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CAPÍTULO QUINTO
El ciervo.
Lo que separaba a Eren del otro era una fina línea que rebasó cuando le partió el brazo a Abel Reiss.
Había sucumbido al depredador por un instante. Al monstruo. Era así desde la noche en que despertó, la noche de su bautismo de sangre. La sangre de su padre. Qué incrédulo fue este. En cambio, la intuición de su madre nunca falló. Ella supo que tenía algo distinto. A su hijo lo habían maldecido y conocía la identidad de quien profirió la maldición. Antes de casarse con ella, Grisha fue el esposo de otra mujer y el padre de otro niño. La mujer era Diana Fritz, de la que no supo nada desde aquella mañana de Navidad en la que maldijo a Eren. Apareció para recoger a Zeke, que entonces rondaba los siete años y había pasado el día anterior con ellos. Diana enfureció cuando le dijeron que el chico había desayunado zumo de naranja. Era alérgico, o eso decía. Grisha lo dudó. Diana estalló y señaló con un dedo a Carla:
—Eres una perra y parirás un perro sarnoso, como los de tu calaña.
No volvieron a verlos, ni a la madre ni al niño. Grisha lo buscó durante mucho tiempo y descubrió que vivía en la capital con sus abuelos maternos, que Diana se había ido. No pudo hacer nada frente al dinero de los Fritz y una noche, entre lágrimas, le dijo a Carla que ya solo le quedaba un hijo. Eren adoraba a su padre, pensaba en él todos los días, en la mala suerte que tuvo: el hijo mayor fue arrancado de sus brazos y el hijo pequeño era un licántropo que, por fortuna, contaba con una madre medio bruja, como decían en el pueblo. Eran ellos dos frente al mundo, pero Carla no estaría ahí para siempre, sus sellos se debilitaban con la edad —no era vieja, pero «en mis veinte te habría noqueado solo con mirarte»— y merecía descansar. Ya no podía responsabilizarse por la rotura de brazo del pijo. Él era un hombre y todo lo que ello implicaba. Había hecho daño a alguien cuyo golpe apenas habría notado, su cuerpo no era el de una persona común. Por eso había ganado en el tenis.
Su madre llamó a la puerta de su cuarto. Le dijo que no quería ver a nadie. Bribón, sobre su cama, se lamía las patas mientras él miraba por la ventana. Faltaban dos días para el 13 de julio. Luna llena. Se apoyó en el alféizar y echó un último vistazo a su habitación antes de saltar.
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Erwin Smith le pidió discreción cuando se lo comunicaron. Lo descubrió un policía. Hannes no dejaba de mirar las fotos. Eran huesos pelados. Distinguía tibias, húmeros, falanges. Los habían colgado de los árboles, muy lejos del lago, en un bosque a los pies de la sierra. Allí no había caminos de gravilla cuidadosamente señalizados. Los habían colgado de los árboles, como las bolas y las guirnaldas en un árbol navideño. Eran huesos humanos y estaban perfectamente organizados, las tibias con las tibias, los húmeros con los húmeros, las falanges con las falanges. Eran los huesos de por lo menos cuatro personas. Un bosquecillo entero adornado con esqueletos humanos. Aún no se había confirmado la identidad de los restos, pero estaba seguro de que el montañista estaba entre ellos. Pensó en lo que sucedía. Era aterrador. Nunca, en sus más de veinte años al servicio de la comunidad, había visto algo de naturaleza similar. En Shigansina no había crimen. Pequeños delitos, sí. Lo que salía en las fotos era espeluznante, tanto lo presente como lo ausente. Faltaban los cráneos y no era una casualidad. Hannes tenía una hipótesis y el alcalde estaba de acuerdo. Creían que el asesino —habían empezado a hablar de asesinato— conservaba las cabezas como trofeos de caza.
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Dormía a la intemperie, en mitad de la nada. O lo intentaba. Estaba desnudo y su cuerpo se contorsionaba a la luz de la luna llena. Parecía un poseso; lo era. Miró lo que antes eran sus manos, ahora unas garras negras. Se tocó el hocico. Aquello era mucho más fuerte que él. Aulló y echó a correr por bosques, claros y colinas. Él seguía ahí, atrapado en un cuerpo que no podía controlar, sumido en sueños y visiones desconcertantes. Visiones del infierno. Los benandanti podían visitarlo. Vio chorros de fuego, criaturillas deformes que cortaban y comían la carne de cuerpos podridos, cuerpos atados a dos caballos y estirados hasta partirse. No oía nada. Nadie chillaba, nadie hablaba. Condenados al silencio. El infierno es un lugar silencioso para todos, menos para uno. Te quedarás aquí. Era el de abajo. Eres mío, cachorrito. Ni siquiera tienes el control de ti mismo. El sello de la ramera no te protege esta noche. Eres mío. Eren cerró los ojos, trató de imponerse a la bestia interna, se golpeó la cabeza contra un tronco, desafió con rugidos a la luna fragmentada por las copas de los árboles. Padre nuestro que estás en los cielos. No puede oírte. Resistiré como san Antonio. Tú no eres un santo, eres solo un maldito. Padre nuestro…
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Carla le dijo que Eren había desaparecido, que llevaba varios días fuera y que no podía llamar a la policía. Mikasa estaba en la cocina, muy lejos de entender qué pasaba. Carla andaba de un lado a otro.
—El sello. Oh, Dios mío —se lamentaba—. Sin el sello, sin la marca, lo atrapará, intentará llevárselo.
—Hay que llamar a la policía.
—Hija, tú todavía no sabes nada. Solo debo verlo yo y me temo que ya no puedo llegar a tiempo. Anoche hubo luna llena y el de abajo se muere por tenerlo.
—Explícamelo. Quiero saber qué está pasando, por qué nadie puede verlo.
—Eren es…
Mikasa se levantó de un salto cuando lo olió. Jazmín. Miró por la ventana de la cocina, que daba al jardín trasero, miró los rosales. Salió seguida de Carla, pero esta no podía olerlo y chilló cuando lo vio tirado bajo el rosal. Bribón estaba con él, custodiándolo. Mikasa sostuvo su mano cubierta de pelo, las uñas negras y anormalmente largas. No supo qué decir y lo miró a los ojos amarillos. Era humano, o empezaba a serlo. Casi todo el cuerpo estaba cubierto de pelaje espeso y oscuro. Tenía cortes en el pecho y en la espalda; cuando lo levantaron, la hierba amarillenta había reverdecido.
—Él no quería que lo vieses —confesó Carla—, pero ya es demasiado tarde.
—Hay que curarle las heridas.
El pelo desapareció en unas horas. Mikasa decidió quedarse. A dónde iría después de ver algo así. Se sentó junto a Eren y tomó su mano. Tenía muchas preguntas que hacerle. Quizá él le mostró el efecto de su sangre porque quería decírselo poco a poco. Eren estaba despierto y tenía los ojos entornados. Una lágrima rodó por su mejilla. Mikasa se apresuró a secarla. Ahora lo sabes, balbuceó en su llanto. Sabes que soy un monstruo. Ella le dijo que no, que se callara si eso era todo lo que pensaba decir, y le dio un beso en la frente. Revisó los apósitos de las heridas que ella misma había desinfectado. Eren tragó saliva y su nuez se movió. Mikasa recordó que estaba desnudo. No había tenido tiempo para pensar en ello, pero ahora vio que lo único que lo tapaba era una fina manta.
—Soy un hombre lobo —dijo él—. Me convierto en las noches de luna llena.
—He hablado con tu madre.
—Si no quieres saber nada más de mí, lo entenderé.
Eso nunca, le dijo. Esto no cambia nada, Eren. Se lo dijo con sinceridad. Le costaba entenderlo, pero no estaba horrorizada. Visitó la casa Jaeger en los días posteriores; él sanaba rápido, detestaba estar en la cama después de las ocho. Mikasa se atrevió a hacerle algunas preguntas a Carla, aunque no estuviera preparada para las respuestas. Quería saber cómo una mujer sin preparación médica la había salvado de morir gracias a un mejunje. Qué había pasado esa noche, por qué no había usado el inhalador desde entonces. Carla le dijo la verdad, le dijo que practicaba la hechicería. Yo no me escondo, todos dicen que soy bruja, le recordó, pero las brujas hacen magia negra y yo hago magia blanca. Ella le había salvado la vida.
—Quiero que leas esto —Carla le dio un libro viejo, gastado por tanto uso—, pero no te lo puedes llevar, no puede salir de esta casa.
Se sentaba en el jardín a leer. Sellos o Contra al-Waswas, de Maslama ibn Arabi. «Alabado sea Dios, el Único, el que rige los destinos», esas eran las primeras líneas. Se había escrito a finales del siglo VIII en algún lugar del Oriente Próximo. Era un tratado sobre sellos mágicos, «los que se trazan con el beneplácito del Todopoderoso Dios Único, que adiestra los dedos de los novicios hasta convertirlos en pinceles de su gloria». Mikasa copiaba las formas de los sellos en un cuaderno. «El Sello de la Vida es el más complejo de todos, reservado a los más puros de corazón. Al realizarlo, ten en cuenta la situación de quien lo recibe: el Sello de la Vida no puede salvar a un anciano en el lecho de muerte, pues su vida es justamente de Dios. Maestros de Basora lo han empleado con destreza en soldados heridos, niños aquejados por dolencias desde el nacimiento, mujeres debilitadas tras los partos, hombres desmayados por el trabajo en el campo. Los maestros recomiendan trazar el sello con sangre humana o animal; si ha sido trazado adecuadamente, la piel absorberá la sangre. Al practicar este arte, debes asegurarte de que el enfermo está alejado de los demás, traba puertas y ventanas, aíslalo: intentará escapar de sí». Carla le enseñó cómo lo había hecho, se lo dibujó en la palma de la mano y le explicó sus peligros, la importancia de hacerlo bien. Era una figura de gran complejidad, requería de una mano fuerte, de un espíritu limpio.
Empezó a estudiarlos, a dibujar los sellos de memoria. Desconfiaba de «lanzarlos», como decía Carla. Le parecía ridículo hacer garabatos en el aire y también le imponía cierto respeto. Tienes la mente científica, como mi marido, se reía Carla. Las tardes pasaban entre tiradas de tarot y preguntas. Mikasa quería saber si era posible revivir a alguien, curar patologías graves, encontrar curas largamente buscadas. Carla le respondió que solo el legendario Asclepio podía robar a la muerte lo que le pertenecía, que solo unos pocos individuos a lo largo de la historia habían logrado lo que ella calificaba de milagros. Jesús fue uno de ellos.
—Encerrar a los demonios en una piara de cerdos —le contó Carla— me mataría al instante. ¡Por no hablar de la resurrección! Muchos han buscado el supuesto Sello de la Resurrección.
—¿Has hecho exorcismos?
—Mi madre y el antiguo cura, en paz descansen, sí que hicieron un par, pero yo no quiero saber nada de demonios. Esas cosas, si es que las hay en este pueblo, se las dejo al padre Nick.
Mientras tanto, Eren leía o pensaba en los arreglos que haría a su moto. Se colgó una hamaca entre dos palmeras, donde se tumbaba. Leía libros de todo tipo, subrayaba algunas partes con lápiz y dejaba apuntes en los márgenes. Era un apasionado estudiante de literatura, podía recitar la Ilíada y la Odisea, las Bucólicas, el Cantar de Roldán, la Divina Comedia. La tarde en que Mikasa se prestó a quitarle los puntos del brazo vio un título particular en su estantería.
—Ese libro me salvó la vida —dijo ella.
—El Enquiridión, de Epicteto —Eren—. Inesperado.
—Quizá haya otras formas de vivir, pero esa es la única que funciona conmigo. Epicteto me enseñó a no exigir las cosas según las deseo, sino a desearlas tal y como sucedan. Así todo ocurrirá acorde a mi deseo. Mi asma, mi familia, yo no elegí nada de eso, tampoco puedo cambiarlo, no son cosas que me conciernan. Me costó mucho aprender eso, que podía elegir si sufrir o no por ello, y elegí no preocuparme. La filosofía está ahí para aplicarla.
—Jamás he pensado en aplicarme las enseñanzas de Epicteto. Me resultan casi imposibles.
Mikasa hojeó el libro; corto, apenas unas sesenta páginas en las que el prólogo del traductor ocupaba más que la obra en sí. Se detuvo donde quería y leyó: «La enfermedad es un impedimento del cuerpo, pero no de tu libre albedrío, a menos que decidas que lo sea. Si eres cojo, es tu pierna la que está impedida, no tu voluntad. Considera esto en relación con todo lo que ocurre y verás que esos obstáculos no son un impedimento para ti, aunque lo sean para los demás».
—El asma es una enfermedad que afecta a los pulmones —dijo Mikasa—, pero no a mí. ¿A qué afecta la licantropía?
—A mis brazos, a mis piernas, a mi piel, a mi cabeza. A todo mi cuerpo.
—Tu cuerpo está marcado. ¿Y tú? ¿Y tu voluntad?
—Yo sigo ahí.
—Entonces no me vuelvas a decir que eres un monstruo. Naciste así, no elegiste ser un hombre lobo y tampoco eliges los actos que cometes durante la luna llena. Quiero verte sonreír, eso es todo. No quiero que te culpes más. —Se detuvo en otra página—. Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás.
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Eren pensaba en el Diablo, en cómo se había encerrado en algunos pensamientos con el fin de que este no lo atrapase. Hay recovecos de la mente donde uno halla fortaleza, donde la voz del Diablo no puede escucharse. Se había impuesto la prueba del bosque para comprobar si era capaz de enfrentarlo por sus propios medios. Sin hechicería, solo a fuerza de voluntad. Eres un sabueso de Dios, le había dicho el vampiro Willy Tyburn. Eso debía significar algo. No estaba seguro de lo que había hecho, presentía que había salido con vida por impaciencia del adversario. Se había encerrado en recuerdos incorruptibles, se había aferrado a la mano de su padre como si fuera un niño. Sálvame del malo. Por favor. No vayas conmigo de acampada. Las horas que transcurrieron entre el crepúsculo y el alba resultaron eternas. El de abajo lo marcó, lo llenó de zarpazos.
Apenas quedaba rastro de las heridas. Se levantó de la cama, se estiró y tomó el libro que había salvado a Mikasa. De ahora en adelante, era un libro especial. Sonrió.
—¿Qué tal las enseñanzas de mi madre? ¿Te ha mostrado ya cómo cocinar niños recién nacidos en el caldero?
—Me ha dicho que me llevará a un aquelarre —le siguió ella—. Creo que eso no es para mí.
—Todavía no crees en ello, ¿verdad?
—Es complicado. Tú lo has visto desde pequeño. Yo encuentro el truco cuando los magos actúan, buscaba una explicación a lo aparentemente imposible, pero esto es increíble.
—Solo tienes que tomarte tu tiempo, o puedes decirle a mi madre que no te interesa. Ella lo entendería.
—Te di un consejo para tu partido contra Abel Reiss. Ahora necesito que tú lo hagas conmigo.
—Tienes que concentrarte. Cuando traces un sello, no tienes que hacerlo con el dedo.
—Vosotros lo hacéis con el dedo.
—Por pura costumbre. Lo lanzamos con la mirada, lo imaginamos.
—¿Todo el mundo puede hacerlo?
—No, claro que no. Yo lo heredé de mi madre, pero soy bastante torpe. Mi madre lo heredó de mi abuela. Las mujeres tienen mayor destreza. Estas artes están reservadas a muy pocas personas en el mundo. Hay quienes pueden soñar cualquier cosa, adivinar el pasado de una persona a través de los sueños; otros pueden adivinar el futuro en el agua o en el fuego. El espectro es bastante amplio.
—Yo no tengo nada de eso. Mi familia solo conoce la magia del dinero.
—Mi madre tiene buen ojo para estas cosas. Además, pasó algo cuando tuviste aquel ataque de asma —Eren se puso serio; quizá no debería contarlo, pero el tiempo de guardar secretos había terminado en el jardín—. ¿Soñaste algo mientras dormías?
—Nada. No lo recuerdo. ¿Qué pasó, Eren?
—Intentaste escapar de la habitación. Tú no, tu consciencia, tu alma, tu fuerza vital, llámalo como quieras.
—Lo he leído.
—Suele suceder, pero lo que no es tan frecuente es que hable.
—¿Hablaba?
—La única persona que puede escuchar la voz de un sellado es quien lanza el sello. Solo mi madre podía oírlo.
—¿Qué decía?
—No lo sabe. Nadie puede entenderlas, a las almas. Dios es el único que puede, pero si un ánima intenta comunicarse con un hechicero es porque es afín a la naturaleza de este. Nadie se había metido antes en la cabeza de mi madre. Por eso cree que tienes algo distinto. —Le guiñó un ojo—. Además, sales conmigo.
Mikasa se quedó mirando los libros. Preguntó por los títulos de medicina, Eren le contestó que eran de su padre, que apenas los había abierto porque los temas tratados no eran de su interés. Excepto el de las lobotomías, ese sí lo había leído por mórbida curiosidad; había algún que otro candidato ideal en el pueblo para ser lobotomizado.
Le dijeron a Carla que saldrían a cenar al restaurante de Niccolò. Para ser un pueblo pequeño, tenían uno de los mejores italianos de la región. Las pizzas de la ciudad ni se le acercan, decía Mikasa, y le sobraban los dedos de una mano para enumerar los sitios donde merecía la pena comer en Trost. A Eren le encantaba el cariño que ella profesaba por el pueblo, la forma en la que parecía conocerlo gracias a sus paseos nocturnos en bici. Los Ackerman podían ser los primeros en Roma, pero preferían ser uno más en la aldea.
Niccolò se alegró de verlos y tomó nota del pedido. Preguntó por Sasha, su cliente estrella. Llevaba bastantes días sin pasarse a comer raviolis. Aseguró que la invitaría a doble ración. Mikasa le dijo que estaba enferma del estómago. Eso debe ser terrible para ella, contestó Niccolò. Le pidió que le comunicara su invitación y Eren añadió que pasarían a verla después de cenar.
—¿Sasha suele enfermar así? —preguntó Eren.
—Para nada. Tiene una salud de hierro. Es ectomorfa y no engorda, pero come demasiado y algo le ha caído mal.
Pero eso no la preocupaba y la conversación caminó hacia otros temas. Eren pensaba que ninguna conversación sería normal después de que ella supiera la verdad. Se equivocaba. Mikasa quería escucharlo; tenía esa risita meliflua para las ocurrencias de él. Eren lanzó una mirada furtiva a sus labios y se imaginó besándolos; no dejaba de pensar en ello desde que la vio junto a su cama, donde también la imaginaba. Cómo se sentiría su cuerpo desnudo. De momento, le bastaba con rozar su mano por encima del mantel de cuadros. A muchas mujeres había mirado la boca, pero a ninguna había escuchado de verdad. Mikasa demandaba sus cinco sentidos. Rara vez hablaba con mujeres —las confidencias sobran entre dos personas que no volverán a hablar nunca—, apenas conocía el otro lado de la frontera que separaba la superficialidad y lo auténtico. Le gustaba ese territorio no hollado que era Mikasa Ackerman.
Preguntó por Abel Reiss y ella le dijo que estaba bien. Que, al conocer lo sucedido, Historia quería felicitarlo en persona. Eren no lo veía así y se avergonzaba por aquel impulso violento. No eres violento, le contestó Mikasa, Abel disparó primero y lo hizo por la espalda. Pero eso no era excusa, insistía él. Le contó que fue un chiquillo ingobernable predispuesto a irse a los puños con cualquier matón. Hasta lo de su padre. Tenía miedo de enfurecerse y hacerle daño a alguien. Daño irreversible.
—Incluso a ti —se atrevió a añadir—. Es duro vivir así, tirando de la correa de mi corazón como si se tratase de un perro rabioso.
—Tonto. ¿Qué daño me vas a hacer tú? Para eso ya están mis pulmones.
Eren se quedó mudo. Compartieron un beso por encima de la mesa. Le susurró que no mirara a la izquierda, donde se acomodaban la protagonista de un viejo affaire y su novio. Mikasa terminó de comer y se despidieron de Niccolò antes de marcharse. Los dos guardarían ese verano en lo más hondo del corazón, lo recordarían como el verano de los besos en los portales, empañados por el olor a jazmín, donde brillaría eternamente la luz de los ojos enamorados.
Mikasa agarró las gruesas solapas de su chaqueta y lo atrajo de nuevo. La noche prodigaba una intimidad propia de criminales. A través de las ventanas cercanas se filtraban las voces de la televisión, las discusiones, las risotadas. Eren se quedó quieto mientras unos pasos cruzaban la calle; eran niños, que corrían al puesto de los helados con las monedas en la mano. Una vez se alejaron sin percibir la presencia de los dos, Eren le dio un beso en el cuello y Mikasa le dijo que ni lo intentase, que no iba a pasar por el bochorno de regresar a casa con las manchitas rojas que hablaban por sí solas.
Eren rio y la siguió hacia el domicilio de los Braus, un edificio de tres pisos donde pululaba toda la familia, los abuelos abajo, los tíos en la primera planta y los padres de Sasha junto a sus hijas en la segunda. Kaya abrió la puerta; era la hija pequeña, adoptada tras la muerte de su madre, una vecina de toda la vida. Les dijo que se iba, pero que sus padres estaban en el comedor, embobados con uno de esos programas donde los concursantes intentaban sobrevivir en un entorno extremo. La señora Braus se ofreció a prepararles algo, una bebida o cualquier otra cosa. No, te lo agradezco mucho, Lisa, pero solo queremos ver a Sasha, terció Mikasa, a lo que Eren asintió y preguntó por el estado de la enferma.
—He conseguido que se tome una pastilla. Como odia tanto los medicamentos y nunca toma, la he tenido que trocear —contó con el marcado acento que los caracterizaba—. Id a verla, muchachos, que eso la hará sentirse mejor.
En la habitación todo era oscuridad, las cortinas estaban cerradas y nada se colaba desde fuera. Mikasa encendió la luz y vio un bulto removerse bajo unas sábanas con fresas estampadas. Sasha se cubría hasta la cabeza y no la sacó por más que los reconociese. Hablaba desde su refugio, encogida y flanqueada por cojines que actuaban como diques.
—¿Está ahí? —preguntó con miedo—. Mirad bien. Es bueno escondiéndose.
—Sasha, solo estamos nosotros. Destápate y dime de qué estás hablando.
Eren se sentó a los pies de la cama y contempló con fijeza el fresco de la pared, un ciervo en mitad de un reconfortante verde que le devolvía la mirada. Mikasa zamarreó a su amiga; no entendía la situación y empezaba a arrugar la nariz.
—Sasha.
—Creo que fue allí, en el lago. Creo que me eligió en ese momento. Tengo tanto miedo, Mikasa. Me llama, quiere que vaya a él, pero sé que no debo, que acabaré como el viejo de la cabaña. No dejes que me lleve.
—Sasha —Eren adquirió un tono de seriedad inaudito—. Te prometo que no puede hacerte daño.
Mikasa intercambió miradas entre ambos y estuvo a punto de desmayarse cuando los ojos de Eren se tornaron amarillo y se agachó para husmear debajo de la cama y comprobar que no se escondía nada. Sus iris regresaron a la normalidad antes de que Sasha asomara la nariz y les encogiese el alma con un gesto terrible. Les explicó que había mentido a todos, que no era ningún problema estomacal. Que oía voces y veía sombras por todas partes. Que la primera vez, como en una proyección, una silueta enorme se superpuso al ciervo de su pared y lo partió en dos de un zarpazo, ella escuchó los gritos y salió corriendo de su cuarto, pero su padre no encontró nada y le dijo que todo había sido un sueño. El ciervo estaba perfectamente. Lo peor eran las voces, decía Sasha.
—Quiere que vaya al bosque —dijo—. Me ha dicho lo que quiere hacer conmigo antes de matarme. Es horrible, Dios mío. Me estoy volviendo loca.
—Necesito que te tranquilices —le pidió Eren—. Lo que ves y escuchas es real, Sasha, pero no puedo explicártelo. Ven con nosotros.
—Yo me quedaré con ella. Está afectada por lo del pie, eso es todo.
—No, Mikasa. Es algo más y lo sé muy bien.
—Voy en pijama. Dejad que me cambie.
Eren se quitó la chaqueta y se la ofreció.
—Ponte esto por encima. El tiempo es muy importante.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Mikasa.
—Del otro —contestó él con rotundidad—, del que vive en los bosques y caza a la gente.
