CAPÍTULO 23: Declaración de intenciones


Comentarios a los reviews:

Kaory1: Kenshin anda un poco lento, porque aún no se entera de lo que hay por su parte... pero le falta... el capítulo de hoy ^o^. Hoy la cosa viene calentita ^o^

TamashiHimura: Me alegra que te esté gustando tanto el desarrollo de los personajes en este fic *o*

Ceres Ryu: Sí, en el capítulo anterior por fin son conscientes de las cosas buenas de ambos. Ahora, sólo hace falta que "alguno" haga clic en su cabeza XD

Anto: Me alegra saber que también os gustó a vosotras. Para mí, el Cap22 es de lo mejorcito de este fic *o*. Kaoru por fin ve que Kenshin sí la está «contemplando» más allá del supuesto «ser mejor o peor que Tomoe». Kaoru es diferente a Tomoe y cada una tiene sus cosas buenas y sus cosas más. No es una batalla. Y Kenshin, por su parte, ve que Kaoru le valora a él, no sólo al Kenshin que perdió. Es bonito ver que al fin se sinceran sobre el momento en que se encuentran ambos *o*. De la saga de Hokkaido, no la he leído, así que no te puedo decir. Mis historias de este fandom se basan en hasta donde finalizó el manga original.

YokoGH: Sí, se ha confesado y él ni se ha enterado XD. Menos mal que Kaoru no es tan lenta XD.

Guest2: Pobre Yahiko, encima que va todo inocente a avisarles de que se va a dormir XD ¿Qué culpa tiene él de que los adultos quieran hacer cosas indecentes en medio del patio? XD . La respuesta a tu comentario viene a ser parecida a la de Anto, pero sí, en este capítulo ambos por fin entienden que no tienen por qué verse como rivales de una esposa fallecida (para Kaoru) o una versión más madura (para Kenshin). Son diferentes, pero eso no les hace ni mejores ni peores.
En cuanto a la versión vieja, pues sobre todo, se han mejorado diálogos para darles más fluidez (pero la historia es la misma, vamos) y el personaje de Kenshin está un poco más trabajado. Igual que aquí, tenía sus salidas bruscas y su inestabilidad emocional, pero me quedó claro que la gente se lo achacó a la personalidad más cruda de Battosai que al hecho de estar viviendo el caos emocional de perder sus recuerdos, tener un síndrome postraumático de la leche por la guerra y la muerte de su esposa «más reciente» que el Kenshin de 28 años. Eso lo he mejorado para que se vea que no es más brusco porque sí ^_^º
Sobre otras historias de la pareja, pues tengo varias, así que siéntete libre de leerlas XD

Estefi: Sí, ha costado sacar la reedición de esta historia, pero ya está, después de 4 años por fin estará de nuevo completa para que la leáis y releáis y la rererereleáis XD. Me alegra que te esté gustando la versión nueva... sobre todo, por el trabajo que me ha llevado XD Así no ha sido en vano ;-D (para mí, al menos, no lo ha sido: me gusta mucho más ahora *o*).

CinthKitty: Pues como no se te quite pronto el enganche de querer leer más... es que sólo quedan 2 capítulos aparte de éste XD Te vas a quedar con ganas XD. En cuanto al capítulo de hoy, como ya he mencionado antes, hoy viene calentito ^o^

PrettyKaoru: Sí, sé que hay gente a la que no les hace mucha gracia la parte de Sanosuke y Megumi. Pero en la propia descripción del fic ya ponía que era de los dos, así que iban a aparecer. Lo cierto es que esta pareja no me «apasiona» hasta el punto de querer hacerles una historia propia, pero sí quería arrejuntarlos en algún fic como secundarios y fue en éste ^_^º
En cuanto a Kenshin y Kaoru, lo he comentado en mensajes anteriores y por eso no quiero repetirme mucho, pero sí, es bonita esta escena donde ponen sus sentimientos encima de la mesa y al fin «se entienden». A fin de cuentas, cada uno pensaba que el otro sólo tenía ojos para su rival (Tomoe para Kaoru y Kenshin maduro para el desmemoriado XD). Y de repente ven que se han «re-enamorado» *o*. Por eso me gusta tanto este capítulo *o*

DULCECITO311: Pues sí, si no hubiera habido una tregua en ese entonces, estos dos no acaban bien. Pero eso consiguió llevarnos hasta aquí y de ahí que pudieran verse con otra perspectiva *o*

Gracias a todas por los reviews ;-D. Espero que os guste el capítulo de hoy ^o^


CAPÍTULO 23: Declaración de intenciones

Kaoru apoyó la frente contra la puerta cerrada que tenía delante. Nunca había estado tan indecisa en la vida, pero no por la decisión que había tomado, sino por cómo sucedería.

Suspiró de nuevo. Era la enésima vez que lo hacía desde que había llegado allí. Había perdido la cuenta de los minutos que llevaba plantada delante de esa puerta. Pero no podía dormir después de la conversación que había tenido con Kenshin en el jardín. Intuía que sus cargas estaban atormentándole, pero no esperaba que le estuvieran consumiendo.

Meditando entre todas las vueltas que había dado en el futón, había llegado a la conclusión de que, si ella sólo veía dos alternativas al problema, Kenshin podría sólo ver la de marcharse.

Y si él se iba de su casa, le habría asestado un golpe más eficiente que el de su espada.

Inspiró hondo y, soltando el aire con lentitud, deslizó la puerta con suavidad. Al hacerlo se iluminó tenuemente la habitación con la lámpara que traía y vio que el futón estaba deshecho pero vacío.

—¡Mierda! —exclamaron por lo bajo desde la otra punta de la estancia. Kaoru miró hacia donde venía la voz y se encontró en el extremo más alejado de la puerta a Kenshin, con los brazos cruzados y en una actitud defensivo-agresiva clara—. ¡Lárgate de aquí!

Kaoru no le hizo caso y entró dentro, dejando la lámpara en el suelo al lado de la puerta cerrada.

—Por un momento pensé que te habías marchado.

—¡Y debería haberlo hecho! —protestó Kenshin—. ¿Qué demonios haces aquí?

—Quería hablar contigo —dijo con suavidad Kaoru.

—Puedes hacerlo mañana —espetó de manera brusca.

—Estoy preocupada por lo que me has dicho antes —siguió ella sin hacerle caso—. Tienes muchas cargas encima y yo no quiero ser una de ellas.

—Bueno, no hay mucho que puedas hacer. Es lo que hay, así que ahora vete —le ordenó.

No podía ni empezar a imaginar qué diablos se le había pasado por la cabeza a Kaoru para presentarse en plena noche en su cuarto.

O estaba loca o era una inconsciente.

Kaoru no contestó nada, en cambio, sí empezó a acercarse a él y Kenshin jadeó en cuanto dio el primer paso. No sabía el tiempo que llevaba contra esa pared. En cuanto había notado a Kaoru detenerse ante su puerta, se había levantado del futón y alejado lo más posible. Si hubiera podido salir por otro sitio, habría huido lo más rápido que le hubieran llevado sus pies. Pero Kaoru estaba en la única puerta y se había encontrado, de repente, encerrado en su propia habitación.

—No te acerques —le advirtió con su voz más autoritaria. Kaoru le hizo caso por fin—. Tienes que irte de aquí ahora mismo.

—No me gusta verte así. No soporto esta situación, ni tampoco podemos seguir así.

—No… —susurró Kenshin dándole la razón.

—Nuestra vida ha cambiado por completo. Ni siquiera puedes estar cerca de mí sin alterarte. —Kaoru volvió a moverse para quedarse a un par de pasos de él. Kenshin estaba tan tenso contra la pared que podría haberse fundido con ella—. Te quiero, y por eso me duele que me evites. No creo que entiendas lo difícil que es para mí saber que soy la causante de que tengas esa necesidad de alejarte de mí, pero que, a la vez, te angustie tener que hacerlo. No puedes estar conmigo, pero tampoco parece que te funcione que no lo estés. —A Kenshin se le cayó el alma a los pies en cuanto vio que Kaoru estaba a punto de echarse a llorar—. No quiero seguir siendo una carga para ti.

—¿Quieres que me marche? —propuso él, pero Kaoru negó con la cabeza bajando la mirada al suelo.

—No me escuchas. Acabo de decirte que estoy enamorada de ti, ¿y piensas que quiero que te vayas?

—Kaoru… —susurró Kenshin.

No podía creer que tuvieran esa conversación a esas horas. Definitivamente, era una inconsciente. Para estar diciéndole que no quería ser una carga para él, no parecía darse cuenta de lo que suponía para Kenshin que la mujer que deseaba fervientemente le dijera que le amaba.

No estaba en sus cabales… y no lo decía por ella. Andaba con los nervios desquiciados día sí día también como para que ella le provocara de esa manera. No parecía darse cuenta de lo precario que era su temple y que, si no se marchaba en breve, daría los escasos pasos de distancia que los separaban y le haría lo que llevaba semanas queriéndole hacer.

—No quiero verte sufrir más.

Kaoru levantó sus ojos y los fijó en los de él. A la tenue luz de la lámpara de la entrada, Kaoru tenía un aspecto dorado que la hacía irresistible para él. Sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas y un ligero sonrojo apareció en sus mejillas. Tenía las manos enlazadas al frente, como si no supiera qué hacer con ellas, y Kenshin tuvo que cerrar los ojos para intentar alejar esa imagen incitante de su cabeza.

—Dime, Kenshin, ¿eso acabaría para ti si pasamos la noche juntos?

Abrió los ojos al instante por la sorpresa. Kaoru no podía estar insinuando hacer lo que se le había cruzado por la mente con esa pregunta. Pero en cuanto fijó su vista en ella y vio que se sonrojaba más a la vez que bajaba su mirada al suelo, supo con certeza que sí: lo había sugerido.

Nunca había sentido algo parecido. Sus palabras habían hecho que una corriente eléctrica circulara por su cuerpo concentrándose en su miembro ante la expectativa de estar con ella, pero, al mismo tiempo, se había quedado blanco de la impresión. ¿Qué era todo aquello? O peor, ¿qué demonios se le había pasado por la cabeza a Kaoru para decir algo así? «¿Kenshin está irritable; sacrifiquemos a una virgen para aplacar su ira?».

—¡Maldita sea, Kaoru! —se quejó de mala manera—. Esto no es un juego. No puedes venir aquí a estas horas así vestida y decirme algo así. —Kaoru miró con cierta confusión su atuendo: era la yukata* que utilizaba para dormir; no tenía nada de especial—. Esto no es algo que puedas decidir de repente.

—¿Crees que lo he pensado ahora mismo? —repuso ella ante su reprimenda—. Lo hice antes de salir de mi habitación.

Kenshin se quedó mudo al escuchar esa declaración de intenciones meditada incluso antes de haber entrado allí. Sólo podía aferrarse a la idea de proteger a Kaoru de él mismo mientras ella colaborara en que así fuese. Pero no podría luchar contra una Kaoru dispuesta a hacerle caer en la tentación. No podría resistirse a saldar el único de sus tormentos al que sí le veía solución.

Tenía que salir de allí.

Kenshin se deslizó por la pared al tener a Kaoru obstaculizándole el paso hacia la puerta. Si conseguía andar dos tramos de pared, acabaría en la puerta, saldría de allí y no se volvería a acercar en días a esa casa. Sin embargo, Kaoru lo siguió impidiendo llevar a cabo sus intenciones.

—Esto no está pasando —masculló para él mismo.

No podía ser verdad que tuviera a Kaoru en su habitación instándole a hacer el amor con ella. Kenshin empezó a tener dificultades con la respiración. Sentía que con cada latido se ahogaba más sólo de tener cerca a Kaoru. Si ella seguía allí ofreciéndole lo que llevaba tantos días ansiando, no podría contenerse.

Kenshin sintió cómo todo su cuerpo comenzó a temblar de anticipación.

—Te mereces más que un revolcón a medianoche. ¡Sal de aquí!

Kaoru frunció el ceño por su elección de palabras.

—¿Un revolcón? —preguntó desconcertada. Era la primera vez que escuchaba ese término para un aspecto sexual, pero entendió que no era bueno por la forma en la que lo dijo.

—Sí —contestó con más determinación. Tenía que desincentivar a Kaoru de sus intenciones, y si para eso debía ser brusco con ella, por supuesto que lo sería—. Te tiraría sobre el futón y terminaría lo que no hicimos la semana pasada. Sin contemplaciones, de forma rápida y sin delicadeza. Créeme que querrías que tu primera vez fuese con alguien que quieras y que a la vez te quiera.

Kaoru le miró atentamente, pero no parecía amilanada. Su falta de reacción ante las duras palabras hizo que Kenshin se pusiera más nervioso aún.

—Al final, estaba más a salvo de lo que creía.

—¿Qué? —cuestionó muy desconcertado el hombre.

—Después de tu amenaza de la semana pasada, he estado evitando permanecer solos en un mismo sitio. Pero míranos ahora: es de noche y estamos los dos solos en tu habitación. ¿No recuerdas lo que me dijiste?

Por supuesto que lo recordaba, y sólo de pensarlo su miembro se puso más tenso. Kaoru estaba causando estragos en su cuerpo.

—Ahora ¿quién no escucha a quién? —le recriminó por ignorarle de aquella manera e intentando pasar por encima de su pregunta.

—Te he oído, pero no veo cuál es el problema porque tú sí me quieres —contestó confiada dejando a Kenshin sin palabras.

—No te quiero… —susurró tiempo después. Y tardó tanto tiempo en decirlo que incluso él supo que Kaoru no le creería. Diría cualquier cosa con tal de sacarla de la habitación, pero debería haber sido más rápido si quería que sus palabras tuvieran realmente efecto.

—¿Y por qué te importa tanto lo que me pase, entonces?

—Porque no sabes lo que dices. No quieres esto.

—Ya te he dicho que lo decidí en mi cuarto.

—De eso nada. Te has pasado delante de la puerta media hora.

—No creo que fuese media hora —replicó Kaoru, la cual no sabía cuánto tiempo real había pasado ahí fuera, aunque dudaba que fuese tanto—. Pero, de todas formas, no estaba indecisa por eso. Quiero hacer esto, Kenshin… Por los dos.

Kenshin maldijo y, con la poca fuerza de voluntad que le quedaba, intentó esquivar a Kaoru para salir de allí. Por desgracia, ella fue más rápida y le cogió del brazo en cuanto pasó por su lado. Tiró de él para girarle hacia ella y, antes de que se diera cuenta, se había abalanzado contra él y le besaba con fuerza.

Kenshin perdió la cabeza en el acto.

La empujó con furia contra la pared y la arrinconó allí. La besó con una desesperación que hizo jadear a Kaoru cuando se soltó de su beso para coger aire. Kenshin metió su mano por su negro pelo suelto y se deleitó con su suave tacto. Kaoru hizo lo propio y le soltó la cinta que ataba el de él. La tiró al suelo y ensortijó sus dedos con los mechones sueltos de su pelo rojo.

Kenshin volvió a besarla con pasión y apretó todo su cuerpo contra el de ella para que sintiera su excitación. Lamió sus labios, los chupó y arrancó suspiros de Kaoru con cada caricia. Llevó sus manos a la tira de tela que cerraba su yukata y, pocos segundos después, los laterales de la prenda se abrían revelando parte de su cuerpo. Estaba demasiado distraído besándola como para detenerse a mirarla, pero gruñó de excitación en cuanto sitió la piel de su cuerpo bajo sus dedos. Kenshin estaba tan excitado que, si no se contenía, acabaría estallando.

Kaoru expulsó el aire con dificultad al sentir las manos de Kenshin tocarla con unas caricias que exigían todo de ella. Cada una de ellas le enviaba una corriente hacia su vientre que en respuesta hacía que se humedeciera más entre sus piernas. Era una sensación adictiva a la que no quería poner fin.

—No habrá vuelta atrás —dijo Kenshin con voz ronca en su oído. Ella no podía decir nada con la agitación que soportaba su cuerpo en ese momento—. No me detendré ni aunque me lo pidas.

Kaoru supo que ésa era la última oportunidad que le proporcionaba Kenshin de salir de allí tal y como había entrado. Pero ella se encontraba en un punto en el que no quería contenerse. Quería seguir adelante y volver a experimentar aquel placer que le había mostrado la semana anterior. Estaba segura de que Kenshin se encontraba en la misma circunstancia… no, en peores circunstancias. Llevaba deseándola muchos días, con una tensión que se acumulaba alrededor de él hasta el punto de suponerle una tortura. E incluso después de haberle advertido de que no tendría consideración con ella en un futuro, seguía queriendo asegurarse de que estaba bien.

Si aquello no era una prueba de amor, no sabía qué podría serlo.

Con su mano entre su pelo, giró su cabeza hacia ella y le besó. Kenshin no necesitó más indicaciones y la ayudó a sacar sus brazos de la yukata dejándola desnuda ante él. Kaoru se centró de mientras en el nudo de él y, poco después, Kenshin también permitió que la prenda se deslizase por su cuerpo dejándole desnudo.

En cuanto quedó libre, la izó y la llevó hasta el futón donde la dejó tumbada con él encima de ella, apoyándose en los codos para evitar que todo su peso quedara sobre ella. Kaoru separó más las piernas y Kenshin se acomodó entre ellas. Su miembro rozó la intimidad de la joven y sitió la humedad que allí había. Gimió al notarlo, sabiendo que Kaoru estaba receptiva a tenerle dentro. Deslizó una mano por su cuerpo hasta encontrar con sus dedos la abertura y ella se sobresaltó en cuanto acarició el capuchón que lo resguardaba. Kenshin se irguió sobre su otro brazo y contempló a Kaoru memorizando cada parte de su cuerpo y cada una de las reacciones a sus caricias.

Era una mujer preciosa: con unos senos erguidos que le incitaban a tocarlos y morderlos, una cintura delgada y caderas redondeadas. Las curvas de su cuerpo eran una delicia para cualquier hombre y en esos momentos era él quien las disfrutaría. Aquella visión le envió otro ramalazo hacia su erección haciendo que quisiera entrar en ella.

Introdujo un dedo en el estrecho canal de Kaoru y, antes de que se diera cuenta, ella explotó entre la bruma del orgasmo. A Kenshin le pilló desprevenido; estaba tan extasiado contemplándola, que no se había dado cuenta de que ella estaba ya en la cima. La besó para contener sus gritos de placer y evitar así que Yahiko se despertara. Sintió cómo el cuerpo de Kaoru aprisionaba su dedo en contracciones poderosas que llevaron a Kenshin a la locura. Él deseaba sentir esas contracciones sobre su miembro, no sobre su mano.

El cuerpo de Kaoru aún temblaba con los rastros del clímax cuando por fin se separó de sus labios. Le besó el cuello, pero lo dejó rápidamente para concentrarse en los pechos que al fin estaban a su alcance. Los chupó y los mordió, y pronto Kaoru volvió a reaccionar saliendo de la turbación tras el orgasmo. Sus manos retomaron las caricias sobre su espalda, pero Kenshin estaba demasiado estimulado como para añadir más sensaciones. Si quería aguantar un rato más con ella, tenía que detenerla.

Con gran reticencia se separó del pezón que estaba succionando y, cogiéndole ambas manos, se las puso por encima de su cabeza. La nueva postura hizo que sus pechos se alzaran y Kenshin jadeó al verlos. Fue imposible para él evitar volver sobre ellos.

—No muevas las manos de ahí —le exigió con la voz cargada de emociones.

Los amasó con determinación, los lamió con más contundencia y los succionó con fuerza haciendo que se enrojecieran y ofreciéndole así una visión que difícilmente borraría de su memoria.

Kaoru no paraba de retorcerse con su nombre entre los labios ante la intensidad de las caricias. Sentía que Kenshin perdía el control y la atormentaba en respuesta a todos aquellos días que ella había hecho lo mismo con él aun sin saberlo. Cuando se cansó de torturar sus pechos, siguió por todo el cuerpo: por sus brazos, por su vientre, por sus piernas… La besaba con tanta pasión que no la dejaba hilar dos pensamientos seguidos.

Volvió a sentir que Kenshin introducía, esta vez, dos dedos en ella con un movimiento que encendía todos sus nervios. No pudo evitar llevar una de sus manos hasta él. Necesitaba tocarle y sentirle como él hacía con ella.

—No te muevas —le ordenó autoritario.

Kaoru lloriqueó por la exigencia, pero le hizo caso y volvió a juntar sus manos por encima de su cabeza. Sin embargo, no era capaz de dejar su cuerpo relajado. Lo tenía en tensión y se retorcía con cada empuje de los dedos de Kenshin. Sentía que, de nuevo, esa energía que la recorría antes de estallar volvía a concentrarse entre sus piernas. Kenshin se entretuvo besando su vientre y notó cómo poco a poco bajaba hasta el punto que acariciaban sus dedos. Formarse esa imagen fue más de lo que pudo aguantar y sitió que, por segunda vez, caía entre los espasmos del placer.

Kenshin se separó de ella de nuevo y maldijo al verla entre los brazos del orgasmo de nuevo. Kaoru respondía a sus caricias con una facilidad pasmosa.

Y cualquier intención de seguir disfrutando con ella se vino abajo en ese momento. No podía esperar más.

Cuando las contracciones remitieron, siguió acariciándola suavemente con los dedos mientras trepaba por su cuerpo hasta alcanzar sus labios. Kaoru estaba casi desfallecida después de ese segundo clímax, y sintió que su cuerpo estaba laxo. Tenía la cabeza ladeada con los ojos cerrados. No oponía ningún tipo de resistencia, como si sólo pudiera concentrarse en tranquilizar su respiración. Era lo único que se movía de ella y Kenshin continuó con los roces de sus dedos hasta sentir que estaba lo suficientemente relajada para la penetración.

Sacó sus dedos de ella y los lamió para saborearla. Tuvo que cerrar los ojos en cuanto el sabor salado tocó su lengua. Dudaba que pasara mucho tiempo sin succionar de la misma fuente emisora, pero en esos momentos sabía que si lo hacía terminaría antes de tomarla.

Y deseaba hacerla suya… Era lo que más deseaba desde hacía interminables semanas.

Kenshin separó más las piernas de Kaoru. Estaba tan relajada después de dos orgasmos que ni siquiera dio muestras de enterarse. Sus piernas se movieron con facilidad y Kenshin orientó su miembro hacia su entrada. Se recostó sobre ella y le besó el cuello expuesto. Kaoru tragaba con dificultad, aún intentando reponerse de las sensaciones. La cogió de una pierna, se la alzó hacia la cintura de él para mejorar el ángulo y se impulsó muy lento dentro de ella.

Era la mayor concesión que podía hacerle a Kaoru. Todo su cuerpo le compelía a empujar fuerte y penetrarla de una estocada, pero se contuvo sin saber bien cómo. Ella estaba tan mojada que se deslizó fácilmente y, para su sorpresa, ni siquiera ofreció una mínima resistencia de tensión de sus músculos, algo esperable de la primera vez de una mujer. Si no fuese porque Kaoru había subido una de sus manos hasta su hombro, habría pensado que no reaccionaba por estar inconsciente. Sólo la oyó gemir cuando se introdujo en ella hasta el fondo, y no fue de dolor.

—¿Kaoru? —se preocupó extrañado—. ¿Te encuentras bien?

Kaoru giró su cabeza y se miraron por unos instantes. Kenshin notó cómo le tocaba el rostro con su mano y sus labios se curvaron en esa sonrisa que le hacía caer rendido.

—Al fin eres mío —susurró ella.

Y le besó con una ternura que pronto dio paso a la ansiedad de Kenshin. Fue todo lo que él necesitó para moverse sobre ella. Kaoru jadeó al sentir que se retiraba y volvió a hacerlo cuando se introdujo de nuevo. Le miró asombrada por las sensaciones que le provocó y Kenshin volvió a perder la cordura.

Porque al fin era suya y cualquier fantasía que se hubiera aparecido por su cabeza en todo ese tiempo quedaba a la sombra de lo que sentía en realidad. Casi no podía creerse que estuviera pasando por fin. Aceleró los empujes y la fuerza de éstos cuando vio que Kaoru no daba muestras de sentir molestias.

Kenshin sentía tal opresión en el pecho que pensó que no sobreviviría. La ansiaba… La anhelaba… Llevaba varias semanas obsesionado con Kaoru y, más concretamente, con lo que estaban haciendo en esos momentos; en que fuese suya. Su sangre corría revolucionando todo su cuerpo por haberla conseguido. Quería más de ella… lo quería todo. Tenerla estaba suponiendo un éxtasis que iba más allá de lo que había imaginado o de las fantasías con las que su «otro yo» habían inundado sus recientes noches.

Y, entonces, como si de una daga envenenada se tratara, su mente le lanzó el recuerdo de cómo era esa experiencia con Tomoe. Su esposa nunca le había hecho arder así. Nunca. Era demasiado impasible como para reaccionar a sus caricias de la forma desinhibida en la que lo hacía Kaoru. Podía entender a qué se había referido ella cuando le dijo que la hacía sentir viva el saber que la deseaba. Era lo mismo que le estaba pasando a Kenshin con ella.

Y él era un desgraciado por compararla con su esposa en semejante momento.

Empujó más fuerte contra Kaoru, abrumado por la intensidad de sus sentimientos hacia ella, y se le formó un nudo en el pecho del que no pudo deshacerse. Porque debía dejar de negar lo que su corazón llevaba días gritándole a su cerebro. Notó que le picaban los ojos cuando esa nueva verdad apareció en su mente.

«Perdóname, Tomoe», se disculpó en su interior acongojado, hasta el punto de que casi se le saltaron las lágrimas.

Porque quería estar con Kaoru. No podría sentirse tan extasiado por lo que estaban haciendo si no estuviera enamorado de ella.

—Kenshin, tranquilo —le susurró, y pasó una mano por su cara para así apartarle un mechón de pelo que le impedía acariciar su rostro.

Kaoru intentó calmarle, pues la fuerza de las acometidas empezó a resentirla, pero él no ralentizó el ritmo. Algo le estaba alterando, aunque no podía saber qué era. Sus manos la acariciaban con rudeza por distintas partes de su cuerpo y tenía los ojos cerrados casi como si sufriera. Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada más, Kenshin gritó y todo él se estremeció.

Kaoru vio cómo sus fuerzas le abandonaron tras la explosión y Kenshin dejó su peso muerto sobre ella. Le abrazó mientras besaba su hombro y su cuello, los dos lugares a los que tenía acceso. En cuanto sintió que su respiración se tranquilizaba, le retiró el pelo de la cara para verle. Parecía conmocionado. Tenía los ojos rojos y aquello confundió a Kaoru. Le besó tiernamente con la esperanza de hacer desaparecer esa expresión de su rostro. Kenshin le devolvió ese beso como si poco a poco volviera a ser él mismo antes de perder la cordura esa noche. La besó en los labios, en las mejillas y en los ojos. Fue recorriendo su cara poco a poco dejando un reguero de castos besos por su piel a medida que Kaoru notaba cómo la rigidez del miembro de Kenshin desaparecía.

Con un largo suspiro, Kenshin se separó de ella sentándose a su lado y Kaoru pudo ver claramente el semblante culpable de él. La cordura había vuelto y, con ella, las consecuencias de lo que habían hecho. Por asombroso que pareciera, Kaoru creyó que le preocupaba más a Kenshin que a ella.

—¿Estás bien? —le preguntó él sin mirarla a los ojos.

—Me temo que casi te lo tendría que preguntar yo a ti.

Kenshin se llevó una mano a la cara, cubriendo sus ojos con ella. Kaoru se incorporó y se sentó quedando frente a él. Ahora que había pasado el calor del momento, se sentía cohibida permaneciendo desnuda ante él. Pero Kenshin se encontraba en las mismas condiciones y no parecía preocuparle.

—No deberíamos haber hecho esto —se lamentó Kenshin.

Kaoru sintió una puñalada en el pecho. No había valorado la posibilidad de que Kenshin se sintiera culpable una vez terminaran. Siempre estaba tan ansioso por ella, que había esperado verle feliz después.

—Kenshin…

—No, Kaoru —la interrumpió sin siquiera saber qué iba a decir—. Esto no tendría que haber pasado.

Se quitó la mano de los ojos y la estudió. Kaoru sintió que se le ruborizaba todo el cuerpo tras ver a Kenshin analizarla de arriba abajo quedándose con cada detalle de su cuerpo desnudo. Sin embargo, eso no fue nada en comparación a lo que sintió cuando Kenshin se quedó mirando la zona entre sus piernas durante más rato del que lo había hecho con otras partes de su cuerpo.

Y no la miraba con excitación, precisamente.

Porque Kenshin se acababa de dar cuenta de que se había derramado dentro de ella. La posibilidad de un embarazo le dejó sin aliento. Con Tomoe siempre se había cuidado de terminar fuera de ella una vez consiguió controlarse lo suficiente; no quería traer ningún niño al mundo en medio de esa guerra. Y cuando había estado con otras mujeres, no sólo no se liberaba en ellas, sino que, además, se aseguraba de que pusieran algún método para prevenirlo.

Pero estaba convencido de que Kaoru no había tomado ninguna medida porque, de hecho, ni sabría que existían. Se le aceleró tanto el corazón ante la perspectiva de dejarla embarazada, que pensó que le daría algo. Ya era malo que Kaoru dejase de ser virgen fuera del matrimonio, pero eso era algo que nadie podía saber. En cambio, si se quedara embarazada…

No quería ni pensar en el escarnio que sufriría.

—Tengo que lavarte —dijo abruptamente.

—No voy a bañarme a estas horas —contestó extrañada por la sugerencia tan fuera de lugar de Kenshin.

—Mañana podría ser tarde.

Kenshin se incorporó y Kaoru le retuvo para que no terminara de levantarse.

—¿Tarde para qué? —cuestionó más desconcertada aún.

—Si no te lavas, podrías quedarte embarazada.

Kaoru se irguió en cuanto Kenshin dijo esas palabras y no pudo evitar posar una mano en su vientre. ¿Un hijo de Kenshin? Sería un regalo.

—No pienso lavarme —dijo con contundencia. Por encima de su cadáver.

—¿Es que no me has oído?

—Claro que te he oído —contestó con voz serena en contraste con la alterada de Kenshin—. Y sólo espero que ocurra.

—¡No digas eso ni en broma! —exclamó Kenshin exaltado—. No puedes quedarte embarazada sin estar casada.

—Me da igual lo que diga la gente —explicó con determinación sabiendo que la preocupación de Kenshin iba por las habladurías que se generaban por una madre soltera—. Si decidieras marcharte un día, lo único que me quedaría de ti serían recuerdos. Pero si tuviera un hijo, tendría algo tuyo. No pienso moverme de aquí.

—¡Maldita sea, Kaoru! —gruñó Kenshin al ver que ella se obcecaba en esa idea. Sólo de pensarlo le daban escalofríos—. No puedes decir esas cosas. No eres consciente de lo que dices.

Kaoru se inclinó hacia él y posó sus labios suavemente en los suyos. Kenshin no pudo evitar responder a la caricia. En realidad, no podía evitar responder a cualquier cosa que hiciera ella con él.

—El que no parece consciente de lo que digo eres tú. Tendrías que saber que mi amor por ti es mayor que cualquier cosa. —Juntó su frente con la de él y le miró a los ojos—. Te quiero por encima de lo que diga la gente, por encima de cualquier circunstancia que nos suceda, por encima incluso de ti y tus negativas. —Kaoru le acarició la mejilla y sonrió—. No hay nada que no hiciera por ti; ni nada que no quiera de ti. —Aunque de pronto rio y se retractó—. Bueno, lo cierto es que sería más feliz si no fueses tan brusco con tus contestaciones, pero hasta eso empiezo a verlo adorable.

—Estás loca… —suspiró él intentando mostrarse indignado, pero fallando miserablemente al acabar sonriendo con ella.

—Sí, por ti. Por el Kenshin accidentado y el Kenshin sin accidentar. Estoy loca por el Kenshin que no expresa bien sus sentimientos y por aquél que habla con despreocupación de los que sentía antes, aunque luego no sea capaz de poner en claro los suyos propios.

—Ya los tengo claros —le confirmó él.

—Me alegro —fue su escueta contestación.

—¿Y no quieres saberlos? —preguntó ante la falta de curiosidad de la mujer.

—En realidad, ya los sé. —Kaoru se rio ante el ceño fruncido de Kenshin—. ¿Te crees que habría permitido que pasara lo de esta noche si no fuese así? Cuando te dije antes que me querías no lo decía en broma.

—¿Y cuándo te has dado cuenta? —Kenshin se encontraba bastante incómodo ante la idea de que Kaoru estuviera más consciente de los sentimientos que guardaba que él mismo.

—Esta noche en el jardín; cuando te me declaraste.

Kenshin compuso un semblante de asombro que hizo reír a Kaoru.

—Yo no he hecho eso.

—Sí, y ni siquiera te diste cuenta —volvió a reír.

Kaoru se acercó más a él y le abrazó. Kenshin no se reprimió y pasó sus brazos por la cintura de ella disfrutando de su contacto y de tenerla junto a él. No sabía qué demonios había dicho durante su conversación que la llevara a pensar eso, pero tampoco pudo reflexionar sobre ello porque Kaoru se subió en su regazo con una pierna a cada lado y comenzó a besarle.

Una Kaoru amigable ya solía poner sus nervios de punta; pero una Kaoru mostrándose como amante, era más de lo que podía soportar. Subió una de sus manos a su cuello para poder besarla a conciencia, y el constante roce de su miembro con la entrada a su cuerpo volvió a excitarle. Acababa de hacer el amor con ella y, minutos después, ya se estaba reponiendo para otro asalto.

Esa mujer iba a matarle.

Kaoru jadeó al sentir que su erección crecía contra ella y miró hacia abajo para observarlo. Se quedó unos instantes sin reaccionar, con una expresión confundida en el rostro, aunque finalmente levantó sus ojos y le sonrió. Kaoru se acercó y lamió sus labios hasta hacerle suspirar, y Kenshin llevó sus manos a la parte baja de su cintura para atraerla hacia él y rozarla con más insistencia.

—Quiero tomarte otra vez.

Era absurdo, pero lo había dicho. No hacía ni cinco minutos que había discutido con ella lo inapropiado e incorrecto que era lo que habían hecho, pero otra vez no podía quitar sus manos de ella. Tenía que hacérselo mirar por un médico. El ardiente deseo que sentía por esa mujer no podía ser normal. Iba a quemarle y calcinarle en el proceso.

Kaoru hizo el intento de separarse de él para tumbarse, pero Kenshin no se lo permitió. Metió una mano entre sus cuerpos y la tocó entre sus piernas. Estaba muy mojada, aunque dudaba que fuese del momento actual. De haber empezado de cero, no habría habido tiempo suficiente para prepararla, pero acababan de hacer el amor y los restos anteriores aún perduraban en ella. No le costó nada meter dos dedos en su interior y la frotó con cuidado hasta que Kaoru acompasó el ritmo con sus propias caderas. Se agarró a sus hombros y se retorció ante él. Entonces, Kenshin aprovechó para atrapar un pezón que se puso ante su boca cuando ella se estiró, y le costó apenas unos segundos erguirlo.

Kenshin la sujetó por las caderas y, levantándola un poco de su regazo, se posicionó en su entrada y la fue bajando sobre su erección. El cuerpo de Kaoru se abrió suavemente a la invasión y ahogó un grito cuando le tuvo enterrado por completo.

La ayudó a moverse sobre él, pero Kaoru no necesitó mucha indicación para coger un ritmo lento pero constante. Pronto, Kenshin pudo dedicarse a atormentar los pechos que tenía ante su boca. Los besó con fruición y pasó un brazo por su espalda para sujetarla más cerca de él, aunque la propia Kaoru le agarraba por la cabeza y le mantenía pegado a ella.

En ningún momento ella cambió el ritmo y el movimiento constante acabó por desesperarle tras unos eternos minutos de tortura. La instó a acelerar el ritmo, pero Kaoru se negó y Kenshin perdió la compostura. Sin salirse de ella, la giró para tumbarla en el futón y por fin recuperó el mando del acto. Kaoru se rio por su impulsividad, aunque no protestó por la pérdida del dominio. Kenshin tampoco impuso un ritmo mucho más rápido, sin embargo, sí ganó en profundidad. Las estocadas que daba eran largas y profundas, y Kaoru se regocijó con el cambio.

Kenshin le cogió las piernas y se las colocó rodeando su cintura. Ella gimió al sentir cómo esa pequeña corrección de la postura le proporcionaba unas sensaciones más intensas. Él cogió sus manos y se las puso por encima de la cabeza, entrelazando sus dedos con los de ella. Cuando al fin la tuvo a su merced, varió el ritmo acelerando sus acometidas.

El cuerpo de Kaoru empezó a tensarse y Kenshin supo que poco a poco se acercaba otra vez a la cima del placer.

—Kenshin… —susurró con un jadeo entrecortado.

—No te duele, ¿verdad? —No podía dejar de sorprenderse por la facilidad con la que se había desarrollado esa primera vez de Kaoru.

—¡Dios, no! —exclamó ante una suposición tan absurda para ella. Estaba a punto de romperse por el placer del éxtasis. Estaba cerca… muy cerca de volver a sentir esa explosión que recorría todo su cuerpo.

Kenshin no necesitaba tampoco mucho estímulo más. Era demasiado placentero poseer su cuerpo; sentir cada vibración que le originaba con cada roce. Y supo que lo mejor que podía hacer era lanzarla contra el vacío cuanto antes, o perdería los estribos y terminaría antes que ella.

Le lamió en el cuello, justo encima del pulso que latía con una rapidez inusitada, y Kaoru se derritió con el gesto.

—Kenshin… —volvió a decir con mayor desenfreno. Él agarró con más fuerza los dedos de su mano sabiendo que ambos estaban a punto de terminar.

—Te quiero, Kaoru —susurró contra su oído.

La respuesta de la joven fue inmediata. Cayó ante un estallido de placer que aniquiló todas sus terminaciones nerviosas y Kenshin no pudo contenerse en cuanto sitió las contracciones de ella que tanto anhelaba sobre su miembro. Le estrechó tan firmemente que creyó que se rompería allí mismo en mil pedazos. Se derramó otra vez en ella y esta vez no le importó nada. Ni ella, ni él. Sólo lo que experimentaba en ese momento que era más fuerte que cualquier cosa que hubiera sentido antes.

Cuando los últimos estremecimientos de placer abandonaron su cuerpo pudo al fin abrir los ojos y se encontró con un panorama inesperado. A Kaoru se le habían saltado las lágrimas, pero estaba tan resplandeciente que supo sin género de dudas que no le había hecho daño. Kenshin posó un ligero beso sobre sus labios y Kaoru volvió a acariciarle el rostro.

—Creí durante tanto tiempo que no volvería a oírtelo decir…

—Te quiero —repitió él como respuesta.

—…que se me hace hasta raro oírlo ahora —siguió ella como si no le hubiera escuchado.

—Lo siento —se disculpó Kenshin por haberla hecho pasar todo eso.

Era su mujer antes del accidente y después había tenido que pasar por todas las barbaridades que había hecho con ella. Había intentado matarla y luego la había tratado con total descortesía; discusiones y broncas, y eso sin contar el tener que aguantar que se interesara por otras mujeres. Había soportado cada afrenta mostrándole una sonrisa cada vez que se recomponía.

Kaoru era una de las personas más buenas que había conocido y decía mucho de lo que ella sentía por él el haber aguantado todo lo que había hecho desde el accidente. Su «otro yo» había hecho un gran trabajo encontrándola. Era una verdadera compañera; la mejor que seguramente encontraría en toda una vida. Una mujer capaz de amarle de forma incondicional.

Y era suya.

—Te quiero, Kaoru —repitió Kenshin. Una vez dicho por primera vez parecía que las demás le salían sin esfuerzo—. Más que a nada en esta vida.


Notas del fic:

*Yukata: Prenda similar al kimono pero de algodón. Es más liviano que el kimono.


— * —


Fin del Capítulo 23 - 12 Agosto 2013

Revisión - 26 Junio 2022


Desvaríos obviables de la autora:

Ha costado un porrón de capítulos y penurias varias, pero ya están juntitos de nuevo *o*. Ya sólo queda el capítulo final y el epílogo *o*

En fin, espero que os haya gustado el capítulo ;-D

¡Saludos!