Disclaimer: Nada me pertenece.
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El viaje fue largo y tenso. Pudo sentir la mirada de Katara pegada a su nuca por horas, únicamente rompiendo el silencio para intentar preguntarle qué estaba pasando, sólo rindiéndose cuando entendió que Aang tampoco lo entendía. Que sólo lo entendería una vez que llegarán.
A pesar de la incomodidad, la simple presencia de Katara era un tremendo consuelo. Y sabía que ella apreciaría que se lo dijera. Sabía que, aunque no lo demostraba, ella se sentía un poco culpable de haberlo "forzado" a llevarla con él a un viaje que quería hacer solo, que quizá pensaba que así hubiera sido menos pesado. Sabía que su sincero agradecimiento la tranquilizaría y que incluso se ganaría una de sus hermosas sonrisas suaves y cariñosas que siempre mejoraban sus días. Pero estaba mudo. Su cuerpo sólo obedecía una sola señal de su cerebro, y eso era guiar a Appa hacia su destino.
Tras lo que se sintió una eternidad, el Templo Aire del Sur se empezó a asomar entre las nubes en toda su majestuosidad. Tal como lo recibido en cada uno de los viajes que había hecho con Gyatso cuando era niño. La vista era casi la misma, si estabas dispuesto a ignorar el deteriorado estado del templo (que se notaba incluso a la distancia) y la notoria ausencia de risas lejanas y maestros aire volando entre vientos con sus planeadores, sin embargo, la sensación de calidez que solía llenarlo fue reemplazada por una sensación de vacío. Porque sabía que nada era igual. Que lo único que podía recibirlo en su antiguo hogar eran alimañas y fantasmas.
Appa parecía tan melancólico como él. Soltando un rugido triste antes de aterrizar al borde de la entrada.
Sin decir nada, Aang saltó de la cabeza de Appa hacia el todavía firme suelo del templo. Inmediatamente arrepintiéndose en el fondo de haber venido a ese lugar que estaba tan obviamente carente de su antigua gloria. Resintiéndose a sí mismo por necesitar ese indeseado viaje al pasado.
Casi brincó cuando sintió una suave mano en su hombro. Giró levemente la cabeza para encontrarse con los bonitos ojos azules, que lo miraban con amorosa preocupación cautelosa - ¿Hay algo que necesites hacer aquí? ¿Tiene que ver con el estado Avatar?
Recuerdos borrosos de cómo había perdido el control tras encontrar el esqueleto de su amado mentor, haciendo volar una parte entera del templo brillaron como bombas ante sus ojos antes de negar con la cabeza.
Lo que sea que tenía que hacer ahí no era como el Avatar. Era como Aang.
Volvió la vista hacia el abandonado lugar. Sintiéndose más perdido y solitario que nunca, a pesar de la mano que Katara había entrelazado con la suya en señal de apoyo. Esa maestra agua era lo mejor que le había pasado en cien años, pero sabía que ella nunca terminaría de comprender lo que era para él ver ese desolado templo. Nunca terminaría de comprender lo que era estar tan solo en el mundo, porque ya no existía nadie más como tú.
A falta de ideas de cómo proceder, Aang se inclinó, regañadientes, y posó una mano en el suelo. Concentrándose para sentir las vibraciones de la tierra, valientemente ignorando las náuseas que le provocó el sentir los miles de huesos regados por todos lados.
- Tenemos muchas despedidas por hacer - anunció Aang, apesumbrado.
En el fatídico día en el que Aang se había enterado de que era el último maestro aire, Katara y Sokka le habían ayudado a rendirle los últimos honores a Gyatso. Quemando sus restos y lanzando las cenizas al aire, con una última oración en su nombre para que su espíritu fuese libre. Ese había sido el peor día de su vida.
Hasta ese momento.
Aang fue encontrando los esqueletos con su poder de la tierra y Katara y él escarbaban para encontrarlos antes de prenderlos en fuego y lanzar sus cenizas por algún borde del templo, tal como lo habían hecho con Gyatso. Sin embargo, por lo menos en esa ocasión habían sabido a quién estaban despidiendo. Ahora, no había forma de saber.
Siempre era más doloroso cuando era evidente de que se trataba de un niño. No podía evitar preguntarse de quién se trataba. ¿Sería Zenju? Había sido su amigo desde que tenía memoria. ¿Sería Aalik? Fue su compañero de vuelo durante su entrenamiento inicial. ¿Sería Oomi? ¿Relajh? ¿Jinju?
Su corazón estaba hecho una piedra, no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que Katara detuvo la vigésima oración para darle un fuerte abrazo.
El niño se dejó llevar por la comodidad de los brazos de Katara y enterró su nariz en su cabello, mientras escuchaba las palabras tranquilizadoras que le susurraba al oído. Disfrutando de la sensación de sus dedos deslizándose de arriba a abajo, de su nuca a la parte alta de su espalda, repitiendo el mismo patrón una y otra vez sin volverse viejo o cansado.
- Repararemos este lugar - le prometió, sin aflojar su agarre en él ni un solo segundo. Como si ella misma se fuese a hundir si lo soltaba - Te ayudaré en todo lo que necesites. No estás solo. Nunca te dejaré solo.
En cualquier otra ocasión se hubiera roto en ruidosos sollozos, sin embargo, todavía se sentía entumecido por dentro después de tantos funerales, por lo que lo único que pudo hacer para expresar su gratitud fue abrazarla con más fuerza.
Quizá, como el último maestro aire, lo correcto hubiera sido hacer el viaje solo. Pero, egoísta o no, estaba muy feliz de que Katara estuviera ahí con él.
