miró a ambos muy suspicaz.

—Es cierto… ¿De dónde has sacado el dinero? —La doctora entrecerró sus ojos de forma acusatoria. La expresión culpable de su marido no indicaba nada bueno.

—Ya te he dicho que he pedido algunos favores —le explicó sin salirse de la verdad.

—¿Y quién te ha dejado el dinero que necesitabas?

—Eso no importa —respondió Sanosuke intentando quitarle relevancia al asunto.

—A mí me importa, porque a alguien habrá que devolvérselo.

—No te preocupes por eso.

—Por supuesto que me preocupo, y ahora más —replicó enfadada Megumi—. Sanosuke… —añadió en tono de advertencia.

El hombre miró a Kenshin esperando algún tipo de apoyo por parte de él, pero en el fondo sabía que era imposible que pudiera hacer nada. Kenshin negó con la cabeza haciéndole saber que en aquello estaba solo.

—Vale, te lo cuento si no te enfadas —le puso por condición Sanosuke.

—Te prometo que me enfadaré fijo como no me lo cuentes, cabeza de pollo —le exigió ella, y por la forma en que dijo el descalificativo, Sanosuke supo que Megumi estaba muy furiosa. En ese estado, se iba a montar una buena así que lo mejor era soltarlo de golpe y esperar a que pasara la tormenta.

—Me llevé a Kenshin a jugar a los dados.

—¡¿Que hiciste qué?! —gritó, con lo que consiguió despertar a Yahiko de su inconsciencia.

—Sé que te dije que no volvería a jugar dinero a los dados, pero lo necesitaba para poder darte una sorpresa.

—¿Y qué dinero jugaste? —Pero suspiró exasperada al caer en la cuenta—. No me lo digas: tu primer salario como instructor. ¡Qué bonito!

—Megumi…

—No, estás hablando de algo que nos afecta a los dos.

Sanosuke decidió que aquella conversación estaba entrando en un terreno conyugal y no era para airear delante de los demás, los cuales se habían quedado callados como muertos al escuchar la discusión. Se puso en pie e instó a Megumi a levantarse.

—Ahora volvemos, seguid cenando —les dijo Sanosuke sin prestarles atención. Casi arrastró a Megumi de camino a la cocina, lugar que le parecía más alejado de la sala en la que estaban los otros tres.

—¿Cómo has podido hacerme eso? —le recriminó ella en cuanto Sanosuke cerró la puerta de la cocina—. ¿Crees que yo voy a trabajar para que tú te gastes el dinero en los dados?

Sanosuke resopló.

—En primer lugar, no era tu dinero; y, en segundo, ha sido algo excepcional. No lo voy a volver a hacer.

—Hasta que llegue otro momento excepcional —dijo sarcástica—, y otra vez consideres oportuno apostar.

—Ya has dudado de mí una vez —le reprochó Sanosuke sacando a relucir la anterior puñalada que había recibido por su parte. Si tenía que valerse de ella para conseguir que le escuchara, lo haría—. Así que déjame hablar ahora a mí.

Megumi se echó hacia atrás y se apoyó contra la mesa de la cocina con los brazos cruzados en el pecho.

—Muy bien, habla —le concedió ella de mala gana. Lo que en realidad quería hacer era darle un puñetazo y, aquella vez, con todas sus fuerzas. Se sentía ultrajada por el engaño de Sanosuke.

—Créeme que me habría gustado haber podido ahorrar para pagar el viaje sin atajos, pero nos casamos en tiempo fugaz y no tenía margen de maniobra.

—Eso no te da derecho a apostar el dinero familiar.

—¿Te crees que lo hubiera hecho si no tuviera garantías? —Ahora fue Sanosuke el que se indignó.

—¿Te piensas que soy idiota? En los dados no hay garantías al menos que estén trucados.

—Ésa es una opción; la otra es llevarte a Kenshin contigo.

—¿Se puede saber qué tiene que ver él con todo esto?

—¡En que no falla una! —contestó elevando la voz por las constantes preguntas de Megumi—. Por eso lo hice. ¡Kenshin es una máquina de ganar dinero a los dados!

—Pues para serlo, no tiene ni una moneda en el bolsillo —reprochó con mordacidad ella.

—Porque en cuanto juegue un par de veces, nadie en su sano juicio volvería a apostar contra él. ¡Kenshin es una mina de oro! ¡No falla nunca! —gritó intentando hacérselo ver—. Jamás habría jugado si no hubiera ido con él. Tienes que creerme. Es cierto que necesitaba dinero rápido para poder hacer el viaje a Aizu, pero lo habría postergado de no estar seguro de que lo conseguiría.

Megumi se quedó blanca al escucharle y Sanosuke no supo cómo interpretar su reacción. Habían estado discutiendo acaloradamente y de repente había perdido el color del rostro.

—¿Vamos a ir a Aizu? —preguntó con un hilo de voz.

—¿Cómo… cómo lo sabes? —dudó al escucharle el lugar.

—Acabas de decirlo.

—¿En serio? —Estaba tan alterado que no se había dado cuenta de lo que decía en su afán de hacerle entender a Megumi su proceder. Recapituló la conversación, pero no supo dónde lo había dicho—. Bueno, pues ya has descubierto la sorpresa —añadió con un suspiro.

—¿Por qué has elegido Aizu?

Aunque ya sospechaba la respuesta. Había zonas de aguas termales por el país de mejor reputación que las de Aizu, pero había elegido su tierra natal. A Megumi empezó a temblarle el labio inferior conteniendo la emoción. Sanosuke se acercó hasta ella para abrazarla cuando vio que sus ojos comenzaron a brillarle fruto de las lágrimas.

—¿Por qué crees? —Megumi le abrazó—. Es el lugar donde creciste y en algún sitio tiene que estar tu familia. Quiero aprovechar nuestro viaje para que en el tiempo que permanezcamos allí podamos buscarles. ¿Cuándo si no tendrás tiempo para hacerlo?

Megumi estaba conmocionada por la atención de Sanosuke y le agarró más fuerte de la ropa en su abrazo convirtiendo sus manos en puños. En el tiempo récord de semana y media, había aumentado la cantidad de dinero que tenía, amarrado sus responsabilidades allí —tanto de ella como de él— y le había organizado un viaje pensando sólo en ella.

—¿No hubieras preferido ir a otro sitio? —preguntó con la voz acongojada.

—El lugar me da igual siempre que tú estés en él.

Megumi acabó por dejar caer las lágrimas que llevaba conteniendo desde que Sanosuke le reveló sus planes. Siempre daba la impresión de que todo le importaba poco y la vida era un juego, pero a la hora de la verdad, estaba más atento a su alrededor de lo que daba a entender.

—Te quiero.

—Y yo —le contestó Sanosuke de vuelta.

—Pero no lo vuelvas a hacer.

—Ya te he dicho que no jugaré con dinero. —Sanosuke posó un suave beso sobre la cabeza de Megumi—. Tenemos un problema con esa desconfianza —sonó preocupado él.

No era una posición cómoda para ninguno de los dos. Le picaba en el orgullo que su esposa no pudiera confiar en él y dudara de todo lo que él hiciera, del mismo modo que tampoco quería ver a Megumi pasando malos ratos al creerse cualquier cosa que se le pasara por la cabeza.

—Lo sé, pero no es fácil cambiar la visión que siempre has mostrado a los demás.

Sanosuke separó de su pecho a Megumi y la miró a los ojos. Se encontraba afectada por la situación; tanto por lo que había pasado como por sus propias dudas respecto a él. Y en lo único que pudo pensar fue en tranquilizarla.

La besó suavemente en los labios; unos labios que no traía maquillados. Habían acordado que sólo los llevaría pintados en la clínica pues, fuera de ella, Sanosuke no podía prometerle que no acabara estropeándoselos. Rozó sus labios con cuidado en una caricia ligera y tierna que buscaba reconfortarla. Pero por desgracia, Sanosuke todavía no había llegado al punto en que estuviera saciado de su esposa y pudiera contener sus manos.

—Te prometí que no lo haría y sí deberías saber que cumplo mis promesas —dijo tras separarse de ella para recuperar el aire.

—Lo sé, pero hay cosas que aún me costará tiempo asimilar que las cumplirás de verdad. Pero haré el esfuerzo, Sanosuke. Yo también te lo prometo.

Volvió a besarla, pero esta vez, con más intensidad. Amaba tanto a esa mujer que a veces sentía que no era dueño ni de su propio corazón. El maldito latía al son de ella y sólo por ella. Y le volvía loco.

Megumi se agarró con más ímpetu al cuello de Sanosuke y profundizó el beso al instante. Él la recibió en su boca y saboreó el suave y adictivo sabor de Megumi que tanto le aturdía. Adoraba todo de ella: su fiero carácter, su cuerpo, la pasión que mostraba por él… todo, y eso desembocaba en una mezcla explosiva que hacía arder sus venas.

Dejó sus labios y le besó el cuello. Megumi soltó un suspiro en cuanto le sintió allí. Tenía una zona muy sensible justo debajo de la oreja que la hacía derretirse. La había encontrado en una de sus tórridas noches en su casa, donde la había investigado a fondo para saber qué era lo que más le gustaba.

—Sanosuke… —susurró cuando lamió esa zona y dejó que el aire exhalado por su respiración tocara el lugar húmedo. Repitió el proceso una vez más y luego pasó a la zona homóloga bajo su otra oreja haciendo que Megumi se apoyara contra él cuando empezó a notar que las piernas no la sostenían como debían.

Sanosuke se pegó más a su cuerpo sintiendo cómo su excitación por la mujer aumentaba. Pasó sus manos por sus ropas; llevaba sólo el yukata*, sin la bata que usaba para trabajar, pero aun así, seguía siendo demasiada ropa encima. Después de haber disfrutado de su perfecto cuerpo desnudo, cualquier cosa que llevara encima no era más que un obstáculo para él. Regresó a sus labios donde sofocó los suaves gemidos de Megumi. Ella tampoco había estado ociosa, sabiendo que tenía todos los derechos para tocarle como quisiera. Metió sus manos por debajo de su ropa para tocar su espalda y pasó los dedos por ella.

Sanosuke juntó sus caderas contra las de ella, apretando su erección contra la mujer que la había provocado y Megumi se separó de sus labios jadeando.

—Tenemos que parar.

Casi no podía respirar tras el momento de arrebato que les había entrado, pero al mirar a Sanosuke, supo que detenerse no iba a ser algo tan sencillo. Sus ojos marrones la miraban con una intensidad propia de cuando estaban en la cama.

Y acto seguido se dio cuenta de que su marido había perdido el juicio. La dio la vuelta y comenzó a desabrochar el obi*. Megumi se había quedado inmóvil por la sorpresa al ver que Sanosuke se había propuesto desnudarla en la cocina de Kaoru. Antes de darse cuenta, la hizo girar quitando las vueltas de la tela alrededor de su cintura y notando cómo los lados del kimono se abrían.

—¡Quieto! ¡Para! —gritó Megumi muy mortificada pensando en lo que pretendía hacer Sanosuke.

La cara se le puso escarlata, pero peor fue cuando vio al hombre llevar su brazo a la mesa y barrer con él los trastos que allí había. Muchos de ellos cayeron al suelo creando un gran estruendo y, estupefacta, vio cómo Sanosuke la cogía y la izaba sentándola contra la mesa. Sujetó con fuerza los bordes de su yukata a la vez que Sanosuke los cogía para separarlos.

—¡No puedes hacerme esto, Sanosuke! —se sentía tan avergonzada pensando que pretendía hacer el amor con ella en la cocina de Kaoru, que creía que el sonrojo había traspasado su cara y recorrido todo el cuerpo.

—Claro que puedo hacerlo —susurró con prepotencia él—. Y como sigas gritando, todos los de esta casa sabrán lo que te voy a hacer.

—Aquí, no… —le suplicó con sus manos aferradas a su yukata a la vez que él tiraba para quitárselo—. Por favor, te lo pido: aquí, no.

En respuesta, el hombre la besó interrumpiendo cualquier otra orden que se le pasara a la doctora por la mente. Megumi tenía un punto débil en cuanto a besos se refería: perdía la cabeza enseguida en cuanto le besaba cualquier parte de su cuerpo. Hizo más fuerza con sus manos y consiguió abrir el kimono. Aunque Megumi se debatió con él, no pudo hacer nada en realidad ante su fuerza, por lo que sus pechos quedaron a la vista. Sanosuke la agarró del pelo y tiró para echarle la cabeza hacia atrás y elevarlos hacia él. Abandonó su boca y, dejando un reguero de besos por su cuello, alcanzó uno de sus senos.

Megumi gimió audiblemente, dejando al momento de retorcerse. Sanosuke apartó del todo la tela y recostó a su esposa contra la mesa, abriendo sus piernas y colocándose en el hueco que dejaron. Ahora que tenía su piel expuesta, paseó sus manos por su cuerpo enviando ráfagas de placer por todo él. Siguió succionando su pezón dejándolo enhiesto y pellizcó con su otra mano el que estaba desatendido.

Megumi cambió sus súplicas de parar por las de más y Sanosuke sonrió complacido.

Torturó los dos pechos intercambiado posiciones entre la boca y sus manos y Megumi perdió todo pudor residual ante el lugar donde estaban haciendo aquello. Enganchó sus piernas a la cintura de él y le cogió de la cabeza para acercarla a ella y poder besarle. Sanosuke estaba muy impaciente y, aunque fue ella la que pretendía invadir su boca, al final ganó él. Se besaron con fruición y de ambas gargantas se emitieron gemidos ahogados por lo que sentían en ese momento. Sanosuke empujó con sus caderas en el lugar de su entrada haciendo notar la erección que pulsaba por entrar en su cuerpo.

—Quítate el pantalón —le exigió Megumi al sentir su miembro contra ella. Definitivamente, había perdido todo rastro de vergüenza y Sanosuke se regocijó en su interior. Se había casado con una mujer muy pasional y que disfrutaba sin restricciones del sexo.

Sanosuke se incorporó y, cogiéndola de las piernas, arrastró a Megumi más al borde de la mesa. Pasó su mano por la entrada notándola muy húmeda y, sin contemplaciones, introdujo dos dedos dentro. Megumi no opuso ni una mínima resistencia a la invasión y se retorció sobre la mesa al ritmo de su mano. Ver el níveo cuerpo de Megumi tumbado sobre la mesa como un manjar, con el yukata abierto y notando cómo los temblores la recorrían, era una visión exquisita que no podía dejar de observar. Sus ojos iban de la mano entre sus piernas a la expresión de gozo de su cara, pasando por cada centímetro de su cuerpo.

—Sanosuke… —susurró sumergida en las llamas de la lujuria—, no quiero tus dedos.

Por supuesto que no; quería algo mejor que ellos, y Sanosuke sonrió con perversidad por la audacia de su mujer.

—Tendrás lo que yo quiera darte.

—Estoy cerca de culminar —le informó ella sin miramientos.

—Pues volverás a empezar —dijo él arrogante.

Megumi se llevó una mano a su boca y se chupó los dedos. Después, fue rozando con sus dedos húmedos dejando un rastro por su cuello y pecho hasta llegar a su pezón derecho.

—¿Y no prefieres que las dos veces sean contigo dentro?

«¡Qué hija de…!», exclamó Sanosuke en su mente y soltó un gemido ahogado por la escena. Megumi se las sabía todas. Iba a matarle si ya hacía esas cosas cuando había descubierto los placeres carnales sólo una semana atrás.

No hizo falta mucho más para convencerle. Dos segundos después, Sanosuke se estaba deshaciendo el nudo de su pantalón y, tres después, su miembro quedaba libre. Orientó su miembro a su entrada y, sujetándola por las caderas, se introdujo en ella de un empujón profundo.

—¡Sí! —gritó ella al sentirle en su interior.

—Megumi, será mejor que te moderes si no quieres que todos sepan lo que hacemos.

Pero en lo único que podía pensar ella era en que tenía en su interior al hombre que amaba. Estaba muy cerca… En esos momentos no podía pensar en nada más que en lo cerca que estaba de ese éxtasis que había conocido hacía tan poco tiempo. Le sintió moverse fuerte y profundo en ella, y Megumi no necesitó mucho más para alcanzar el clímax.

Sanosuke se tumbó sobre ella y la besó ahogando los gritos que salían de su garganta. Sintió los espasmos que la recorrieron y que se concentraban en la prisión de su miembro. Era una sensación intensa para un hombre: ver cómo la mujer amada llegaba a la cima del placer y sentir las fuertes contracciones de sus paredes comprimiendo su erección. Acompañó cada contracción de su cuerpo con un envite fuerte y prolongando, intensificando así el orgasmo de Megumi.

Sanosuke la siguió besando por el cuello mientras ella se relajaba recobrando la respiración. Su cuerpo aún pulsaba por las ráfagas residuales del clímax y éste último había dejado aferrado su miembro en el interior de ella. La besó y la acarició esperando a que se fuese relajando y así poder salir de ella más fácilmente.

Lo hizo en cuanto sintió que sus paredes se aflojaban, y volvió a repetir sus caricias y sus besos por todo su cuerpo. Le encantaba su suave cuerpo, le encantaba lamerla, le encantaba el sabor salado de su piel. Le encantaba que sus caricias le erizaran el vello del cuerpo, y le encantaba más aún arrancarle esos gemidos de incuestionable placer.

—Quiero comerte entera. Vas a ser mi cena —le prometió con voz sensual, por lo que Megumi sintió estremecerse todo su cuerpo.

Sanosuke bajó por su cuerpo, besando y lamiendo, hasta llegar a su entrepierna. Megumi volvió a retorcerse en cuanto su lengua la acarició y succionó el botón de nervios que la volvía loca… y de nuevo gritó.

—Shhh… —la acalló Sanosuke separándose de ella—. Recuerda: te van a oír.

Megumi se mordió el labio con fuerza para contenerse, pero al final, acabó por llevarse una mano a la boca para silenciarse ella misma cuando Sanosuke volvió a la carga y lamió su centro. Lamió y jugueteó con sus dedos, abriéndola y saboreando su interior. Pronto consiguió que Megumi volviera a estar suave y maleable entre sus manos, retorciéndose por el nuevo placer que se arremolinaba en ella. Metió los dedos más profundamente y sintió cómo estaba destensada otra vez, lista para recibirle de nuevo.

Sacó sus dedos y se irguió. Apuntó su miembro a su entrada y, cogiéndole las piernas en alto, se introdujo despacio pero firme hasta el fondo de una sola estocada. Megumi cerró los ojos y, al no tenerle al alcance de sus manos, se acarició ella misma los pechos. Sanosuke gimió y miró al frente, queriendo aguantar su tortura un poco más. Ansiaba el momento de la liberación, pero adoraba de igual forma cada fricción de su miembro entrando y saliendo de ella.

Cogió las piernas de ella y se las colocó en sus hombros. Teniéndolas tan cerca de su boca, Sanosuke aprovechó para lamerle la cara interna de las rodillas y la amplia zona a la que tenía acceso de sus muslos. No cejó ni un instante en su ritmo pausado pero constante.

Megumi empezó a impacientarse cuando el orgasmo volvió a formarse en su interior. Era muy nueva en esas artes y se excitaba con facilidad sin poder poner ningún control que retrasara el clímax. Soltaba suaves lloriqueos y movía sus caderas acompasándolas a las de él.

—Sanosuke… —le suplicó, y él sabía a la perfección lo que le pedía. Quería que aumentara el ritmo; que siguiera subiéndola a la cima de la montaña para dejarla caer.

—Tranquila, cariño… —Él no aumentó el ritmo y Megumi se desesperó buscando más. Se debatió con sus piernas intentando zafarse de su agarre, pero Sanosuke la aferró con determinación para mantenerla quieta. Miró hacia abajo, al punto en el que se unían y estuvo a punto de estallar observando el vaivén de sus caderas; viendo cómo entraba y salía de ella continuamente; oyendo a Megumi gemir cada vez que su miembro desaparecía enterrado en su cuerpo.

—Sanosuke… —repitió su demanda, aunque con mayor urgencia. Y ante la falta de reacción por su parte, sintió que Megumi apretaba los músculos internos para aprisionar su miembro y aumentar la fricción.

Los dos gimieron con la osadía de la mujer. Bajó sus manos por sus piernas y de ahí pasó a su vientre y sus caderas, acariciándolas con suavidad mientras seguía con su penetración lenta pero profunda.

Los quejidos de Megumi se hicieron más frecuentes, mientras seguía con la contracción voluntaria de sus músculos cada vez que se retiraba de ella y la posterior relajación para permitirle entrar fácilmente.

La tensión en el cuerpo de la mujer aumentó con cada roce y sabiendo que ya estaba consiguiendo que volviera a estar en la cima del placer, Sanosuke dejó de controlarse. Retornó su vista al punto en el que se unían. Era una visión tan terriblemente excitante para él que hizo que todo su cuerpo se estremeciera con los primeros espasmos del orgasmo. Llevó una de sus manos al capuchón que se encontraba encima de su entrada y lo acarició con el pulgar. Megumi se llevó una mano a la boca y se la mordió ahogando un grito de placer.

No podía aguantar más. Sanosuke dio un par de fuertes empujes acompañados por una presión consistente de su pulgar y, por fin, el clímax le alcanzó derramándose en el interior de su esposa y teniendo que hacer un gran esfuerzo para no dejar salir un bramido por la liberación. Las fuertes estocadas provocadas por el orgasmo llevaron a Megumi al punto que buscaba y se estremeció también con las potentes oleadas de éxtasis que la recorrieron.

Cuando Sanosuke terminó, aún pudo sentir las últimas contracciones del vientre de Megumi sobre él. Se recuperó mucho más rápido que ella, tras un segundo orgasmo que la había atravesado con una fuerza mayor que el primero. Megumi respiraba de forma entrecortada, produciendo pequeños temblores en su cuerpo que enviaban escalofríos a su cada vez menos erguido miembro. Sanosuke pasó sus manos por las caderas de la mujer y, dándole un suave masaje en el vientre, salió de su cuerpo.

Levantándola un poco, deslizó a Megumi más al centro de la mesa para que no estuviera en una posición incómoda y la dejó ahí tumbada recuperando su respiración mientras se subía el pantalón.

—No te muevas. Voy a buscar algo para limpiarte.

Megumi se llevó las manos a la cara y gimió con gran mortificación.

—No puedes usar un trapo que haya por aquí. ¿Qué pretendes decirles luego?: «¿Perdonad, este paño no lo uséis porque lo hemos utilizado nosotros para nuestros juegos?». O tal vez: «¿nos lo llevamos para limpiarlo nosotros?».

—Ésa no es mala idea. —Megumi volvió a gemir azorada.

—Lo que sí es mala idea es haber hecho esto en casa de Kaoru.

—Hace un momento no pensabas lo mismo —le dijo con una sonrisa perversa.

—Ahora vuelvo a ser capaz de pensar —le replicó ella.

Sanosuke encontró unas tiras de vendas y pensó que aquello podría servir. Cortó un trozo, lo arrebujó y se lo pasó a Megumi.

—Límpiate.

Megumi lo uso y lo tiró al cubo de los desperdicios. Sanosuke recogió el obi del suelo y, bajando a su satisfecha —pero mortificada— esposa de la mesa, le cerró el yukata y se lo tendió para que se lo pusiera.

—Hay que adecentarte antes de salir; tienes el pelo despeinado.

—¿Y crees que con eso evitaremos que se den cuenta de lo que hemos hecho aquí? —preguntó con una pizca de esperanza.

—Para nada —se jactó Sanosuke complacido—. Nos han tenido que oír fijo.

Megumi se llevó el obi a la cara para esconder su vergüenza. No sabía cómo iba a mirar a sus amigos después de eso.


Notas del fic:

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.

*Obi: Faja de tela que se lleva sobre el yukata o el kimono.


— * —


Fin del Capítulo 21 - 5 Agosto 2013

Revisión - 12 Junio 2022


Notas finales:

Oye, oye, oye... ¡pero ¿qué hacéis en las cocinas de otros?! ¡Hábrase visto! XD . Ainsss, pobre Megumi, no va a pegar ojo de la vergüenza ^o^

Espero que os haya gustado el capítulo ;-D

¡Saludos!