CAPÍTULO SÉPTIMO
El hueso
Se esperaba que una señorita como Historia Reiss pasase las horas entre las fragancias de sus aposentos, cepillando con mimo sus cabellos dorados y embutiéndose en fantásticos vestidos con ayuda de las criadas. Era una princesa a cuyos pies se arrojarían hombres allí por donde pasase, aferrándose a su falda como si de ella emanase la curación. Era una muchachita encantadora que nadaba en la abundancia, que había vuelto de Oxford para convidarlos con su presencia, que se hundía en la nostalgia cuando se marchaba del pueblo y así, nostálgica y devastada por la pérdida del hogar, prometía volver y volvía. La madrastra la recibió como quien recibe a un visitante inoportuno; eso le provocaba placer. De todos los hijos de Rod, solo ella era hija de otra mujer, de una cocinera que había trabajado en el servicio y que fue despedida cuando la señora conoció su embarazo. Se llamaba Alma Lenz, de ella sacó la cabecita rubia que a su padre tanto le gustaba. Alma la crio durante ocho años, la llevó de pensión en pensión, la enseñó a valerse por sí misma cuando no levantaba ni medio metro, le habló de su padre y se arrepintió de haberlo conocido. Un día, sin previo aviso, le dio dinero para el autobús, una dirección y un nombre. Ya no era capaz de levantarse de la cama. Historia, que entonces portaba el apellido de su madre, se vio delante de la mansión de los Reiss, fascinada por algo tan grande y bonito. Tuyo, le había dicho su madre. Las empleadas la llevaron con el señor, su señor padre, que enseguida reconoció sus facciones y se echó a temblar y llorar como un condenado. Era la hija perdida, la hija desconocida, un fruto sustraído de su árbol familiar. Hizo todo lo posible por adornar su desliz; un hombre como él, decía, podía permitirse tres o cuatro traspiés a lo largo de su vida. Era evidente que la niñita rubia despertaba algo de ternura en él, como si la ilegitimidad le concediese un trono especial en su corazón. Y a la hija mayor, Frieda, la conquistó también. Se convirtió en Historia Reiss, nacida de una relación entre el poderoso Rod Reiss y una mucama que agonizó en un cuartito. Alguien como él nunca quedaba mal, no podían considerarlo un infiel ni a su esposa una cornuda: dijeron haber atravesado un período de distanciamiento, un pequeño interludio en el que ella se fue a casa de sus padres, un tiempo en el que estuvieron divorciados de facto, de modo que aquella aventurita con la sirvienta perdía gravedad y se convirtió en una anécdota cuando decidieron seguir juntos. Sin embargo, la mentira no cobraría veracidad por mucho que la repitieran y dentro de la familia se sabía que Rod Reiss había puesto los cuernos a su beata mujer.
A Historia le enseñaron modales excelsos, a comer con tres tipos de tenedor, a distinguir este vino de aquel otro, a montar a caballo, a jugar al polo, a hablar francés. Era buena en casi todo y le gustaba ayudar con los deberes a su hermano Dirk, de catorce años; jugar con Florian, de diez; esconderle la raqueta a Abel y hablar durante horas con Frieda, que la adoraba desde el primer momento porque era una chica, como ella, y es duro ser una chica entre tantos varones. Al segundo hijo del matrimonio, Ulklin, rara vez podía verlo, residía fuera del país. Todos la adoraban, a excepción de su madrastra, que la miraba como si pudiese desentrañar sus malas intenciones, la fisura de sus modales, la prueba inequívoca de la vulgaridad de sus genes. Y no se equivocaba: había algo que la impulsaba a huir de todo ese mundo. Guardaba un secreto que le costaría acaloradas discusiones. Su padre se sorprendía de no haberle conocido ni un solo novio y hasta se reía, le decía que una tía abuela suya fue monja y que una nunca sabe. Frieda también bromeaba y admiraba su decisión de «esperar al adecuado». Estaban lejos de sospechar que le gustaban las mujeres. Para ser justos, no estaba segura de que le gustasen las mujeres, sino de que le gustaba una mujer en concreto. Antes le gustaba; ahora la amaba.
Ymir era la única persona con la que podía fumar un cigarrillo. Tenía un saborcito a prohibido, como ella. Una parte de locura, una parte de poeta. Y la inicial de su nombre tatuada en el brazo, a la altura del corazón, entre remolinos de tinta que tomaban forma cuando se observaban de cerca. H. Ymir, pura vena, pura sangre desbocada que podía agarrar a cualquier hombre de la pechera. Su madre decía que «esa amiga tuya parece una salvaje». Pero Ymir reservaba una delicada feminidad en formas que nadie imaginaba. Podía meter el cuerpo largo y moreno en un vestido de noche negro, ponerse unos guantes de seda, unos altísimos tacones; pintarse los labios, ondularse el pelo y perfumarse de arriba abajo. Así la inmortalizó un fotógrafo de la capital. Historia guardaba una copia en su monedero y no pasaba día sin mirarla, sobre todo en Inglaterra, donde luchaba por no contraer una tristeza patológica. Allí la había mandado su padre para que estudiara derecho cuando lo que ella deseaba era otra cosa. Lo que a ella le gustaba era cuidar de los niños, le gustaba ir al orfanato de Trost con balones, peluches, muñecas y golosinas. ¿A quién ayuda el derecho? A los ladrones, a los violadores, a los asesinos de mujeres y de niños. Por más que se quejó, acabó en la residencia de Slade Park con pilas y pilas de apuntes que se forzó a estudiar por no alargar el infierno: si le iba mal, su padre no le permitiría volver al pueblo.
Esa mañana fue a ver a Ymir; las ironías de la vida resultaban hilarantes: era sobrina del padre Nick y vivía con él desde bebé.
—Eres mayor de edad —le dijo—. Si no quieres ir a Inglaterra, estás en tu derecho. Y si a tu viejo no le gusta, te vienes con la banda y ya está.
—Decirlo es muy fácil, pero yo no tengo tu decisión. Además, mi padre me buscaría por todas partes.
—Mi amor, si te falta decisión, te daré parte de la mía. —Ymir empezó a besarla.
El padre Nick entró de la calle. A Historia le costó contener la risa cuando lo vio con la camisa hawaiana y el alzacuellos, su vestimenta informal.
—Qué tragedia, qué tragedia —Se llevó las manos a la cabeza y contó lo del bosque de los huesos—. Me he enterado en la cafetería.
—Es terrible —dijo Historia—. ¿Cómo pueden suceder estas cosas?
—Porque hay mucho loco suelto —añadió Ymir, que vio a su tío buscar la Biblia de bolsillo en un cajón—. ¿Vas a rezar por esas almas, viejo?
—Por vivos y muertos. Soy cura. Es todo lo que puedo hacer.
Ymir se mofó, fiel a su costumbre. Qué útil, dijo, pero respetaba el oficio de su tío, cuya voz grave le recordaba que, le gustase o no, hay quienes consagran su vida a orar por la humanidad en retirados monasterios.
—Oye, tito —llamó Ymir—. Historia va a fugarse de casa de sus padres conmigo. ¿Qué te parece?
—¡Ymir! Ya conoces el cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre.
—Su padre es un pecador y su madre está muerta.
—Niña, ¿es cierto lo que dice mi sobrina?
Historia suspiró y miró mal a su novia, que se encogió de hombros y volvió a centrarse en una partitura.
—Lo he pensado, padre. Quieren que termine los estudios en Inglaterra, pero a mí no me gusta el derecho. Tampoco saben que estoy con su sobrina; de saberlo, me matarían.
—¿Por qué?
—Porque tú eres un cura liberal, tito, pero ciertas personas odian a las bolleras.
—Mucho camino queda por andar —negó con la cabeza, decepcionado—. Bueno, jovencita, permite que te aconseje como un padre: termina los estudios. Sé que no te gusta, pero tómalo como una última prueba. Después de eso, haz lo que quieras. Mi sobrina te apoyará.
—Creo que no podré aguantar tres años más así.
—¿Eres creyente, Historia?
—Pienso que hay algo por encima de nosotros.
—Llamémoslo Dios. Él estará ahí para levantarte. Sí, bien conozco yo a tu madrastra, doña Úrsula. Cuando se confiesa, ella sola se absuelve de los pecados. Mujer muy difícil. Y a tu padre también lo conozco: no se ha confesado nunca. Debe ser una familia difícil, pero es tu familia.
—¿Y si nunca me aceptan? ¿Cómo puedo querer a una familia que me repudiaría por ser lesbiana?
—Querer a los que no nos quieren es la gran enseñanza de Jesucristo.
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A Carla la visitaba el alcalde muy temprano para tomar té. En ocasiones, admitía que le picaba el brazo ausente y que el médico no hacía nada, solo repetirle el nombre de aquel singular fenómeno, el síndrome del miembro fantasma; Carla tenía una caja de Ramachandrán con la que conseguía aliviar esos picores y emocionarse —no hasta las lágrimas, era un hombre duro— con la fugaz sensación de que su extremidad seguía ahí. Esa fugacidad era mucho más breve en un tipo de sus características, de frío intelecto, político, maquinador, aficionado a jugar con ventaja. Era todo lo que no fue su padre: un hombre de la polis, en el sentido griego de la palabra. Mientras que su padre devoraba libros y escribía otros tantos recluido en su habitación, Erwin absorbía todo el conocimiento a su alcance para mejorar el pueblo. Era alcalde desde los veinticinco y había modernizado Shigansina, había asfaltado carreteras, aseado parques, impulsado el comedor social, construido una nueva comisaría y hasta un nuevo polideportivo cuando el antiguo amenazaba con venirse abajo. La clave de todo aquello, decía, era la honestidad: los impuestos del pueblo eran para las necesidades del pueblo, y también para algún capricho, como una ronda de cervezas gratis para todos los mayores de edad durante las fiestas patronales. Era el cabecilla, al que todos saludaban por la calle, en cuya casa se presentaban los vecinos para ayudarle con los quehaceres, sobre todo después de aquella noche miserable. Todos creyeron que moriría cuando apareció empapado en sangre, que goteaba profusamente de su ya sanado muñón. Fueron los vecinos quienes lo llevaron a la ciudad. El pueblo lo quería, era justo con el hombre que tanto le daba, y si Erwin Smith necesitaba una mano, le darían tres, aunque lo criticasen ferozmente cuando las cosas fuesen mal.
Y si el más respetado era Erwin, este respetaba a alguien por encima de sí mismo: Carla. Esa mañana necesitaba la caja de Ramachandrán más que nunca. Observó el espejo en silencio y pensó en la debilidad de la mente humana, en la facilidad con que un espejismo convencía a un manco de que no lo era. El picor desapareció y su ser acabó de nuevo en un muñón.
—Mi padre solo hablaba contigo —dijo— y ahora lo comprendo mejor que nunca. ¿De qué es este té? Es lo único que me relaja.
—Es una receta de mi familia. A ti, alcalde, ¡hay que preparártelo más fuerte!
—Me echo a temblar con la idea de que uno de nuestros vecinos sea un asesino. Un asesino aquí, en Shigansina. Y lo del lago. El maldito pie. ¿Puede ser algo…? Ya sabes.
—¿Satánico? ¿Un culto?
—Alguien decora un bosque con huesos; es extraño, es macabro, pero hay algo más —Bajó la voz; era poco común que un hombre como él redujese el tono, mitad miedoso, mitad prudente—. Están tallados.
—¿Qué?
—He traído una foto. Mira, es un peroné. ¿Ves las marcas?
—Sí, las veo. —Carla se puso las gafas de leer y alzó la fotografía—. Son caracteres, no hay duda. Parecen hechos con un punzón. ¡Dios santo!
—Y no sabemos qué pone. Mandé a Hannes a la ciudad para que investigase: nadie sabe qué idioma es. Creo que mi padre podría leerlo.
Claro que podría, pensó Carla, mas se mordió la lengua. El viejo Robert Smith había aprendido muchas cosas cuando estudiaba en la universidad de Miskatonic. Quizá era una lengua de la perdida Hiperbórea, de cuyas civilizaciones no quedaban recuerdos. O quizá era enoquiano.
—Yo tampoco lo entiendo.
—¿Por qué tallar unos huesos? ¿Por qué lo ha hecho? ¿Es uno, son varios? ¿Qué significa todo esto? Carla, tú sabes muchas cosas. Yo era un escéptico hasta que me pasó esto —Señaló el hueco que solía ocupar su brazo—, pero ahora es distinto. A veces, cuando estoy solo, tengo miedo y pienso en mi brazo, ese que nunca encontraron. ¿Y si mis huesos están ahí?
—Erwin, mantén la cabeza fría. Me quedo esta foto. Revisaré los diarios de tu padre. Ni digas nada de las tallas.
—¿Esto es brujería, Carla?
—Sí —admitió con rotundidad—, y brujería de la mala, de la que mata.
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En casa del vampiro había ajos tiernos colgados de la pared, un altar a la Virgen, una cruz de plomo sobre la cama, un rosario pendiendo del pomo de la puerta. Curioso y hasta hilarante: no parecía el cubil de un chupasangres, sino la guarida de un monje. Eren lo visitó de nuevo, aceptó una pipa para fumar y una copa repleta de vino.
—Nací en Inglaterra, en el año 1169, pero mis padres venían de Noruega. Eran opositores del rey Magnus y tuvieron que huir. No sé qué fue de ese rey, ni de Noruega. No soy noruego y tampoco inglés. Soy muy viejo, sobreviví a mi propia patria. La aldea donde nací, Tyburn, no existe ya. De ahí viene mi apellido, así me llamaban cuando era un soldado.
—¿Tyburn?
—Sí, allí ahorcaban a los criminales. Cuando me uní a las filas de Ricardo, el que llamaron Corazón de León, me convertí en William de Tyburn y fui a la cruzada contra Saladino. Qué gran tipo, mucho más señor que Ricardo.
—¿Qué pasó?
—Que me mataron en Acre. —Willy se echó a reír, consciente del espanto que provocaba aquella historia—. Fue un flechazo impecable. No me mataron del todo. Me quedé agonizando con una flecha clavada en el pecho.
—¿Cuándo te convertiste en vampiro? Debiste hacer un rito.
—Un hechicero sirio me encontró. O encontró mi cadáver. No sé si dormía o ya había muerto. No era un musulmán. Creía en cosas que es mejor no mencionar y practicaba artes aún peores. Él me hizo ese rito. Recuerdo estar vivo y consciente, aún con la flecha en el pecho. Me hizo comer la carne de ingleses, de musulmanes. No le importaba. Y entonces me dejó ir. Ya no estaba vivo, pero tampoco muerto. Me fui a Constantinopla a investigar sobre mi nueva condición y allí leí el Necronomicón. Aprendí griego para leerlo. Y entonces lo entendí todo. Luego llegaron los cruzados y saquearon la ciudad. El libro se perdió, pero eso no importa. Es mejor que esté perdido. ¿Más vino, joven lobo?
—No, es suficiente.
—Estas cosas solo pueden escucharse con vino, borracho. Yo pasé décadas borracho, quizá un siglo. Después empecé a vagar y llegué aquí. Los tuyos fueron bastante cordiales, cosa rara en ellos: estaban acostumbrados a despedazar a los monstruos.
—¿Por qué no te mataron?
—Soy inofensivo y sé cosas. Aprendí mucho en Constantinopla. Ayudé a curar varias plagas, hasta que los tiempos pasaron. Guerra tras guerra, invento tras invento, siglo tras siglo. Las horcas de Tyburn quedan lejanas. —Su mirada se tornó fría y distante, como aquellos fiordos que nunca vio.
—Estar condenado a la eternidad debe ser horrible —se compadeció Eren.
—Condenas, condenas, condenas. ¡Solo piensas en condenas! Bien, es difícil vivir así. Siento que ardo cuando el sol me toca. Soy incapaz de dormir. Mi corazón no late como el de los seres humanos: no puedo describirlo. Puedo convertirme en un murciélago, mucho menos digno que un lobo, ¿no crees? Es terrible, pero piénsalo de esta manera: mi eternidad me permitió salvar de la peste a muchos de vuestros ancestros. Me conformo con eso. Soy cristiano, Eren. Dios es la aguja en el pajar. Viviré hasta que él quiera.
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Hediondez. Eso percibía del otro. Cuando pensaba en él, un olor repulsivo atacaba su nariz. Imaginaba un cuerpo putrefacto cuya cabeza tocada de cabellos bermejos era el último rastro de vida. Recordaba los gritos que le provocó, la señal que le dejó. La señal. El sello. Has hecho algo temerario, le dijo Carla, ¡considérate afortunada por el bajo precio que has pagado! Luego elogió su capacidad para la invocación. Lo sabía, dijo, ya predije yo estas actitudes. Mikasa no quería saber nada de ese dichoso libro, tiró la libreta donde copió los sellos e intentó olvidarlos, aunque era imposible. Los sentía como propios, los recordaba como se recuerda la suma, la resta, el alfabeto. Solo Carla la entendía.
—Eso mismo dije yo a mi madre. —La hechicera tenía la mesa de la cocina llena de libros; en el centro, la fotografía del hueso tallado—. Qué diría si viese esto.
—Parece un galimatías.
—En efecto, pero no lo es. Es enoquiano, la lengua de los primeros hombres, la lengua de los constructores de la torre de Babel.
Mikasa vio cómo lo traducía, cómo luchaba por traducirlo. Una lengua tan antigua que desprendía algo prehumano. Sintió un escalofrío.
—El viejo Bob pudo hacer un diccionario, un manual de enoquiano —se quejaba Carla—. Él y sus secretitos. En fin, un gran tipo, pero también un zoquete. Sus diarios son casi ilegibles. Escribía para él mismo, no para los demás. ¿Y para qué? Pa que lo tachen de loco. Todos sus colegas de la Miskatonic. —Suspiró y cogió una lupa—. Bueno, no quiero amargarte con mis quejas. ¿Qué tal están tus padres?
—Insoportables, como siempre. Me he peleado con mi madre antes de venir. Cree que me rompí los dedos por culpa de Eren.
—A primera vista, mi hijo no parece el yerno perfecto.
—Está segura de que nos estrellamos en la moto. Por más que le diga lo contrario, está convencida. Prefiero estar aquí. No creo que mi familia se quede mucho más.
—¿Se van?
—Y lo harán sin previo aviso. Puede que mañana me levante y hayan hecho las maletas. Ojalá.
—Ay, me encantaría que vivieses aquí. Grisha y yo queríamos tener una hija.
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Annie sabía que era una rata de biblioteca —y le encantaba—, pero aquello era demasiado. El abuelo de Armin, otrora bibliotecario del pueblo, tenía una amplia colección de libros que el nieto había devorado con fruición. Lo que más le gustaba de Armin era esa capacidad de contagiar sus pasiones: la había aficionado a Conrad, a Verne, a Dickens. Leían durante horas. El viejo Arlet tenía todos los géneros y se pasaba las horas sentado en su sillón con un libro en el regazo. De los cientos de libros que tenía, había uno que Armin recordaba bien, más como una curiosidad que como una historia atractiva. Lo recordó cuando la noticia del bosque de los huesos acabó con la tranquilidad del pueblo.
Armin había visto algo así antes. No visto, sino leído. Annie lo observaba hojear el libro de tapas viejas. Cultos sin nombre, una traducción del original Unaussprechlichen Kulten, de Von Juntz. Las notas iniciales advertían sobre las censuras de la edición. Annie se cansó de mirar por la ventana, que daba a la calle donde se armaba el mercado de los jueves.
—Llevas dos horas callado —se quejó.
—Es increíble —murmuró Armin—. Esto es…
Annie le quitó el libro. Las páginas amarilleadas eran quebradizas. Armin no intentó arrebatárselo, estaba a punto de compartirlo con ella.
—Es solo un párrafo —continuó él—, pero leerlo es como leer un tomo.
Y Annie leyó:
Como a los perros hambrientos, al detestable Sîghaun, el Corruptor, le gustan los huesos de los que su monstruosa forma carece; no tanto así la carne, que considera perecedera y, en efecto, lo es. Para complacer al Corruptor, hágase lo siguiente: tómense las osamentas de cuatro cuerpos, sepárense los huesos y agrúpense según la tipología, cuidadosamente, y cuélguense así en un bosque virgen, no con cuerda recia, sino con hilos, y no sin antes grabar en cada pieza la siguiente loa: […]
—Es igual —Annie lo releyó—. Huesos de cuatro muertos, la separación según el tipo, los hilos. Armin, ¿qué demonios es esto?
—La gran obra de Friedrich von Juntz, pero hay mucho más material censurado que disponible. Ahora comprendes mi interés, ¿verdad?
—¿Es una especie de satanismo? ¿Es una secta?
—Von Juntz estudió muchos cultos por todo el mundo. Imagino que este es uno de ellos. —Armin tomó el volumen y se lo colocó bajo el brazo—. ¿Crees que…?
—Quizá sea una casualidad. ¿Hay grabados en los huesos?
—Es imposible apreciarlo en las fotos del periódico.
—No creo en nada de esto, pero tampoco en las casualidades. Deberíamos hablar con alguien, con Hannes.
Armin negó rápidamente y se llevó una mano a la boca, nervioso, indeciso, barajando una posibilidad que Annie desconocía.
—Hablaremos con la única persona que sabe de esto.
Annie lo acompañó hasta la casa de los Jaeger, a pie por el caminito de tierra marcado por las ruedas de una moto. Ella no conocía a Carla, pero esta la saludó por su nombre y dijo que su hijo no estaba. Armin contestó que no venía a buscar a Eren y le mostró el libro, del que sobresalía un marcapáginas. La mujer asintió y les pidió que pasaran, que se sirvieran un poco de bizcocho. Annie empalideció al ver la foto en el centro de la mesa de la cocina, entre libros, hojas sueltas y bolis. Era un hueso tallado.
—Esta versión del libro es inofensiva —comentó Carla—. Por eso está toda censurada. Mira, es casi imposible leer. Está todo mutilado. Es imposible leer el original, y también preferible. Tus suposiciones son ciertas, Armin. Estos huesos son una ofrenda a Sîghaun o Shigan.
—¿Hay una secta en los bosques? —Annie sentía horror.
—Una secta o un sectario. Es complicado reunir huesos para complacer al Corruptor.
—Ha matado a cuatro personas —señaló Armin.
—O más —Carla se puso seria—. ¿Me hacéis un favor? No contéis nada de esto a nadie. A ojos del alcalde, solo yo sé lo de las tallas.
—Qué estupidez —observó Annie; los otros dos la miraron con fijeza—. Matar personas por dioses que no existen.
Carla volvió a reírse y les ofreció el último cacho de bizcocho.
—Puede que existan, puede que no —dijo—. Una vez leí que siempre nos parecemos a los dioses que adoramos.
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Eren fue al cementerio para dejar flores frescas en la tumba de su padre. Hizo un gesto de desagrado cuando vio las mierdas de pájaro sobre la lápida. Mikasa volvió de la cabina del panteonero con un cubo de agua y trapos. Limpiaron juntos hasta que el relieve del nombre asomó libre de suciedad. Grisha Jaeger. Padre, marido, médico. Hacia la noche vamos. Su pobre padre en su quieta sepultura con los búcaros desbordados por las buganvillas y los hibiscos. Se despidió de él como siempre, soplando un beso al cielo. Después pasaron por el panteón de los Ackerman y rugió de la risa al leer la cartela que coronaba la puerta: «Si entras, ya no sales». Demasiados muertos. Se fueron en la moto.
La tarde moría en el lecho anaranjado del cielo. Llévame al bar, le dijo ella, quiero un gin tonic. Su copa semanal. Jean estaba allí. Parecía entretenido con unas muchachas. Las estará aburriendo con este disco, dijo Eren, o con los planes para los siguientes. Mikasa sonrió y saludó a Jean, quien le devolvió el gesto con efusividad y sacó un dedo a Eren.
—Le gustas.
—Desde el instituto. Sasha me lo dijo.
—¿Pensaste en salir con él?
—Claro, es guapo y canta rock.
—Yo no canto rock.
—Pero eres guapo y hueles a jazmines.
—¿Duermes conmigo?
Le respondió que sí, claro, y llegaron a casa sobre las once. Carla ya se había ido a dormir; quedaba sopa en la olla, pero habían cenado en el Wonderland.
Se sentaron en la cama. Eren sacó una baraja española y le hizo una tirada. A la pregunta de la familia correspondió el cuatro de bastos invertido. Le dijo que era una carta mala, una falta de armonía. Mikasa se rio y entendió perfectamente la siguiente carta, el as de oros, relativa a la economía. Es que tienes mucho dinero, confirmó Eren, que se dispuso a levantar la carta del presente: el rey de espadas invertido. Un enemigo bien armado, le dijo, esta carta puede ser buena o mala, pero ha salido al revés, así que es mala. Mikasa asintió.
—Es el que torturó a Sasha. Un cadáver —señaló.
—¿Un cadáver?
—Huele como un cadáver. Lo vi por un momento, pero apestaba. ¿Qué quiere decir eso?
—La magia negra descompone a quien la usa. Es un licántropo y tiene mayor aguante, pero no es inmune y quizá sea muy viejo.
—¿Cómo de viejo?
—Depende. Por ejemplo, el vampiro nació en el siglo XII. Existen pocos métodos capaces de alargar la existencia de una persona, pero no son bonitos.
—De no haber visto tantas cosas contigo y con tu madre, no me creería ni una sola palabra.
—Sé sincera conmigo.
—Sabes que lo soy.
—¿No tienes miedo de lo que has descubierto?
—Estoy aquí. ¿Necesitas alguna otra prueba?
—Tal vez creas que soy igual que el otro.
—Eres lo opuesto, Eren. Él es un monstruo que apesta a muerte. Tú devuelves la vida a las flores. ¿Y la última carta?
—La del amor. —Eren dio la vuelta al naipe—. Caballo de bastos y al derecho, muy bien.
—¿Qué significa?
—Honestidad.
—Te lo dije. —Mikasa lo miraba con los ojos grises como la plata divina, siete veces refinada.
—Me lo dijiste —dijo mientras se acercaba para darle un beso.
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Escrito conservado en el Archivo Municipal de Shigansina. Transcrito por Ilse Langnar (1977) para la inclusión en su obra Entre las brumas de la región de Santa María (2019, p. 290):
Salud, estimado alguacil. A mis oídos ha llegado que el reo ladrón recibirá mañana un severísimo castigo que complace a los vecinos. Sabed, sin embargo, que dicho proceder sería tachado de salvajismo en cualquier cibdad (sic.).
Por tanto, yo, juez don Darius Zackley, conmuto la amputación de ambas manos por la amputación de la mano menos hábil y el destierro del pueblo de Shigansina para que nadie tome justicia propia. Hágase según lo mandado so pena de lo que dicte mi voluntad.
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¡Dejen sus impresiones! Enseguida vuelvo al cole y dicho pensamiento me provoca depresión, ¡anímenme! * llora * Si van a hacer una carrera, háganse dos preguntas: ¿Es esto necesario? ¿Me arrepentiré? Seguramente no lo sea y te arrepientas, pero la harás igualmente jsjsjsjsjsjsjs salu2
