Sí, ya sé. "¿Otro Omake?"

Sin embargo, les invito a que lo lean. Es sumamente necesario para que sepan algunas cosas que se desarrollaran en el próximo y los próximos capítulos.

Para que tengan una idea de lo que trata este Omake, pues es básicamente sobre la infancia de Naruto. Desde sus inicios hasta el momento de su radical cambio (del que Hiruzen hablaba en capítulos pasados).

Así que, agradecería que lo leyeran y que dejaran sus opiniones, es al capítulo que le he dedicado mayor tiempo.


Humano hablando—. Interesante.

Humano pensando—. Creo que lo asesinaré.

No Humano hablando—. No mereces ese poder.

No Humano pensando—. Detenerlo es lo primordial.

Técnicas/ Nombres desconocidos—. ¡Mokuton Hijutsu Jukai Koutan!

Renuncia de Derechos: No soy dueño de Naruto, Masashi Kishimoto lo es.


Cambio

1 de Octubre

En un cuarto húmedo, maloliente, con ventilación e iluminación nula, se encontraba un pequeño niño pelirrojo que cumplía tres años de edad en este día.

Su vida, desde que tenía memoria, no había sido color de rosas, aunque tampoco había sido oscuridad total. Entre los golpes, malas raciones e insultos de las encargadas, hubo ciertas personas que al menos le trataban con neutralidad; no con compasión.

Y eso había sido más que suficiente para que el pequeño Jinchūriki no cayera en el más profundo de los abismos desde tan temprana edad. Incluso no llegó a tener rencor con aquellas personas que demostraban sin pudor su desprecio hacia él, su resolución siempre había sido la de mostrarles una radiante sonrisa, tal vez con la esperanza de que algún día le reconocieran.

La noche anterior había sido igual que las demás, así que no se sentía muy emocionado por este 'día especial'; otro típico día en el que no esperaba que sucediera nada inusual.

Aparentemente, estuvo equivocado. ¿El motivo? No había sido despertado como en las anteriores ocasiones, ocasiones en las que golpeaban la puerta y gritaban escandalosamente.

En esta ocasión fue despertado por una fría voz—. Ya levántate, mocoso.

Abrió sus ojos ligeramente, viendo a la encargada del lugar mirándole con odio puro—. Muy bueno días, señorita —saludó el pequeño, no queriendo incurrir a la ira de esta mujer.

La fémina, por su parte, se volteó y le aventó una toalla y ropa limpia—. Ve a asearte y luego ve inmediatamente a la dirección.

El pequeño miró con gran confusión al pedazo de tela, no entendiendo por qué quería que se aseara. Hoy no le tocaba; apenas había pasado una semana desde su último baño, cuando lo normal era que lo hiciera cada mes.

—Pero señorita, hoy no me toca.

—Tan solo haz lo que se te dijo —contestó, mostrando una regla de madera.

El pequeño lo entendió al instante, así que recogió los objetos, y se dirigió al precario baño que utilizaba para asearse.

La directora, al verlo alejándose, solo pudo sonreír y pensar—. Ya no serás problema mío, maldito demonio.

Caminó sin prisa hasta su oficina para preparar los papeles para deshacerse de Naruto de la institución.

Momentos después

Nerviosismo, ese era el sentimiento actual del chico pelirrojo. ¿La razón? Cosas 'inusuales' estaban sucediendo.

En primer lugar, tuvo un despertar 'tranquilo'. Seguidamente, pudo asearse mucho antes de los días normales. Y finalmente, tuvo un desayuno cuantioso, casi como si se encontrara en el corredor de la muerte, a horas del inminente final.

Ahora se encontraba parado frente a la puerta, oyendo a unas personas conversando en la dirección. Una era la voz de la 'bruja' mientras que la otra era una desconocida, la de un hombre mayor.

Transcurridos los minutos, el niño oyó a la mujer diciéndole que pasara, así que con mucho nerviosismo, el pequeño giró el picaporte e ingresó a la habitación.

Allí dentro vio a un sexagenario, quien le dedicó algo que hasta el día de hoy parecía lejano, incluso imposible; una calurosa sonrisa.

El pequeño inevitablemente agachó su cabeza, confundido ante tal inusual expresión. Aun así, escondía una pequeña sonrisa que no quería revelar debido a la pena—. ¿S-Sí, se-señorita? —preguntó, aún con la cabeza agachada.

—¡Mocoso, esta persona frente a ti es Sandaime-sama! ¡Levanta la cabeza y muestra tus respetos! —exclamó la directora, golpeando su regla contra el escritorio. Esto lo asustó, pero también lo sorprendió.

Con los ojos bien abiertos, se aproximó a aquella persona para hacerle una reverencia—. ¡Un gusto conocerle! ¡Disculpe mi atrevimiento! —En realidad él no sabía qué era un 'Sandaime', aun así demostró sus respetos.

La persona en cuestión negó con su cabeza y se puso de rodillas, colocando sus brazos sobre sus hombros antes de levantarle la vista. Una vez que sus ojos hicieron contacto, el anciano volvió a sonreír—. No te preocupes, Naruto-kun. No me siento ofendido, es más, me siento muy feliz por al fin conocerte. —Sus palabras poseían tanta sinceridad que el joven reflejó un ligero sonrojo.

—¿D-De v-verdad? —preguntó con incredulidad, casi al punto de desbordar de felicidad, más aun cuando vio a ese hombre asintiendo y sonriendo.

Por tal motivo, el 'huérfano' mostró una sonrisa tan radiante que el veterano no pensó que este niño fuera alguien que hasta el momento solo había conocido a la soledad.

La interacción se detuvo cuando la mujer, quien era cualquier cosa menos una señorita, habló—. Disculpe, Sandaime-sama. ¿Qué dice si pasamos al motivo de esta reunión? —Había mucha impaciencia en el tono de voz, incluso algo de felicidad.

El antiguo Hokage se puso de pie, acariciando el cabello del pelirrojo antes de voltearse hacia aquella gruñona mujer—. Por supuesto, prosigamos.

La mujer asintió y miró hacia el joven de ojos rojos—. Escucha bien, mocoso. Este es tu último día en esta institución, de hoy en adelante, ya no seremos responsables de tu vida. Así que toma tus cosas y vete de aquí. —Fue una orden más que nada, una orden que deseaba que se cumpliera inmediatamente; ya no soportaba ver a aquella 'molesta criatura'.

El infante comprendió en cierta forma el significado de esas palabras. Por un lado, sentía miedo ya que no sabía qué sería de él allí afuera, aunque también sentía felicidad ya que al fin sería capaz de ver el mundo exterior.

—¿A dónde i-iré? —preguntó tímida y nerviosamente.

La mujer estuvo por responder, pero Hiruzen se adelantó debido a que ya no quería que siguiera molestándole—. Vendrás conmigo, Naruto-kun. Me he enterado que hoy es tu cumpleaños, así que, ¿qué me dices si vamos a festejarlo?

El pequeño se giró con incredulidad hacia él, sollozando mientras hacía el esfuerzo para contener las lágrimas—. ¿De verdad? —Al final ya no pudo contenerlas, y su sollozo se intensificó.

Agachó la cabeza para ocultar las lágrimas, llevando su puño derecho hacia sus ojos para intentar detenerlas. Fue imposible, ya que solo aumentaron al sentir un muy inusual pero agradable contacto.

El viejo Hokage, con una cálida sonrisa en su rostro, se había arrodillado y cargado a Naruto en sus brazos, otorgándole un suave abrazo.

La mujer, indignada, expresó—. Sandaime-sama. Debería tener cuidado, esa cosa podría…

Fue incapaz de terminar ya que Hiruzen le dedicó una mirada que casi la obliga a mojarse los pantalones—. No se preocupe, 'señorita'. Naruto-kun y yo ya nos vamos, y no se preocupe por sus cosas, yo le daré unas nuevas.

Naruto apretó el abrazo al oír eso último, agradeciendo desde lo más profundo de su corazón a este hombre que finalmente iluminaba su turbio porvenir.

Mientras tanto, el Sandaime caminó en dirección a la puerta, mirando hacia el pequeño, quien aún no quería levantar su rostro debido a las lágrimas—. Vámonos, Naruto-kun. Hoy es tu día. —Finalmente salieron del edificio rumbo a la aldea.

Durante el corto recorrido entre la entrada del orfanato y su salida, el pelirrojo se calmó debido al piar de los pájaros, la suave brisa del viento y los calurosos rayos del sol.

Todo esto era nuevo para él; su vida se resumía en aquellas sucias y malolientes paredes. Abandonar aquel lugar no era una opción, y en el remoto caso de hacerlo, era solo para tomarse sus baños mensuales o porque algunas de aquellas mujeres recordaban su existencia.

Las lágrimas de felicidad se habían convertido en una sonrisa que se extendía de oreja en oreja, una que el viejo Hokage notó y le contagió.

Observó a Naruto mirando en todas direcciones, haciendo gestos de sorpresa por casi por todo lo que veía. Y como quería observar todo desde un mejor ángulo, el 'huérfano' pidió al sexagenario si podía cargarlo en sus hombros.

El hombre aceptó con mucho gusto y colocó con suavidad al pequeño en ese lugar, disfrutando de sus reacciones al mismo tiempo que abandonaban aquel lugar.

Salieron a la calle, y la gente saludó al Sandaime, incluso a Naruto ya que por el momento ignoraban su verdadera identidad.

Pero no pasó mucho hasta que los susurros iniciaran debido a su inusual apariencia. Confusión, miedo, y finalmente, odio.

Fue casi como la peste, la noticia fue tan infecciosa que en pocos minutos toda la aldea ya se había enterado de que 'el demonio había salido de su jaula'.

No se atrevieron a hacer nada debido a que se encontraba con el antiguo Hokage, cosa que hizo creer a los presentes que había 'utilizado' sus 'poderes demoniacos' para ponerlo a su merced.

El pequeño notó aquellas miradas de desprecio y odio; si bien se había sentido triste porque las personas del exterior eran iguales, la felicidad que sentía en estos momentos opacaba cualquier dolor.

Así que mientras seguía mirando hacia los alrededores, a lo lejos vio algo que le llamó bastante la atención—. ¡Eres tú! ¡Mira, allá! —exclamó, apuntando sus dedos en reiteradas ocasiones hacia la Roca Hokage.

El peliblanco sonrió—. Allí se encuentran esculpidas los rostros de las personas que se convirtieron en los líderes de esta aldea.

—Wow, ¡así que eres alguien famoso! —gritó, zarandeando sus piernas mientras sonreía.

El Sandaime volvió a sonreír mientras entraba a una tienda—. Tan solo fui la persona que veló por el bienestar de la aldea en mi época, ahora ya me encuentro retirado; alguien más joven ha ocupado mi lugar.

—¡Entonces debe ser alguien tan genial como tú!

Hiruzen se sintió triste en ese entonces, pero no quiso que el pequeño se diera cuenta de ello y solo asintió—. Así es, Naruto-kun. Ahora te compraré algo de ropa nueva.

Lo bajó en el piso, fijándose que los encargados y los clientes estaban fulminando a Naruto con sus miradas, pero una mirada suya fue suficiente para dejar en claro sus intenciones.

Miró al pelirrojo y le dijo—. Ahora ve y elige todo lo que te guste.

—¿D-De verdad? —preguntó con voz rota, casi a punto de romperse a llorar.

No obstante, una caricia de Hiruzen como una calurosa sonrisa de por medio lo evitaron, ya que hicieron sonreír al infante—. Por supuesto, hoy es tu cumpleaños.

Le vio dando algunos brincos y finalmente correr a toda velocidad hacia los estantes para elegir todo lo que le gustara.

Una hora después, Naruto y Hiruzen caminaron hacia los probadores.

Hiruzen no quiso dejarlo solo, así que le dijo que dejara la cortina abierta; el viejo Hokage no quería sacarle el ojo de encima por ningún instante, no confiaba en aquellas miradas cargadas de malicia.

El chiquillo no vio problema alguno y rápidamente se quitó sus desbaratadas y sucias prendas para ponerse las nuevas y limpias.

Felicidad y tranquilidad, en solo eso podía pensar mientras observaba al pequeño Jinchūriki disfrutando de esta experiencia.

Le miró con aquella sonrisa que Naruto le había contagiado, esa radiante sonrisa que parecía capaz de alejar cualquier tipo de malos sentimientos.

Pero esta peculiar habilidad era solo en el caso del eufórico pequeño, y el viejo Hokage muy rápidamente había comprobado que él no contaba con tal habilidad.

¿El motivo? Justo cuando había pensado que no tenía nada de qué preocuparse, nada de qué afligirse, nada de qué culparse; había visto a Naruto quedando en su ropa interior y revelándole una horrorosa visión.

Una visión que le hizo cubrirse la boca para ocultar su expresión de sorpresa mientras sentía un muy desagradable nudo en la garganta.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez en que Hiruzen se había preguntado sobre la maldad de los seres humanos. Frente a él, una visión que desearía no haber visto… No, que deseaba que no hubiera existido.

Cicatrices de todo tipo, desde mordeduras hasta quemaduras. Su cuerpo se encontraba totalmente estropeado, y aunque el niño no reflejaba dolor o tristeza, el saber lo que tuvo que pasar para conseguir esas cicatrices solo le hacía sentirse miserable.

Qué tonto había sido al creer que las personas de este pueblo comprenderían que se trataba de un niño, y aunque fuera lo que ellos decían que era, aún seguía siendo uno. Qué tonto había sido al esperar que ellos comprendieran algo tan sencillo como eso.

Por tales motivos, el anciano se había puesto de pie y se aproximó al joven, arrodillándose frente a él una vez que estuvo cerca.

No había palabras que compensaran el sufrimiento que había atravesado, solo podía ofrecerle un abrazo.

Si bien el joven Jinchūriki no supo por qué le estaba abrazando, él reciprocó el gesto en silencio, sintiendo los sentimientos que el anciano transmitía en ese tacto.

Cuando el abrazo terminó, Naruto no indagó en el motivo, solo sonrió para quitarle esa triste expresión de su rostro, cosa que pareció funcionar.

—Ahora, Naruto-kun, llevemos estas cosas y prosigamos con tu cumpleaños.

El pelirrojo no necesitó oír más y rápidamente juntó todas las prendas con la ayuda de Hiruzen, dirigiéndose hacia la caja más cercana para pagar por los artículos.

Horas después

Dicha, euforia, felicidad absoluta. Este día había sido una jornada impensada para el joven infortunado; había realizado lo que hasta ahora pensó que sería un sueño.

Fue a la heladería, al parque de diversiones, al cine, al parque, y a la Academia Ninja. Hiruzen le había dicho que allí se formaban los Ninjas que protegerían la aldea, y como Naruto desconocía su significado, el Sandaime no tuvo inconvenientes en darle una muy profunda instrucción sobre el mundo Shinobi.

Mientras iniciaba con su explicación, el Tercer Hokage fijó rumbo a su hogar para finalizar esta maravillosa jornada.

Las expresiones de los aldeanos era algo que sería muy difícil de ignorar, pero gracias a aquella zorruna sonrisa, Hiruzen desestimó todas aquellas ingratas actitudes.

Al finalizar su explicación, Hiruzen miró hacia arriba y le preguntó si lo había entendido—. ¡Por supuesto! ¡Quiero ser un ninja cuando crezca! ¿Tú me enseñaras, abuelito?

Esa última palabra dio un vuelco a su corazón, un vuelco que incrementó sus latidos y que envió más sangre a través de sus venas, todo debido a la felicidad que había sentido.

Intentando ocultar la voz rota que estaba seguro que saldría si articulaba palabra alguna, el anciano se aclaró la garganta antes de contestar—. Claro, Naruto-kun. Pero primero debes convertirte en un Chunin, luego yo te tomaré como mi discípulo. ¿Qué dices? —Una sonrisa fue su respuesta, y Hiruzen sonrió por igual.

Continuaron con la caminata en silencio, hasta que Naruto preguntó una duda que había tenido desde que tuvo conocimiento de la palabra—. Abuelito… ¿Tú conoces a mis papis?

El Sandaime quedó congelado en su sitio; esa pregunta le había tomado con la guardia baja. Naruto notó su incertidumbre, por tal motivo, expresó—. Ya veo, entonces es verdad.

—¿Q-Qué cosa? —preguntó con nerviosismo; Hiruzen no sabía qué decirle.

Si le decía que sus padres estaban vivos, entonces creería que estos le abandonaron a su suerte. Pero si le decía que se encontraban muertos, entonces cualquier tipo de reconciliación con Minato sería muy difícil. Y ese era uno de sus mayores anhelos, que Minato por fin reconociera a Naruto y que fueran la familia que debieron de haber sido.

Miró hacia arriba, viendo que había agachado la cabeza con tristeza—. Que ellos me abandonaron porque tampoco me querían.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó con indignación, bajando a Naruto al suelo.

Si bien había algo de verdad en esas palabras, su indignación provenía más por el lado de Kushina, y Hiruzen no quería que Naruto viviera con una mala idea.

—Sí, yo conocí a tus padres —prosiguió, haciendo que los ojos del pequeño se abrieran de la emoción.

Lo volvió a cargar sobre sus hombros debido a que se había tranquilizado—. Tu madre fue una maravillosa mujer, de las mejores. Era simpática, pero también ruda, pero por sobre todo, muy amorosa.

—¿Y-Y qué pa-pasó con ella? —cuestionó el pequeño con voz rota.

Hiruzen suspiró con pesar—. Lastimosamente falleció el día de tu nacimiento, no hubo nada que pudiéramos hacer. Pero créeme, ella te amó y seguirá amándote desde el más allá; tal vez incluso esté observándote ahora mismo. Así que crece de una forma en que harías orgullosa a tu madre.

Con una de sus zorrunas sonrisas, el pequeño contestó mientras llevaba una de sus manos al pecho—. ¡Claro que lo haré! Yo también seré como mi madre. —Hizo una pequeña pausa, oyendo la risa de alegría del anciano.

—¿Y-Y mi Oto-chan? —Nuevamente hubo nerviosismo en sus palabras.

Esto sería difícil, pero Hiruzen dijo lo primero que se le ocurrió; no quería matar todas las esperanzas del muchacho.

—Tu padre es un gran Shinobi, uno excepcional. Es tan fuerte que los enemigos huían ante su mera presencia; no había nadie que pudiera hacerle frente.

—Wow —silbó sorprendido.

—Sí, pero. —Con una pequeña pausa, y suspirando mentalmente, prosiguió—, desapareció en combate antes de que tú nacieras. Parece que se topó con un rival excepcional y tuvo una feroz batalla. Sabemos que no se encuentra muerto, pero no podemos encontrarlo; tal vez no puede encontrar el camino de regreso. Pero aun así, nosotros estamos haciendo grandes esfuerzos para encontrarlo.

Fue una mentira tonta, absurda, que nadie creería si se la dijeran. Pero Naruto estaba desesperado, quería algo de amor y aferrarse aunque sea a la mínima esperanza de que alguno de sus padres estuviera con vida y que por supuesto, pudiera amarle.

Aunque también era un niño de apenas tres años, y no sería muy ilógico que creyera en sus palabras—. M-Mi Oto-chan entonces sigue con vida, y si regresa, podremos vivir juntos. ¿Verdad?

—Sí, Naruto-kun. Esperemos que lo encontremos o que él regrese lo antes posible, estoy seguro de que se pondrá muy feliz de verte.

Con sus pequeños brazos, Naruto rodeó la cabeza de Hiruzen mientras pegaba su barbilla contra su cabeza—. G-Gracias, abuelito; gracias por contarme esto.

Estaba temblando, y Hiruzen podía sentir unas cálidas gotas cayendo sobre su cabello.

Él sonrió, aunque se encontraba algo triste por haberle mentido. Pero era mejor a que le contara la cruda realidad, cosa que le habría metido un gran lío de haberlo hecho; pero no le temía a las represalias, solo le preocupaba el bienestar de Naruto.

Una vez que esa conversación había finalizado, continuaron el recorrido a su morada en silencio.

Minutos después – Residencia Sarutobi

Naruto se había maravillado por las decoraciones y la estructura del edificio en sí. El interior era agradable a la vista, y no podía creer que alguien pudiera vivir en tan atrayente lugar.

Hiruzen pudo notar su encanto, aunque no comentó sobre ello. Solo le dijo que esperara unos momentos ya que le tenía una última sorpresa.

Esperó con emoción; quería saber cuál otra sorpresa de las tantas que le había dado hoy le daría a continuación.

Esperó sentado en el sofá de la sala, mirando alrededor para adecuarse a esta morada—. ¿Viviré aquí de ahora en más? —pensó con una sonrisa.

Al cabo de unos minutos, oyó la voz de Hiruzen llamándole desde el comedor. No supo por qué no había regresado, pero no era como si le importara.

Se puso de pie y caminó en aquella dirección, divisando una oscura habitación al final del pasillo.

Sintió miedo; odiaba la oscuridad, la aborrecía, más ahora que había experimentado una luz como nunca antes lo había hecho.

Aun así, confió en aquel hombre responsable de enseñarle aquella 'luz'.

Estuvo por llamar a su nombre hasta que las luces se encendieron repentinamente y oyó—. ¡Sorpresa!

Cerró los ojos al oír unas ligeras explosiones, pero las abrió al sentir algo cayendo suavemente sobre su cabeza.

Era confeti, y aunque Naruto no sabía lo que fuera, se sintió maravillado por la cantidad de colores.

Esta vez miró hacia el frente, lugar donde podía oír las risas y los aplausos de algunas personas.

Vio a Hiruzen; un hombre muy alto con cabellera blanca que le llegaba hasta su cadera.

Un joven de unos catorce años de cabellera negra con grandes ojeras, y un hombre mayor junto con una jovencita; ambos tenían unos uniformes de cocina.

No tenía idea de quienes eran, pero solo podía estar contento por sus presencias. Tal vez eran personas que no le odiaban.

Se aproximó, viendo que todos los presentes le saludaron por su nombre, incluso le dieron algunos presentes.

Las personas con uniformes de cocina se introdujeron como Ayame y Teuchi, agregando que habían abierto un puesto de ramen hace unas semanas. Naruto no supo qué era eso, aun así le obsequiaron varios paquetes de Ramen instantáneo; Hiruzen dijo que le enseñaría a prepararlos después.

El hombre alto hizo una presentación ridícula, pero que el pequeño encontró divertida. No dijo su nombre, pero sí le había entregado una billetera en forma de un sapo, además de un pequeño peluche del mismo animal. También tuvo intenciones de regalarle un 'cierto libro', pero el Sandaime lo detuvo al percatarse de sus intenciones.

Finalmente se aproximó el joven pelinegro, quien le obsequió algunos Kunai y Shuriken de juguete, viendo al pequeño jugar con ellos al instante.

Se introdujo como Itachi Uchiha, y dijo que algún día le enseñaría a utilizar verdaderas herramientas Ninja.

Hiruzen había reunido a todos ellos debido a que eran las únicas personas en quienes podía confiar en días como estos. Ayame y Teuchi eran nuevos en la aldea, así que no había riesgos de que estos hicieran algún mal o que intentaran hacerlo.

Jiraiya, a pesar de que decía estar de acuerdo con las palabras de Minato, lo hacía solo para no afligir aún más a su alumno. El Sannin en realidad pensaba igual que su maestro, pero ambos sabían que no podían hacer nada por el momento para cambiar el parecer del rubio mayor.

Mientras que Itachi sabía de su carga y le agradecía por mantener a la aldea a salvo, a diferencia de los aldeanos que eran malagradecidos respecto a ese gran favor. También pensaba que era un niño divertido y que tal vez podía hacerse amigo de su hermano, pero movilizarlo y que luego guardara silencio sería algo difícil.

Todo el clan Uchiha estaba en contra de Naruto ya que los aldeanos creían que ellos tuvieron algo que ver con aquel incidente, así que si Sasuke hacía comentarios de que estuvo en un cumpleaños con un niño pelirrojo, su padre y madre sabrían con facilidad de quien se trataba, e Itachi no quería meter en problemas a su hermanito.

Mientras observaban a Naruto jugando y correteando por la sala, Ayame se acercó con un pastel con tres velas y lo puso sobre la mesa.

—Naruto-kun, acércate —habló Hiruzen, observando al pelirrojo deteniéndose y volteándose hacia ellos, abriendo los ojos como platos al ver el pastel antes de correr hacia él.

—¿E-Esto es para mí?

—Sí, Naruto-kun, hoy es tu día.

El mencionado sonrió y se sobó los ojos para contener las lágrimas. Los presentes le dijeron que se pusiera frente a ellos y una vez allí le cantaron un 'cumpleaños feliz'.

La emoción lo había abrumado, y esta vez, las lágrimas corrieron inevitablemente mientras los presentes continuaban cantando y aplaudiendo mientras algunos ponían sus manos sobre sus hombros, o le acariciaban el cabello.

Cuando recitaron el último coro, Naruto dio las gracias y el resto esperó a que se tranquilizara. Una vez que lo hizo, Hiruzen le dijo que pensara en un deseo y soplara las velas.

Cuando estuvo por hacerlo, se detuvo abruptamente. Jiraiya le preguntó por qué, y Naruto se giró para contestar.

—No sé si mi deseo funcionará ya que hoy no es mi cumpleaños.

Esta última afirmación confundió a los presentes, se suponía que 'hoy' era su cumpleaños, por lo que no sabían de donde había sacado aquella conclusión.

—¿Por qué dices eso, Naruto-kun? —preguntó Itachi.

—Es que oí a las señoritas del orfanato decir que yo era la reencarnación del demonio y que había nacido el 10 de Octubre. Aunque no entiendo lo que quisieron decir.

Todos sintieron un nudo en sus gargantas, a excepción de los Ichirakus ya que tampoco lo sabían.

Ocultaron su incomodidad ya que no querían que Naruto hiciera preguntas al respecto y se enterara de un secreto que los presentes no querían que lo supiera, tal vez llegaría a culparse por todas aquellas muertes.

El Sarutobi se puso de rodillas frente a él—. Pues eso no es importante, Naruto-kun. Lo importante es que tú lo desees con tu corazón. —Acercó su dedo índice y lo chocó contra su pecho.

Naruto asintió con una sonrisa y se volteó, mirando hacia las velas mientras cerraba los ojos—. Deseo que mi Oto-chan regrese.

Abrió los ojos y sopló lo más fuerte que pudo, cosa que hizo aplaudir a los presentes debido a su vitalidad.

Las cosas no podrían verse mejor, Naruto se veía feliz, los adultos se estaban divirtiendo, y todo indicaba que la celebración se llevaría a cabo sin interrupciones.

Sin embargo, los aplausos se detuvieron súbitamente cuando oyeron unos nuevos que provenían de la entrada. Miraron con nerviosismo hacia allí, observando a un hombre rubio con una capa con llamas rojas entrando y aplaudiendo con una sonrisa—. Espero no haber llegado tarde.

Los Shinobis se miraron unos a otros, no sabiendo qué decir ante la muy inesperada visita, y aunque el Yondaime no lo demostrara, podían sentir la molestia que se ocultaba detrás de aquella falsa sonrisa.

Naruto lo miraba con los ojos bien abiertos, pero no había dicho nada ya que el misterioso hombre expresó antes—. Sensei, Sandaime-sama, ¿podrían acompañarme un momento?

Sin esperar confirmación, se volteó y caminó hacia la salida. Los nombrados así lo hicieron, aunque el anciano había dicho al joven cumpleañero que esperara aquí hasta que regresara.

Una vez que llegaron a aquel lugar, observaron que había al menos seis ANBU detrás del Hokage, quien ahora reflejaba sus verdaderos sentimientos.

—Sandaime-sama, esto no era lo que habíamos acordado.

—Ya lo sé, Minato. Solo quería hacerle pasar un buen rato.

—No me importa. Se suponía que solo lo retirarías del orfanato y luego lo dejarías en su nueva morada. No te había permitido que hicieras nada más que eso.

Hiruzen suspiró, aunque al final asintió—. Está bien, Minato. Lo llevaré cuando terminemos, solo te pido eso.

—No, lo harás ahora. Entrarás allí, le dirás lo que tengas que decirle y lo llevarás. Esa es mi decisión.

Con otro suspiro, el Sandaime asintió—. Está bien, Minato. —Estaba triste, dolido, pero no había nada que pudiera hacer, tan solo podía esperar que Minato recapacitara.

Esta vez miró a su Sensei—. Y tú… Esperaba esto de Sandaime-sama, ¿pero tú, Sensei? ¿Es que acaso estás burlándote de mí?

—Claro que no, Minato. ¿Cómo puedes creer algo así? Solo vine porque quería observar un poco al muchacho; comprobar si se encontraba bien y esas cosas. Tú sabes muy bien lo que podría suceder en el caso de que muera.

El Yondaime instantáneamente visualizó aquel escenario, cosa que le hizo tragar saliva, aunque no se había sentido muy satisfecho con la excusa de su maestro.

—Espero que así sea, Sensei, y que no estés encariñándote con… 'él'.

Jiraiya asintió con pesar; solo podía esperar lo mismo que su maestro.

Minato se volteó, dispuesto a retirarse—. Quiero que hagas lo que te he dicho ahora mismo, Sandaime-sama.

Estuvo por salir, hasta que sintió un tirón en su capa. Se volteó, pero no había visto a nadie a su altura, así que miró hacia abajo y pudo ver a Naruto, quien le estaba mirando con cierto interés.

Hiruzen y Jiraiya abrieron los ojos con enormidad; no se habían dado cuenta de su presencia ya que estuvieron inmersos en la conversación.

Minato ocultó de forma magistral su desprecio, pero no preguntó qué sucedía ya que el pequeño habló antes—. Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Lo lamento, pero ya tengo que irme. Puedes preguntarle a Sandaime-sama lo que necesitas. —Con un ligero estirón para sacar su capa de sus manos, Minato prosiguió con su camino hacia la salida.

Su caminata fue interrumpida por la inocente voz que desbordaba de esperanza—. ¿T-Tú e-eres mi Oto-chan?

Los maestros tragaron saliva, mientras que el Hokage se había quedado congelado en su lugar, desconcertado por aquella pregunta que creyó que nunca oiría.

¡Qué tonto había sido! Venir a un lugar como este, esperando no toparse con la fuente de todo su sufrimiento, creyendo que podría ignorar su existencia de la forma en que lo estuvo haciendo.

Cerró los ojos; no quería hacer contacto con aquella diminuta criatura que le observaba con una mirada que tal vez le hubiera hecho reconsiderar sus ideas; una mirada inocente, llena de felicidad y vitalidad, pero que no estaba mirando debido a sus cerrados ojos.

Ni siquiera quería oír su angelical voz, una voz que creía engañosa y maliciosa, una voz que pensaba que buscaba bajarle la guardia para acceder a su verdadero poder. No, Minato no deseaba ser engañado, no deseaba ser molestado, no quería recordar los amargos momentos.

—T-Tú debes serlo; t-te pareces mucho a mí.

En ese preciso instante el Yondaime abrió los ojos, miró hacia abajo y habló con los dientes apretados—. Tú y yo no nos parecemos en nada —casi escupió al final, ya no pudiendo contener el desprecio en sus palabras y en su mirada.

El pelirrojo dio unos pasos hacia atrás, asustado ante aquella penetrante mirada. ¿Se había equivocado? ¿Su deseo no había funcionado como había pensado? Y especialmente, ¿por qué este hombre tenía la misma expresión que el resto de las personas en esta aldea?

Parecía ser alguien importante, pero ignoraba de quien se trataba, aunque su figura parecía dictar a la de un noble.

Minato miró hacia atrás para agregar—. Haz lo que te he dicho, ¡ahora! —Con eso dicho, desapareció en un destello amarillo mientras que sus ANBU en bocanadas de humo.

Los maestros vieron al Jinchūriki agachando la cabeza, antes de levantarla y preguntar con confusión—. ¿Quién era él? —No se había sentido tan afectado por sus duras palabras puesto que ya estaba acostumbrado a tal trato.

Jiraiya desestimó la pregunta con un movimiento de sus manos mientras se aproximaba—. Nah, tan solo es el gruñón del pueblo. No le prestes mucha atención. Siempre anda malhumorado; vino para molestar al viejo, y como tú le hiciste preguntas, también se molestó contigo. Es una persona intratable.

Naruto rió con diversión y agregó—. Ya veo. Qué tonto fui, mi pelo es de color rojo, y él lo tiene amarillo. Ese señor no puede ser mi Oto-chan, me confundí.

Jiraiya y Hiruzen compartieron una mirada por unos instantes, antes de que Jiraiya agregara—. Sí, lo fuiste un poco. Pero ahora que el gruñón se ha ido, cortemos el pastel.

Naruto dio un pequeño brinco y corrió rápidamente hacia aquel lugar. En ese momento, Hiruzen se descompensó, pero Jiraiya rápidamente lo sostuvo—. ¡Sensei! —exclamó, sentándolo en el sofá.

Allí le miró con atención, tomándole el pulso para asegurarse de que todo estuviera bien. El Sandaime hizo un gesto con sus manos antes de suspirar—. Tranquilo, Jiraiya. La presión me abrumó, pero lo bueno es que no pasó a mayores.

El peliblanco suspiró y agregó—. Sensei, tomate un descanso. Ya estás viejo y estas cosas podrían hacerte mal.

—Ya lo sé, pero Naruto-kun la está pasando aun peor. Yo que ya he tenido una larga vida, me sentiría en paz si pudiera traer felicidad a la vida de Naruto-kun, aunque me cueste la vida.

Su pupilo dejó escapar un suspiro—. Entiendo, Sensei, entiendo. Ahora regresemos y luego haz lo que dijo Minato, tampoco queremos que se moleste innecesariamente.

Con ayuda de su alumno, el maestro se puso de pie y caminaron de regreso a la fiesta.

Minutos después

—Hemos llegado, Naruto-kun —habló Hiruzen mientras abría una puerta, revelando una habitación que solo podía ser descrita como una verdadera pocilga, aunque era mucho mejor a lo que Naruto estaba habituado.

La fiesta había terminado de buena manera, todos felicitaron a Naruto una vez más antes de que se disculparan debido a que ya se estaba haciendo tarde, y precisamente, la noche ya había caído.

Una vez que todos se habían retirado, el Tercer Hokage mencionó que debían de salir ya que tenía que mostrarle algo más. No trajo las cosas que había comprado, ni tampoco los regalos que le habían obsequiado, ya que tenía la intención de hacerlo al día siguiente.

El pelirrojo no hizo preguntas y siguió a Hiruzen hasta el punto en el que ahora se encontraban.

Al estar allí, el pequeño miró con cierta duda al adulto—. ¿Qué hacemos aquí, abuelito?

Oyó un suspiro cargado con mucha tristeza mientras veía al recién nombrado arrodillándose frente a él y colocando sus manos sobre sus hombros—. Naruto-kun, tú vivirás aquí de ahora en más.

Sus ojos se abrieron como platos; sacudió la cabeza, retrocedió, miró alrededor de la habitación, y finalmente le miró con una expresión de desesperación—. N-No, p-por favor, n-no.

El corazón de Hiruzen se había roto al ver aquella expresión, pero no había nada que en su condición pudiera hacer. ¿Enfrentarse a Minato? Era una posibilidad, en la cual tenía todas las de perder, y no solo él, sino también Naruto. El Sandaime no sabía lo que Minato podría llegar a hacerle en un escenario como ese.

—Lo siento, Naruto-kun. Pero no hay nada que yo pueda hacer, pero vendré a visitarte sin que nadie lo sepa. Mientras tanto, permanece en este lugar y no le abras la puerta a absolutamente nadie —remarcó sus últimas palabras con tal seriedad que no quería que quedaran dudas en su cabeza.

Se puso de pie, pero antes de que pudiera hacer otro movimiento, el pequeño se abalanzó hacia una de sus piernas y la abrazó con fuerzas—. ¡Por favor, no! ¡No me dejes, abuelito! —inició con su plegaria, mirando hacia arriba y revelando las lágrimas que corrían como nunca antes.

Agachó la cabeza nuevamente y la chocó contra su pierna—. ¡Ya no quiero volver a estar solo, ya no quiero dormir en la oscuridad! —Esta vez tembló, tanto que Hiruzen fue arrastrado por sus sentimientos.

—Naruto-kun… —susurró con voz rota.

Miró hacia arriba una vez más y esta vez habló con una sonrisa de desesperación—. No me dejes, me portaré bien; haré todo lo que tú digas. ¡Pero por favor, no me dejes! Quiero divertirme al igual que hoy, quiero hacer todas las cosas que hice hoy, quiero volver a conocer a más gente como lo hice hoy. Por favor, no me dejes solo —susurró al final, aumentando la fuerza del abrazo.

Hiruzen estiró su pierna y se agachó, abrazando a Naruto en ese mismo lugar mientras hacía lo que no quiso hacer en todo el día, llorar—. Puedo entenderte, Naruto-kun. Puedo entender que esto te está doliendo mucho; yo sé que tú quieres saber lo que está pasando en verdad; por qué esto solo te pasa a ti. Pero tan solo debes esperar, Naruto-kun. Algún día los amaneceres te parecerán más cálidos, y las noches ya no te parecerán tan frías. Pero por ahora, solo puedo pedirte que esperes.

—Por favor, abuelito, ya no quiero esperar. Tú ya has hecho que el día sea más cálido para mí, ahora solo haz que las noches también lo sean y que se repitan para siempre. No me dejes solo.

—Lo entiendo, Naruto-kun. Pero…

—¡Pero por favor! Nunca he tenido nada que realmente me importara, y ahora que lo tengo, por favor no me lo quites, por favor, quédate a mi lado —interrumpió abruptamente, transmitiendo ese sentimiento de desesperación que retorcía el corazón del Legendario Shinobi.

Hiruzen tragó saliva y ofreció—. Me quedaré contigo esta noche, Naruto-kun. Mañana intentaré revertir esta situación, haré todo lo posible para que no nos separen.

Levantó su cabeza al instante y apretó con más fuerzas—. Sí, ¡por favor! —La esperanza que transmitía en su voz era algo que llenó de determinación al viejo Hokage.

Hiruzen sonrió y lo separó de su pierna antes de cargarlo en sus brazos—. Ahora respira con tranquilidad, Naruto-kun. Esta noche me quedaré aquí, y mañana intentaré solucionar este inconveniente.

El joven simplemente se acurrucó en sus brazos y asintió mientras cerraba los ojos. Era lo único que necesitaba oír, confiaba en el Sandaime y no tenía miedo de bajar la guardia con él.

Se sumió en sueños rápidamente, el gasto de energía por fin había pasado factura. Muchos sentimientos y experiencias nuevas habían sido demasiado para su pequeño cuerpo.

Hiruzen lo colocó sobre la cama luego de sacudirla y él fue a un asiento para guardar sueño.

Al día siguiente – Torre Hokage

—No, lo prohíbo absolutamente. Es más, ya no podrás acercarte a ese muchacho. Asignaré a uno de mis ANBU para asegurarme de ello. —Fue la respuesta y decisión absoluta que el imponente Yondaime Hokage había tomado luego de oír las explicaciones de Hiruzen.

Había puesto su corazón en ello, había intentado ablandar el corazón del frío Hokage, pero ni siquiera las más suaves palabras podían suavizar aquel corazón duro como la piedra.

—Minato, yo sé que estás dolido. Pero… ¡Ese niño no tiene por qué estar pagando por lo que tú creas que pasó o no pasó! ¡La única verdad es que ese niño está sufriendo mientras tú te das la gran vida! ¡¿Tú crees que lo que estás haciendo es lo correcto?! ¡¿Crees Kushina, o incluso tu difunto hijo en tu retorcida teoría, se encontrarían orgullosos de lo que estás haciendo?! ¡Tú tan solo estás buscando a alguien en quien descargar tu culpa! ¡Y ese niño no tiene por qué ser el recipiente de tus malos sentimientos! —Tenía una mirada de furia, como nunca antes. Se encontraba furioso, con la sangre hirviendo en sus venas, despertando algo que tal vez no había sentido nunca… Desprecio.

—¿La gran vida? ¡¿La gran vida?! ¡Tú qué diablos puedes saber lo que yo tengo que aguantar todos los días! —esta vez el rubio exclamó, poniéndose de pie y golpeando su escritorio.

—¡Tengo que levantarme todos los días mirando al lado de mi cama, recordando que mi esposa se fue por culpa mía, y mirando por la ventana, sabiendo que el responsable de la muerte de mi hijo se encuentra allí, burlándose de mí con su mera presencia!

—¡Eso es una estupidez! ¡¿Cómo si quiera puedes creer que un niño como él puede ser lo que dices?! ¡Y aunque lo fuera, tú tuviste que obrar mejor, remendar lo que creas que hayas causado con buenas intenciones, no con las que estás tomando! ¡Tú no te diferencias en nada de un criminal de clase baja!

Minato se movió para atacar, pero se detuvo ante el impermutable Sandaime, quien lo miraba con una mirada de total decepción—. ¡Raaah! ¡Tan solo vete de aquí! ¡No quiero hacer algo de lo que pueda arrepentirme después!

—Eso ya lo has hecho, y te darás cuenta de ello tarde o temprano. Has sido un terco, Hokage-sama, y espero que tu terquedad no te haga sentir peor en el futuro, o que no cause algo de lo que no solo tú se arrepienta. Recuerda mis palabras, tuviste la oportunidad y la desaprovechaste.

No esperó respuesta, solo hizo una reverencia y se retiró en silencio.

Minato gritó con exasperación, golpeó la pared con fuerzas y miró hacia la aldea—. Todo esto es culpa tuya, maldito demonio. Ya has logrado poner al Sandaime de tu parte, pero tú no lograrás convencerme con tus falsas palabras. —Finalizada su línea de pensamiento, regresó a sus obligaciones.

Mientras Hiruzen caminaba fuera del edificio, notó que al menos ocho ANBU estaban siguiendo sus pasos de cerca, asegurándose de que siguiera las órdenes del Hokage al pie de la letra.

Giró su cabeza hacia la torre, y pensó mientras una lágrima corría bajo su mejilla—. Eres un terco, Minato. Espero, tan solo espero que tus acciones no cambien a ese adorable pequeño.

Miró hacia el frente, específicamente, hacia el lugar donde ahora residía el Jinchūriki—. Naruto-kun, lo lamento, pero no podré regresar contigo. Por favor, no me odies. —Puso su antebrazo en sus ojos y se los frotó con fuerzas para que los aldeanos no le vieran derramando más lágrimas.

Mientras tanto, en aquel lugar donde se suponía que debía de regresar, un pequeño niño esperaba con impaciencia su retorno, visualizando todas las cosas divertidas y emocionantes que compartiría junto con él hasta que su 'Oto-chan' regresara para compartir más momentos felices.

Esperó horas, ignorando por completo el pasar de ellas… incluso el de los días. ¿Hambre y falta de sueño? No, eso no era nada comparado con la idea de saber que tendría una mejor vida de ahora en más… Una vida que lastimosamente nunca había llegado.

Y-Yo s-sé que regresará, estoy seguro que lo hará —pensaba con una gran sonrisa, aunque sus ojos y extremidades reflejaban totalmente lo contrario.

Abuelito… Aquí estoy.

1 año después

Otro año de soledad y tristeza, otro año de incertidumbre y desconcierto. ¿Qué había sucedido con su 'abuelito'? ¿Por qué ya no había regresado? Continuó esperándole durante días, días en los que sobrevivió gracias a cierto ente sobrenatural que residía en su interior, aunque el pequeño hubiera ignorado tal peculiaridad.

Ese poder, sin embargo, sería incapaz de mantenerlo con vida por siempre, y tuvo suerte como también mala suerte de que la encargada del lugar haya decidido ingresar a su habitación para correrlo.

No le había importado su estado, solo lo aventó a la calle y lo dejó allí a su suerte. En ese lugar había sido recogido por aquel ANBU, quien tenía que asegurarse de que Hiruzen no se le acercara. Lo llevó hasta un lugar más seguro y dejó algo de comida y agua para cuando despertara, solo suficiente para que tuviera algo de energías.

Hubo confusión y miedo al momento de despertar, corrió por las calles, preguntando si alguien había visto a su 'abuelito', pero solo obtuvo como respuesta las miradas de desprecio, o sucias y duras palabras, ni que decir de los golpes de los más intolerantes.

Posteriormente salió en su búsqueda, pero no tenía idea de cómo llegar hasta su hogar, así que muy prontamente se había extraviado en la gran extensión de la aldea.

Por donde quiera que miraba, solo podía ver miradas de odio y de malicia, así que se había escondido hasta que su 'abuelito' le encontrara, seguramente algo le había sucedido y por eso no había podido regresar.

Desde ese punto en adelante su vida se había convertido en una verdadera odisea. No había nadie que le ayudara en ningún aspecto. En el orfanato, si bien la pasaba mal, al menos tenía algo que comer tres veces a la semana, o si tenía suerte, hasta seis.

Pero ahora, y por primera vez en su vida, se encontraba totalmente solo; se sentía como un pequeño ratón rodeado por felinos.

Había aprendido a moverse por las noches, momentos en los cuales el tránsito era casi nulo, y por lo tanto aprovechaba para buscar restos de alimentos cerca de los puestos de comida, o incluso entre la basura de los habitantes.

Los baños pasaron a ser un lejano recuerdo; tenía suerte de mojarse un poco en los días lluviosos, pero el peligro de rondar por las calles era patente.

Salir a las calles en los días soleados había sido inevitable, ya que las autoridades de la aldea hacían guardia y evitarlos era casi imposible. Y no le gustaba que estas personas le atraparan, si bien no le causaban daño físico, ellos disfrutaban de hacerlo sufrir de una manera que no podía concebir.

Se burlaban de su apariencia, de su situación, e incluso de su falta de alimentación. Esas personas disfrutaban de hacerle llorar, y aun más que implorara por algo de la comida que devoraban frente a él.

Obviamente, no le daban bocado alguno, y si lo hacían, era después de que se sometiera a grandes humillaciones. ¿Pero que importaba? Al menos podía calmar su estómago un día más.

La desesperación lo había llevado a cometer cosas impensables, como robar las pertenencias de los demás, específicamente, alimentos.

Era un arma de doble filo, podría calmar su estómago, pero si era atrapado —cosa que había sucedido en varias ocasiones—, eso le aseguraba estar al menos tres días aislado debido a los golpes.

En la aldea no encontró personas 'neutrales' como en el orfanato, aquí estaba rodeado por una manada de lobos que no esperaban el momento de tener sus colmillos en su cuello.

Era una vida dura, pero el infante estaba más que determinado en hacer cambiar las opiniones de los demás, para bien. Solo necesitaba una oportunidad, una oportunidad en donde les demostrara que él no era lo que ellos creían que era; Naruto quería demostrarles que él también era como los demás, un ser humano.

Pero era un deseo que parecía imposible, era apenas un niño, ignorante y sin ideas de cómo llegar a tal descabellado objetivo. Sin embargo, no perdía las esperanzas, sabía que su 'Oto-chan' regresaría algún día, y él le ayudaría a cumplir su más anhelado objetivo.

Como su abuelito se lo había dicho, solo tenía que esperar, esperar como lo había hecho durante todo este tiempo.

En este preciso instante se encontraba en un callejón, hurgando entre la basura de un puesto de comida que despedía un bendito aroma, un aroma que hacía rugir a su estómago como un furioso león.

Intentaba no hacer mucho ruido, ya que las personas parecían apreciar sus desechos como para ponerse coléricos cuando lo descubrían; debía ser cuidadoso para no llamar la atención.

No encontró casi nada que tuviera un buen aspecto, y mucho menos un gran sabor, solo encontró algunas migajas de pan rancio y algunas cascaras de plátanos. Los devoró con rapidez antes de que alguien pudiera notar su presencia.

Su estómago rugió nuevamente; esto no había sido suficiente, así que continuó hurgando con la esperanza de encontrar algo más.

Pegado por la pared, encontró un vaso de polietileno con unos palillos de madera. No sabía lo que era, pero supuso que había algo de comer allí dentro.

Se acercó rápidamente y vio algo de color blanco y alargado que estaba rodeado por un líquido agradable que contaba con varias especias.

Metió su mano y cargó algo del líquido junto con lo que le acompañaba, dirigiéndolo hacia sus labios.

Una gran cantidad de sabores invadieron a su paladar, una cantidad increíble de fragancias y aromas que nublaron su ser.

Quedó en un estado de suspensión, moviendo de un lado para el otro lo que acababa de introducir en su boca, queriendo experimentar este sabor por siempre.

Eventualmente se lo había tragado, y de un estado suspendido pasó a uno de arranque, un arranque salvaje y feroz.

Antes de que pudiera darse cuenta, ya había engullido todo su contenido, cosa que casi le hace derramar lágrimas de desesperación; había sido su primer sabroso alimento luego de aquel maravilloso día y no quería que se acabara tan pronto.

—Más, un poco más —susurró mientras lamía los bordes, desesperado por degustar más de aquel extraordinario sabor.

Estuvo tan concentrado en su tarea que no se percató de una persona que se le había acercado lentamente por detrás, arrodillándose y llevando su mano derecha hacia su hombro.

Sintió el tacto, y sus sentidos de supervivencia se dispararon. Se volteó con brusquedad, cayendo al suelo y retrocediendo con una mirada de horror—. ¡N-No me haga daño! ¡No volveré a hacerlo! —exclamó, observando a aquella oscura figura poniéndose de pie.

Nuevamente se volteó para correr hacia esa dirección, pero tuvo el infortunio de ver el final del pasillo a escasos metros de su posición.

Miró hacia el frente, viendo a la figura aproximándose a la fuente de luz mientras recitaba—. Naruto-kun, ¿eres tú?

Era una familiar voz, una que había oído hace un tiempo pero que ya había olvidado con el correr de los meses, la voz de una joven mujer.

Los rayos del sol entonces revelaron su figura, y los ojos de Naruto reconocieron a la muchacha que estuvo en su primer y único cumpleaños—. ¿Nee-chan? —preguntó con nerviosismo y duda en su voz.

Los rayos del sol entonces lentamente llegaron hasta la posición del joven Jinchūriki, y cuando Ayame pudo observarlo con claridad, se cubrió la boca debido al shock.

Estaba inmundo, golpeado, con moretones alrededor de todo su cuerpo. Sus prendas estaban desbaratadas y ensangrentadas. Este niño no se parecía en nada a aquel muchacho que no paraba de sonreír en aquella fiesta.

Ella se aproximó rápidamente, notando que Naruto había retrocedido mientras ponía una mirada de miedo en su rostro.

Ayame lo comprendió al instante, así que hizo sutiles movimientos mientras expresaba—. Tranquilo, Naruto-kun. No te haré daño, soy yo, Ayame-chan.

—Por favor, no me golpees. No volveré a robar tu basura.

Los ojos de la fémina se pusieron llorosos, y antes de que las lágrimas pudieran correr, se limpió los ojos con su delantal.

La joven cocinera se puso de rodillas y se aproximó de la misma forma hacia el joven Jinchūriki, poniéndose a su altura para darle algo más de confianza.

Naruto la siguió con su mirada, buscando aberturas para huir en caso de que sucediera algo malo. La vio levantando su mano derecha con lentitud y acercándola hacia él, por lo que cerró los ojos con fuerza al imaginar lo peor.

No había sentido lo usual, sintió algo que le trajo buenas recuerdos. Ya no se encontraba en el piso, sino en unos suaves y cálidos brazos.

Abrió los ojos, dudoso, queriendo observar el lugar donde se dirigían. Ingresaron a un pequeño establecimiento, por la puerta de salida que tenía en el callejón.

Una vez allí, Ayame lo llevó a una habitación y lo puso en el suelo, sonriendo mientras miraba al nervioso Jinchūriki—. Ahora espera aquí, Naruto-kun. No te muevas, regresaré en un momento.

Esperó pacientemente hasta que se alejara lo suficiente, y cuando lo había hecho, corrió hacia la puerta para huir.

Intentó alcanzar la perilla, pero estaba muy alto como para hacerlo. Se acercó a una silla cercana y estuvo por agarrarla, pero se detuvo cuando la puerta por donde salió Ayame se había abierto. Ella entró, esta vez con una toalla en brazos.

Miró a Naruto con una ceja levantada y se puso de rodillas frente a él, abriendo los brazos para que se acercara.

El pelirrojo dudó al principio, pero lentamente se aproximó a la abertura, y una vez que estuvo cerca, Ayame lo envolvió en un suave abrazo.

Sintió los temblores, temblores que le enviaban puñaladas al corazón. Ayame ya había aprendido de la condición de Naruto, pero aun así, y ahora que lo veía luego de un año, pensaba que los aldeanos se estaban sobrepasando.

¿De qué forma se había enterado? Resulta ser que los aldeanos había oído que estuvieron en la fiesta de cumpleaños que Hiruzen había organizado, y muy rápidamente los habían catalogado como 'los simpatizantes del demonio'.

Las cosas se pusieron duras desde aquel entonces; hubo muchos intentos de sabotaje que casi les había costado su sustento de vida. Pero afortunadamente, y gracias a las precauciones de su padre y de algunos pocos aldeanos que realmente no le daban ninguna importancia a Naruto, habían logrado sobrevivir hasta el día de hoy; pero las cosas solo seguían empeorando y tal vez se verían obligados a cerrar irremediablemente.

Ayame aumentó el abrazo con suavidad y cuidada lentitud, dando caricias a la cansada espalda del pequeño. La chica sentía el temblor del niño contra su pecho, nervioso, angustiado. Su corazón se había quebrado; sólo alguien tan desacostumbrado a gestos de cariño reaccionaría de esta manera—. Tranquilo, Naruto-kun. No te haré daño.

Sus palabras, aunque sinceras, no lo convencieron del todo. El infante ya había sufrido bastante en estos últimos meses, y la idea de ser víctima de más dolor, no solo físico, sino también emocional, le aterraba.

No quería apegarse a alguien de vuelta y que esta persona le abandonara, no quería revivir aquellas noches en las que se preguntaba qué había sucedido con su abuelito. Prefería vivir solo, sin ser una molestia para nadie, hasta que fuera lo suficientemente grande como para valerse por sí mismo y cumplir con su descabellado objetivo.

Sintió ahora las suaves manos de la joven señorita acariciando su mejilla, específicamente, el lugar donde sus lágrimas caían. No supo por qué lo estaba haciendo; se había convencido de no volver a llorar, pero el afecto de una persona lo había abrumado de vuelta.

Fue inevitable, fue incapaz, se acurrucó con timidez contra el pecho de la joven, disfrutando lo más que pudiera de su cálido afecto antes de que quedara en un distante recuerdo.

La señorita de cabellos castaños, sonriendo, puso a Naruto en sus brazos y le susurró antes de que éste pudiera decir nada—. ¿Ves? No te haré daño. Ahora, Naruto-kun, déjame darte un baño. Parece que no has tomado uno desde hace un tiempo.

—N-No es n-necesario; no quiero molestarte. —Sus ojos reflejaban una profunda vergüenza; no por el hecho de que se había ofrecido a bañarlo, sino porque, como se lo habían repetido aquellos Shinobis en innumerables ocasiones, era un niño 'sucio' y 'apestoso' que alejaba a los demás con su 'pútrida presencia'.

Ayame sonrió y lo atrajo para chocar su mejilla contra la de él—. No digas esas cosas, Naruto-kun. No me molestaría. —Hizo una pausa, parándose justo frente a la entrada del baño—. Estamos aquí, Naruto-kun. ¿Estás listo?

El mencionado miró hacia la puerta antes de volver a mirar hacia su sonriente expresión—. E-Eso creo.

La cocinera lo puso en el piso e ingresaron juntos. Una vez allí dentro, Ayame le dijo que pusiera sus prendas en el canasto y que se metiera en la bañera en lo que regresaba con algo que le quedara.

Lentamente realizó la petición de la castaña, cohibido ya que esta experiencia aún le resultaba extraña. Miró hacia la bañera, viendo el agua caliente liberando un agradable vapor que se propagaba por el área de la habitación.

Caminó hacia allí y metió su cuerpo una vez que estuvo cerca. La sensación de la tibia agua envió una agradable corriente alrededor de su cuerpo, retorciéndole debido a los celestiales escalofríos.

Disfrutó de aquella agradable sensación, absorbiéndola tanto como pudiera para tener un agradable recuerdo que le ayudara a seguir resistiendo, y por sobre todo, esperando.

Oyó una risa de diversión, así que giró su cabeza en esa dirección y vio a Ayame con prendas que parecían ser de su talla exacta.

Se los había dado Hiruzen hace un tiempo con la esperanza de que si encontraban a Naruto, entonces se las entregarían. No había explicado por qué no podía hacerlo en persona, pero los Ichirakus percibieron la desesperación y angustia en sus ojos.

La señorita los colocó sobre una silla y se arrodilló frente a la tina—. ¿Cómo se encuentra el agua, Naruto-kun? —interrogó con una sonrisa que se desvaneció al ver el semblante en su rostro.

—Nee-san, ¿por qué haces esto? —Agachó su cabeza al percatarse que estaba enseñándole una expresión desagradecida, aunque estaba curioso, y la duda de su amabilidad le resultaba increíble, no quería que la 'fantasía' se acabara tan pronto.

Ella le miró con una expresión interrogante—. ¿Qué clase de pregunta es esa, Naruto-kun? Lo hago porque eres un bonito niño a quien no puedo ver de esta manera. Además, eres un amigo. —Acercó su mano derecha a su cachete y le otorgó una suave caricia.

Sus ojos y labios temblaron, y Ayame, sabiendo lo que se venía, prosiguió—. ¿Y es eso suficiente?

Viendo su sonrisa desinteresada, el pelirrojo se frotó los ojos antes de asentir.

—¡Pues muy bien! Ahora pasemos a lo que hemos venido.

El pequeño volvió a asentir, justo para sentir el agua tibia cayendo sobre su cabeza y las manos de la castaña frotando sus cabellos.

Agradecido y volviendo a sentir felicidad luego de un largo tiempo, Naruto reflexionó—. Y-yo puedo seguir esperando…

Minutos después

Naruto se sentía una persona nueva, casi como si hubiera renacido. Esta frescura de sentirse limpio era algo que había olvidado y que pensó que no volvería a sentir hasta que su 'Oto-chan' regresara.

Ahora agarraba una de las manos de Ayame mientras caminaban hacia la cocina, ya que la castaña dedujo con facilidad que el pelirrojo se encontraba hambriento. Al llegar, Ayame le pidió que se sentara en la mesa y que volvería dentro de unos minutos con algo que le gustaría.

Pasaron los minutos y Naruto logró oír un murmuro con mucha claridad, una de las voces era la de Ayame, mientras que la otra parecía ser la de su padre. No podía entender muy bien de lo que estaban hablando, pero parecía que su padre la estaba regañando por algún motivo.

Curioso, caminó en puntillas para oír mejor—. Ayame, ¿por qué no has abierto el puesto aún? Sabes de nuestra situación, y no podemos darnos el lujo de estar desperdiciando valiosas horas. —Era Teuchi; había salido desde muy temprano para hacer unas entregas y comprar ingredientes frescos.

—Lo lamento, Oto-san. Es que me encontré con alguien y perdí la noción del tiempo.

—¿Alguien? ¿Quién? —preguntó interesado.

—¿Recuerdas al niño que estuvo con Sandaime-sama? —cuestionó con una sonrisa.

Teuchi no vio el motivo para estar feliz, así que se frotó la cabeza y habló con algo de cansancio—. ¿Cómo olvidarlo? Él es la fuente de nuestros problemas…

Ayame miró a su padre con una cara de 'no digas ese tipo de cosas', pero no tuvo la oportunidad de expresarlo ya que oyó un gemido proveniente de la cocina.

Ambos miraron en esa dirección, y la castaña reprendió mientras corría de regreso a la cocina—. ¡Oto-san!

El nombrado la siguió por inercia, y allí vieron al chico pelirrojo dando unos saltos para intentar alcanzar el picaporte de la puerta de atrás.

Ayame se puso rápidamente detrás de él y llamó a su nombre, cosa que hizo que el niño se volteara y la mirara con una expresión nerviosa, especialmente a Teuchi.

Le había costado mucho que Naruto se pusiera a gusto, y por lo tanto, Ayame no quería que su esfuerzo sea en vano; quería darle al menos un presente antes de que se fuera, o incluso que permaneciera en su hogar luego de presenciar su situación actual.

—Naruto-kun, tranquilo —susurró frente a él, intentando transmitirle seguridad.

El mencionado forzó una sonrisa en su rostro y habló con voz temblorosa—. N-No te preocupes, Nee-san. Ya tengo que irme, de seguro están ocupados.

Ayame suspiró y miró hacia su padre, quien se acercó y se puso de rodillas frente a él. No había nada que justificaran sus palabras, ni que tampoco pudieran remediarlas.

—Lo siento, Naruto. Lo que dije fue algo inapropiado e ignorante. Realmente tú no eres culpable, es solo que algunas cosas sucedieron luego de tu cumpleaños, y esto afectó un poco a nuestro negocio. Pero no tienes de qué preocuparte o pensar que aquí no eres bienvenido. Siempre que puedas, nosotros estaremos aquí para recibirte con un delicioso y humeante tazón de Ramen.

La mención de aquellas palabras hizo rugir a su estómago, aunque no supiera lo que fuera aquel platillo que el nombre sonaba tan delicioso—. T-Tal vez podría quedarme a comer algo —habló con un sonrojo de vergüenza mientras desviaba la vista.

Los Ichirakus sonrieron, y Ayame agarró su pequeña mano mientras el cocinero en jefe se dirigía hacia la estufa para hervir unos fideos y preparar el platillo más delicioso que Naruto hubiera probado en su vida.

Intentó regresar hacia el frente —el lugar donde se encontraban sus elementos para preparar el Ramen—, pero había visto una extraña figura en la salida.

Se asustaron, pensando lo peor, retrocedieron y cubrieron a Naruto para protegerlo. Por su parte, aquella figura dio un paso al frente y reveló su apariencia.

Era un típico ANBU, quien se acercó hacia un nervioso y temeroso Naruto; esa mascara, ese chaleco, ese pantalón, y sandalias, todo le recordaba a aquellas personas que patrullaban las frías noches de la aldea, personas que le hacían experimentar algunos de sus peores momentos.

Tembloroso, se escondió detrás de Ayame, quien lo cubrió con su brazo por puro instinto.

—Teuchi-san, disculpe las molestias —inició, inclinándose levemente, cosa que el cocinero imitó.

—¿En qué puedo ayudarle, Ninja-san?

El ANBU miró hacia Naruto, quien ocultó su mirada en las piernas de la castaña. Volvió a mirar hacia Teuchi y prosiguió—. Vengo con órdenes de Hokage-sama. Debo retirar a ese niño inmediatamente de este lugar.

Teuchi prosiguió—. ¿Por qué? ¿Podrías darnos un minuto? Estábamos por darle algo de comer… Míralo, se ve hambriento. Solo permítame eso —susurró al final.

—A usted no le importa, no puedo esperar, y no me interesan sus motivos. Las palabras de Hokage-sama son la ley, y si ustedes están en contra de la ley, serán tratados como criminales.

Teuchi puso una mirada nerviosa, y antes de que pudiera ceder, Ayame exclamó—. ¡Pues Naruto-kun se quedará a comer aquí aunque no lo quieras! ¡Hoy es su cumpleaños y se merece algo bueno para variar! —Había mucha molestia en cada una de sus palabras.

Había tenido una idea de cómo podía ser la vida del joven Jinchūriki, pero nada se comparaba con lo poco que había visto hoy, y tampoco quería imaginarse el resto de lo que esta pequeña criatura había sufrido.

El Shinobi miró y se aproximó peligrosamente hacia la 'inadvertida' jovencita—. ¿Piensas que esto es una broma? El niño se va ahora o pagarás las consecuencias.

Ayame no quería problemas, pero veía muy nervioso y asustado a Naruto. Quería tranquilizarlo y darle un presente para que tuviera una sonrisa al menos un día más.

El ANBU no quería entender eso, no, nadie en esta aldea quería entenderlo, salvo algunas excepciones.

Miró hacia Naruto, quien parecía estar a punto de entregarse para no causar más problemas, pero ella volvió a poner su brazo y miró hacia el Shinobi—. Tan solo le pido unos minutos, usted no pierde nada.

—Es verdad, yo no pierdo nada… —Sonrió detrás de su máscara y liberó algo que había descubierto y que quería probar.

Era su instinto asesino, uno muy pequeño, ligero, patético. Era algo que causaría la burla entre sus compañeros Shinobi, pero que era suficiente para aterrorizar a aquellos que nunca antes habían sentido algo parecido.

Los rostros de los civiles reflejaban el temor que sentían, y con una sonrisa de diversión, el ANBU acercó su cabeza a la de Ayame para agregar—. Ahora, entrega al niño.

Los ojos de la castaña estaban llorosos, pero aun así ella negó con su cabeza, cosa que hizo gruñir al Shinobi. ¿Es que acaso se estaba burlando de él? ¿Pensaba que no daba miedo, o que era un chiste?

No podía aceptarlo, se sentía ofendido, casi como si estuvieran pisoteando su autoridad. Por tal motivo, le dio una potente cachetada que la hizo caer al suelo.

Ayame gritó de dolor mientras que su padre se aproximó a ella para comprobar su estado, colocando su cabeza sobre su regazo mientras miraba con temor hacia el ofendido Shinobi.

Mientras que Naruto… para él había sido algo totalmente distinto. Había sentido algo, una extraña sensación que nunca antes había sentido, era un ardor que calentaba con excesiva velocidad todo su cuerpo.

No sabía lo que era, pero lo que sí sabía era que esa persona no le agradaba en lo absoluto, y mucho menos lo que le había hecho a Ayame.

La habitación se sintió incomoda, pesada, sofocante, y todos miraron hacia la fuente. Era increíble, aquel miedoso y nervioso niño, ahora tenía una apariencia salvaje, y una mirada colérica.

Su pelo se había erizado, sus colmillos se alargaron, y sus ojos se volvieron más rojos. El instinto de este niño muy rápidamente había opacado aquella minúscula sensación, a tal punto de que el causante de este escenario dio varios pasos hacia atrás mientras veía a la 'pequeña criatura' dándolos hacia el frente.

—Tú… —Abrió su puño y sus uñas se alargaron al instante—, me haces sentir raro.

El ANBU tropezó, y Naruto saltó y aterrizó en su pecho, levantando su mano lo más alto que pudo. Pero antes de que pudiera bajarla, Ayame la sostuvo rápidamente y lo atrajo en un abrazo que retornó sus expresiones faciales a la normalidad.

El pequeño no entendió lo que había sucedido, por lo tanto miró hacia la temblorosa jovencita y se lo preguntó, a lo que ella le respondió que todo estaría bien.

El ANBU, por su parte, aún se sentía aterrado. Al sacudir su cabeza, ese sentimiento se había ido, y el sentimiento de humillación había aparecido. Eso le puso tan furioso que había agarrado su brazo para jalarlo hacia él, interrumpiendo el abrazo abruptamente.

—¡Maldito demonio! —exclamó, dándole una fuerte patada que lo envió al otro lado de la habitación.

El enfurecido Shinobi no se detuvo allí, y con un Shunshin llegó antes de que el pequeño pudiera caer al suelo, propinándole otra patada que lo envió hacia la entrada, rompiendo la puerta corrediza de madera del establecimiento.

Esta vez cayó al suelo, a plena vista de todos los transeúntes, quienes se detuvieron al ver la escena. Pensaron que había una pelea entre Ninjas, pero muy rápidamente identificaron al 'agresor' y al que estaba 'defendiéndose'.

El agresor era obviamente el pequeño, mientras que el defensor acababa de atravesar el agujero que el 'demonio' había causado.

Todos miraron con sonrisas a aquel Shinobi aproximándose y dando retiradas patadas y puñetazos al pequeño niño que ahora se encontraba llorando desde lo más profundo de su corazón.

Los dueños del puesto de Ramen corrieron rápidamente a su ayuda, más aún ya que sintieron las malas intenciones de todos alrededor.

El mayor sostuvo los brazos del Ninja, mientras que la joven su cintura, pero el Shinobi era muy poderoso y fácilmente logró quitárselos de encima para proseguir con su brutal golpiza, un golpiza peor que ninguna otra ya que era la primera vez que sentía los golpes de uno de su clase, ni que decir de uno bien entrenado como lo era un ANBU.

La desaprobación de los aldeanos se hizo patente; gritaron, silbaron, los maldijeron; algunos incluso los sostuvieron para que ya no se entrometieran.

Ayame observaba con lágrimas en sus ojos, moviéndose de aquí para allá en un intento de que la soltaran, incluso gritó para que alguien viniera a ayudar, pero los gritos de felicidad de los aldeanos opacaban muy fácilmente a sus gritos de desesperación.

Los gritos de aliento solo sirvieron de impulso para el enardecido Shinobi, quien prosiguió con sus potentes puñetazos hasta que…

No lo había visto venir, solo sentir. Dos cortes en ambas mejillas y un kunai incrustado en su puño. Cayó en el suelo mientras llevaba su puño sano sobre el herido, gruñendo debido al dolor.

Los gritos se detuvieron al instante cuando vieron a un enmascarado de cabellera negra y larga—y mucho más bajo de estatura que el que estaba en el suelo— aterrizando en la avenida.

El ANBU supo al instante que se encontraba en problemas, más aún al reconocer a la persona en cuestión—. T-Taicho —musitó con temor.

—Explicación. Ahora. —El mencionado habló en un tono tranquilo, pero que transmitía una presión que solo el pobre ANBU podía sentir.

—Y-Yo… El demonio… —Intentó excusarse, pero su Taicho liberó más presión.

No queriendo lidiar con lo que había hecho y mucho menos afrontar a su superior, se puso de pie y huyó del lugar, cosa que solo hizo suspirar al ANBU pelinegro.

Se giró y ordenó a todos que se dispersaran, liberando algo de presión hacia ellos para acelerar el proceso.

Los cocineros rápidamente se aproximaron hacia el malherido pequeño, especialmente Ayame, quien seguía llorando desconsoladamente.

Antes de que pudiera ser capaz de poner al niño en su regazo, éste ya se había puesto de pie y caminado hacia un rumbo no específico, pero el abrazo de Ayame lo había detenido.

—¿A d-dónde vas, Naruto-kun? —preguntó con voz temblorosa.

Él la miró con ojos apagados y cansados, posiblemente inconscientes, que parecían reflejar una sola cosa, el deseo de descansar—. Debo irme, tengo que ir a descansar. —Su voz, a diferencia de sus ojos, no reflejaba ni el más ligero sentimiento.

Ayame se aferró al abrazo, pero Naruto era firme en su decisión y siguió caminando hacia delante, sorprendentemente librándose de él. Inconscientemente, estaba utilizando aquel poder que una vez más le estaba ayudando en una difícil situación.

La castaña intentó correr hacia él, pero el ANBU que había llegado la detuvo. Ella se giró, viéndole negar con la cabeza—. Déjalo, él ya no quiere causarte problemas. Sabe que si está cerca de ustedes, eso solo les causaría daño a ustedes también.

—¡¿Entonces quieres que lo deje para que lo golpeen otra vez?! —ella gritó.

El pelinegro negó—. No, yo vigilaré a Naruto-kun por el momento. Luego informaré a Hokage-sama de lo que ha sucedido, aunque dudo mucho que haga algo al respecto. Pero por ahora, yo te prometo que me encargaré de que nadie haga nada malo a Naruto-kun; él no se merece lo que le está pasando.

Ayame quiso protestar, pero su padre había puesto una mano sobre su hombro y negó con su cabeza. Los labios de la hija temblaron, y sin más remedio, corrió con impotencia a su hogar.

—Muchas gracias, Ninja-san. Ojalá podamos oír noticias de su parte cuando pueda, si es posible. —Teuchi hizo una reverencia.

El ANBU, quien se trataba de Itachi, asintió—. Lo intentaré, Teuchi-san. Ahora debo seguir a Naruto-kun antes de que le suceda algo malo. —Sin esperar respuesta, desapareció en una nube de humo.

Teuchi no esperó mucho más y también se retiró de allí, pensando con pesar en el futuro de su negocio.

Mientras tanto, en un callejón, una figura observaba con una siniestra sonrisa el desesperado rostro de Teuchi—. Creo que tengo una idea. —Finalmente, salió de allí y caminó rumbo al hospital de la aldea para informar a sus colegas.

5 días después – 8:00 P.M.

Cinco días de incertidumbre en los que Ayame solo podía preguntarse una cosa. ¿Qué pasó con él?

No tuvo forma de saberlo, ya que aquel ANBU ya no había regresado, y además, Teuchi había prohibido a su hija abandonar el lugar. Las cosas ahora estaban peor que antes, y temía por el bienestar de su hija.

Había dejado las entregas a domicilio a un lado, y las compras las hacía con su hija a muy tempranas horas. Tenía que tomar todas las precauciones, su negocio ya no era lo primordial, ahora lo era su hija.

Como ya era de noche, y el tránsito casi nulo, Teuchi miró a su decaída hija—. Hoy tampoco ha venido nadie. Es una verdadera lástima.

Ayame suspiró con tristeza—. Ciertamente, padre. Especialmente para Naruto-kun; él no ha hecho nada malo.

—Lo sé, hija, pero a este paso tendremos que cerrar; ya no podemos seguir en esta situación. No faltará mucho hasta que el banco decida embargarnos el puesto.

—No digas eso, Oto-san. Estoy segura de que las cosas se pondrán bien en algún momento.

—Eso espero, hija. De lo contrario, tendremos que buscar nuevos rumbos.

—Y-Yo… Tengamos, fe, Oto-san. —Fue lo único que atinó a decir. No quería irse; no quería dejar a Naruto solo. Ahora que ya había visto su vida, quería estar cerca de él en todo momento.

Al ver sus ojos de tristeza, Teuchi puso una sonrisa en su rostro y dijo mientras caminaba hacia la entrada—. Ya ve a bañarte, hija. Hoy cerraré yo.

—Hai, Oto-san. —Dio una media vuelta y fue a su habitación a prepararse para tomar una ducha.

Caminó hasta la puerta, y cuando agarró el pasador de la puerta, notó que tres personas se habían asomado—. Disculpe, ¿ya están cerrando? —habló el más alto del grupo.

Incrédulo, Teuchi negó y sonrió—. ¡Por supuesto que no! Pasen, tomen asiento.

Los clientes agradecieron y tomaron asiento frente al mostrador, mientras que Teuchi se paró detrás de él. Encendió la estufa y con emoción, les tomó su orden.

Preparó los ingredientes con mucho cuidado, y al entregar la orden, observó con detenimiento sus reacciones, sintiéndose satisfecho y muy contento al oírles las alabanzas hacia su cocina.

Oyó la amena conversación entre los amigos mientras preparaba otra ronda. Uno de ellos detuvo la conversación y preguntó—. Señor, ¿cómo va el negocio? Solemos pasar por aquí, y casi siempre está vacío. ¿O es que siempre llegamos en mal momento?

Mientras metía los fideos al agua caliente, Teuchi replicó—. Lastimosamente, hemos tenido algunos problemas, pero estoy seguro de que saldremos adelante algún día.

Los tres se miraron entre sí y sonrieron—. Oh, eso es una lástima. Esta comida es deliciosa. Sería una pena que tuvieran que cerrar este lugar.

Le oyeron suspirar y continuar—. También pienso lo mismo. Pero tengo algunas deudas, y si no las pago, no dependerá de mí el cierre de este lugar.

Los amigos nuevamente sonrieron entre sí, y esta vez, el más alto pronuncio—. Permítame presentarme, Teuchi-san. Mi nombre es Yoshiro Watanabe, y estoy interesado en hacer una inversión. Bueno, nosotros tres. Tatsuo, Hikaru, y yo.

Los otros dos se pusieron de pie y también hicieron una reverencia antes de sentarse de vuelta.

El cocinero casi había tirado todos sus elementos al suelo, pero con maestría logró sostenerlos todos. Con visible shock, se volteó hacia ellos—. ¿Ha-hablan en serio?

—Por supuesto, Teuchi-san. No queremos que un magnífico cocinero como usted se vea obligado a dejar de hacer lo que le gusta —contestó Yoshiro.

—E-Eso sería increíble. ¡Se los agradezco! —Teuchi exclamó, haciendo una reverencia mientras lágrimas caían de sus ojos.

Los tres clientes sonrieron, y Yoshiro prosiguió—. No tienes por qué. Sin embargo, debo comentarte algo.

Teuchi levantó la cabeza y le pidió que prosiguiera—. Necesitaremos algo de usted.

Levantando una ceja, el cocinero indagó con curiosidad—. ¿Qué cosa?

—Pues nosotros sabemos por qué su negocio está fallando a pesar de servir tan magnífica comida. Y aunque nosotros paguemos tus deudas, ese motivo seguirá repercutiendo en el futuro de tu negocio. Por lo tanto, necesitaremos que haga algo.

La imagen de Naruto pasó al instante por su cabeza, y por lo tanto tuvo un mal presentimiento, motivo por el cual interrogó con cautela—. ¿Qué es lo que tienen en mente?

—Tan solo queremos dejar en claro que en este lugar no apoyan a aquel niño.

—¿Y cómo planeas lograr eso? No quiero hacer nada que pueda hacerle daño.

—Oh, no te preocupes por eso. No queremos hacerle daño físico, solo lo 'humillaremos' un poco. Aunque bueno, puede que lo golpeemos un poco. Pero será leve, solo para que los aldeanos también tengan algo de diversión. Pero como dije, será leve.

—¿Qué? No, no puedo permitir eso. Es más, mi hija nunca lo permitiría. Lo lamento, pero no habrá trato. —Era firme en su decisión, y no parecía que hubiera algo que pudiera convencerlo.

Yoshiro no vio problemas, es más, era algo que esperaba. Por lo tanto, llevó su mano dentro de su bolsillo y quitó un frasco diminuto—. No te preocupes por eso, el niño nunca sabrá que ustedes tuvieron algo que ver. Incluso la gente dejará de molestarlos y también al mocoso. —Dicho esto, entregó el frasco.

Teuchi lo miró con cautela y determinó que se trataba de un somnífero—. Y-Yo… No lo sé. ¿Cómo puedo confiar en que harán lo que han dicho?

Los tres se pusieron de pie y mostraron sus credenciales—. Somos médicos de la aldea, y el director es muy duro. Si se enterara de que sus empleados estuvieron en problemas, ese sería el fin de nuestras carreras. Y también somos padres de familia, ¿Qué pensarían ellos?

Teuchi sabía que no debía de arriesgarse; sabía que tenía que decirles que no e intentar pagar sus deudas por su cuenta. Pero estas personas se oían muy honestas, y por lo que decían, no buscaban hacerle daño físico. Y si lo insultaban, entonces estaría durmiendo gracias al somnífero.

—Y-Yo… Déjenme pensarlo, mañana les daré una respuesta.

Los tres sonrieron maliciosamente para sus adentros, y el cabecilla prosiguió—. Está bien, Teuchi-san. Quisiéramos hacerlo antes de las fiestas que se avecinan, ya que como sabrás, en ese día la gente es mucho más agresiva con él, y queremos evitar que sea dañado innecesariamente. Y como parece tenerle confianza, estaremos esperando a que usted lo llame. Se lo aseguro, nada malo le sucederá.

El cocinero quiso agregar algo más, pero los otros dos que se mantuvieron en silencio se pusieron de pie y miraron a sus relojes—. Oh, ya se está haciendo tarde. Será mejor que regrese a mi hogar a desearle buenas noches a mi hijo. No estaremos viendo, chicos. —Hikaru se despidió, mientras que Tatsuo dijo algo similar.

Mientras tanto, Yoshiro pidió un tazón de Ramen más y luego se retiró a su hogar.

Esta vez sí pudo cerrar el negocio, y cuando lo había hecho, oyó la voz de Ayame—. ¿Uh? Creí que ya habías cerrado, Oto-san.

Su padre se giró—. Vinieron unos clientes justo cuando fuiste a bañarte, y recién ahora se han retirado. Parece que la suerte nos ha sonreído el día de hoy.

—¡Eso es genial, Oto-san! Aunque parece que sucedió algo más interesante ya que puedo verte feliz, pero algo confundido. ¿Qué sucedió?

Teuchi ignoró esa pregunta—. Naruto dijo que su cumpleaños era el diez de Octubre, ¿cierto?

Ayame llevó sus dedos sobre su barbilla antes de asentir. Por tal motivo, su padre continuó—. Si lo ves, dile que venga ese día aquí. Lo estaremos esperando con un tazón de Ramen por su cumpleaños.

—¡Sí! Eso sería genial. Intentaré encontrarlo y le diré que venga aquí. ¡Excelente idea, Oto-san!

—Sí, lo es, hija. Ahora ve a descansar. Ojala y mañana tengamos igual de suerte. —Se acercó a ella y le dio un beso de las buenas noches.

Ayame sonrió y caminó hacia su habitación mientras su padre la observaba retirarse—. Puede que no estés de acuerdo, hija. Pero no será tan malo, y además, yo estaré allí para evitar que algo malo le suceda.

Finalmente fue a tomar una ducha antes de ir a descansar.

9 de Octubre

En los siguientes días, Ayame se dio a la tarea de encontrar al escurridizo Jinchūriki —tomando las debidas precauciones.

Aunque estas inquietudes fueron exageradas, ya que habían personas como Itachi que no permitirían que sucedieran los escenarios que pasaban por la mente de Teuchi.

La última golpiza hizo replantear al pelirrojo la idea de aventurarse durante los días, y concluyó que lo mejor sería regresar a las exploraciones nocturnas; allí no se metía en tantos problemas.

La castaña había logrado encontrarle al cuarto día, y le había dicho lo que tenía planeado. Insistió mucho, pero logró convencerlo y sacarle esa contagiosa sonrisa.

Mientras tanto, Itachi había informado al Hokage de lo sucedido. Éste no había reprendido al ANBU, pero le recomendó que no volviera a hacer algo como eso "ya que el 'chico' no podía morir" antes de regresarlo a su tarea de impedir que Hiruzen se acercara a Naruto.

Una vez completada su tarea, la jovencita había regresado a su hogar para preparar un delicioso platillo de Ramen para Naruto cuando llegara antes de que cerraran el negocio.

Su padre dijo que sería lo mejor, ya que por esas horas las calles ya estaban vacías y el niño no correría los mismos riesgos que la última vez.

Se aproximaba la hora de cerrar, y a la misma hora que aquel día, los tres médicos arribaron al lugar. Saludaron a Teuchi, y también a Ayame.

Una vez dentro, éstos llamaron a Teuchi, y éste les dijo que lo siguieran mientras pedía a Ayame que esperara un momento.

Pasados los minutos, volvió y miró con nerviosismo a su hija, quien le preguntó lo que sucedía ya que los hombres no habían regresado.

—Hija, tengo que decirte algo. —La tomó de las manos y la llevó hacia la entrada.

—¿Qué sucede, Oto-san? —preguntó mientras caminaban hacia esa dirección.

El hombre miró hacia ambos extremos de la calle, no queriendo cometer el mismo error en el que Naruto le había oído. Cuando concluyó que no había nadie cerca, miró con un palpable nerviosismo a su hija—. H-Hice un trato con esos hombres.

Ella levantó una ceja, confundida, pero también asustada—. ¿Un trato? ¿Qué clase de trato? —No le gustaba este secretismo; le daba muy mala espina que estuviera contándole sobre esto, y justo cuando faltaba poco para que Naruto llegara.

Teuchi suspiró y le contó con vaguedad lo que iba a suceder. El rostro de la mujer reflejaba su desaprobación y disgusto, y su padre naturalmente podía notarlo, Aun así finalizó con su explicación.

Ayame le criticó por su decisión, reclamándole que no podía hacer eso solo por dinero, y que además no lo permitiría.

—Lo sé, hija. Pero nosotros estaremos aquí.

—¿Solo por eso lo permitirás? ¿Y si le hacen algo malo? No lo permitiré, Oto-san. Advertiré a Naruto-kun cuando llegue.

Oyó un suspiro de su padre mientras ella miraba hacia ambos lados de la calle; la mujer sabía que Naruto sería escurridizo este día, él mismo se lo había dicho. Ayame solo esperaba que no le hicieran nada malo, aunque probablemente aquel ANBU que lo había protegido el otro día aún se encontraba cuidándolo, y eso le daba algo de tranquilidad.

—Espera, hija. —La agarró de su brazo, y ella rápidamente se volteó para mirarlo.

—¡¿Qué?! ¿Acaso piensas que aceptaré? Date por vencido, Oto-san. —Intentó caminar hacia la calle, pero su padre oprimió su brazo, no fue muy fuerte, pero lo suficiente para hacerle saber que aún no había terminado.

—Hija, ponte a analizar un momento.

—¿Qué quieres que analice? ¿Qué crees que Naruto-kun pensará después, eh?

—Yo lo sé, hija. Pero es por eso que lo pondremos a dormir.

Ayame inevitablemente liberó un bufido—. Claro, esa es la solución perfecta. 'Ponerlo a dormir' —rió amargamente al final, una sonrisa amarga que no hacía más que avergonzar al cocinero mayor.

No obstante, cambió su expresión a una de determinación y pensó en algo que pensaba que convencería a su hija—. Ayame, ellos prometieron que no le harían daño. Y cuando terminaran, permitirán que Naruto venga a nuestro local, al menos por la puerta trasera. Y con nuestras deudas pagadas, tal vez podríamos hacer una habitación para Naruto para que pueda pasar algunas noches allí, o quien sabe, hasta que pueda valerse por sí mismo…

Mucho era falso, pero quería hacerlo en verdad. Tal vez los hombres no dijeron eso, pero con el dinero que recibiría podría pagar las deudas y hacer lo que había dicho con un poco de las ganancias.

Las palabras de su padre lentamente la debilitaron, aun así, ella no quería ceder. Pero su padre no se detuvo—. Además, aquel ANBU no permitirá que le suceda nada a Naruto. Me dijo que se encargaría de él, así que si ellos o alguien intentan algo malo, entonces estoy seguro de que ese hombre intentará protegerlo.

Sonaba muy bien, ¿pero qué aseguraba que todo saldría como su padre lo decía? Ella no quería tomar ningún riesgo, ni por pequeño que fuera.

Su padre lo notó, y agregó para finalizar—. Y si las cosas no salen como lo tengo pensado, entonces dejaremos todo atrás junto con Naruto. ¿Qué te parece?

—¿En verdad? —Se giró hacia él, y esta vez sus ojos reflejaban interés.

—Sí, si esto sale mal, ya no tendré nada que perder, y por lo tanto, podremos llevar a Naruto junto con nosotros. Le pediré ayuda a Sandaime-sama.

—Y-Yo… Está bien, padre. Pero lo haremos ante el menor indicio, ¿está claro?

—Claro como el agua —contestó con una sonrisa.

Finalmente retornaron a su establecimiento, ignorando que habían tomado la peor decisión de sus vidas.

Horas después

Un silbido que entonaba una melodía de desidia total resonaba por el frío y oscuro pasillo de un edificio abandonado. Además de aquella desinteresada melodía, unos gritos desgarradores y que imploraban misericordia le acompañaban.

El responsable de tal desinteresada armonía era el ANBU que impedía que Hiruzen se acercara a Naruto. Esta persona sabía lo que estaba aconteciendo, pero no le importaba, es más, pensaba que se lo merecía.

Luego de aquella humillación que había sufrido, se hizo la promesa de que haría todo lo posible para que el 'demonio' viviera un infierno. Observó la escena en Ichiraku, y antes de que el grupo de amigos llegara a este lugar, les dijo que 'haría la vista gorda'.

Recordó las palabras del Hokage, y como no quería que lo destituyera, decidió que ya había sido suficiente.

Se aproximó a la puerta metálica y la abrió, oyendo el chirrido debido al oxido en sus bisagras.

Entró y percibió el suave aroma de sangre fresca y el agrio olor a carne quemada. Ya se hacía una idea de lo que había acontecido, pero aun así se aproximó a los hombres que reían con diversión cerca de una camilla de operación.

Se detuvo detrás de ellos y expresó—. Se acabó la diversión, señores. Debo llevarme al mocoso.

Las personas frente a él se giraron con expresiones de decepción—. Vamos, tan solo déjanos unos minutos más. Estamos a punto de convertirnos en héroes.

—Lo lamento, pero tengo órdenes. No puedo dejar que el mocoso muera, pero les permití que se divirtieran con él lo suficiente. Ahora, debo llevármelo.

Ignorando sus peticiones, los hizo a un lado y se puso frente a la camilla, miró hacia abajo y tuvo la visión de su obra.

Una figura irreconocible y ensangrentada, con la piel abierta y el rostro quemado por el ácido, yacía inconsciente frente a él.

No le importó que estuviera a su cargo, mucho menos que fuera un niño, simplemente lo cargó y desapareció de allí en un Shunshin.

Los que permanecieron allí se felicitaron entre sí y salieron rápidamente a esparcir la palabra, sobre todo las imágenes que habían capturado con las cámaras de seguridad; esto otorgaría una gran satisfacción a los residentes de la aldea.

Mientras tanto, el ANBU saltaba de tejado en tejado rumbo a un lugar no específico. No quería llevarlo al hospital, ya que quería que sufriera, y tampoco quería llevarlo junto con el Hokage, ya que estaba al tanto de que eso le molestaría.

Tal vez podía llevarlo con el Sandaime; él sabría qué hacer. Con eso en mente, giró y tomó rumbo hacia aquella dirección, sin embargo, muy súbitamente, sintió una ardiente sensación en sus brazos.

Miró allí, observando en shock y terror puro el aura rojiza que brotaba del pequeño en sus brazos. Los recuerdos de aquella tarde, de aquella mirada, de aquella sensación, cruzaron su mente.

Sus alarmas de supervivencia se activaron y debido a ello liberó al niño en sus brazos, haciéndole caer desde una gran altura en un oscuro callejón.

Acelerado y aterrado, huyó sin mirar atrás.

El impacto fue duro, y la sangre salió expulsada a través de sus heridas, cubriendo gran parte de la calle y salpicándose por las cercanas paredes. Su aura impidió que el resultado fuera peor, pero el daño había sido considerable.

El manto rojizo continuó su arduo pero lento trabajo, sanaba sus heridas, pero a un ritmo lento en extremo; no había forma en que sobreviviera, no sin que alguien lo viera lo antes posible.

Tal vez el ser en su interior hacía algo innecesario, algo que pensaba que estaba bien pero que tal vez estaba mal. Era una bestia llena de odio y rencor, pero éste niño le obligaba a ayudarle, no por su instinto de supervivencia, sino por empatía. Había algo en él que le impulsaba a realizar algo que odiaba, ayudar a un ser humano. Tal vez era su incauta percepción del mundo, y el interés de saber lo que haría en el caso de que viera el verdadero color de las cosas.

Independientemente, los humanos no hacían nada más que demostrarle que se merecían su odio con justa razón, y esperaba ver algún cambio por parte de este niño.

Inconscientemente, le había dado al desbaratado pequeño un muy innecesario impulso. El grito consecuente había sido tal que la curiosidad atrajo a algunos fisgones, pero éstos se alejaban rápidamente al observar el siniestro brillo rojizo en medio de la oscuridad.

Los gritos prosiguieron, y estos continuaron atrayendo a más curiosos, pero no hubo nadie que se animara a investigar.

El causante era el pequeño niño que se arrastraba hacia ningún punto en específico, incapaz de ponerse de pie, no solo por el cansancio, sino porque aquellas personas se habían asegurado de que no volviera a utilizar sus extremidades inferiores.

La desesperación e incertidumbre le invadieron; se encontraba a oscuras en un mundo donde él era la presa y los demás los depredadores. Le habían arrebatado sus medios de supervivencia, y ahora se encontraba a merced de ellos, incapaz de utilizar cualquier método de escape que pudiera utilizar a su favor.

Ya no podía ser cauteloso, mucho menos correr, ahora estaba totalmente indefenso. El mero pensamiento de que continuaría viviendo de tal forma solo le hizo desear 'ya no más'.

No conocía a nadie que lo quisiera o que le importara su existencia, sabía que nadie vendría ayudarle, pero aun así, una reflexión escapó de sus labios—. Kaa-chan… Oto-chan… ¿Por qué no me ayudan? —Sus estropeados ojos se llenaron de lágrimas mientras hacía el gran esfuerzo por alcanzar aquella inexplicable fuente de luz.

Sus temblorosas y débiles manos encontraron la fuerza para levantarse, con el deseo de tocar aquella extraña figura femenina que podía jurar que lo esperaba con una sonrisa y los brazos abiertos.

Sentir, solo quería eso, sentir algo de afecto—. Kaa-chan… —Fue su último y débil susurro antes de caer desplomado.

En la residencia Sarutobi, el viejo Hokage ya había despertado, y como lo hacía en todas las mañanas, fue a su bola de cristal para ver cómo se encontraba Naruto.

Se sentó en su cómodo sillón, acercó sus manos, se concentró en el Chakra del joven Jinchūriki y obtuvo la imagen de su paradero actual.

—¿Q-Qué? —susurró horrorizado.

Se puso de pie y se tapó la boca, incrédulo ante la horrida visión que la bola de cristal le estaba enseñando.

Sacudió su cabeza, se sentó de vuelta, y esta vez con una expresión de cólera volvió a concentrarse en la bola, específicamente, en el Chakra del ANBU que debía de cuidarlo.

Gruñó inevitablemente, e hizo unas posiciones de manos para invocar a Enma. Cuando su invocación estuvo frente a él, no esperó a que éste se introdujera y rápidamente le ordenó—. ¡Encuentra a ese sujeto y llévalo inmediatamente a la torre Hokage! ¡Usa la fuerza si es necesario!

Sorprendido y confundido, el Rey Mono se limitó a asentir antes de desaparecer en una nube de humo.

Hiruzen, por su parte, gritó antes de correr a toda velocidad hacia el callejón donde se encontraba el maltrecho pelirrojo—. ¡Saru, sígueme!

Su ANBU se puso detrás de él y ambos desaparecieron en Shunshin simultáneos para llegar cuanto antes.

No había pasado ni siquiera treinta segundos, y ambos Shinobis aterrizaron en aquel pasillo. El Sandaime le dijo a su ANBU que lo curara inmediatamente, a lo que su fiel Shinobi no objetó.

Se aproximó, se puso de rodillas y volteó a Naruto. Ambos abrieron los ojos como platos ante tal horrorosa escena.

—¡Por qué?! ¡¿Por qué?! —exclamó el viejo Hokage, con lágrimas en sus ojos. Se aproximó a la pared más cercana y recostó sus brazos contra ella, pensando en una excusa lógica para justificar el comportamiento de los aldeanos.

Pero no, tal cosa no existía, solo podía enfrentar la cruda y maldita realidad. Golpeó la pared una vez antes de voltearse, viendo las brillosas manos de su ANBU.

Se aproximó y se arrodilló a su lado, sintiendo un nudo en su garganta al ver sus amarillentos ojos causados por la sustancia corrosiva.

El manto del Kyūbi ya había desaparecido, debido a que la bestia había agotado hasta lo último de sus energías.

Afortunadamente para Naruto, un médico llegó a tratar las heridas importantes, aquellas que liberaban una gran cantidad de sangre.

El Sandaime miró en silencio, un silencio que era interrumpido por sus sollozos. Se secó los ojos, tosió una vez y miró a su ANBU—. ¿Se pondrá bien?

Oyó un suspiro que fue acompañado con un asentimiento—. Sí, pero no completamente.

Hizo una pausa mientras procedía a cerrar las heridas de sus brazos—. Lamento decirle que mis habilidades médicas no son tan buenas, y no seré capaz de devolverle la vista o su capacidad para caminar. Lo lamento, Sandaime-sama.

Esa información le cayó como un balde de agua fría; él no sabía de esto último, pensaba que lo de sus ojos ya era algo malo, ¿pero su capacidad para caminar? ¿Quiénes fueron los monstruos que le hicieron esto?

Hiruzen nunca había sentido deseos de asesinar a nadie, pero siempre había una primera vez para todo, aunque hubiera poco que pudiera hacer al respecto.

Sacudió la cabeza, apartando esos malos pensamientos. Ahora no debía de pensar en otra cosa además de la pronta recuperación del Jinchūriki.

—Sandaime-sama, ya he hecho todo lo que he podido. Aun así tengo que suministrarle algunos medicamentos y vendar sus heridas que no pudieron cerrarse. —Se veía agotado, cerrar tantas heridas en tan poco tiempo había agotado casi todas sus reservas.

—Lo entiendo. Dime, ¿podrá aguantar un poco más?

—Naruto-san ya se encuentra estable. Sin embargo, quiero practicarle los primeros auxilios para evitar una infección. Pero sí, podría aguantar un poco. ¿Qué tiene en mente?

Hiruzen puso una expresión severa en su rostro—. Sígueme. —Cargó a Naruto en sus brazos y se echó a correr hacia la Torre Hokage con su ANBU siguiéndole por detrás.

Arribaron al lugar tan pronto y como habían salido, y una vez allí dentro, ambos Shinobis corrieron hacia la oficina del Hokage en oficio.

Las personas exclamaron y señalaron al ver al niño en brazos del Sandaime, pero decir algo al respecto fue imposible ya que el viejo no se había detenido.

Su ANBU le hizo el favor de abrir, y al entrar, ambos vieron a Enma sosteniendo a un maniatado ANBU, mientras que Minato estaba parado frente a su escritorio, esperando a su llegada.

Al fijar su vista hacia la puerta, el rubio tuvo dos reacciones: La primera fue desprecio, y la segunda fue una gran preocupación. No por el pequeño en brazos, sino por el infante en su hogar.

Eso le enfureció; le irritó que uno de sus soldados hubiera puesto en peligro a su único hijo. Apretó los puños y dientes con fuerza, sus articulaciones temblaron por el enojo, y antes de que Hiruzen pudiera mostrar su indignación por los acontecimientos actuales, Minato desapareció en un destello amarillo y reapareció detrás de su ANBU, cortándole la garganta en el acto.

El ANBU cayó, retorciéndose y tosiendo mientras un torrente de sangre salía expulsada por la gran abertura. Todos miraron con los ojos bien abiertos.

Hiruzen se estaba haciendo una mala idea; pensó que el Hokage lo había hecho porque su ANBU había permitido que le hicieran aquello a su hijo.

Enma retrocedió, confundido por toda esta situación. Finalmente miró hacia su invocador, descifrando el enigma al momento en hacer contacto. De todas formas, permaneció en absoluto silencio.

Minato volvió a guardar su Kunai, viendo a Hiruzen parándose frente a él. Se dio cuenta de que diría algo, pero el Yondaime se adelantó—. No me interesa lo que le sucedió. Si sigue respirando, entonces no me importa. Llévatelo de aquí en este instante.

La tranquilidad se esfumó, y la cólera se manifestó—. Eres un… ¡ERES UN MONSTRUO!

Minato le restó importancia y caminó de regreso a su escritorio, sentándose con suma tranquilidad para proseguir con sus obligaciones.

Hiruzen le observó firmando algunos papeles, por lo que apretó sus dientes—. ¡¿CÓMO PUEDES ESTAR TAN TRANQUILO?! ¡MÍRALO! ¡¿ES QUE NO TIENES ALMA?!

Lo ignoró nuevamente, y esta vez, Hiruzen corrió hacia su escritorio. Su ANBU y Enma lo sostuvieron para que no intentara nada precipitado, pero Hiruzen no tenía esas intenciones—. Minato, mírame —habló con tranquilidad, pero con mucha decepción.

El Yondaime no lo hizo así, por lo que el Sandaime reiteró su pregunta pero esta vez en un tono de comando—. ¡QUE ME MIRES!

El rubio suspiró con fastidio y levantó su cabeza—. ¿Qué?

—Con esos mismos ojos, mira a este niño y di que no te importa y que nunca te arrepentirás de lo que causaste.

Minato bufó y retornó a su acción anterior, pero una patada de Hiruzen a su escritorio le obligó a levantar la vista—. ¡Hazlo! —exclamó.

Rodando sus ojos y suspirando, el Yondaime Hokage se puso de pie, caminó alrededor de su escritorio y se paró frente a su predecesor.

Lo miró fijamente durante al menos treinta segundos, curvando sus labios ligeramente al ver su condición. Hiruzen apretó los puños, pero no se pronunció; solo esperó a Minato, quien finalmente cambió su expresión a una de desprecio.

—Es lo que te mereces por todo el daño que has causado, no solo a mí, sino a todas las inocentes personas de este pueblo. —Realizó una pequeña pausa, solo para mirar brevemente al Sandaime, viendo su ya tradicional mirada de decepción.

Agachó la cabeza de vuelta y prosiguió—. Maldito demonio, tu bienestar no me importa ni me importará, incluso me alegra lo que te ha sucedido; experimenta aunque sea un poco el dolor que has causado a los demás…

Esta vez hubo indignación, especialmente por parte de Enma; el Rey Mono no podía creer que un hombre tan despreciable haya sido el sucesor de alguien tan honorable como su invocador. También se encontraba Itachi, sintiendo una profunda tristeza por las duras palabras que salían de la boca de alguien que consideraba una inspiración como Shinobi.

—Y nunca me sentiré arrepentido de lo que le suceda a este asesino. —Con una última pausa, miró a la expresión de tristeza absoluta en el rostro del Sandaime—. Ahora fuera de aquí, su presencia me molesta. —Se sentó de vuelta en su escritorio para firmar más papeles.

Hiruzen no lo podía creer, no podía concebir que alguien tan frío, inescrupuloso y malvado pudiera existir. No había razón lógica para justificar su comportamiento.

Estaba triste, devastado, se sentía traicionado. Si hubiera sabido que se convertiría en esto, nunca lo hubiera nombrado como Hokage, incluso pensaba que Orochimaru hubiera sido una mejor decisión.

Con el corazón roto, se volteó—. Me siento muy triste, Minato. Especialmente por ti. Espero que en verdad pienses eso, de lo contrario, tu vida será una miseria.

Minato actuó como si lo estuviera ignorando, pero sus palabras le molestaban en verdad, y era difícil ignorarlo. No iba a atacar, ya que no tenía la culpa de que 'el demonio le hubiera engañado', tan solo esperaba que abriera los ojos por su cuenta.

Levantó un poco la mirada, y sus ojos se encontraron con los de decepción del Sandaime—. Ahora este niño vivirá conmigo, al menos hasta que se recupere, y asignaré a uno de mis ANBU para que lo proteja de ahora en más. Y tú, si en verdad te preocupa el bienestar de tu hijo Menma, no interferirás en mi decisión —lo dijo porque según la teoría de Minato, si Naruto llegaba a morir, entonces a Menma le sucedería lo mismo.

El rubio quiso protestar, pero tenía toda la razón. Ahora se encontraba debilitado, y sería difícil evitar que los aldeanos intentaran finalizar su trabajo, más aún cuando sus Shinobis podían hacer lo mismo que el recién asesinado.

Como no había protestado, observó a Hiruzen retirándose, sin embargo, agregó cuando estuvo por salir de la habitación—. Te lo permitiré, pero te prohíbo que lo lleves a un hospital. Si permanece en ese estado, ya no será un problema.

Vio al viejo Hokage sacudiendo su cabeza, pero no había dicho nada y prosiguió con su caminata. Su ANBU personal le siguió, y Enma desapareció, disgustado por el comportamiento del actual Hokage. Minato, por su parte, prosiguió con sus deberes.

Lo primero que hicieron los Shinobis al llegar a la residencia Sarutobi fue dejar a Naruto sobre la amplia cama de Hiruzen mientras el ANBU le realizaba los primeros auxilios.

Agotado, el Sandaime se dirigió a un sillón. Al sentarse, suspiró y negó con la cabeza mientras colocaba la yema de sus dedos alrededor de su cabeza.

¿Por qué está sucediendo todo esto? ¿Qué fue lo que hice mal? —La culpa lo estaba carcomiendo; había intentado todo dentro de sus posibilidades, pero todo había sido inútil.

Pensaba que era su culpa, tal vez si hubiera huido de la aldea junto con Naruto esto no hubiera sucedido, pero su fe ciega hacia los aldeanos le hizo vivir una fantasía.

Se puso de pie, se aproximó a su ANBU y observó su trabajo en silencio. Cuando éste había terminado de vendar al pequeño inconsciente, habló—. Saru, muchas gracias. Sé que dijiste que no podrás hacer que Naruto recupere lo que ha perdido, pero aun así, te lo agradezco.

—No hay de qué, Sandaime-sama. Solo cumplo con mi deber. —No había doble sentido en sus palabras, se trataba de otra persona que tenía sentimientos neutrales hacia el Jinchūriki.

Hiruzen asintió y miró a Naruto, observando que se encontraba totalmente vendado; sus heridas habían sido brutales, después de todo.

Aun así, él no dejaría que Naruto viviera esa vida por el resto de su vida. Conocía a alguien que estaba seguro de que podría hacer algo al respecto, y sentía que era su obligación llamar a tal persona.

Por tal motivo, prosiguió—. Inu.

Otro ANBU había aparecido arrodillado ante él. Pronunció la típica frase, y su convocador prosiguió—. Buscarás a Tsunade.

—Hai, Sandaime-sama. —Se puso de pie y esperó a más instrucciones.

Hiruzen, por su parte, se aproximó a su escritorio, tomó un papel y una pluma para escribir una carta.

Fue cuidadoso, se explayó lo más que pudo al solicitar su ayuda, aunque evitó el motivo principal; no quería que tal razón nublara su juicio.

La Sannin no conocía a Naruto, pero el saber qué había sucedido podría causar otra mala impresión hacia la aldea, y era algo que quería evitar, al menos hasta que regresara… si lo hacía.

Guardó la pluma en el plumero, se levantó de su asiento y se lo entregó a su ANBU, no sin antes decirle dónde podía ubicarla.

Estaba al tanto, ya que no era la primera vez que le enviaba una carta, lo hacía al menos una vez a la semana y por medio de palomas mensajeras, desde aquel día en que se había marchado. Sin embargo, esta vez no podía dejar que un mensaje tan importante y delicado lo hiciera un animal.

El Shinobi asintió y se esfumó en una nube de humo, mientras que el Sarutobi pidió a su Saru que se retirara.

Caminó hasta su sillón y lo agarró, lo puso cerca de la cama y se sentó en él.

Era una situación desoladora, y tal realidad lo colmaba con sentimientos negativos, sensaciones que fragmentaban su anciano corazón.

Un hombre que había visto tantas cosas, que había sobrevivido a varias guerras y batallas, y que también había observado la decadencia humana en el campo de batalla. Sin embargo, esto lo superaba todo.

Una situación que se había salido de control, un escenario que pensaba que podría haber evitado si hubiera tenido más determinación.

Las primeras gotas brotaron de sus ojos, y estas corrieron hacia abajo mientras aproximaba sus ancianas manos hacia los rojizos cabellos del durmiente Jinchūriki.

Lo siento mucho, Naruto-kun. Todo esto es culpa mía. Tan solo espero que esta experiencia no cree resentimientos en ti, aunque tengas todo el derecho del mundo. Aun así, me gustaría que eso no sucediera.

Su deseo sonaba egoísta, desconsiderado, incluso ilógico, pero no quería perder las esperanzas; quería ver a Naruto como un hombre de bien.

Se recostó contra el sillón, observando a Naruto y esperando oír prontas noticias sobre Tsunade.

Tres días después

—Sandaime-sama, Sandaime-sama. —Una susurrante voz llamaba al viejo Hokage.

Estaba durmiendo en aquel sillón, y casi no se había movido de aquel lugar en todo este tiempo, solo lo había hecho para realizar sus necesidades más básicas.

El sexagenario, sintiendo los ojos pesados debido al insomnio que lo había afligido en estos días, los abrió con lentitud al oír su nombre en sueños.

Fijó los ojos, viendo una figura enmascarada parada frente a él. Se los frotó, y esta vez tuvo una imagen clara—. ¿Inu? —preguntó, bostezando y cubriéndose la boca.

Miró por la ventana y notó que aún era de noche, y que lo había despertado cuando por fin había conciliado sueño. Hiruzen, sin embargo, sabía que eso no importaba en lo absoluto.

Por lo tanto, se puso de pie y apartó el cansancio con una sacudida de su cabeza—. ¿Noticias?

—Hai, Sandaime-sama. Tsunade-sama se encuentra esperándole en la sala, su carta logró convencerla. También hice lo necesario para que nadie se percatara de su llegada, y ella desea que esto siga de la misma manera.

—Iré a verla inmediatamente. —Se apresuró hacia su puerta, la abrió y bajó las escaleras en dirección a la sala.

Divisó a una persona de cabellos dorados mirando unas fotografías en la pared—. Tsunade.

La mencionada se volteó, mirando con algo de aprecio pero también enojo a su maestro—. ¿Qué quieres anciano? Dijiste que era de vida o muerte, pero no veo que nada fuera de lo normal esté sucediendo. —Se cruzó de brazos.

Hiruzen se aproximó con los brazos abiertos, y la Sannin se volteó mientras rodaba los ojos, aunque cedió al final, ya que sabía que su maestro no se rendiría.

Se volteó de vuelta y reciprocó el abrazo—. Me alegra mucho verte, y gracias por venir, Tsunade. Necesito de tu ayuda con algo de suma importancia.

Se separaron, y la rubia cuestionó con una ceja levantada—. ¿Le ha pasado algo a Asuma?

Era extraño, su maestro se veía muy triste, algo muy inusual en él, y solo podía pensar que algo le había pasado a su hijo.

Hiruzen negó—. Asuma se encuentra bien, afortunadamente. Es otra persona quien necesita de tu ayuda.

—Pues dime de quien se trata. Y que no se trate de cualquier extraño, en tal caso, no haré nada. No me gusta perder el tiempo, mucho menos en este lugar.

—Sígueme, por favor. —Dicho esto, el Sarutobi se volteó y caminó hacia las escaleras. La rubia suspiró y caminó detrás de él.

Al llegar a su habitación, Hiruzen se detuvo—. Mi ANBU ya se ha ocupado de sus heridas, Así que no tienes que preocuparte por posibles rastros de sangre. —Sabía de su hemofilia, y por lo tanto, el ANBU que ahora cuidaría a Naruto se había asegurado de que Tsunade no se topara con rastros que pudieran despertar a su fobia.

Para disimular el hecho de su miedo y una de sus preocupaciones, se cruzó de brazos mientras liberaba un bufido—. ¿Crees que un poco de sangre podría afectarme? No me hagas reír.

—No lo estaba intentando —respondió sin ninguna pisca de diversión.

Tsunade levantó otra ceja, cada vez más curiosa por saber qué era lo que estaba sucediendo como para que su maestro estuviera tan serio, y por sobre todo, triste y agotado.

El Sandaime abrió la puerta y fue el primero en entrar y caminar hacia la cama. La Sannin lo siguió por detrás y vio a dos ANBU cerca de la cama.

Hiruzen permaneció en silencio, ya que su estudiante examinó a su posible paciente. Su rostro estaba totalmente vendado, y al levantar las sabanas, comprobó que el resto de su cuerpo se encontraba de la misma manera.

Era un niño no mayor a cinco años de edad, y aparentaba una condición muy seria como para que tuviera tantas vendas y fuera alimentado intravenosamente—. ¿Quién es y qué le sucedió? —Dejó de examinarlo para mirar a su Sensei.

—Él es… Él es un niño inocente. —No quiso decir que se trataba del Naruto, ya que Tsunade conocía su verdadera identidad —aunque no lo conociera personalmente—, y a pesar de que confiaba en sus subordinados, no podía hablar de algo tan delicado a la ligera.

Tsunade no se sintió convencida, pero al ver el brillo de tristeza como también de súplica en sus ojos, decidió dejar de hacer preguntas.

Suspiró y miró al ANBU que se estaba haciendo cargo del pequeño—. ¿Qué le pasó y qué tiene?

Haciendo una leve reverencia y saludándola por su nombre, el ANBU contestó—. Fue atacado por algunas personas, hasta el punto en que lo dejaron en este estado. Me he encargado de varias de sus heridas, pero me avergüenza decir que no tengo la suficiente capacidad como para tratar las más delicadas, aunque me he asegurado de que no se agravaran.

La rubia no habló, ya que el ANBU se paró a su lado y se agachó para desvendar el rostro del paciente.

Tsunade prestó mucha atención, y por cada venda que iba sacando, su corazón se iba llenando de angustia y recuerdos; unos buenos y otros terribles.

Cuando terminó de desvendar su rostro, una imagen fugaz de su hermano Nawaki cruzó por su mente, en especial la imagen del día en que vio su cadáver.

Su maestro la vio temblando y juntando las manos mientras sostenía el collar de su abuelo. Era por esto que no quería decirle que se trataba de Naruto, posiblemente no hubiera venido para evitarse los recuerdos que posiblemente ahora estaban cruzando por su mente.

Era algo cruel, pero Hiruzen quería que lo aguantara; era la única persona que podría devolverse a Naruto su vida.

El ANBU no notó este comportamiento, ya que prosiguió con su labor de quitarle las vendas mientras explicaba la gravedad de esas heridas.

Ella no había oído casi nada, solo la parte en que hablaba sobre el daño a sus ojos. Fue allí cuando ella aproximó sus temblorosas manos a su rostro.

Lo hizo inconscientemente; sus manos se habían movido de forma automática. Tal vez la culpa de no haber podido hacer nada para salvar a su hermano estaba activando algo en su subconsciente, y esto la estaba obligando a ayudar a este niño.

Sus manos brillaron, y las tuvo durante un largo tiempo sobre sus ojos antes de pasarlas por el resto de su cuerpo, examinando en profundo detalle todo el daño que había sufrido.

En cierto punto, sus manos ya habían dejado de temblar, esta vez estuvieron firmes al igual que la expresión en su rostro.

Hubo esperanza en los ojos del Sandaime al verla trabajar de tal forma, pero sus esperanzas se desvanecieron rápidamente a medida que la veía sacudir su cabeza y oía gruñir con frustración.

—¿Q-Qué sucede? —preguntó con preocupación.

La Sannin volvió a gruñir y negar, y esta vez se detuvo y miró a los impacientes ojos de su maestro—. Lo siento, pero no hay nada que pueda hacer. Las personas que le hicieron esto se aseguraron de que sea permanente.

Otra vez Hiruzen se descompensó, y ambos médicos lo notaron corrieron hacia él para sostenerlo mientras lo sentaban en su sillón—. Tranquilo, Sensei. Respira…

Así lo hizo, y pasados los segundos, agachó la cabeza con tristeza—. Todo esto es culpa mía. Yo tuve que haber hecho algo antes.

Tsunade apretó sus puños—. No, no es culpa tuya. Es culpa de ese maldito bastardo. —La imagen del Yondaime cruzó en su mente, y los sentimientos de furia la invadieron lentamente.

Estaba al tanto de lo que sucedía en la aldea debido a que su maestro manifestó en innumerables ocasiones su preocupación hacia el joven Jinchūriki.

La rubia siempre pensó que había exagerado, pero solo ahora comprendió cuan equivocada se encontraba en realidad; ella siempre había tenido la razón, Konoha era una aldea maldita.

Y aunque había hecho todo lo posible para endurecer su corazón, ver a su Sensei de esta forma, y lo que le habían hecho a Naruto, era más que suficiente para ablandarlo.

Sus palabras calmaron un poco a su maestro, y para animarlo un poco más, sugirió lo siguiente—. Es verdad que no puedo hacer nada… Pero en esta aldea. Puedo devolverle la vista, y también su habilidad para caminar, pero necesitaré sacarlo de la aldea, y si lo hago, lo alejaré de este lugar para siempre. Estoy seguro de que Shizune le gustará tener a ese niño con nosotras.

La idea era fenomenal; era algo que Hiruzen quería hacer, pero había algunos inconvenientes.

—Es una excelente idea, Tsunade. Pero no quiero ponerte en riesgo. Estoy seguro de que Minato tiene marcado a ese niño, y si se entera de que tú o alguien lo ha sacado de la aldea, las consecuencias serían fatales.

—¿Piensas que le tengo miedo? Le daré un golpe y lo enviaré a volar. Pero tú sabes muy bien que ese niño ya no puede continuar en esta aldea. La próxima vez lo matarán.

Su maestro suspiró con pesar—. Lo sé, Tsunade. Pero Minato no es un rival a quien podamos derrotar. Dudo mucho que haya alguien tan fuerte como él. Y además, eso solo perjudicaría aún más a Naruto-kun. Si yo ya no estoy aquí, quien sabrá lo que Minato haría.

Ella se puso de pie, suspirando con decepción. No era una oferta que hubiera hecho en situaciones normales, pero el estado del pequeño y de su maestro lo ameritaban.

Caminó de vuelta hacia la cama, y Hiruzen la siguió, parándose hacia el otro lado mientras Tsunade aproximaba sus brillosas manos a su frente—. Hmm, tiene una seria carga mental. Es por eso que no despertó durante todo este tiempo. Voy a aligerarla tan solo un poco, no sería prudente despertarlo de repente.

—Te lo agradecería, quisiera hablar con Naruto-kun lo antes posible.

La rubia permaneció en silencio y prosiguió hasta sentir que había sido suficiente—. Eso será suficiente, podría despertar dentro de…

Se detuvo cuando vio las mantas moviéndose; miró hacia abajo y vio que el Jinchūriki se había levantado por la mitad, quedándose allí, en absoluto silencio mientras miraba hacia la nada.

Ella hizo una señal de alto al anciano, ya que éste se había aproximado con la intención de hablar con él. Hiruzen la vio sentándose con suavidad sobre la cama y aproximando su mano hacia su hombro.

El pelirrojo giró su cabeza hacia donde presumía que se encontraba la persona que hizo contacto, pero él no había hecho nada más que eso; solo miró hacia esa dirección, aunque no viera nada más que una absoluta oscuridad.

Innegable era la tristeza que sintió Tsunade al presenciar esos vacíos ojos, ojos que se parecían más a los de un muerto. No se refería al visible daño, sino a la sensación que transmitían.

Tragó el nudo en su garganta y separó los labios para hablar, pero un susurro del niño la detuvo. No había oído bien, así que ella acercó un poco su oreja mientras le pedía con suma suavidad que lo repitiera.

—Mátame, ya no quiero más.

El nudo que se formó en la garganta de los presentes casi les hizo toser; no solo por sus palabras, sino por lo que transmitía, o mejor dicho, por lo que no.

Era triste, desolador, deprimente, oír a alguien tan joven pronunciando tales palabras, más aun cuando tenía toda una vida por delante.

Maldita Konoha, solo en eso podía pensar, maldiciendo por sobre todo al causante de esta triste realidad, Minato.

Volvió a tragar aquel molesto nudo, y sabiendo que le saldría una voz rota al pronunciarse, tosió una vez mientras colocaba una forzada sonrisa en su rostro, una que sabía que no podía ver.

—¿Qué dices? Yo estoy aquí para ayudarte. Ya te encuentras a salvo, no tienes nada que temer. —Intentó trasmitir confianza, pero fue inútil ya que el niño ni siquiera se había inmutado.

—Ya veo. Si eso es verdad, por favor, haz lo que te he pedido. —El mismo tono de voz, y la misma reacción por parte de los demás.

¿Qué podían decir? ¿Qué podían hacer? No había excusas ni forma de mitigar lo que había sucedido, solo se podía esperar, esperar a que lo superara, o, aunque fuera imposible, lo olvidara.

Tsunade quería decir algo, pero el niño continuó con su discurso—. Es lo mejor, soy un estorbo para todos; no le soy útil a nadie. Los que se acercaron a mí, me abandonaron, y en quienes confié, me traicionaron. Vivir de esta forma no vale la pena, por favor, acaba conmigo.

Sus palabras fueron duras para Hiruzen, solo pudo sentirse identificado y decepcionado consigo mismo. Ya intuía que pensaría eso, solo había sido cuestión de tiempo para que lo oyera.

Decidió permanecer en silencio, no por el miedo, sino porque no quería alterar a Naruto con su presencia; quería que se calmara un poco para que pudiera conversar con él.

La rubia miró a los ojos de su Sensei, y fácilmente pudo notar su luchar. No sabía que tan cercanos eran ambos, pero sentía que algo había sucedido entre ambos.

No indagó en ello, ya que no era el momento. Se concentró en el niño e intentó decir algo que le hiciera cambiar de parecer, pero la verdad era que incluso ella había estado en esa situación, y lo seguía estando.

De igual forma ella tenía que intentarlo, por el niño que le recordaba a su hermano y que tampoco merecía pasar por algo tan trágico—. Yo te entiendo. Es verdad, tú tienes razón.

Hiruzen abrió los ojos sorprendido; estuvo por protestar, pero la mano de Tsunade lo detuvo.

Naruto sintió interés, como también algo de tranquilidad; tal vez cumpliría con su plegaria y le daría el descanso que tanto anhelaba.

Permaneció en silencio, y la mujer continuó—. Aunque no debes de darle el gusto a esos bastardos. Vive tu vida como tú quieras; busca un cambio por tu propia cuenta. Pero no te rindas; no les des el gusto de que te vean derrotado. Aún eres joven, y puedes hacer muchas cosas. Tan solo tienes que esperar, esperar a crecer y volverte más fuerte. —Puso sus manos sobre sus hombros; habló con toda la seriedad del mundo, y en verdad esperaba que este niño encontrara una respuesta; la que fuera.

Lo último le recordó a lo que su 'abuelito' le había dicho, y tales palabras carentes de significado acrecentó el vacío en su corazón.

Miró hacia el frente, y habló mientras se recostaba en la cama—. Por favor, si no hará lo que le pedí, deje de molestarme. Dormir se siente bien, allí no siento dolor. —Su cabeza hizo contacto con la almohada, y muy rápidamente había quedado dormido.

Dormir era una sensación agradable, tanto que su mente, y lo que le quedaba de alma solo querían disfrutar de esa sensación más que nada.

Tsunade se puso de pie, apretando los puños con fuerza—. Ese maldito Minato; no puedo dejarlo así —susurró, no queriendo interrumpir su merecido descanso.

Caminí hacia la salida para ir a hacerle una visita a Minato; no le importaba que fuera tan poderoso como su maestro decía, ella tenía la intención de decirle sus verdades.

—No, Tsunade, no lo hagas. —Oyó la cansada voz de su maestro, quien volvió a tomar asiento.

Ella suspiró, y se volteó hacia él—. ¿Entonces qué harás, viejo? ¿Dejarás que ese bastardo se salga con la suya?

—Solo puedo esperar, Tsunade. Cualquier decisión precipitada solo afectaría aún más a Naruto-kun. Y él no está en la posición de seguir experimentando más dolor. Entiende mi posición, por favor. —No levantó la cabeza; estaba tan triste que no tenía deseos de mirar a la expresión de decepción de su estudiante.

—Está bien, como tú quieras —casi habló en un rugido; el tono iba hacia los verdaderos responsables de esta desgracia.

Se volteó nuevamente y esta vez abrió la puerta—. Solo quiero que sepas que nunca más regresare a esta aldea, sin importar lo que suceda. No han hecho nada más que darme la razón…

Cruzó la entrada y agarró la manija para cerrarla detrás de ella. Hiruzen miró hacia allí, viendo la puerta cerrándose pero deteniéndose casi al final—. Yo esperaré, esperaré a que recapacites y te des cuenta de que ese niño no tiene un futuro en esta aldea. Cuando tú quieras, envíamelo. Shizune y yo lo trataremos como se merece, y le devolveremos su vida.

No esperó respuesta alguna y cerró la puerta suavemente, esta vez para regresar al pueblo donde había estado día antes.

No le había dicho a Shizune a donde iba, ya que posiblemente hubiera contactado con el Hokage y éste les hubiera obligado a permanecer en la aldea. Sea como fuere, Tsunade tenía la firme decisión de nunca volver a este maldito lugar.

Hiruzen se sobó la sien por el dolor de cabeza, y solo pudo pensar mientras intentaba recuperar el sueño—. ¿Por qué?

Por la mañana

—Y por favor cuiden bien de Naruto-kun, Inu y Saru. Iré a comprar para prepararle una buena comida para cuando despierte. No tardaré.

Inu tomó la palabra—. Yo podría ir, Sandaime-sama. Deme una lista y traeré todo aquí.

—No te preocupes, Inu. No tardaré. Y si Naruto-kun despierta antes de que llegue, por favor, no le digan que se encuentra aquí. Yo le diré todo cuando regrese. —Sus ANBU asintieron, y él salió a la calle rumbo a la despensa más cercana.

Las personas en la calle lo saludaron con sonrisas, sonrisas que transmitían mucha más felicidad.

Ya suponía la razón, y demostró su decepción en su mente, aunque por fuera devolviera la misma sonrisa.

Una vez dentro, cargó todo lo necesario dentro de un canasto antes de aproximarse a la caja, el lugar donde una mujer la recibió con una sonrisa y procedió a realizar la cuenta.

Mientras quitaba su billetera, sus oídos captaron una curiosa conversación—. ¿Y ya fuiste a comer a aquel lugar llamado Ichiraku? Sirven unos excelentes fideos Ramen. —Era la voz de una mujer.

Hiruzen se sintió bien por ellos, tal vez la suerte por fin estaba tocando a otros infortunados.

La conversación no finalizó allí, y otra mujer agregó—. Tenía pensado ir a almorzar con mi esposo. No íbamos antes porque en ese lugar apoyaban a ese demonio.

—Y que lo digas. ¿Pero quién hubiera pensado que solo lo hacían para ganar su confianza? Jaja, ese demonio tiene merecido lo que le sucedió. Iré a demostrar mi apoyo después, ¿tú también irás?

El anciano ya no había oído el resto de la conversación luego de oír tal revelación. No, eso no podía ser cierto, seguramente era un rumor y nada más, sí, debía de ser eso.

Pero las palabras de Naruto resonaban en su cabeza, ¿en quién había confiado? ¿Y quién lo había traicionado? Sabía que se refería a él cuando dijo que lo habían abandonado, pero, ¿quiénes eran los otros?

No, no podía ser verdad, pero tenía que averiguarlo. Tanto fue su deseo de averiguarlo que olvidó sus cosas y fue corriendo en dirección a Ichiraku Ramen.

Llegó al lugar en cuestión y observó la moderada fila de impacientes clientes por ingresar a degustar de aquellos exquisitos fideos.

No esperó a que llegara su turno; se abrió paso entre la multitud que se quejó ante los empujes, pero no dijeron nada al ver de quien se trataba.

Llegó al mostrador, y allí vio a padre e hija moviéndose con rapidez para preparar y servir las simultáneas órdenes.

Ellos no se percataron de su presencia, y solo continuaron con su labor. No obstante, los susurros de sus clientes los obligaron a voltearse, y allí vieron a un Sandaime Hokage mirándolos con suma preocupación.

Los ojos de Ayame instantáneamente se pusieron a echar lágrimas, y todos allí la vieron correr hacia la sala posterior.

Teuchi, por su parte, tenía una expresión de vergüenza y arrepentimiento. No permitió que Hiruzen hablara, ya que expresó antes—. Sandaime-sama, por favor, sígame. Y ustedes, por favor esperen. Ya regresamos. —Esto último lo dijo mirando hacia sus clientes, haciendo una ligera reverencia al final. Se oyeron a algunas personas protestando, pero solo porque estaban impacientes por comer.

Ambos caminaron en la dirección que Ayame había tomado, y al llegar a la cocina, ambos observaron a la castaña llorando con su cabeza sobre la mesa.

—Sandaime-sama, por favor, tome asiento —inició Teuchi, aproximándose a la mesa y tomando una silla.

Hiruzen, sin embargo, sacudió su cabeza y lo miró con gravedad—. No gracias, no tengo tiempo. Solo necesito que me contesten una cosa… ¿Es verdad?

—No, Sandaime-sama. Nosotros nunca haríamos algo como eso. Es todo un malentendido —se excusó Teuchi.

—¿Entonces qué es eso que la gente está diciendo? ¿Qué fue lo que sucedió en realidad?

Teuchi abrió la boca para hablar, pero un sonido de exasperación de su hija lo detuvo. Se volteó y vio que ella estaba mirando hacia ambos, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, y no solo desde el momento en que llegó Hiruzen, sino desde lo sucedido.

—Padre —inició ella, sonándose la nariz con un pañuelo—, ya dejemos de mentirnos, es nuestra culpa. Nosotros le hicimos a Naruto-kun.

—Ayame, eso no…

—¡Es totalmente cierto! —exclamó ella poniéndose de pie, incapaz de contener aquellas lágrimas de culpa y arrepentimiento.

Su padre levantó ligeramente su mano en señal de protesta, pero finalmente la dejó caer—. No, hija. Yo soy el único responsable. Fui yo quien te engaño —admitió su culpa.

—¿Q-Qué? —preguntó confundida, dando unos pasos hacia atrás.

Hiruzen prestó atención, y seguidamente Teuchi explicó qué era lo que esos sujetos en verdad le habían dicho, y como él había omitido y agregado información aquel día.

Las temblorosas rodillas de Ayame no pudieron sostener su propio peso, por tal motivo cayó de rodillas, colocando sus palmas sobre el piso.

El Sandaime se aproximó hacia el cocinero—. Estoy furioso, Teuchi. Tan furioso que tengo muchos deseos de asesinarte… —habló con frialdad el siempre amoroso y compresivo Tercer Hokage.

El mencionado solo se dignó a agachar su cabeza, mientras que su hija ni siquiera se había inmutado ya que seguía en shock luego de oír la revelación.

—Pero no puedo y no debo. ¿Cómo pudiste Teuchi? Tú ya tenías una idea de cómo era la vida de ese niño. ¿Cómo pudiste traicionar su confianza de tal forma? —Hizo una pausa, pero no dejó que se excusara.

—Tienes suerte de que Naruto-kun siga con vida, de lo contrario, esto habría acabado de una forma muy diferente.

Al hacer mención de que el pelirrojo seguía con vida, Ayame se puso de pie y se acercó con desesperación al Sandaime para agarrar sus ancianas manos mientras le miraba con una sonrisa que reflejaba su desolación.

—¿E-Está vivo? Y-Yo vi el v-video, y la gente habla como si hubiera muerto. Yo pensé… —Un torrente de lágrimas corrió por sus mejillas.

¿Un video? Él no tenía idea de hubiera algo como eso, pero no quería verlo, no quería ver algo tan desagradable que solo aumentaría su remordimiento y furia.

El Sarutobi podía sentir la culpa y arrepentimiento en sus palabras; ella había sido engañada, así que Hiruzen no se sentía molesta con ella—. Él… está vivo. Pero lastimosamente ya nada queda de aquel niño que vimos hace un año atrás, y sus heridas son irreversibles.

—N-No, d-debe de haber una forma. D-De seguro Hokage-sama podría… —Intentó finalizar la joven cocinera, pero la seria mirada y voz de Hiruzen la detuvieron.

—Eso no será posible, y será mejor que nunca lo mencionen si llegan a verlo algún día… —Hizo una pausa, pero no permitió que ninguno indagara en el motivo.

—Ahora me voy. Y Teuchi, puedo ver que tu negocio por fin está teniendo éxito. Solo quiero que sepas que cada céntimo que ganes de ahora en más, estará manchada con la sangre de un inocente.

Teuchi no dijo nada al respecto, solo ocultó su vergüenza al agachar su cabeza.

Eso era algo que Hiruzen se lo esperaba; si bien había una posibilidad de que no haya actuado con maldad, el daño ya estaba hecho, y no había nada que pudiera hacer para enmendarlo.

Dio una media vuelta y caminó en dirección a la salida, pero Ayame había sostenido suavemente uno de sus brazos. Él se volteó, y nuevamente la vio llena de lágrimas—. P-Por favor, S-Sandaime-sama, permítame verlo. Yo quisiera disculparme.

El mencionado se giró hacia ella, mirándola con una expresión de dolor—. Lo siento mucho, Ayame. Pero lo mejor será que nunca vuelvas a acercarte a Naruto-kun. Él realmente no se encuentra en condiciones de ver a nadie, incluso creo que será algo difícil que yo me acerque a él. Yo sé que tú en verdad te sientes arrepentida y que fuiste engañada, pero temo cual podría ser la reacción de Naruto-kun si se entera que tú estás allí.

Ayame mantuvo su cabeza agachada en todo momento, derramando aquellas lágrimas que no parecían tener fin.

El Sarutobi la vio temblando y sollozando, así que puso una mano sobre su hombro y dijo para finalizar—. Solo podemos esperar, Ayame; esperar a que Naruto se ponga bien y ver qué decidirá.

La joven se sobó sus rojos e hinchados ojos, miró hacia el Sandaime y dio un ligero asentimiento con su cabeza.

Hiruzen, por su parte, miró hacia el padre de la chica, le dio una última mirada de desaprobación y finalmente caminó hacia la salida.

La castaña también se volteó, pero en dirección hacia su cuarto, mirando hacia su padre de la misma forma que el Sandaime antes de decir con agotamiento—. Iré a descansar.

Su padre levantó su mano para intentar decir algo, pero no había palabras que pudieran consolar a su hija o hacer que no se sintiera de esa forma. Apretó los puños con fuerza; había sido un tonto, creyó que las cosas saldrían bien, pero su codicia lo había cegado; la codicia de un desesperado hombre que había visto una luz en un oscuro túnel.

Pero el precio había sido muy caro, y las consecuencias serían catastróficas, pero este hombre no podía saberlas por ahora.

Sintiéndose como el peor ser humano, caminó de regreso al puesto para atender al resto de los clientes; de ahora en más tendría que cargar con esa culpa, y solo había una forma de hacerlo, aceptar lo que había hecho.

Ajustó su delantal, se puso su gorro de cocinero y salió del comedor, el lugar donde todo el mundo aplaudió al verlo.

Forzó una sonrisa en su rostro y se disculpó por la demora. Agarró unos fideos y se dispuso a hervirlos, pero al notar al Sandaime parado frente al mostrador se detuvo.

—¿Sandaime-sama? —preguntó mirándole, finalmente mirando hacia el lugar donde el Sarutobi miraba fijamente.

Allí pudo ver dos cabelleras rubias y puntiagudas que resaltaban entre la multitud, la multitud que rápidamente abrió paso en asombro—. Yondaime-sama… —susurraron los incrédulos mientras éste se hacía paso hacia el frente junto con su pequeño hijo que estaba sentado en sus hombros.

—¿En serio aquí sirven una comida súper deliciosa, Oto-chan? —preguntó el pequeño mirando hacia abajo.

—Eso he oído, Menma. Lo descubriremos juntos —contestó su padre con una sonrisa que contagió a su hijo y a algunos de la multitud.

Llegó hasta el frente y unas personas cedieron sus asientos para que ambos pudieran sentarse, y al hacerlo, Minato notó la incrédula mirada de su predecesor—. Sandaime-sama. —Fue lo único que dijo antes de mirar hacia Teuchi.

El niño lo saludó de una forma mucho más cordial, y el viejo respondió de la misma forma antes de concentrarse en su padre—. ¿Qué haces aquí, Minato?

El nombrado sonrió y miró al cocinero, quien estaba haciendo un gran esfuerzo para ocultar sus nervios—. Tan solo he venido a felicitar a este buen hombre por su gran servicio a la comunidad. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que aportando mi grano de arena al venir a comer en este lugar?

Todo el mundo aplaudió con júbilo; Hiruzen fue el único en apretar sus puños, mientras que Teuchi solo podía sentirse más avergonzado consigo mismo.

El sexagenario no quería montar una escena solo porque el hijo menor de Minato se encontraba presente, pero esas sonrisas, esas risas, y las felicitaciones le hervían la sangre.

Su expresión ya no era la de un sereno y amable anciano, era la de un Shinobi a punto de asesinar a alguien.

Los que pudieron verlo retrocedieron por el miedo, mientras que un desafortunado se le aproximó por detrás con una sonrisa.

—Sandaime-sama, ya veo, usted también estaba engañando al mocoso demonio para que bajara su guardia, jaja. Ya sabía yo, no había forma alguna de que alguien como usted estuviera apegado a ese monstruo. —Palmeó su hombro unas cuantas veces en señal de felicitación.

Miró hacia sus compañeros de festejo, sintiéndose extrañado al verles retrocediendo y negando con sus cabezas.

—¿Monstruo…? —preguntó el Sandaime en un susurro que transmitió toda su ira acumulada.

Esta vez el incauto retrocedió, mientras que el antiguo Hokage se giró lentamente hacia él, finalmente revelando aquella expresión que no se encontraba lejos de expedir humo.

—¡¿Quién es el monstruo?! ¿Aquellos que se mofan del sufrimiento de un pequeño inocente, o aquel que no ha hecho nada malo para merecer lo que le hicieron? ¿La persona quien su único pecado fue querer ganarse su aceptación? ¡Los únicos monstruos son ustedes! —Respiraba agitadamente, y esta vez dio una vuelta para revelarles a todos esa expresión que principalmente reflejaba odio, pero también desesperación, desesperación porque quería una respuesta, una respuesta lógica que pudiera justificarlos.

Pero sabía que ese deseo era absurdo, así que agachó la cabeza mientras llevaba su mano sobre su pecho—. ¿Por qué es que no pueden entenderlo? ¿Qué es lo que necesitan para entender que ese niño no es el responsable de sus problemas? ¿Cuándo comprenderán que él no les ha hecho nada malo? —habló con serenidad y mucha tristeza.

Parecía que sus preguntas llegaron a algunos de los presentes. Sin embargo, cuando una persona dijo—. Pero él tiene colmillos, Sandaime-sama.

Otra se le había unido, agregando—. Yo oí que puede devorarte en sueños.

Cualquier indicio de arrepentimiento se había desvanecido con lo siguiente—. Seguramente hizo eso con Sandaime-sama.

Hiruzen no podía creer que estas personas fueran tan ignorantes, y mucho menos que el culpable se encontrara sentado e ignorando la situación como si no estuviera presente.

Miró a su lado, y vio los ojos de confusión del pequeño rubio, ojos que buscaban una respuesta, aunque fuera incapaz de entenderla. Suavizó su expresión lo más que pudo, no queriendo asustarlo innecesariamente.

Su semblante finalmente se fijó en predecesor, y éste sabiendo lo que se venía, suspiró mentalmente—. Hokage-sama, yo lo responsabilizaré a usted —mencionó Hiruzen.

No insinuó nada más para sorpresa del mencionado, y con ojos que reflejaban ese sentimiento, observó a su antecesor caminando hacia la salida.

Cuando había abandonado el establecimiento, muchas personas murmuraron los hechos, mientras que otros se debatían el motivo de su actuar, sacando conclusiones que solo reflejaban la capacidad analítica con la que contaban.

En ese instante, Teuchi colocó dos humeantes tazones de ramen frente a los Namikazes, diciéndoles que lo disfrutaran, forzando una vez más una sonrisa en su rostro.

La curiosidad impidió al pequeño de ojos azules concentrarse en el aromático platillo, y con el deseo de obtener información, miró hacia su padre mientras le veía colocando los palillos en sus dedos—. ¿Qué le sucede a Ojii-san, Oto-chan?

Su padre se detuvo y le miró con una desestimadora sonrisa—. No te preocupes, Menma-chan. Solo le jugamos una broma un poco pesada y ahora se encuentra enojado porque cree que nos pasamos un poco. Pero seguro se le pasará en unos días. Ahora come si quieres crecer fuerte y superarme cuando seas grande.

Levantó algo de sus fideos y lo aproximó con una sonrisa a la boca de su pequeño, quien finalmente sonrió al comprender la situación y abrió su boca para aceptar el ofrecimiento de su padre.

Padre e hijo compartieron una inolvidable experiencia, una que repetirían en compañía durante los años posteriores. Mientras que los aldeanos se encargarían de realizar una publicidad más que provechosa al cocinero del emergente puesto de fideos.

Momentos antes - Residencia Sarutobi

Despertar y recordar, despertar y sentir, despertar y seguir respirando…

Era una pena no poder dormir para siempre, y que su cuerpo le dijera ya no más y le obligara a abrir los ojos.

Despertó de la misma forma que la noche anterior, permaneciendo en absoluto silencio mientras miraba hacia la nada.

Los ANBU a su cargo lo observaron en silencio mientras la curiosidad les hacía preguntarse qué era lo que pensaba. Estuvo de esa forma hasta que le vieron olfateando el aire, tal vez tenía hambre. Pero no, ya que a medida que seguía haciendo aquello, el pequeño giraba su cabeza, específicamente, hacia el lugar donde ambos se encontraban.

Y aunque ambos sabían que no podía verlos, el niño se había quedado mirándolos fijamente, con aquellos inútiles ojos amarillos, ojos que reflejaban un alma vacía.

Había utilizado una habilidad que nunca pensó tener, y que estaba utilizando instintivamente; sus privilegiados sentidos. Ahora que le habían arrebatado el sentido que lo mantenía siempre en alerta, su cuerpo y mente le enseñaban que contaba con otras cosas para seguir sobreviviendo.

Podía percibir aromas que nunca antes había experimentado, podía oír el grifo del piso de abajo goteando, la respiración de estos hombres e incluso el lento latido de sus corazones.

Eran sensaciones que al antiguo Naruto le hubiera encantado experimentar, pero que a este vacío caparazón no le había llamado siquiera la atención.

Su intensa mirada incomodó a los Shinobis, pero no pronunciaron nada debido a que Hiruzen les pidió que no entablaran conversación.

—Esta es la casa de mi abuelito, ¿cierto? —Esta vez se podía sentir algo, y eso era una leve, casi imperceptible, ironía.

No lo hizo porque lo supiera, sino porque su muerta voz lo había dado a entender.

Ellos se limitaron a observarle, y el pequeño no tuvo más remedio que proseguir—. ¿Podrían ayudarme? Necesito de su ayuda. —La misma voz de la noche anterior que ahora le transmitió intranquilidad.

—Lo sentimos, Naruto-san, pero no podemos ayudarte con eso. Por favor, espera a que Sandaime-sama regrese; él hablará contigo —replicó Saru, motivo por el cual Inu le había lanzado una mirada de reproche por haber violado la orden de su superior, aunque no se pudo ver debido a su máscara.

Esta vez dejó de mirarlos, solo para hacerlo hacia sus piernas—. No es eso. Necesito ir al baño, y como no siento mis piernas, necesito ayuda para llegar hasta allí. —No pareció importarle el hecho de que ya no pudiera caminar, debido a que su voz seguía sin transmitir sentimiento alguno.

Su petición era algo que podían realizar, y fue Inu quien se aproximó a la cama para ayudarle. Lo cargó en sus brazos y caminó hacia el baño.

Saru esperó en la entrada en lo que su compañero colocaba al pequeño para que realizara sus necesidades.

Inu regresó y dejó la puerta abierta hasta que finalizara, fijándose en su compañero, quien miró hacia dentro antes de volver a mirar hacia el frente.

Transcurridos los minutos, el niño dijo que había terminado. Esta vez Saru se aproximó y le ayudó a limpiarse. Tuvo cuidado de no manchar sus vendas, pero la verdad era que ya necesitaba unas nuevas.

Naruto, aunque era incapaz de ver, podía sentir sus vendas. Intuyó que necesitaba porque estuvo inconsciente durante varios días.

Por tal motivo aprovechó el momento para decir—. También quisiera tomar una ducha, ¿podrías acercarme a la tina? —Una idea rondaba por su cabeza, una que quería intentar ya que sentía que era la solución para todos sus problemas.

—Claro, tan solo déjame ayudarte a quitarte estas vendas; necesito cambiártelas —contestó el ANBU, finalizando su limpieza y esta vez quitándole todas sus manchadas vendas.

Su sanación era sin duda impresionante, ya solo quedaban algunas pequeñas heridas que parecían que no tardarían en sanar. Lastimosamente, no se podía decir lo mismo de sus ojos y piernas; ninguno presentaba cambios.

Puso las viejas vendas en el basurero antes de aproximarse a la tina y encenderla para que esta se llenara. Mientras tanto fue a la salida y le dijo a su compañero que trajera los vendajes que se encontraban en la cocina. Cuando se había ido, regresó y puso a Naruto dentro de la tina.

El ANBU lo sentó lentamente sobre el agua, con cuidado de no dañar sus heridas. Mojó su cabeza con una manguera y agarró el jabón líquido para bañarlo.

Sin embargo, el pequeño, sabiendo sus intenciones, habló en aquel monótono tono—. Me gustaría bañarme solo, si no soy capaz de hacer eso por mi propia cuenta, entonces no tendría sentido seguir viviendo. —Giró su cabeza hacia donde sentía el olor del ANBU, quien por dentro solo suspiró con tristeza.

Se dejó convencer, ya que podía ver la razón en sus palabras, y lo que este niño necesitaba ahora más que nada era confianza—. Está bien, Naruto-kun. Estaré esperándote allí afuera, llámame cuando termines.

—Está bien, señor. Pero podría cerrar la cortina, ¿por favor? No me gusta que me vean mientras me baño —rió levemente para convencer al ANBU de que no había nada de qué preocuparse. Había tomado una decisión y no tenía intenciones de retractarse.

Luego de ver ese ligero síntoma de mejoría emocional, toda preocupación en su cabeza se despejó, así que acarició el cabello del niño en la tina y replicó mientras se ponía de pie—. Está bien, Naruto-kun. Te estaré esperando fuera, recuerda que debes llamarme cuando termines.

Vio un asentimiento por parte del niño y él se lo tomó como señal para retirarse, cerrando la cortina como había prometido.

Una vez que estuvo solo, el semblante del pequeño había cambiado. Al fin había llegado el momento, y su único anhelo era poder llegar hasta el final.

Cerró sus ojos, dio una última inhalación antes de recostarse con suma lentitud dentro del agua.

Ya no sufriría más, su cuerpo al fin podría descansar. Su existencia ya no sería una molestia ni un obstáculo para los demás, como tampoco así una preocupación o carga para aquellos pocos que tal vez ni siquiera existieran. Los demás serían felices, y él, él por fin obtendría esa tan ansiada paz.

Las burbujas emergían de su boca. El azul del agua lentamente se perdía. Su consciente y su todo se desvanecían. Allí, ahogándose, pondría punto final a su historia de dolor.

Más aun así, la bestia en su interior no dejaría que su historia llegara tan pronto a un fin; no permitiría que tomara una decisión tan fútil.

Intenciones nobles él tenía, más fuerzas ya no tenía. Seguir y morir, o detenerse y esperar. Ninguna opción era favorable, aun así una decisión debía de tomar…

Mientras tanto, ignorante de la situación, Hiruzen abrió con agotamiento la puerta de su casa, caminando decaído y en silencio hasta su habitación.

Ingresó a su habitación de la misma forma, su semblante, sin embargo, cambió al notar el vacío en su cama.

Su preocupación había sido vana pues había visto a sus ANBU haciendo guardia frente a la puerta del baño.

Suspiró aliviado y se aproximó a ellos—. ¿Naruto-kun está allí dentro?

—Así es, Sandaime-sama. Seguramente saldrá dentro de un momento. ¿Por qué no le espera allá? —indicó Saru, señalando a su sillón.

Hiruzen movió su cabeza en señal de negación—. No, aprovecharé este momento para conversar con él.

Sus subordinados no objetaron e hicieron paso para que pudiera ingresar. El nerviosismo le invadió y las palabras no le venían, aun así ingresó y se dirigió hacia la tina.

Se sintió preocupado por algún motivo; no entendía por qué su corazón bombeaba con tanta rapidez. Se paró frente a la tina, y no se animó a abrir la cortina.

Cerró los ojos y sacudió su cabeza; no había motivos para preocuparse, ¿cierto? Pero entonces, ¿por qué estaba nervioso?

Tal vez era por la falta de sonido que indicara que alguien se encontrara allí, o la carencia de la sombra que debería de producir si se encontrara allí.

Incapaz de aguantar la presión, abrió la cortina de un tirón. Sus ojos se aguaron, sus labios y piernas temblaron.

¿Qué necesitaba hacer para que las desgracias se detuvieran? ¿Por qué seguían sucediendo?

No se pudo contener, y la desesperación y amargura le hizo gritar tan fuerte que corrieron en dirección a él.

Lo vieron allí, aferrándose a aquel inerte y mojado cuerpo mientras las lágrimas de dolor caían sobre él.

—¿Qué sucedió? —preguntó Saru asustado, arrodillándose frente a él para comprobar el estado del pequeño, pero Hiruzen se aferraba a él sin intenciones de soltarlo.

—¡Está muerto, está muerto! —Fue su respuesta, esta vez acercando su cabeza a la de él, incapaz de detener las lágrimas y el llanto.

—No se apresure, Sandaime-sama. Déjeme verlo —indicó Saru.

Hiruzen miró hacia la inerte expresión de Naruto, y solo bastó un ligero decaimiento en la fuerza de su abrazo para que Saru lo aprovechara y colocara al Jinchūriki sobre el piso.

El Sandaime respiró para intentar calmarse, sintiendo el brazo de Inu sobre su hombro para transmitirle algo de tranquilidad. Ambos observaron a Saru haciendo su máximo esfuerzo para reanimar a Naruto.

Afortunadamente y aunque ellos no lo supieran, su Bijū había logrado mantenerle vivo hasta este momento, dichosamente, a un precio no muy caro. Lo único malo sería que su habilidad regenerativa sería algo lenta durante los próximos meses, pero seguiría haciendo su esfuerzo para continuar con la sanación de este pequeño que le impulsaba a ayudarle.

Pasaron intensos y preocupantes minutos, pero la suave tos y la expulsión del agua por su boca calmó a todos los presentes.

Hiruzen caminó con sus rodillas hasta ese lugar mientras el pelirrojo continuaba expulsando el agua. Intentó alzarlo, pero Saru lo había girado para que no se ahogara con el agua que estaba expulsando.

—Espere, Hokage-sama. Ya casi se termina —señaló Saru, dándole a Naruto suaves palmadas en su espalda.

El Sandaime solo agradeció a su excelente medico en silencio por su gran y apreciada ayuda. El Jinchūriki, por su parte, muy lentamente dejó de toser, y de la misma forma, abrió sus inútiles ojos.

Los ojos de Hiruzen se llenaron de lágrimas, y se aproximó un poco más para cargar ligeramente a Naruto; estuvo por decirle algo, pero el pequeño miró hacia él y preguntó en un susurro—. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me odias? —Su voz aún tenía un tono muerto, pero esta vez trasmitía mucha desesperación.

Hiruzen, conmocionado, le vio levantando su mano derecha en dirección de su rostro, pero no había sido capaz de llegar, ya que perdió la conciencia debido a la falta de energías.

Él agarró su mano antes de que pudiera caer y lo acercó a su mejilla mientras se ponía de pie. Se volteó y caminó en dirección a su cama mientras reflexionaba—. L-Lo siento mucho, Naruto-kun. Lamento que todo esto te esté sucediendo. Por favor, permíteme enmendar mis errores.

Estaba temblando, y sus rostros estaban llenos de lágrimas; no quería darse por vencido, intentaría todo dentro de su alcance para que Naruto al menos se recuperara.

Y aunque llegara a odiarle por el resto de su vida, su amor no mitigaría.

Cuatro meses después

Desde aquel trágico suceso, nadie había vuelto a cometer el mismo error. Fue una llamada de atención muy grande, y no podían permitirse el lujo de bajar la guardia otra vez.

Cuando Naruto había despertado nuevamente, Hiruzen había intentado con todo su corazón darle ánimos, decirle que todo saldría bien y que ya no tenía nada de qué preocuparse, pero aquellos ojos que antes reflejaban un alma muerta, ahora ni siquiera eso manifestaban.

Solo pudo esperar a que Naruto decidiera hablar, esperó con impaciencia, casi al punto de no conciliar el sueño por las noches. Sus ANBU le dijeron que debía de descansar un poco, pero Hiruzen no deseaba apartarse del pequeño.

Se había encargado absolutamente de todo, a excepción del tratado de sus heridas; Saru siempre había sido el encargado.

Como Naruto permaneció en silencio durante todo este tiempo, Hiruzen no había tenido más remedio que esperar hasta que decidiera expresar sus sentimientos, lo que fuera. Pero el pensamiento de que fuera algo irremediable lo angustiaba de sobremanera.

Durante las semanas posteriores, el Sandaime había notado que durante las noches, el pequeño se rodeaba de un manto rojizo. El pavor que había sentido la primera vez casi le hizo concluir un disparate.

Ni él ni sus ANBU habían dicho nada al respecto, y solo esperaron hasta el día siguiente para investigar qué era ese fenómeno.

Sorprendidos habían visto que sus heridas en general habían sanado casi en su totalidad, con excepción de las más graves, pero que también demostraban mejorías.

Esto le devolvió al anciano algo de sus esperanzas, e hizo que la espera fuera más llevadera.

Le había comentado a Naruto sobre ello, pero como siempre, no hubo reacción. No se había rendido y siguió entablando conversación en los días posteriores.

Habló de cosas triviales y hasta de cosas serias, específicamente, las cosas que había hecho durante sus días como un joven Shinobi.

Nunca hubo reacción, aun así Hiruzen no cedió en sus esfuerzos.

Al segundo mes decidió intentar otra cosa, y eso fue enseñar a Naruto a desarrollar sus otros sentidos, aunque también lo aprovechó para ver si sus piernas presentaban mejorías.

Al principio había sido una tarea difícil, ya que el pelirrojo tenía la consistencia de un papel. Pero con mucha insistencia, Hiruzen y sus ANBU lograron que Naruto se pusiera firme al cabo de unos días.

Pero de papel había pasado a piedra, estaba tan duro que parecía impresionante que fuera un niño de tan solo cuatro años. Pero al menos habían notado que sus piernas ya tenían algo de fuerzas.

Solo fue cuestión de tiempo hasta que Naruto cediera y le ayudaran a dar los primeros pasos, a tal punto en el que había empezado a caminar por su cuenta. Lo hacía con mucha dificultad, pero ahora ya podía ir al baño por su cuenta, obviamente sin que lo dejaran solo bajo ningún motivo.

Al tercer mes el ANBU había dicho que Naruto ya era capaz de percibir cosas con sus ojos, pero que todavía no se habían sanado por completo. Además de esa gran mejoría, su expresión ya no era la de una persona muerta, más bien era como una expresión neutral, la de a alguien que sencillamente se encogía de hombros ante todo.

Ignorantes eran ellos de los nuevos sentimientos que emergían de Naruto, sentimientos que le eran extraños, pero que de alguna forma, encajaban con su sentir.

A pesar de todo esto, Naruto había permanecido en total silencio, a pesar de que ya casi podía ver con claridad. Su rutina era despertar y quedarse en la cama hasta que sintiera necesidad de ir al baño antes de regresar al mismo lugar.

Otro día había llegado, el sol brillaba, los aldeanos vivían felices al ya no ver a quien consideraban una peste, los Shinobis y comerciantes salían y entraban para realizar sus actividades, Hiruzen estaba en su habitación, y Naruto en la cama. En fin, este día parecía ser igual a los demás.

Pero había algo que parecía distinto, Hiruzen no podía descifrarlo. Miró a su alrededor y finalmente a Naruto, pero no encontró nada fuera de lo inusual.

Se puso de pie, caminó hasta la ventana y miró a la calle, viendo a los aldeanos caminando como era lo usual. Los observó durante un rato, preguntándose si había al menos alguno de ellos que se sintiera mal por lo que le había sucedido a Naruto.

Conociendo la respuesta, se volteó y caminó en dirección a su asiento, pero fue allí cuando notó algo distinto; Naruto había agachado su cabeza, por primera vez no se encontraba mirando hacia la nada.

Se aproximó lentamente, con mucha emoción, pero también curiosidad. Podía ver a Naruto apretando sus pequeños puños mientras gotas que parecían ser lágrimas caían sobre ellos.

Samirade – Naruto OST

Se puso de rodillas al lado de él y aproximó su mano; Naruto, sin embargo, levantó su cabeza y le miró con su rostro lleno de lágrimas—. ¿Por qué?

El Sandaime se detuvo, analizando el motivo de su la pregunta—. ¿Qué quieres decir, Naruto-kun? —Intentó acercar su mano de nuevo, pero Naruto había agachado su cabeza de vuelta.

—¿Por qué yo? —Apretando las mantas de su cama y temblando mientras lo hacía, levantó su cabeza—. Toda mi vida, lo único que había querido era alguien que me comprendiera, que me amara, que me recibiera por las mañanas con una sonrisa, y que me arropara en la cama por las noches; solo quería una vida normal…

Esta vez Hiruzen se acercó para darle un abrazo que no había rechazado, sintiendo sus temblores mientras intentaba calmarlo con caricias a su cabello—. Pero solo obtuve lo contrario. Mis deseos y mi propia existencia siempre fueron pisoteados, pero aun así, no quise darme por vencido. Siempre esperé con paciencia, queriendo que llegara una persona que me dedicara al menos una desinteresada sonrisa.

Le había costado decir esas palabras debido a su rota voz, pero Hiruzen logró comprender cada una de sus palabras, siendo arrastrado por esos sentimientos de tristeza que le transmitían sus palabras.

—Entonces te conocí, llegaste a mi vida y pensé que me darías lo que tanto había buscado. En verdad lo pensé así, y me sentí muy feliz por ello.

Hiruzen en ese punto supuso lo que se venía; temeroso, se aferró al abrazo—. Pero nuevamente estuve equivocado. Todo había sido una cruel mentira. Y fue culpa mía, fui un tonto al confiar en los demás. —Sacudió su cabeza en señal de negación.

—Eso no es verdad, Naruto-kun. Tú no has cometido ningún error. —Se separó ligeramente para agregar mientras le veía temblar con la cabeza agachada—. Tú eres especial para mí —finalizó con una calurosa sonrisa, una que se desvaneció cuando Naruto levantó su mirada y reflejó un brillo en sus ojos que no tenían precedente.

—¡¿Entonces por qué me abandonaste?! —exclamó con sus ojos llenos de lágrimas y esa intensa mirada, expulsando esos sentimientos de frustración, duda, desconsuelo que lo atormentaban desde aquel día.

Un amargo recuerdo, una dura realidad; Hiruzen lo sabía, pero había intentado no mencionarlo. Pero nuevamente, no era él quien había sufrido esa experiencia, había sido el niño que ahora estaba reclamándoselo.

¿Qué podía decirle? No podía hablarle de las decisiones del Hokage, eso solo empeoraría las cosas. Ocultó su cabeza; no quería mirarlo a los ojos. No quería que viera esa expresión que tal vez reflejaba su inocencia, asumiría la culpa aunque recibiera lo que más temía, su odio.

Sabiendo que no obtendría respuesta, el Jinchūriki prosiguió—. ¡Yo tan solo quería que estuvieras conmigo; no quería nada más!

El corazón del Sandaime se quebró; esa mirada tan desconsolada, esas tan adoloridas palabras, pero por sobre todo, esos ojos que ahora reflejaban el abandono que sentía.

Había sido algo fugaz, ya que su afilada mirada había retornado—. Intenté, intenté hacer lo que me dijiste. Intenté se alguien mejor para hacer orgullosa a mi madre, intenté esperar al retorno de mi padre. ¿Pero para qué? ¡Solo para que me hicieran esto! —exclamó, enseñándole sus cicatrices.

Hiruzen guardó silencio; este no era el momento para hablar, Naruto tenía que desahogarse, y el Sandaime estaba dispuesto a escuchar, lo que fuera que se encontrara realmente en su corazón.

Esta vez, Naruto agachó la cabeza y apretó los dientes y puños con fuerzas—. Seguramente mi padre huyó cuando se enteró que nacería, y mi madre prefirió morir antes de criarme. Y tú...

El rostro de Hiruzen reflejaba su desacuerdo, aunque sus labios permanecieron sellados—. Y tú sabías esto, por esa razón te acercaste a mí, también quisiste engañarme como los demás.

Levantó la cabeza, y esta vez miró a Hiruzen con una expresión que confirmó sus miedos—. Y a pesar de eso, me arrebataste la opción de librarme de todo esto. Me quitaste la única decisión que había tomado por cuenta propia.

Las lágrimas se habían detenido, su rostro se había arrugado, sus nariz y labios empezaron a tener espasmos; sí, era la cara de una persona llena de odio—. Yo odio todo esto… —susurró entre dientes, repitiendo aquella palabra que resonó en su mente durante meses, y que por alguna razón, sentía que era la palabra apropiada para describir lo que sentía.

En ese punto su expresión fue tornándose más oscura, sus ojos se habían vuelto más rojos, su cabello se había erizado, y sus colmillos se habían alargado—. Odio este maldito lugar, odio a todos en este maldito lugar. Algún día me haré fuerte, y cuando lo haga, todos me la pagarán, incluso tú.

—Naruto-kun, yo… —Intentó decir algo, pero al ver a Naruto poniéndose de pie sobre la cama, se detuvo.

—¡Quiero salir de este lugar! Así como ellos me hicieron daño, yo también quiero hacérselos a ellos. Deseo tener la fuerza suficiente para liberarme de todo lo que me molesta, quiero sacarme esto que siento aquí… —Apretó otra vez su corazón, pero esta vez no hubo mirada de dolor, solo la de odio que continuaba acrecentándose.

—¡Y la única forma de hacerlo será devolviéndoles lo que me hicieron, es la única forma en que tendré paz! —La presión se hizo pesada, y la respiración dificultosa.

Aunque el pequeño no se diera cuenta, estaba liberando algo de ese Chakra maligno de su interior, y la preocupación en todos los presentes se hizo patente.

Hiruzen miró sutilmente hacia sus ANBU para que intervinieran en caso de que las cosas se salieran de control, pero solo para impedir que Naruto hiciera algo que complicaran aún más las cosas.

Sin embargo, esa mirada de atención solo confundió aún más al furioso Jinchūriki, quien sintió que sus deducciones fueron acertadas—. ¡Lo sabía! ¡Tú también eres igual que los demás!

Hiruzen se giró con una mirada triste, pero su sorpresa había sido grande al verle saltar de la cama y correr en dirección a la puerta—. ¡Naruto-kun, espera! —exclamó, poniéndose de pie y estirando su mano.

El niño alcanzó el picaporte, y cuando estuvo por abrirla, ambos ANBU lo sostuvieron—. ¡Suéltenme! ¡Yo tengo la razón! ¡Todos ustedes me las pagaran! ¡Los odio! ¡Los odio a todos! —gritó mientras se retorcía en los brazos de ambos adultos, realizando su máximo para alcanzar la salida y alejarse de todo lo que le estaba molestando.

El anciano se aproximó con cuidado en un intento de darle un apaciguador abrazo, pero Naruto no se quedaba quieto, y lo que era peor, su enojo seguía aumentando, hasta tal punto en que el Chakra emanó de su cuerpo—. Los mataré, juro que los mataré a todos. —Su voz ya era errática, casi diabólica.

Hiruzen solo visualizó lo peor, y eso incluía a Minato enterándose de esta situación. En un momento de desesperación, el Sandaime no tuvo más remedio que dejarlo inconsciente al aplicarle un punto de presión.

Cuando finalmente estuvo quieto, Inu lo aproximó a la cama mientras que Saru miraba su líder con una expresión interrogante—. ¿Qué hará, Sandaime-sama? Es obvio que Naruto-kun se encuentra muy alterado, y si Hokage-sama se entera de esto, no creo que las cosas se vean bien para él. —Miró hacia la cama, y vio con sorpresa que aquella mueca de odio permanecía a pesar de estar inconsciente.

El peliblanco también lo hizo, y con un suspiro de tristeza, replicó—. Lo que él ya no quiere hacer, esperar.

Esa fue su única respuesta, ya no había nada que pudiera hacer, al menos por ahora. Solo podía esperar a que las cosas se calmaran, pero por sobre todo, que no empeoraran.

Dos años y medio después

Esperar algo positivo había sido infructuoso, ya que esa misma tarde, el Yondaime —junto con sus ANBU— había aparecido en la residencia Sarutobi para investigar ese repentino pico de Chakra maligno.

Hiruzen intentó explicarle, y llegó a convencerlo de que se trataba de su habilidad curativa al enseñarle sus heridas. Fue algo arriesgado, y que le había costado la permanencia de Naruto en su residencia, pero prefería eso a que Minato supiera que el Chakra reaccionaba a los sentimientos del pequeño.

Minato estuvo muy preocupado al sentir ese Chakra, ya que había pensado que falló al extraer al Kyūbi todo su poder, pero fue tranquilizador saber que solo se trataba de su habilidad curativa; él lo sabía, el 'demonio' no moriría tan fácilmente, y tampoco dejaría que unas heridas como esas le fueran un problema.

Había ordenado que Naruto dejara inmediatamente su hogar, aunque le había dado un tiempo hasta que despertara, y también permitió que el ANBU del Sandaime fuera quien observara al Jinchūriki de ahora en más.

Lo hacía solo porque Hiruzen tenía razón, no podía permitir que lo anterior sucediera de vuelta, tal vez hasta algunos golpes, pero la tortura había sido inaceptable, solo porque pudo haber muerto y haber peligrado Menma.

Cuando se habían ido, el Sandaime casi rogó a Saru que hiciera su máximo esfuerzo para que a Naruto ya no le sucediera lo mismo que la anterior ocasión. No era como si hiciera falta, pero el Sarutobi quería estar seguro.

Unas pocas horas después Naruto había despertado, y el peliblanco no tuvo más remedio que transmitirle las noticias. No hubo reacción por parte del pequeño, y solo había caminado fuera del edificio.

Hiruzen hubiera querido una despedida más emocional, pero sabía muy bien que el estado de ánimo de Naruto lo haría imposible, y quien sabe, tal vez incluso agravaría mucho más su estado anímico.

En el transcurso de las semanas, los pobladores descubrieron el retorno del 'demonio', pero esta vez había sido mucho más difícil toparse con él debido a sus sentidos mejorados, y especialmente, por Saru, quien siempre lo seguía de cerca.

Las cosas estuvieron tranquilas durante los meses posteriores; Naruto había aprendido a evitar a los aldeanos y ahora ya no tenía problemas en robar comida de algunos puestos.

Fue atrapado y golpeado algunas veces, pero Saru siempre intervenía a tiempo cuando apenas y lograban conectar unos ligeros golpes, incluso antes de ello.

Nunca dio las gracias, y Saru tampoco las esperaba; ambos continuaban con sus rutinas de la misma forma de siempre.

Pasaron los meses y las cosas parecían mejorar; Naruto ya no se veía tan enojado y los ataques habían disminuido notablemente. Ignorantes eran ellos de los oscuros planes de un hombre que se había pasado gran parte de los últimos años viviendo en una base subterránea.

Se acercaba otro aniversario de la derrota del Kyūbi, y era en ese día en el que había decidido poner en marcha su ansiado plan.

Había discutido en varias ocasiones con el Yondaime sin resultado alguno. Pero al comentarle de los resultados de su entrenamiento especial, fue convenciendo al Hokage hasta que llegó el día en que se lo había permitido.

Si bien era algo arriesgado que el 'demonio' recibiera entrenamiento ninja, tenerlo como un arma sin sentimientos que obedeciera cualquier tipo de orden era algo que le parecía atrayente.

Cuando aquel día había llegado, envió a Fu y a Torune, al primero para que localizara al Jinchūriki y al último para que se encargara del ANBU del Sandaime.

Una vez que obtuvieron sus localizaciones, Fu dejó todo en manos de Torune. Su tarea no había sido dificultosa, ya que Saru nunca esperó que algo como eso sucediera, y el Aburame aprovechó ese hecho para atacarlo sigilosamente con sus parásitos antes de deshacerse de su cuerpo.

Naruto, por su parte, al ser rescatado en reiteradas ocasiones por Saru, había desarrollado una inconsciente confianza, y por tal motivo no se percató cuando se había metido entre el tumulto de gente que festejaba la victoria del Yondaime.

Una vez que aquella 'cacería' había finalizado y el Aburame hubiera llevado a Naruto a su nuevo 'hogar', la adaptación y formación del joven Jinchūriki había iniciado.

Los primeros meses fueron duros, ya que Danzō quería asegurarse de que Naruto no cediera ante el dolor, aunque ya había tenido una experiencia a primera mano meses atrás.

En dichos meses, Kurama se había acostumbrado más a su nuevo poder, y por tal motivo su habilidad curativa había mejorado cuantiosamente, a tal punto en que pudo deshacerse de aquellas marcas que recordaban a ambos el amargo pasado.

Ya acostumbrado a este nuevo lugar, Naruto le había sacado el jugo a sus salidas, experimentando lo más que pudiera todo lo que había aprendido, desde técnicas hasta esos sentimientos que cada día oscurecían a su corazón.

Pasaron los años, y el tierno y comprensivo niño había desaparecido por completo, para ser reemplazado por la fría e inescrupulosa persona que ahora se hacía llamar 'Oni'.

Su inestabilidad fue tanta que sus compañeros ya no deseaban hacer misiones con él, y obligado, Danzō indagó en el motivo hasta descubrir su deseo de asesinar a los 'tres héroes de Konoha'.

El líder de la raíz obtuvo toda la información pertinente y se la había entregado a Naruto cuando éste había explotado debido a la espera.

Al regresar de aquella tarea y explicarle a Danzō el motivo de asesinar a sus acólitos, el pelirrojo se vio más tranquilo. Sin embargo, su 'paz' había finalizado y su inestabilidad había regresado, pero esta vez había sido peor, a tal punto en que el pequeño había cegado la vida de varios de sus infortunados compañeros debido a la furia asesina, a la sed de sangre, y por sobre todo, el rencor que salía a flote.

Esta vez Danzō no fue capaz de investigar el motivo de su comportamiento, y esto se debió a que Naruto había abandonado la Raíz hacia un punto no determinado. Seguirle hubiera sido inútil, ya que ese niño había aprendido a ocultar su presencia mejor que cualquier maestro.

El líder de la Raíz estuvo algo preocupado, pero sabía que su 'joya' no haría nada muy imprudente, o eso esperaba.

Era alrededor de las tres de la madrugada cuando Naruto había partido, hacia el lugar donde había experimentado la cruda y dura realidad. No lo había planeado ni pensado, solo había actuado por impulso cuando su paciencia llegó súbitamente a su límite.

Aterrizó en el tejado de una vivienda de dos pisos, infiltrándose muy sigilosamente al sentir una indeseada presencia. Caminó por el pasillo de la segunda planta hasta llegar a la habitación contigua a la principal.

Esperó frente a la puerta, oyendo los lentos laditos del corazón y la suave respiración de la persona en la habitación. Momentos de paz implicaban momentos de debilidad, y por tal motivo el pequeño Jinchūriki sonrió con oscuridad.

Abrió la puerta tan lentamente que ni siquiera el Shinobi con el mejor oído hubiera sido ser capaz de oírlo, caminó dentro de la habitación, y al estar cerca de esa persona, activó su Rinnegan y aproximó su mano hacia él—. Ningendō —pensó, extrayendo de un tirón el alma de esa persona, sujetándolo y colocándolo con suavidad en el piso para que no hiciera un innecesario ruido al caer.

Eres un estúpido, ¿y te hacías llamar un ANBU? —miró hacia el cadáver de Inu en el piso, riendo tan oscuramente que su inquilino rió por igual.

Siguió con su línea de pensamiento, pero esta vez con una expresión que reflejaba la gravedad del asunto—. Ahora, querido 'abuelito', es momento de que tu 'enfermedad' te envié a un mejor lugar. —Esta vez dio una sonrisa tan torcida que Kurama no pensó que fuera posible.

De la misma forma en que había ingresado a esta habitación, lo hizo con la de ajunto. Se acercó lentamente, disfrutando del momento que sabía que le daría tranquilidad.

Tan tranquilo, tan sereno, tan despreocupado. Es hora de que al gran Sandaime le llegue su hora —reflexionó con una sonrisa, mirando al durmiente rostro del anciano en la cama.

Acercó su mano a su cabeza y la sostuvo con firmeza, activando su Rinnegan y susurrando las palabras—. Ningendō.

Una sonrisa maniática se dibujó en su rostro al momento en que inició con la extracción de su alma, una sonrisa que reflejaba su estado de éxtasis puro, pero que se fue deteriorando a medida que las imágenes recibidas bombardeaban a su cerebro.

Aunque no había extraído su alma aún, al hacer contacto con su habilidad activada, Naruto ya era capaz de acceder a la mente de los afectados.

Lo había visto todo; desde la noche del ataque hasta los continuos enfrentamientos con su 'padre' con respecto a sus decisiones.

Naruto apartó su mano al instante, abrumando al recibir toda esta nueva información que lo cambió todo. Su perturbada mente no podía concebirlo. ¿Es que acaso estuvo equivocado todo este tiempo? ¿Había juzgado al Sandaime erróneamente? ¿Todo este tiempo estuvo odiando a la persona equivocada?

Sacudió su cabeza, sintiendo algo que nunca antes había sentido, y que le era difícil de explicar… arrepentimiento.

No conocía esa palabra, y por lo tanto le era difícil explicar qué era lo que sentía. Retrocedió, había sido una mala idea, y casi cometió un grave error.

Se volteó en dirección a la puerta, pero algo había agarrado su mano derecha, obligándole a voltearse.

—¿Quién eres tú? —preguntó la serena voz del Sandaime, mirando hacia el pequeño con la extraña mascara. No hubo peligro o suspicacia en el tono de su voz, solo curiosidad.

Esa tranquila voz le trajo buenos recuerdos, memorias que sacaban sentimientos enterrados y que pensó que ya no volvería a experimentar.

Una curiosa sensación envolvía a Hiruzen, había algo en esta criatura —a quien identificaba como algún ANBU de Danzō— que le hacía sentir emocionado, tanto que había aproximado su otra mano al borde de su máscara, pero esa persona había girado su cabeza para evitar que revelara su identidad.

El Sarutobi sonrió ante el nerviosismo del pequeño, tal vez este era diferente a los demás soldados de Danzō—. Vamos, no te haré daño. ¿Danzō te ha enviado? —Siguió con aquella sonrisa, aproximando nuevamente su mano hacia la máscara.

—Por favor, no lo hagas… —Oyó la susurrante y rota voz de ese niño, el niño que estaba sintiéndose débil nuevamente, y quien no quería que lo vieran de esa forma, no luego de todo lo que había pasado para llegar hasta aquí.

Hiruzen detuvo su mano a escasos milímetros, congelándose y tragando saliva ante tan familiar voz. Sus manos esta vez temblaron, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Naruto-kun? —preguntó con suma emoción.

—Por favor, no lo hagas… —Esta vez había sido una súplica, una súplica de un confundido y temeroso pequeño.

Esta vez no apartó la mirada ni tampoco intentó detenerlo, ya que aquellos sentimientos olvidados le impedían hacerlo.

Sus seniles y temblorosos dedos tocaron el borde de su máscara, levantándola lentamente para evitar un brusco acercamiento.

En ese preciso momento hizo contacto con aquellos vulnerables y arrepentidos ojos rojizos que se veían al borde de las lágrimas.

Él le dedicó tal calurosa sonrisa que hizo que sus labios temblaran de la emoción, y ya sin poderlo evitar, Naruto se abalanzó hacia él con sus brazos abiertos mientras gritaba: "abuelito."

El Sandaime lo recibió con los brazos abiertos, y los cerró en un abrazo cuando el niño rodeó sus brazos en su espalda.

Kurama observó la repentina interacción con curiosidad, y aunque no lo admitiría, también con felicidad al oír los llantos de arrepentimiento, pero por sobre todo, de felicidad de su Jinchūriki.

Hiruzen no supo el motivo de esas arrepentidas lágrimas, pero solo pudo agradecer por esta ansiada reunión.

Acarició los cabellos del niño en sus brazos mientras este retorcía su rostro por su camisa, empapándolas debido a las lágrimas que había contenido durante años.

Naruto apartó su cabeza, miró hacia arriba y habló con temblorosa voz—. Yo no lo sabía, lo siento, lo siento —repitió las últimas palabras en reiteradas ocasiones, una vez más ocultando su cabeza en el pecho del Sarutobi.

Confundido, Hiruzen negó con su cabeza—. No tienes por qué disculparte, Naruto-kun. Soy yo quien debería hacerlo. Si hubiera sido más insistente, tú nunca hubieras caído en manos de Danzō, y tú no hubieras hecho lo que fuera que hayas venido a hacer hoy. —Intuía que Danzō había enviado a Naruto para asesinarlo.

El pelirrojo levantó la mirada, esta vez reflejando culpa pura—. No, Danzō no tuvo nada que ver. Fue mi propia decisión, estuve a punto de asesinarte; estuve a punto de cometer un grave error.

Una vez más había ocultado su rostro, lo cual hizo sonreír al Sandaime—. No debes de preocuparte, Naruto-kun. Cual fuere el motivo de tu decisión, el lado positivo es que has recapacitado, y eso hace muy feliz a mi anciano corazón.

Sus comprensivas palabras le hicieron temblar; no se lo merecía, había odiado como a ningún otro a la única persona —en este maldito mundo— que siempre lo había estimado. No sentía que fuera justo, pensaba que tenía que pagar algún tipo de precio, el que fuera.

No se le había ocurrido nada más que contarle absolutamente todo lo que había hecho en los últimos años; hasta el más mínimo detalle.

Hiruzen se vio visiblemente sorprendido, aunque también incrédulo; le resultaba increíble que el vulnerable niño en sus brazos fuera capaz de cometer tales atrocidades, pero el tono de su voz no daba lugar a dudas.

—Y ya no pude más, quería asesinarte porque pensé que tú eras otro de los culpables, pero la verdad es que siempre estuve equivocado; todo fue culpa del bastardo de mi padre. —Su voz se llenó de oscuridad y su expresión lo reflejó; no obstante, Hiruzen no le había visto.

No era como si le hubiera importado, ya que se encontraba en shock—. ¿T-Tu padre? —indagó con nerviosismo, no quería imaginárselo, pero parecía que había descubierto sus orígenes.

Naruto levantó su cabeza, y esta vez el anciano fue capaz de ver esa mirada llena de odio—. El Yondaime Hokague, el bastardo a quien mataré con mis propias manos, no sin antes matar a su querido hijo, solo para ver la desesperación en su rostro cuando el 'demonio' le arrebate lo más preciado en su vida.

Un suspiro escapo de los labios del antiguo Hokage. ¿Qué podía hacer él para enmendarlo? Temía que sus palabras pudieran arruinar esta reunión; temía que Naruto volviera a odiarle.

Tal vez era hipócrita o irresponsable, pero Hiruzen ya estaba cansado; ya no quería seguir luchando por Minato. Él dejaría al tiempo que solucionara el problema entre ellos; solo podía esperar.

—Yo no interferiré en tus deseos, Naruto-kun, solo esperaré a que cambies de parecer cuando crezcas, pero si no lo haces, tampoco te culparé; la decisión es tuya. —Volvió a abrazarlo, y el Jinchūriki lo devolvió.

Permanecieron en esa posición por varios segundos, disfrutando de este contacto que tal vez sería el último en los próximos años. Ninguno se pronunció durante ese tiempo, Naruto, sin embargo, reflexionó—. Al menos ya sé la verdad, abuelito. Pero lo lamento, no puedo dejar que sepas lo que sucedió aquí.

Kurama permaneció en silencio; él no interferiría con su decisión, sabía que solo hacía lo que pensaba que sería mejor.

Finalmente se separaron, y como ambos sabían que las cosas no regresarían como lo eran antes, solo se miraron a los ojos, o al menos hasta que Naruto habló—. Abuelito, ¿podrías cargarme en tus hombros por última vez?

—Por supuesto, Naruto-kun —contestó con dicha, colocando sus manos en sus axilas y levantándolo hasta ponerlo sobre sus hombros.

Caminó alrededor de su habitación, rememorando el día en que se habían conocido. Sus ojos se pusieron llorosos, sabiendo que esta sería la última vez en que harían algo como esto; Naruto regresaría de donde vino, y él continuaría con su tranquila vida, ignorando el hecho de que este niño regresaría al lugar donde nunca hubiera querido verlo.

Sabía lo que Danzō había hecho para poner sus manos en él, y aunque estuvo furioso, se enteró de que tuvo el apoyo de Minato; no hubo nada que pudiera hacer para evitarlo, pero al menos se sentía feliz de que estuviera bien, sano, fuerte, y por sobre todo, contento —aunque esto último solo fuera por los recientes eventos.

Sentía curiosidad por el cómo Naruto se había enterado de toda la verdad; tal vez Danzō se lo había dicho, pero dudaba que fuera así. En fin, no se lo preguntaría, pensaba que lo mejor sería que no lo supiera.

Siguió caminando en silencio hasta que se detuvo al sentir varias gotas cayendo sobre su cabeza. Miró hacia arriba y vio al responsable, con los ojos fuertemente cerrados mientras volvía a mostrar aquel rostro de arrepentimiento.

El Sandaime sonrió, y cuando estuvo pro decirle que no se preocupara, el pequeño habló—. Lo siento, abuelito, pero tengo que hacer esto. —Acto seguido, colocó ambas manos sobre su cabeza y reveló aquellos ojos que dejaron mudo a Hiruzen.

Rinnegan. —Fue su último pensamiento antes de que su cuerpo se pusiera completamente duro y sus ojos perdieran su brillo.

Naruto se encontraba dentro de su mente, recolectando y destruyendo fragmentos de su memoria, específicamente, los acontecimientos recientes y los días en su vivienda luego de aquella tortura.

No quería que aquellos recuerdos siguieran atormentándole; sabía que sería lo mejor, principalmente para su salud.

Su intención no era borrar todos los recuerdos sobre él, solo aquellos malos momentos que ambos habían experimentado.

Cuando había destruido todos aquellos amargos recuerdos, dejó de utilizar el Camino Humano y apartó su mano antes de desactivar el Rinnegan.

Hiruzen cayó, y Naruto rápidamente rodó en el aire y lo sostuvo antes de que pudiera impactar contra el suelo, creando un clon de sombra para que éste le ayudara a aproximar al viejo Hokage a su cama.

Cuando lo había colocado debajo de las mantas, el Uzumaki hizo desaparecer a su clon y miró fijamente al anciano mientras pensaba—. Tú habías dicho que esperara al regreso de mi Oto-chan, pero la verdad es que siempre estuvo aquí, y esa persona siempre has sido tú, Oto-chan.

Con esa reflexión, se apartó de la cama y recogió su máscara, se la puso y caminó hacia la salida.

Hmm, ¿esto quiere decir que ya no te vengarás de estos bastardos? —Había duda y decepción en el tono de voz del Bijū.

Naruto se detuvo justo cuando tocaba la perilla de la puerta—. No me hagas reír, Kurama. —No dijo nada más al respecto y se dirigió a la habitación de Inu para deshacerse de su cuerpo antes de regresar a la base.

No había forma en que sus ideas pudieran cambiar; ya no había forma en que regresara a su antiguo ser. Lo único diferente era su opinión con respecto a su 'Oto-chan', y lo que haría con él una vez que la hora de la verdad llegara.


Notas:

Un Omake bastante extenso en el que aproveché para explicar varias cosas que son necesarias para futuros capítulos.

En primer lugar vemos la vida de Naruto, se ve que fue alguien 'normal' pero que con el tiempo fue corrompido gracias a Minato y sus decisiones.

Aunque Hiruzen intentó evitar todo esto, como ya lo había dicho, no era rival para Minato, y si se le hubiera enfrentado, muy probablemente hubiera comprometido a Naruto.

Con respecto a Ayame, pues se vio que ella no tuvo nada que ver con lo que sucedió. Bueno, su padre la engañó y por tal motivo colaboró.

Al final Naruto le borra ciertos recuerdos a Hiruzen, pero solo aquellos que lo marcaron mucho (su intento de suicidio, su declaración de destruir a Konoha, la confrontación con Minato en la Torre Hokage). Además de eso, Naruto no vio nada más ya que no profundizó mucho en sus demás recuerdos, y solo eliminó aquellos, como ya dije, lo marcaron más.

El capitulo nuevo ya lo tengo por la mitad, no creo que tarde mucho en publicarlo. Por cierto, de ahora en más respondere a sus comentarios a través de los mensajes privados. Si tienen dudas, por favor comenten con una cuenta registrada, o directamente contactenme en Facebook.

Hasta la próxima.