ADVERTENCIA: Si eres sensible en cuanto al tema de "violencia intrafamiliar" es posible que el siguiente escrito no sea de tu agrado. Lo único bueno de esto es que es pura ficción que salió de una retorcida mente.

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Malditos sean los bonsáis.

Kunihiro a sus 10 años sabía que su padre adoraba, incluso más que a sus hijos, aquel bonsái de pino blanco japonés. Su padre le decía que aquel horroroso árbol llevaba en su familia tres generaciones y que algún día pasaría a su cuidado. El bonsái se encontraba en el estudio de su padre, precisamente en la esquina de su escritorio.

Su padre había ido a trabajar como siempre, pero dejó abierto su estudio; su madre se encontraba hablando con la vecina mientras él cuidaba de su hermanito menor, Tetsuhiro. Kunihiro no estaba muy feliz teniendo que cuidar a su hermano menor, él era muy fastidioso y demandante; siempre queriendo jugar mientras él sólo quería un tiempo de tranquilidad. Tetsuhiro, viendo que era ignorado, con irritación dejó a su hermano en paz y se fue a juagar con una pelota.

Kunihiro se relajó y comenzó a leer un libro, escuchaba a lo lejos los rebotes de la pelota; también una puerta abrirse, pero lo ignoró. Fue entonces que no escucho nada, mala señal; su madre volvió a la casa y mandó a Kunihiro a buscar a su Tetsuhiro para merendar, dejó a un lado el libro y caminó en búsqueda de su hermano. Un ruido se escuchó, algo se había caído y, parecía venir del estudio de su padre.

Corrió. Encontró a Tetsuhiro arriba del escritorio con una mirada de pánico, bajó la vista y allí estaba, aquel bonsái con ramas quebradas y su tierra esparcida.

Kunihiro palideció.

La madre de ambos niños se asomó en aquel cuarto y dejo salir una palabra obscena, tomó a ambos niños y los mandó a la cocina mientras ella arreglaba aquel desastre. Minutos después, bajo la madre con una mirada seria.

- Le informaré de esto a su padre. - comentó. Ambos niños perdieron el apetito.

El tiempo pasó de la manera más lenta posible para el par de niños, ambos aterrados por lo que vendría, tratando en vano de relajarse en el sofá de la sala. Fue entonces que el sonido de un auto apagándose se oyó, su padre había llegado; corrieron escaleras arriba. La puerta se abrió con brusquedad, un señor de traje elegante cerró la puerta a sus espaldas. Ambos niños apenas oían murmullos, su padre alzaba la voz cada vez más fuerte mientras su madre mantenía su voz calmada. El sonido de una bofetada se oyó.

- ¡LA ÚNICA PUTA OBLIGACIÓN QUE TIENES ES MANTENER EN ORDEN LA JODIDA CASA Y VIGILAR AL PAR DE MIERDAS QUE TENEMOS DE HIJOS! ¡¿QUÉ NO SABES QUE ESE BONSAI ERA MÁS VALIOSO QUE TU PERRA VIDA?! ¡ERES UN ASCO DE ESPOSA! ¡AHORA YO VOY A DISCIPLINAR A MIS HIJOS! - gritó el señor Morinaga, la cabeza de la familia. Todo esto mientras pateaba a su esposa, quien se limitó a quedarse en el suelo tratando de proteger su cabeza.

Presas del miedo, ambos niños salieron corriendo a ocultarse, puesto que su padre era sumamente violento cuando estaba enojado; terminaron encerrándose en un cuarto de aseo, lugar donde su padre casi nunca buscaba ya que "él no podía contaminarse con aquellos químicos, o peor, con los gérmenes de la servidumbre" Posiblemente unas cuantas horas harían que aquel que llamaban padre se tranquilizara. Ambos niños podían escuchar los pasos y vagamente los alaridos del señor Morinaga, quien buscaba en cada habitación a alguno de sus hijos para desquitar su furia; el pequeño Tetsuhiro lloraba aterrorizado, aquel pequeño cuerpo temblaba con violencia, tratando de contener sus sollozos al mínimo, más oír el enojo de su padre lo asustaba más y más. Kunihiro trató de taparle la boca, pero sólo logró sofocar a su pequeño hermano, quién se removía con brusquedad por algo de aire, provocando que inhalara sonoramente y que su llanto fuese más agresivo.

- ¡Tetsuhiro!, cállate de una buena vez... - susurraba con agresividad Kunihiro, realmente no sabía cómo tranquilizar a un niño; además él también estaba asustado. Tetsuhiro trataba de silenciar sus sollozos, aquella angelical cara ahora estaba roja y manchada por lágrimas.

Kunihiro pegó una oreja a la puerta, su padre estaba a nada de encontrarlos, y se oía cada vez más irritado. Decidido, se inclinó a la altura de su hermano, y lo tomó por los hombros para que lo viese a la cara.

- Si sigues llorando, nos encontrará. - dijo con una seriedad que ningún niño debería ser capaz de manejar.

- Y esta vez no dejaré que me pegue a mi primero... -