CAPÍTULO SEXTO

La destrucción.

El llanto de Sasha viajaba a través de la noche como un visitante siniestro e inesperado. Dijo que lo oía en el pasillo, lo escuchaba arañar el felpudo, y de poco sirvió que Carla, tras comprobar la entrada, le asegurase que ningún caos como el insinuado podía adentrarse en sus dominios. La azotaba algo terrible, una fuerza de pura y corrosiva malevolencia que buscaba inducirla a la locura. Con pesar, lo único que podía hacer por ella era provocar su sueño e impedirle soñar. Un mal así infecta el mundo onírico, su raíz es profundísima e invisible. Solo un experto podría hacer algo así, les dijo. Alguien experto y antiguo, muy antiguo, con acceso a saberes que ella había oído en boca de su madre, nunca practicados por las mujeres de su familia. Eren les pidió que se sentaran para contar que había visitado al antiquísimo vampiro que vivía en el bosque con el permiso de los fundadores; que este, de temperamento agradable y refinado, le reveló la presencia de otro. Un otro peligroso.

—Has ido a ver a ese demonio —casi chilló su madre, contenida por el descanso aparentemente tranquilo de Sasha.

—Está lejos de ser un demonio.

—¿Y entonces qué es? Parecerá un hombre y tomará el té en tazas de porcelana, pero es un vampiro, hijo, y a eso solo se llega a través de aberraciones.

—Él no es el problema. Los benandanti le permitieron vivir en esta región porque no es peligroso. Además, esto no es cosa de un vampiro. A Sasha la persigue un hombre lobo, la descripción es inequívoca, y lo que mató a ese tipo en el lago también lo es.

—¿Eso ha dicho el chupasangres de tu amigo?

Mikasa acariciaba la cabeza de su pálida amiga, que dormitaba en el sofá con un gesto inquietante, usual en tanatorios. La sucesión de reproches la hizo plantarse entre la madre y el hijo, incapaz de reprimir su enfado.

—¡Basta! —Contuvo las lágrimas y atinó a mirar a Carla fijamente—. Sasha no está bien. Ahorraos esas discusiones estúpidas y salvadla.

Carla agachó la cabeza y se colocó junto a la doliente.

—Conozco un método —dijo—. Este tipo de infecciones tienen que erradicarse desde el interior.

—Eso es peligroso —contestó Eren—. Para las dos partes.

—Desde el interior. —Mikasa intentó acercarse a la jerga que manejaban.

—En otras palabras: hay que entrar en su cabeza. Yo no puedo hacerlo, debo cuidar el sello desde aquí, así que uno de vosotros deberá hacerlo.

—Lo haré yo —decidió Mikasa.

—Ni hablar. —Eren sacudió la cabeza—. Estarías expuesta a él y apenas sabes de qué trata todo esto.

Carla lo interrumpió.

—Lo adecuado es que sea ella, hijo mío. La conoce muy bien. —Miró a Mikasa—. La mente es mercancía frágil. Repasa las fortalezas y debilidades de tu amiga. Te verás arrojada a recuerdos de todo tipo, tendrás que distinguir lo falso y lo verdadero.

—Es demasiado peligroso —insistía Eren, a punto de suplicar; de haber sido capaz de prohibírselo, lo habría hecho—. Te atacará. Intentará que enloquezcas.

—Me da igual —Cogió la mano de Sasha—. Me volveré loca si le pasa algo malo.

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Escrito conservado en el Archivo Eclesiástico de Shigansina. Encontrado y traducido del latín por Ilse Langnar (1977) para la inclusión en su obra Entre las brumas de la región de Santa María (2019, p. 103):

A día 10 de septiembre de 1531 de la Era de Nuestro Señor Jesucristo, yo, Carlo Pikale (trad. del latín Karolus Picalius utilizado en algunos textos), hijo del ilustrísimo Jorge Pikale (trad. del latín Georgius Picalius), edil de Shigaunsinah (sic.), he apresado a un forastero que rondaba por el linde del pueblo y que los convecinos me describieron como «harapiento, inmundo y pálido, como enfermo de alguna terrible peste». Temeroso por el brote de fiebres que atizó a nuestro pueblo el último invierno, fui al encuentro del dicho individuo, hombre extremadamente pálido, en efecto, pero sin achaques. Como vio mi gesto al confesar sin vergüenza ninguna su naturaleza, mostró su bolsa llena de monedas y preguntó por una habitación en la que quedarse. Dice llamarse William Tyburn (escrito así en el documento original redactado en latín;aparece como Gulielmus Tiberinus en un par de documentos posteriores).

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Como dispuestas para una extraña fotografía, las tres mujeres se encontraban en el césped. Las dos jóvenes apoyaban la cabeza sobre el regazo de la más mayor, que tapaba los ojos de las otras dos mientras buscaba algo en la inmensa noche. Cuando apartó las manos de las jóvenes, los ojos de estas se encontraban abiertos, carentes de una pupila que fijar en el firmamento. Eran ojos blancos, como si les hubiesen dado la vuelta.

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Algo le impedía estirar los brazos y estuvo así, atrapada y a oscuras, hasta que la tapa del ataúd se retiró y le permitió levantarse, como nacida del útero de la mismísima muerte. Se preguntó qué estaba pasando fuera de aquella capilla donde todos lloraban, en el mundo real. Real. Quizá no era la palabra correcta, no había nada falso en lo que veía. ¿Qué sucedía en el mundo tangible mientras ella se paseaba por el subconsciente de Sasha? Salió del cajón en mitad de los llantos de los presentes en la capilla. Reconoció a Sasha, o a la niña que había sido. Era el entierro del hermano de su madre, su único tío. Llevaba ocho años muerto. Le costó recordarlo porque Sasha nunca lo mencionaba. Caminó por el pasillo entre los bancos, atraída como una polilla hacia la luz blanca de la entrada. Le resultaba inusual que el primer paso en la dimensión privada de su amiga fuera aquel episodio, pero lo que siguió era esperable.

Se detuvo junto a la niña que tensaba la cuerda de su arco, tan rudimentario como eficaz. Sasha y su arco, como Poseidón y su tridente. Vio que apuntaba a un blanco inexistente; observó la cuerda tan tensa que amenazaba con romperse y la cara desbordada de lágrimas de aquella niña alegre. ¿Cuántas veces había visto llorar a Sasha? Puede que nunca, no de esta manera. De repente, pudo ver el blanco. Era un cartón de leche o de zumo, no importaba el contenido; pegado a este con celo, distinguió perfectamente la fotografía de un hombre muerto hacía mucho.

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Esquela de Gerald Carter publicada en el diario nacional Berg:

El ingeniero agrónomo G. R. Carter moría el pasado martes 2 de enero a la edad de treinta años. Sus desolados padres, Paul y Mary; su hermana, Lisa Braus, y su sobrina, Sasha Braus, piden oración por él.

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La pequeña Sasha estaba tendida en la cama después de cenar. Se tapó los oídos para no escuchar el llanto desaforado de su madre. Mikasa deambulaba de un lado para otro, tratando de escapar de aquel bucle que se reiniciaba cuando Sasha apagaba la luz. Fue en esa oscuridad donde lo notó por primera vez. Lo vio sin verlo, lo vio a través de una voz espantosa, como en una sinestesia enloquecedora e imposible. Una fiera grande y negra, babeante, con una obscena lengua que caía a un costado de su boca poblada de afilados dientes. Sobre el morro pronunciado, dos ojos amarillos se hundían en cavernas insondables. Un hombre lobo, como Eren, la misma mirada ambarina de pupilas dilatadas, animalescas. El lametón en la cara instaló un profundo asco en su cuerpo; decidida a no caer en ese juego, fuera cual fuere, palmeó la pared en busca del interruptor mientras algo reptaba por la habitación, pero ya no había paredes, ni muebles, ni puerta que cruzar. Era un abismo oscuro en el que una voz indescriptible recitaba conjuros en una lengua desconocida.

Mikasa llamó a Eren, a Carla, incluso a Bribón. No era capaz de ver sus propias manos. La respiración del otro sobre su nuca la hizo quedarse quieta.

—Serás la siguiente.

Mikasa echó a correr detrás de una voluta de luz. Supo que era cosa de Carla, que la ayudaban desde el otro lado. El otro reía; dijo que, si tantas ganas tenía de ver, le permitiría ver. Y entonces la voluta de luz se desintegró contra el cristal de una ventana desconocida. Se dio la vuelta, aterida por el reflejo, y vio aquella escena aberrante. El tío de Sasha tenía los pantalones bajados frente a esa niña que había sido su amiga. Lo siguiente la obligó a abalanzarse contra el hombre para comprobar que era intangible, que lo atravesaba como un fantasma mientras este consumaba un acto terrible, mientras su amiga caía de rodillas al suelo y…

—¡Sacadme de aquí, por favor! ¡Esto no es real! ¡No puede ser real!

—Oh, la niñita nunca lo contó, pero ahí la tienes. Parece que lo disfrutaba —Una risa obscena brotó de los bestiales labios negros.

—Esto nunca sucedió. Me lo habría contado.

—¡Ilusa, eres una ilusa! La gente guarda secretos inimaginables y tú lo sabes mejor que nadie, Mikasa Ackerman.

—Sasha…

Pensaba en su amiga. En Sasha mediando cuando estallaba una pelea con Annie. En Sasha y sus efectivos consejos. En Sasha y su pasión por las bandejas navideñas. En Sasha y su manía de revisar toda la casa antes de acostarse. Le había fallado, no pudo ver aquello; si hubo señales, las pasó por alto; si Sasha trató de decirlo, la falta de confianza la hundió. Le había fallado.

—Los gritos que soltó cuando la hice soñar con su tío fueron deliciosos.

—Mientes.

—¿Para qué mentir cuando la verdad es tan dolorosa? Mírala, mírala… Su tío le daba un caramelo, la premiaba como a un animalito.

El odio la ayudó a contener las arcadas.

—Te mataré.

—No, la que morirá es ella. Cuando destroce su cabecita, irá al bosque y se entregará a mí, y ya no sufrirá más.

Mikasa imaginó una de esas formas que había visto en el viejo libro de Carla. Una forma que no copió en su libreta, pero que recordaba por su nombre. Destrucción. Eso deseaba. La destrucción de un horror que no podría olvidar. La invocó sin sopesar consecuencias y tampoco podría decir que estaba convencida; el convencimiento de lo que hacía no importaba: si existía justicia divina, aquello acabaría.

Y entonces un sonido, como de ramitas quebrándose. Eso fue lo que pensó hasta que se miró la mano izquierda y vio los dedos rotos. Oyó un grito espantoso, un alarido bestial que se transfiguraba en una voz humana. El hombre gritaba en el bosque y en su pecho, como una marca de hierro candente, estaba aquel sello desdibujándose por la sangre que chorreaba de su propia forma, todavía nítido, con una especie de luz propia. Apenas distinguió los rasgos del otro, pero recordaría bien su pelo, salvaje y pajizo como un nido de pájaros en el que sobresalían hebras rojas. Todo aquel onirismo se vino abajo, la niebla de lo oculto se disipó y volvió a tener boca para aullar de dolor, no el producido por esa mano deforme que se empezaba a abotargar, sino un daño en el alma.

Eren la abrazaba, evitaba que se sacudiera con violencia. Cuando regresó en sí, el llanto se convirtió en gimoteo mientras miraba hacia Sasha, que yacía serena sobre las piernas de Carla. Qué le habían hecho. Cómo había callado. Qué consuelo existía, qué fe se tenía después de que su tío… de que su tío hiciera…

—El Ventolin —pidió en un susurro; se puso el inhalador en la boca y respiró hondo.

—Tu mano —observó Eren con horror—. ¿Qué has hecho?

—Destrucción —contestó Carla—. Alguien tiene que ver esa mano. Voy a llamar a Keith.

Keith Shadis era médico en el centro de salud y viejo amigo de Grisha Jaeger. Calvo y moreno, alto y recto, más parecido a un sargento que a un doctor. Como Carla aseguró que era urgente, apareció con la bata del pijama y el antifaz para los ojos colgando del cuello. Evitó las preguntas relativas al motivo de la lesión y se limitó a prescribir un viajecito a las urgencias del hospital, pero las constantes negativas por parte de Mikasa lo hicieron desistir. Determinó que solo había tres dedos rotos, el índice, el corazón y el anular. Improvisó las férulas con algodón, tela y los palos que usaba para revisar las amígdalas de los chiquillos. Le vendó la mano y pidió que se pasara al día siguiente por el centro de salud, que preguntase por él, a lo que Eren respondió con un claro, yo mismo la llevaré, le guste o no. Mikasa no lo rebatió. Se abstuvo de hablar en lo que restaba de noche y el doctor Shadis hizo un comentario acerca de su aspecto ojeroso. Mientras tanto, Sasha dormía en la habitación de Carla.

Recordaba haberla visto a través de un resquicio antes de acostarse en la cama de Eren. La obligaron a tumbarse y dos rostros contraídos por la preocupación la velaron durante aquellas horas insomnes en las que no distinguía las formas de las paredes ni los ángulos de las esquinas, como si todo hubiese cobrado vida y se retorciera en la oscuridad. Desconocía si sus ojos estaban abiertos o cerrados, si veía o si no. Lo que sentía era la humedad despreciable del lametón en la cara. Podía oír gritos lejanos, ¡quema!, ¡me duele!, y preguntó si alguien más los oía, pero luego supo que esa noche no llegó a pronunciar palabra alguna.

A la mañana siguiente, no había rastro de esa resaca infernal. Le dolía la mano. Eren dormía en una silla, brazos cruzados y cabeza agachada. El crujido de las tablas del somier lo despertó.

—Parece que has vuelto —observó con alivio—. ¿Sientes algo extraño?

—Estoy bien —se sorprendió a sí misma—. Ya no siento eso en la cara.

—¿Recuerdas lo que pasó, lo que viste en la mente de Sasha?

—Sí, lo recuerdo. —Notó que Eren cambiaba de gesto al ver ese telón oscuro ceñirse sobre ella—. Lo que vi… Vi…

—No te fuerces. Sasha está abajo, con mi madre. Está perfectamente.

—No —Se le saltaron las lágrimas—, no lo está. Es imposible que lo esté. Oh, Eren…

Eren le secó la cara, le inspiró algo de sosiego con sus manos grandes y morenas plantadas a ambos lados de su cabeza.

—Tranquila.

Se lo contó todo. Lo del otro. Lo del tío. Eso último era tan grave y difícil de describir que le provocó una náusea y el dolor de los dedos quebrados por algo invisible creció. Eren tragó saliva, su mandíbula estaba apretada, sus cejas se arqueaban con odio y repugnancia. Sugirió la posibilidad de que aquello resultase una treta del otro, pero Mikasa negó y dijo que era verdad, que lo sentía en lo más profundo de su corazón. Sasha nunca lo había contado y ahora ella, que había caminado por el laberinto de su memoria, conocía aquella profanación y no iba a olvidar nunca la figura de aquel monstruo humano, bien muerto y enterrado. Eren la ayudó a levantarse.

—Es mejor que no menciones nada por ahora.

—Detesto haberme enterado así. Creo que nunca lo hubiera sabido. ¿Por qué no me lo ha dicho?

—Porque es horrible, porque no se siente segura o cree que la juzgarás o compadecerás.

—Nunca lo haría.

—Lo sé, pero alguien que ha sufrido tanto tiene derecho a pensar cualquier cosa. Trae, deja que te limpie las lágrimas y vamos a desayunar.

El olor a café y la recuperada lozanía de Sasha alejaron los fantasmas. Carla tuvo que inventarse una historia improbable, pero mucho más asequible que la realidad. Le contó a su amiga que había sufrido un fortísimo ataque de ansiedad a raíz del incidente en el lago y la trajeron a su casa a altas horas de la noche. Imagínate, hija, creen que soy milagrera, le dijo con guasa. Tuve que llamar a mi amigo el médico, Keith, para que te pinchara algo, ¡qué se yo!, y ahí te ha dejado unas pastillas y unas instrucciones de su puño y letra. Estaban ahí, las pastillas y la notita, encima del microondas. Sasha se disculpó por las molestias, alabó el sabor de los buñuelos y aseguró sentirse mucho mejor, como nueva, liberada de la sensación de miedo primigenio y de las pesadillas inexplicables. Cosas de la ansiedad, le decía Carla, ¡y la ansiedad empieza a ser cosa de jóvenes!

Sasha asintió, giró la cabeza y su sonrisa se desdibujó.

—¿Qué te ha pasado en la mano? ¡Cielos!

—Anoche se acumuló toda la mala suerte posible —contestó Eren—. Mi gato se le cruzó, ya sabes que estos animales se rozan con los tobillos de uno. Se cayó y tres dedos rotos. Casi un pleno, ¿eh, Miks?

—Pero no te preocupes, está todo bien —recalcó ella.

—De ninguna manera —Carla la apuntó con el tenedor—. Tú vas a ver a Keith inmediatamente, a que te revise mejor esa mano o qué sé yo. Eren, ¡llévala!

—Sí, señora —Y se marchó a sacar la moto del garaje, desde el que pidió—: Coge mi chaqueta, por favor.

—Señora Jaeger, ¡tiene usted un hijo muy bueno! Me alegro tanto de que esté con Mikasa —comentó Sasha.

—Ay, ese es el mejor elogio para una madre, y hasta yo me sorprendo de lo bien que me ha salido —Rio—, pero es un muchacho muy imprudente. Por suerte, esta jovencita es más calmada, y guapa, lista y de buena familia.

—Me voy o empezaréis a criticarme —terció Mikasa.

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Algunos estudiosos habían lanzado hipótesis sobre la etimología de Shigansina con más fantasía que rigor. Por mucho que recurrieran a la filología y a los entendidos en lenguas, tanto vivas como muertas, el nombre del pueblo se perdía en el origen de los tiempos y estaba presente desde su fundación, como si los primeros fundadores lo hubiesen bautizado antes de construirlo. Todos coincidían en un posible origen oriental, unos hablaban del árabe y otros del hebreo, pero la verdad parecía lejana, si es que la había. El profesor Robert Ashton Smith, padre de Erwin, estudió el asunto hasta su muerte y determinó que no podía relacionarse con ninguna lengua humana; lo dijo cuando todos lo creían loco y nadie cree a un loco, a excepción de su propio hijo.

Tampoco se prestaba mucha atención a las leyendas que atribuían a los fundadores capacidades mágicas ni al supuesto tesoro que estos trajeron consigo. Para el historiador local, los primeros moradores de Shigansina fueron ganaderos y cazadores que se asociaron y desplazaron en busca de nuevas tierras. Los documentos más antiguos hablaban de ellos, de disputas entre ganaderos por los lindes de las tierras, de campamentos de cazadores perdidos en la espesura del bosque. Se conservaba la identidad de los Pikale y fue posible rastrear dicho linaje hasta la frontera entre Italia y Austria, un origen lejanísimo, pero estaba demostrado que dicha zona estaba devastada por la peste y el hambre cuando Shigansina nació, así que al historiador le parecía razonable un posible movimiento de gentes que pasaron por otras ciudades que ya existían, como Mitras o Trost, antes de asentarse definitivamente en la región. En cuanto al nombre, ¡a quién le importaba! Las estupideces también son parte de la historia, solía decir, ¡y quién nos asegura que esa palabreja no sea parte de los chapurreos de un niño!

El profesor Robert Smith escribió en su diario que aquel historiadorcillo era un insulto para los de su profesión, de la que él participaba, lo tachó de inepto y aseguró haber descubierto la verdad. Erwin llevó todo el material de su padre a casa de Carla poco después de la muerte de este; fue amiga del difunto y la única con la que intercambiaba pareceres en sus últimos días, cuando los eruditos de la Academia de la Historia lo tachaban de lunático. Su hijo fisgoneó entre los miles de papeles, por supuesto, y quedó tan confundido que recurrió a la bruja, que lo conocía desde niño. Carla Jaeger había leído el diario de su amigo en vida de este y sabía muchas cosas porque las mujeres como ella saben más de lo que dicen, porque había heredado increíbles conocimientos de su madre.

Los fundadores llevaron consigo mulas, aperos de labranza, carromatos, tiendas y todo lo necesario para el asentamiento. Y el tesoro, recalcaba Robert Smith, si es que podemos llamarlo así, los mantuvo errantes, los hizo vivir como apestados allí donde iban. «En sus comienzos, eran pocos y tenían algo en común —escribió—, un origen mismo, una fe misma, un dios mismo. Protegidos de Shigan, ese es el nombre de nuestro pueblo en una lengua ya olvidada, la hablada por los primeros hombres. Ahora bien, cabe preguntarse algo: ¿Eran los protegidos, es decir, los hijos predilectos de tal deidad, o buscaban protegerse de esta?». Lo que llevaron con ellos era un grimorio cuyo nombre Carla había oído y no se atrevía a pronunciar, el infame De Vermis Mysteriis, una de las más antiguas ediciones de un manuscrito repugnante, concebido durante el cautiverio de su autor, condenado a la hoguera por las autoridades inquisitoriales. Con el paso de los siglos, el manuscrito se hallaba perdido, olvidado allí donde los primeros habitantes lo escondieron.

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Escrito conservado en el Archivo Municipal de Shigansina. Transcrito por Ilse Langnar (1977) para la inclusión en su obra Entre las brumas de la región de Santa María (2019, p. 288):

Sobre el latrocinio en el pueblo de Shigansina:

Salud, su señoría. Sabrá que cinco meses ha que comenzaron a sucederse viles robos de gallinas, pollos, aves de corral y otros animales que tan esmeradamente cuidan las gentes de Shigansina. Con el motivo de remediarlo ca tememos por el pan de nuestras mesas y la vida de nuesros hijos, la vecindad se organizó en guardias nocturnas y agarró al rufián que andaba saqueando los corrales de las humildes gentes de Shigansina. El ladrón, que tiene por nombre Floch Forster, está en los calabozos donde espera la sentencia.

Y nosotros, los vecinos a los que hizo tanto damno (sic.), suplicamos que se le imponga un castigo a la altura de sus pecados, que se le corten las manos y se le expulse del pueblo para que no pueda dedicarse a menesteres tan infames.

A quince de agosto de mil setecientos veintidós.

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Cuando se dio a conocer el asunto de la catacumba colgante, como el comisario lo llamaba, el teléfono echaba humo y las llamadas procedían tanto de Shigansina como de la ciudad. Familiares de desaparecidos que deseaban saber si el destino último de estos había sido aquel. En los últimos diez años, la comisaría del pueblo solo había registrado seis desapariciones y ningún cuerpo. Hasta ahora. Las llamadas del exterior eran amables en comparación a las opiniones dadas en el bar, en las sobremesas y portales del pueblo. Muchos se quejaban del oscurantismo, de lo mucho que habían tardado en revelarlo. Otros veían la crudeza del asunto y se preocupaban por un supuesto asesino que se dedicaba a descarnar a sus víctimas y adornar los árboles con sus huesos. Hubo quien sugirió ir a investigar a Dauper, la pequeñísima aldea ubicada al otro lado de la sierra, cerca del bosque de los huesos. El alcalde Smith se dedicó a uno de sus más grandes talentos: calmar las aguas, quitar algo de hierro, prometer soluciones, hablar con las autoridades de la ciudad si la cosa se estancaba.

Se hizo público aquella misma mañana y la gente comentaba en el centro de salud. Gritaban tanto que los médicos abrían sus puertas en mitad de una consulta para solicitar silencio. Eren y Mikasa se abstuvieron de opinar. Solo tres personas sabían la verdad. Cuando Keith Shadis terminó de examinarle la mano, el chico la llevó a su casa y Midori puso el grito en el cielo. Miró a Eren con desdén e insinuó que tenía alguna responsabilidad en la lesión, a lo que Mikasa contestó inmediatamente y se despidió del muchacho con un beso largo que enfureció más a su madre.

—No quiero que salgas de la casa —decía con el mismo tono que usaba con los empleados—. ¿Es que no lo has oído? ¡Un loco anda suelto! Y seguro que los huesos son de mujeres porque a los locos les encanta violar y matar mujeres. ¡Mikasa, escúchame!

—Deja de gritar como una loca.

—Esas no son formas de hablarle a tu madre. Samuel, dile algo.

Su padre estaba concentrado en una sopa de letras. Reaccionó con un nuevo grito.

—Bueno, la solución no es encerrarse —concilió—, sino ir con cuidado, no ir sola, evitar la noche. Sal siempre con tus amigas o con Eren.

Mikasa asintió y saludó a su hermano y su tío, que bajaban del despacho.

—¿Cómo coño te has roto los dedos, mocosa? —Levi no dejaba de mirar su brazo colgado de un cabestrillo.

—Me caí.

Kenny empezó a reírse mientras buscaba algo en el frigorífico.

—Midori, por favor, tú también te rompiste algún hueso cuando mi hermano te llevaba por ahí.

—Kenneth.

Mientras los otros hablaban del noviazgo de sus padres, ella revisaba su móvil. Había un mensaje en el que Sasha le daba las gracias por no separarse de ella.