CAPÍTULO OCTAVO

La acequia.

La devastadora sensación de que todo ha salido mal. Nadie la conocía mejor que Sasha. Había sucedido algo que no debía suceder. Vio de nuevo a su tío, volvió a ser una niña indefensa, una niña abusada, y Mikasa la observaba descompuesta y chilló de rabia cuando entendió que no podía hacer nada.

Sasha lo sabía. Su amiga se había enterado. Lo notó en sus ojos mientras desayunaban con los Jaeger. Desconocía cómo, pero lo sabía, algo había pasado mientras ella atravesaba la crisis nerviosa, o eso le habían hecho creer. No podían engañarla. Todos la creían ignorante y glotona, que lo era, pero Sasha era brillante, perspicaz, la mejor para fingir.

Hasta que ya no pudo más.

Estaba viendo la televisión con su hermana. Al lado del televisor, como siempre, una velita encendida flanqueaba la fotografía de su tío. Sasha no paraba de mirarlo. No prestó atención a la película. No escuchó los diálogos. Solo existía aquella cara, esos ojos que no parpadeaban, fijos en ella. Entonces se levantó, cogió el portarretratos y lo arrojó al suelo, lo pisoteó. Kaya gritó, pero no la entendió. Tomó la vela y quemó la foto, comprobó cómo el fuego la devoraba de punta a punta. Después, con tranquilidad y lágrimas en los ojos, fue a buscar el álbum familiar y rompió todas las imágenes en las que salía.

—¡Por el amor de Dios, Sasha! —gritó su madre, que llegó desde su alcoba para detenerla.

Su padre la agarró por las muñecas. Se dio cuenta de que no ofrecía resistencia, así que aflojó y le preguntó qué sucedía. El tono de su padre era suave. Sasha no pudo mirarlo.

—Se ha vuelto loca —decía Kaya—. Ha destrozado todas las fotos del tío Gerry.

—No estoy loca —contestó y caminó hacia la puerta, cogió unos caramelos de menta del recibidor y se giró hacia su familia antes de marcharse—. El tío Gerry era un hijo de puta.

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No pocos exalumnos y profesores de la universidad de Miskatonic recordaban a Robert Smith. Para empezar, era un europeo entre muchos yanquis y su acentito lo delataba. Hizo interesantes aportes al estudio de documentos antiguos; era un paleógrafo experto que decidió complementar su formación histórica con la filología. Volvió a su país, impartió clases, conferencias, planteó preguntas, propuso respuestas. Se casó y se estableció en Shigansina, la tierra donde nació, y allí moriría muchos años después, incapaz de enlazar dos palabras coherentes, tras rellenar páginas y páginas, tantas palabras como tachones. Copiaba la caligrafía del siglo XVI, la que usaban los notarios.

A Carla le costó una semana sacar conclusiones. Eso era trabajo para eruditos, no para ella, que era una bruja de pueblo, pero una muy lista, eso sí. Consiguió traducirlo y se negó a leerlo en voz alta. Ni siquiera permitió que su hijo lo hiciera.

—Mantén tu lengua a salvo —le dijo— porque esto corta más que una cuchilla. Es una alabanza, un rezo prohibido, como el tedeum del Diablo.

—¿Le vas a decir al alcalde que un hombre lobo anda por los bosques deshuesando al personal, que es adorador de un dios sangriento?

—No, claro que no —contestó—. Dejaré que piense en algo racional.

Carla volvió a leer la traducción: «A gloria tuya, Señor de la Corrupción, ínclito Duque de los Deformes, venerable Rey de los Hombres Bestia. Regocíjate en nosotros, toma nuestras manos para desollar a los que de ti reniegan, a los hombres que escupieron a Licaón y su estirpe; toma nuestras manos para mancillar vírgenes, a María, a Eva; toma nuestras manos para llenar tu copa de la sangre de los recién nacidos…», y apartó la vista enseguida. Cerró la libreta.

—¿Qué haremos? —preguntó Eren.

—Lo que hace la gente como nosotros, lo que debemos hacer. Yo soy una hechicera y tú eres el último benandante.

—Enfrentarlo —asintió—. Sería mucho más fácil si yo tuviera control sobre mi licantropía.

—Eso escapa de mis habilidades, hijo. Sabes que no podemos.

—No —Eren sacudió la cabeza—. Los antiguos benandanti llevaban amuletos bendecidos por San Francisco.

—¿Cómo te has enterado?

—Willy.

—El vampiro. —Su madre se enfureció—. No creeré nada de lo que diga un vampiro y tú tampoco deberías hacerlo. ¡Puede que sea amiguito del otro!

—No sabe nada del otro. Los benandanti no dejaron nada escrito, pero él los recuerda bien. ¿Crees que los fundadores habrían ignorado a un vampiro como el que tú describes? Tendrías que verlo. Es víctima de la magia siria. Ha vivido muchos años y sabe mucho.

» Solo san Francisco puede controlar a los hombres bestia. ¿Conoces la historia del lobo de Gubbio? El lobo de Gubbio era realmente un licántropo que vivía en las montañas y aterrorizaba a todos los que vivían en la zona. Un día, san Francisco fue a buscarlo y lo amansó. Desde entonces, todos los benandanti han rendido culto al santo de Asís y llevado los amuletos que él mismo bendijo, pero ya no quedan amuletos, o se han perdido.

—Entonces no hay nada que hacer —respondió su madre.

—El otro tiene un amuleto. De lo contrario, no podría hacer lo que hace. Mikasa lo vio, tenía control sobre sí mismo. Hablaba.

—¿Mikasa habló con ese engendro? ¿Por qué no me lo ha dicho?

—Asuntos personales de Sasha, mamá.

Carla suspiró.

—¿Te fías del vampiro?

—No tengo ningún motivo para desconfiar. Si es verdad, las lunas no serían un problema, los infiernos no me perseguirían. Si es mentira, nada cambia. No tengo nada que perder. Mi vida mejoraría. Entiéndeme: no puedo vivir con el miedo de herir a alguien, a ti o a Mikasa.

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—Necesito hablar con vosotras.

Demasiado escueto y enigmático para tratarse de Sasha: «En tu casa, Annie. ¿Puede ser?». Claro, Annie aceptó y mientras las magdalenas se horneaban se sintió enfermar otra vez. Pensar le hacía mal desde que Armin y ella visitaron a Carla Jaeger con el libro del alemán. Y ahora Sasha, con ese tono tan serio, tan vacío de color. Ya estaba en su habitación, con Mikasa. Mikasa y sus dedos rotos, Mikasa y su relación con los Jaeger. ¿Sabía algo? Si fuera una cobarde, apagaría el horno y huiría de su propia casa, incapaz de subir a su propio cuarto porque no se sentía capaz de lidiar con otra verdad. Porque Sasha iba a contar algo fuerte, algo que no podían imaginarse; si no, estaría revoloteando por la cocina.

A Annie le habría gustado ser como Sasha, la admiraba más que a nadie. Para su amiga, la única preocupación de la vida era comer. ¡El resto podía esperar! Esa lógica brutal, animal y primitiva parecía simple, pero solo estaba al alcance de ella. A Annie le habría gustado tener esa capacidad. A Sasha la conoció en el comedor del colegio, cuando esta le quitó las verduras sin preguntarle. Cuando Annie se indignó y la acusó, Sasha le recordó que nunca se las comía. Y era verdad. Sasha tenía esa capacidad, esa brillante simplicidad. Si no te las comes, no las tires a la basura, le dijo, ¡ya me las como yo! La Sasha que había subido a su cuarto no era la ladrona de verduras. No sabía quién era, esa boca caída, esos ojos perdidos resultaban desconocidos. La condenada de Mikasa sabía algo o lo imaginaba, estaba segura, porque había notado un destello de entendimiento y la cogió de la mano. Conocía lo suficientemente bien a Mikasa Ackerman y sabía que esta solo tomaba la mano de alguien en contadas ocasiones: a su abuelo, antes de morirse; a ella misma, cuando supo que era adoptada. Qué demonios estaba pasando en el pueblo.

Cogió la bandeja y subió a la habitación. Sus amigas estaban en silencio. Ofreció una magdalena a Sasha y esta le dio un pequeño bocado. Annie cerró la puerta, se cruzó de brazos y las miró con el ceño fruncido.

—¿Qué ha pasado?

Sasha se relamió los labios y articuló media palabra antes de quedarse en silencio otra vez. Empezó a frotarse los ojos, a tomar grandes bocanadas de aire. Se tranquilizó, mordió la magdalena. Todavía no lloraba, pero había llorado antes y lloraría después.

—Me da miedo que me tratéis diferente después de esto —dijo—. Llevo muchos años pensando en la forma de decirlo, pensando las palabras, pero es inútil: es horrible y cada vez es peor.

Annie se sentó en la silla del escritorio, sintiéndose enfermar con más virulencia. Lo escuchó todo mientras la imperturbable Mikasa Ackerman se tapaba la cara, doblada sobre sí misma. Annie lo escuchó todo con un gesto que no controlaba; su cuerpo se enfriaba a medida que Sasha contaba todo. Lo que su tío le hizo. Annie reaccionó con una palabra: violación. Y algo ardió en ella con una rabia indescriptible. A Sasha la había violado su propio tío cuando era una niña. Se llevó las manos a la cabeza, la mandíbula apretada. A Sasha la había…

—Perdonadme. Por favor, perdonadme. Lo siento tanto, lo siento muchísimo. Debí decirlo hace muchos años, pero no fui capaz, no pude hacerlo.

—Cállate, Sasha, cállate —Annie respiró hondo—. Deja de pedir perdón, no quiero que digas eso. Métete una magdalena en la boca. —Miró a Mikasa—. ¿Tú lo sabías?

Pero no hubo respuesta y Annie tampoco la esperaba. No lo preguntó con reproche, sino con voz temblorosa. Se levantó y se acuclilló a los pies de Sasha. Se sentía enferma, y rabiosa y triste, pero también fuerte. Tenían que ser fuertes, Mikasa y ella, porque Sasha las necesitaba.

—Mis padres no lo saben —dijo Sasha—. No sé si seré capaz.

Mikasa se limpió las lágrimas en la venda de la mano y al fin levantó la cabeza.

—Estaremos contigo. Si no puedes hacerlo sola, estaremos ahí.

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Las capacidades de Carla constituían una bonita herencia que podía tocarle o no a sus descendientes. Su madre la tuvo; su abuela, no, y tampoco su bisabuela, pero sí una hermana de esta. Estaba en consonancia con la naturaleza femenina, aunque era imposible determinar si una hija suya habría desarrollado dichas virtudes. Hécate no daba sus dones a cualquiera, era arbitraria. El extinto Culto de la Perra Negra dejó de adiestrar jovencitas cuando lo entendió y después las quemaron a todas. Quizá fue un castigo de la propia Hécate a sus altivas hijas; la más ilustre vivió en la perdida isla de Eea, donde conoció a Ulises; otra de ellas, sobrina de la hechicera de Eea, tuvo una vida tumultuosa y sucumbió a los amores de Jasón. El caso de los hombres era más excepcional, pero muchos libros hablaban del egipcio Dedi y su habilidad para unir cabezas cercenadas a sus cuerpos en tiempos del gran Keops.

Si Mikasa pudo invocar en un plano intangible, entonces no había duda: estaba marcada por la Reina de las Tres Caras, la Perra Negra, Hécate. Los antecedentes familiares eran nulos; Kenny sabía algo acerca de lo arcano, las pocas cosas que Carla contaba o hacía, pero no tenía afinidad alguna con ello. Los Ackerman eran lecheros, almas comunes y mundanas, y los Azumabito eran un puñado de japoneses obcecados en el trabajo. Lo que sucedía con Mikasa era sencillo: la muerte y la oscuridad eran territorio de Hécate, nada entraba y salía sin alertarla, y la joven tenía un estrecho vínculo con esos abismos. Carla pensaba en ello, pero podía ser o no ser. Era inútil buscar un origen del fenómeno, buscar lógica en una fuerza impredecible.

Los tiempos dorados de la hechicería quedaban muy atrás. Las que no ardieron en las piras de los cristianos se escondieron y eran pocos los que constataban la existencia de estas, como Charles Leland, autor de Aradia o el Evangelio de las Brujas. En los bosques de Shigansina las hubo y sus voces se unieron al viento imperecedero de los siglos, junto al aullido de los ferales benandanti, donde nadie pudiera encontrarlos, ni los hombres ni los antiguos dioses decrépitos que moraban en cielos lejanos.

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Mikasa estaba jugando a las cartas con su tío cuando Midori Ackerman volvió de ver a una vecina.

—Tu padre y yo hemos tomado una decisión —Le quitó el mazo de la mano para que la mirase—. Vamos a pasar el resto del verano en Ishigaki con mi familia.

—Esos amarillos —susurró Kenny.

Mikasa asintió y recuperó su abanico de cartas.

—Me parece perfecto. Buen viaje y dale recuerdos a la tía Kiyomi.

—Creo que no me has entendido —rezongó su madre—. Nos vamos todos, incluso tú. Si quieres venir, Kenny, estaremos encantados.

—No, gracias. Prefiero pegarme un tiro.

—Entonces cuida de la casa mientras no estamos.

—Creo que eres tú la que no entiende —contestó Mikasa—. Yo me quedo aquí.

Su madre dio un golpe sobre la mesa y le agarró los brazos. Me haces daño, le dijo. La veía fuera de sí.

—Estoy harta de ti y tus respuestas. Vas a venir con nosotros, te guste o no. No vas a quedarte sola en el pueblo con todo lo que ha pasado.

—¿Ahora te preocupas por eso? ¿Sabes cuántos meses he pasado sola en esta casa? Suéltame ahora mismo. No voy a ir a Japón. Me quedo aquí con el tío Kenny.

—Quieres quedarte aquí por ese chico.

—¿Qué problema tienes con Eren?

—No quiero que estés con él. Esperaba algo mejor para mi hija. Es un coqueteo de verano y lo olvidarás.

—Eren y su madre me tratan mejor que tú.

Midori le soltó una bofetada y se fue escaleras arriba protestando y llamando a su padre, que estaba en casa de los Reiss jugando al tenis. Kenny empezó a levantar un castillo de naipes, bonito, pero quebradizo. Como aquella familia.

—Tiene el carácter de Satanás —observó—. Antes no era así. Creo que nunca se recuperó del todo de la depresión posparto.

—Es un tema del que nunca habla.

—Tu padre me lo contó hace muchos años. Fue poco después de que nacieras. Tu madre no quería tener más hijos, fuiste un accidente.

—Precioso.

—Es la realidad, canija. Tu primer año fue complicado. A Midori le faltaba un tornillo y tampoco podía darte de mamar. Incluso vivió una temporada en Japón. Mi hermana Kuchel, en gloria esté, vino para ayudar a tu padre. Fueron tiempos difíciles.

—Mi madre no me quería. Me ha quedado claro.

—Sí te quería. Te adora. Mataría por ti, pero es una terrateniente. Antes era divertida. ¿Lo puedes creer? Salía de fiesta conmigo y le encantaba bailar. Lo pasábamos muy bien. Era como una hermana pequeña. Ahora es un demonio.

—Cree que puede obligarme.

—No puede, pero no seas muy dura con ella.

—Tampoco entiendo el problema con Eren.

—Tendrás que hablar con ella. Supongo que tener una hija es así, ya sabes: crees que cualquier malnacido se aprovechará de ella.

—¿Qué opinas de Eren? ¿Crees que es un buen chico?

—Es hijo de Carla Jaeger, eso despeja cualquier duda. Te acompaña, sea de día o de noche, y te mira como un bobo cuando te despides de él. Os veo desde mi ventana. —Kenny soltó unas carcajadas—. Sois tan jóvenes, tan estúpidos.

—Tú también lo fuiste.

—Sí, mucho más que vosotros. Me casé a los dieciocho años, el día de mi cumpleaños.

—¿Qué dices, tito?

—Oh, es una historia increíble. Me moría por los huesos de una muchacha. Me escaqueaba del trabajo para verla, tu abuelo quería matarme. Estaba enamorado de ella e hicimos una locura.

—¿Y qué pasó?

—Que tu abuela me persiguió por todo el pueblo para pegarme una paliza, pero ya estaba hecho. Estuvimos un año casados, me dejó por otro y tuvo un montón de hijos con él, con Rod Reiss.

—Estuviste casado con Úrsula Reiss. —La boca de Mikasa formó una «o» perfecta.

—Hemos hablado de ello en alguna ocasión. Qué tontos éramos. Eren y tú no parecéis tan estúpidos: si es una aventura de verano, lo sabréis; si no lo es, también lo sabréis.

—¿No hubo otras mujeres después?

Kenny colocaba otro piso a su castillo; mejor dicho, era una de esas pirámides escalonadas por las que chorreaba la sangre en otros tiempos.

—Una o dos, muy buenas mujeres. Conociste a Traute. El amor es eterno mientras dura. —Volvió a reírse—. Haz lo que te dé la gana, sobrina, pero no pierdas tu vida en estupideces, no te engañes más de la cuenta. Queremos de verdad a una o dos personas a lo largo de nuestra vida.

Eren pasó a buscarla esa misma noche. Como había olvidado el otro casco, le dio el suyo. Mikasa vio a sus padre en la ventana y agitó su mano. Solo su padre le devolvió el gesto. Fueron a comer a los puestos de la plaza, que hacían su agosto en verano, cuando los jóvenes correteaban por las calles hasta altas horas. A ellos les gustaba apartarse un poco, sentarse a la orilla de una acequia por la que ya no corría agua mientras comían hamburguesas. Era un sitio habitual para los que buscaban la soledad en compañía de alguien, cada pareja tenía la deferencia de mantener una distancia prudente de las otras y de conservar el canal limpio, o la ira de Erwin Smith caería sobre ellos.

La noche era de ellos, les pertenecía más que cualquier otro momento del día. Antes pedaleaba sin rumbo, ahora no tenía necesidad de hacerlo. ¿Qué hacía Eren con sus noches antes del verano? Leía, dijo, o acudía a algún romance de los que solía tener. Con cuántas has estado aquí, preguntó Mikasa, y él le contestó que con ninguna. Aquí se viene con la novia, dijo, y yo no he tenido novias antes de ti.

—Mi madre quiere llevarme a Japón —contó Mikasa.

—Me parece bien —Eren habló con la boca llena—. Estaré aquí cuando vuelvas.

—Pero no me voy a ir —continuó ella—, me quedo contigo.

—Nunca pensé que alguien tendría que elegir entre Japón y yo. —Rio.

—Ya tienes algo de lo que presumir.

—Me hace feliz tenerte por aquí. —Y tragó para decir lo siguiente—: Estoy enamorado de ti.

Mikasa se quedó en silencio. Llegaban los ruidos de la plaza, los odiosos petardos que lanzaban y los gimoteos desconsolados de los perros del vecindario. Prohibido tirar basura. La acequia oscura que conocía los lamentos de quienes lavaron allí sus ropas o se bañaron o se cayeron o se ahogaron. También sabía de amores de todos los tipos, largos, cortos, imposibles, espontáneos. Y verdaderos, quizá. Qué difícil es, qué difícil es…

—No tienes por qué responder a eso.

Se giró y lo besó. La bolsita de las patatas cayó y ninguno pensó en la prohibición y la poderosa voz del alcalde.

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Extracto de la obra Entre las brumas de la región de Santa María, de Ilse Langnar (1977):

Como periodista de rigor, conozco la clave de la profesión: tirar del hilo. En cuanto supe que los fundadores de Shigansina se asociaban a la leyenda de los benandanti, hombres lobo que enfrentaban fuerzas diabólicas, fui a Trost y pasé por todos los archivos, incluso el diocesano, al que me permitieron acceder con bastantes recelos. Sabía lo que buscaba, pero no estaba segura de poder reconocerlo cuando lo tuviera delante. Encontré el documento transcrito en el Anexo 5, junto a su facsímil, y el personal me facilitó una traducción del latín. El obispo, inquisidor, ordenó la captura de los «herejes» acusados de adoptar «formas bestiales, de lobos o perros grandes», a los que también culpó de poseer un «libro infernal, condenado por los más altos calificadores del Santo Oficio». Es el único caso relativo a una metamorfosis de estas características en el Archivo Diocesano de Trost. Un caso anterior a la fundación de Shigansina, que aparecería un lustro después. Quizá sean los benandanti de los que dicen descender los vecinos de Shigansina, empujados a bosques y sierras inalcanzables para los tentáculos de los inquisidores, en un rincón sin Dios. ¿No necesita Dios a sus sabuesos allí donde le resulta difícil actuar?

(p. 300).

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Le dijo que quería hacer el amor, Eren le acarició los labios con el pulgar y dijo: «Vamos», pero ¿dónde? ¿Dónde hacen el amor los jóvenes de Shigansina? ¿Dónde encuentran la privacidad de la que carecen en sus casas? En el hostal. Si los involucrados tenían buen gusto, iban a la apodada suite nupcial: la habitación grande cuyo balcón daba al bosque, desde la que se tomaron las fotos de la última campaña de turismo en la región. Tuvieron suerte: estaba libre. La dueña estaba en la calle sentada junto a sus hijas, el perro a los pies y el nieto sobre las rodillas. Guardó el dinero en su escote y buscó las llaves en el bolsillo del delantal. Se las dio a Mikasa mientras sonreía y Eren buscaba algo en el baúl de su moto: eran condones. Esa mueca de vieja pícara la hizo enrojecer. Eren tiró de su mano y la empezó a besuquear en la recepción, a plena vista de otro de los nietos de la vieja, un chiquillo de diez años con la boca rodeada por un cerco de chocolate. Se escabulleron rápidamente por el pasillo de la suite nupcial, que los esperaba con sus dos ambientes, un dormitorio y un living separados por una cortina blanca. El balcón quedaba detrás de una puerta corredera de cristal. Todo estaba limpísimo.

—Esto es casi sagrado —dijo Eren—. Hay nombres arañados en los rodapiés. Yo perdí la virginidad aquí, pero no firmé.

Mikasa no quería pensar en la primera vez que se acostó con alguien. Fue tan irrelevante como irreversible. Eso no cuenta, decidió. Para que contara, debía recordar su nombre. Tampoco importaba, fue una tontería de la que se reía con sus amigas, una tontería en la playa y después se separaron, volvieron a la fiesta y después a sus vidas. Fue una pérdida de tiempo, la peor pérdida del mundo.

Salió al balcón y Eren apoyó el mentón en su cabeza, sus manos cerrándose sobre su vientre y ese olor que se manifestaba con sutileza, con la sensualidad de la noche sobre el bosque.

—¿Sabes, Eren? Esto es inolvidable. —Se dio la vuelta y tocó su pecho; notó el colgante cruzado oculto tras la camiseta—. Eres inolvidable.

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«Es posible perpetuar la vida de la consciencia, pero no la del cuerpo. El error consiste en creer que solo gozamos de un recipiente. En tiempos antiguos, Nyarlathotep enseñó a los hombres de Kengi a levantar grandiosos templos, a los que llamaron zigurats, y allí reveló a los más fieles el secreto del Urushdaur para que tomasen otros cuerpos y se jactaran ante el rostro pálido de la muerte».

De Vermis Mysteriis, Capítulo XV.

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A Eren le hizo gracia su timidez y le dijo que ya la había visto sin ropa, o mejor dicho: miró, pero no vio. Cuando lo del asma, le dijo, y estaba lejos de pensar en esto.

—Ahora es diferente —contestó ella; había logrado quitarse la camiseta—. Ningún hombre me ha visto desnuda.

—Vamos, ¡si eres preciosa! —Eren le apartó el pelo de la cara y le acarició los hombros, los tirantes del sujetador cayeron. Se quitó la camiseta—. Tú también me has visto, me has tocado, me has curado. —Le cogió la mano de los dedos rotos, la besó—. Quiero tocarte, quiero que me toques.

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Mucha gente los cree ciegos, pero pueden ver. Los murciélagos se adentraron en lo profundo de la cueva y estudiaron los recovecos iluminados por las antorchas. Buscaban a la criatura que vivía allí. El olor a corrupción amenazaba con abatirlos. De la espesura de la oscuridad emergió una garra; tomó a uno de los murciélagos, que batió las alas inútilmente antes de reventar en sangre y vísceras.

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Contrastaban las manos morenas en su cuerpo blanco. Mikasa suspiró, cerró las piernas alrededor de la cintura de él; acarició su espalda ancha, notaba el movimiento de los músculos, el calor de su carne en ebullición. Le tiró del pelo, buscó su boca y sus ojos. Cada roce suyo escondía una intención, cada caricia era una palabra de un lenguaje sentido y secreto. Si los termómetros marcaban veinticinco grados esa noche, ellos añadieron diez más. Estaba bailando con el lobo. En una ágil movimiento de caderas, se colocó encima, lo montó, manoseó el torso duro y sudado, los arañazos que ella misma había curado. Los brazos fuertes de Eren rodearon su talle, las manos apretaron su culo, gimió cuando llegó a lo más hondo. Estaban soldados; si se esforzaba, podría sentir los dedos de Eren como los propios. Se deslizaron por sus muslos y sobaron su clítoris. Pensó en el día del tenis, en los comentarios de las mujeres, y confirmó que ponía el mismo empeño tanto en la cama como en la pista.

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Buenas noches. Dejen su reviú.

La universidad me espera. En mala hora, en mala hora… Lo que yo necesito es un sugar daddy y unas vacaciones tropicales, y pasarme los días viendo fútbol y leyendo.

Bueno, háganme spam por FB, por Twitter, por su grupo de amigos alcohólicos… Por donde quieran y puedan. Aquí está la gran Chachache. ¿Te gusta el misterio, te gusta la historia, te gusta el porno fino, te gustan los fics con alto contenido cultural? Entonces estoy a tu servicio con Los motivos del lobo.

Naturalmente, todo lo aquí presente es pura ciencia ficción. No existe ningún libro llamado De Vermis Mysteriis, es un grimorio ficticio creado por los pupilos de Lovecraft, a quien una crack se refirió en los comentarios. No hubo ningún Nyarlathotep que enseñara a los muchachos de la vieja Sumeria a levantar zigurats y, desde luego, tampoco les enseñó ritual alguno: aquí no creemos en la teoría de los astronautas antiguos, sino en los asiriólogos, historiadores, arqueólogos y demás profesionales que se torturan diariamente para que los chavales sepan quién es Nabucodonosor, en gloria esté, y qué hizo este buen hombre. Saludos a los asiriólogos del público, por si los hay. You never can tell!

¡Besos a todos!

L.