CAPÍTULO SEGUNDO
La familia
¿Algo de lo que se sintiese orgulloso? Podía determinar si alguien estaba mal con solo un vistazo. Había aprendido porque pasaba mucho tiempo observando a la gente cuando era chico. No es que Mikasa Ackerman estuviese mal, no, en absoluto, pero había algo en el mundo que la rodeaba, un matiz, una nota discordante, una capa de soledad que dejaba rastro por donde pasaba. La olía en la cocina y supo dónde había estado sentada antes de que su madre lo señalase. A veces, Armin le preguntaba a qué olía cada persona. Era difícil de explicar: algunos tenían una esencia comparable a una flor, una comida, algo común y corriente, pero otros destilaban un aroma propio, a ellos mismos. En el caso de ella, era un olor fresco, a nada en particular; le recordaba a olisquear menta, si acaso. Pasaría desapercibido en la multitud y costaba identificarlo entre el champú, el caldo, el té, el friegasuelos y el resto de las cosas típicas de la casa. Cuando lo encontró, lo retuvo en la nariz y respiró hondo. Su madre tenía razón. Era especial.
Había en ella algo de abandono, algo de noche de lluvia en una casa vacía, algo de anhelos que tampoco le importaban tanto. Eren se sentó a la mesa y Bribón saltó sobre sus piernas y se frotó en su regazo. A ese sinvergüenza también le cae bien tu novia, dijo su madre.
—No es mi novia —respondió—. Ya me odiará un poco por haber andado perdido. No puedo tener novia e irme sin contestar el móvil. El mundo no funciona así.
Carla le acercó la mermelada con gesto compasivo.
—Las mentiras piadosas todavía funcionan.
—No quiero mentirle, mamá. Me siento miserable si pienso en ello. Tengo la sensación de que le han mentido mucho.
—A mí también me lo parece. Es una chica tan buena… ¿Y sus padres?
—En Japón. No me dijo mucho, solo que pasan más tiempo allí que aquí por los negocios. Por eso vive sola.
—Invítala. Dile que venga. Hacemos una comida, una cena, lo que quieras. —Carla estaba emocionada; se fue y cogió su libro de recetas—. ¿Sabes qué le gusta comer? Tráela, Eren. Por fin un alma pura ha venido a buscarte. Quiero que sea mi nuera.
—Ya, bueno, no me presiones. Tampoco nos conocemos tanto y seguro que no se fía de mí. Además, hay otras cosas de las que hablar.
El tono cambió. Inmediatamente, su madre apartó el libro y olvidó con rapidez el asunto de la nuera. Antes de que hablase, cerró la puerta y las ventanas. Había algunos capaces de llevarse las palabras, por muy lejos que estuvieran.
—Vive en lo profundo —dijo Eren, o más bien susurró—. No sabría indicarlo en un mapa, pero está muy escondido, muy lejos del pueblo. Vive solo, creo. Es una especie de ermitaño. Tiene gallinas, una vaca, un cerdo, pero no sé si se alimenta de otras cosas cuando tiene hambre. Es viejo, muy viejo, y sabe de mí.
—¿Te hizo algo?
—No, pero le maté los animales. Tenía hambre. Es posible que esté enfadado.
—Siempre hubo en esta región. Incluso son capaces de vivir entre la gente y no levantar sospecha alguna.
—Como yo.
—No, hijo, tú no eres eso. Eres lo opuesto. Los vampiros son una cosa bien distinta. Ya hemos hablado de esto.
Eren no contestó, era inútil debatir con su madre. Se terminó el desayuno y dijo que iba al pueblo.
—¿Vas a verla?
—Todavía no lo he decidido. Voy a ver a Armin.
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Hizo un desayuno frugal, un racimo de uvas frescas de la parra que crecía sobre la pérgola de su jardín. No le gustaban las comidas muy elaboradas en verano. Despejó la mesa de la sala de estar, sacó los ovillos, las cremalleras y la máquina de coser. Dedicó buena parte de la mañana a hacer la funda de un cojín con un estampado a cuadros. Toda la casa estaba llena de obras de su autoría. No compraba nada. Si necesitaba una manta nueva, la cosía. Le encantaba hacerlo y le gustaría perfeccionar su habilidad para la ropa, que le salía demasiado tosca. Su hermano Levi le había enseñado; Levi sabía hacer de todo y por eso estaba en Japón, porque iba a heredar la multinacional. Su padre había intentado que ella incursionase en los negocios; como no pudo, ya ni se molestaba en insistirle para que los acompañase. Levi solía decirle que debería hacer un esfuerzo, que podría explicarle un par de cosas, lo básico, lo mínimo para entender la magnitud de los negocios de la familia. Era rica, pero estaba remendando los bajos de las sábanas, sola en la vieja casa de sus abuelos, que fueron lecheros pobres, repartiendo los botes de leche de puerta en puerta para que su padre pudiese estudiar y sacarlos de pobres. A ella le gustaba coser e imitar formas arabescas en sus diseños. Annie y Sasha no podían creer las cantidades obscenas de dinero que tenía en el banco a su nombre, para su uso y disfrute. Solo lo usaba para pagar la universidad y el piso. Por lo demás, no despilfarraba nada. No cambiaba de móvil hasta que se rompía, no tenía coche, no le gustaban las joyas ni los vestidos caros. Los Ackerman no eran pocos —sus abuelos tuvieron once hijos—, pero todos vivían con una ociosidad que le resultaba monstruosa. Además de la fortuna paterna, su madre, una Azumabito de los pies a la cabeza —su clan estaba emparentado con la familia imperial japonesa—, era dueña de un patrimonio enorme que incluía alguna isla. Le reconfortaba pensar que todo eso sería problema de Levi y los asesores. A ella le bastaba con su vida pacífica en el pueblo.
Cuando terminó, lo recogió todo y se puso a revisar la bicicleta. Mientras estaba en el amplio garaje, escuchó el motor en la calle y abrió el postigo cuando Eren la llamó. Apareció como si nunca se hubiese ido.
—Mi madre me ha contado que estuviste en casa —le dijo—. Siento no haber llamado.
—No pasa nada, Eren. No me debes ninguna explicación.
—Pero quiero hablar contigo. Pensarás que tengo algún romance por ahí.
—Eren, de verdad, no importa.
—Sí, sí que importa porque nunca he conocido a alguien como tú. Ven conmigo.
—¿A dónde quieres ir?
—Quiero enseñarte algo. Te gustará.
Está bien, dijo ella, y se subió a la moto. Otra vez ese olor a jazmín. Eren condujo hasta la iglesia y le pidió que la siguiera por la sacristía. El padre Nick les permitió subir a lo alto del campanario por una escalera de caracol. A Mikasa se le hizo rara aquella confianza con el padre y Eren le dijo que era amigo de su madre, que no era tan huraño como parecía. Se veía todo el pueblo rodeado por el cinturón verde de los bosques y las sierras. Podía distinguir su casa, la de él, el instituto, el polideportivo, el parque.
—Nick ya no tiene fuerzas para tocar la campana. Está intentando que instalen una sistema automático —dijo Eren—. ¿Te gustan las vistas? Parece que vivimos entre lo salvaje.
—Y me gusta. Se respira bien.
Medía los lugares así, según su respiración. A Eren le resultó curioso y se dio cuenta de que era algo raro.
—Respiro muy bien en el pueblo, apenas hay contaminación. Los enfermos tenemos un modo particular de ver las cosas.
—Te entiendo —susurró él; parecía querer decirle algo—. ¿Sientes que nadie te entiende?
—Hace un par de años mis padres decidieron ir de vacaciones a Perú. Les dije que no por obvios motivos, pero ellos no lo entendían. Tenían muchas ganas de ir, así que se fueron y yo me quedé aquí. A mis amigos también les extraña mi lógica. Es normal, nunca han sentido que se ahogaban y espero que nunca lo sientan. Hay quienes me entienden. Creo que tú lo haces.
—Me gusta hablar contigo, Mikasa Ackerman, y quiero entender tu lógica.
—No hay mucho que entender. Oh, y si alguna vez me empiezo a morir y estamos solos, siempre llevo el inhalador en el bolsillo derecho del pantalón. Se lo digo a todos mis amigos, pero no te preocupes: suelo estar bien.
Eren hizo un gesto muy suyo, el de reírse con la cabeza agachada mientras se tocaba el estómago. Después se acercó un poco y Mikasa tuvo que levantar la cabeza porque era muy alto. El sol le dio de lleno. Se percató de su palidez, insólita en un morocho así, y de las ojeras disimuladas con algo de maquillaje. ¿Estaría enfermo? ¿Por eso decía entenderla? Iba a preguntarle cuando él se inclinó sobre ella y la abrazó con fuerza. De nuevo, sintió que quería decirle algo, pero aquella fragancia la intoxicó y no le permitió concentrarse más allá del sentido del olfato.
Bajaron del campanario y, cuando se montó en la moto, Mikasa tuvo la certeza de que se estaba enamorando. Lo pensó así, sin medias tintas, sin estrangular su corazón.
Fue unos días después, como solía suceder: su familia aparecía cuando dejaba de pensarlos. El primero en entrar fue su padre, rubio y moreno, con las gafas pendiendo del bolsillito de la camisa. Ella estaba durmiendo en el césped del jardín, pero las voces la activaron enseguida. Cuando vio la figura de su padre, que extendía los brazos hacia ella, deseó que se marcharan lo más pronto posible.
—Mi niña bonita —dijo su padre, dándole un sonoro beso en la cabeza—. ¿Qué tal las cosas por aquí?
—Bien, papá.
—Me alegro, chiquitina, me alegro. Tienes que relajarte. Te lo mereces. Tu hermano me enseñó tus notas de primer año. Estoy muy orgulloso. ¿Qué quieres que te regale?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Pídeme lo que quieras, lo típico de las muchachas de tu edad. He pensado que necesitarías un coche.
—No, no lo necesito.
—Ay, hija, qué rara eres. Venga, vamos a reunirnos todos.
A reunirnos todos. Era difícil de digerir. No quería verlos. Levi estaba instalándose y apenas la saludó revolviéndole el pelo. Su hermano era un tipo de poca estatura, compacto, con las camisas y los pañuelos repetidos. La miró con sus ojos finos, donde se concentraba toda la energía oscura de su ser, y le dijo que no había limpiado bien la casa. Lo mandó a la mierda y fue a buscar a su madre, que no estaba sola y no paraba de reírse. Mikasa se sintió asqueada cuando vio al tío Kenny ahí parado, con su sombrero de fieltro, su pelo negro y grasoso a la altura de los hombros y esa cara de loco desmejorada. El que faltaba.
—Mikasa, hija, Kenneth se quedará con nosotros este verano —dijo su madre, que le pasó una maleta—. ¿Puedes colocar mis vestidos? Recuerda seguir la escala de colores, por favor.
Decidió que ya no pasaría tanto tiempo en su casa. Se necesitaba de mucho valor para aguantar a esos tres y no perder la cordura en el proceso. Por desgracia, su madre tenía un sentido de la familia que la obligaba a desayunar, comer y cenar junto a ellos. Si a eso le sumaba las peleas habituales entre Levi, su padre y su tío, lo único que podía hacer era aligerar los platos y escaquearse cuanto antes. No llevaban ni una semana ahí cuando ocurrió lo siguiente, que, si bien no le sorprendía, esperaba evitar.
Su madre ponía el aire acondicionado a grados muy fríos porque era muy calurosa. Su obsesivo hermano empleaba productos de limpieza muy fuertes y la casa apestaba a lejía. Su padre y su tío no paraban de fumar por toda la casa, lo que llevaba a peleas con Levi. Aquel cúmulo de cosas nocivas la llevó a toser, esa tos penosa y reiterada que tan bien conocía, seca y áspera, y también notaba los silbidos. Cuando comunicó su problema, la ignoraron y su madre le recomendó acupuntura y una dieta basada en pescados, los dos pilares que la mantenían a ella. Muy bien, le respondió, pues prepárate para llamar a la ambulancia enseguida. Efectivamente. Esa mañana se vio arrastrándose y el Ventolin no funcionaba. Levi fue el primero en darse cuenta de lo que le pasaba y nunca dudaba en llamar a la ambulancia. Me voy a morir y están todos chillando, pensó mientras buscaba una postura mejor para la entrada del aire. No la encontraba. Con la autoridad de los que llevan varias añadas a la espalda, Kenny le cogió la cara y Mikasa se tragó el tufo a tabaco. Sí, estaba claro: era el fin.
—Esta cría tiene mal color. ¿Cuánto hace que llamaste a Urgencias?
—Media hora. Creo que la autovía está cortada y el centro de salud está cerrado. Mierda —Levi se acercó a ella y la ayudó a levantarse—. Te llevaré al hospital.
—Apártate, sobrino —dijo Kenny, moviendo la cabeza—. La ciudad está a dos horas de aquí. Yo me encargo de ella. Haré lo que siempre se ha hecho en este pueblo.
—Odio este pueblo —comentó su madre, al borde de las lágrimas.
—Kenny, mi hija no puede respirar. Deja que Levi…
—Cállate la puta boca, Samuel. Y tú, Midori, deja de lamentarte y coge un poco de ropa para la chiquilla. Vamos, sobrina. Te vas a poner bien.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Levi, algo escéptico.
—La llevo donde la bruja, que es amiga mía.
—Estás loco. Me cago en la… Quítate, no vas a hacer esa tontería. Me la llevo a la ciudad y me importa una mierda que se muera por el camino, al menos lo habré intentado.
Kenny solo dijo que estaría bien, que no se habría ofrecido si no tuviese una solución. Mikasa ya no escuchó mucho más porque eligió dormirse y sentir el traqueteo del coche por las calles estrechas y empedradas del pueblo. Luego sintió que se la echaban al hombro, como un saco de patatas, y así, sobre su tío mayor y cabeza abajo, reconoció el caminito de tierra y pudo respirar algo. Escuchó a su tío gritar el nombre de Carla, lo decía con gran familiaridad y Mikasa estaba segura de que la mujer había corrido al verla así, como un trapo, y después ya no recordaba nada. ¿Qué le pasa? Que se ahoga, eso pasa. Haz algo, yo sé que puedes. Pasa, pasa. Llama a mi hijo, se conocen. Súbela a mi cuarto. ¿Tú crees que se muere, Carla? No, no creo que vaya a morirse, no la dejaré, pero sabes que tengo que hacer algunos preparativos, que algo puede pasar… No importa, la chiquilla debe vivir. Veré si tengo agujas. Agujas, pensó Mikasa. Eso fue lo último que pensó antes de soñar. Confundió esa ensoñación con la muerte y quedó maravillada: qué tranquilidad se respiraba en la muerte. Fue así como se dio cuenta de que aún respiraba y eso no era compatible con el óbito. Abrió los ojos como si regresara del más profundo coma y se le cristalizaron los ojos cuando dio la primera bocanada. Tenía un sabor extraño en la boca, como a plantas, y le ardía la frente: parecía que un pájaro le había picoteado entre los ojos. Se cubrió rápidamente con las sábanas —estaba desnuda— y miró a su lado. Había un mortero y una copa sobre la mesilla. Cogió la copa; estaba vacía, pero había restos de un líquido bordó que desprendía un olor fuerte y desagradable. ¿Eso era lo que le habían hecho beber? Respiraba mejor que nunca, la habitación estaba bien ventilada. Era espaciosa y era de una mujer: lo supo porque había vestidos largos junto a un espejo de cuerpo entero. ¿La habitación de Carla? Sí, era ella la que salía en la foto de la pared, mucho más joven y colgando del brazo de un hombre con gafas y gesto de serena alegría, menos ruidoso que ella.
La puerta se abrió y se abrazó a sí misma. Era Carla, que miraba su reloj.
—Justo como esperaba. El alma ya te ha vuelto al cuerpo. ¿Ves bien? ¿Cuántas personas hay en esta habitación?
—Dos. Tres si contamos a Bribón.
El gato saltó a la cama y ronroneó cuando le acarició debajo de la cabeza.
—¿Y te ahogas?
—No, ahora no. No entiendo qué ha pasado.
—Tu tío Kenny vino ayer contigo al hombro. Estabas mal y me pidió que te salvara. Claro, le dije, pero quizá no pueda. Bueno, pues lo he logrado. Ya te dije que tenías algo especial. ¿Quieres ver a tu tío? Está abajo.
—¿Huele a tabaco?
—Tranquila. Nadie fuma en mi cama. ¡Kenny, sube!
—Noto un sabor a…
—Sangre. Es sangre de una de mis gallinas.
—¿He bebido sangre?
—Mezclada con eucalipto, menta, leche y unas cuantas cosas más, pero eso no es importante. Es solo la parte que se ve.
Kenny apareció. Llevaba un chupachups en la boca. Era la primera vez que no le veía cara de chiflado.
—De no ser por mí, los idiotas de tus padres estarían velándote. Parece que ya conoces a Carla. Me ha dicho que su hijo y tú sois… cercanos.
—Algo así —asintió Mikasa; se preguntó dónde estaba Eren y tuvo la sensación de que había estado ahí—. Estoy cansada.
—Claro que lo estás, mi'ja. Estirabas las manos así, como si intentaras coger el aire. Kenny ha hecho bien al venir aquí. Ya sabes que soy bruja —Sonrió y miró a Kenny con enfado—. Vete de aquí o la avergonzarás. Está como Dios la trajo al mundo. Vete, viejo indecente.
—El estúpido de mi hermano y mi cuñada están de camino. Querrán que el médico le eche un vistazo.
—Bueno, pues que lo traigan, pero ella no se mueve de aquí.
Kenny se fue, no sin tirarle del moflete y discutir un poco más con Carla. Eran amigos, o eso parecía. Desprendían confianza. La mujer le puso un dedo en la frente, justo donde notaba el picazón. ¿Eso era cosa suya? ¿Qué le había hecho? Lo único que sabía era que una bruja, como ella misma se decía, había solucionado un ataque de asma. No entendía cómo y no estaba segura de querer saberlo.
—¿Es un hechizo?
—Sí. Este no es sencillo. Me sorprende lo bien que ha salido porque estoy vieja. Hay algo dentro de ti. El gato se te acerca; lo huele. ¿Te gusta mi hijo, Mikasa?
—Huele a jazmines.
—Sí, lo sé. —Carla se echó a reír—. La magia es caprichosa. Hay personas con afinidad por lo oculto. Por eso hueles a mi hijo.
—Eren no está oculto. Es alguien normal. Me cae bien, señora Jaeger, pero no creo en nada de esto. No sé qué ha hecho conmigo y le estoy agradecida, pero esto tendrá una explicación científica.
—Llámame Carla. —Se asomó a la ventana—. Tus padres están en la puerta.
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Eren fue quien ayudó a Kenny a subirla hasta el cuarto de su madre y quien trazó el primer sello en su frente. Sabía hacerlos, claro, aunque eran rudimentarios y llenos de errores. Cuando su madre llegó, lo hizo perfecto. La ayudó a consultar varios de sus libros, entre los que se encontraba el Picatrix, y a mezclar los ingredientes. Trajo la sangre de gallina. Carla le quitó la ropa —sudaba a mares— y Eren se dio la vuelta. Su madre vertió parte de la sangre sobre la espalda, le dio forma y murmuró algunas palabras antes de girarla y darle la mezcla. Los frasquitos del tocador trastabillaban y al espejo le nació una pequeñísima grieta que Eren observó desde cerca. Su madre estaba esforzándose. Al cabo de unos minutos, Mikasa ya no resollaba. Carla la tapó, cuidadosa, y Eren se acercó y vio el sello rojo sobre la frente, distinto al suyo.
No se pudo entrar a la habitación en toda la noche y se oían pasos en el interior. Kenny preguntó y su madre le dijo que no eran de Mikasa. El hombre asintió en silencio, sin asustarse. Se escucharon golpes en la puerta, golpes que podrían haberla arrancado de los goznes. Le pusieron un candado. Eren no terminaba de entender lo que sucedía y habría entrado de no ser por su madre. Él había visto cosas difíciles de explicar, pero eso era nuevo. Era malo, lo sabía. Los golpes duraron toda la noche y el viejo Kenny Ackerman se quedó con ellos; los tres guardaron vigilia y dejaron de escuchar ruidos pasadas las tres de la madrugada. Eren quería saberlo.
—Eso es normal, hijo. Puede pasar. Es su alma; hoy le tocaba irse y está alterada. Si la hubiesen llevado en coche hasta la ciudad, se habría ahogado.
—Chico, tu madre sabe lo que hace —comentó Kenny.
—¿Cómo es que os conocéis? —Eren tenía curiosidad.
—Kenny es diez años mayor que yo. Es el hijo mayor de los Ackerman. Repartía leche cuando era joven y yo le abría la puerta. Un día lo vi macilento, enfermo. Yo tenía once años, pero ya sabía ciertas cosas. Le dije que lo habían echado mal de ojo. Mi madre, tu abuela, se lo curó.
—Y también consiguió que no me cortasen un brazo cuando los matasanos se empeñaron —añadió Kenny, suspirando de la risa.
Era un viejo amigo, en definitiva. Uno que sabía muchas cosas. A la mañana, cuando regresó de hacer unos recados en el pueblo, vio que el matrimonio Ackerman se despedía de su madre en la puerta. Iban muy bien vestidos, como de ciudad. La madre llevaba unos tacones altísimos y sufrió una cuasi-caída al volver al coche. Le hizo gracia. ¿Mikasa era hija de aquellos dos? No lo parecía. Su madre le contó que le habían ofrecido dinero y lo había rechazado.
—Está despierta y levantada. No ha querido ver a sus padres, ha fingido dormir cuando han entrado a la habitación. Luego ha salido al jardín con Bribón. Qué carácter.
—Creo que no se lleva bien con sus padre. Son un poco…
—¿Estirados?
—Sí, algo así.
—Ah, me acuerdo de ellos cuando todavía estabais en el colegio. Iban a las reuniones de padres y no paraban de hablar. Sobre todo, su madre. De la realeza japonesa, decía, y luego nos miraba por encima del hombro. Samuel Ackerman es algo más campechano, pero Kenny tiene razón: es un idiota.
Eren asintió y salió al jardín. Comprobó que el gato le tenía especial afecto. Estaba panza arriba, tumbado en su regazo, y no se molestó en recomponerse cuando él tomó asiento en el banquito frente a los rosales. Ella estaba seria y sostenía el inhalador con una mano, examinándolo. Se lo guardó en un bolsillo y dejó a Bribón en el suelo, que se marchó, triunfante y cola en alto, a revolcarse en la tierra. Ese endiablado animal tenía suerte.
—¿Ves? Quien avisa no es traidor —bromeó Mikasa—. Casi me muero.
—Casi, pero todavía no. Nos quedan cosas pendientes.
—¿Cuáles?
—Hacer un picnic en el bosque, beber en el bar con Armin, Annie y los demás; que me presentes a tus padres formalmente, que me dejes cogerte la mano y otras muchas cosas que no diré porque mi madre lo oye todo.
—Necesito una explicación. Es como si me hubiesen arrancado algo, por decirlo así, y luego lo hubiesen vuelto a pegar a mi cuerpo.
—Mi madre puede hacer esas cosas. Pregúntale lo que quieras. No te esconderá nada. Depende de si la crees o no.
—¿Tú crees en esas cosas?
—He visto cosas que no podrías creer.
—Tal vez necesito ver para creer.
Eren se quedó pensativo. Volvió con una rosa cortada, algo mustia. Mikasa señaló las espinas y las pequeñas heridas de su mano. Él le dijo que no pasaba nada y tocó la flor con su sangre. Al principio, no pasó nada. Le habló de la afición de su madre por la jardinería y de lo mucho que le gustaría tener una rosaleda. Mikasa abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de que la rosa tomaba fuerza y color. Eren sonrió y se la ofreció. Una rosa renacida con la sangre del lobo, sangre de la naturaleza misma.
—Es imposible —dijo ella.
—Esas cosas pasan aquí muy a menudo. —Eren estiró las piernas y sonrió. Era un día radiante—. ¿Es que en tu casa no resucitan las flores?
—Oye, no te rías de mí.
—Vale, vale.
—Eren.
—Me encanta cómo dices mi nombre.
Mikasa le dio un beso en la mejilla y se escabulló rápidamente. Eren se quedó quieto y miró a Bribón, que lo observaba con fijeza.
—Eh, ¿estás celoso? También le gusto yo, ¿no? Le gusto. —Soltó un suspiro y se relamió los labios—. Joder, Bribón. ¿Qué voy a hacer?
El gato se rascó porque su mundo era mucho más sencillo. Y entonces supo que tenía que seguirla. No solo ahora. Este no era un coqueteo de bar a las dos de la mañana, pasado de copas y de soledad. Esta no era la búsqueda de un polvo, de un teléfono al que llamar cuando le entrasen las ganas. No, claro que no. Esta vez iba en serio y eso lo asustaba. Sentía algo y le daba miedo. Le aterraba que Mikasa viese su otra forma, que llegase a hacerle daño. Había una parte de él que no le pertenecía, que escapaba de sí mismo.
Fue así como mató a su padre.
