Otro día de trabajo, la misma rutina.
Morinaga despertó como de costumbre, con pereza se estiró aún acostado en su cálida cama, desentumiendo cada parte de su ser. Iniciando la misma rutina de todos los días, se levantó de la cama y la ordenó con pulcritud, que él viviera sólo no era una excusa para tener un departamento desordenado. Reemplazó su pijama por ropa deportiva, tomó el celular, los audífonos y caminó hasta la entrada para colocarse unos tenis negros. Morinaga había empezado a correr en las mañanas, tratando de hacer de su vida más emocionante que sólo ir a trabajar y llegar a su departamento en la noche a descansar. Había un parque no muy lejos de donde vivía, con gente que también corría, o mujeres mayores que hacían yoga.
Era una mañana común, el sol apenas estaba tomando fuerzas y el viento soplaba con calma, las ramas de los árboles crujían con poca fuerza; Morinaga corría alrededor de cuarenta minutos, el correr le ayudaba a meditar: pensaba acerca de su senpai, sobre como lo extrañaba a él y a toda la familia Tatsumi, ¿acaso le extrañaría?, también sobre como en su trabajo era reconocido y admirado, que todo el esfuerzo que hacía era bien recompensado, ¿así de fácil es mantener un empleo?, o que de repente muchas mujeres habían comenzado a ejercitarse a la misma hora en que él corría, ¿a qué se debía? Posiblemente hay algún chico guapo corriendo también, pero él nunca lo había visto…, también pensaba en sus padres, ¿seguirían avergonzados de él?... En fin, cosas banales y de poca importancia.
Pasado el tiempo, terminó su rutina de ejercicio y volvió al departamento. Su vecina la saludó cuando salió a regar sus plantas, él le devolvió el saludo y con una sonrisa se despidió. Llegó con tiempo de sobra, se descalzó y se dirigió a su habitación por un cambio de ropa. Una vez dejó sus prendas limpias en el baño se dirigió a la cocina para hervir agua en la tetera, dejándola en el fuego se dirigió a tomar un merecido baño. Lo bueno del ejercicio, además de unas piernas tonificadas, era que le llenaban de energía para durar en el trabajo. Sus duchas eran cortas, así que terminó rápido, cerró la regadera y comenzó a secarse. Ahora vestía un pantalón de vestir color azul Oxford, un cinturón negro y una camiseta con botones manga larga de color blanco.
Se estaba ajustando la corbata cuando se cruzó con la mirada con aquella persona, se quedó quieto.
Él vivía solo en aquel apartamento, pero ahora había una persona que lo veía directamente a los ojos, allí estaba, rígido en su lugar, analizándolo; Morinaga lo sabía, sabía que él quería matarlo, era algo que venía pasando hacía meses. Pasaron minutos mientras se sostenían las miradas, uno lo veía con tranquilidad mientras el otro fantaseaba las mil y un formas en que podía finalizar con aquella despreciable vida. El sonido de la tetera hirviendo lo trajo de vuelta al mundo.
Morinaga se encogió de hombros, dejó de mirarse al espejo y caminó de vuelta a la cocina, no quería llegar tarde al trabajo.
Total… sólo era otro día, misma rutina.
