CAPÍTULO CUARTO
El otro.
A los Reiss se les conocía como «los pijos». Incluso el matrimonio Ackerman, cuya vivienda se mantenía con el aspecto que le confirieron sus constructores hacía más de medio siglo, se sorprendía cuando alguno de los hijos de Rod Reiss pasaba por la calle con un Porsche, un Jaguar o cualquier otra pieza perteneciente a la colección de la familia. Vivían alejados del centro del pueblo, en una casa enorme construida sobre un risco; la carpintería de castaño pintada de blanco se veía desde la autovía, era una exquisitez, había vuelto locos a un par de fotógrafos de revistas de decoración. El techo estaba lleno de placas solares, que generaban unos ingresos ínfimos en comparación a los grandes negocios de la familia, pero destinaban ese dinero a la beneficencia y el alcalde Smith se deshacía en agradecimientos. Si los Reiss donaban, lo hacían «para quedar de buenas personas»; los Ackerman, que no donaban, eran unos agarrados. El dinero los acercaba, les hacía entenderse. Cada verano, los Reiss organizaban un torneo de tenis en las dos pistas de hierba de sus terrenos. Samuel Ackerman era un participante habitual; cuando alguien más joven lo descalificaba, como sucedí con frecuencia, se retiraba con Rod Reiss detrás de la cristalera desde la que observaba todo, sentado en un sillón color crema y con un habano en la boca.
El torneo de tenis se celebró también aquel año. El nombre oficial era Copa Reiss; extraoficial y popularmente, era la Copa de los Pijos. Duraba una semana y, además de una copa y una medalla de bronce, el premio consistía en una semana en un hotel de la costa, con todos los gastos pagados y un coche de alquiler a disposición del ganador. El campeón vigente de la categoría masculina era uno de los hijos de Rod, Abel, que se dedicaba al deporte de forma profesional, porque «es un pijo y no sabe lo que es trabajar»; en la categoría de mujeres, la invicta era Mikasa, quien se vio obligada a inaugurar el torneo jugando a dobles con Abel Reiss. Había muchos participantes y Eren estaba entre ellos: Armin lo había convencido, quería ganar el viaje para regalárselo a su abuelo. Más que al deporte, la afluencia a aquel evento se debía a la posibilidad de disfrutar del inmenso jardín de estilo francés por el que pululaban empleados ofreciendo champán, sidra, canapés, bocaditos. Llegaba gente de otros pueblos y se unían, y eso es maravilloso, decía el alcalde, porque también se acercan al pueblo para comprar en nuestros comercios.
El nivel que ofrecían los participantes era el propio de los amateurs, en la mayoría de los casos. Los hombres no tenían nada que hacer contra Abel. El de las mujeres estaba algo más disputado porque las hijas de Rod, Frieda e Historia, sabían jugar y lo hacían muy bien. Ese año, Mikasa eliminó a Historia tras dos horas de partido; acabó jadeando y su madre le confesó que había temido por su asma, pero no pasaba nada: podía permitirse aquellos esfuerzos. Saludó amistosamente a Historia, que alababa la virulencia de su juego, y las dos se retiraron para que diesen comienzo los duelos de los hombres. Nadie estaba preparado para lo que sucedería.
—Armin está perdido —dijo Annie al ver el emparejamiento: A. Arlet vs. S. Ackerman—. Solo ha visto tenis por la televisión. La raqueta es prestada.
Mikasa sabía que su padre era muy competitivo cuando se trataba del tenis. Era una de sus grandes pasiones. Cuando ella tenía cinco años, sus padres consiguieron entradas para Wimbledon y la llevaron con ellos. Al final, pasó lo que tenía que pasar, que a su padre le bastaron dos sets en los que Armin estuvo yendo detrás de la pelota. Terminaron chocando los puños por encima de la red y riéndose de camino a los vestuarios.
Sasha estaba en la gradas desmontables que traían exclusivamente para la ocasión. Comía palomitas y levantaba el puño para animar a sus amigas. A. Lionhart vs. M. Ackerman. Espero que puedas seguirme el ritmo sin ahogarte, se jactaba Annie, no te voy a dar ni un respiro. Mikasa no quería respiros. Vas a perder, le respondió. Lo que buscaban eran la humillación deportiva de la otra. Dejaban de ser amigas en el momento en que saltaban a la cancha. La pelota iba y venía con fuerza, dañina, envenenada. Annie, aprovechándose de los errores del contrincante; Mikasa, atacando los espacios y luciendo el mejor saque de los presentes. Las opiniones estaban divididas respecto a quién era la mejor. Sasha las animaba a ambas y se lamentaba de que el empate no existiese. Algunos decían que Mikasa iba a perder, que las dos horas de partido contra Historia le pasarían factura; otros, que Annie no tenía nada que hacer frente a un juego tan agresivo. El asunto se decantó a favor de Mikasa después de tres desgastantes horas en las que no manejaban raquetas, sino cañones, jugaban a punto directo. Lo de Mikasa era genético: su hermano había obtenido varios logros en fútbol cuando estaba en la universidad. Eres un animal salvaje, le dijo Annie entre resuellos. Ya, ya lo sabía. Lo único que se interponía entre el bicampeonato y ella era Frieda Reiss.
La felicitaron en el vestuario mientras se cambiaba la camiseta, toda sudada. Ella charlaba de buena gana, aunque no pudiese centrarse al completo en el tenis. Pensaba en el pie, en el lago. Sasha y ella corrieron hasta la estación de policía para decir que habían encontrado un pie en el lago. Un pie cortado. Luego llegaron preguntas del comisario, Hannes, y se cerraron los accesos al lago mientras las autoridades hacían lo suyo. El número de serie del zapato indicó que el pie pertenecía a un montañista de Trost; la prueba de sangre —solo tenía un hijo— lo confirmó. Había pasado una semana y Erwin Smith, que ocupaba un sillón junto a Rod, prometía un pronto esclarecimiento. El resto del cuerpo no aparecía, pero nadie tenía la cabeza para pensar en eso. Los emparedaros estaban riquísimos.
El siguiente partido no resultaba muy interesante porque parecía sentenciado antes del inicio. A. Reiss vs. E. Jaeger. Eren fue a verla en la piscina, donde estaban las mesas con aperitivos para los participantes. Llevaba un polo blanco y una cinta alrededor de la frente sobre la que caían los rizos marrones.
—Dame un consejo —le pidió—. Todos dicen que voy a perder. Desgraciados.
—Abel es muy bueno —reconoció ella—, pero le cuesta correr hacia atrás. Dicen que hay trampa en los emparejamientos, que hacen estas cosas para que luzca su técnica. ¿Alguna vez has jugado al tenis?
—En el instituto, hace muchos años. Veo los Grand Slams por la tele. ¿Eso cuenta?
—Vas a ganar.
—Bromeas.
—¿Eso crees? Haré una apuesta por ti para demostrártelo.
—Si apuestas, me veo en la obligación de ganar.
—Bien, entonces apostaré todo por ti.
—¿Qué me darás cuando gane? —Y lo preguntó convencido, como si ya hubiese ganado.
Mikasa lo pensó. Solo le dio un golpe con la raqueta en el hombro y le deseó suerte. Algo le decía que no la necesitaba. Eren se bastaba consigo mismo: si sus manos podían abarcarlo, era posible. Abel Reiss acababa de ganar un torneo de la ITF. Lo vio salir el primero, tantear el estado de la hierba, botar una pelota. Saludó a Eren. Que gane el mejor, le dijo, y se rio solo. Putos pijos, susurró Annie a su lado. Historia asintió y dijo que su hermano era muy presumido, que estaba ansiosa por que alguien le diese de su propia medicina. Historia era diferente. Pequeñita, rubia, una muñeca de ojos serios que se alegraron al ver a Ymir en la grada, junto al resto de la banda. Pagaría por verlo perder. Mikasa fue a la mesa de las apuestas y no dudó.
Abel tardó poco en descubrir que subestimarlo había sido un horror. Para sorpresa de todos, el debutante se movía bien y golpeaba todavía mejor, seco y sin piedad. El público enmudeció cuando Eren acertó una volea baja imposible de detener. 15-40 a su favor y la cosa se violentó cuando detuvo un smash muy cerca de la red con un brazo casi flácido. Abel Reiss estrelló la raqueta en el suelo cuando perdió el primer set. Tuvieron que darle otra. Lo tomó en serio y ganó el siguiente. Su técnica era depurada, «el pijo se pasa todo el día dándole a la pelotita»; Eren tenía los dotes de quien sabe copiar lo que ha visto miles de veces en la televisión: eso no sería suficiente si no fuera por su físico. Apenas transpiraba, peleaba cada pelota como si fuese la última. Era frenético. Cerca de la red, y eso lo sabían quienes gozaban de cierto criterio, Abel estaba en desventaja contra ese tipo, Eren Jaeger, que no se cansaba, ni su cuerpo ni su voluntad.
Mikasa escuchó a una de las chicas decir:
—Qué sexy. Si es tan bueno en la cama como en la pista…
Eren había dicho que ganaría y ganó. Rara vez saltaba la sorpresa en la Copa de los Pijos y ese año sería inolvidable. Casi cinco horas, nada menos, hasta las nueve de la noche. Abel Reiss eliminado en su primer partido después de ganar cinco copas consecutivas. Estaba exhausto, como salido de una trinchera. Se retiró a la casa sin saludar y Eren se levantó de la hierba, recuperando el aliento poco a poco, y enseñó el pulgar a su madre. Fue el último partido del día y la gente empezó a desalojar, a comerse los últimos saladitos de las bandejas, comentando lo increíble que había sido un saque de Eren, la elegancia de los reveses de Abel y cómo este se vio desbordado. Un tenista profesional desbordado por un amateur que pasaba más tiempo en el bar que ejercitándose.
Mikasa fue a cobrar su ganancia y él se acercó. Le dijo que no se quedaría el dinero, que lo daría a las dueñas de la guardería del pueblo para que mejorasen el establecimiento.
—Soy la única que apostó por ti.
—Dichosos los que crean sin haber visto. ¿Y mi premio?
—¿Qué quieres?
—Lo que me des.
Solo podía ofrecerle su compañía, que parecía tener algo de valor para él.
—Puedes venir a mi casa, mis padres van a salir a cenar y mi hermano no está en el pueblo. Pediremos pizza para que te recuperes de este esfuerzo. —Mikasa arrugó la nariz y le señaló el camino hacia los vestuarios—. Eso sí, no entras a mi casa si no te duchas y te cambias. Aquí te espero.
Volvió, con el pelo húmedo y la toalla sobre los hombros, el macuto con la raqueta y la ropa. Se despidieron de Carla, que se marchó en su camioneta Ford, de los Ackerman —su padre palmeaba los hombros de Eren con emoción— y de los amigos, que les desearon una feliz velada. Pasaron la garita de guardia que separaba el terreno de los Reiss del territorio de los mortales y Eren aceleró la moto. Mikasa apoyó la cara en su espalda y cerró los ojos.
Tenía miedo. Ahora, en la noche libre de bullicio, pensaba en el pie del montañista, en cómo había emergido del agua, en las manos temblorosas de Sasha, incapaces de retener la caña. Pensó también en el viejo de la cabaña, en sus miembros desparramados por las tablas del suelo. Sasha también estaba asustada. Decía que no era capaz de dormir bien, que escuchaba los pasos de su madre, su padre o su hermana en la noche e imaginaba ese pie dirigiéndose a su habitación. Se había quedado a dormir con ella un par de veces desde el incidente. También soñaba con el pie. Y, si pensaba en el lago, la inundaba una conocida sensación de ahogo. Una sensación de muerte inminente.
—¿Te apetece una carbonara?
Mikasa volvió en sí. Estaba en el sofá de su casa, la televisión estaba encendida, Eren estaba pidiendo pizzas y uno de sus brazos rodeaba sus hombros.
—¿Y bien? —Eren alzó una ceja; las greñas húmedas caían sobre su cara—. ¿Me vas a decir por qué estás así?
—¿Así cómo?
—Así, como si hubieses visto un fantasma.
—El pie, Eren. No dejo de pensar en el pie.
—Ah, eso.
—¿Qué crees que le pasó?
—Hemos tenido algunas desgracias parecidas en la región.
Mikasa se acordó del padre de Eren, ese hombre afable de la fotografía en el cuarto de Carla. Un oso y «demos gracias a Dios por que el niño se haya salvado», dijo Samuel Ackerman en aquel año lejano, tras conocer la noticia en el bar.
—Pensarás que estoy loca.
—Estar loco es lo mejor.
—Sentí que había alguien más allí con nosotras, en el lago.
—Demonios, sí que tienes miedo. ¿Viste a alguien? —Eren la miraba con interés, la tomaba en serio.
—Solo sentí algo muy malo. Como si nos estuviese esperando, como si acechase allí. Supongo que es sugestión. Ha sido un buen día, no merece la pena arruinarlo por algo así.
—Está bien que hables de lo que sientes, pero puedes estar tranquila. Sasha y tú estáis a salvo —dijo, casi lo juró, y Mikasa lo vio levantarse cuando escuchó la moto del repartidor. Desconocía tantas cosas de Eren Jaeger y, sin embargo, creía todo lo que salía de su boca porque callaba más de lo que decía, pero decía la verdad. Volvió con la pizza tamaño familiar y empezaron a comer mientras pasaban una película de Seagal por la TV.
—He pensado en tu premio.
—Ajá —asintió él con la boca llena, absorto en la persecución de coches.
Mikasa soltó una risita y le puso una mano en el muslo. Toda la atención de él se volcó sobre su mano. Eren tragó y luego la miró a ella. Estaba quieto, incrédulo. Tenía una mancha de tomate al lado de la boca, Mikasa cogió una servilleta y la limpió. Después le dio un ligero beso en los labios y él se quedó con los ojos cerrados. Seagal había sorteado a sus perseguidores.
—Mikasa.
—¿Sí?
—¿Quieres ser mi novia?
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A Eren le tomó unas horas encontrarlo. Primero miró desde su escondite en los árboles. Vio una máquina de labrar y los caballones levantados sobre la tierra. Había repuesto los animales, las gallinas aleteaban en el corral destrozado por él mismo. De la cabaña se podía decir poco, una eficiente superposición de troncos y una techumbre de tejas negras. Era pequeña. ¿Vivía solo? Suelen hacerlo, eso lo sabía, y llegan a odiar a los suyos tanto como a los mortales, le había dicho su madre. Si supiera lo que iba a hacer, lo mataría. Diría que esas cosas no se hacen así, por un arrebato, que requieren cierta preparación: uno nunca sabe lo que se encontrará, pero Eren estaba al tanto de la naturaleza del morador de la cabañita y no creía que alguien así, tan civilizado, preocupado por el estado de la tierra y los animales, lo fuese a recibir con un ataque, y de esa convicción se sirvió para acercarse y llamar a la puerta, una puerta con aldaba para las visitas, si es que las tenía. Eren esperó y no escuchó pasos —los de ellos no se escuchan— antes de que el anfitrión abriera. Era él, pálido y rubio, con el pelo largo y lacio, una ligera barba candado enmarcaba una sonrisilla; nórdico, congelado en sus cuarenta años, estimó, aunque sabía que tenía muchos más.
—El lobito —lo reconoció—. O lo que hay tras el lobito, más bien.
—Siento lo de tus animales —se disculpó con sinceridad.
—Oh, ahórrate las disculpas. La sangre fresca llama a las fieras, lo sé bien. —Rio sin enseñar los dientes y estiró la mano—. Willy Tyburn.
—Eren Jaeger. Me gustaría hablar contigo sobre un asunto.
—El montañista muerto, imagino. Mis murciélagos me mantienen al tanto de lo que pasa en el pueblo. Pasa a tomar un té, lobo.
La cabaña tenía dos estancias separadas por un pasillo que remataba en un altar con velas a la Virgen. A la derecha se encontraba la cocina, dotada con una tosca mesa de álamo y una lumbre para cocinar. Willy llenó una olla de agua y la puso a hervir.
—¿Tienes algo que ver? —preguntó Eren, sin rodeos.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo viviendo aquí?
—No.
—Más de lo que puedo recordar, desde que el pueblo era un puñado de casas. Llegué al mismo tiempo que los fundadores y me dejaron estar aquí so promesa de no herir a los mortales. Sigo cumpliendo esa promesa, por ellos y por mí. Tú debes ser el último benandante.
—Te equivocas.
—Debiste heredar el don de alguien. Así funcionaba antes, cuando los sabuesos de Dios abundaban por estas tierras.
—Soy un maldito. Lo tengo desde que nací. Es cosa de brujería, no es un don de Dios.
Willy suspiró y pudo ver los colmillos. Largos, blancos, ideales para rasgar los cuellos de las doncellas, como en los cuentos.
—Don, maldición, tanto da. El que otorga es irrelevante; solo importa lo que decidimos hacer con lo que somos.
—¿Los benandanti podían controlar sus metamorfosis?
—Preguntas a un chupasangres sobre asuntos de licántropos. Qué tiempos son estos. Los benandanti llevaban amuletos; con ellos soportaban el influjo de las lunas y salían a vigilar cuando les placía. ¿No tienes control sobre ti, joven lobo? ¿A eso te refieres cuando hablas de maldición?
—He probado esos amuletos. No han funcionado.
—Poco sabes sobre los tuyos y no me extraña. Eran muy celosos de sus secretos y lo transmitían todo en susurros. Necesitas un amuleto bendecido por un santo. Los fundadores heredaron amuletos bendecidos por san Francisco de Asís y los pasaron a sus descendientes. Es difícil encontrar a un santo actualmente.
—Entonces no hay nada que hacer —dijo al borde de la resignación—. Podría hacerles daño y no existe un remedio.
—Tu té, lobo —Willy le alargó una taza—. Los tuyos y los míos son monstruos, pero unos decidieron velar por los mortales y otros atacarlos. No quieres herir a nadie, así que no eres un monstruo. El otro sí que lo es.
—¿El otro?
—Uno de los tuyos. Vive en los bosques con su manada. Si quieres saber algo sobre el montañista, que en paz descanse, es a él a quien deberías preguntar.
—Nunca he conocido a otro como yo.
—Sabe esconderse. Ha rondado mi predio en algunas ocasiones, pero yo sé protegerme. Quizá también sepa algo sobre la metamorfosis.
—¿Es el asesino del montañista?
—Es un cazador y poco le importa que su presa camine sobre dos piernas.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—Eso tendrás que averiguarlo tú.
—Gracias, has sido muy amable. —Finiquitó el té y se levantó—. Tengo una última pregunta.
—Adelante.
—¿Es cierto que dormís en ataúdes?
Willy Tyburn se echó a reír y se pasó la mano por el pelo.
—No puedo morir. ¿Por qué habría de dormir en una caja de muerto?
Era verdad. Eren se despidió de él y dedicó una última mirada al altar de la Virgen antes de marcharse.
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Notas descartadas de Ilse Langnar, periodista, para su crónica sobre el estado de la fauna en la región:
Sorprende las cantidad de jóvenes que continúan viviendo en Shigansina. Si preguntas acerca de sus planes de futuro, hablarán de la ciudad como un paso transitorio entre su salida del pueblo y su vuelta definitiva a este. El alcalde, doctor Erwin Smith, está comprometido con la causa de evitar el envejecimiento de la población y el consiguiente abandono del pueblo. Hace unos días tuve la oportunidad de entrevistarme con él y exponerle los motivos que me han traído hasta la región. Me contó cómo perdió el brazo a causa del ataque de un oso mientras recolectaba níscalos, comunes en la zona. El suyo no es el único encuentro traumático con la cara más feroz de la naturaleza. Continuó hablando de la trágica muerte de Grisha Jaeger, médico, mientras estaba acampando con su hijo. Otro oso. La presencia de osos pardos en la región está documentada desde tiempos pretéritos; su caza está prohibida y se estima que la población úrsida no superaría los cincuenta ejemplares. La región es su último reducto en el país y resulta increíble que un número tan reducido haya establecido contactos tan violentos con los habitantes de Shigansina. Hay vecinos que aseguran no haber visto un oso nunca, pero comentan que es posible escuchar el aullido de los lobos, especie mucho más numerosa. En el bar más concurrido del pueblo, el Wonderland, una cabeza disecada aguarda al parroquiano tras la barra.
He pasado algunas noches en vela en una habitación de hostal, trabajando en la crónica y atenta a los posibles aullidos. El exceso de horas sin dormir podría explicar lo que vi. De lo contrario, estaríamos ante un caso singular. Después de mi entrevista con el alcalde, regresé al hostal con la intención de hacer algunas llamadas y organizar mis notas, pensando en esta vida itinerante y envidiando la decisión de los jóvenes de Shigansina. Cuando entré a la recepción, me sorprendió la ausencia de la dueña, pero recordé que las cinco de la tarde era la hora en que salía a tomar café con su hija. Subí a mi habitación, la 6. La había alquilado porque tenía una terracita nada despreciable, ideal para tomar el aire fresco de las noches de la región. Arrastré una silla y vi morir el día mientras revisaba las fotografías tomadas: el alcalde sin brazo, la cabeza de lobo disecada, los carteles de «ANIMALES PELIGROSOS» plantados en los senderos de gravilla. El sol se esconde en torno a las nueve y cinco; algunos crepúsculos merecen toda la atención, más allá de los deberes. Contemplé el cielo anaranjado sobre un tranquilo bosque a contraluz. Pasó por encima de mi cabeza y desearía haber tenido la cámara a mano. Alas negras extendidas; volaba hacia los bosques. Un murciélago diadema, es decir, un murciélago gigante. Escribo estas notas con más fascinación que interés periodístico; nadie creería algo así, el murciélago diadema solo vive en las áreas tropicales de Filipinas.
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El tenis se reanudó al día siguiente sobre la hora del almuerzo, pero la final de ambas categorías se jugó después de la comida. Mikasa revalidó el título contra «la pija mayor» Frieda Reiss, que claudicó temprano porque se acababa de recuperar de un esguince y no deseaba forzar el pie. La final masculina entre Eren Jaeger y Samuel Ackerman se decantó a favor del más joven, la gran revelación del verano. Samuel acabó felicitándolo e invitándolo a jugar con él en el polideportivo. Lo llamaba «yerno», para disgusto de su mujer y vergüenza de su hija. Eren y Mikasa recibieron los trofeos y la medalla de manos de Rod Reiss, acompañado por su ceñudo hijo Abel. «Lo ha retirado del tenis», se burlaban algunos, «el chico de Carla ha retirado al pijo. ¡Salud!». Restaba disfrutar de la comida y la piscina olímpica; solo se podía acceder a la propiedad una vez al año, no había tiempo que perder.
Historia Reiss aprovechó para escaparse de la inquisitiva mirada paterna —Ymir la esperaba en algún lugar—, Sasha dijo que le dolía el estómago y se fue a casa, Armin regresó con su abuelo para contarle que había conseguido el viaje a la costa —Eren se lo había regalado— y Annie se marchó con él. Eren y Jean estaban subidos al trampolín y se dieron un tremendo planchazo. Unos chillaros, otros se rieron. A Jean se le había salido el bañador y perseguía a Eren para igualar las cosas. «Salvajes», murmuraba Abel. Su padre miraba el espectáculo con atención. «Tienes que entrenar más», le dijo y no obtuvo respuesta. Abel Reiss se levantó y pasó junto a Mikasa, que estaba mojándose los pies al borde de la piscina. Lo siguió con la mirada, lo vio apretar los dientes y mirar de un lado a otro. Hasta que encontró a Eren, a quien había estado buscando desde el partido, a quien no se sacaba de la cabeza, a quien hacía responsable de la acritud paterna. Se acercó a él por la espalda, mientras Eren se secaba. Lanzó un puñetazo directo a su nuca que no impactó. Abel gritó de dolor y Eren le soltó el brazo. Se formó un corrillo en torno a la escena. Abel se retorcía y chillaba que le había roto el brazo, algo que se confirmaría más tarde. Eren desapareció antes de que Mikasa pudiera alcanzarlo.
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Dejen su reviú.
