Personajes de Mai Hime propiedad de Sunrise.

La historia es mía.

Este fic es una historia corta con los capítulos ya terminados.

Ojalá disfruten la lectura.


PERDER O PERDER

CAPÍTULO 1

Cuando tenía 6 años, Tokiha Mai perdió a su hermano, 2 meses después, mientras robaba comida, conoció a Kuga Natsuki, una niña apenas un año mayor que ella, era callada y arisca, pero sabía sobrevivir en las calles, y, la dejó quedarse a su lado. Cuando tenían 11 y 12 años, al no conocer más, saltaron del margen al centro del bajo mundo; un año después conocieron a un chico, Homura Nagi, Kuga presintió que harían un trato con el diablo, pero Dios hacía mucho las había abandonado.

Los años pasaron con ellas saltando de mierda en mierda, hasta que, cuando Kuga tenía 27, la mierda explotó.

Tokiha Mai miró su plato con asco, la comida era igual a la de los días anteriores, repugnante, se veía fatal e incluso sabía peor de lo que parecía.

-Demonios -. Dijo para sí misma. -26 días-. Dejó caer su cuchara. -26 días comiendo esta bazofia-.

En otra situación, ni de broma se habría llevado esa cosa a la boca, pero estando encerrada no tenía muchas opciones, era eso, morirse de hambre o morir apuñalada cuando estuviese demasiado débil para defenderse… Sus dedos formaron un puño bajo la mesa, prisión, la maldita prisión, ¿cómo había terminado ahí? Ah sí, Kuga había puesto sus ojos en…

-Tokiha Mai-.

Al escuchar su nombre alzó la mirada.

Llevaba casi un mes encerrada, durante ese tiempo, había intentado mantener un perfil bajo, no le interesaba meterse en problemas, no más de los que ya tenía, ya estaba bastante jodida; malamente, era difícil mantenerse fuera del foco de atención por culpa de los rumores que rondaban sobre ella, las otras reclusas se preguntaban que había condenado a cadena perpetua a una mujer que se veía inofensiva.

-Lárgate-. Dijo con una mueca de hastío, su humor no había sido el mejor desde que la metieron tras las rejas. -¿No me escuchaste?-.

La mujer parada frente a la mesa no se movió. -Tokiha, Tokiha, Tokiha-. Observaba a Mai con una mirada que buscaba intimidarla. -Creo que no lo has entendido-. Golpeó la mesa con su palma. -Estás por debajo de mí-. Esa misma mano barrió la superficie tirando al piso las sobras de comida. -No lo sabes, pero eres mi perra desde que llegaste-.

El acto no inmutó a Mai. -Lárgate-. Repitió mientras la contemplaba con una mirada que, a diferencia de la suya, sí intimidaba, después de todo, había aprendido ese arte de una mujer cuyos ojos eran una constante amenaza.

-¿Qué dijiste, perra?-. Dio otro golpe a la mesa.

Los murmullos se adueñaron del comedor.

-LÁRGATE-. Remarcó cada una de las letras. No tenía ganas de pelear, eso equivalía a terminar en aislamiento, de todos modos, se preparó mentalmente. Si iba a pasar ahí el resto de su vida no lo haría siendo la perra de nadie.

-Tenemos pocas caras bonitas por aquí, Tokiha-. Crujió sus nudillos. -Será una pena rompértela-. Soltó el primer puñetazo.

Mai esquivó el golpe.

-¡Pelea!, ¡Pelea!, ¡Pelea!-. Las demás reclusas no dudaron en incitar al conflicto.

Su oponente tenía fuerza, pero era lenta, Mai esquivó otro golpe y se agachó para tomar la cuchara del suelo, era de plástico, sin embargo, bien usada sería suficiente, solo que no llegó a usarlo.

El sonido de una explosión sorprendió a todos, antes de que reaccionaran una segunda explosión echó abajo parte del techo, los escombros le cayeron encima a dos reclusas.

-¡AL SUELO, AHORA!-. Gritaron los guardias, nadie obedeció. -¡AL SUELO!-. Repitieron más fuerte, con sus armas en mano.

Hubo una tercera explosión, seguida de una granada de humo.

Una figura entró por el hueco del techo y cayó de pie sobre una de las mesas.

Mai pensó en largarse de ahí, pero la misma mujer de antes intentó golpearla con una charola. -¿¡A dónde crees que… -. Una bala le atravesó la cabeza, justo entre los ojos.

Desconcertada, Tokiha volteó por sobre su hombro, a tres pasos de ella estaba la tiradora, con el brazo aun alzado, iba vestida completamente de negro, con el rostro cubierto por una careta táctica de goggles polarizados, pero reconoció de inmediato el arma que sostenía, una pistola de cañón largo, plateada, con la silueta de un lobo en el mango. -¡Idiota! ¿¡Qué haces aquí!?-. La chica enfundó su pistola en su pierna derecha, en la izquierda, donde debería haber ido la pistola gemela, tenía una funda con munición.

-¿En serio creíste que te dejaría aquí, tetona de mierda?-. A su costado derecho, colgaba una mochila, sacó de ella una metralleta uzi para Tokiha, se la entregó, luego tomó dos granadas, les quitó el seguro y las arrojó sin mirar a donde, no le importaba que ni quien era lo que explotaría, únicamente quería causar caos y pánico. -Andando-. Se dio la vuelta.

Tokiha no sabía si alegrarse o enojarse porque Kuga hubiera ido a buscarla.

-¡Debías mantenerte lejos!-. Pero igual la siguió a través del caos. -¡Lejos, maldita sea!-. La vio lanzar otra granada de humo. -¡ME ATRAPARON A MÍ, NO A TI!-.

-Y un carajo-. Alzó sus goggles, miró por encima de su hombro. -Te sacaré de aquí-. Mai vio que su mirada esmeralda era la misma de siempre, esa que parecía haber presenciado un infierno sin que le importara estarlo viviendo. -¡Andando!-. Reacomodó sus goggles. -Y comienza a disparar-.

Los guardias intentaron cerrar las rejas del comedor para que las reclusas no se desbalagaran, una última explosión lo impidió, Tokiha y Kuga salieron corriendo con una cortina de humo tras de sí.

Mientras Kuga les abría paso a través de los pasillos, Mai cubría sus espaldas, mantenía la mandíbula tensa mientras disparaba, en el fondo siempre supo que eso pasaría, sabía que la chica frente a ella no sería capaz de dejarla a su suerte, sin embargo, había deseado que no pasará, que no se arriesgara, que no terminara en una celda, o peor, condenada a muerte.

-Estoy segura de que él te dijo que no vinieras-. Su jefe, Nagi, era un hombre no mucho mayor que ellas, tenía una personalidad por demás cruel, eso de los rescates no iba con él.

Kuga gruñó. -¿Y qué si fue así?-. Sacó su pistola, le disparó al guardia frente a ella, un tiro limpio a la cabeza.

-¿¡Y qué!?-. Para la menor era difícil creerse tanta insensatez. -¡Querrá cortarte una mano por esto!-. Así era como Nagi castigaba a quienes desobedecían, si era que consideraba que valían más vivos que muertos.

-Que lo haga entonces, no me importa-. Era consciente de su posible castigo, le importaba una mierda, sabía que era la favorita de Nagi e iba a aprovecharse de eso al máximo, quizá lograría conservar ambas manos, tal vez solo perdería algunos dedos.

-¡IDIOTA!, ¡IMBÉCIL!, ¡ESTÚPIDA!-. Mai odiaba que Kuga fuese capaz de contemplar ser mutilada, solo para ayudarla. -¡NO VALGO ESO!-.

-Carajo-. Dejó caer un cargador vacío, recargó y disparó. -¿Acaso no harías lo mismo por mí, Mai?-. Su puntería era perfecta, cada uno de sus tiros daba a la cabeza o al corazón, e igual, habría sido aún más efectiva de haber tenido su otra pistola.

-Claro que lo haría-. Respondió sin dudar mientras disparaba a los guardias que intentaban alcanzarlas por detrás, su munición se acabó.

Kuga le pasó el único cargador de repuesto que había llevado para ella. -Entonces deja de quejarte-. Y lanzó su última granada de humo.

-Eres una imbécil-. Lo dijo sonriendo.

Kuga miró de reojo a Mai.

¿Lo que estaban haciendo era ilegal? Prácticamente todo lo que habían hecho juntas lo era.

¿Arriesgado? De igual manera era adicta a la adrenalina.

¿Estúpido? Tal vez, pero por los amigos podían cometerse muchas estupideces.

Y sentía que en realidad estaba haciendo eso para enmendar su estupidez anterior, esa que había metido a Mai ahí en primer lugar, esa que, era incapaz de llamar error.

Una bala pasó rozando su pierna izquierda, devolvió el tiro. -¡Derecha!-. Le gritó a Mai.

Tres cuartos del personal estaban concentrados en intentar suprimir el caos, la parte restante estaba tras ellas. -¡Ya no tengo munición!-. Escuchó a Mai.

A ella se le estaban terminando las balas, no había podido cargar tanto para ser capaz de correr al ritmo que requería el fugarse. -Ya casi salimos-. Gruñó. -Casi-. Ese casi no sonó muy convincente al toparse con una puerta metálica.

-¿Ahora que… -. Mai volteó hacia ella. -Debí verlo venir-. La miró sacando dos pequeños explosivos adhesivos, los reconoció, ella misma los había armado poco antes de que la encarcelaran, tenían la potencia suficiente para hacerles una salida.

Ambas se cubrieron tras una esquina. -Cúbrete los oídos-. Dijo Kuga antes de dispararle a los explosivos para detonarlos, la explosión retorció el metal e hizo vibrar la pared, el estruendo no la aturdió, era algo que ya estaba demasiado arraigado a su personalidad.

Desde el exterior, Kuga escuchó el sonido que estaba esperando. -Vamos-. Salió primero, con su pistola alzada, el sol del medio día la alumbró y entonces, en sus goggles se reflejó un helicóptero.

-Enloquecieron-. Dijo Tokiha mirándolo. -Nagi nos cortara las manos a todas-.

Una escalera cayó frente a ellas, a tres metros de distancia.

-Deja que la Araña y yo decidamos la razón por la que van a mutilarnos-. Empujó a Mai hacia las escaleras. -Ve primero, voy justo detrás-. Escuchó dos cosas que no le gustaron, una, los pasos de tres guardias corriendo hacia donde estaban, dos, el sonido de unas hélices que no parecían ser las de su helicóptero. -¡Rápido!-.

Fue acercándose a la escalera mientras se encargaba de los guardias tras ellas. Cuando vio que Mai ya estaba a medio camino, saltó a la escalera, apenas se aferró a ella, el helicóptero emprendió la huida.

-¿¡Están locas!?-. Mai le gritó a la piloto, Yuuki Nao, la Araña, una de las escasas amigas que tanto ella como Kuga tenían dentro de la organización.

-Probablemente-. Contestó Nao. -Agárrate fuerte-. Aceleró la huida.

-¡Nat sigue en la escalera!-. Gritó Mai mientras se aferraba a lo que podía.

-Lo sé, pero mira allá-. Nao señaló con su pulgar hacia su derecha.

-Mierda-. Mai vio como desde el techo de la prisión salió un helicóptero. -¡Sube ya, Nat!-.

Kuga subía lo más rápido que podía con la escalera sacudiéndose como lo hacía, Nao era un dolor de cabeza, pero tendría que agradecérselo, su amiga estaba intentando alejarlas de ahí antes de que las cosas se pusieran en verdad feas, ya que el helicóptero detrás de ellas pertenecía a una de las divisiones especiales que buscaba sus cabezas, y, se acercaba a una velocidad abrumadora.

Cuando estuvo dentro del helicóptero, giró medio torso para ver al exterior, tres segundos después, una bala pasó rozando su careta, sus goggles se estrellaron y tuvo que descubrirse el rostro, instintivamente volteó todo su cuerpo hacia la dirección de la cual provenía el disparo.

Y ahí la encontró, apuntándole con una pistola plateada igual a la suya mientras se sostenía con una sola mano de la puerta del helicóptero, sin tambalear ni un poco, con el viento sacudiendo su gabardina y su largo cabello castaño.

Era imposible no reconocerla.

Así como era imposible que la castaña no la reconociera.

-¡MIERDA!-. Gritó Kuga, pálida.

Esos ojos rojos cual sangre que tan bien conocía ardieron al hacer contacto con los suyos.

-¡KUGA NATSUKI!-. Gritó iracunda, tan fuerte que llegó a Natsuki y la hizo estremecerse.

Mai sintió que su corazón se aceleró con la aparición de esa mujer, al verla su instinto de supervivencia se había disparado por los cielos, llegando al punto de desear que un rayo la derribara, porque pensaba, sin dudarlo, que solo eso las libraría de ella, ya que esa mujer… -¡Nat imbécil, te dije que no salieras con policías!-. Era la ex novia de Natsuki.

-¡NO SABÍA QUE LO ERA!-. Una bala le atravesó el brazo derecho. -¡CARAJO!-.

Nao sintió tanta presión de golpe que se le revolvió el estómago. -¿¡SALISTE CON LA AGENTE ZERO!?-. La Agente Zero había llegado a ser temida en el bajo mundo. -¿¡ESTÁS LOCA, KUGA!?-.

-¡NO LO SABÍA!-. Se arrojó al suelo para evitar otro disparo. -¡ELLA… -. Una bala pasó muy cerca de su oído. -¡MIERDA!-.

La Agente Zero, miembro élite de las fuerzas especiales, tenía una reputación conocida por todos, sin que su rostro ni su identidad fuesen públicos, Kuga no tenía ni idea de quien era cuando la conoció por su verdadero nombre, Fujino Shizuru.

Mai se acercó a ella arrastrándose para hacer presión sobre su herida. -Ella tampoco sabía… ¡QUE TÚ, GRANDISIMA IMBÉCIL, ERAS A QUIEN BUSCABA!-.

-¡DAME LA CARA, NATSUKI!-. El grito de Shizuru se elevó por sobre el sonido de las hélices. -¡NATSUKI!-. Gritó el nombre con una rabia desmedida, Natsuki volvió a estremecerse.

-¿¡POR QUÉ ESTÁ TAN FURIOSA!?-. Nao temía que las derribaran en cualquier momento, incluso ella, desde la cabina, tenía claro que Fujino estaba más molesta por verle la cara a su ex que por la fuga de prisión. -¿¡QUÉ DEMONIOS LE HICISTE, KUGA!?-.

Natsuki frunció el ceño, enojada consigo misma, se maldijo. -Romperle el corazón-. Admitió a regañadientes.

-¡MALDITA SEAS NATSUKI!-.

-¡Claro Kuga!, ¡Ve y enfurece a una de las mujeres más peligrosas del planeta!-.

Si había algo más peligroso que ser una mafiosa, eso era el tratar con una mujer despechada que estaba llena de rencor y ansiaba venganza.

-¡ARAÑA SACANOS DE AQUÍ!-. Mai temía que Fujino estuviese tan loca como Kuga y tuviese una bazuca o algo peor con lo cual derribar su helicóptero, la creía capaz de preferir matarlas antes que dejarlas fugarse.

-¡Eso intento!-. Antes de poder maniobrar para alejarse, un gancho unido a una gruesa soga se enroscó en su helicóptero. -¡Maldición!-. La soga se tensó, acercándoles con la alarmante amenaza de que sus respectivas hélices girarían demasiado cerca.

-¡No puede ser!-. Mai no podía creerse la situación. -¡Tiene que estar bromeando!-.

Natsuki, en ningún momento, le había quitado la vista de encima a Shizuru, vio como sus ojos, que parecían llamear por la ira, la observaban fijamente mientras se preparaba para saltar hacia ellas. -¡No bromea!-. La conocía a la perfección, sabía que no iba a poder frenarla en su arrebato de locura. -¡SÍ LO HARÁ!-. Menos aun cuando ella era la detonante.

-¡A la mierda!-. Nao dio un violento giro que desestabilizó ambos helicópteros pero la cuerda no se rompió. -¡No la dejen hacerlo!-. Por un momento las hélices casi se rozaron.

Natsuki estaba demasiado ocupada contemplando a Shizuru como para contestar.

-¿¡Y qué quieres que hagamos!?-. Gritó Mai en medio de un ataque de nervios. -¿¡Decirle "Agente Zero no lo hagas"!?-. En primer lugar, la castaña había sido quien la había mandado a prisión, en segundo, sino había recibido un disparo aun, era solo porque Kuga era el blanco principal.

Nao volvió a desestabilizar todo.

Vieron como Fujino se había aferrado a la puerta para no caer por la sacudida, aunque de igual manera, seguía determinada a saltar, era cuestión de tomar impulso y…

-¡Estamos como a 30 metros del suelo, maldición!-. Mai palideció.

-¡Eso no le importa cuando yo estoy a menos de 5 metros!-. Sabía que Shizuru estaría dispuesta a bajar al mismísimo infierno si con eso conseguía ponerle las manos encima.

Nao se lo jugó todo en otro giro.

La soga se rompió.

Pero Shizuru ya había saltado.

Muy a su pesar, supo que no lo lograría, no fue la única en pensarlo.

-¿¡QUÉ DEMONIOS HACES, NAT!?-. Mai perdió el aliento.

Con toda la historia que se cargaban, Natsuki fue incapaz de verla precipitarse a una muerte segura, su cuerpo se movió solo, sacó medio torso del helicóptero y estiró su brazo herido en el preciso instante que los dedos de Shizuru iban a rozar la nada, esa mano tan conocida se aferró a la suya, el peso extra la jaló hacia el exterior, habría caído junto con ella si Mai no hubiera alcanzado a sostenerla por las piernas, al frenar la caída de Shizuru sintió un horrible tirón en su hombro.

-¡IMBÉCIL, SUELTALA!-. Mai hizo un enorme esfuerzo por aferrarse a ella.

-¡No puedo!-. El brazo le dolía como el demonio, pero ejercía toda su fuerza para mantener su agarre, mientras sentía que sus dedos podrían dejar de responderle de un segundo a otro. -¡No puedo dejarla morir!-.

-¡Ella quiere matarnos, Nat!-.

-¡No me importa!-. Miraba hacia abajo, directo al infierno que ardía en esos ojos que antes fueron y seguían siendo su perdición. -Yo…

¿Por qué todo se había ido a la mierda?

Esa pregunta se repetía sin parar en su cabeza, mientras ignoraba los gritos de su mejor amiga y se centraba en el silencio de su ex novia; de entre todas las maneras posibles, no había esperado volver a verla frente a frente en un encuentro de vida o muerte, y peor, que se quedara callada, prefería que le siguiera gritando, que esos labios que le habían encantado no se quedaran quietos.

La mirada entre ambas decía que había demasiado por decirse.

Su historia todavía no tenía el punto final.

Por eso no podía ni quería dejarle caer.

Sin embargo, la sangre de su brazo había llegado a su mano.

-¡Agárrate bien, Shizuru!-. No pensó que decir su nombre de nuevo le removería todo por dentro, jamás había visto a la Agente Zero en ella, solo a Shizuru, la mujer con la que mutuamente habían puesto sus mundos de cabeza.

-¿¡Por qué no me dejas caer!?-. El incendio de rabia volvió a avivarse. Shizuru quería odiarla por ser la idiota que tomó su corazón y lo hizo trizas, pero el que estuviese salvándole la vida lo hacía muy difícil.

-¡No puedo dejarte…

-¡SI YA ME DEJASTE UNA VEZ!-. La ira y dolor en su voz eran incomparables. -¡TE ODIO NATSUKI!-. Pese a decir eso hizo su mayor esfuerzo por aferrarse a su mano. -¡TE O…

Natsuki sentía su fuerza desvanecerse. -¡QUE TÚ ME ODIES NO SIGNIFICA QUE YO LO HAGA!-. Su sangre la traicionó, los dedos de Shizuru resbalaron entre los suyos.

Y cayó.

Mai jaló a Kuga al interior.

-¡SHIZURU!-. Pero con el alma pendiendo de un hilo, se zafó de Mai para asomarse al exterior, no sufrió un paro cardiaco porque entonces la vio, sosteniéndose de la escalera de su helicóptero mientras sus compañeros la subían a la cabina.

Suspiró.

-¡Vámonos Araña!-.

-¡No tienen que decirlo!-.

Emprendieron la huida, creyeron que iban a perseguirlas, no lo hicieron. Natsuki observó que mientras se alejaban, en ningún momento la mirada carmín se apartó de ella, era una promesa silenciosa de que iban a encontrarla, y, no estaba segura de sí quería o no que eso sucediera.


Cuando fue imposible continuar el contacto visual, la castaña miró su mano ensangrentada. -Natsuki-. Quería odiarla, sentir solo odio por ella cuando nunca pudo dejar de amarla.

-A… Ag… Agente Zero-. A espaldas de Fujino, su subordinado que la ayudó a subir la contemplaba atónito. -¿Usted… -. Tanto él como el piloto del helicóptero habían visto como Kuga se aferraba a ella para no dejarla caer, incluso después de que la propia Fujino le disparó más de una vez.

Giró el rostro por sobre su hombro. -¿Yo, qué?-. Lo retó con la mirada, mientras que, con disimulo, su mano ensangrentada desenfundó su pistola.

-Usted llamó a esa mujer por su nombre-. Él no pudo ignorar que se suponía que, incluso siendo la división especial, ellos solo tenían el nombre de Tokiha Mai. -Ella era…

Le disparó.

El cuerpo de su subordinado cayó contra el suelo.

-¿¡Pero qué demonios!?-. El piloto volteó hacia atrás. -¡Agente…

También le disparó al piloto, sin dudarlo un solo segundo.

El helicóptero viró con brusquedad.

Rápida e indiferente, Fujino le quitó el cinturón de seguridad al cuerpo y lo arrojó fuera del asiento, tomó los controles, estabilizó el helicóptero sin problemas.

No le agradaba la idea de tener que ejecutar a sus propios compañeros.

Pero… no podía permitirse que se supiera aquello, nadie más podía saber que ella conocía la identidad de una de las criminales más buscadas del país, ni mucho menos el que se había guardado tal información.

Decía odiar a Kuga Natsuki.

Y sin embargo, sabiendo lo que sabía, no la había entregado.