CAPÍTULO TERCERO
El lago.
Shigansina era el pueblo más antiguo de la región. Lo habían fundado un par de familias seiscientos años atrás. Estas gentes, decía la tradición local, eran benandanti perseguidos por la Iglesia que se establecieron allí con la intención de seguir con su labor: luchar contra la brujería. Era una leyenda que el historiador local no había conseguido confirmar: ni siquiera el archivo de la iglesia, levantada en el siglo XVI, contaba con documentos que acreditasen aquello. El origen familiar del pueblo estaba atestiguado, sí, pero el resto era pura historieta pueblerina, decían algunos. Carla, que estaba convencida de la veracidad del relato, decía que los fundadores no solo eran benandanti, sino que eran como él y por eso los habían perseguido. Analfabetos, decía, no se puede ir contra los buenos andantes. Esto es tierra de engendros, decía. Ya los has visto. Eren lo había visto y estaba intrigado. Por eso se pierden los cazadores, decía su madre, por eso no aparecen. Se los zampa, deja los huesos limpios y los guarda en su guarida, mi'jo. Eso hacían, sí, eso decían los manuscritos y las historias, pero él quería verlo. Le parecía una criatura fascinante. Cuando lo vio, era apenas un borrón en la lejanía. No tenía olor. Estaba echándole de comer a los cerdos y Eren se abalanzó sobre él con toda la ferocidad de su maldición, pero el otro se esfumó, estalló en cientos de sombras negras que lo rodearon y que identificó como murciélagos. Era un vampiro. Apareció en el tejado de la cabaña, con la larga cabellera rubia al viento y la tez pálida, etéreo y sofisticado. Eren mató a todos los animales de su pequeña granja y se sació con ellos. No recordaba lo que sucedió después, pero volvió a casa. No dejaba de pensar en aquel morador del bosque y en lo mucho que podría saber. Quizá sabía algo sobre lo suyo. Es lo opuesto a ti, le contestó su madre, es un lacayo del de abajo. Pero eso no importaba. Era una criatura antigua.
Se internó en los bosques y buscó la cabaña, pero no la encontró. Eso lo frustró. Quería soluciones, ahora más que nunca. Si quería estar con Mikasa, necesitaba garantías de que no le pasaría lo mismo que a su padre. Eso ya era demasiado y lo torturaba. Solo Armin sabía la verdad. Su único amigo. Lo sabía desde hacía algunos años y guardaba el secreto porque era un buen amigo, le decía, y porque nadie se creería algo así, que esas cosas solo pasan en las películas y en las novelas. Armin se reía. Era matemático, o estaba en proceso de convertirse en uno, y, como tantos otros jóvenes del pueblo, solo regresaba en verano. Le gustaba estar en Shigansina con su abuelo y a Eren le gustaba que estuviese ahí: a veces necesitaba hablar con alguien distinto a su madre.
—¿Y los vampiros son como, ya sabes, en el cine? ¿Duermen en ataúdes y se les mata a estacazos? —Armin escribía número tras número en su pizarrita; estaba enfrascado en un asunto que solo él entendía. Se quedó pensativo—. Podría probar con binomios…
—Cada uno es distinto. A nadie le gusta dormir en una caja de muerto.
—¿Son malos?
—Suelen serlo.
—Quizá deberías hacer caso a tu madre —señaló Armin, que abandonó la operación y se sentó en la silla del escritorio—. Además, ¿cómo lidias con un vampiro? ¿Cómo puedes estar seguro de que sabe algo? Y… ¿Crees que es peligroso ir al bosque?
—Solo si te adentras en lo profundo. No te preocupes, Armin. Cuando un vampiro se dedica a cazar en una comunidad, se nota.
—Pues algunos cazadores sí que han desaparecido…
—Existen otros peligros en la naturaleza, empollón. —Eren estaba en la cama y se puso a examinar el cuarto, pequeño y acogedor. Había un tablón lleno de fotos; entre ellas, Annie haciendo senderismo—. Te da miedo por ella, ¿verdad?
Armin asintió y se sacudió las manos manchadas de tiza.
—Este pueblo era un sitio normal hasta que me contaste todo. Ahora tiene algo encantado, algo irresistible, pero siento que puede ocurrirnos algo horrible, ¿sabes? Como si estuviéramos a la espera de una desgracia difícil de explicar.
—Mi madre hace todo lo posible por alejar los males, pero son abundantes en esta región. Es mucho más lógico echar la culpa a los osos, a las tormentas, a las trampas. El alcalde Erwin Smith, por ejemplo. Se fue de acampada para recolectar hongos y le arrancaron un brazo de cuajo. Bueno, pues fue a ver a mi madre cuando le dieron el alta. Le enseñó el muñón y se lo contó todo. La versión oficial dice que se las vio con un animal salvaje, o eso determinó la policía, y los doctores tuvieron que creerlo. Se lo arrancaron de cuajo. El señor Smith estaba por una zona en la que no había osos ni lobos ni jabalíes, nada, ya sabes a qué zona me refiero. Pues bien, le contó a mi madre que estaba en su tienda, preparándose para ir a dormir, cuando escuchó pasos fuera y salió a ver qué ocurría. Entonces algo se le echó encima y le atacó. Fue un corte tan limpio que ni siquiera le dolió, se dio cuenta de que le faltaba el brazo minutos después, cuando corría por el sendero dejando un rastro de sangre.
—No es el mismo desde entonces. ¿Crees que ese vampiro es el responsable?
—El modus operandi de los vampiros es distinto. No atacan a sus presas así. Son bastante sofisticados y les gusta jugar.
—Pero hace un momento has dicho que cada uno es distinto.
—Todo es confuso.
—Lo es, y no puedo ayudarte, aunque me gustaría. Si tu problema pudiese resolverse con una suma o una resta o una ecuación.
—Hablemos de cosas normales.
—Es una gran idea. ¿Qué tal con Mikasa?
—Te morías de ganas de preguntar.
Armin levantó la mano y se declaró culpable. Sus ojos azules no conocían el disimulo.
—Annie no da crédito y cree que solo quieres acostarte con ella. Me ha pedido que te diga lo siguiente: como la hagas llorar o la dejes embarazada, te cortaré las pelotas y las empalaré en el jardín de tu madre.
—Tiene el carácter de mil demonios. Por eso te gusta, ¿eh? Dile que no tiene de qué preocuparse.
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La noche anterior estuvieron en el bar. Era una noche especial porque las bebidas se servían a mitad de precio y tocaba la banda de Jean Kirstein, un amigo del instituto. Jean Kirstein & The Broken Bones. Llevaban todo el año actuando en salas a lo largo y ancho del país; tenían cierta fama y estaban grabando un disco. Eran made in Shigansina y se debían a los suyos, así que habían aceptado tocar en el Wonderland sin cobrar nada. A Eren le gustaba la música que hacían y había escrito un par de letras para ellos. En realidad, eran poemas musicalizados, convertidos en rock.
Eren no tuvo que insistir para que Mikasa lo acompañara. A ella también le gustaba la banda. Tenían muchas cosas en común y empezaban a advertirlo. Eren le cogió la mano y se abrió paso entre la multitud para acercarse a la barra. Al otro lado, más atareado que nunca, Flegel escanciaba bebidas sin parar. Era el hijo del dueño, Dimo Reeves, quien se encontraba en la tarima para presentar a sus artistas invitados. Dimo era un tipo con contactos: había conseguido que una discográfica se interesase por la banda. Dio unos golpecitos al micrófono. Probando, probando. ¿Me escucháis? ¡Bienvenidos al Wonderland!
—Con ron y no me lo cargues mucho, ¿eh, Flegel? Que no sepa a colonia. —Eren llevaba el paquete de tabaco en el bolsillo; en otras circunstancias, estaría fumando en la puerta mientras se hacía la presentación. Se giró hacia Mikasa, que ya había acabado con media pinta. Silbó—. Creo que nunca te retaré a beber.
—No aceptaría. Solo bebo una cerveza o una copa, pero no más —respondió—. Dimo está extendiendo demasiado su minuto de gloria.
Flegel asintió. Ya no estaba tan gordo como antes —el trabajo en el bar no le dejaba parar—, pero tenía cada vez más pecas en la cara y masticaba chicle obsesivamente.
—Y yo tengo que aguantarlo en casa. ¿Así está bien, Eren, o quieres que use el cuentagotas?
—No vaciles a los clientes, Flegel. Además, yo soy un asiduo.
—Perdone usted. Págame. No, no, solo lo tuyo. La dama está invitada, por supuesto.
Mikasa se rio cuando Flegel le guiñó un ojo. Eren le sacó el dedo, pero también cedió ante la gracia.
—Te dije que sería una noche divertida. Si en algún momento te encuentras mal, podemos…
—Estoy mejor que nunca, Eren. —Respiró hondo—. Nada malo puede pasarme si estoy contigo.
—Bueno, bueno, es que estás convaleciente aún —le recordó; quiso añadir que quizá aquello último no era del todo cierto, pero cortó la amargura antes de que se volviese imparable. Se volvió hacia el escenario—. Ya era hora.
Jean saludó y hubo cierta agitación en el público femenino. La conclusión mayoritaria es que era guapo y su socarronería lo hacían más guapo. Se había dejado crecer el pelo y una cuidada barba le salpicaba la mandíbula. Por mucho que a las mujeres les encantase aquella cara alargada, él siempre lo llamaría Caracaballo. Sacó la armónica, se la llevó a la boca y empezó a tocar una canción del todavía inédito álbum.
—Esta canción la he escrito yo. Espero que ese idiota la cante bien.
—¿Cuántos secretos tienes, Eren Jaeger?
—Dos o tres, puede que cuatro.
I know you, darling,
you know I could tell you
who are you if you forget
because I am part of you
and you are a part of me
Jean cantaba y movía el pie rítmicamente. No llevaba ni cinco minutos y ya le caían gotas de sudor por la frente. El resto de la banda entraría pronto en su frenesí habitual: Marco Bott, el guitarrista, acompañaba la voz de Jean y ambos parecían a punto de comerse el micrófono; Connie Springer, el bajista, cabeceaba y hacía los coros junto a la baterista, Ymir, cuyos brazos tatuados, finos, pero fuertes, aguantaban todo el peso de la percusión. Esos eran los huesos rotos, como habían decidido llamarse a raíz de un accidente de coche que los llevó al hospital. No fue nada grave, pero cada uno acabó con un hueso roto y les parecía muy gracioso, oportuno, predestinado. Eran buenos y querían triunfar, aunque Eren, que los conocía a todos desde el instituto, solía hablarles con la verdad: vuestra música es demasiado buena y actualmente solo se escucha mierda. Me la pela, contestaba Jean. Estamos viviendo el sueño, loco. ¿Por qué no te vienes con nosotros? Te enseñaremos a tocar algo, no sé, el saxofón o las maracas. Necesitamos un saxofonista. Eren se reía. Me basta con verte desde el público, maldito desgraciado.
—Dicen que uno siempre vuelve al lugar donde fue feliz —comentó Jean, que ya se había desabotonado la camisa—. Hace unos años estaba en este bar. Era viernes por la noche. La banda no existía, pero Marco y yo tocábamos en el garaje de mi casa. No habíamos salido de esas cuatro paredes. Esa noche pensé: «O salimos de ahí o el silencio se tragará nuestra música». Y entonces vinimos aquí y canté toda la noche. Éramos Marco y yo, él con su guitarra acústica y yo con mi armónica y mi voz. Estos dos aparecieron después. A Connie lo acababan de echar de la banda del instituto. En cuanto a Ymir, a ella le encanta golpear cosas, pero es preferible que solo golpee la batería. Cuando Dimo nos llamó para actuar, estábamos en la furgoneta, de camino hacia el pueblo, y no lo dudamos ni un momento: le dijimos que sí. Siempre diríamos que sí al Wonderland. Ese es el nombre de nuestro primer disco y esta noche queremos ofrecer una cata especial, un sorbo de nuestro trabajo. Esa guitarra, Marco.
my girl is wild like
the land where we grew up
and when we lie
on silk sheets and rose petals
she misses the grass and the reedbed
—¿Esta es tuya?
—No, esta es de Ymir. Todas sus letras hablan de su vida, por eso son tan buenas, porque son reales.
—Y la chica salvaje es Historia, claro.
Eren la miró de reojo. El pelo era el de las orientales, lacio y negro, un telón de espesa oscuridad. La boca se curvaba en una sonrisa verdadera cuando algo le gustaba. Lo que Eren deseaba era salir del concierto y estar a solas. Nada más. Ella y él, hablando o haciendo cualquier otra cosa. Quería mostrarle muchas cosas y lo haría, se prometió que lo haría, pero a su debido tiempo.
I've got my eye on you, baby
if you want me to go
I'll be there when you open the door
you just have to ask
and I will give it to you
even if you break my heart
the pieces are yours
Fue una noche entretenida. Tocaron todo su repertorio y, para concluir, Jean cogió la guitarra acústica y se aclaró la voz para la única balada del disco. La había escrito Eren y tenía mucho éxito, o eso le habían dicho. Era una poesía, como las demás.
Who are you, girl?
You're the blue woman
you sank in the sea
'cause no one loved you
A wise man once said
you lose the day
waiting for the night
and lose the night
fearing the dawn
Vio que era verdad, que Mikasa solo bebió su cerveza y rechazó múltiples invitaciones de amigos y conocidos. Algunas de sus amigas del instituto se sorprendieron de verlo allí, junto a ella, tan cerca que no dejaba lugar a dudas. Él devolvía los saludos, charlaba, reía cuando el desconcierto se manifestaba a tal grado que muchos preguntaban: «¿Estáis…?». Mikasa le acariciaba la espalda y decía: «Pasándolo bien». A eso de las cuatro de la madrugada, salieron del bar y Eren la acompañó hasta su casa. Para su sorpresa, Kenny estaba en la puerta sentado en una silla de anea, en bermudas, tomando el fresco y bebiendo tinto de verano.
—¿Qué tramáis, morenos? —Hizo el gesto de apuntarlos con una pistola
—Tío, es un poco tarde para estar aquí, ¿no? Y vas borracho.
—Tonterías. No me he emborrachado desde el 85.
Mikasa desistió y se despidió de Eren con un abrazo que se prolongaba cada vez más.
—Me voy atrás —anunció Kenny tras una risotada.
Eren le dejó un beso en el dorso de la mano y se marchó.
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—Te lo estás tomando muy en serio —se sorprendió Armin—. Jamás te ha gustado tanto una chica.
—Gustar no es la palabra. Yo creo que me estoy enamorando.
—Lo dices como si fuera un problema. ¡Alégrate!
—Quiero alegrarme, Armin, de verdad —Eren suspiró y se acostó de lado, hundiendo el moflete en su mano, algo abatido—. Es difícil. Sé que tendré que dejarla ir, antes o después. Nadie sabe lo mío, excepto mi madre y tú, y a ti te costó aceptarlo. Si, por casualidad, ella se entera de lo que soy, si decido decírselo, ¿cómo crees que reaccionará?
—No lo sé. Quizá crea que estás loco hasta que se lo enseñes, y entonces le dará un desmayo, un infarto o…
—Me ha quedado claro.
—¿Quieres que te diga la verdad?
—Por eso estoy aquí.
—Eres un cobarde. Puedes dejarle de hablar, borrar su número, decirle que te has cansado o que has conocido a alguien mejor.
—Y una mierda. No voy a hacer eso. Te he dicho que siento algo especial. Además, ¿quieres que Annie me degüelle?
—O puedes decirle la verdad —sugirió Armin, que todavía miraba la pizarra con ganas de revancha. Se acomodó el pelo rubio detrás de las orejas. Resultaba increíble que Annie, cuyo exnovio era lo opuesto a su amigo, se hubiese fijado en este, un tipo delgaducho que se hacía daño en el brazo al sacar músculo. Bueno, a Eren no le sorprendía: Armin era el mejor.
—La verdad puede costarme muy cara.
—No sabes cómo va a reaccionar. Ya le has enseñado el truquito con tu sangre y no ha pasado nada.
—Lo otro es diferente. ¿Cómo reaccionaría Annie si le confesases que eres un hombre lobo?
—Creería que hablo de alguna obscenidad. Eren, el ejemplo de los demás no te sirve. Haz lo que creas conveniente, pero si quieres estar con ella, si te estás enamorando y quieres que esté a tu lado, tendrás que decírselo.
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Al final, sus padres se enteraron de que andaba por ahí con Eren porque el tío Kenny tenía la lengua muy larga. Nunca decían nada de sus relaciones porque se encargaba de mantenerlos en un riguroso desconocimiento de su vida social, pero esta vez era distinto: ya daban por hecho que era su novio y tenían opiniones diversas. A Levi y su padre les traía sin cuidado con quién estuviese; en cambio, su madre solía pensar que saldría con otro tipo de hombres. Quizá un japonés. Le gustaría emparentar con alguna familia pudiente de las islas niponas.
—Haznos el favor de callarte. Hablas como alguien de hace dos siglos. Eres nuestra madre, no una casamentera —dijo Levi, ofuscado por los comentarios.
—Ya, ya, lo sé, hijo, pero Eren Jaeger me parece demasiado… simple. Creo que la niña siente gratitud por esa familia, nada más, porque la madre la ayudó.
—No hables como si yo no estuviera presente —se crispó Mikasa—. Ni soy una niña ni siento gratitud. Conozco a Eren desde hace muchos años y lo sabes. Además, ¿qué tiene de malo que sea alguien simple? Te recuerdo que estás casada con el hijo de un lechero.
—La cosa se pone interesante, Samuel. —Kenny dio un codazo al susodicho.
—Vigila el tono con el que me hablas —le advirtió su madre, que había dejado los cubiertos para señalarla con el dedo—. No nos cuentas nada, no hablas con nosotros, nos miras como si fuésemos extraños. ¿Qué es lo que te pasa?
—Por supuesto que no os cuento nada. ¿Acaso quieres saber algo de mi vida? Paso meses sin veros y apenas llamáis. Estáis demasiado ocupados con los negocios y me parece muy bien, pero no pretendas que participe en este juego de familia feliz. Me voy a mi cuarto. Estoy cansada. Hermano, papá, tío, si me disculpáis.
—Claro, descansa —respondió su padre, afable, intentando calmar la tempestad—. Midori, por favor, siéntate y déjala. Es una edad difícil.
En realidad, estaba bastante calmada. Serena, incluso. Esas cosas ya no le afectaban en absoluto. Escuchaba la discusión abajo, en la cocina. Se calzó las tenis y se escabulló por el pasillo, agarró su bici y fue a ver a Sasha, que se preparaba para ir a pescar al lago. Mikasa aceptó acompañarla. El lago estaba en lo profundo del bosque; en la orilla, una cabaña destartalada acumulaba años en silencio y soledad, junto a un pequeño muelle corrompido. Le gustaba ir con Sasha porque lo sabía todo: el nombre de cada árbol, de cada pez, de cada ave, la dirección del viento, la posición del sol. Sabía disparar, poner cebos, acecharlos durante horas. Los Braus habían cazado y pescado en la región durante generaciones y ella no era la excepción, aunque ya no vivían de eso: eran los dueños del aserradero.
Su amiga revisó los sedales y dijo que todo estaba listo. Sasha estaba emocionada, su padre le había dicho que las carpas eran especialmente grandes y el pescadero las compraba a buen precio.
—Eso no está en mis planes —le confesó—. Quiero cocinarla. La carpa de lago es deliciosa y sabe mucho mejor cuando la pesca una misma. —Sasha la señaló su zapatero y le pidió que tomase unas botas adecuadas—. No puedes andar por el bosque a tobillo descubierto. Escoge también una gorra. ¡Nos lo vamos a pasar genial!
Les faltaba Annie, que no se perdía ninguna excursión, pero había alterado el orden de sus prioridades y no se molestaba en ocultarlo. We don't stick together 'cause we put love first. Pero la respetaba e incluso la entendía: a Annie se la veía muy feliz. Sasha era mucho menos compasiva: «Nosotras la conocimos antes y estamos ahí cuando algo va mal». Tenía su parte de razón; los amigos están antes, durante y después de los amoríos, aunque sufren de negligencias en el durante y, a veces, no hay después. De todas maneras, Annie no era así, no las dejaba tiradas, no cancelaba planes para irse con Armin. Lo único que había cambiado es que ya no estaba disponible los viernes y algunas cenas contaban con la presencia de él; que a veces apagaba el móvil y desaparecía y no se la podía encontrar en ninguna parte, pero su padre les decía que estaba bien, «con el muchachillo ese», y luego aparecía con una historia sobre el sitio al que la había llevado Armin y lo mucho que le apetecía volver. Mikasa y Sasha asentían. Toda esta situación las empujaba a pasar más tiempo solas y habían descubierto que estaban encantadas de conocerse.
A Sasha la había conocido antes que a Annie, en primaria. Era una niña alborotadora, morena, más alta y enérgica que las demás. Se peleaba con los chicos porque no la dejaban jugar a la pelota y ella pululaba por la cancha sin importar qué. Vaciaba un boli, le sacaba el tubito con la tinta, la punta, el tapón, y lo usaba como canuto para lanzar bolitas de papel húmedas a los chicos de la pelota. Tenía una puntería extraordinaria. Cuando se hicieron amigas, Mikasa descubrió que pasaba las tardes practicando tiro con un arco hecho por su padre, disparando flechas con la punta de goma contra un muñeco de paja. Y después de eso, le entraba hambre y merendaba. Sasha siempre tenía hambre y así fue como se conocieron. Mikasa no hablaba con muchos de los compañeritos y pasaba los recreos sola, dibujando, leyendo o mirando a la nada, sentada en un banco junto a los pinos. Era previsible que Sasha, curiosa por naturaleza, se acercaría para preguntar qué era ese aparatito que se llevaba a la boca. El inhalador, le dijo Mikasa. La alborotadora hija mayor de los Braus le preguntó para qué servía aquello, si era comida u otra cosa.
—Es para que no me muera.
—Pensaba que era comida —Sasha se lamentó y se sentó junto a ella—. Tengo hambre.
Por aquel entonces, Midori Ackerman le insistía para que almorzase fruta. Solo fruta. Estaba obsesionada con la alimentación. Mikasa cogió un gajo de mandarina y se lo ofreció. Podemos compartir, le dijo. Sasha tenía algo de perro y entendía que una mano que da de comer es una mano amiga. Habían pasado más de diez años.
Cuando lo hubo revisado todo, salieron hacia el bosque por el sendero del oeste. Todos los senderos estaban señalizados por iniciativa de Erwin Smith, quien también había ordenado que los cubriesen de gravilla y colocasen paneles con mapas del territorio conforme se alejaba una del pueblo. Decía haberlo hecho por los forasteros que llegaban para recorrer la región; no era la primera vez que alguien se perdía y había que llamar al helicóptero de rescate. Para llegar al lago, sin embargo, no había camino: había que desviarse de la grava, adentrarse entre los olmos y las hayas y bajar la pendiente con cuidado. Los álamos rodeaban el lago, cuya agua rielaba cuando el sol del verano se derramaba sobre ella. Sasha acomodó las cosas en el muelle, se frotó las manos y echó el anzuelo. Mientras tanto, Mikasa destapó las cocas y sacó los bocadillos que Lisa Braus había preparado con tanto esmero. De jamón, lo que más le gustaba a Sasha.
—¿Sabes qué le pasó al viejo que vivía en la cabaña? —Mikasa observaba la casucha de madera: antes era blanca, pero ya no quedaba ni un rastro de pintura y las últimas lluvias le habían arrancado la techumbre. Era pequeña, del tamaño de un cuartucho, porque eso había sido: el cuartucho de un pescador.
—Que se murió.
—Mi tío Kenny lo conoció cuando era muy pequeño. Pasaba todo el año aquí y solo era amable con los niños.
Sasha dejó la caña en el soporte y mordió su bocadillo. Nada chapoteaba en el lago.
—Era ya viejo —continuó Mikasa—, pero no lo parecía. Se bañaba en el agua fría del invierno y se vestía con las pieles de los animales que cazaba. Mi tío nunca supo su nombre porque no lo decía. Era sencillamente el Viejo de la Cabaña.
—Todavía no me has dicho qué le pasó.
—Una vez vinieron a buscarlo para que les contara historias o les enseñase a cazar serpientes, pero la puerta estaba cerrada. Se fueron y regresaron días después: nada, la puerta seguía cerrada. Además, la persiana también estaba bajada, como si el viejo estuviese dormido. Los chicos tumbaron la puerta y lo encontraron todo lleno de sangre, las paredes, el techo, el suelo, el camastro, la mesa.
—Me quieres asustar.
—No, no. Pensaba que lo sabías. No es ninguna mentira. Puedes buscar la noticia en el archivo del ayuntamiento, o preguntarle a los más mayores.
—¿Qué le pasó?
—El viejo estaba hecho jirones, la pierna por un lado, la cabeza por otro… Dijeron que lo hizo un oso o un lobo porque todo lo raro que pase en esta región, por muy raro que sea, es cosa de osos o lobos. Pero ¿cómo es posible que la puerta estuviera cerrada? ¿Cómo había entrado? ¿Cómo había salido?
—Ya, cállate, esas cosas me dan miedo.
Mikasa remató con una oscura sonrisa mientras su amiga comentaba la historia; desconocía los detalles hasta ahora y prefería no haberlos escuchado. Sasha era miedosa y en eso también tenía algo de perro: lo olía, sabía cuándo largarse de un sitio o con quién no hablar. Que le hubiese contado esa historia ponía en duda su singular mecanismo: pasaba largas tardes sentada en el muelle y no tenía miedo.
—Han picado —Su ánimo cambió, se le iluminó el rostro y empezó a recoger el sedal. El viejo de la cabaña y su cuerpo destrozado ya no importaban: ahora quedaba el instinto primitivo de quien persigue lo que habrá de alimentar su hambre, y Sasha era puro instinto, se le hacía la boca agua. Su mano agarraba la manivela y giraba sin parar, tirando de lo que fuese aquello, una perca, una trucha. Al fin salió y quedó suspendido en el aire, moviéndose de un lado a otro, pero sin vida. No era un pez—. ¿Tú… también lo estás viendo?
—Sasha, vámonos de aquí.
Estaba segura. Ambas lo estaban. Era un pie. El pie de una persona. Cercenado por el tobillo, todavía con la bota de montaña. El hueso que sobresalía brillaba a la luz del día.
