CAPÍTULO 22: Confidencias
Comentarios a los reviews:
Kaoruca: Jajajajaja, pues nada, relee, relee... ^o^, a pesar de la mega ola de calor x_x . Y que conste que no es de los lemons que más me gustan ^_^º. Se nota un montón que es de los primeros que hice XD. Pero en la reedición no quise tocarlo demasiado porque prefería dejarlo como lo escribí en su día (para que se vean mis inicios »_«).
Kaory1: Bueno, estás hablando de que tiene que dar clases a chicos que no tienen ni un mes de entrenamiento. No puede ser muy complicado que les enseñe o algo. Y sobre el salario, entiendo que es un dinero que Kaoru se ahorrará ^_^º. A fin de cuentas, Kenshin se aloja allí de gratis ^_^º. Sobre que Kenshin sea más diestro para enseñar a cocinar, él ya menciona al principio del fic que «no sabía cocinar» pero que después descubrió que podía cocinar cosas de forma mécanica. Y no es que se le dé bien: es que el otro ni se molestó. Y en cuento a lo que pasa en la cocina... sigue leyendo para ver las reacciones XD
Geurtg: Si has llegado hasta aquí, entiendo que te está gustando la historia ;-D
Ryuuzaky: Yo no digo nada... ya verás la escena, aunque no va como dices XD. Sobre la duración, sin contar el de hoy quedarían tres. ¡Queda poquísimo! *o*
Cam-2002: Kenshin se va a dar cuenta, pero no se la va a llevar a rastras ^_^º. De hecho, para mí, ocurre algo mejor que no voy a spoilear. Para mí, éste es el mejor capítulo del fic *o* Por cierto, has tenido mucha suerte de pillar este fic en estos momentos, porque es justo cuando lo he retomado y ha tenido una continuidad decente. Me alegra que te esté gustando ;-D
TamashiHimura: Gracias por tus palabras *o* Me alegra saber que os gusta la historia y mi forma de escritura *o*
Guest: Bueno, no te has perdido mucho de la historia, más allá del lemon SanoMegumi. Si te sirve de consuelo, es el último en el que tienen protagonismo ^_^º
CinthKitty: ¡Ya te digo! ¡Esperaos a llegar a vuestra casa, pervertidos! XD
Shaiwase: Como he dicho por ahí arriba... yo no digo nada, jijijiji. Sigue leyendo para saber sus reacciones ^o^
YokoGH: Saber, lo sabrán... lo que hagan después, lo tendréis que leer ^o^
Guest2: Para eso hay que esperar otro capítulo más ^_^º. Queda muy poquito ya *o*. En cuanto a otros proyectos, de RK será difícil. Estoy aún con éste porque es una reedición, pero hace tiempo que dejé de hacer historias nuevas de este manga u_uº. Mi creatividad está en otras series ^_^º
DULCECITO311: Bueno, es que si Kenshin no volviese a encontrar "su respuesta" y perdonarse, en el punto actual que vive, se habría quedado estancado. Creo que el Kenshin de 18 años tendría muchos más remordimientos que el de 28 años que llegó a casa de Kaoru (me refiero a antes del arco de redención). Así que no podría pasar página tan rápido u_uº
Gracias a todas por los reviews ;-D. Vamos con el siguiente capítulo. Ainssss, cómo me gusta *o*. Espero que a vosotras también ;-D
CAPÍTULO 22: Confidencias
—Alguien se va a llevar una buena —dijo Yahiko cuando Megumi y Sanosuke salieron de la sala alejándose del lugar para discutir—. ¿Qué es lo que ha pasado? No me he enterado.
—Sanosuke ha jugado a los dados el dinero que ganó con las clases para poder hacerle un regalo de boda a Megumi —respondió solícita Kaoru a su discípulo—. Y para ello se llevó a Kenshin.
—Puedo dar fe de que Sanosuke lo ha hecho con la mejor de sus intenciones —le defendió Kenshin que, aunque entendía el enfado de Megumi por la mala costumbre de Sanosuke con los juegos, en esta ocasión lo había hecho con un objetivo muy puntual y por ella—. Además de que se aseguró primero de que supiera ganar a los dados. Me lo preguntó varias veces antes de entrar.
—Ya, pero entiende que Megumi esté preocupada por el estilo de vida juerguista de Sanosuke. Han comenzado una vida en común; no puede seguir en las andadas.
—Creedme cuando os digo que Sanosuke está más concienciado de este matrimonio de lo que os imagináis.
—¿Has estado hablando con él de ello? —preguntó con curiosidad Yahiko.
—Bastante, así que sé de qué os hablo.
—«¡Es que no falla una!» —les llegó una voz amortiguada desde el otro lado de la casa—. «¡Kenshin es una máquina de ganar dinero a los dados!».
Dos pares de ojos se centraron con sorpresa en Kenshin, el cual se quedó sin saber qué decir.
—¿Qué ha dicho Sanosuke de ti? —dijo extrañado Yahiko.
—«¡Kenshin es una mina de oro! ¡No falla nunca!» —volvió la voz como si Sanosuke hubiera escuchado la pregunta del niño.
Kaoru le miró muy confusa.
—¿Por qué ha dicho eso de ti?
—¿Y por qué si se te dan bien los dados no has ido a jugar otras veces? —interrogó Yahiko sin dejarle contestar—. Eso habría evitado algunos apuros que hemos tenido.
—Si no recuerdo mal, el juego está prohibido —les censuró a ambos.
—Ah, claro… —suspiró el chico con resignación dando por válida su argumentación—. Y tú no hacías cosas ilegales.
A Kenshin no le sentó nada bien esa diferenciación en cuanto a seguir las normas.
—¿Estás sugiriendo que ahora sí las haría? —cuestionó con una voz fría amenazante que no les pasó por alto a ninguno de los dos.
—No —contestó en el acto Yahiko al ver que Kenshin se había sentido ofendido por su elección de palabras—. Sólo estaba pensando en el periodo anterior a tu accidente —dijo el chico, pero con un tono de voz cada vez más bajo hasta que casi no se le escuchó la última palabra.
—Oye, Kenshin, entonces tú sí sabes más cosas del plan de Sanosuke, ¿cierto? —salió Kaoru en rescate de Yahiko. Kenshin aún miraba al niño de mala manera, pero acabó dirigiendo su atención a ella.
—No te voy a contar nada, si es eso lo que pretendes. Es una sorpresa de Sanosuke a Megumi por su matrimonio. —Como aún estaba algo molesto por las palabras del chico, su contestación sonó más dura de lo que deseaba. A Kaoru, en cambio, no pareció molestarle, quizás porque su meta en realidad era distraerle del niño.
—Entonces nos tocará esperar hasta que se decida a contarlo —murmuró en un suspiro la joven.
Continuaron cenando con cierta tranquilidad y, aunque de vez en cuando les llegaban los rumores de Sanosuke y Megumi, en verdad no eran inteligibles para ninguno de los tres.
—Por cierto, ¿en serio vas a sustituir a Sanosuke? —preguntó de pronto Kaoru—. No eres especialmente diestro en combate cuerpo a cuerpo.
—Son principiantes, algo se me ocurrirá…
—«¡Quieto! ¡Para!» —gritó Megumi.
Los tres se quedaron de nuevo callados al ver que la discusión volvía a incendiarse y, poco después, un montón de cacharros acabaron tirados por el suelo. Kenshin contuvo el aliento al intuir, por la cantidad y diversidad de sonidos, que eran los que estaban en la mesa.
—¿Qué le está haciendo Sanosuke? —preguntó muy preocupada Kaoru a punto de levantarse del sitio.
—«¡No puedes hacerme esto, Sanosuke!» —exclamó de nuevo ella.
Kenshin esta vez tuvo que contener a Kaoru agarrándola del brazo para que volviera a sentarse.
—No se te ocurra ir allí. —Una clara exigencia.
Porque lo que Kaoru no había sido capaz de interpretar era que la voz de Megumi no sonaba precisamente como si necesitase ayuda.
Iba a matar a Sanosuke.
Kenshin pensó que todo el trabajo de su amigo la semana anterior había sido un desperdicio de tiempo porque no lo iba a disfrutar: iba a coger su espada y hacerle una sonrisa en el cuello.
No podía ser cierto… No podía ser verdad lo que se estaba imaginando.
—Pero parece que Sanosuke está muy enfadado —se excusó ella muy preocupada por su amiga.
Y dicha amiga de pronto soltó un gemido que llegó hasta allí.
Sanosuke era hombre muerto… literalmente.
Kaoru se encontraba muy confusa con lo que ocurría, pero fue evidente para Kenshin que no era consciente de lo que estaba pasando en su cocina. Sin embargo, él no podía seguir por allí. No sabía en qué demonios estaba pensando Sanosuke.
Kenshin se retractó al momento.
Por supuesto que sabía en qué estaba pensando su amigo, pero debería recordar que él no tenía humor para que otros le restregaran cómo se acostaban con una mujer ante sus narices. Por si la tentación constante de tener a Kaoru a su alrededor no fuese suficiente, a Sanosuke se le había ocurrido la brillante idea de echar más leña al fuego.
Kenshin apoyó los codos en la bandeja de la comida y escondió su cara entre sus manos. Tenía que pensar en otras cosas que no fueran sexo.
—Kenshin, ¿te encuentras bien? —preguntó Kaoru esta vez dirigiendo su preocupación hacia él.
Éste gimió al oír la voz que siempre conseguía hacerle vibrar. No iba a poder librarse de esos pensamientos mientras estuviera en esa casa con esos dos salvajes copulando y Kaoru a su alrededor, reflexionó enfadado. Tenía que salir de allí de inmediato.
Kenshin se puso de pie y les habló antes de marcharse:
—Pase lo que pase, no se os ocurra moveros de aquí, ni os metáis en medio. Son un matrimonio y tienen que resolver sus asuntos ellos mismos —dijo a modo de excusa para que no se acercaran a la cocina—. Seguid cenando, yo voy a salir un rato a despejarme.
No perdió tiempo y, varios segundos después, Kenshin estaba bajo el frío nocturno de noviembre intentando enfriarse. Se acercó hasta el muro y, apoyándose contra él, acabó dándose golpecitos con la frente al no poder dejar de pensar en lo que estaba sucediendo en esa cocina.
—Kenshin, ¿qué te ocurre? —El asesino más temido de Japón se sobresaltó al escuchar a Kaoru tras de él—. ¿No me has oído llegar? —cuestionó muy sorprendida ella cuando fue evidente que Kenshin se había asustado al creerse solo.
El hombre se giró y miró a Kaoru como si en vez de tener delante a una joven amable, tuviese a un demonio.
—Lárgate de aquí, Kaoru —exigió con voz autoritaria—. Vuelve dentro.
Ella se acercó más a él y alargó el brazo para tocarle.
—Estás muy alterado. —Kenshin se apartó de ella antes de que le contactara y el gesto se le clavó dolorosamente a Kaoru.
—Tienes que irte —le instó con más vehemencia que antes.
—¿Por qué?
—No es seguro para ti estar cerca de mí.
Kaoru no tuvo que elucubrar mucho para saber a qué se estaba refiriendo Kenshin. Era lo mismo que le tenía crispado y que había condicionado la rutina diaria de la joven. Pero aquello ya no tenía sentido. Habían estado hablando con tranquilidad hasta ese momento. Ella no había hecho nada que pudiera hacerle reaccionar así.
—Si sólo estábamos hablando —se quejó ella sin poder contenerse por más tiempo—. ¿Qué he podido hacer yo ahora?
—No has sido tú —contestó categórico Kenshin.
—Y si no he sido yo, ¿quién…? —Kaoru abrió los ojos por la sorpresa y a eso le siguió la boca—. ¿No me digas que…?
—Yo no te digo nada —se defendió él.
—¡¿En mi cocina?! —gritó alarmada Kaoru pensando en lo que podían estar haciendo esos dos recién casados. Kaoru se llevó las manos a la cara para ocultarla tras ellas. Estaba muy mortificada haciéndose la imagen de esos dos.
—Y por eso mismo tienes que alejarte de mí.
Ante la advertencia, Kaoru deslizó sus manos para descubrir sus ojos y mirarle con atención.
—No me harías nada en plena calle.
—No tientes a tu suerte —la contradijo. Pero Kaoru se sentía bastante segura en ese aspecto. Si hubieran estado en una habitación cerrada, podría haberle creído, pero no en medio del patio como estaban.
—¿Tan duro es para ti? —preguntó con preocupación Kaoru al ver el estado en que estaba Kenshin. No le podía ver bien en la oscuridad de la noche, pero se lo había encontrado golpeándose contra el muro mientras farfullaba cosas que no entendía.
—No eres sólo tú: es por todo —comenzó él—. Me paso el día sintiendo que no estoy donde debería. Tendría que estar en el frente, ayudando a destruir el antiguo régimen, pero en cambio, me encuentro aquí, tan tranquilo y ocioso…
—Kenshin —Kaoru se acercó y posó las manos en sus brazos—, eso ya lo conseguiste. Estás viviendo en esa nueva era.
—Yo no lo veo así… No puedo dejar de pensar en ello… —confesó con un tono de voz más alto y la respiración más agitada—. Creo que, por el día, inconscientemente estoy bajando la guardia y por eso me sobresalta cualquier ruido extraño que haya cerca pensando que es un ataque. Y por la noche no es mejor; tampoco puedo dormir bien. Apenas tengo noches normales en las que pueda descansar. Si no estoy recordando algo de mi vida olvidada, sueño con cosas muy raras de la guerra. Así que, de una manera u otra, vuelvo todo el tiempo allí.
Kaoru le observó compungida. Era la primera vez que Kenshin le hablaba de algo así: de las rutinas diarias que se le habían alterado por la guerra y los recuerdos olvidados.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—¿Para que puedas echarme más en cara que no soy el Kenshin que conociste?
Kaoru le soltó y dio un paso atrás, dolida por sus palabras.
—No puedo creer que pienses que utilizaría algo así contra ti. Yo sólo quiero ayudarte.
—No puedes ayudarme —replicó categórico.
—Eso no lo sabes.
Aunque, en el fondo, sabía que no podía hacer mucho en lo que le había contado. Ella no podía controlar ni sus sueños ni cómo se sentía con lo que le rodeaba.
—Sí que lo sé… porque tú lo empeoras —repuso con impotencia—. Puedo enzarzarme en una pelea o entrenar todos los días hasta el agotamiento y caer rendido para conseguir un rato de paz. —Kenshin se agarró el yukata* a la altura del corazón y añadió con rabia—: Pero no puedo quitarme esto que él quiere de ti.
Kaoru le miró con la respiración contenida y sin saber qué decir. Le seguía impactando que le tirase de esa manera los sentimientos que tenía su Kenshin por ella. Pero ver el sufrimiento que aquello le suponía le creó un nudo en el pecho que acabó por hacerle tener que contener las lágrimas. Kaoru no quería verle así; no quería ser parte de una carga cada vez mayor que aumentaba con cada minuto y que empezaba a ser incapaz de sobrellevar. Pero no sabía qué podía hacer por él. Eran sus cargas y nadie podía llevarlas en su lugar.
—Lo siento —se disculpó Kaoru con la voz sobrecogida, aunque no estaba muy segura de por qué tenía que hacerlo en realidad.
Kenshin se tensó al escucharla y suspiró en un intento de tranquilizarse. La estaba tomando con ella cuando no tenía la culpa de lo que le pasaba, ni tenía culpa de que se encontrase en un punto en el que le costara tanto controlar sus emociones. Pero, como bien había descubierto en ese tiempo, Kaoru siempre estaba ahí para él.
Levantó su mano y acarició el suave rostro de la joven que estaba atrapando su corazón. No podía apenas verla con la oscuridad, pero sus ojos sí brillaban en la noche. No soportaba verla afligida por su situación cuando tampoco podía hacer gran cosa para ayudarle.
—¿Qué me has hecho, Kaoru? —se lamentó él como si aquello le supusiera dolor físico.
Kenshin terminó de acercarse a ella y la besó suavemente. Kaoru no se resistió, aunque tenía que reconocer que tampoco esperaba que lo hiciese. Ella siempre respondía a sus avances, fueran de la índole que fuesen, para mayor cargo de conciencia. Kaoru pasó sus manos por sus hombros y luego por su cuello en una caricia tierna que erizó su vello.
Teniendo en cuenta lo ansioso que estaba cuando salió al patio, Kenshin no sabía cómo estaba consiguiendo contenerse en ese momento. La cogió por la cintura y la acercó más a él, pegando sus cuerpos y disfrutando del calor que le daba bajo el frío de la noche. Kaoru se abrazó con fuerza a Kenshin, no dejando ni por un instante sus labios; aprovechando cada segundo que podía compartir así con él. Sus lenguas se juntaron en una caricia íntima que les hizo suspirar a ambos.
Y en ese preciso instante, Kaoru tuvo la certeza de que Kenshin la quería.
Estaba padeciendo sus tormentos internos cuando uno de ellos, el que acababa de decirle que se lo estaba complicando todo, podría haberlo saldado la semana anterior. Sin embargo, se había contenido por consideración a ella. A un hombre que no la quisiera le habría importado poco lo que hubiese pasado aquella tarde. Se hubiera desentendido de lo que habría supuesto para una joven mujer soltera como Kaoru y, por supuesto, tampoco habría reparado en su corazón roto.
Pero Kenshin, incluso en la bruma de la pasión frenética que habían experimentado ambos, había tenido el juicio de conseguir detenerse…
Por ella.
Entre la maraña de sentimientos que tenía Kenshin por su pasado y su presente, escondido entre todos ellos, habitaba un amor por ella que no terminaba de identificar, pero que ahí estaba, al fin y al cabo.
—Te quiero —le dijo Kaoru cuando se separó de él. No esperaba ninguna confesión de vuelta, pero ella se sentía bien consigo misma haciéndoselo saber; haciéndole conocedor de lo que él representaba para ella.
Kenshin posó su frente en la de Kaoru y la sujetó por el rostro para mantenerla junto a él. Tenía los ojos cerrados, aún experimentando los ecos de sus suaves caricias.
—Recuerda que al que quieres es al otro Kenshin —replicó con un suspiro en un intento por sonar divertido, aunque aún tuviera la respiración acelerada por el beso que se habían dado; por lo que le hacía sentir cuando estaba con ella.
—También te quiero a ti.
Kenshin abrió sus ojos y la miró fijamente. Seguía sin poder verla con nitidez, pero notaba por sus manos que el calor de sus mejillas aumentaba. Se separó de Kaoru, aunque sin dejar de tocarle el rostro.
—¿Por qué? —le preguntó con genuina curiosidad—. Antes del accidente no nos peleábamos, ni te trataba con la descortesía con la que te trato ahora. ¿Crees que no sé cómo era antes? Nunca era brusco contigo, ni tenía una mala palabra hacia ti. Y por supuesto, mis intenciones contigo eran honestas; no te usaba como lo hago ahora —le dijo pensando en cómo se acercaba a ella, la besaba o magreaba para momentos después alejarse.
Kaoru se irguió y se separó más de él, pero siguió con su contacto visual.
—Te mentiría si te dijera que no echo de menos al viejo Kenshin. —Kaoru le acarició el cuello, más como un gesto mecánico que por hacerlo a propósito, mientras recordaba con nostalgia al Kenshin que había perdido—. Él era pacífico, siempre amable; su compañía era agradable para cualquier persona que estuviera a su alrededor. Era generoso con todo el mundo, no tenía nada contra nadie y siempre buscaba el lado bueno de las personas incluso aunque no confiase en ellas —mencionó con una tibia sonrisa.
Kaoru pudo sentir en sus propias manos cómo Kenshin se tensaba al dejar expuestas las actitudes que amaba del otro Kenshin y diferían de él. Pero su intención no era mortificarle con la comparación. Dejó las caricias y ejerció una ligera presión en sus dedos para mantener su atención.
—Pero también te mentiría si te dijese que no hay nada de ti que me guste más que de él.
—¿Como qué? —cuestionó frunciendo el ceño desconcertado. Siempre hablaban maravillas de su «otro yo» de modo que le parecía impensable que hubiera algo que hiciera mejor que él.
—Muchas cosas —le contestó divertida Kaoru—. Antes, por ejemplo, eras muy servicial. No me malinterpretes: es bastante práctico tener a alguien que siempre está dispuesto a hacer las cosas que se le piden, pero nunca mostrabas si la tarea te gustaba o no. Ahora sé que no te agrada hacer la colada, aunque sí la hagas cuando te toca; mientras que, en cambio, sí sé que te gusta pasar el tiempo en el huerto.
—Me relaja trabajar con la tierra —le explicó él.
—Y a mí, que seas más transparente con tus gustos. Siempre estabas tan predispuesto a todo que nunca sabía qué te gustaba y qué no.
—¿Y por qué verme refunfuñar es mejor que hacer las cosas sin rechistar? —Kenshin no conseguía encontrarle la lógica a eso.
—Porque me deja conocerte mejor. —Kaoru le tocó el rostro al intuir que fruncía el ceño y se rio al acariciarle la frente y notar que estaba en lo cierto—. No te convence mucho mi explicación.
—La verdad es que no. —Kenshin no veía que lo dicho por Kaoru fuese positivo. Era evidente que sólo lo sería para ella por estar enamorada de él de antemano.
—Entonces, ésta te convencerá. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —Kenshin negó con la cabeza—. Que te ocupas de mí.
Kenshin se echó hacia atrás con el ceño fruncido por la confusión, sin entender a Kaoru. Por lo que él recordaba, era muy sobreprotector con ella. De hecho, si algo le pasaba, se subía por las paredes.
—Siempre he cuidado de ti.
—No me estás entendiendo bien —corrigió ella—. Siempre te has preocupado de mi seguridad, pero nunca te has preocupado de mis necesidades.
Kenshin jadeó conteniendo el aliento al pensar en otras necesidades. Se llevó una mano a los ojos y se los frotó intentando alejar esos pensamientos de su mente. Kaoru era demasiado inocente para entender la segunda intención de sus palabras, pero él no pudo evitar pensar en ello y aquél no era el momento idóneo para volver a retomar ese tema.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que quería aprender a cocinar? —preguntó por encima de la turbación de Kenshin, de la cual no se había dado cuenta. Él bajó la mano y volvió a mirarla extrañado—. Desde que tuve que hacerlo por primera vez cuando mi madre murió. Pero nunca te habías preocupado de enseñarme hasta ahora. Tenías razón cuando al día siguiente de despertar me dijiste que debería aprender a cocinar para ser una buena esposa. Siempre había querido aprender a hacerlo, pero nunca tuve a nadie que me enseñara. Tuviste que perder la memoria y convertirte en un Kenshin más desagradable que notara mis carencias de forma negativa para que finalmente me enseñaras.
—Eso no me suena muy bien —dijo ceñudo el aludido por la descripción que había hecho de él.
—El Kenshin amigable nunca criticaba nada, pero tú sí lo haces y, en consecuencia, le pones remedio, para beneficio mío —comentó Kaoru alegre, pero tenía más cosas para decirle y por eso siguió—: ¿Y sabes cuántas veces deseé poder entrenar contigo? —Kenshin negó con la cabeza—. Desde que te conocí, pero igual que antes, nunca habías querido hacerlo.
—¿Y por qué no? —Kenshin estaba muy extrañado con eso. Kaoru era una maestra de kendo; no veía qué problema había ahí.
—Tú sabrás… —contestó ella encogiéndose de hombros—. Cuando te conocí me soltaste una excusa barata de que no sabías pelear con una espada de madera, aunque te he visto usarla más de una vez. Y Yahiko estuvo meses detrás de ti intentando que entrenases con él, pero hasta el verano no consiguió que simplemente hicieras de receptor de sus golpes. Nunca has entrenado con nosotros. Y cuando logré que accedieras a aprender la técnica Kamiya junto con los nuevos estudiantes, me hiciste prometer que nunca te haría pelear contra mí. Supongo que será por temor a hacernos daño, la verdad es que no lo sé, pero lo que sí tengo claro es que son simples excusas tuyas. —Se encogió de hombros por segunda vez—. Pero deberías entender que para un kendoka eres lo que Tsunan para Tae.
—¿Qué? —preguntó perplejo. No había entendido nada de lo último.
—El amigo de Sanosuke, Katsu, era un reconocido dibujante antes de crear su periódico. Tae y Tsubame eran unas seguidoras acérrimas de él. Seguían su trabajo y coleccionaban todas sus ilustraciones. Tú eres una leyenda entre los espadachines. Deberías saber que entrenar contra un «Battosai no asesino» es el sueño de cualquier kendoka.
Kenshin se quedó sin palabras. La miró de hito en hito como si lo que estuviera diciendo fuese la mayor absurdidad del mundo.
—No se me había ocurrido —añadió en un susurro.
—Pues créeme que sí.
—¿Era por eso que, aun teniendo la espalda dolorida por el golpe que te di, seguías tan ansiosa por que volviéramos a pelear otro día? —inquirió al recordar cómo se había mostrado de anhelante Kaoru ante la idea de entrenar en otro momento.
—¡Por supuesto! No iba a dejar que un maldito golpe inoportuno arruinara el que volvieras a entrenar conmigo en un futuro —le contestó como si fuese la respuesta más evidente a su pregunta—. Puede que no te des cuenta, pero tienes bastantes detalles de ese estilo conmigo que antes no tenías; detalles que me hacen sentir mejor conmigo misma y también contigo. —Se quedó por unos segundos pensando otro ejemplo y sólo tuvo que recordar lo del día anterior para tenerlo—: ¡Como lo de ayer! —siguió entusiasmada al caer en ello—. Bromeaste conmigo para hacerme caer en una trampa. ¡Nunca habías hecho nada parecido! —Kenshin sonrió. Para haber sido una persona engañada con el fin de tirarla al suelo, parecía demasiado feliz—. Nunca habíamos jugado así.
—Nunca había podido hacer algo así con Tomoe —dijo él acordándose también de ese momento tan espontáneo con ella y siguiendo el hilo de las confidencias—. Pero contigo todo es distinto. Tomoe era una buena esposa; su madre podría estar orgullosa de haber enseñado a su hija a ser la esposa perfecta incluso dejándola huérfana tan pronto. Era tranquila, siempre serena; nunca levantaba la voz, ni se quejaba por nada, y sabía encargarse con eficiencia de todas las tareas de la casa. Sin embargo, muchas veces habría querido poder hacer otras cosas con ella. —Kenshin pasó el dorso de su dedo índice por la mejilla de Kaoru trazando una ruta hasta su barbilla y, desde allí, lentamente lo deslizó por su cuello y garganta hasta donde llegaba su yukata. Kaoru tembló por la caricia y Kenshin suspiró—. Nunca pude conseguir esta reacción con ella y contigo, en cambio, es tan fácil…
—Kenshin… —murmuró ella al ver que el hombre se estaba emocionando.
—Es tan fácil hacerte reír y tan fácil saber cuándo estás alegre…
Kaoru le cogió la mano y la apoyó contra su pecho cuando éste empezó a encogerse por sus palabras.
—No tengo que imaginar nada contigo o intentar deducir cómo te sientes. Me encanta eso de ti, porque en todo momento puedo saber cuándo eres feliz; y cuando tú lo eres, yo también lo soy.
Kenshin la acercó a él hasta apoyarla contra su pecho y le pasó la mano por el cuello para darle suaves caricias.
—Te conozco desde poco más de un mes y puedo hablar de muchas cosas contigo, sin pensar si es apropiado o no —continuó—. Con Tomoe no pude hacerlo hasta casi el día en que murió. Aunque ella vivió conmigo en un tiempo en que fui un asesino, no podía hablar con ella de eso —añadió con un tono demasiado cercano a la queja—. Siempre hacía que me cuestionara mi modo de vida y eso es algo invaluable para mí. Evitó que me consumiera mi sed de sangre y me ayudó a centrarme de nuevo en mi verdadero objetivo. —Algo por lo que le estaría agradecido hasta el día de su muerte—. Pero nunca pude desahogarme con ella. En cambio, tú, siempre me estás preguntando en qué pienso o cómo me encuentro —suspiró, con cierto aire de resignación—. Incluso te enfadas si no lo hago. —Lo cual, había pasado, sin ir más lejos, unos minutos antes, cuando había puesto al tanto a Kaoru de su insomnio—. Sin embargo, Tomoe… no se preocupaba mucho por cómo me sentía por lo que me pasaba —dijo con un nudo en el pecho, pues era algo de lo que no se había percatado hasta que conoció a Kaoru—. Así que, al final, fue una carga que tuve que llevar yo solo todo el tiempo que duró mi matrimonio —terminó diciendo con un semblante matizado por la pena.
Kaoru le acarició el rosto queriendo borrar su expresión y cambiarla por una menos angustiada.
—Ésta es otra de las cosas que me gustan de ti —adujo ella—. No tienes tantos problemas para hablar de cómo te sientes. En ese aspecto siempre eras muy reservado, en cambio, ahora, es más fácil oírte hablar de tus sentimientos. Dices que te gusta no tener que deducir cómo me encuentro, pero lo mismo me pasa contigo —expuso ella con un asomo de sonrisa mientras la opresión en el pecho crecía según hablaban. Aunque habían sacado a relucir varias veces qué cosas no les gustaba del otro, era la primera vez que se sinceraban en justo lo contrario: en lo que sí les gustaba.
Kenshin suspiró mientras deslizaba sus dedos por los labios de Kaoru que habían dibujado una sonrisa en su rostro. Las adoraba; era tan reconfortante tener al lado a una mujer risueña que expulsara por sus poros una energía tan positiva…
—¿Sabes otra cosa que me encanta de ti? —Kaoru negó con la cabeza, emocionada por la conversación que estaban manteniendo—. Tus sonrisas. Hacen que mi corazón lata a otro ritmo. Un buen hombre murió porque Tomoe nunca sonreía; pero tú siempre te muestras alegre, con tanta vitalidad… Sólo verte me hace sonreír al igual que lo haces tú.
Kaoru se abrazó más a Kenshin, con las lágrimas en los ojos a punto de derramarse. Quizás Kenshin no entendiera lo que estaba diciendo, pero era una declaración en toda regla. Por si le hubieran quedado dudas por sus acciones pasadas con ella. Kenshin la quería, aunque aún no se diera cuenta de ello. De hecho, le parecía sorprendente que él tuviera dudas después de abrirle su corazón de esa manera.
Se quedaron durante varios minutos abrazados mientras el viento soplaba con suavidad alrededor de ellos, en el silencio absoluto de la noche, sólo escuchándose dos corazones latiendo al unísono. Amaba con locura a ese hombre y empezaba a asimilar que volvía a ser recíproco.
La luna atravesó un pequeño claro entre las nubes y su pálida luz les iluminó por unos momentos. Kaoru se separó un poco de él para poder observarle y, con asombro, vio que Kenshin estaba conmovido, con los ojos tan brillantes como los de ella por las lágrimas contenidas. Pero lo que más le sorprendió fue el tenue color dorado de sus ojos que pudo apreciar aun estando sus pupilas dilatadas por la oscuridad. Cuando sus emociones salían a relucir, sus ojos llameaban como el fuego. Sin embargo, en ese instante, mostraban un color apagado que no era debido ni a la oscuridad de la noche ni a la escasa luz proveniente de la luna.
—¿Estás triste por pensar en ella? —preguntó Kaoru con un nudo en la garganta.
—No, no me entristece recordarla. Tú misma me lo dijiste: Tomoe representa una parte buena de mi vida. No debería torturarme por ello.
Kaoru sonrió, aunque entonces siguiera sin comprender aquella mirada que tenía. Posó su mano en su mejilla y, con cuidado, rozó sus labios con los de él en un tierno beso. Que Kenshin se lo devolviera cuando acababa de mencionar a su esposa fue para Kaoru una buena señal. Tenía que ser un indicador de que estaba suavizando las asperezas de su pasado.
Kenshin profundizó el beso y al poco tiempo comenzó a sentirle ansioso; igual de desesperado que le había sentido otras veces. Sus manos la acariciaron por encima de sus ropas, aunque ambos hubieran deseado que no hubiera tela de por medio y poder sentir así su contacto. Kenshin abandonó sus labios y comenzó un reguero de besos hacia su cuello, y cuando se quedó sin piel que besar, con su mano retiró parte del yukata dejando su hombro expuesto.
Kaoru jadeó al sentir el frío de la noche sobre su piel siendo acariciada por la boca de Kenshin. El hombre la sujetó con fuerza cuando notó que sus piernas empezaban a temblar bajo las sensaciones que le transmitían sus caricias. Pero ella tampoco se quedó ociosa: una de sus manos libres se metió por dentro de su ropa para tocarle el torso. Deslizó sus dedos suavemente por él, aunque sintió más seguridad en su toque cuando pasó hacia su espalda por debajo de su brazo.
Kenshin siseó al sentir sus fríos dedos recorriendo su cuerpo, pero aquello no le hizo cejar en su empeño de besar cada parte de Kaoru a la que tuviera acceso.
—¿Por qué tienes calor? Yo me estoy quedando helada con el frío que hace —comentó entre suspiros Kaoru al sentir la piel caliente de Kenshin.
El pelirrojo se mordió el comentario de «tú me calientas», pero no pudo evitar sonreír a pesar de todo por la idea. En cambio, sí que pasó su mano libre por la espalda para arrimar su cadera contra la de él y que notara la excitación que estaba despertando en él.
—No puedo sentir frío cuando te tengo cerca. —Le pareció que aquél sería un comentario más comedido que el primero que había cruzado su cabeza tras la pregunta.
Volvió a besarla en los labios con una intensidad feroz. Kaoru tenía la habilidad de incendiarle la sangre con un simple gesto o una sencilla caricia. La probó de nuevo en un combate particular que sabía que ganaría. Aunque fuese diestra para aprender los entresijos de ese tipo de lucha, aún no controlaba el aspecto básico de cómo conseguir aire cuando le quemaban los pulmones.
Kaoru se separó jadeando en un vano intento por recuperar el aire, pero Kenshin no le dio respiro. Quería saborearla, sentirla, acariciarla… Era tan placentero besar a esa mujer y despertaba tantas sensaciones en su cuerpo, que era como una droga para él. Kaoru era excitante y reaccionaba con pasión a su contacto prendiendo las llamas de su deseo.
Cuando Kenshin descubrió a su mano vagando por el nudo del obi* de la chica, se separó de ella como si quemara. A él también le faltaba la respiración, aunque un minuto antes se hubiera vanagloriado de tener más dominio que ella. Kaoru le miró con los ojos obnubilados por la pasión del momento, pero no tardó en conseguir enfocarlos en él cuando fue serenándose.
—Como ves, ni siquiera estar en medio del patio me detiene —le recordó Kenshin sus palabras sobre la seguridad que le daba estar al aire libre.
—Pero sí lo has hecho, ¿no? —le replicó ella haciendo ver que en el fondo tenía razón.
—No tienes idea de con qué estás jugando. Si sigues tentándome así, te acabarás quemando —le advirtió de nuevo.
Kaoru dio los pasos hacia Kenshin que él había puesto entre ellos al separarse y le cogió una de sus manos. Le temblaba terriblemente. Kenshin inspiró hondo para controlarse, pero no era fácil cuando ella seguía a su lado incitándole.
—Te cuesta dominarte.
Kenshin soltó la mano que le sujetaba y se la llevó al rostro para frotarse la frente.
Y Kaoru entendió algo más sobre ese deseo que asolaba a Kenshin y que no entendía cómo funcionaba. Se había pasado días evitando hacer tareas rutinarias delante de él al no saber qué podía desembocar en esas miradas sexuales que le enviaba, cuando no era hacer las tareas en sí las que lo provocaban. Era ella: hiciera lo que hiciese. Por eso cada vez se encontraba teniendo que detenerse más a menudo en lo que hacía: porque cada vez estaba más ansioso por tenerla.
—Otra cosa más que me encanta de ti —le confesó Kaoru de pronto, lo cual hizo que Kenshin le prestara total atención—. Nunca me habías tratado como si fuese la mujer más deseable que hubieras conocido. Me querías; lo sé. Pero nunca me habías hecho reaccionar así. Nunca me habías besado ni tocado como si fuese la única vez que pudieras hacerlo.
—Kaoru… —susurró perplejo por sus palabras.
—Es excitante, y me haces sentir tan viva… Adoro esa sensación.
Kenshin gimió y cerró los ojos con desesperación.
—No deberías saber esas cosas —se lamentó él.
Kaoru era una joven inocente que debería haber seguido en la ignorancia de los placeres carnales hasta que se hubiera casado. Pero como el animal sin control que era, se había echado sobre ella y, para mayor mortificación, cada vez era menos capaz de quitarle las manos de encima.
—Pero a mí me gusta cuando no puedes contenerte.
Kaoru se acercó y le pasó las manos por el cuello. Kenshin la miró absorto, sin terminar de comprender cuándo ella había aprendido esas artes de seducción. Sin embargo, la conclusión a la que llegó pocos segundos después fue de lo más inquietante: no las había aprendido, le estaban saliendo de forma natural, y aquello sólo podía conllevar a la destrucción de la paz mental de cualquier hombre. Si Kaoru aprendiera artimañas, estaría perdido.
—Me fascina saber que puedas desearme hasta ese punto. —Kaoru terminó por abrazarle y juntó su cuerpo al de él—. Nunca me habías hecho sentir así.
Kenshin notó que toda la sangre se concentraba en un lugar muy concreto de su cuerpo y tuvo que separarse de ella de nuevo como si quemara. Sólo que esta vez, para él sí que quemaba.
—Por Dios, Kaoru. No me puedes decir esas cosas —dijo casi jadeando por la excitación.
Kaoru le tocó el rostro y, aún con la escasa luz de la luna al atravesar las nubes, supo que ella le miraba los labios con intención de besarle. Le brillaban los ojos y escuchó cómo su respiración se aceleraba al igual que le estaba ocurriendo a él. La vio humedecerse el labio inferior y, para Kenshin, aquello fue una invitación irrechazable.
La deseaba… Dios, ¡cómo la deseaba…!
En lo único que podía pensar era en darle lo que quería; justo como hacía un momento Kaoru se lo había detallado…
Y se abalanzó hacia ella.
—Kenshin… Kaoru —les llamó Yahiko apareciendo por la puerta que daba al patio y haciendo que se separaran abruptamente los dos adultos—. He recogido todo y me voy a la cama. Sanosuke y Megumi se han marchado casi sin despedirse. Me han dicho que habían recordado que tenían otra cosa que hacer y que se iban. Os veo mañana.
Kenshin gimió al recordar el porqué de que en un inicio hubiera acabado en el patio. Como si necesitase de esa imagen concreta ahora mismo, pensó con sarcasmo. Los dos habían estado en la cocina disfrutando de los placeres maritales y, cómo no, habían huido antes que dar la cara ante los que sí sabían lo que habían estado haciendo ahí dentro.
—No puedo seguir así —masculló para sí Kenshin pasando por delante de Kaoru en dirección a la casa y sin mirarla.
—Kenshin… —susurró ella al verle cruzar tan indispuesto, pero ni se paró ni obtuvo respuesta de él.
Kaoru permaneció en el patio sin moverse mientras veía alejarse su espalda hasta que desapareció dentro de la casa. El viento volvió a soplar suavemente a su alrededor, aunque ahora estaba sola en el jardín pensando en lo sucedido.
La tranquilidad de Kenshin había durado bien poco. Había salido fuera alterado y se había marchado del mismo modo. Como había deducido, era ella la que con su presencia perturbaba tanto a Kenshin, y acababa de descubrir el poder que tenía sobre sus emociones. Nunca lo habría imaginado, pero, analizando la situación, no les quedaba mucho margen de maniobra: o bien se marchaba de casa —cosa que no estaba dispuesta a permitir—, o terminaba de aceptar lo que ella representaba para él.
De lo que sí estaba segura era de que estaban de acuerdo en algo: no podían seguir así.
Notas del fic:
*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.
*Obi: Faja de tela que se lleva sobre el yukata o el kimono.
— * —
Fin del Capítulo 22 - 8 Agosto 2013
Revisión - 19 Junio 2022
Desvaríos obviables de la autora:
Adoro este capítulo *o*, pero sobre todo porque, como autora, me impactó mucho escribirlo, pues ni yo misma me había dado cuenta de esta confluencia de cosas positivas por ambas partes. Alguna vez ya lo he comentado (no sé si aquí o en otros fics), pero mi subconsciente escribe muchísimo mejor que yo. A lo largo de los años, he aprendido a no llevarle la contraria y, por eso, si una escena me aparece en la cabeza, aunque no sepa para qué, yo la escribo. Este fic me abrió muchísimo los ojos con ello porque fue donde me pasó a cada rato: que yo quería guiar a los personajes hacia un lado y se me iban a otro.
Esta es la primera historia (y creo que la única) que la empecé sin saber su final. A la deriva. Y recuerdo que el inicio fue horroroso. Kenshin se quería largar de Tokio todo el tiempo, y yo: "que no, que cómo te vas a ir, que no quiero dejar esta historia con los dos separados". Y al final se llevaban tan mal, que tuve que hacer caso y que se marchara. Y fue para bien, porque él volvió con otra perspectiva para encarar a Kaoru. Luego salió lo de que la enseñaba a cocinar y nunca me lo planteé como si eso fuese algo bueno o malo, aunque había escenas recurrentes de ellos cocinando como algo cotidiano (y eso me tendría que haber dicho algo ¬_¬º). O como cuando entrenan juntos y juegan y se gastan bromas. Eran escenas que yo interpretaba más bien como parte de esa diferenciación entre los dos Kenshin, pero no como algo que podría hacer que Kaoru se volviera a enamorar de él (se supone que ya lo estaba :-/ , Kenshin no tenía que hacer mucho esfuerzo ^_^º). Y para mí, que saliera todo en este capítulo fue como: "joé, que llevo 22 capítulos escribiendo y acabo de darme cuenta de todas estas cosas buenas de este Kenshin O_o". Es que flipé mogollón O_o y de ahí que me encante tanto este capítulo ^_^º
Lo he dicho un millón de veces: desde mi perspectiva, este no es para nada uno de mis escritos favoritos, aunque soy consciente de que para la gente que me lee es lo contrario. Pero si algo puedo agradecer a esta historia fue esa valiosísima lección que aprendí y que me ha ayudado muchísimo en mis siguientes historias. Ahora dejo muy suelto a mi SubC XD
En fin, espero que os haya gustado el capítulo ;-D
¡Saludos!
